Capítulo 7

Bella seguía usando el mismo champú y el mismo jabón que cuando se conocieron. Su fragancia era inconfundible. Cullen oía los chapoteos mientras se lavaba y tuvo que refrenarse para no desnudarse y unirse a ella en la ducha. No esperaba que su cuerpo reaccionara así al verla cuando accedió a ocuparse personalmente del caso.

El padre de Bella estaba fuera de sí por la desaparición de su hija. En un gesto sin precedentes, el monarca se había presentado en la oficina de Cullen. Lo acompañaba su asesor de seguridad, pero fue él quien habló con Cullen y prácticamente llegó a suplicarle que encontrara a su hija.

A Cullen le conmovió ver a un hombre tan poderoso y orgulloso llegando a tal extremo de humildad, pero tenía que admitir que no fue ésa la única razón por la que decidió buscar a Bella. No se había olvidado de las semanas que pasó vigilándola, y seguía despertándose en mitad de la noche con el recuerdo de su fragancia envolviéndolo como un manto que casi podía tocar.

Tenía que encontrarla y devolverla a su familia para que se casara con el playboy. Tal vez no entendiera por qué el rey Charles había concertado su matrimonio con alguien que siempre estaba protagonizando los escándalos más sonados, pero su trabajo no era criticar las decisiones de sus clientes.

Había aceptado un encargo y su única misión era llevarlo a cabo.

Y tal vez tuviera la oportunidad de mantener la conversación que ella le había negado la última noche que se vieron. Le debía a Bella una disculpa, e incluso una explicación, aunque si pudiera volver atrás no cambiaría lo que había hecho. No había tenido elección. El lugar que Bella ocupaba en la familia real de Swan hacía imposible cualquier otra realidad.

Sin embargo, sí habría sido más sincero con ella después del primer beso, en vez de confiar en un autocontrol que había resultado ser más frágil de lo que pensaba.

También le habría explicado que la atracción que sentía por ella era verdadera, y que, aunque no pudieran tener un futuro en común, sí le gustaría al menos despedirse amistosamente. Pero había estado tan furioso consigo mismo por no poder controlar su deseo que lo había pagado con ella.

Y ahora volvía a cometer el mismo error. Se había quedado de piedra al ver cómo besaba a aquel mequetrefe, y había expresado su enojo por medio de un desdén que ni siquiera sentía.

Llevaría a cabo la misión encomendada, pero ¿de verdad era tan horrible que una mujer del siglo XXI quisiera elegir a su futuro marido? ¿Aunque fuera una princesa?

El ruido de la cortina de la ducha le hizo levantar la cabeza. Le había prohibido a Bella que cerrase la puerta, aunque era improbable que se escapase por el estrecho ventanuco del baño, y se asomó por la rendija aun sabiendo que no vería nada. Bella estaría secándose y vistiéndose detrás de la puerta.

Pero no había contado con el espejo del lavabo. La puerta abierta había impedido que el cristal se empañara, de modo que ofrecía una imagen perfecta de Bella secándose su delicioso cuerpo. Cullen sabía que debería apartar la mirada, pero no podía evitarlo. Era preciosa. Su piel relucía por la humedad en aquellos lugares por donde aún no había pasado la toalla, y el agua goteaba de sus cabellos y se deslizaba por sus pechos hasta sus pezones perlados.

Quería entrar allí y lamerle hasta la última gota de su cuerpo, y llegó a avanzar un par de pasos antes de detenerse. Tensó todos sus músculos y permaneció quieto y rígido, absolutamente fascinado mientras veía cómo seguía secándose. Entonces ella se dio la vuelta y se dobló por la cintura, exponiendo su trasero en forma de corazón y la sombra de su sexo.

Cullen gimió.

—¿Decías algo, Edward?

—Eh… no —si no se movía rápido, ella lo sorprendería mirándola como un adolescente que contemplaba por primera vez el cuerpo de una mujer desnuda.

Apretó los dientes, cerró los ojos y se obligó a dar unos cuantos pasos hacia donde creía que estaba la cama. Volvió a abrir los ojos cuando tocó el colchón con la espinilla y se sentó, percatándose entonces del lugar tan poco recomendable que había elegido para esperar.

No iba a arrojarla en la cama cuando saliera del cuarto de baño. No iba a poseerla como si la vida le fuera en ello… No iba a hacerlo.

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Bella se vistió rápidamente, pero la ropa no podía protegerla de las sensaciones que le había despertado Edward. Tampoco la ducha la había ayudado. Al contrario; el agua caliente había actuado como un potente catalizador de las emociones largamente reprimidas.

Aquello no podía estar pasando. Había salido con varios hombres desde que se graduó en la universidad. Hombres dignos de su afecto y su deseo. Y no había sentido nada por ninguno de ellos.

Y entonces Edward Cullen volvía a su vida y en cuestión de segundos su cuerpo volvía a reaccionar como si nunca se hubieran separado. Como si nunca la hubiera traicionado.

Edward la había usado en una ocasión, y ella no estaba dispuesta a enamorarse de él otra vez. Pero lo que sentía en ese momento no tenía nada que ver con el amor. Era deseo físico, nada más. No quedaban restos del amor que una vez sintió por él. Lo único que había amado era una mentira.

Podría recordarse aquella verdad crucial cuantas veces quisiera, pero no le serviría para apagar el fuego que la consumía por dentro. Lo que demostraba que la atracción era únicamente sexual. Sus sentimientos más profundos no podían reaccionar de aquella manera a la presencia de Edward.

Ojalá su cuerpo fuera tan sabio como su corazón… Se recogió el pelo en una coleta. Apenas podían verse las mechas con el pelo mojado, pero cuando estaba seco los tonos rojizos se mezclaban con el marron natural de sus cabellos. Su madre lo odiaba. A su tía le encantaba, y a Bella le gustaba lo bastante para retocarse las raíces cada seis semanas.

No pudo evitar preguntarse lo que le parecerían a Edward y salió del cuarto de baño. Lo encontró sentado en la cama, con una expresión afligida en el rostro.

—¿Estás bien? —le preguntó a regañadientes.

La máscara inexpresiva que Bella había aprendido a odiar la noche que descubrió su engaño se instaló inmediatamente sobre sus rasgos.

—Muy bien. ¿Estás lista para que nos vayamos?

—¿Para qué nos vayamos adonde, exactamente?

—No te hagas la tonta, princesa.

—Hablo en serio. Supongo que tu idea es entregarme a mi familia, pero teniendo en cuenta que estamos a cinco mil kilómetros de Washington D.C., y que el aeropuerto más cercano está al menos a veinticuatro horas en coche, tendremos que hacer alguna parada en el camino…

—Yo no he dicho que tu familia esté en Estados Unidos.

—No hace falta que lo digas. Mi padre puede pensar que soy estúpida y que no me entero de nada, pero no vivo en las nubes. La visita del rey de Swan con todo su séquito a la capital no es precisamente un secreto de estado —y si Cullen pensaba llevarla a Swan estaba muy equivocado.

—Tienes razón. Tus padres y tu novio están esperándote en Washington D.C.

—Supongo que se alojan en la embajada, ¿no? —su padre estaba obsesionado con la seguridad y no confiaba en los hoteles ni en el alojamiento ofrecido por el gobierno estadounidense. La embajada de Swan era lo bastante grande para hospedar a toda la comitiva real y a otros dignatarios.

—Sí.

—¿Y bien?

Él arqueó las cejas interrogativamente.

—¿Adónde vamos, entonces? —insistió ella.

—¿Crees que voy a decírtelo?

—Puedes compartir con mi padre la idea de que no tengo derecho a decidir sobre mi futuro ni con quién compartirlo, pero ¿tan déspota eres que ni siquiera vas a ofrecerme una mínima cortesía y decirme dónde voy a pasar la noche?

—El conocimiento es poder, princesa, y no tengo por costumbre cederlo tan fácilmente.

—Deja de llamarme así.

—Es tu nombre.

—Mi nombre es Bella.

—Pero eres una princesa.

—Y tú un cavernícola cruel y desalmado, y aun así te llamo por tu nombre.

—Muy bien… Bella. ¿Podemos irnos?

—Tengo que hacer el equipaje, y de verdad me gustaría saber a dónde vamos.

La mirada de Cullen le dejó muy claro que no iba a decírselo. Muy bien. Ella no iba a suplicarle ni a insistir, y en cualquier caso podía adivinar su destino. Seguramente se dirigirían al aeropuerto de Reno o de Lake Tahoe. Tahoe estaba más cerca, pero su aeropuerto era mucho más pequeño y no era probable que en sus instalaciones se pudiera alquilar un Jaguar. La agencia de alquiler debía de tener una sucursal en el aeropuerto de Reno. Un magnate como Edward podría dejar el coche donde quisiera, pero Bella sabía que le gustaba ser eficiente y meticuloso al máximo.

De acuerdo, tal vez había leído algún que otro artículo sobre él en los últimos años. O alguna que otra docena.

Lo único de lo que no podía estar segura era de si la llevaría directamente al aeropuerto o a un hotel. Empezó a meter sus cosas en la bolsa Gucci que su tía le había regalado por su último cumpleaños. No se había llevado mucha ropa cuando salió huyendo, de modo que sólo necesitó unos minutos para tenerlo todo preparado. Al acabar, se colgó la mochila al hombro y agarró la bolsa de viaje.

—Lista.

—¿Ya está? ¿No vas a protestar ni a exigir que te diga adonde te llevo? —parecía realmente sorprendido por su rápida sumisión.

Estupendo. Un enemigo confundido era un enemigo fácil de vencer.

—No.

Él entornó la mirada, pero no dijo nada más y le quitó la bolsa de viaje. Ella se lo permitió. Todo lo importante lo llevaba en una riñonera oculta bajo la ropa.

Cullen metió la bolsa en el maletero y ella vio que también había una maleta negra. De modo que no había reservado habitación en ningún hotel cercano. Ni ella esperaba que lo hiciera.

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Llegaron a Reno a última hora de la tarde. Cullen llevó a Bella al lujoso chalet que la agencia les había preparado en las colinas a las afueras de la ciudad. Aún no había informado al rey Charles de que había encontrado a su hija. Cullen era muy supersticioso en todo lo relacionado con el trabajo desde que el año anterior le presentara un informe erróneo a un cliente, y no quería ofrecer resultados hasta estar completamente seguro de los hechos. Había sido uno de sus agentes el que se equivocó al sacar las fotos, pero la responsabilidad había recaído sobre Edward como director de la agencia.

Usó el código que le habían mandado para desbloquear y abrir la puerta y dejó que Bella entrara mientras él volvía al coche a por las maletas. No creía que fuera a intentar escapar por las colinas y de noche. Era una de las razones por las que había elegido aquel emplazamiento para alojarse.

Cuando volvió a la casa, Bella estaba llenándose un vaso de agua en la cocina.

—He activado las alarmas, así que no vayas a abrir ninguna puerta ni ventana.

Ella puso los ojos en blanco.

—¿De verdad lo crees necesario?

—Toda precaución es poca.

—Desde luego nadie podría acusarte de ser un chapucero en tu trabajo.

—¿Y bien…?

Ella se volvió hacia él mientras tomaba un sorbo de agua.

—¿Si?

—¿No vas a protestar para que no te lleve de vuelta con tu familia? ¿No vas a apelar a mis ideales democráticos sobre los derechos humanos?

Un destello de ira asomó fugazmente a los ojos marrones de Bella.

—¿De qué serviría? Hace ocho años aprendí lodo lo que necesitaba saber sobre lo mucho que respetas mis derechos y mi intimidad. Me demostraste que harías y dirías cualquier cosa para cumplir con tu deber. Es lógico suponer que ahora volverás a hacer lo mismo.

Cullen podía entender su cinismo, pero no por ello dejaba de dolerle. No debería ser así. La opinión que ella tuviera de él no tendría que importarle lo más mínimo, Pero, al igual que había pasado ocho años antes, Bella Swan se estaba conviniendo en algo más que una misión.

—No soy yo quien se dedica a perjudicar a las personas, princesa.

Ella frunció el ceño.

—Ni yo.

—Y esa empresa de seguridad a la que tu padre rescindió el contrato y ese guardia que perdió su empleo por culpa de tu pequeña huida… ¿no se te ocurrió que los estabas perjudicando? —nada más decirlo se arrepintió. Tal vez Bella no estuviera respondiendo a las expectativas de su familia, pero eso no la convertía en una criminal.

—Primero, los fallos que pueda cometer una empresa de seguridad no son culpa mía, sino de ellos. Segundo, me aseguré de que el guardia fuera compensado por perder su trabajo. Y si te molestas en comprobarlo, verás que no tardó en encontrar otro empleo mucho mejor.

—¿Qué quieres decir con que fue compensado? ¿Lo sobornaste para que hiciera la vista gorda?

Bella se puso rígida por la afrenta.

—Pues claro que no. Jamás se me ocurriría atentar contra la integridad moral de una persona. Me encargué de su compensación después de que lo despidieran.

—Igual que te encargaste de que encontrara trabajo.

—Exacto.

—¿Esperas que me crea que, después de haber fallado estrepitosamente a la hora de vigilarte, no tuvo problemas en conseguir un trabajo mejor?

—Todo depende de lo que entiendas como «mejor». Descubrí que a Rodney no le gustaba ser guardaespaldas, pero no se veía capaz de hacer otra cosa desde que abandonó el ejército. Lo animé a que retomara los estudios cuando no estaba de servicio. Cuando llegó el momento de separarnos, estaba lo suficientemente cualificado para aspirar a un trabajo más acorde con sus aspiraciones. Y contaba además con una buena carta de recomendación.

—Una carta que tú le diste, supongo.

—Sí.

—Vaya…

Podría parecer sarcástico, pero nada más lejos de la realidad. Estaba impresionado. Bella no sólo se había preocupado de conocer a su guardaespaldas, sino que había elaborado un plan de emergencia y todo.

—¿Cuánto tiempo estuviste planeando la huida?

—Lo creas o no, no lo tenía planeado. Rodney decidió dar el salto al mismo tiempo que yo. De todas formas tenía pensado animarlo a que cambiara de trabajo.

—Eres toda una activista social, ¿eh?

—Has leído mi ficha, así que debes de saber la respuesta.

—Tu ficha dice que trabajas para un grupo ecologista y que te pasas las horas libres colaborando como voluntaria en un centro para adolescentes que se han escapado de casa.

—Técnicamente ya no trabajo para la organización ecologista.

—Puedes ayudar mucho más como princesa —le dijo él. Necesitaba creérselo. Bella no sería su princesa si no tuviera sus ideales de justicia y solidaridad.

—¿Lo dices para que me sienta mejor ante la perspectiva de mi inminente secuestro?

—Nadie va a secuestrarte.

—¿Ah, no? ¿A mi padre no le importaría que me marchara? ¿Y tú no me seguirías?

Cullen se sintió invadido por la culpa y por una furia irracional, pero consiguió mantener su voz tranquila y serena.

—Sabes que sí.

Ella se limitó a mirarlo como si todo estuviera dicho.

—Tu padre está preocupado por tu seguridad —dijo él—. Lo que hiciste no fue inteligente. Bella.

—Mi padre sólo se preocupa de que cumpla sus órdenes —replicó ella, cruzando los brazos bajo sus pechos turgentes—. Y en cuanto a lo que hice, ya hemos hablado de esto… Si nadie sabe quién soy, nadie podrá suponer una amenaza para mí seguridad.

—Si tan segura estás, tengo varios informes policiales sobre mujeres agredidas que podrías leer.

—Oh, vamos… Todos vivimos en el mismo mundo, y el noventa y nueve por ciento de esas mujeres no tienen guardaespaldas.

—Tú no eres como esas mujeres.

—¿Qué me hace diferente? —preguntó Bella.

—Eres una princesa. Te criaste en un entorno privilegiado.

—Y me he pasado los últimos cinco años llevando una vida normal. Corro los mismos peligros que cualquier otra mujer.

—Eso no es cierto —objetó él. La negativa de Bella a aceptar quién era no presagiaba nada bueno para su futuro.

—Lo que tú digas… Esta discusión es una pérdida de tiempo. ¿Dónde voy a dormir?

Según la información que había recibido Cullen, en el piso superior había dos dormitorios, un despacho y una habitación de juegos.

—En uno de los dormitorios de la planta alta.

—¿Vas a dejar que elija mi habitación? —le preguntó ella en tono burlón.

Cullen maldijo en silencio. Él sólo estaba haciendo su trabajo.

—Sí, puedes elegir la habitación que quieras —consiguió decir entro dientes.

La siguió a las escaleras y agarró la bolsa de Bella y su propia maleta antes de que pudiera hacerlo ella. Bella se dirigió directamente hacia el dormitorio a la izquierda del pasillo sin mirar el otro siquiera. Cullen entró detrás de ella y dejó la bolsa en la cama.

—Gracias —le dijo en voz baja y sensual.

Cullen no se retiró cuando ella se dio la vuelta. No podía moverse. Quería oler su fragancia y sentir su calor aunque no pudiera tocarla.

—De nada —respondió—. Nuestro vuelo es por la tarde. Saldremos para el aeropuerto después de comer.

—Entendido y anotado —dijo ella, levantando la mirada hacia él. Parecía estar sumida en pensamientos muy profundos, pero no dijo nada ni se movió.

—¿Qué?

—Siempre me he preguntado…

—¿Qué?

—¿Todo formaba parte del engaño?

Cullen dio un respingo involuntario. Debería haberse esperado aquella pregunta, pero lo había pillado por sorpresa, y aunque quería explicarse no sabía qué decir… igual que le ocurrió ocho años antes.

Ni siquiera se molestó en fingir que no sabía de lo que le estaba hablando, aunque sabía que habría sido lo más sensato.

—No.

Ella se mordió el labio y asintió.

—Gracias. Creo que no quiero saber qué parte.

Fue el turno de Cullen para asentir. Se arrepentía de pocas cosas en su vida, pero una de ellas era haber bajado la guardia con Bella por culpa de una libido desatada. Aquella última noche se había odiado a sí mismo. Y ahora volvía a sentirse perdido en presencia de Bella. Una vez más, su deseo incontrolado la ponía en peligro.

El desprecio que sentía por sí mismo lo había hecho ser más duro con ella de lo que había pretendido cuando le reveló la verdad. Había tenido ocho años para imaginarse todos los escenarios posibles para las confesiones de aquella noche, y ninguno de ellos incluía dejar a su princesa tan herida y desolada.

Ella se había movido hacia la ventana y estaba mirando el desierto de Nevada. Cullen no sabía qué podía ver a esa hora de la noche, pero no creía que estuviera concentrada en la vista. Se acercó a ella por detrás y le puso la mano en el hombro.

Ella se estremeció y él estuvo a punto de apretarla contra su cuerpo, pero a sus treinta y cinco años tenía más control sobre sus pasiones del que había tenido a los veintisiete.

—Lo siento, princesa.

—¿Por qué? —preguntó ella con una voz ronca y cargada de emoción.

—No debí dejar que las cosas se nos escaparan de las manos. En dos ocasiones te puse en peligro por descuidar tu seguridad.

Ella soltó una amarga carcajada.

—¿Te preocupa no haber hecho bien tu trabajo? —sacudió la cabeza—. Tranquilo. Hasta donde yo sé, lo hiciste perfectamente.

—También lamento haberte hecho daño —confesó. Aquélla debía de ser la segunda vez en su vida que pedía disculpas.

—¿Por eso aceptaste esta misión? ¿Para poder decirme que lo sientes?

—En parte sí. Ya no me dedico al trabajo de campo.

—Claro… Estás demasiado ocupado con tus negocios internacionales.

—Parece que me has seguido la pista.

—Ya sabes lo que dicen… Hay que conocer al enemigo.

Cullen sintió un nudo en el pecho.

—Yo no soy tu enemigo.

—Tampoco eres mi amigo.

—Lo fui una vez.

—Para vigilarme de cerca. Eso no es amistad. Es sentido desmedido de la responsabilidad profesional.

—Tú me gustabas, Bella. Y te respetaba.

Ella emitió un áspero sonido de incredulidad.

—Te lo digo en serio. Y me sigues gustando. Has hecho muchas cosas en tu vida sin que nadie te haya animado o ayudado.

—Eso no es cierto. Mis tíos siempre han estado detrás de mí.

—Me alegra que haya personas en tu familia en las que puedes confiar.

Ella no dijo nada y él reprimió un suspiro. Era obvio que no se encontraba en su terreno cuando se trataba de pedir disculpas.

—Debería haberte contado la verdad sobre mí en cuanto descubrí lo difícil que sería mantener las distancias contigo —difícil… o imposible. Se obligó a retirar la mano de su hombro y retroceder.

Ella asintió.

—Gracias.

Él no sabía qué decir, de modo que no dijo nada.

—¿Es eso lo que querías decirme cuando me llamaste aquella vez?

—Sí. Y cuando intenté hablar contigo la noche que descubriste la verdad.

—Ya habías dicho mucho.

—Lo creas o no princesa, aquélla fue una noche horrible para los dos.

Los hombros de Bella se tensaron.

—Si me respetabas tanto, ¿por qué me acusaste de ser una egoísta sin escrúpulos a la que no le importaban las personas que dependen de mí? —se volvió para encararlo con una expresión de escepticismo y amargura—. Y esta noche has vuelto a acusarme de lo mismo.

Era cierto, y ella lo había puesto en su sitio.

—Me equivoqué entonces y ahora. Hace ocho años creí que no te importaban las consecuencias de tus actos, aun sabiendo cuáles serían.

—Pero yo ignoraba cuáles serían. Nunca se me ocurrió que mi búsqueda de libertad pudiera costarle a alguien su empleo.

—Porque estabas muy segura de poder salirte con la tuya.

—Tú mejor que nadie entenderás lo que significa tener seguridad en uno mismo.

A Cullen casi se le escapó una sonrisa.

—Sí.

—Has vuelto a pensar lo mismo de mí —insistió ella.

—Y he vuelto a equivocarme.

—No importa… Sigues pensando que mi vida y mi felicidad han de estar en manos de mi padre.

—Creía que sabías que esos razonamientos son inútiles para discutir conmigo —replicó Cullen. Pero ella se equivocaba. Lo que él creía era que Bella no tenía elección y que sería mucho más feliz si aprovechaba la vida para la que había nacido.

Ella pareció desinflarse.

—Lo son. Estoy cansada, señor Cullen. ¿Te importa si me voy a la cama?