Disclaimer: Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer, así como la saga Crepúsculo.

Subo rápido este capítulo. Esta semana la tengo rebosada un poco por exámenes, pero igual actualizaré como por el miércoles o jueves... algo así. Gracias a los que leen y dejan reviews :) sois un amor (nuevamente XD).

¡Besotes!

Capítulo siete: ¡¿Otra vez tú?!

Bella POV

No había escupido todo el agua por oír pronunciar su nombre. Ni siquiera porque fuese él quien había mirado los pechos de Stanley. No, qué va.

Si había expulsado todo por la boca de la impresión, era sólo porque justamente el propietario de aquel nombre se acercaba charlando animadamente con Mike Newton.

Hacia aquí. Hacia la barra.

Vale, quizás lo estaba exagerando. Puede que sólo hubiese venido a tomar un café... y conociese a Mike... y Mike le estuviese extendiendo un delantal del local sólo porque...

— ¡Alto ahí! — Exclamé con horror.

Jessica me miró interrogante para luego seguir la dirección de mi mirada.

Soltó un grito ahogado cuando sus ojos se posaron sobre el individuo que me quitó el sueño la pasada noche.

— ¡Oh-Dios-Mío! Es... ¡Es él! ¡Es él, Bells! ¡ES EDW—

— ¡Shhh!

Le corté tapando con mis manos sus labios y, empujándole de la cabeza hacia agachamos las dos bajo la barra, escondidas.

— Pe... ¿pero por qué le ha dado Newton un delantal?

Cuando me di cuenta de que Jessica seguía con la boca tapada y le costaba respirar, la solté inmediatamente.

— ¿Pero qué te ocurre? — Preguntó exasperada. — ¡Quiero hablar con él! ¿Por qué nos escondemos?

— Yo... yo...

¿Porque si le miraba a la cara iba a pasarme el resto de mi turno de trabajo sonriendo como una boba? ¿Porque me iba a ser mil veces más difícil concentrarme con él cerca mío?

Oh, sí. Cómo explicártelo, Jessica...

Tarde. Antes de que pudiese crear una frase coherente en mi cerebro para responderla, Mike nos sonreía asomando su cabeza por la barra, encima de nosotras. Nos había pillado.

Edward llegó a los segundos, asomándose igual que Mike, siendo también testigo de nuestra tontería.

Su rostro reflejaba entre confusión y burla.

— ¿Qué hacéis ahí, mis chicas?

— Eh..eh... yo... P-pero ¿qué haces tú aquí? — Señalé a Edward con el dedo, ignorando la pregunta de Mike.

Edward sólo alzó una ceja al ver mi dedo índice apuntándole.

— Oh. ¿os conocéis? ¡Genial! Bells, guíale un poco en su tarea, por favor. Jessica, a trabajar, para algo te pago. —Y se marchó arrastrando a Jessica sin dejarnos oportunidad de pronunciar palabra.

Ésta se dejaba arrastrar a regañadientes mientras miraba hacia atrás, supuse que para ver a Edward.

Me levanté con precaución de debajo de la barra, mientras observaba al Adonis que intentaba no reír por lo absurdo de la situación.

Un rubor adornó mis mejillas mientras esperaba pacientemente que fuese él quien rompiese el silencio.

— ¿Más sorpresas? — Preguntó irónico. — Al parecer, tú y yo hoy nos encontramos en todos lados.

— Bueno. Quizás me estés siguiendo.

Rió suavemente.

— Me has pillado. — Declaró con tono dramático mientras levantaba las dos manos, como si yo fuese un policía armado.

Sin poder evitarlo, me uní a sus risas.

Cuando nos calmamos, me miró intensamente, como horas antes en el apartamento.

Me sentí nerviosa, y pude observar que mis manos temblaban.

— ¿Qué... haces aquí?

Pregunté después de un breve silencio, ya un poco incómoda por el poder de su mirada abrasadora.

Él se encogió de hombros de forma casual, desviando la mirada.

— Trabajo aquí.

Fruncí el ceño.

— No. Yo trabajo aquí. — Declaré.

— Bueno forastera, me parece que este local es suficientemente grande para que trabajen dos personas, ¿no crees? — Inquirió escéptico por mi reacción.

Negué con la cabeza suavemente, disculpándome por mi comportamiento e intenté sonreír cálidamente.

— Disculpa. No quise decir eso. Osea, sí pero... ¡Bah! Lo que quería decir era que me sorprendió verte aquí, sólo eso. Empiezas hoy, por lo que veo...

Asintió.

— Me temo que así es. Y por lo que parece... tú serás mi tirana profesora por un día. — Sonrió.

Yo me quedé un rato atontada mientras observaba sus perfectos dientes blancos.

— ¡Pues vamos allá! — Respondí enérgica cuando me recuperé del "trance". — Primero, te enseñaré dónde están las cosas. Mueve tu culo Masen, no voy a esperarte toda la vida.

Y así pasé la mayoría de la tarde, instruyendo a Edward sobre el trabajo. La posición de los platos, vasos, alimentos, etc. La enumeración de las mesas, los horarios, cómo se hacía la limpieza del local, y demás cosas necesarias para saber el funcionamiento del sitio.

Cuando Jessica y Mike terminaron y este último me encargó que cerrase el local, Edward y yo nos quedamos solos.

Miré el reloj que había en lo alto de la columna de mi izquierda y suspiré.

— Edward, ya puedes irte. Mañana empezarás tu turno en serio. — Dije sonriéndole.

Él sólo se encogió de hombros y siguió con su tarea de barrer el suelo.

— Me quedaré a esperarte.

— Oh... no hace falta, de verdad. Yo puedo encargarme.

— Insisto.

Volví a perderme en la profundidad de sus preciosos ojos verdes y, como si hubiese un poder misterioso en ellos, consiguió convencerme.

Suspiré.

— Gracias. No tardaré demasiado.

Él sólo sonrió en respuesta y siguió con su labor mientras tarareaba una canción que se me antojó verdaderamente preciosa.

— Vaya... ¿cuál es esa canción? — Pregunté cuando terminó de cantar.

Edward recogió la escoba y la guardó en el almacén, para dirigirse luego hasta mí con una pequeña sonrisa.

— La compuse yo.

Y se colocó a mi lado mientras me ayudaba a limpiar los vasos que quedaban.

— Va...vaya, ¿en serio?

Me costó asimilar aquello. ¿Edward componía? ¿Podía ser más perfecto?

— Ajá. Es una melodía para piano. En Chicago lo tocaba como hobbie. Desgraciadamente, aquí no tengo ni tiempo ni instrumento para hacerlo. — Rió.

— Es una pena. — Murmuré sinceramente. — Me gustaría oír cómo tocas. Por lo que has tarareado, debe sonar de maravilla. — Dije con una sonrisa.

Él también sonrió, pero con más debilidad.

— Eso me decían... — Murmuró más para sí.

Yo decidí no tocar más el tema.

Una vez recogimos todo y apagamos las luces, nos quitamos los delantales y salimos del local. Yo intenté cerrar la puerta, pero mis torpes manos hicieron de las suyas y se me resbaló la llave. Por suerte, Edward y sus reflejos estaban ahí para atraparlas a tiempo y la cerró por mi.

Nos encaminamos con las manos en los bolsillos hacia el apartamento, la mayoría del trayecto hablando de cosas triviales, y la otra — y en su mayoría— en silencio. En un silencio cómodo, agradable, del tipo que me gustaban.

Cada uno se dirigió hacia su respectivo apartamento y nos despedimos con un simple "hasta mañana". Estaba agotadísima y necesitaba descansar, así que, ignorando las palabras de Alice y sin cenar, me fui a dormir.

Edward POV.

Entré en el apartamento y dejé el abrigo colgado del perchero de la entrada. Bostecé y estiré los brazos, haciendo crujir unos cuantos huesos de la espalda.

Suspiré y me encaminé hacia mi habitación para coger ropa más cómoda.

Fue entonces cuando ví algo que creí que no vería en lo que me quedaba de vida. Emmett McCarthy con un tarro increíblemente grande de helado de chocolate entre sus manazas mientras veía Sex in The City (N.A: También llamado Sexo en Nueva York, una serie de Sarah Jessica Parker.) espatarrado en el sofá.

Mi boca debió rozar el suelo de todo lo que estaba abierta.

— ¿E-Emmett? ¿Eres tú?

Él sólo giró su cabeza para mirarme, con la mirada más apagada que creí posible. Tenía restos de chocolate en las comisuras de los labios y traía puesto un pijama roído, que lo reconocí de las pocas veces en que se lo había visto puesto en Chicago.

— Ajá. — Dijo simplemente, con tono distante.

— Eh... y... ¿estás bien?

— Ajá. —Volvió a repetir después de dirigir su vista a la televisión de nuevo.

Suspiré pesadamente y me dejé caer a su lado, en el otro sillón.

— ¡Por dios, Emmett! ¿Cómo se te ocurre intentar colármela así? Soy tu amigo desde prácticamente toda la vida, no puedes engañarme. ¿Qué ha pasado, eh? ¿Estás estreñido? — negó. — ¿Mal en el trabajo? — Negó de nuevo. — ¡Agh! Esto es estúpido. ¡Háblame Emmett! — Dije zarandeándolo por los hombros, desesperado.

Él sólo siguió con gesto ausente mientras el helado de chocolate le resbalaba por la barbilla.

Entonces, una bombilla se encendió en mi cabeza.

— ¡Ah, ya sé! Es la chica del supermercado, ¿verdad? ¿Ha vuelto a rechazarte?

Negó y habló por fin.

— A la mierda la chica del supermercado, tío. Me he dado cuenta que no es lo que de verdad quiero.

Hice un mohín, extrañado.

— ¿Entonces...? ¿Una nueva? ¿Quién?

— Rosalie Lillian Hale. — Balbuceó llevando otra cucharada de helado a su boca, aunque casi toda esta cayó en su camiseta llena de pequeños agujeros.

Parpadeé un poco sorprendido.

— ¿Q-qué? ¿Rosalie? Pero... ¿no fue un calentón?

— Para ella, tío. — Murmuró con tono apagado. — Empezó como tal pero... no sé, sentí algo. Pensaba decírselo, pero después de cómo se fue y lo que nos dijo... lo de, ya sabes, no decírselo a nadie, lo del calentón y eso... Bueno, me sentó mal.

Quedé pensativo unos segundos. Ya tenía que gustarle a Emmett Rosalie, pues nunca le había visto tan apagado y, bueno, seamos honestos, Emmett nunca había dado tanta pena. Su aspecto era horrible y digamos que el chocolate manchándole la cara no le favorecía.

— ¿Por qué no hablas con ella sobre esto?

— La he estado llamando al móvil toda la tarde y me ha colgado todas las veces. A partir de la quinta llamada apagó el teléfono. No quiere hablar conmigo.

Suspiré.

— Hagamos un trato. Tú dejarás de ver esa basura extraterrestre — Dije apuntando hacia el televisor con mi dedo pulgar, refiriéndome a la serie que estaba viendo. — , te lavarás ese asqueroso mejunge de chocolate de la cara, te cambiarás esa camiseta, y te acostarás hasta que te lleve la cena, ¿de acuerdo? A cambio, yo hablaré con Rosalie de esto.

— ¿S-seguro? — Por un momento, pude ver cómo sus ojos brillaban de nuevo.

— Claro. Déjamelo a mí. Ahora ve. — Dije con voz autoritaria mientras señalaba el lavabo con mi dedo índice.

Él asintió con una sonrisa y corrió al baño.

Yo mientras, fui a preparar la cena.

Cuando llegó nuestro compañero de piso de trabajar, ni Emmett ni yo hablamos del tema, le llevé la cena tal como prometí y Jasper y yo comimos en silencio en el salón, viendo un partido que retransmitían por la Tv.

Realmente, estaba empezando a apreciar la extraña y ajetreada vida de New York.