Cáp. 1 Venganzas
Su mente era algo imperturbable, algo oscuro, enmarañado pero a la vez perfectamente lógico. Era como si la destructuración y la estructuración conviviesen en un ambiente tan prolijo y caótico que cualquiera hubiese creído imposible, pero así lo era. El caos y el orden tomados de la mano para crear algo tan poderoso como destructivo, una fuerza caótica envuelta entre la turbulencia del odio. Tal vez fue por eso que su lógica le hubiese impedido amar, o hubiese creído que tenía aquella imposición, y por lo tanto, la hubiese creado. Pero eso no importa mucho, solo se sabe que a ésas alturas de la niñez, con ocho años, aquella tan extraña e interesante mente estaba creciendo con tal rapidez que la magia que poseía ya estaba siendo controlada para crear dolor y terror, para lograr que aquél niño se impusiese ante los demás, ejerciendo así un respeto que nadie en el orfanato querría romper.
Por ello, cuando se trasnochaba pensando en qué manera podía explorar aquellos campos de magia, lo que en realidad hacía era sacar a luz parte de su potencial, y crear y erigir de a poco aquella leyenda que correría de boca en boca, aquélla leyenda que crearía pesadillas y desesperación. No importaba realmente que aquél niño lo molestase, de cualquier manera él hubiese descubierto aquella fuente fascinante de poder que era la magia.
Así que Percy era su chivo expiatorio: él era lo que era, y era lo que sería, si bien podemos decirlo. Por lo que aquél niño enojado, practicando mover mesas, apagar luces, hacer estallar vidrios y lamparitas, hacer trillar objetos tenía exactamente el mismo potencial que su versión adulta.
Entonces, aquella noche podría haber sido comparada con las noches que seguirían, a lo largo de su vida, marcando el destino de las personas. Miró hacia su puerta, atentamente, y le ordenó "Puertábrete". Obedeció suavemente, como el quería que lo hiciese. Bajó de su cama, y caminó hacia el pasillo. "Puertaciérrate". Sin ningún sonido.
Casi podría decirse que flotaba, era tan sutiles sus pasos que se perdían en la oscuridad: el sonido no aparecía. Bajó las escaleras cuidándose de los escalones que tronaban, y cuando llegó al primer piso sonrió porque sabía lo que estaría por hacer. Lo sabía y eso le causaba una satisfacción tan exquisita que le mareaba. La puerta de Percy se abrió sin ningún sonido. Éste también dormía solo, después de que fuese repudiado por sus compañeros un par de días atrás.
Entró en la habitación y miró al niño durmiendo. Durmiendo parece una presa tan frágil. Sonrió a causa del pensamiento. La puerta del armario se abrió también, mientras que la de la habitación se cerraba. En el armario vio un reflejo plateado, algo tan brillante que era fácil de localizar. Se escondió en un rincón, para que no pudiese ser visto, y la cama del niño dio una fuerte sacudida. Percy despertó asustado, se agarró de los barrotes y empezó a jadear
—¿Qué…? —pero sus palabras fueron ahogadas, pues un segundo sacudón lo alarmó —¡Terremoto! —intentó gritar, pero no pudo
—Cállate, Percy —dijo tranquilamente con su voz serpentina
—¿Quién anda ahí? —preguntó el niño de once años, aturdido. Como respuesta el armario se movió también, y las puertas de éste se abrieron y se cerraron rápidamente, pero sin sonido alguno. Reprimió una sonrisa al ver la cara de espanto del niño. No había nada mejor que ver los ojos de aquél brillando de miedo
—¿Tienes miedo? —se burló, hablando siempre como serpiente
—¿Qué? —Percy empezó a llorar… y de repente vio con horror como el vaso de vidrio que había sobre su mesita de luz estalló en pedazos, y luego su cama se empezó a mover también. Percy dio un salto e intentó salir, pero luego se quedó horrorizado al ver sus prendas saltar por el aire, a sus monedas de plata caerse al piso con estrépito. Se preguntó si la señora Cole o cualquiera de las otras ayudantas que se quedaban en la noche oirían algo. Se preocupó e hizo que la silla cercana a dónde estaba Percy se moviese también. El niño saltó y se dirigió a su cama, se tapó con las mantas y cerró los ojos muy fuerte. La silla siguió moviéndose, las prendas seguían arrastrándose por el piso. Da la impresión que son personas que se arrastran, pensó Tom sin darle mucha importancia.
Muy bien, ahora a lo que vine aquí.
Recogió las monedas de plata y se las guardó en el bolsillo. Una recompensa por haber trabajado tanto ésa noche ¿Verdad? Percy no se dio cuenta de que Tom estaba allí, estaba demasiado aterrorizado como para abrir los ojos. Llegó hasta la puerta y la abrió con el poder de su mente (o lo que él creía que era la magia) y se dirigió, procurando que nadie lo viese, hacia su habitación.
Una vez allí, encontró una cajita de cartón que guardaba para "sus tesoros". Guardó allí las monedas de plata. Una recompensa por haber logrado tanto ésa noche. Una recompensa por haber aterrorizado al niño. Mis tesoros. Faltan muchos, ¿Verdad?, Sí, faltan muchos. Se felicitó a sí mismo en la oscuridad, y supuso que no podría haber salido mejor…
Sí, si podría haber salido mejor ¡Muchísimo mejor! Tal vez eres capaz de cosas que nunca imaginaste, tal vez tienes en tus manos (o en tu mente) algo tan poderoso que debes de explotarlo. Ser respetado y elogiado, ¡No! Mejor aún, ser respetado y temido, pero por todos… incluso por los adultos, por todas esas personas que se creen mejor de lo qué son.
Por esos entonces era 1937, y él tenía ocho años. Ocho años, y todavía le quedaban muchos… Así que decidió que quería mejor en aquello que destacaba, aún mejor de lo que era ¿Podría elevar cosas a su gusto y antojo? ¿Podría atraerlas hacia sí? Bah, esas son cosas sin vida, inmóviles… ¿Qué te parecería causar terror en las otras personas? Pero con tu poder, no aterrándolos… ¿Qué tal sería causarles un dolor, un miedo, un terror que los haga respetarte? ¿Qué tal sería eso, Tom? ¿No sería perfecto? Crear terror, debe de ser fácil ¿No?
Pero no lo fue. Mil novecientos treinta y siete dio paso a mil novecientos treinta y ocho, y Tom todavía no podía crear dolor, pena o angustia sobre las personas. Pero no importaba mucho. Había mejorado notablemente en su control sobre las cosas, demasiado, diría él. Podía hacer, si se concentraba demasiado, qué los vasos o papeles vuelen hacia él, convocándolos. Pero sólo sucedía en ocasiones muy especiales, que requerían tanta concentración mental que prefería pararse e ir a buscarlos, por más lejos que estuviesen. Además, el efecto parecía debilitarse si el objeto en cuestión estaba a una distancia mayor de tres metros. Pero ¡Lo podía hacer!, y también había podido dar efectos a la luz, había aprendido a bajar la intensidad de las bombillas, a oscurecer una habitación, a simular viento incluso…
Todo esto le dejaba un estado mental exhausto, pero valía la pena. Los niños habían empezado a notarlo, igual que la señora Cole. El que el chico estuviese alicaído, malhumorado, desinhibido y aún más pálido de lo normal le hicieron dudar de su lucidez. Intentó abordar el tema un día, pero hizo que el niño se enfureciese…
—Tom —le había dicho— Toma asiento.
—¿Qué quiere? —preguntó con una voz hosca
—Quiero conversar contigo, así que por favor toma asiento… —el chico no obedeció antes de mirarle furiosamente, y volvió a tener la mirada perdida y cara de concentración— Tom —llamó la atención la mujer, el niño asintió con la cabeza para darle a entender que la escuchaba— Tom, mírame por favor —volvió la mirada hacia ella y se cruzó de brazos— ¿Te sientes bien últimamente?
—Mejor qué nunca —afirmó con una voz fría impropia de alguien de su edad
—Mmm… ¿Estás seguro? No pareces bien
—¿Por qué no?
—¿No te viste en el espejo, niño? Estás pálido, y… todas las ayudantas e incluso las maestras se quejan porque tu no estás lo suficientemente concentrado… te ven distraído, no te ven normal.
—Imbécil —dijo en su lengua serpentina. La mujer se sobresaltó al escuchar ése silbido
—¿Disculpa, Tom? Son ése tipo de cosas que nos hacen dudar si… eh…
—¿De qué? —preguntó aún más fríamente, con voz de orden
—No me hables así. Nos hacen dudar si… tu cabeza está bien —la rabia se disparó por todas las facciones del joven
—Mi cabeza está perfecta ¡Mucho mejor que la de usted! ¡No tiene idea, ninguno de ustedes tiene idea de nada! —la ventana del despacho de Cole se agrietó un poco, pero luego la mujer logró calmar al niño y le dijo:
—Bueno, espero que sea verdad… De todas maneras, vuelve a concentrarte en los estudios ¿Está bien? —El niño no asintió ni negó con la cabeza. Dio media vuelta y se dirigió hacia su habitación, sumamente enojado…
Así que aquella estúpida creía que estaba loco, ¿eh? ¡Loco, él! ¡Ja! ¡Él, justamente él, qué valía muchísimo más que cualquiera en ése edificio! ¡Qué podría doblegar a todos, que podría hacer lo impensable y lo que no era posible para otros seres humanos! Ella era la loca. Él jamás…
Se cruzó de brazos e intentó dormir, pero las palabras de aquella mujer todavía torturaban sus oídos… Así que agarró un libro y se puso a leer. No era que le interesase mucho la historia, o esas cosas del colegio, pero era lo que hacía cuando intentaba no pensar porque le hacía daño. Era lo que hacía cuando estaba demasiado furioso, cuando los vidrios empezaban a resquebrajarse, cuando sentía que la vista se le nublaba, y era en realidad que intentaba cerrar los ojos para no pensar, para no ver, para no romper todo lo que había en ése cuarto…
Así que en aquél momento aquél libro solucionaba un poco todos los problemas… A veces también tomaba un paseo, cuando era lunes y tenía permiso para ir a Londres. No le importaba mucho que la mayoría de las veces lo acompañasen, pues él siempre terminaba saliéndose con la suya: solo en alguna tienda, si era lo menos, tenía tiempo para sí mismo, para refrescarse.
Pero era en realidad un martes, un martes treinta de septiembre. El ambiente en el país era horrible, según lo que él escuchaba y leía. Mucha tensión, demasiada tensión… Suspiró y cerró el libro que leía: Inglaterra del siglo veinte, no era un libro suyo, era cierto, se lo había sacado a un chico mayor. Habrá tenido doce, trece años, no le importaba. De todas maneras, era muy aburrido y muy simple. Lo qué a él le gustaba (la guerra qué había acabado con los padres de muchos de los niños de allí, y tal vez con los de él) no se encontraba explícita allí. Suspiró y se cruzó, una vez más, de brazos.
Odiaba el orfanato, odiaba a los niños que había allí, odiaba a todos, e incluso ésa estúpida habitación. Lo detestaba tanto qué deseaba en ése momento más que nunca que su madre no hubiese muerto cuando dio a luz, porque entonces eso significaría estar lejos de todo aquello…
Dudó seriamente si se llevaría bien con su madre, pero no le importó. Por supuesto que odiaba mucho más a aquél lugar tan horrible… Deseó fervientemente que fuese lunes, así tal vez podría dar una vuelta por Londres, ver cosas… Pero no importaba, porque en ése momento estaba solo y amargado en aquella habitación.
Cómo no tenía nada para hacer, abrió su armario y sacó de él la cajita dónde guardaba sus tesoros. Allí solo había monedas de plata. Frunció el ceño, y se dio cuenta de que había otro tesoro que tenía. El libro, y algunos pelos de conejo blanco. No eran gran cosa, pero le permitía recordar por qué estaba cuerdo (aunque la maldita señora Cole no lo crea) y por qué había perfeccionado su… poder.
Los tesoros de los otros.
A ver… un reloj tal vez, un cuaderno… zapatos no ¿Para qué querría unos estúpidos zapatos? A las niñas, que tan tontas eran, no pensaba sacarles sus estúpidas muñecas para él, sino que tal vez las sacaría y las tiraría… Amy Benson tenía un dedal de plata… Una armónica de Dennis Bishop, tal vez… Eric Whalley y sus dados, Peter Robson y su cuadernito celeste…
¡Tantas cosas para guardar allí, como sus tesoros! ¡Tanta gente para asustar y reírse con ello! Aunque el incidente del conejo estaba aún fresco, no importó demasiado a la hora de actuar. Los primeros objetos que guardó allí fueron los dados de Eric, al que había aterrorizado un día que Eric le quitó el libro que leía. Luego, el reloj de Andrew pues éste le había gritado un día. Su método fue hacerlo caer de las escaleras con un rápido sacudón del suelo… A pesar de que creían que él le había empujado, no tuvieron pruebas, pues Andrew describió que "el suelo se movía rápido, o solo las escaleras, no sé"… El cuadernito de Peter Robson llegó a sus manos gracias a una culebrita que habían encontrado en el lugar. Nadie se explicó cómo aquél animal pudo haber llegado hasta allí, pero lo hizo. Tom supuso que, al poder hablar cómo las serpientes, éstas eran atraídas hacia él, aunque no lo creyó tanto. El hecho es que se apareció primero por su cuarto, y éste se divirtió conversando con aquél reptil hasta que decidió usarlo como un arma contra Peter. La culebrita obedeció, y llegó con aquél regalo antes del crepúsculo del diez de noviembre, apenas unos minutos después de la orden. Sonrió, porque la serpiente le contó que Peter había gritado al verla, y también llorado; eso hizo que Tom se sintiese orgulloso de sí mismo…
Ésa no fue la primera y la última víbora en el orfanato. Cole había dicho que era una plaga, pero Tom sabía que no era así. Les hablaba, les escuchaba, y sentía un gran apego a aquellos animales tan finos, interesantes, misteriosos…
Pero antes de diciembre ya no le visitaron más por órdenes suyas. Estaban echando veneno por todo el edificio, y no quería que aquellos animales muriesen por culpa de Cole. Había pensado que sería divertido que las serpientes muerdan a aquélla pero decidió que sería muy arriesgado pues su despacho era el primero en haber sido empapado en veneno.
Así que a mediados de diciembre, ya sin serpientes, la señora Cole decidió que era hora de la excursión. Normalmente la tenían en enero, pero no importó. Ésa vez fueron a la playa.
Aquella vez fue diferente. El gran autobús los dejo a un kilómetro de la costa, por lo que tuvieron que caminar el resto del camino. Aquél día el frío se ceñía a todo el cuerpo, incluso más que en la ciudad. Todos los huérfanos llevaban tres o cuatro buzos debajo del camperón. Más él no, estaba acostumbrado demasiado al frío, o tal vez era que no lo sentía, o que él era el frío… Por ello Tom bajaba hacia la playa en apenas una camisa y unos pantalones.… Amy se acercó a él y le miró de arriba abajo
—Entonces es verdad lo que dicen ¡Estás loco! —El niño la miró desafiante cuando una voz estalló detrás de Amy
—¡Es verdad, Amy, está loco! —dijo Dennis detrás de ella. Tom se limitó a resoplar y seguir caminando, cuando vio que un acantilado se erigía delante de ellos… Qué lindo sería tirarlos de allí… pensó, y la idea se enraizó en su cabeza. Si, tirarlos de allí… o si no, asustarlos demasiado como para que esto suceda.
Cuando llegaron a la playa les dieron tiempo para explorar. Perfecto, susurró una voz dentro de su cabeza, y fue a buscar a Amy y a Dennis.
Cuando lo vieron llegar, con aquella "sonrisa" en su cara, presintieron que algo malo iba a pasar, y se prepararon para ver piedras bailar, o el agua saltar al lado de ellos, un viento nublarlos y dejarlos paralizados, qué era lo que se contaba en el orfanato de Tom (¡Había tantas historias, y tan terroríficas todas! Desde que el niño era una especie de psíquico hasta que era un demonio), pero ésa vez no atacó, se limitó a preguntar:
—¿Me quieren acompañar al acantilado, a la cueva? Quiero explorar, pero no me siento seguro si voy solo.
Amy miró al niño fijamente, y luego a Dennis. Ambos tendrían nueve años ya, y no les caía bien Tom Riddle, ni mucho menos, pero como cualquier otro niño ellos eran unos aventureros por naturaleza y se emocionaron un tanto al oír las palabras de aquél chico raro. Obviamente, ir a una cueva con Tom Riddle no debería ser una experiencia de lo más acogedora, pero ¡Qué diablos! Todas aquellas eran historias, solo historias fantásticas, al igual que la del coco en el sótano, al igual que los fantasmas del orfanato, que el hada de los dientes… Así que ¿Por qué Tom Riddle tendría que ser aquél loco psíquico que mueve cosas y habla en una lengua rara? ¿Por qué tendría que ser aquél hijo de la mujer del circo, cómo decía la señora Cole? ¿Por qué aquél ser fantástico, y no un niño malentendido que solo quería ir a explorar en una cueva?
Amy miró a Dennis, que parecía tan extrañado como ella
—¿Quieren? Sino tendré que ir solo, ya saben… —Amy negó con la cabeza
—Es peligroso qué vayas solo ¡Yo te acompaño! Tal vez no estás loco, perdón —dijo un tanto ruborizada. Miró a Dennis, que ahora erguía el pecho, intentando darse confianza
—Yo también voy —dijo, y tomó a Amy de la mano, dejando a Tom adelante.
Caminaron por un rato subiendo a aquél acantilado rocoso, mientras Dennis no paraba de preguntar si no era peligroso estar allí, aunque ni Amy ni Tom le prestaron mucha importancia.
Entre las rocas había muchas serpientes, muchas, demasiadas tal vez. Pero Tom ya lo sabía, las había oído durante toda su trayectoria hacia allí…
Las serpientes se escabullían ante las pisadas de los niños, y supuso que Dennis había visualizado a algunas porque estaba demasiado pálido. Amy parecía risueña, porque sonreía. Sonríe ahora, tonta pensó justo antes de llegar a la cima
—¡Uff, estoy cansado! —se quejó Dennis antes de derrumbarse en el piso, exhausto
—¡Dennis, tonto, todavía falta entrar en la cueva! ¿Verdad, Tom? —preguntó entusiasmada la niña
—Sí –admitió con cierto pesar éste. Intentó visualizar la cueva, y pensó que todavía faltaba un buen trecho hasta llegar ésta. Suspiró, y susurró en voz baja y serpentina "Todavía no, cuando estemos dentro"
—¿Te sientes bien? —preguntó en una falsa voz amable Amy. Tom asintió con la cabeza
—Mejor qué nunca ¡Vamos!
Dennis protestó, pero fue el único. Lograron entrar en la cueva luego de un cuarto de hora.
Cuando lo hicieron, la oscuridad por completo los absorbió, pero curiosamente él podía ver todo con absoluta claridad… Hubo muchos silbidos adentro, e incluso Amy se asustó. Pudo sentir el agua rebotando dentro de allí, y sonrió. Después de todo, sus amigas le habían dicho la verdad.
Siguieron el trayecto en un silencio perfectamente hermoso para él… sentía los pasos de sus víctimas atrás, con un andar cauteloso, pero que le encantaba. Podía sentir sus respiraciones asustadas, sus sobresaltos, su cansancio, su fatiga… Y eso que todavía no empezaba el espectáculo
—Tom, ¿No crees que tendríamos que detenernos ya? —la vocecita de Amy era ridículamente rebosante de miedo, y eso hizo que Tom Riddle se relamiera. Podía sentir su horror, su dolor… y eso le encantaba, le encantaba…
—Es cierto, mejor nos vamos
—No saben dónde está la salida. Yo solo lo sé. No sean un par de estúpidos cobardes que ya llegamos —les dijo, con una voz un tanto más fría de lo normal. Supuso que la poca confianza que Amy había tenido sobre él había desaparecido, y eso le encantaba… le encantaba saber que él era el jefe allí, que no había nadie en el mundo que podría detenerlo…
El sonido del agua acrecentaba a medida que caminaban, y cuando por fin aquella brisa le acarició el rostro, supo que debían de detenerse
—Llegamos —admitió para sí mismo
—¿A dónde? —preguntó Amy, casi fuera de sí— ¿Qué pasa, Tom Riddle? ¿Por qué paramos acá? ¿A dónde nos llevaste? —Tom la miró divertido. Dennis estaba escondido tras ella, encogido, temblando…
—¿A DÓNDE NOS TRAJISTE TOM RIDDLE? —Gritó la niña, fuera de sí y con lágrimas en los ojos al observar la sonrisa del niño. No pudo sofocar una risa, y cuando rebotó por las paredes le hizo parecer diez veces más terrorífico. Amy estaba llorando, al igual qué Dennis… Sin embargo, nadie podía ver bien ¿Verdad? — ¿Dennis? ¿Dennis? Oh, Dennis, levántate por favor… nos vamos de aquí
—¿Tan pronto? —preguntó con una sonrisa naciéndole del rostro, tan maligna que deformaba todas sus facciones. De repente, la suave marea del agua se convirtió en un oleaje que golpeaba contra las rocas— No, por favor. Quédense aquí —una risa apenas humana había decorado la situación
—¡Es verdad lo que dicen, es verdad que estás loco! —gritó Amy, todavía llorando
—No, niña estúpida. Yo no estoy loco — El oleaje era apenas si oíble, porque de repente una serie de silbidos inundó la cueva, la llenó de ellos… Muchas serpientes, salidas de la nada, empezaron a descender de las paredes, de colarse de las grietas, de caer de las paredes… Muchísimas serpientes que empezaron a arrastrarse hasta Amy y Dennis, a rodearlos, a apretarlos cada vez más contra la pared…
—¿Ustedes creen que un loco podría dominar esto? —preguntó con una voz cada vez más dura, se le hacía casi imposible no entregarse a la risa, porque eso es lo que quería en realidad. Destornillarse de risa, caer al piso y burlarse de aquellos estúpidos que habían osado de decirle "loco"
—¡Locolocolocolocolocolocoloco loco! ¡ERES UN LOCO, TOM RIDDLE! —Lloró Amy, mientras Dennis vomitaba a su lado. La niña no pudo reprimir un gesto de asco, pero se vio aprisionada por las serpientes de nuevo
—Envuélvanlos, aprieten sus extremidades, acérquense lo suficiente como para crearles un shock para toda la vida… —silbaba y escupía, en aquella lengua que solo él conocía. Las serpientes captaron el mensaje… El espectáculo apenas ha comenzado, señores pensó Tom, mientras el ruido de las olas empezaba a tomar carrera entre ello.
De repente, la bruma del agua empezó a elevarse, y a dirigirse hacia ellos. Un viento increíble las azotaba… y empezaron a inundarlo todo. Esto requirió la mayor concentración que Tom se había permitido hasta el momento… El controlar el viento de aquella manera, el poder doblegarlo ante el poder de su mente, era algo increíble, algo que le daba una satisfacción apenas imaginada… El viento se precipitaba sobre el agua, le hacía volar, le hacía volar con tal rapidez que no cayó una gota hasta precipitarse contra los dos niños que estaban aprisionados entre serpientes y el terror.
El agua empezó a manar de entre las rocas, y los dos niños lloraban y se retorcían. Ahora no había muchas serpientes (muchas habían desaparecido antes de que el agua cayese), pero lo mismo estaban atados por el terror…
Pero la cosa no terminaba allí… Tom no parecía en absoluto satisfecho de todo esto, pues ahora su mirada se había vuelto aún más maliciosa. Las rocas empezaron a temblar en el suelo, como si un terremoto se abalanzase hacia ellos…
Piedras, muchas piedras, demasiadas piedras, pensaba desesperadamente Amy Benson mientras aquellos guijarros que normalmente serían inofensivos se disparaban contra todas direcciones, asustándola por completo. Dennis no contestaba a sus llamados, estaba completamente pálido, y apenas si parecía moverse… Ella tampoco podía hablar mucho… Sin embargo quería salir de ahí, quería salir de ahí, quería salir de ahí, quería salir de ahí ¡Quería salir de ahí, maldición!
—No puedes irte, Amy —sentenció suavemente Tom, que seguía serio y relajado cerca del lago— No sin que yo te lo ordene
Ni siquiera respondió, estaba tan horriblemente asustada que su corazón quería salirse de su cuenca, quería explotar porque no paraba de rebotar en su pecho, no paraba de salpicarla de muchos más nervios… Tenía dolor de cabeza, y el frío se pegaba a su cuerpo dolorosamente… Se sentía completamente sucia y rodeada de la piel helada de los reptiles, aunque ellos no parecían existir ya… Se sentía rodeada de algo impalpable, rodeada de algo que ella bien sabía era Tom Riddle, estaba rodeada por él, estaba inundada de él, estaba empapada de él. Ése loco psicópata psíquico, ése estúpido hablador de otra lengua, ése niño tonto… la estaba matando.
De repente, el agua, las piedras, todo cesó. Sólo estaba ella abrazada a sí misma, con un Dennis medio desmayado entre sus piernas, contemplando a un niño completamente calmado, con un extraño brillo en sus ojos, observándola a ella también
—Déjame ir —susurro ella, algo ahogada por sus propias palabras. Tom sonrió —¡Déjame ir!
—No me grites, no quieres que lluevan más piedras. —Tom parecía exhausto también. Su pecho subía y bajaba al ritmo de una respiración, de un jadeo al principio imperceptible
—Déjame ir, por favor —sollozó ella. Las lágrimas cubrieron su cara de nuevo, las sentía resbalar, calentando un poco su entumecido rostro. Riddle estaba inmóvil, parecía una estatua, alguien petrificado por el cansancio… O tal vez no.
Dennis balbuceó palabras ininteligibles sobre ella, y se retorció notablemente. Estaba más pálido de lo normal, y empezó a gritar de dolor, de un dolor que parecía horrible. Amy no entendía nada, hasta que…
…Hasta que vio la enorme serpiente en el piso, enrollando por completo a Dennis, preparado para comerlo…
—¡Suéltalo! ¡Suéltalo, si te lo comes quién pierda seré yo! —La enorme boa pareció desistir un tanto, pero siguió mirando a Dennis como si desease comérselo, como si desease matarlo…
—¿La niña?
—¡No, no a ella tampoco! —Amy estaba igual de pálida que Dennis, aquél enorme reptil se estaba comunicando con Tom Riddle, estaba segura, estaba segura…
—¡Para, por favor para! —gritó ella, con casi su último aliento. No pareció poder decir nada más, porque su mano cubrió su boca e inmediatamente después enmudeció.
La serpiente se alejó, aparentemente molesta… Y Tom se percató que no podían bajar en aquél estado. Ellos estaban mojados, y eso levantaría demasiadas sospechas… ¿Cómo haría para secarlos rápido? No creía poder volver producir viento, estaba demasiado exhausto, y había empezado a desarrollar algo parecido a lo que él suponía que debía ser una migraña
—Tal vez… solo una vez más —admitió, él podía, seguramente podía. Tenía toda la fuerza necesaria para hacerlo, ¿verdad? Si no era él, nadie más podía hacerlo.
Y en silencio, concentró las pocas fuerzas que tenía para volver a producir aquél viento…
Amy no podía creer que era lo que pasaba, el niño creía que no habían tenido suficiente. Una especie de ligera brisa los empezó a envolver, y ella supuso que pronto un huracán los ahogaría… Cerró los ojos mientras aquél soplo los refrescaba, esperando algo más fuerte, quizás.
Pero todo cesó rápidamente, y se dio cuenta que ni ella ni Dennis estaban mojados.
Tom empezó a caminar rápidamente, a grandes zancadas, y ella supuso que tendría que seguirle. Agarró a Dennis por el brazo y le susurró "Vamos, Dennis". Éste empezó a andar torpemente, a tropezones, pero andaba y eso era suficiente.
El camino de vuelta le pareció más corto que el de ida, pero no lo suficiente como para tener fuerzas… Tom seguía adelante, mucho más adelante que ellos, pero no importaba, mucho mejor para ella… Todavía oía silbidos, y eso la estremecía, todavía sentía la piel de las serpientes impresa en su piel, todavía sentía el agua, las piedras, todo, como si de hecho aquél episodio se hubiese forjado sobre ella, y no pudiese jamás acabar. Loco, loco, le dijiste loco y él enloqueció, no debiste hacerlo, sabías que provocarlo era malo, ahora mira ¿Escuchas? Son serpientes, piedras, es agua, es una cueva. Imprudente, eso es lo que eres, ¿Entrar en una cueva con el psicópata del orfanato, con el niño que habla con serpientes? Oh, Dios, sabías, sabías lo que hacía, todo el mundo lo dice, y ahora tú y Dennis están a medio morirse, todavía los escuchas ¿verdad? Aquellos silbidos serán parte de tu vida, de ahora en más. No podrás escapar de ellos porque están dentro de ti, están dentro tuyo, muy dentro tuyo…
Sollozó, pero se secó las lágrimas al instante. Dennis todavía la abrazaba para caminar, pero estaba bien, estaba bien… Pobrecito, él la había seguido y ahora padecía más que ella… Más silbidos. Los oía por todas partes. Más piedras, golpeaban contra su cerebro, los oía dentro suyo. Dennis, Dennis ¿Sentiría eso también? ¿Lo sientes, lo sientes? Eso que se desliza… Se estremeció, porque una horrible sensación se esparció por su cuerpo… La boa, ésa boa por un momento la había agarrado, pero no… solo estaba en su mente. Vio algo de luz más allá, ¡Bien! Salían de la cueva, la luz se extendía, la obnubilaba, qué bien, qué bien. Saldrían, oh Dios, saldrían.
Empezaron a bajar por aquella montaña que ella bien sabía era un acantilado. Bajaron con sumo cuidado, sus pies a veces resbalaban pero ella no podía caer porque Dennis caería con ella, así que debía de ser fuerte. No importó si su pierna rozó alguna roca filosa, porque en realidad no le importaba si se lastimaba. El niño medio desmayado que se sostenía de ella también tenía las rodillas peladas y algunos tajos, pero estaba bien, estaba bien. Pensar que Tom podría haberlos matado si quisiese…
Se estremeció involuntariamente y se resbaló algunos centímetros, pero justo a tiempo asió una piedra y se sostuvo de ella. Dennis también resbaló algunos centímetros más que ella, pero estaban bien. Suspiró y siguió bajando. El lastimado que tenía se abrió un poco más, y la sangre empezó a manar un poco más fuerte, pero nada importante. Cuando llegase, miraría a la señora Cole y le pediría algo de alcohol para sus heridas, y no le diría, absolutamente no le diría lo que el niño les había hecho. Por supuesto que no… ¿Qué haría Tom si se enterase que ella los había delatado? ¿Qué haría, Dios? Sería mil veces peor, llamaría a las serpientes de nuevo, las llamaría y les ordenaría que los coman, que los devoren si es necesario, que no dejen rastro… Porque eso es lo que hacían las serpientes grandes como aquella boa. Devoraban a sus presas, las engullían por completo, y ella no quería estar atrapada en el cuerpo de una asquerosa serpiente, una asquerosa…
Lloró de nuevo, pero esta vez dejó que las lágrimas se sequen en su rostro, porque no podía utilizar sus manos. Cada vez descendían más, oh Dios, como deseaba estar en el suelo, estar en el bendito suelo y agradecer a todo el mundo, a todos los dioses de todas las religiones estar viva, y advertiría, oh si, advertiría a todos los chicos, les diría lo que Tom era capaz de hacer, los aterrorizaría para que no se metan con él, no le digan loco, no le digan loco, jamás hagan eso, nunca le contradigan qué es muy peligroso, muy peligroso, muy peligroso.
Sus pies tocaron la tierra, y un alivio le recorrió por todo el cuerpo, mientras que una renovada energía los nublaba. Dennis miró hacia su alrededor como si nada nunca hubiese pasado, el color volvió poco a poco a su cara, a sus pómulos y pudo vivir de nuevo. Pero… ¡Qué horror le surcó por el rostro! ¡Qué miedo se extendió por todas sus facciones! Asió a Amy de la manga de su camisa y le dijo por lo bajo que se dirigieran corriendo dónde la señora Cole, por favor, qué estoy muy asustado, qué no quiero ver a Tom Riddle de vuelta, qué me duelen mucho las piernas, que mi pantalón tiene marquitas de sangre en las rodillas, probablemente me raspé con las piedras, no sé Amy, no sé que pasa, solo tengo mucho-mucho-mucho miedo, tanto que se me hace que me voy a desmayar, me siento descompuesto, por favor, por favor, vamos dónde la señora Cole, no le digamos nada porque él se enojará, pero por favor, por favor…
Amy asintió, un tanto mareada y desorbitada, pero asintió, y dejó que Dennis la agarrase por un brazo, porque ella no podía más, toda la energía que había sentido se había desvanecido, y sintió que en serio se desmayaría, le dolía mucho la cabeza, todo se nublaba a su alrededor… Quiso llorar pero no pudo, así que Dennis la llevó rápidamente donde la señora Cole, donde todo se hizo menos confuso, y dejó que le ponga alcohol en las rodillas, que curase sus lastimados, que la limpiase, no importaba que le arda, no importaba, no importaba pero para nada…
—¿Dónde estuvieron, niños? —preguntó acalorada Cole, a punto de un ataque de nervios. Ninguno de los dos niños dijo nada, hasta que Dennis tomó fuerzas y miró para abajo
—Entramos en una cueva con Tom Riddle —dijo con una voz que no parecía la de él, sino la de algún fantasma
—¿Qué les hizo? ¿Qué les hizo? —Ellos negaron con la cabeza, negarían cualquier cosa, ellos se habían lastimado bajando por el acantilado, eso era verdad, aunque Tom no tenía ni un rasguño y había bajado diez veces más rápido que ellos— ¡Chicos, hablen por favor! ¿Hizo algo, qué pasó? ¿Los lastimó? —Negaron una vez más. Nada, no ocurrió nada, se oyó decir Amy, aunque sintió que su boca no se movía. Pero allí el interrogatorio no acabó.
Trajeron a Tom, y los niños se estremecieron en silencio cuando lo vieron, cerraron los ojos y apretaron los dientes
—¡Tom Riddle! ¿Qué les hiciste a estos chicos? ¿Qué ocurrió allí arriba?
—Nada, solo fuimos a explorar —dijo en una voz tan indiferente que parecía verdad— Se habrán lastimado mientras bajábamos ¿Verdad? —los chicos asintieron, no querían problemas, y mucho, mucho menos con Tom Riddle.
