Capítulo 7
Daryl pulsó un interruptor y la casa se iluminó. Beth avanzó tímidamente, dando pasos dubitativos hasta el interior, y se encontró con un salón pequeño, con los muebles necesarios y pintado de blanco. Había una pequeña cocina al fondo y justo al lado estaba el baño. Tras el sofá había dos puertas cerradas que Beth suponía, eran las habitaciones.
Daryl se adelantó un par de pasos, dejó el chaleco sobre el sofá y se giró para mirarla, pareciendo más incómodo ahora que ya no estaban en la moto.
—Mi cuarto es ese de ahí —dijo él, señalando la puerta de la derecha—. La cocina, el baño, esto. No es mucho —y se encogió de hombros. Beth sonrió.
—Muchas gracias —le contestó ella de corazón. Daryl volvió a encogerse de hombros.
—Hay toallas en el armario, te daré algunas—explicó Daryl—. Y…
Pareció quedarse sin nada más que decir, y Beth se apiadó un poco de él.
—Creo que me ducharé antes de irme a dormir —asintió ella. Daryl abrió la puerta de la izquierda y le hizo un gesto para que pasase. Beth entró. Era una habitación pequeña, con una ventana aún más diminuta y una cama con un sillón y una mesita al lado. Tuvo la sensación de que estaba de vuelta en Rosewood.
—Te dejo para que… —murmuró él, antes de desaparecer de nuevo. Beth soltó el bolso encima de la cama y pocos segundos después, Daryl resurgió por la puerta con una toalla en la mano y se la ofreció. Beth estiró un brazo para tomarla y le sonrió—. Voy a dormir ya.
—Vale, no quiero molestarte más —respondió ella asintiendo—. No haré ruido, te lo prometo.
—Da igual —replicó Daryl—. Si necesitas algo…
—De acuerdo.
Daryl cerró la puerta con cuidado para dejarle privacidad y ella se quedó inclinada sobre el bolso unos segundos, hasta que finalmente suspiró y se dejó caer en la cama pesadamente. Estaba agotada y lo que le pedía el cuerpo era cerrar los ojos y dejarse llevar por un confortable sueño. Sin embargo, se obligó a reunir las últimas fuerzas que le quedaban y a ponerse en pie de nuevo para buscar una muda y cambiarse. Se recordó mentalmente que mañana a primera hora tenía que ir a recoger el resto de sus cosas al motel y llamar a Shawn para decirle que se quedaba en Newborn, y de pronto, a pesar del estrés que la asfixiaba, sintió una repentina alegría. No tendría que marcharse.
Si es que Daryl aceptaba alquilarle la habitación.
Beth abrió los ojos al día siguiente de golpe, pensando en que tenía que prepararse para ir a trabajar, y entonces recordó que era domingo y que no tenía turno y volvió a dejar caer la cabeza sobre la almohada pesadamente. Tardó unos segundos en darse cuenta de que aquella no era su cama de siempre, de que aquella no era su habitación, y cuando lo hizo, volvió a levantar la cabeza bruscamente, haciéndose daño en el proceso.
Miró a su alrededor, como si se esperara ver a Daryl sentado en el desvencijado sillón junto a la ventana, y se frotó los ojos con cansancio. Alargó el brazo para buscar el móvil en su bolso y comprobó que eran las nueve y que tenía veinte llamadas perdidas y cuarenta y tres mensajes, todos de Maggie.
Beth, Shawn me ha contado lo que ha pasado. ¿Dónde estás?
Beth, no me ignores. Si no me contestas voy a preocuparme.
Beth, voy a llamar a papá y vamos a ir a buscarte. No me hagas repetirlo.
Bethy, ¿estás ahí?
Beth.
La lista seguía y seguía, cada vez más asfixiante. Beth quiso lanzar el teléfono contra la pared, pero se contuvo y lo dejó de nuevo en el bolso. Se levantó y abrió la puerta lentamente, no queriendo causar alboroto, pero se encontró con el sonido del grifo desde el baño. Beth no sabía qué hacer. Tenía que vestirse e ir a por su ropa, tenía que llamar a su familia para evitar que los SWATS entraran por la puerta en cualquier momento y le hicieran un placaje a Daryl, tenía que…
Tenía que relajarse.
Suspiró lentamente y se sentó en el sofá justo cuando Daryl abrió la puerta del baño. Beth se puso en pie como un resorte, y vio cómo Daryl intentaba ocultar una sonrisa de diversión.
—No te voy a cobrar porque te sientes —le dijo, y ella volvió a su posición anterior, sonrojada.
—Buenos días —musitó ella, mortificada.
—Buenas —contestó Daryl antes de dirigirse a la habitación. Beth se estiró ligeramente para mirarse en el espejo del baño y comprobó que, efectivamente, estaba horrible. Su pelo parecía un avispero, y cualquiera que la mirara podría decir sin exagerar que llevaba meses sin dormir. Además, llevaba unos pantalones de pijama morados con lunares blancos y una camiseta amarillo limón en la que cabía tres veces y tenía una manga rota.
—Dios —susurró. Se levantó y volvió a toparse con Daryl, y se esforzó por sonreír y aparentar normalidad—. Creo que deberíamos hablar.
Daryl la miró un segundo.
— ¿De qué? —preguntó, confuso. Beth parpadeó unos instantes antes de responder.
— ¿Lo decías en serio ayer? ¿Me alquilarías la habitación? —le instó ella, como si fuera evidente.
—Fuiste tú la que querías pagarme —repuso él.
—Lo sé, y eso es innegociable —respondió Beth—, pero me gustaría… bueno, no sé. ¿Estarías dispuesto a… tenerme como compañera de piso?
Daryl parecía mirar a todos lados menos a ella, y de pronto, vio cómo su cabeza hacía el más mínimo movimiento hacia arriba y hacia abajo, una vez y tan rápido que apenas pudo percibirlo. Beth sonrió de puro alivio.
— ¿Cuánto?
— ¿Cuánto qué?
—Cuánto dinero al mes. Cuánto pides por alquilar la habitación —añadió, al ver la expresión dl hombre. Daryl se encogió de hombros de nuevo.
—Yo también estoy de alquilado.
—Te pagaré la mitad, entonces —propuso ella, pero Daryl negó con la cabeza.
—No necesito tanto.
—Pero es lo justo —protestó Beth. Daryl suspiró.
—Necesito un café —dijo de pronto, y antes de que Beth pudiera decir nada, se dirigía rumbo a la cocina, y se encontró a sí misma siguiéndole. Daryl cogió una pequeña cafetera y se sirvió un vaso, antes de hacerle un gesto.
—Sí, por favor. Gracias —añadió cuando él empezó a verter el café en una taza para ella. Beth se llevó el recipiente a los labios, casi relamiéndose al sentir el olor inundando sus fosas nasales, y no pudo evitar entrecerrar levemente los ojos antes de beber un pequeño sorbo.
— ¿Azúcar?
—No, así está perfecto, gracias —negó ella con la cabeza. Daryl se sentó en el sofá y Beth se quedó de pie mirándole, con la taza humeante aún en la mano—. Entonces… ¿cuánto sería?
Daryl la observó durante unos instantes, antes de llevarse el café a los labios y beber.
—Doscientos cincuenta —contestó él al cabo de un rato. Beth abrió los ojos desmesuradamente.
—Eso es sólo un poco más de la mitad de lo que pagaba por mi antiguo piso —exclamó ella con una voz patéticamente aguda.
—Tu piso está más cerca de todo que el mío, es más grande, más nuevo, y además lo alquilabas entero, no una habitación.
—Daryl —comenzó ella otra vez—, no. Sabes que no es verdad. Ayer usé el baño, y al final acabaré usándolo todo. No puedo pagarte como si fuera sólo la habitación.
—Doscientos cincuenta —repitió Daryl sin inmutarse—. Eso es el máximo que voy a aceptar.
Beth bajó la vista hasta su café, pensativa.
—Puedes ponerle un candado a la puerta o lo que quieras —soltó inesperadamente Daryl. Beth levantó la cabeza para mirarle, con el ceño fruncido.
— ¿Por qué iba a querer ponerle un candado?
Daryl se encogió de hombros.
—Confío en ti —respondió ella simplemente. Se dio cuenta de que Daryl estaba prácticamente atravesándola con la mirada y volvió a centrarse en su taza de café—. Entonces, ¿algo más?
—Creo que no.
—Te pagaré el primero de cada mes —saltó ella—. Es decir, en… —trató de recordar qué día era.
—Ocho días —contestó Daryl.
—Ocho días —repitió ella—. Quizás sería buena idea si tuviera una copia de las llaves.
Daryl asintió y soltó la taza en la mesita que había junto al sofá, antes de ponerse en pie y dirigirse hacia ella. Beth retrocedió un par de pasos hasta que se dio cuenta de que él iba a la silla de la cocina que se encontraba justo tras ella, de la que estaba colgado su chaleco. Rebuscó en el bolsillo interior y sacó las llaves, antes de ofrecérselas.
—No tiene que ser ya —se apresuró en añadir.
—Yo no vuelvo hasta la noche. Ve a por tus cosas y ábreme cuando llegue —explicó él, antes de coger el chaleco y ponérselo—. ¿Estarás aquí?
—Sí —contestó ella inmediatamente, al tiempo que tomaba las llaves que él le ofrecía—. Hoy no tengo que trabajar.
—Bien —dijo él, caminando hacia la puerta. La abrió y se quedó allí parado un momento, antes de girarse para mirarla—. Luego nos vemos.
—Hasta luego, entonces —respondió Beth, sonriendo. La puerta se cerró suavemente y Beth se quedó allí parada, observando el manojo de llaves tintineantes y la casa que había frente a ella. Lo primero que hizo fue dirigirse a su cuarto –su cuarto- en busca de su móvil, que ya estaba vibrando, y descolgar.
—Hola, Mag-
— ¡-DE TODAS LAS TONTERÍAS QUE HAS HECHO, BETHY, TE JURO QUE ÉSTA ES LA PEOR DE TODAS! ¿CÓMO SE TE OCURRE NO LLAMARNOS?
—-gie. ¿Qué tal?
— ¿QUÉ TAL? OH, YO TE DIRÉ QUÉ TAL. ME HE PASADO LA NOCHE INTENTANDO HABLAR CONTIGO, PAPÁ LLAMANDO A RICK A LAS DOS DE LA MAÑANA PARA QUE HABLARA CON LA COMISARÍA DE NEWBORN, Y TÚ-
—Maggie…
—Y TÚ MIENTRAS EN DIOS SABE DÓNDE SIN OCURRIRTE LLAMARNOS.
—Maggie…
— ¿SABES EL MAL RATO QUE HEMOS PASADO? CREÍAMOS QUE-
— ¡Maggie! —gritó Beth. La voz de su hermana se apagó de golpe y Beth suspiró, aliviada de poder pegarse el auricular a la oreja sin dañarse el tímpano—. Estoy bien.
— ¿Dónde estás?
—He encontrado piso nuevo —explicó Beth sin entrar en detalles—. Anoche estaba un poco liada y me quedé dormida nada más llegar, por eso no os llamé.
—Papá te dijo que volvieras a casa, Beth.
—Tengo veintitrés años, Mags. Soy mayorcita para decidir por mí misma —replicó ella, en un tono más brusco del que pretendía. Entendía la preocupación de su hermana. Maggie solía pillar lo que pasaba en realidad más rápido que la mayoría de la gente. De alguna forma, se habría dado cuenta de que Beth estaba en problemas y se habría pasado la noche en vela. Beth podía imaginársela dando vueltas por casa de Shawn, revoloteando y llamándola y pensando si coger el coche ella misma e ir a buscarla—. Estoy bien.
La oyó suspirar de alivio al otro lado del teléfono.
—No vuelvas a hacerme esto nunca, Bethy. Por favor.
—Lo siento mucho —se disculpó Beth—. Dile a papá y mamá y a Shawn que sigo sana y salva. Hoy voy a terminar de mudarme para poder ir mañana a trabajar y tener todas mis cosas aquí.
— ¿Cómo has encontrado una casa nueva tan rápido?
—Estoy compartiendo piso —explicó, tamborileando con los dedos nerviosamente. Esperaba que ese nerviosismo no se hubiera transmitido a su voz, o al menos lo suficiente como para que su hermana lo notara.
— ¿Con quién?
Maldita Maggie.
—Rosita —farfulló, tratando de sonar natural.
—Oh —contestó su hermana—. Es muy buena chica.
—Sí, lo es —concordó Beth—. Oye, Maggie, tengo prisa. Esta noche hablamos.
— ¿Me lo prometes?
—Que sí —Beth puso los ojos en blanco.
—Vale, ten cuidado. Te quiero —le dijo su hermana.
—De acuerdo. Y yo a ti —y colgó, suspirando pesadamente. Lo cierto es que Maggie estaba siendo bastante suave. En condiciones normales, ya habría aparecido en Newborn y estaría exigiendo saber dónde estaba para poder ratificar su decisión, como si aún tuviera once años. Beth se preguntó dónde habría estado ese tal Glenn toda su vida.
Beth soltó la caja con esfuerzo en la cama, arrancándole un crujido lastimero. Comenzó a sacar cosas y a colocarlas con cuidado. Empezó a doblar su ropa y a dejarla en el sillón, tarareando en voz baja mientras se movía por el pequeño cuarto. Saco una fotografía enmarcada con su familia y sonrió, antes de dejarla en la mesita. Eran cerca de las ocho y afuera ya estaba oscuro, pero no se oía el típico rumor de la ciudad. Se repitió a sí misma que aquél edificio estaba bastante alejado y que aquello era normal, pero se le hacía raro estar en una habitación tan extraña para ella pero al mismo tiempo tan familiar. Le recordaba enormemente a cuando vivía en la granja y lo único que se escuchaba eran los pasos de alguien al levantarse o el murmullo del campo.
Abrió su bolso y buscó su cartera, contando el dinero rápidamente. Había sacado todos sus ahorros del banco y tenía ciento veinticinco dólares y treinta centavos. Aún tenía que conseguir ciento quince para darle a Daryl en ocho días. Se tranquilizó pensando que cobrara en tres días, y luego otro sentimiento de angustia la invadió: la letra del coche. Tendría que venderlo, pero venderlo también significaba tener que buscarse la forma de ir hasta la residencia cada día.
Sintió que el nudo volvía a formarse en su pecho, y de pronto, pegaron a la puerta. Beth se levantó de la cama para abrir y se encontró a Daryl.
—No me acordaba de que no llevabas llaves —se explicó ella, y abrió aún más la puerta para dejarle pasar. Daryl la miró, pero no dijo nada.
Beth se dirigió hacia su cuarto de nuevo y siguió ordenando sus cosas, tarareando suavemente para sí misma. Levantó la cabeza cuando vio a Daryl allí plantado, cambiando el peso de pierna constantemente.
— ¿No vas a cenar? —preguntó él, e inmediatamente una explosión de color invadió su cara. Beth tuvo que contener una sonrisa, porque sabía que le incomodaría aún más, y negó con la cabeza suavemente.
—No tengo mucha hambre —respondió ella. Daryl asintió antes de irse apresuradamente, y Beth continuó ordenando las últimas cosas, antes de soltar la caja vacía a los pies de su cama. Salió y se encontró a Daryl sentado en el sofá, viendo la tele con un botellín de cerveza. Beth se acercó y se sentó al lado sin decir nada, fingiendo que estaba pendiente de lo que fuera que él estuviera viendo.
Pasaron unos minutos hasta que finalmente, él se puso en pie de golpe, sobresaltando a Beth.
— ¿A dónde vas? —preguntó ella.
—A pedir una pizza. ¿Seguro que no quieres? —y Beth volvió a negar con la cabeza, a pesar de que había un sordo rugido que amenazaba con brotar de su estómago en cualquier momento.
No, se dijo mentalmente, una cosa es que te alquile la habitación y otra aceptar su comida. Mañana comeré en el trabajo.
Pero aún así, cuando la pizza llegó casi una hora después, y Daryl volvió a sentarse y abrió la caja en la mesita de al lado, le invadió un delicioso olor que provocó que la boca le doliera de la cantidad de saliva que segregaba. Se mordió el interior de la mejilla y siguió concentrada en la televisión.
Pasaron unos cuantos minutos más hasta que sintió que le caía algo en el regazo, y al bajar la vista, se encontró con un plato con un trozo en él.
—No tengo hambre —repitió ella, pero entonces su estómago decidió traicionarla con un quejido lastimero y él alzó una ceja. Beth se ruborizó ante la mentira, antes de ceder finalmente y coger el plato del regazo—. Gracias.
Ambos siguieron comiendo en silencio, Beth muy despacio, tratando de saborear aquél trozo y de engañar un poco más a su estómago.
— ¿Quieres? —le oyó preguntar, y cuando se giró se encontró con que él estaba agitando el botellín de cerveza.
—No bebo —respondió. Daryl se la quedó mirando.
— ¿Por qué?
—Mi padre siempre ha sido muy estricto con ese tema —explicó Beth escuetamente—. Y ahora que puedo beber, no siento la necesidad de hacerlo. Supongo que se me ha quedado grabado a fuego.
Daryl asintió, pero no dijo nada más. Continuaron viendo la tele hasta que finalmente Beth vio que eran casi las once y se levantó para llevar el plato hasta la cocina y lavarlo. Se giró ligeramente para mirarle, pero él estaba concentrado en lo que fuera que estuvieran echando. O al menos eso parecía. De pronto, él torció levemente la cabeza y Beth se volvió de golpe, fingiendo estar entretenida secando el plato.
—Buenas noches —murmuró Beth.
—Buenas noches.
Y se metió al cuarto de golpe, al tiempo que su móvil empezaba a vibrar sobre la mesita. Beth se apresuró en cogerlo, ya dispuesta a soltarle su discurso de "estoy-bien-he-comido-aún-sigo-viva", y lo cogió sin ni siquiera mirar quién era:
—Hey —saludó distraídamente—, ya he cenado y-
—Beth —oyó la voz de Rosita en un tono que no tenía nada de ligero, y Beth se quedó a medio camino entre estar de pie y sentarse en la cama—. A la señora Dixon le ha dado un paro cardíaco.
¡Chun, chun... chun! Este capítulo ha sido un poco más para situarnos justo después de que llegue, pero prometo más acción en el siguiente, palabrita. ¡Gracias por leer y por favor, dejad un review y decid qué os ha parecido!
