Bien, he aquí la última parte de este capítulo súper largo que espero les este gustando hasta ahora, ha sido maravilloso escribir para ustedes :3.
Aclaración: D.Gray-Man no me pertenece, aunque tengo ganas de comprarlo, algún día, y hacer una línea de floreros con las caras de los chicos. ¿Alguna vez vieron en el merchandising de una serie que vendiesen floreros? Bueno, yo no, así que creo que podría monopolizar el mercado y hacerme unos lindos pesitos.
Anotaciones: En este fic el mundo de DGM es tal cual como en el del Hoshino salvo las honrosas y marcadas excepciones monumentales. Usé esa versión del arma de Allen porque quedaba mejor que la última que tiene ahora (y que ha de seguro la usará después).
Esta es la primera vez que hago una escena de acción. Espero haya quedado bien :3
Anotaciones Especiales: Hice una encuesta personal que la pueden ver en mi profile :3
Advertencias: Segu sigue siendo Segu, Allen sigue siendo Allen y las autoras de fics ajenos se volvieron a meter dentro del fic. Kanda seguirá travestido por los siglos de los siglos, o sea, no por mucho porque me gusta verlo con pantalones porque le quedan muy, pero muy bien.
No hay musical en esta parte pero si hay mucho lenguaje obsceno. Recuerden: no aprendan malas palabras y no lean el fic con menores de edad cerca, porque ellos se las aprenden más rápido que ustedes.
También hay un poco de violencia y pseudo ciencia (todavía en el primer año ;; ), así que van advertidos.
Besos y nos vemos al final del capítulo.
Capítulo 4 – Quiero ser como tú (Parte III)
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La noche caía lentamente en París, las luces de las calles iluminaban las amplias veredas y los múltiples negocios mientras el sol, que ya se marchaba, veía a la gente pasar y prometía volver el día siguiente con su mismo esplendor de siempre. Lentamente la vida nocturna surgía para otorgarle la fama que París se merecía.
Segu Hakkoin, sin embargo, no estaba interesado en nada que aquella ciudad pudiese ofrecerle en aquel momento. Ese chiquillo raro, ese a quien había regalado con objetos para que así, por una vez en toda su vida, se sintiese normal y corriente había desaparecido durante su recorrida por la parte elegante y decente del barrio bohemio donde se decía que la Inocencia había sido vista por última vez.
Ahora comprendía porque el chico era tan raro: tener el pelo blanco, una mano desfigurada y una marca en el ojo hacía que resaltase del resto y fuese más fácil encontrarlo cuando se perdía. ¿Cómo demonios se podía perder alguien en un camino recto y en perfecto estado? Dudaba mucho que lo hubiesen secuestrado o que algo fuera de lo ordinario le hubiese sucedido, la Inocencia le permitiría defenderse de cualquier ladrón y si bien esto era contra las reglas suponía que Allen sería coherente lo suficiente como para saber discernir cuando debía usarla y cuando no. O al menos eso esperaba, con ese chiquillo todo podía pasar aparentemente según lo que solía escucharse en los pasillos de la Orden.
Al menos algo de bueno la situación tenía puesto que en su recorrida de aquí para allá y el volver brevemente al hogar para mandar a cuanto sirviente disponible tuviese para buscar al niño (no era un desalmado como para dejarlo a merced de la fortuna porque después de todo era un niño y necesitaba protección) se había encontrado en el camino con un par de sus mejores inversionistas, quienes, como siempre, tras tildarle de snob por tratar de imitar a la gente corriente le convencieron de subir a su elegante berlina con ellos para comenzar y cerrar unos negocios que le habrían de beneficiar mucho.
La compañía Hakkoin pronto se extendería más allá de las fronteras, con otros nombres diferentes pero los mismos dueños, allá donde los negocios prometían y crecían monumentalmente, la tierra de todas las opciones, las elecciones y las oportunidades: las Américas.
Si seguía así, sin importar cuanto lo intentase, aún si derrochase dinero en productos y proyectos infructuosos, su fortuna no diezmaría en lo absoluto. La vida pronto no le alcanzaría para gastar su dinero y ese prospecto le encantaba porque mientras más grande fuese, mientras más poderoso su apellido fuese para todos, mientras más su nombre fuese ensalzado por todos, más oportunidades tendría de tener a su princesa a su lado, seducida completamente por cumplir todos los requisitos que un buen hombre debía tener para ser el mejor de todos: ser inteligente, tener un buen pasar económico, y finalmente pero no menos importante, ser muy fuerte, y gracias a la Inocencia cubriendo el último aspecto no habría nadie ni nada que lo detuviese.
¡Qué divina sensación era esa! Ser lo más glorioso del mundo, un rey entre los hombres capaz de conseguir todo y a todos los que quisiese con un tronar de dedos, poder caminar entre los menos afortunados sin temer a ser lastimado como lo hacían todos los otros ricachones por ser el más fuerte de todos, tener el mundo en una mano y en la otra un futuro que esperaba con millones de opciones solo y únicamente para él. Un poder increíble y delicioso que él solo podía manejar...
Era una sensación divina y pronto sería aún mejor cuando Yuu Kanda cediese y cayese rendido ante él, feliz y deseoso de ser desposado por él, llorando a lágrima viva por hacerle la persona más feliz del mundo por el resto de sus días. ¡Ah! Los sueños se volvían realidad al final o al menos lo hacían para él.
Y ahora bien, ¿en qué andaba? ¡Ah! Buscar a Allen y llevarle al hogar sano y salvo para que su princesa, de tan noble corazón, no esperase angustiada despierta rogando que el niño estuviese bien. Un alma tan sensible como la de Kanda no debía sufrir impunemente si él podía remediarlo y Segu siempre sería muy bueno para con su amada.
Retomando el paso el hombre siguió investigando el barrio bohemio. Tarde o temprano encontraría al escurridizo crío.
Muchos podrían decir que su accionar era poco feliz e inteligente, pero la lealtad probaba ser mayor que cualquier otro sentimiento y pensamiento cuando su estéreo caminante de coleta de caballo negra estaba en apuro. A pesar de que no siempre podían acompañarle y que la mayoría de las veces, gracias a sus katanazos patentados, volvían de un golpe a su lugar de origen, o sea la Orden Negra, esta vez era evidente que su presencia marcaría la diferencia.
Y era por eso que parte del bicherio andante, porque el alce y el gallo fueron descubiertos y echados del tren por los del zoológico, conocido como los animalitos del bosque habían tomado la decisión final de seguir a su cosa enojona que siempre los insultaba para mantener al mastodonte feo fuera de su alcance. Y hasta ahora lo habían logrado espectacularmente: Aquellos días en los que Yuu estuvo inconsciente Segu no había bajado los brazos con el tema de ser el príncipe de su princesa y vivir un cuento de hadas y era por eso que más de una vez el gigantón, creyendo que Blanche estaba muy ocupada con sus labores, se había colado en la habitación del bello durmiente, que dicho sea de paso nunca la definición había calzado mejor, para despertarle con un dulce y apasionado beso.
Lamentablemente para Segu ellos, bien guardabosques nacionales que eran, se habían asegurado de alertar a Blanche en cada intento, no sin antes mordisquearle, arañarle, picotearle, saltarle encima y otras miles acciones impropias para unos bichitos tan lindos; recibiendo Segu luego los oportunos tirones de oreja de la mujer cuando le encontraba y ser arrastrado fuera de aquella habitación entretanto esta le recriminaba por no esperar hasta al matrimonio y mil cosas más.
Honestamente, en su opinión de ardillitas rezagadas y pajaritos bochincheros, Kanda nunca se había visto y estado mejor en esos días que en mucho tiempo. No por la ropa y toda esa porquería de mal gusto con la que le habían vestido y todos los adornos extra con los que las paredes habían sido cubiertas en un intento de realzar su fragilidad o establecer que era una princesa de cuentos, sino por aquella relajada expresión en su rostro y la pequeña mueca que pretendía ser una sonrisa, la cual se había formado durante su sueño.
Muy pocos sabían lo que realmente pasaba puertas adentro de la habitación de Yuu Kanda cuando este por fin dejaba de ser el frío bastardo y decidía ser humano de una buena vez. Contadas con los dedos de una pata y con los dedos de la otra eran las noches en las que el joven había dormido tan tranquilo y nunca estas habían sido seguidas. Desde su entrada en la Orden a sus 10 años y la perdida de todos a quienes él había querido las noches de insomnio eran un regla implícita que marcaban el comienzo de sus días. Dormir era un privilegio, soñar cosas lindas uno más grande. La guerra contra el Conde le había dejado marcas que la vieja administración de la Orden solo había profundizado en él, obligándole a crear una coraza impenetrable para que nadie más las volviese a abrir o tocar, aunque estas seguían doliéndole y persiguiéndole de noche, cuando ningún alma caritativa, aunque pocas o ninguna en su vida después del incidente hubo, podía confortarle y volver a darle esperanzas, quedando él solo con sus temores y sus pensamientos debiendo buscar seguridad en la nada que lo rodeaba.
Yuu no era tan malo ni tan frío como lo pintaban aunque tampoco era tan bueno ni tan cálido, Yuu era Yuu, un joven complicado y muy simple a la vez a quien le costaba comunicar lo que sentía. Si solo pudiesen hacer que Allen le hablase de una buena vez y le prometiese la luna y las estrellas, para luego, con vergüenza y tras varios, pero varios minutos en silencio e incómodos se robaran un beso del otro las cosas se solucionarían muy fácilmente.
Esa era su misión y como buenas seguidoras del estéreo andante lo lograrían aunque les transformaran en guantes y plumeros, entre otras cosas.
Y hablando de misiones, estaba en su prioridad número uno encontrar al albino lo antes posible. Kanda, todavía atrapado en la suerte de castillo - torre cliché del cuento con todas sus captoras muy felices probándole cuanta ropa encontrasen, desde sacos y camisas hasta alguno que otro dudoso vestido similar a un negligé pero jamás un pantalón porque este les saldría corriendo cuando se lo probasen; no debía enterarse de aquello, de la falta de su garbancito desteñido a quien albergaba en un rinconcito de su corazón, porque sabían que no le haría bien en esos momentos. De hecho era mejor llevarle al garbanzo a las puertas del recinto mientras el gigantón buscaba al enano y así huir a la libertad juntos para ser felices por siempre como la ley de los cuentos así lo mandaba.
Corriendo por aquí y por allá, tratando de vencer aquel instinto natural que le decía que debía resguardarse hasta el amanecer por los predadores que podían aparecer, una simpática ardillita quien solía robarle los anteojos a Komui por razones todavía desconocidas para el mundo pero no para ella, recorría París junto a un grupo organizado presidido por otra ardilla rezagada y de fuerte personalidad, tratando de dar con el pequeño garbancito a quien habían empezado a querer por el cariño secreto que le tenía Kanda. Pensar que aquel frío exorcista, de vez en cuando y tratando de disimularlo olímpicamente, solía dedicarle alguna que otra canción mientras este todavía dormía y soñaba con los dangos que Jerry le cocinaría era algo que muchos no creían poder ver en vida pero ellas si lo habían hecho, en silencio, algunas escondidas en los árboles y otras cerca de él, disfrutando de aquella melodiosa voz y la dulce canción.
Hurgando la basura, mirando a través de las ventanas de los viejos edificios y escalando a sitios muy altos aún para ellas, buscaban y buscaban sin dar con el paradero del hermoso joven a quien la tierra parecía habérselo tragado por completo.
El tiempo pasaba, la noche caía y el frío ahora sí se hacía sentir. Si las cosas seguían así tendrían que abandonar la búsqueda aunque no lo quisiesen y eso era significativamente molesto. Estaban dando lo mejor de ellas, incluso los pequeños gorriones y algunos bichitos ajenos al clásico grupo se habían sumado en una suerte de imitación de la Noche de las Narices Frías, aunque todavía los 101 dálmatas no se habían sumado todavía, para ayudarles a encontrar al albino.
Una brisa helada les erizó hasta el último pelo de sus cuerpitos chiquitos haciéndoles desistir finalmente. Si no encontraban un refugio pronto ellas se congelarían y no habría oportunidad de buscarle de nuevo. Querían mucho a Allen, él era un chico bueno que les mimaba y todo lo demás, y era por eso que deseaban que cuando regresasen al lado de Kanda, este estuviese con él, tan sonriente como siempre, pero si no abandonaban la búsqueda ahora serían historia.
Era hora de regresar a casa.
Estaban a punto de partir cuando la ardillita de personalidad fuerte salió volando cual rata por tirante con una pelota dorada aterrizando en un tacho de basura. Enojadísima, y tras salir de aquel tacho, comenzó a mordisquear al condenado gollem mientras este se agitaba por todas partes tratando de sacársela de encima. Todas y todos los bichos del bosque lo conocían bien puesto que Timcampy iba a casi todos los lugares que Allen frecuentaba, incluso al bosque donde a veces solía pararse debajo de la ventana de Kanda o esconderse detrás de un árbol para verle entrenar durante las tardes. Aún así, bueno conocido que malo por conocer, a la ardilla no le había gustado nada ese vuelo en aerolíneas Timcampy y se lo demostraba con el cariño de un ardilla enojada.
Estaba por morderle muy fuerte la cola cuando Tim abrió su boca de par en par para revelar una imagen que las dejó asustadas: ¡Allen estaba en peligro!
Tim, todo mordisqueado aún y ahora libre de la ardilla de personalidad fuerte, presionó su cuerpito contra la ardillita ladrona de anteojos en una suerte de súplica de ayuda, y estos dándose a entender no sé como porque todavía no hablo ni gollem ni ardilla china-chilena, marcharon a toda prisa hacia aquella mansión donde Kanda estaba cautivo. No podían perder ni un segundo, ¡Allen necesitaba ayuda urgentemente!
Apoyándose contra la pared derruida de aquella abandonada fábrica Allen trató de inhalar despacio y enfocar su mente en otras cosas más lejanas y placenteras para olvidarse del terrible dolor pulsante que recorría su brazo de principio a fin, sin lograrlo exitosamente. Le había atacado por la espalda rápidamente sin que pudiese reaccionar lo suficiente como para esquivar aquel letal ataque pero lo suficiente como para cubrirse con su Inocencia, la cual ahora ardía y el dolor le penetraba la carne como si de agujas heladas se tratasen.
Las desventajas eran demasiado grandes para él y se hacían notar: ese akuma era fortísimo, rápido y de buenos reflejos; cada unos de sus ataques eran casi perfectos y daban casi siempre en el blanco. El barrio viejo e industrial de París, ese barrio casi olvidado por todos por estar tan lejos de la bellísima ciudad de la luces, ardía con el fuego negro del demonio y él era incapaz de enfrentarle.
Sudor frío se formó en la frente del muchacho denotando su mal estado, quien trataba de resignarse y juntar fuerzas para combatir con el desagraciado akuma pero las piernas le temblaban y también lo hacían así sus dulces labios. Debía hacerlo, era su obligación como exorcista, era lo que le había jurado a Mana y lo que había jurado frente a Kanda también aquella vez: proteger a todos, proteger a todos hasta con sus últimas fuerzas y salvar las almas de los akumas.
No obstante aquel respiro le duró poco: Los viejos ventanales de la derruida fábrica estallaron en mil pedazos desperdigándose por sobre todo el suelo y las paredes colapsaron a su lado, el techo desplomándose rápidamente sobre él.
A duras penas y con su Inocencia mal herida logró salir de los escombros descubriendo que el akuma le esperaba ocioso dispuesto a seguir jugando con su nuevo juguete, listo para cualquier ocurrencia del pequeñín.
Si no lo ayudaban sería solo cuestión de tiempo para que él perdiese la batalla.
Al menos algo bueno había venido con la noche: la comida se había enfriado y Blanche, quien era muy cuidadosa a la hora de seleccionar que debía y que no debía ingerir para ser una fuerte futura madre, había dejado de intentar darle de comer en la boca. No más avioncito, no más tren chucu chucu, no más nave espacial, fuera lo que fuese eso, ni tampoco aquí viene la carreta. Por fin podía mantener la boca abierta sin que le quisiesen meter alguna que otra verdura mal cocinada.
Ahora si hablábamos de la depilación... Un escalofrío le recorrió su espalda y su rostro palideció.
Pero bueno, no todo en la vida era un lecho de rosas y al menos Blanche le había devuelto la espada samurai de nuevo, solo que la había colocado en el baño donde las hermanas De Sastre le habían avergonzado en varios niveles al ver todo lo que el sol no solía entibiar diariamente, sabiendo que si ponía un pie allí le volverían a bañar y le quitarían el arma, y tal vez, lo volverían a maquillar y hacerle mil treinta y dos cosas más.
Mujeres, más peligrosas que cualquier akuma del nivel que uno quiera imaginarle o que el Conde tejiendo suéteres. Y después se preguntaban porque cada vez que oía el ruido de tacos en los pasillos huía por la primera puerta que encontraba. Locas, dementes, fangirls desquiciadas, eso eran todas ellas sin excepción y Lenalee era su reina y soberana.
Con andar suave, la infame camisola magenta apenas si rozando el suelo con cada paso, Kanda caminó y se apoyó contra el marco de una de las grandes ventanas mientras veía como los últimos rayos del sol se extinguían en la lejanía. Era increíble como el tiempo se iba volando cuando uno no lo pensaba, ya un día se había ido y uno día nuevo se acercaba, y la fecha límite se acercaba también peligrosamente cada vez más. Si no hacía las cosas bien, si no se atrevía y podía vencer la maldición pronto, muy pronto él...
Un irritante y repetitivo sonido llamó su atención sacándole de sus pensamientos. Viendo hacia abajo descubrió que estaban paraditos allí Timcampy y Alvin y las ardillas sans la ropas clásicas, arañando el vidrio de la gran ventana. Un dolor de cabeza empezó a formársele y el hombre masajeó sus sienes. Condenados bichos del demonio, abusivos hijos del felpudo que le obligaban a cantar cada mañana de los últimos condenadísimos años sin excepción.
- "¡VÁYANSE AL CARAJO NO LES PIENSO CANTAR!" – les gritó enérgico antes de hacerles unas señas desagradables con ambas manos. Si creían que les iba a abrir para que le rompieran la poca paciencia que le quedaba pidiéndole canciones estaban muy, pero muy equivocadas. Primero muerto y enterrado que estéreo portátil.
Dándose la vuelta tras cerrar las grandes cortinas, el joven dio apenas tres o cuatro pasos antes de que una pelota con alas igualmente enérgica le diese de lleno en la nuca, tirándolo al piso y exponiéndole los ya tan expuestos e infames calzones. Mirándole con todo el odio acumulado durante aquellos días, que ya era mucho, el samurai tomó a Timcampy por ambas alas y lo iba mandar a volar hasta la República Oriental del Uruguay cuando el pequeñín abrió su boca mostrando las imágenes que antes había enseñado al grupito de animales.
Su corazón casi se detuvo y la sangre se le congeló en las venas al observar mudo aquellas terribles imágenes. Sentía como si le hubiesen arrancado el alma del cuerpo, ese horrible sentimiento de temor recorriéndole cada centímetro de su anatomía haciéndole tiritar. Allen, su estúpido moyashi se había metido en problemas de gran envergadura y sabía Dios si en aquellos mismos momentos estaría bien o vivo siquiera.
- "¡Garbanzo imbécil!" – exclamó a nadie en particular, frustrado y con miedo por el pequeño albino, insultando y refunfuñando contra ese estúpido deseo que tenía el crío de querer arreglarlo todo por su cuenta. Imbécil cabeza hueca, ¿por qué no podía entender que ellos estaban para ayudarle y hacerle la vida más fácil? ¿Por qué no podía entender que él estaría para él siempre que lo necesitase?
Ignorando a los pequeñines y a Tim, Kanda salió corriendo en dirección hacia las habitaciones donde alguna vez las cuatro locas que se hacían llamar modistas le habían encerrado para jugar a las muñecas con él; abriendo las puertas de un portazo al llegar a estas, ignorando las miradas sorprendidas y confundidas de las mujeres para ir al baño, subirse rápido a los estantes y sacar a Mugen de allí. No había tiempo que perder, debía marcharse ahora mismo.
Igualmente la temporal confusión se transformó rápidamente en lucidez para aquellas afamadas hermanas, las cuales se apostaron cual muralla frente a la única salida de la nefasta habitación. Si quería salir primero se tenía que vestir adecuadamente y se vestiría como se les diese la gana vestirle. Pocas veces un Ken medio Barbie entraba voluntariamente forzado por la puerta y no lo iban a dejar salir.
Si solo supiesen lo que sucedía, tal vez no hubiesen hecho eso y le hubiesen ayudado, pero todavía, por ahora, las mujeres no eran adivinas.
- "¡Córranse infelices! ¡Tengo una misión!" – Kanda les gritó a las mujeres, esperando que las palabras causaran algún efecto en ellas pero obviamente no lo hicieron.
- "¿Vieron? ¡Les dije que era exorcista! Komui-pon lleva un escudito igualito al que me mostró Blanche" – dijo muy feliz Muffin quien se sonreía por el recuerdo de aquel viejo y buen amigo que había hecho una vez en una convención de modistas. El hombre era tan lindo e inteligente, un amor sin lugar a dudas, una pena que todavía estuviese soltero. – "No se preocupe, princesa, tenemos el traje ideal para usted" – agregó de nuevo la mujer, tan feliz como antes, al exponerle un trajecito pequeñito blanco, azul y rojo, bastante patriótico sin lugar a dudas si no hubiese sido un trajecito pequeñito de marinera con lazos y un broche con forma de corazón en el centro del moño delantero. En la otra mano la mujer sostenía una tiara y un par de botas largas y rojas, de sus brazos colgando unos guantes largo tipo opera con volados rojos en los extremos. – "Se lo confeccioné para Lenalee, pero le quedará divino, ¡Sailor Kanda! ¿Qué le parece?" -
Una gota grande rodó por la cabeza de Kanda antes de que las venitas en su frente se potenciaran a modo bomba nuclear. ¿Querían hacerle perder el tiempo con ESO? No podía darse el lujo de perder un segundo y ¡¿querían que se vistiese con ESO?!
¡A la mierda con la delicadeza o las explicaciones!
Kanda corrió hacia ellas para saltar sobre sus cabezas sin contar que Blanche, al oír tantas malas palabras y los vidrios romperse con la entrada de Timcampy, había terminado siendo atraída por la conmoción. La vieja mujer, al ver que la princesa no actuaba de acuerdo a como debía actuar una mujer de su porte, trató de tomarle sorpresivamente por los talones para evitar que siguiese corriendo pero fue arrastrada por el hombre hasta que la tela cedió y terminó con la mitad de la camisola en las manos.
Sin esperar, protestar o dirigir palabra alguna, Kanda corrió hacia la ventana por la que Timcampy había hecho su entrada poco triunfal y bochinchera, seguido por las mujeres quienes querían terminar con su loca carrera, para saltar a través de ella y aterrizar en el hermoso jardín de la planta baja sobre unos mullidos arbustos para el horror de todas.
- "¡Princesa!" – Gritó Blanche a todo pulmón casi al borde del infarto con asistencia respiratoria y ambulatoria. ¡La princesa se había lanzado por la ventana! ¡Su señor se había quedado viudo antes de casarse! ¿Cómo explicaría aquello? ¿Cómo haría para decirle lo sucedido a Segu? ¡Qué horror! ¡Qué tragedia! ¡Qué desastre!
Kilian abanicaba a la vieja y decaída dama cuando un movimiento en los arbustos captó inmediatamente su atención. De entre ellos emergió Kanda con una expresión demasiado ceñuda y Mugen en mano; sus ropas, antes hermosas y coloridas ahora eran un desastre sin forma: la alguna vez larga falda de la camisola ahora llegaba si apenas a medio muslo con varios flequitos al final causados por los rasguños de las ramas, de los tirantes con sus broches de oro de grillitos solo quedaba el izquierdo porque el derecho estaba destrozado y en cuanto al cinto el gran moño con el pendiente había desaparecido y solo quedaba la porción que rodeaba la cintura y el apretado nudo que le había hecho Blanche. Sus cabellos obviamente habían quedado revueltos y sueltos, ahora siendo mecidos por la fría brisa, y las sandalias con el aterrizaje habían sido transformados en cueros sin uso. O sea que todo, salvo por el collar de piedras de jade que se podía considerar afortunado, había pasado a mejor vida.
Blanche miró a su princesa y sintió como si le hubiesen hecho un nudo en la garganta. La preciosa damita ahora era toda una fiera salvaje con un look nativo medio extraño. – "¡MI SEÑORA, SE LO IMPLORO, NO SALGA VESTIDA DE KANDAHONTAS!" – gritó con ojitos llorosos haciendo que Kanda le dirigiese una mirada de odio antes de seguir a Timcampy y la pandilla para que le llevasen con Allen, por quien rogaba a todos los dioses que estuviese sano y salvo, perdiéndose en la oscuridad de la noche.
El silencio llenó la habitación momentáneamente hasta que Muffin sollozó muy triste. – "No quiso ponerse el traje que le hice" – Se justificó antes de dejar que Shiori le abrazase cerca para confortarle y seguir así sollozando. Pobrecita, ¡después de todo el trabajo que se había tomado!
- "No te preocupes, hermanita" – trató de tranquilizarle Rose, acariciando cariñosamente su cabeza en un gesto fraternal. – "El Sr. Komui es tu amigo, ¿verdad?" – Le preguntó suavemente a lo que la jovencita asintió levemente, limpiándose las lágrimas con el dorso de su manga. – "¡Entonces ten la seguridad de que si se lo enviamos se lo hará poner de ahora en adelante!"
Muffin miró a sus tres hermanas con ojitos llorosos y las abrazo fuertemente por la felicidad que le habían causado. Blanche se sonrió contenta también hasta que los rostros de las cuatros hermanas modistas se oscurecieron y un brillo maligno iluminó sus miradas entretanto se reían por lo bajito de forma macabra.
Las fangirls, unidas, jamás serían vencidas.
El silencio era total y absoluto, ni un alma solitaria rondaba o se atrevía a salir de su escondite mientras aquel cazador furtivo y experimentado siguiese agazapado en la oscuridad absoluta que ahora se cernía sobre ellos, producto del humo espeso y negro de las fábricas que ardían con llamas frías y oscuras por sus ataques. La poca brisa que recorría lentamente aquellos olvidados parajes era sofocante y quemaba los pulmones, tan cargada de chispas y calor que estaba. Salir y huir de allí implicaba la muerte más rápida y quedarse y tratar de subsistir solo prometía un terrible dolor y agonía en una muerte más lenta mientras las esperanzas se desvanecían poco a poco.
Era solo cuestión de tiempo...
Escondido en uno de los almacenes subterráneos de una de las tantas fábricas, Allen Walker trataba de mantenerse calmo y conciente mientras rogaba que su Inocencia, ahora mal herida, se activase de nuevo para darle una pequeña chance de escapar del martirio que el akuma le estaba propinando.
No debió haberse perdido, no debió haberse marchado ni un segundo del lado de Segu, era simplemente por eso por lo que ahora andaba en semejantes aprietos pero aún así no se arrepentía de haber salvado a Timcampy de aquel gato. Solo rogaba que el chiquitín estuviese bien, sano y salvo y tal vez en camino con la caballería de respaldo, dispuestos a ayudarle, pero por sobre todas las cosas, que estuviese a salvo y lejos de allí.
Un gemido de dolor escapó de sus labios haciendo eco en los rincones de la fábrica sin poder acallarlo siquiera. El akuma, el cual había resultado ser un fortísimo oponente de un nivel tres o al menos muy cercano a este, le había perseguido por horas y le había quemado parte de su cuerpo y el dolor era intolerable y penetrante. Este fuego demoníaco sin embargo, a diferencia del fuego normal, parecía haberse albergado dentro de la carne del exorcista y este se extendía ahora lentamente por sus adentros, quemándole y torturándole sin darle tregua ni alivio.
Allen se apoyó contra la pared en un esfuerzo por recuperar la compostura, sintiéndose levemente mareado. Con sumo cuidado removió para de su rota camisa blanca para exponer su Inocencia, siseando al sentir como el ligero toque de esta enviaba sensaciones poco placenteras a lo largo de su cuerpo. Su brazo estaba negro, casi parecía carbonizado, y caía sin vida al costado de su cuerpo, incapaz de moverle siquiera por el daño inflingido.
- "Inocencia, actívate" – susurró, esta respondiendo a su llamado a duras penas mutando desmesuradamente antes de convertirse en un símil a un cañón que se desarmó y volvió a rearmarse pero incompletamente. Pequeño rayos eléctricos surcaron la lastimada arma, fieles indicios de que no se encontraba en óptimo estado y la Inocencia necesitaba repararse lo antes posible. Desafortunadamente eso tendría que ser suficiente hasta que pudiese salir bien librado.
Un sonido ensordecedor se hizo escuchar y estremeció al albino joven. El pequeño respiro que le había otorgado el monstruoso ser se había terminado y estaba listo para volverle a perseguir, escondido, arrastrándose por los canales y los desagües subterráneos de Paris, expectante y deseoso de convertirle en su siguiente víctima.
Mirando a todas partes, buscando hasta en la última y más pequeña sombra por algún signo de que la bestia estuviese cerca, Allen se movió rápidamente en pos de encontrar un nuevo escondite pero apenas dio unos pocos pasos lejos de aquella pared el suelo detrás suyo se quebró y hundió súbitamente surgiendo la tan temida bestia a toda velocidad.
- "¡CROSS BEAMS!" – gritó a vivo pulmón, apuntándole con su brazo transformado a la bestia antes de disparar contra ella, los rayos lanzados siendo inefectivos y débiles, incapaces de lastimar la fuerte coraza del akuma, el cual devolvió el grito con fuerte intensidad destruyendo los vidrios y agrietando las paredes de la fábrica, obligándole a Allen a agacharse y cubrirse las orejas o enloquecer por el agudo sonido.
Una de las paredes finalmente cedió y se desplomó, abriéndole así una salida al joven albino, el cual corrió rápido hacia ella ignorando que la bestia detrás suyo había juntado brevemente fuerzas para lanzarle una ráfaga de aquel fuego oscuro el cual fluyó por el techo y el suelo velozmente formando un torbellino que casi dio en su objetivo.
Un dragón. Esa era la mejor descripción que se podía dar para aquel akuma: un ser enorme de color oscura y azulada, su cuerpo era muy largo y grueso, parecido al de una serpiente y cubierto por pequeñas escamas duras como el acero, que terminaba en un gran rostro, una mezcla entre un dragón antiguo y una verdadera serpiente, símil a una cobra por la suerte de caperuza que se extendía a cada lado cuando esta abría sus increíbles mandíbulas.
Muy a pesar de lo que inicialmente había pensado, este bestial ser era más rápido e inteligente de lo que aparentaba ser, y si bien era diferente a todos los akumas que alguna vez había encontrado por la falta de habla y el alma tan raramente distorsionada, estaba a la par de todos ellos.
Al ver al akuma desaparecer por el agujero por el que había salido, Allen supo inmediatamente que de no emprender una rápida retirada hacia algún lugar cubierto o cerrado sería el fin de la batalla. Frenético recorrió las calles cubiertas por el fuego oscuro y frío, saltando los pedazos de escombros y esquivando aquellos que caían sobre él, productos de la destrucción que había realizado él con el akuma; buscando por un sitio al menos donde poder escudarse del ataque. De repente, casi como si sus plegarias hubiesen sido escuchadas, vio que las nubes de humo que tapaban el cielo se disiparon lo suficiente como enseñarle un tanque de agua, rodeado por varias fabricas demolidas cuyas escaleras parecían estar levemente integras y capaces de resistirle hasta llegar a aquel lugar, permitiéndole así derrumbarle para extinguir el incendio que le rodeaba y sofocada.
Subiendo los peldaños de dos en dos Allen recorrió todo aquel trecho con todas sus fuerzas mientras oía como la tierra debajo suyo se quebraba y resquebrajaba, aquel demonio pisándole los talones a toda prisa reptando por los derruidos túneles subterráneos. Estando a simplemente un par de metros de los soportes de aquel tanque el mismo ruido ensordecedor hizo eco en todo el recinto obligándole nuevamente a cubrirse sus oídos para que su cabeza no explotase con tal agudo sonido.
El bestial dragón volvió a emanar nuevamente de la tierra cubierta por escombros con un alarido, presentándose pedante ante el albino quien le miro atemorizado, sus piernas casi flaqueando ante el pronóstico que se presentaba ahora frente suyo. En un último acto de desesperación Allen apuntó su arma contra el tanque, disparando y destruyendo el mismo, el agua volcándose velozmente por toda la calle, bañándolo todo.
Infortunadamente aquel fuego oscuro no se inmutó ante tal acto y se mantuvo ardiendo a su lado, cerrándole toda salida y truncándole toda escapatoria.
La Inocencia de Allen se desactivó inmediatamente tras su ataque, demasiado dañada como para defender a su poseedor, y el pequeño joven sintió sus piernas colapsar, su cuerpo agobiado y abrumado por tanta huida, sus pulmones infestados de humo que no le permitía respirar. El mareo ya bordeaba la inconciencia y sus reflejos dejaban mucho que desear.
El dragón dio otro alarido agudo para luego abrir su boca y enseñarle, casi como en un gesto burlón, sus filosos y agolpados dientes antes de arremeter contra este, siendo Allen, por lo justo y necesario, capaz de evadir la embestida y caer mareado a un costado. La bestia gritó enardecida hacia los cielos tras escupir la tierra que tragado por aquella evasiva, agitando la cabeza de aquí para allá antes de volver a fijar la mirada en su blanco. El joven albino miró al akuma, incapaz de moverse y sofocado por el humo. No tenía fuerzas para continuar ni aunque así lo quisiese y las vista se les estaba nublando, aquel enorme ser transformándose en simples manchas.
El akuma abrió nuevamente su boca pero en vez de arremeter una bola de oscuro y frío fuego comenzó a formarse en esta, concentrándose peligrosamente. Allen intentó moverse nuevamente reticente a rendirse ante el monstruo; debía salvar su alma, debía proteger a quienes más quería, tenía una misión en la vida, ¡no podía rendirse así como así! Sin embargo sus piernas y sus brazos ya no respondían y tampoco lo hacía su cabeza.
La bola de fuego rebalsó los límites de la boca del dragón y la luz intensa que esta desplegaba se reflejó en las nubes negras de humo que ahora le rodeaban. Con un resoplido una gran y voraz llamarada se abalanzó sobre el albino, quien cerró fuertemente sus ojos cual plata antes del gran y último golpe fatal.
Allen parpadeó suavemente antes de abrir sus ojos claros para buscar el porque no sentía un dolor infernal devorar todo su cuerpo. La última imagen que tuvo antes de quedar inconsciente había sido el monstruo sobre él, dispuesto a matarle de la peor manera y ahora, tras sabe dios cuanto tiempo, solo la oscuridad le rodeaba. Un suave goteo le llamó la atención y cuidadosamente movió su cabeza hasta el presunto origen, recibiendo un fuerte dolor por parte de la misma y el resto de su cuerpo. Estaba demasiado lejos de estar en óptimas condiciones y su cuerpo se lo demostraba.
- "Estúpido moyashi, quédate quieto" – escuchó que le ordenaban, su mente ahora buscando en cada registro de donde había escuchado ya aquella voz tan familiar. – "Tsk, eres un grandísimo imbécil, venir así a tirártelas de héroe" – Aquel desconocido le volvió a reprendiéndole y dándose por fin a conocer.
- "¿Kanda?" – la voz de Allen sonó ronca y débil, y su pecho y garganta le recriminaron severamente tener la osadía de hablar después de todo lo que había sucedido. Una lastimera protesta escapó de los labios del jovencito al sentir como un paño rebosante de fría agua era puesto sobre su frente y ojos y cuando el igualmente frío aire que desprendía el mismo pretendía aliviar sus doloridos pulmones.
- "Ya cállate, enano" – le respondió tajante el samurai, todavía inclinado sobre el joven, extendiendo aquel paño improvisado que no era más que parte de la alguna vez larga pollera de su arruinada camisola en un intento de refrescarle y mantenerle coherente. Había llegado justo a tiempo de milagro para salvarle la vida al chiquitín, no obstante las heridas de Allen eran de consideración y era importante que estas fueran tratadas lo antes posible, algo que él no podía realizar.
Kanda suspiró audiblemente antes de sentarse frente a Allen, quien se mordía el labio para no protestar por las sensaciones poco placenteras que le recorrían de pies a cabeza pero el frío paulatinamente pretendía aliviar. Allen se veía mal y era obvio que se sentía fatal y eso le encogía el corazón. Estúpido moyashi, ¿por qué le costaba tanto entender que esas idioteces que hacía solo dañaban a los que él más quería?
- "¿E... E-el... a... ?"- Allen carraspeó y tragó saliva audiblemente para volver a intentar hablar, pero su voz se volvió a quebrar al estar su garganta tan lacerada.
- "Estúpido moyashi..." - Kanda tironeó de su camisola nuevamente para arrancar un pedazo de la misma ya que Allen no disponía de ropaje decente como para hacer trapos o vendas de estos. Caminando hacía la única fuente de agua que había encontrado a duras penas y tras destruir parte de la edificación, Kanda remojó el trapo hasta que el agua comenzó a chorrearse del mismo y rápido lo llevó de nuevo hacia el herido joven, dejándole este sobre sus labios. El pequeño, al sentir el agua fluir del trapo hacia su boca, separó levemente sus labios para permitir que el refrescante líquido entrase en ella, feliz por tan oportuno alivio.
Con un rápido y cuidadoso movimiento, Kanda levantó levemente al albino y lo apoyó contra su rodilla y pecho para luego retirar el paño de su labios y cuando el muchacho protestó por la falta de líquido, el samurai apretó el mismo con fuerza, dejando que un fino chorro cayese directo a la boca de Allen y este pudiese beber gustoso.
- "El akuma todavía esta vivo" – Kanda le respondió al menor mientras limpiaba el poco de agua que había caído por las comisuras de sus labios, aprovechando que el paño estaba levemente húmedo para limpiar también las mejillas cubiertas de cenizas aunque pretendiendo que esa no era su intención. – "Es tu culpa que todavía no lo haya matado. Grandísimo estúpido, casi te mueres" – le recriminó sin miramientos. Tenían que salir de allí pero no sin antes derrotar al akuma. Si Allen al menos pudiese caminar no sería un peso muerto que cargar y podría defenderse mientras el albino huía, pero estando así en condiciones tan deplorables lo mejor era abandonarle. No obstante él jamás le abandonaría aunque así se lo hubiese jurado mil y un veces antes en tantas ocasiones anteriores.
Al sentir al menor estremecerse en sus brazos, Kanda retiró el paño que cubría los ojos del menor para ver su expresión, rogando que el crío no hubiese entrado en shock o estuviese a punto de hacerlo, relajándose cuando el joven simplemente, tras parpadear unos breves instantes, abrió sus ojos lentamente para acostumbrarse a la poca luz y a la falta de tan agradable sensación en el rostro. Le molestaban mucho sus alrededores y lo hizo saber ocultando su rostro contra el pecho del mayor. El mundo le estaba dando vueltas y se quería bajar y Kanda era lo único que le mantenía coherente, tibio y con vida.
Kanda acomodó al menor entre sus brazos y su rodilla, inconscientemente acercándolo más a su cuerpo para brindarle aquella sensación de protección que el menor tanto necesitaba y que en parte él también quería. No estaba cien por ciento seguro de que él solo, sin la participación activa de Allen, fuese capaz de cobrarse a ese akuma con forma de dragón. Le había logrado infligir un daño considerable tras resguardarse detrás de Mugen y sus criaturas del infierno cuando salvó a Allen de este, para luego utilizar la técnica de las dos cuchillas de ilusión y la de las ocho mantis religiosas combinadas en un único ataque, forzando así a aquel akuma a ocultarse de nuevo bajo tierra para recuperarse de los cortes y las profundas heridas en su boca. Pero todavía no le había matado y estaba seguro de que este aún pululaba enfurecido por debajo de ellos, esperando la oportunidad para vengarse.
- "Moyashi..." – Kanda le llamó casi con dulzura a lo que Allen simplemente respondió con un leve quejido al voltear su rostro hacia el mayor, sus ojitos ahora estaban entrecerrados y su respiración era calmada y apacible. A pesar de esas espantosas heridas, él se veía muy tierno con esa expresión tan sosegada, sus blancos cabellos revueltos y sus manos tiernamente tratando de mantenerse aferradas a él, rogándole no marcharse y dejarle solo. Nunca Allen estuvo más indefenso.
Inesperadamente la tierra debajo de ellos vibró intensamente, los objetos y las paredes a su alrededor se agitaron y oscilaron sobre sus cimientos, el agua de las cañerías dejó de fluir y los vidrios temblaron hasta romperse en mil pedazos. Sin mediar palabra ni pensarlo dos veces, Kanda invocó a sus criaturas del infierno y tomó a Allen en brazos con rapidez al mismo tiempo que del centro de la fábrica donde se habían escondido todo aquel tiempo salía impetuoso el lastimado dragón colapsando con ello el antes indemne edificio.
- "¡Hijo de puta!" – exclamó Kanda entre dientes, quien había logrado por lo justo salir de aquel lugar antes de que se le desplomase sobre la cabeza, con Allen todavía entre sus brazos, pero este incoherente y con la mente perdida, sollozando porque nuevamente el aire cargado de chispas y cenizas le hería profundamente el cuerpo.
Las criaturas del infierno, sin necesitar que así su amo se los ordenara, atacaron directamente al impresionante monstruo en una tentativa de mantenerle al margen lo suficiente para que Kanda huyese y se resguardase nuevamente.
El joven samurai miró a sus alrededores buscando una salida o un temporal refugio, sin encontrar sitio alguno. El barrio completo ardía en llamas y estas los cercaban, el humo negro ascendiendo hacia los cielos en cerradas espirales que consumían todo el oxígeno transformando aquello en un verdadero infierno. Tomando el paño que alguna vez cubrió la frente de Allen pero que ahora colgaba a duras penas de la cintura de este, Kanda se lo colocó sobre la nariz y la boca para que el menor no se asfixiara y le apoyo contra unos escombros antes de tomar a Mugen para caminar desafiante hacia el dragón. Seguir huyendo solo les acarrearía la muerte y si tenían que morir al menos lo harían dignamente.
- "¡Dos cuchillas de Ilusión! ¡Tabú de las tres Ilusiones!" – Exclamó el mayor con sus manos fuertemente agarradas ahora a ambas espadas y las tres pupilas concéntricas visibles en sus ojos ahora. Abalanzándose a este con toda su velocidad y fuerza, Kanda golpeó de lleno al animal con ambas espadas sin lograr que la fuerte y escamosa piel de este cediese en lo absoluto frente a su ataque y que de hecho el grandioso animal le golpease con el cuerpo y lo mandase a volar lejos, aterrizando contra una de las paredes de un edificio cercano.
Kanda se mordió el labio inferior para no quejarse y alzó la mirada venenosa hacia su contrincante el cual, al parecer, le había ignorado y decidido ir por el platillo más fácil y accesible de aquel momento: Allen Walker.
Con rapidez de reflejos y lleno de furia y temor por lo que pudiese pasarle al menor, Kanda recorrió el pequeño trecho que les separaba escalando por los escombros de las derruidas fábricas, demoliendo parte de ellas y usándolas como proyectiles para acompañar su poderosa embestida. El dragón chilló agudamente al golpearse contra los edificios despedazados, los cuales ardían con sus llamas y ahora estas le envolvían, quemando su alguna vez impenetrable piel.
- "¡Ese era su punto débil!" – pensó Kanda al ver como el animal seguía aullando de dolor entretanto se sacudía para extinguir el fuego que ahora le cubría y él, por su parte, movía a Allen de lugar para garantizar su seguridad. Esa era la verdadera razón por la cual por cada ataque que el dragón realizaba este debía ocultarse bajo tierra: sus propias llamas podían herirle.
Más confiado ahora, Kanda le dio su clásica media sonrisa y apretó con fuerza la empuñadura de cada una de sus espadas, comenzando a destruirlo todo cuanto le era posible para lanzárselo al infeliz dragón, el cual gimoteaba y se sacudía tratando de evadir al samurai, incapaz de esconderse bajo tierra ya que este, combinando sus técnicas de las criaturas del infierno con las ocho mantis religiosas, le había sacado su cuerpo entero del agujero y le tenía en dificultades atrapado en un círculo de su propio fuego.
- "Bicho hijo de puta, te voy a hacer mierda" – la voz de Kanda sonó venenosa y llena de despreció y enojo, sus manos se afianzaron más a las empuñaduras. Casi había matado al pobre del moyashi después de tenerlo encerrado por un tiempo indefinido en aquel infierno terrenal y de cazarle como si él fuese una rata. No importaba si el crío pretendía salvar a aquella alma, él no era misericordioso y no perdonaría sus acciones, se las iba a hacer pagar una por una como el miserable ser que era se lo merecía.
Elevando a ambas espadas se predispuso a darle el golpe final...
Las espadas cayeron al suelo, el eco de su caída escuchándose casi en todo el recinto. Los hermosos ojos celestes de Kanda se abrieron de par en par, llenos de terror y sorpresa; sus suaves labios se tensaron en una fina línea y su rostro palideció considerablemente. Quiso llevar una mano temblorosa a su pecho, remover aquello que le causaba semejante afección no obstante, aunque así lo quisiese con toda su férrea voluntad, su mano no pudo llegar hasta aquello y desistió en el camino. Las piernas de Yuu flaquearon e hicieron colapsar al hombre en el suelo, ahora incapaz de moverse o emitir una palabra, completamente indefenso.
Lo estaba matando.
Al ver que su contrincante, por una razón desconocida, había cesado todo ataque, el akuma malherido chilló desafiante y extendió las caperuzas a ambos lados de cabeza en signo de furia ciega, su apariencia ahora sí asemejándose a la de una cobra. No atacaría más con el fuego ahora que los exorcistas sabían que ese era su punto débil sería estúpido intentarlo nuevamente sin importar que ambos estuviesen maltrechos y aparentemente fuera de combate. Abriendo su boca a todo dar, exponiendo los restantes filosos dientes, dio a entender lo que les haría: se los iba a devorar.
Kanda miró a la bestia de reojo mientras batallaba para poder respirar, inmóvil y tendido en el suelo, intentando llegar a Mugen para poder deshacer lo que ahora estaba a punto de costarle la vida, sin poder llegar a esta, la espada demasiado lejos de su alcance.
La bestia arremetió sin miramientos contra el indefenso joven, el cual, instintivamente cerró los ojos al ver como aquellas mandíbulas caían sobre él.
- "¡Impío monstruo, no dejaré que toques a la princesa!" – resonó con fuerza antes de que la gran bestia aullara angustiosamente, sacudiéndose convulsivamente para remover su cuerpo de entre los escombros ardientes de la pared que había desplomado sobre parte de su cuerpo.
Kanda abrió súbitamente sus ojos celestes, contemplando a la bestia furiosa evaluando la situación antes de volverse sobre si misma para atacar a su nuevo contrincante: Segu Hakkoin. Cuándo y cómo aquel particular hombre había llegado a la escena era un misterio para él pero esa era una de las pocas veces que le agradaba verle. No obstante, al descubrir que en las manos de Segu este cargaba una espada semi derretida, la que probablemente había utilizado junto a su natural descomunal fuerza para derribar parte del edificio, y que ahora intentaba liberar una similar ceñida en su cinturón, el samurai tragó en seco y trató de incorporarse nuevamente pero el dolor que emanaba desde su tatuaje, aquel indicio fiel de su maldición, le truncó toda acción dejándole a merced de aquel espectáculo.
Más de una vez Segu Hakkoin le había mentido a él y a medio mundo mediante sus afamadas artimañas y su carácter tan especial, y no hubiese sido una sorpresa para Yuu Kanda si una vez más, con mucho ruido y pocas nueces, había logrado su cometido para infiltrarse así en la Orden Oscura y volverle a hablar. Segu, después de todo le había probado ya que él era la razón de su existencia y no lo iba a dejar así como así sin batallar, pero aquel no era el momento indicado para descubrir semejante mentira: con un exorcista agonizando y muy malherido y otro temporalmente paralizado por la antigua maldición que se cernía sobre él, sumarle la muerte de un inocente hombre común solo empeoraría las cosas.
El akuma se abalanzó sobre Segu a toda velocidad, su boca abierta completamente mostrando todos sus dientes restantes, mientras el fortachón luchaba contra el cinto y la vaina de la otra débil espada, frenético por liberarla antes de que el monstruo le atacase. Infortunadamente, cuando el gran hombre finalmente logró sacarla el gigante dragón con cuerpo de serpiente le propulsó por los aires antes de atraparlo entre sus mandíbulas, cerrándolas y devorando a Segu vivo.
El cuerpo de Kanda se tensó hasta el último músculo y cabello al ver esa escena tan pavorosa. Le odiaba con toda el alma por lo que era y representaba y además por todo lo que le había hecho pasar en su niñez pero esa no era la forma correcta para aquel hombre de morir. Alzando la mirada Kanda vio como el dragón se le acercaba, deteniéndose a escasos metros de él, jactancioso y disfrutando del momento del que tanto le habían privado, abriendo nuevamente sus mandíbulas ante él.
Era su fin.
De repente los ojos de la bestia se llenaron de pánico y esta comenzó a aullar a viva voz, golpeándose contra todos los edificios, agitándose convulsionadamente para luego abrir un hoyo en el suelo y perderse en el alcantarillado, donde el eco de sus agudos gritos llegaba a los oídos del samurai. El suelo debajo de su cuerpo vibró bruscamente, parecía casi como si un sismo estuviese sucediendo, y partes del suelo se hundieron con el colapso de los túneles subterráneos que la bestia destruía en medio de su frenesí.
Esforzándose hasta el límite Kanda logró hacerse con Mugen, deshaciendo así el Tabú de las tres Ilusiones y por ende debilitando a su maldición lo suficiente como para ponerse en pie. Corriendo con dificultad hacia el albino, evadiendo los restos de los edificios que ahora caían y tratando de no ser quemado por las llamas azules; el hombre finalmente llegó a su lado y le cubrió con su cuerpo en un fuerte abrazo. Ningún lugar era ahora seguro, todo se desplomaba a su alrededor y sabía Dios que pasaba con aquel bicho, sin embargo, él protegería al lastimado chico.
Un último grito se escuchó antes de que el temblor cesase por completo y el fuego súbitamente se extinguiese. El humo que alguna vez había cerrado el claro cielo nocturno se disipó finalmente y una fresca brisa le acarició el rostro, pero del hoyo que la bestia había hecho brotaron las cenizas que eran la prueba fehaciente de que el monstruo había sido derrotado.
Finalmente todo se había acabado.
Kanda exhaló aliviado, sintiendo como la adrenalina abandonaba su cuerpo para darle paso a la fatiga, sus ojos levemente entrecerrándose. Abrazando al moyashi un poco más cerca de su cuerpo, removió luego con cuidado el trapo de su boca y nariz que ahora estaba seco, para verle respirar con dificultad entre sollozos. Allen no lo resistiría más y él necesitaba sacarlo de allí cuanto antes.
Al escuchar el sonido de pasos acercarse sus cansados y preocupados ojos celestes se fijaron en la lejanía al ver como de entre las cenizas surgió un caballero alto y portentoso, de esos de antaño que había visto en los tantos libros que Lavi leía sobre la historia Europea, su armadura brillante como la plata tenía intrincados diseños y patrones tallados sobre esta, el casco estaba completamente cerrado salvo por una hendidura para los ojos y pequeños orificios a la altura de la boca y la nariz que permitían el pasaje de aire. En su mano sostenía una espada larga y muy reluciente, similar a la que Segu había intentado desenvainar, la cual para su asombro se continuaba con el guante de la mano que le sostenía.
Todo aquello parecía haber salido del mundo de los sueños...
- "¿Princesa?" – La voz del caballero hizo eco en el casco cerrado distorsionándola considerablemente aunque por aquella palabra pronunciada sabía muy bien quien era. Al fin de cuentas, esta vez él no le había dicho un montón de patrañas y por primera vez le alegraba considerablemente. – "¿Princesa? ¿Se encuentra bien?" – le preguntó Segu antes de inclinarse frente a ellos, el casco desarmándose y desapareciéndose dentro del torso de la armadura, descubriendo el rostro preocupado del hombre al verles tan heridos, especialmente por Allen.
- "Tsk, ¡déjate de preguntas estúpidas y sácanos de aquí antes de que el crío se nos muera!" – le escupió aquellas palabras sin delicadeza alguna, dedicándole una mirada llena de enojo por ser tan poco efectivo en esos momentos; sin embargo el gran hombre no se sintió ofendido en lo absoluto, sino que su expresión de preocupación cambió a la de un tonto enamorado, su corazón tocado por el accionar de su princesa. ¡Era increíble que un ser tan noble y bueno pudiese existir y que pronto, pero muy pronto esta se convertiría en su esposa!
Las sirenas de los bomberos y la policía se escucharon finalmente en la lejanía aproximándose cada vez más y más a todo dar. Asintiendo al mismo tiempo, ambos hombres supieron que era mejor emprender la retirada por el momento para que luego el mayor de ellos acallase todo comentario con un fajo de dinero que no le haría falta. Después de todo, el mundo era suyo.
Los cálidos rayos del sol se colaron por la ventana del compartimiento bañándolo todo con su suave luz y entibiando al pequeño joven que ahora descansaba en un mar de sabanas blancas en su cómoda cama. Hacia cinco días que Allen dormía placidamente, recuperándose de las heridas sufridas a manos del akuma con forma de dragón y su cuerpo, salvo por pequeñas extensiones de este, estaba cubierto por anchos vendajes hipoalergénicos y varias pomadas especiales. Al menos ya el respirador que los primeros días le habían puesto se había vuelto innecesario debido a que la mayoría del daño desapareció, o disminuyó considerablemente, cuando el akuma murió a manos de Segu Hakkoin. El fuego había resultado ser más especial de lo que creían y eso les había beneficiado mucho. No obstante eso no significaba que la preocupación por Allen hubiese disminuido.
Para evitar que cualquier medicucho de tercera le lastimase más o indagase sobre el origen del brazo del Inglés y tratase de removérselo alegando que no era ya funcional, Segu había contratado a su grupo confidencial de buenos médicos y con un llamado rápido, había transportado al científico de la Orden más cercano a París para que le sanase las heridas a Allen en tiempo record; logrando así que al quinto día ellos pudiesen partir en tren hacia Londres, donde toda la comitiva de Komui Lee les esperaba ansiosos por curar al pequeño, ya que transportar todos los elementos necesarios a París sería demasiado contraproducente y tardaría muchos días.
Kanda caminó por el estrecho pasillo del vagón, demasiado cabreado con Segu y por el giro que habían tomado los hecho. Cuando llegase a la Orden le partiría la cabeza a Komui contra el escritorio y a toda la comitiva de Buscadores por ser tan ineficientes y haber hecho mal su trabajo. No era por la Inocencia que todos andaban haciendo cosas locas o que sucesos raros tomaban en lugar en París; era por culpa de algún desgraciado mal drogado que todos andaban así: uno de los cargamentos de contrabando de Ajenjo, esa bebida que los artistas y pensadores de la revolución bohemia tomaban como si nada, había sido volcada por accidente o intencionalmente en el servicio de agua de la ciudad, llegando esta a casi todas las casas, fuentes y estanques disponibles. Ese Ajenjo, además de alegrarles el alma a los parisinos con su dote alcohólico, estaba mal elaborado y muy adulterado y contenía, entre varias hierbas de nombres raros, todo tipo de drogas ilícitas que con solo tomare un vaso lleno ya pondrían a uno a surcar los cielos más allá del arco iris.
No era necesario decir que aquel descubrimiento realizado por Kanda al día siguiente no le cayó muy bien en lo absoluto, y tampoco le cayó muy bien que por estar vestido con una onda árabe bohemia (entiéndase unos pantalones celestes verdosos muy abombados con una camiseta larga y de mangas medio exóticas que afortunadamente logró ponerse tras amenazar a las modistas con cortarse el pelo y dejarles a ellas sin algo con que jugar) unos bomberos y una pequeña parte de la población local le habían gritado "piropos" que iban desde "Adiós, ladrona hermosa, me has robado el corazón" hasta "¡Mamita querida, si tus piernas son las vías no me imagino como será la estación", pasando por los clásicos como "Me parece que dejaron abierta la juguetería porque se escapó una muñeca" sin olvidarnos de los muy bestiales como "Me encantaría ser un león de circo para pasar por..." (Y la autora se niega a escribir el resto).
Tampoco era necesario decir que cuando toda la retahíla de piropos le fue dicha, Kanda, ahí no más tranquilito desenfundó a Mugen y causó al menos la demolición de medio París que a Segu le venía de las mil maravillas para su empresa de construcción. ¡Ah, su princesa era tan considerada y efectiva!
Igual después las cosas no pintaron tampoco muy bien para todos aquellos osados hombres ya que Segu se encargó de que le pidiesen perdón a fuerza de que él les castigaría acordemente a sus ofensas y luego los dejaría frente a la princesa para que esta decidiese su destino, que por supuesto, sería catapultarlos hacia la ciudad más cercana.
Dejando de lado todos sus planes de destrucción masiva por un momento, y acomodándose la hermosa yukata negra que vestía en aquella ocasión debido a un milagro de la naturaleza (también conocido como prenderle fuego a toda la ropa en el patio y obligarle a Segu a darle algo de su ropa tras haber atado a las hermanas a un poste), el samurai abrió la puerta del dormitorio donde había alojado a Allen. No era la más estéril de todas las habitaciones y los cuidados que tenían para con el menor no eran ya tan extremos como en los primeros días, cuando hasta él y Segu eran forzados a vestirse como si fuesen a hacer una cirugía muy complicada para así poder entrar, pero tampoco era para menospreciarse. La fortuna de tenerlo a Komui, quien se las vería en colores por mandarle con Segu a hacer misiones, como un supervisor loco de remate era que el departamento de ciencias había avanzado muchísimo con respecto a las anteriores administraciones, brindándoles así la oportunidad de curar al otro más rápido y adecuar condiciones poco sanitarias como un tren a otras más óptimas. También primera clase elite era un mundo diferente con respecto a sus usuales compartimentos.
Lo bueno que tenía Segu, al menos, era que gastaba el dinero con ellos también y que gracias a eso Allen estaría pronto mejor.
Entrando en la pequeña habitación al samurai casi se le desdibujó su fruncido ceño usual para transformarse este en una feliz sonrisa: Allen estaba tiernamente dormido de costado, sus blancos y sedosos cabellos estaban desordenados con simpáticos mechoncitos y rulitos por doquier haciendo de su pelo lucir como si estuviese hecho de algodón; las manos vendadas del joven descansaban una cercana a la otra sobre la almohada, una de ellas más cerca de sus suaves labios levemente entreabiertos que demostraban su respiración sosegada y calmada; las sabanas y frazadas mullidas le acurrucaban, brindándole un suave calor que había coloreado levemente sus mejillas y otorgándole de nuevo aquella lozanía que el joven siempre tenía.
Kanda cerró despacio la puerta detrás de él y recorrió el pequeño trecho que había entre ella y la empotrada cama, sentándose en una silla colocada cerca del borde de la misma para ser utilizada por Blanche cuando realizase la tarea que él ahora se disponía a hacer. La vieja mujer, quien gustosa junto a todas las doncellas que desde hacia días le perseguían llamándole "Mi Señora" había por motus propio decidido acompañarles; era quien había sido designada para cambiarle los vendajes al albino por su pasado como enfermera de compañía; pero lamentablemente para ella el tener a Segu a sus anchas en un lugar tan cerrado como un tren con Kanda cerca era algo inadmisible, terrible e iba en contra de todas las buenas costumbres y modales, así que mientras ella trataba de convertir a Segu en un témpano andante con múltiples baños fríos, lo menos que él podía hacer era cambiar al moyashi entretanto andaban ocupados todos. Eso y que hacía bastante que tenía ganas de verle pero el gigantón se lo impedía aludiendo que esto afectaría su frágil sensibilidad y no quería verle llorar.
Pedazo de idiota que era algunas veces.
Abriendo el botiquín creado y personalizado para Allen por aquel científico, Kanda desplegó todos los elementos sobre una mesita cercana empotrada, chequeando en su lista mental cada uno de ellos viendo si faltaba alguno. Cogiendo las sabanas y frazadas, el mayor tiró de ellas para descubrir por completo el cuerpo del moyashi, quien estaba vestido con una larga camiseta de las viejas que usaban los varones antes, hacía ya mucho tiempo. Kanda tragó en seco y combatió el sonrojo que osaba cubrir sus mejillas al tiempo que desabotonaba la camiseta y exponía el torso del menor, así como sus caderas y piernas completamente. No debía sentirse incómodo por aquello, era meramente médico, simplemente sanitario y necesario; que el albino siguiese con aquellos vendajes tan sucios y usados era antihigiénico y solo le acarrearían más problemas.
Con delicadeza alzó al menor, moviéndole con dificultad hacia él al no querer tocar las heridas de este o ponerle en posiciones exóticas que pudiesen reabrir heridas cosidas o ya cerradas, sin embargo parecía que la cosa no iría a pedir de boca.
Insultando por lo bajo, refunfuñando y tratando de no caerse con moyashi y todo cual sacos de papas sobre la cama, Kanda se preguntó como demonios una anciana decrepita y enclenque podía lidiar con un crío y él andaba en plena pelea monumental al intentar desvestirle previo a cambiarle los vendajes.
Un suave gimoteo escapó de los labios del menor mientras este se estremecía en sus brazos, y sonrojándose por la vergüenza de aquella situación, Kanda decidió que lo mejor sería enfocar la mente en otras cosas que no fueran acerca de hacerle cosas al ahora desvestido, completamente vulnerable y adorable albino; no que le fuese a molestar, pero como iban las cosas... Algo terrorífico y espeluznante, ¡sí! En ello debía pensar lo más pronto posible, como en algo feo tipo Komui queriendo experimentar con él o como Lenalee queriendo maquillarle o... O... O... ¡Eso era! El recuerdo de su maestro Tiedoll usando el traje de baño apretado tipo speedo que le marcaba la panzota, usando una simpática gorrita de nado tejida a crochet por su propia mano claro estaba, con pequeñas florcitas de telas cosidas al mismo y dos flotadores en cada brazo de color verde manzana llamándole gentilmente a que se le uniese con él en la piscina.
Un escalofrío recorrió la espalda del joven mayor al recordar semejante hecho. Todavía no sabía que cuernos se le había metido a su maestro en la cabeza para vestirse así e intentar enseñarle a nadar cuando tenía once años. Prefería ahogarse mil veces a tener que nadar estilo perrito a sus brazos para que este le abrasase y tuviesen un momento pseudo madre - hijo.
Viejo madre gallina del demonio que era a veces.
Repentinamente la puerta de la habitación se abrió de golpe y volando a velocidades digna de un cometa a punto de estrellarse con la Tierra, Timcampy se fue a dar de lleno contra la cabeza del Japonés tumbándole sobre el moyashi y haciendo que el samurai patease todo lo que había en la mesa mandándolos a volar por los aires.
- "¡Timcampy!" – El nombre del gollem dorado sonó venenoso en la boca de Kanda, quien estaba tiritando ya casi de la furia contenida y la lucha de poderes interna de desenvainar a Mugen y mandar al vagón entero a volar en aerolíneas Kanda sin escalas se hacía sentir y ver con las venas hinchadas de su sien. Tomando al gollem en su puño, apretándolo bien dentro de él para que no se escapase, estaba a apunto de estrujarlo como un limón cuando su vista descendió al ver que de la colita rutera de Tim colgaban las mismas dos ardillas del infierno que se rehusaban, a diferencia del resto, a dejar al moyashi en paz para que pudiese dormir y se recuperase. "No" significaba "No" acá, en la China, en Taiwán y Sur Corea, y si les decía que no iban a ver al moyashi hasta que se sanase era que no iban a ver al moyashi hasta que se sanase, y como siguiesen molestando las iba a atar a la locomotora del tren para que aprendiesen a ser buenas.
- "¿K-Kan... da?" – La tenue voz de Allen llegó suavemente a sus oídos haciendo que el samurai mirase más abajo y su rostro se coloreara con todas las variaciones de rojo y rosa que tenía el arco iris. Por el golpe y el semi vuelo rasante Kanda había quedado sobre el moyashi, sus manos y rodillas a los costados del cuerpo del muchachito semi despierto, entretanto el menor estaba semi desnudo y demasiado vulnerable para su gusto.
Tratando de zafarse de aquel predicamento en el que el estúpido gollem junto a las condenadas bichas les habían puesto, Kanda movió su peso lentamente para probar llegar al borde de la cama, poner un pie en el piso para luego poner el otro y disimular todo aquello; sin embargo eso solo causó que el albino debajo suyo entornase sus preciosos ojos para acostumbrase a la luz, parpadeando múltiples veces antes de quedársele viendo fijo, su mirada nublada por el sueño.
Lentamente el sueño dio paso a la conciencia y Allen se descubrió a si mismo semi desnudo, salvo por unos slips blancos y las vendas que cubrían sus heridas, tendido adorablemente sobre una cama muy mullida y cómoda con Kanda sobre él, la elegante yukata desarreglada revelando el hermoso torso del mayor y el cinto a punto de ceder. Moviendo lentamente la cabeza observó también que ambos se encontraban en una pose demasiado comprometedora y que había un par de cositas medio borrosas pero peludas en su mesita de luz y Timcampy revoloteando cerca. – "¿Kanda?" – le volvió a llamar dulcemente solo para confirmar sus dudas, a lo que el mayor simplemente respondió con un chasquido de su lengua contra el paladar y un súbito giro de su rostro. – "Kanda... M-me alegro tanto... Estas bien..." – dijo en un susurró, sus últimas palabras casi inaudibles, para luego darle una amplia y dulce sonrisa al mayor.
Aquella era simplemente la imagen más tierna del mundo.
Kanda se movió ágilmente fuera de la cama sorprendiendo a Allen. El albino no comprendía porque el mayor estaba tan agitado y deseoso de irse, o porque ahora estaba parado dándole la espalda a este con su respiración obviamente agitada y una mano en el pecho.
- "¡Controla a tu estúpido bicho!" – le espetó groseramente con sus palabras cuando en realidad no era aquello lo que sentía, pero la maldición y ese breve momento le habían dejado confundido y con ganas de hacer mil cosas que no podía ni debía. – "Da gracias que todo esta cerrado y no se ensució" – acotó entretanto levantaba unas pomadas con una mano y buscaba las gasas de los envases sellados y las vendas hipoalergénicas dispersas por el suelo.
"Muévete, moyashi, tengo que cambiarte las vendas" – Kanda no esperó a que el menor se corriese para dejarle espacio sobre la cama y se sentó sobre el extremo de esta, tirando lo que había recogido del suelo sobre la mesita de luz empotrada. Sin pedirle permiso, Kanda bruscamente obligó al joven a sentarse al tirarle desde sus hombros hacia él, sintiéndose muy culpable cuando el joven albino gritó de dolor por su accionar. – "Estúpido, te lo advertí" – Se defendió el samurai, permitiéndole a Allen descansar contra su pecho hasta que sus sollozos y lloriqueos terminasen y él se calmara de una buena vez. - "Sacarte las vendas y cambiártelas te va a doler, moyashi, más te vale que colabores" – Kanda advirtió tiempo después al tiempo que empujaba a Allen lejos de su abrazo reconfortante para exponer el torso del menor a su vista y así luego desarmar los vendajes de Blanche.
Después de calmarse, inspirando y expirando con dificultad por sollozar, Allen asintió con su cabeza levemente para indicarle que le permitía proseguir. Kanda, después de cambiar posiciones con Allen y sentarse detrás de este con el menor dándole la espalda, se colocó un par de guantes estériles de esos de látex que tanto veían a Komui usar y tomó un par de tijeras pequeñas para cortar con cautela y eficacia los vendajes sin rozar la piel maltratada del menor. El aire frío de la habitación fue para Allen peor que cualquier castigo físico que jamás le hubiesen hecho padecer, sintiendo como si frías agujas le pinchasen todo el cuerpo cuando su piel se erizó por el cambio brusco de temperatura. Estoicamente se contuvo de gritar mordiéndose su labio inferior con fuerza, sus ojos cerrados a todo dar; la expresión de Allen era de sufrimiento y Kanda lo ignoraba completamente.
Revelando la espalda quemada del joven, Kanda vaciló por unos instantes al ver aquella herida, su sensibilidad ofendida por el aspecto horrible de la misma y más que nunca queriendo ser él quien le hubiese hecho sentir el infierno en vida al desgraciado animal. Pobre moyashi, se veía y estaba seguro de que se debía sentir aún más terrible, y lo peor era que le esperaba un largo tiempo antes de que se recuperara por completo.
Con un movimiento preciso de sus dedos destapó una de las tantas pomadas, vertiendo luego una gran cantidad de aquel gel pálido sobre la palma de su mano derecha. Descansando su mano izquierda sobre el hombro del varón como señal de advertencia por lo que iba a acontecer, espero a que el muchacho volviese a asentir con la cabeza antes de esparcir diligentemente el gel sobre la espalda, formando una visible película. Allen se arqueó hacia delante, tratando de alejarse de quien ahora sanaba sus heridas, las lágrimas formándose en las comisuras de sus ojos. El aire había sido terrible pero el ardor provocado por el gel le era insufrible.
Dejando de lado su faceta fría y distante, Kanda apretó con gentileza el hombro, donde su mano todavía descansaba y evitaba que el albino saliese de su alcance, como una señal de apoyo y simpatía, mientras terminaba de esparcir la crema por su espalda y su flanco izquierdo, las zonas más lastimadas del muchacho. Abriendo el paquete de las vendas, tomó un extremo de las mismas para desenrollarle apenas y acercar su rostro al oído de Allen.
- "Quédate quieto" – Le susurró el mayor más como un aviso que como una orden al pasar una de sus manos hacia delante sosteniendo en esta el rollo de la venda mientras la otra apretaba el extremo libre gentilmente sobre el flanco sano del muchacho; la mano con el rollo se deslizó por sobre la parte anterior del torso del albino diligentemente siendo recibida momentáneamente por la mano apoyada para luego volver a realizar todo el proceso de nuevo y varias veces más hasta que el torso del muchacho estuvo cubierto por completo.
Una vez realizada aquella tarea, y asegurándose de que las vendas estuviesen lo suficientemente sueltas como para no incomodar, Kanda ayudó a Allen a descansar de nuevo sobre la cama y tomó su brazo izquierdo entre sus manos para velozmente cortar las vendas que lo cubrían.
- "No te preocupes, ya pasará" – Kanda le hubiese dicho si no hubiese considerado esto tan innecesario. Allen era fuerte a pesar de su aspecto delicado y más de una vez la resistencia al dolor del muchacho le había sorprendido y decirle algo así sería insultante para tan fuerte muchacho. Igual Kanda apostaba que muy pocos en la Orden serían capaces de resistir las heridas que el muchacho alguna vez tuvo con la entereza que él lo hacía.
Volviendo a repetir el accionar del torso, Kanda envolvió por completo el brazo izquierdo del varón pero se quedó sosteniendo la mano de este al ver que el muchachito, tras ahora reposar tranquilamente en la cómoda cama, se había quedado placidamente dormido de nuevo mientras él le cambiaba los vendajes.
Kanda suspiró audiblemente antes de colocar la mano del menor al costado de su cuerpo y prosiguió con las largas piernas del joven, repitiendo todo lo realizado anteriormente.
Examinando la situación Kanda chasqueo la lengua contra su paladar al tiempo que tiraba todo el material descartable y usado en una bolsa. Volverle a poner la camiseta que tanto trabajo le había costado sacarle probablemente haría que el menor se despertase de nuevo y lo que más el chiquitín necesitaba ahora era descansar y mucho, así que tomando las sabanas y frazadas le cubrió con estas y se le quedó viendo cual tonto enamorado. Estúpido moyashi, ¿por qué tenía que verse siempre tan tierno?
Un chillido llamó su atención inmediatamente, y al ver partir al par de ardillas como si hubiesen visto a la muerte peluda persiguiéndoles, notó por primera vez la presencia de aquella maleta extraña y de la caja circular ahora abiertas. Allen tenía solo una maleta muy gastada y emparchada por Lenalee con fotitos de gatitos y demás porquerías poco masculinas así que esa cosa, que era demasiado elegante y de apariencia costosa, parecía tener un solo dueño: Segu Hakkoin. Explorando el contenido de ambas la venita de la sien de Kanda casi explota al ver que lo que había asustado a sus peludos torturadores: una peluca castaña que seguramente las bichas habían confundido con un pariente cercano y por eso habían salido corriendo. Igualmente eso no era lo que le había enojado sino ese instructivo personalizado de los maquillajes que relataba como debían ser utilizados para que Allen se cubriese la cicatriz del ojo y pareciese "normal".
Tomando aquellas maletas, una en cada mano, Kanda salió de la habitación sin hacer ningún ruido para despertar así al bello durmiente quien tanto necesitaba dormir, y cuando ya estuvo en el pasillo, y después de cerrar la puerta con cautela detrás suyo, corrió hecho una furia hacia donde Segu se encontraba.
Segu podía meterse con él y actuar como un reverendo imbécil a su alrededor, pero jamás, jamás le dejaría pasar semejante insulto hacia Allen.
(Continuará...)
Anotaciones 2: Y así concluye el capítulo(¡Por fin!).
Bueno, en cosas breves diré que la razón por la cual Allen comenzó a cantar fue por el agua ya que se quedó dopado; pero más que eso, no creo que haya algo que aclarar :3
.-.
Desafortunadamente, porque la vida no me quiere a mi tampoco (al parecer la venganza de nuestro Yuu ya me llegó), este es el adiós y nos vemos luego temporal.
Los finales están a meses de llegar y si bien Anatomía, Embriología y Genética están conmigo hechas unas duquesas y más o menos listas para ser revisadas y dadas, Histología, mi archíenemiga mortal, esta en la cuerda floja y si es que quiero algún día tener vacaciones de verano (¡1 mes de hermosa vagancia!) tengo que preparar todas las materias bien par Diciembre y eso involucra mi desaparición tipo David Copperfield hasta esa fecha de todos los lugares que frecuento (ya deje el rol, ahora dejo FF y el MSN ;; ).
Intentaré escribir y subir el capítulo 5 igual, pero es probable que no suceda hasta, más o menos el 15 de Diciembre, cuando vuelva con la victoria en manos o hecha pomada por haber fallado (espero sea lo primero).
Mil, pero mil millones de gracias a todos y a cada uno de ustedes por haber seguido la historia hasta hoy; no saben lo feliz que me han hecho con sus reviews, sus comentarios y sus locas ideas.
Encantando no se acabará aquí, lo juro, y la narradora les seguirá relatando la historia de la involuntaria "princesa" homicida, el pseudo príncipe garbanzo y el monstruoso príncipe Cebú, digo, Segu.
¡Cuídense hermosos! ¡Suerte con todo, que tengan un muy lindo día y se la pasen bomba!
¡LOS QUIERO MUCHÍSIMO!
