El día que tu corazón me encuentre

por MissKaro


Siete


Últimamente, la conciencia de Kotoko volvía a su jefe, a quien no había podido pagar la comida de hacía una semana, hecho que le tenía incómoda, especialmente porque él no había accedido ni denegado su ofrecimiento a visitar el restaurante de su padre.

Sabía que la cantidad gastada no era gran cosa —para él, con una fortuna—; solo que a ella le importaba el monto, y prácticamente había sido que le pagó la comida. O sea, un hombre le había invitado la comida.

Y quizá lo habría aceptado si se hubiese tratado de su pareja; pero era su jefe, y un hombre que no estaba relacionado con ella íntimamente… al menos de un amigo sí lo habría considerado. Irie-san no entraba en la categoría de cercano ni amistoso, solo era su empleador y la máxima cabeza en la empresa donde trabajaba, para más ni menos.

En su país se fomentaba la buena relación entre los empleados; ya había salido innumerables veces con los compañeros y compañeras de trabajo, en diferentes ocasiones con grupos diversos; era solo que el nivel de jerarquía entre Irie-san y ella era muy distinto, y le cohibía el solo pensar que a él le pareciera una falta de respeto el que lo considerara alguien con una relación interpersonal muy buena.

De por sí ya había tenido dos malos incidentes con él, como para deberle. No, era impensable.

Si el asunto del traje estaba también, latente; por no decir de que no la despidiera.

Irie-san no era tan malo como su imaginación lo pintaba, era cierto.

Mucho estuvo influido por su pasado, se daba cuenta; ahora lo veía con una luz un poco diferente. Era un jefe magnífico… algo exigente, sí, pero no a un nivel que pareciera imposible, y que del trato que les daba no existieran razones para laborar mucho mejor de lo esperado de empleado.

Era eficiente y listo; a poco más de un mes de su entera dedicación a la filial japonesa, los cambios eran visibles. Tenía muchos puntos favorables. Nuevamente, su imperturbabilidad externa —de la que había visto algunas diferencias en los intercambios que habían tenido— y su aura de poder, lo hacían algo de temer y daba reticencia acercarse; solo que debía ser distinto con las personas en su círculo.

Ella habría estado en ayunas toda la mañana, solo para ver durante un momento el cambio que podría efectuarse en su semblante y actitudes, con alguien cercano.

Apuesto como era, con una sonrisa genuina, realzaría su atractivo; y una actitud preocupada de su parte, un acto que demostrara dedicación, en el que su corazón no pareciera ser frío y su porte arrogante se redujera un poco, harían maravillas a sus ojos.

Era mera apreciación; a cualquiera le habría encantado ver el cambio de una estatua tallada como muchas veces estaba su rostro habitualmente —a excepción de cuando hablaba o fruncía el ceño, pero él parecía ser de pocas palabras, o las precisas, y casi nada lo alteraba—. Debería ser digno de fotografiar.

De cualquier modo, eso no le llevaba al hecho de que debía insistir en que devolviera el favor; no dormiría tranquila si no lo hiciera.

Justo ideaba modos de abordarlo cuando él apareció en la entrada de su cubículo, con su impávida cara.

—Aihara, sígueme —le ordenó escuetamente, y ella no tuvo más que hacerlo.

Él se dirigió a la sala de juntas al final de la planta, manteniendo el misterio del motivo porque no se atrevía a hablar en voz alta cuestionando qué quería. Era el jefe, debía obedecer. No había hecho algo malo esos últimos, o no lo recordaba, por lo que no creía que recibiría una reprimenda.

Además, un presentimiento le decía que, si fuese a recibir un regaño, él lo daría en su espacio, el despacho donde dirigía con mano dura y el sitio desde el que observaría mientras le rendían pleitesía.

No tanto así, pero imaginaba que un lugar no tan propio de él no sería el indicado para darle la mala noticia de que estaría en el paro.

Al entrar a la sala, se encontró con tres de sus compañeros de trabajo, los más abstraídos de todos, cuyos nombres los confundía incontables veces —como los de muchos otros—, incluso estando en su planta. Daba lo mismo, aquellos tres la miraron de un modo algo incomodante cuando ingresó, y dio un paso atrás.

Había mucha admiración y excitación en sus ojos y semblantes, que la hicieron sentir como una celebridad.

—¿Por qué estoy aquí? —preguntó, curiosa, tras haberse acomodado. Generalmente había más miembros presentes cuando iba a llevarse a cabo un trabajo, y le pedían que realizara actividades específicas para un proyecto.

Esa vez solo eran cinco en la sala.

—Hemos desarrollado un nuevo manga contigo en mente, Aihara-san —anunció uno de ellos, haciéndola congelarse.

—¿Cómo? —susurró.

Uno de ellos, de cabello largo, posicionó un montón de hojas apiladas frente a ella, que las cogió con hombros temblorosos, mientras escuchaba explicar que su exabrupto con Matsumoto y el gran acaloramiento en su voz les había inspirado para saber que tenía madera de heroína, y la inspiración había tenido lugar en su cabeza, para crear varios volúmenes de un manga en poco tiempo, con ella como protagonista.

Aun cuando parecía callada y no muy modélica al andar o actuar, a ellos les pareció perfecta para ser una mujer combatiendo el mal, con la influencia del tenis.

Ella ojeó la primera página abriendo los párpados al ver a una chica muy parecida a ella, plasmada en una postura muy provocativa —a su opinión—, con ropas algo reveladoras.

¿Así era como la veían?

—Ni siquiera sé tenis —murmuró, observando lo que parecía una raqueta, pasmada.

Era… era… increíble.

—Fue idea del Irie-san, él lo practica. —¿Hasta él? Sí, recordaba que estaba en club en la preparatoria.

Eso daba lo mismo.

—¿Pueden hacer esto! —exclamó, alzando la cabeza—. Es… me usaron para un manga… y, ¡no soy yo!

—Tranquilízate, Aihara-san —dijo el que había estado hablando—. Es un honor. Tendrá mucha fama y la gente te amará.

—Yo… no… ¿fama? ¡No! La gente me mirará.

—Por eso no te pareces mucho.

—Pero mis conocidos lo sabrán —replicó.

Miró a Irie-san.

—¿Es posible que hagan esto? —inquirió, arrugando la nariz.

—No queremos alterarte, Aihara-san, es inofensivo. Lo hacemos con gran respeto… y solo pocos sabremos que eres tú exactamente. Irie-san nos obligó a hacer arreglos. Es que nosotros… te admiramos.

Los otros dos asintieron y ella se sintió conmovida; aunque guardaba malestar por semejante barbaridad. ¿Ella la protagonista de un manga? ¿Por qué pasaban esas cosas con ella?

¿Y qué de Matsumoto, u otras mujeres perfectas en la empresa?

Entrecerró los ojos. Que usaran a otra persona.

—Solo debes darnos tu autorización, Aihara-san. Para eso es el motivo de esta reunión. Estamos muy entusiasmados de continuar.

¿Su autorización? Si ya habían hecho mucho sin su permiso. Entonces podía negarse. No quería estar en contra de algo que podría traer beneficios a su empresa, pero era su vida y era claro que sentiría reticencia a verse expuesta… No muy claro, mas sabría que era ella, y con eso bastaría para afectarle.

—¿Hay alguna cláusula en el contrato que apoye esto? —cuestionó, obstinada a encontrar un modo de salir de eso. —¿Y si me niego?

Irie-san carraspeó, atrayendo su atención. —En la realización de mis labores, no incurriré en conductas que afecten el crecimiento o reputación de la empresa Pandai, sociedad anónima de capital variable. —Pausó. —El incumplimiento de las normas enlistadas anteriormente, será consecuente con penalizaciones en consideración a la gravedad de la falta. La terminación del contrato laboral por ir en contra de las normas de la empresa, quedará a decisión de la organización.

Tragó saliva. ¿Decía eso? No lo recordaba bien. Había leído su contrato antes de firmarlo, pero no lo tenía muy presente ahora.

El que Irie-san lo supiera perfectamente, era significado que así debía ser, y una muestra clara de por qué era tan buen patrón.

—Nada de negarse —musitó ella, traduciéndolo, con un sudor recorriendo su frente.

—¡Serás reconocida, Aihara-san! —expresó uno de ellos animado.

—No creo que eso sea lo que yo quiera —interpeló.

—Es estupendo, no te arrepentirás… solo tienes que ver el traje que se hará para el personaje y que se tendrá para las exposiciones.

La sangre se le fue del rostro.

—El uso de la vestimenta no está incluido en tu aceptación —intervino Irie-san, de modo parco, aunque sintió un escalofrío en su columna, como sintiendo su enfado.

Tonterías.

Se relajó un poco y miró con agradecimiento a su jefe; aunque en ese momento se sintiera abrumada por aquello y la atención que generaría en ella. Tampoco estaba muy a gusto con que la pusiera en esa situación… pero él debía ver lo provechoso.

Tal vez no era tan grave.

—Una modelo se encargará de usarlo. Lo único que necesitan es tu aprobación para emplear tu imagen y algunas de tus cualidades personales. Por supuesto, tendrás una retribución por ello.

Era casi un eufemismo decir que necesitaba su aprobación, si prácticamente la estaban obligando. Al menos no utilizaría un ridículo disfraz que solo tenía como objetivo resaltar atributos y dejar la mayor parte de la piel a la vista.

Ni siquiera se sentía cómoda con atraer la atención, menos lo estaría con semejante ropa.

—¿Qué otra cosa me queda por decir? —farfulló, haciendo un mohín.

—No te arrepentirás, Aihara-san. Solo debes de firmar.

Así era como se hacía pacto con el diablo.

—¿Podré dar mi opinión? —preguntó tímidamente; por lo menos para estar en consonancia con lo que se mostraría.

—Nosotros…

—Sí —respondió Irie-san.

Ella asintió, un poco más calmada. Los tres creadores se encogieron de hombros.

—Nos encantará trabajar más cerca contigo, Aihara-san.

Suspiró.

Si Irie-san lo aprobaba y había apoyado, ¿qué más podía decir?


NA: Solo he leído dos tipos de contrato, así que improvisé ja,ja.

Ya sé que esperaban más contacto con Irie ja,ja, pero eso será para el próximo, y de plano, ya él está un poquito metido por ella para también colaborar en eso... y bueno, poner condiciones para que ella no salga vestida con lo que pensaron los otros. Pero tiene una razón de ser y les aseguro que el próximo les gustará :D

Gracias por leer, y hasta el miércoles.

Karo.