¡Hola! Un pre de capítulo super rápido, para que no se me olvide. En el capítulo anterior sugerí echarle una escuchada a la canción Here comes the Sun, de The Beatles. Es crucial para que ambienten la conversación que abre este cap. ;). He dicho :).

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No tuvo que dar muchas vueltas para saber que estaba en la sala, hablando apaciblemente con Dean. Lógicamente no se había percatado de su presencia, pero bastó el silencio repentino del moreno para que el otro callara. Dean puso sus ojos en ella, notablemente incómodo, y en lo que Harry dio media vuelta en el sofá para ver quién había silenciado a su amigo, apagó su rostro y en él se formó una mueca de decepción y algo muy parecido al desprecio. Esa mueca hirió a Hermione en lo más profundo de su ser, pero él no lo sabría. La había traicionado, acusado, de la peor manera posible, y había llegado el tiempo para arreglar sus diferencias, aunque sabía que nada volvería a ser como antes, por lo menos no entre ellos dos.

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Reía a diente suelto. Definitivamente, necesitaba charlar más a menudo con Pansy. Era la mujer más cómica sobre la faz de la tierra. Una vez que dejabas de lado el hecho de que parecía un matón cuando se molestaba y la flema de orgullo que siempre la envolvía, por ser descendiente de una purísima línea de magos poderosos, ricos y aplastantes, se convertía en alguien realmente agradable para compartir. Aún no lograba imaginársela siendo entrenada personalmente por Potter y por Weasley, pero disfrutaba con cada una de las historias que le narraba, echa una serpiente real, de la rabia.

- Una vez me dejaron encerrada como un maldito animal durante horas. No recuerdo haber sido tan humillada en mi vida, ¡nunca asesiné a nadie, Theo! ¡Y tú más que muchos otros sabes que soy de temperamento volátil! – exclamaba, mientras comía alguna chuchería que compraba por montones. Caminaba por la amplísima habitación, antaño sala. Él estaba cómodamente recostado en su cama, prestándole completa atención.

- Me imagino que después te vengaste de ambos, como mínimo – respondió, intentando no echarse a reír cuando el ceño de la pelinegra se frunció de una forma escandalosa.

- Ganas no me faltan al día de hoy. Pero la condición era precisamente no atacarlos. No me creían capaz, pero no les hice nada, así que tuvieron que tragarse sus repugnantes palabras y dejarme entrar a las filas. Desde ese día los entrenamientos consistieron básicamente en luchas corporales, clases inservibles dictadas por un profesor aún más inútil, y de defensa contra las artes oscuras, como si no las conociera lo suficiente como para saber cómo defenderme de ellas. Par de imbéciles, más les enseñé yo a ellos.

- ¿Weasley te enseñó a luchar? – preguntó Theo, sorprendido. El odio impregnado en profesor aún más inútil tenía su nombre tatuado por todos lados. El cabello le brillaba casi de manera antinatural, completamente negro, como el de Pansy. Medianamente largo, no superior a su cuello, era sacudido inconscientemente cada cierto tiempo con la mano, como si quisiera alborotarlo, detalle al que estaba más que acostumbrado la ojiazul. Le recordaba a Potter, que de un tiempo para acá también lo hacía. Cuando la pregunta le llegó a los oídos, no pudo evitar que sus mejillas se arrebolaran un poco, llena de indignación.

- Por meses. Se cobró todas y cada una de las ofensas que le dije en Hogwarts, y más allá. Nunca me enseñó otra cosa que no fuese a defenderme con el cuerpo. ¡Animal! Una vez me dejó tan golpeada que Lunática Lovegood tuvo que acudir a curarme.

- ¿Cómo? – eso alarmó a Theo. Una furia bulló en su interior de repente, pues sabía lo delicada que era Pansy Parkinson con respecto a agravios físicos. Su vida personal estaba repleta de ese tipo de episodios, y supuso que los abusos del Weasley tuvieron que traerle a cuento toda esa época de su vida. Se puso en pie inmediatamente, y le dio media vuelta rápidamente, para mirarla frente a frente. En su rostro había una mueca de satisfacción total, y eso lo descolocó por completo - ¡Estás completamente loca! ¡Acabas de decirme que Weasley te molió y lo que haces es reírte! ¿Te hizo daño? Aún tengo algunas maldiciones en mi memoria que bien podría utilizar contra ese – ella sonrió más a sus anchas.

- No, ya me encargué yo de eso – confesó, mitad divertida, mitad satisfecha. Se acarició el cabello, una costumbre a la que también estaba acostumbrado el pelinegro. Le dio un beso en la mejilla derecha y lo miró significativamente, arrugando la nariz – pero no te pienso decir ni por asomo cuál fue mi pequeña revancha personal contra Weasley, porque ya sé que en cualquier momento te me conviertes en un chivo expiatorio.

- ¿Cómo es eso? – El Slytherin frunció las cejas, dejando ver que no comprendía de lo que estaba hablando – Yo no tengo ganas de ser auror; no estoy condicionado mentalmente y mucho menos aceptaría una paliza de esos dos idiotas como condición para obedecerles como un perro faldero.

- ¡Yo no soy un perro faldero! – Rugió Pansy, dándole un golpe en el brazo. Se soltó de sus manos y lo sentó, a rastras, en una de las sillas regadas por la habitación. Ella misma hizo lo propio y le ofreció un cigarrillo, para después abrir las ventanas a su máxima expresión. Los rayos del sol, débiles, peleaban con el frío propio de la época: finales de invierno. Lo miró fijamente y luego dejó escapar una sonrisa que denotaban complicidad – Más de una vez fui a buscarte, pero te veías demasiado ocupado con cierta sangre sucia.

- ¿Eso qué tiene que ver? – le interesaba mucho más que le contara cómo había apaleado a Weasley que el que lo colocara en una situación que podía tornarse demasiado compleja, tanto de narrar como de explicar.

- No te me desvíes. ¿Desde cuando tan cándido con los más desvalidos, Theodore Nott? – acuchilló, sin apartar las orbes azules de sus orbes marrones. No se atrevía a desviar la mirada, no era una actitud digna entre ellos dos. Siempre había existido demasiada confianza. Tanta, que daba asco.

- No sé a qué te refieres – esquivó, en un intento destinado a fracasar de que ella entendiera que no quería hablar del tema. Pero no lo lograría. Era Pansy Parkinson, mujer que disfrutaba del cotilleo en sus años como alumna y pasó a ser prácticamente su siamesa cuando atraparon a Draco en su peligrosa posición y los dejaron a ambos en cabeza de una misión que ni siquiera conocían.

- Perfecto. ¿Desde cuando te sientes atraído por las sangre sucia? – le preguntó, falseando impregnar sus palabras de repulsión cuando todo le parecía cómico. Qué mujer. Los ojos le brillaban, como si el orgullo o la lástima se reflejaran en ellos, no sabía cuál de las dos sensaciones era más fuerte – o como prefieras – añadió, dando una calada al cigarrillo antes de seguir - ¿Cuándo fue que Granger dejó de ser comelibros y se convirtió en una auténtica y original Hermione?

Las preguntas lo ponían nervioso. Le gustaría ser como Malfoy, que, así se quemara el mundo a su alrededor, siempre mantenía la compostura, o fingía hacerlo. Él era incapaz de mantenerse en ese estado de neutralidad. Y, para colmo de males, era atacado por una persona que lo conocía de la raíz del cabello a los pies. Sabía que con ella no funcionaría ningún tipo de rodeo, así que suspiró, compartiendo el cigarro, y comenzó a hablar.

[flash back]

Sabía que había ocurrido algo la noche anterior. Detestaba no recordarlo con claridad, simplemente porque aún estaba lo suficientemente adormilado como para no poder poner a carburar su cerebro al mil. Se desperezó más de lo común, y se bajó de la cama con la mayor de las perezas. Se batió el cabello con fuerza y se dirigió al baño de inmediato. Allí se dio una ducha rápida, fría, para intentar despertarse (sin lograrlo por completo). Se miró en el sencillo espejo que adornaba el lavabo, y examinó sus dientes con detenimiento. Nada mal. Se aseó la boca y se enroscó una toalla azul oscuro en la cintura, con gotas perlándole todo el cuerpo.

Le daba una flojera descomunal ponerse a cocinar a esa hora, fuese la hora que fuese. Caminó vía la cocina, y casi se lleva un susto de muerte cuando encontró a una mata de cabello con un cuerpo adherido a él preparando algo que olía como café. Desvió la vista por unos segundos, buscando el reloj. Probablemente seguía dormido, porque sólo en ese estado podía estar Hermione Granger en su apartamento, haciendo café. Eran las once de la mañana. Demasiado temprano. No dio crédito a sus ojos cuando ella se dio media vuelta, aparentemente desconociendo que él se encontraba allí. Cuando los ojos de la castaña se desorbitaron inconmensurablemente y sus mejillas se tiñeron de un leve tono rosa, al tiempo que de su garganta salía un pequeño rugido, se acordó de inmediato de qué era lo que había pasado. Sonrió anchamente ante la reacción de la Gryffindor, y fue lo suficientemente descarado como para darle los buenos días, ignorando que estaba en toalla, semi mojado, con el cabello hecho un asco y el que ella ya estaba hecha una tacita de café, recién lavada (salvo por el cabello, claro está).

- Buenos días, Granger – saludó, acercándosele. Ella dio un respingo cuando lo sintió tan cerca, arrancando una verdadera carcajada del pelinegro – Tranquila, que no muerdo.

- Pero sí tienes la desfachatez de salir en… - lo miró de reojo, y volvió a colorearse – en esas condiciones – casi regañó, negándose a verlo de frente. No era el hombre más agraciado del mundo, pero la estatura y lo tonificado de sus músculos (sin exageraciones) eran una bonita obra que cualquier mujer disfrutaría ver. En otra situación, ese pensamiento habría alarmado a Hermione, pero como no se le pasó por la mente no le causó ningún tipo de estupor.

- Disculpa, no recordaba que estabas aquí. Enseguida vuelvo – se disculpó, a medias burlándose de ella y a medias avergonzado. Desapareció de la vista de ella por unos minutos, en los que aprovechó para poner a hacer algo de comida.

No tenía planeado quedarse allí más de ese día, pero le habían enseñado a ser educada y agradecida. Y como no tenía un galeón encima, lo único que se le ocurrió fue prepararle el desayuno. Dejó de lado cualquier tipo de doble significado que ese gesto podría tener, después de todo, un desayuno no tenía absolutamente nada de malo. Pensó por unos segundos qué sería una muestra de agradecimiento, y nada más. Quizá unas tostadas y un jugo de naranja, o unos huevos revueltos. Algo de tocineta, podría ser. Claro, no sabía absolutamente nada de los gustos del joven, así que se dejó llevar por lo que comían en Hogwarts. Un buen plato de cereal y un vaso de naranja, junto con una taza de café. Sacó al momento leche y jugo de naranja de la nevera que tenía Nott. Momento. ¿Qué hacía una nevera eléctrica en la casa de Nott? Era de la pandilla de los Slytherin, encargados todos de deshonrar de la peor manera todo lo que tuviese que ver con la usanza muggle, incluyendo a sus hijos. Era completamente ilógico que algo así estuviese en el sitio de algún mago como los de su tipo.

- Es más práctico así. La descubrí por accidente unos meses atrás, y sencillamente adquirí una. Si quieres le ponemos nombre – dijo una voz a su derecha, trastocándola de nuevo. Volvió a dar un salto, esta vez, por la cercanía del ojimiel. ¿Acaso había perdido la cabeza? ¿Porqué se le acercaba de esa manera tan sigilosa?

Se alejó de él lo más que pudo, señalando infantilmente el pequeño mini bar en el que había empezado a servir el desayuno. Estaba deliciosamente amueblado el lugar, no podía negarlo. Con pocos objetos que recargaran la vista en general y absolutamente pintado en blanco, le daba una sensación de paz sólo con detenerse a detallarlo. Ese tipo de pensamientos no se los pretendía decir al Slytherin, ni mucho menos. Pensaba seriamente en devolverse a Londres. Sería una vuelta rápida, sólo para pasar por Gringotts por algo de dinero como para sobrevivir en un país que, si bien no le era del todo desconocido, no era su hogar.

Nott pareció notar que Hermione se había perdido en sus propias cavilaciones, porque su risa sonó suavemente, detrás de ella.

- Si quieres te dejo a solas con el apartamento, para que se sientan más cómodos – comentó inocentemente, sentándose en una de las sillas del mini bar. Hecho en madera maciza y con un brillo muy particular, denotaba finura en alguien que era completamente anónimo para la bruja. Ella frunció el ceño ante lo dicho por él, y lo pasó por alto.

- ¿Cómo la prefieres? ¿Fría o caliente? – preguntó mientras servía el cereal. El silencio de Theo la obligó a darse la vuelta, sintiendo que comenzaba a cabrearse en su contra. ¿Qué demonios le pasaba?

- No sabes lo divertido que es tenerte aquí, Granger. Y no me lo tomes a mal – apresuró a decir, pues ya veía uno de los tazones como posible proyectil en su contra – es que hacía mucho que no tenía contacto con la magia directamente, por lo menos no en otros magos. Esto de estar huyendo no es muy entretenido que digamos.

- Yo no diría que te aburres – terció ella, echándole una mirada a la pequeña biblioteca que tenía el pelinegro en la sala – clásicos de la literatura mágica, nada mal. Dime, ¿fría o caliente?

- ¿Estás consciente de lo realmente tentador que suena esa oferta verdad? – dijo sugerentemente, sin poder evitar carcajearse de nuevo ante el furioso rubor de Hermione – y pensar que eras aún más "tímida" en Hogwarts, Granger. Fría, si a esta hora tomo leche caliente puedo devolverme a dormir.

- No creo que hagas algo útil por el mundo, si puedo confesártelo – Sí, está bien, se estaba pasando de desagradecida, pero él se lo había buscado con sus comentarios.

- Uy, pero si sabemos cómo contestar de malas maneras – siguió mofándose él, aceptando el bol con el cereal y la leche. La miró de arriba abajo y no pudo negar que había cambiado mucho desde la última vez que la había visto. Seguía con esa cara de niñata comelibros, pero su cuerpo se había definido en graciosas curvas que podrían volver loco a cualquier hombre. Lo más impactante era, no obstante, la dureza que había adquirido su mirada. Recordaba que miraba a todos como si la bondad viniese en botellitas y cada un tuviese más o menos cantidad en ella, pero siempre cargara con la botellita. Ahora parecía decidida a obviarlas, o eso le decía la forma en la que estaba contraída eternamente su cara.

- ¿Qué, se te perdió una similar a mi? – puyó ella, caminando nerviosamente por el apartamento – Esperaré a que termines el desayuno para irme – anunció cual vendedor de El Profeta en el callejón Diagon.

- No te estoy corriendo, si quieres puedes quedarte más tiempo – respondió, no sin antes ingerir lo que estaba masticando. Hermione lo miró por unos segundos y él se encogió de hombros – digamos que la compañía no es mala, además, siempre puedo tener un desayuno de alto corte, ¿no? – la ironía de su comentario sacó una verdadera sonrisa de Hermione, quien se sentó, pensándolo seriamente.

- No sé porqué no quieres regresar a Londres, lo que sí sé es que yo no quiero hacerlo, por lo menos de momento. Podemos llegar a un pacto, Nott, que incluya el que te tapes decentemente al salir del baño y una buena paga de mi parte por convivir en el mismo sitio, por lo menos hasta que consiga un lugar a donde irme – dijo, sentándose en el sofá de la sala de estar, de un cálido color ocre y con dos cojines que se antojaban cómodos.

- ¿Estás negociando conmigo? Hace dos segundos querías meterme la cuchara por cualquier agujero accesible de mi cuerpo – rebotó Theo, sonriendo. Granger le divertía.

- Pues me has dicho unas tres veces que puedo quedarme, y puedo ser tozuda a veces pero no tanto. Dime, ¿cuánto tendría que pagarte por quedarme una semana? – preguntó Hermione, haciendo cálculos en su cabeza. Unos cuantos galeones no la empobrecerían, se encargaría de conseguir un trabajo absolutamente muggle y de apañarse a las costumbres con las que vivió antes de entrar en Hogwarts.

- Déjame pensarlo – respondió él, poniéndose en pie y cogiendo el bol y los vasos para ponerlos en el fregadero – siempre que tenga algo que comer, me parece que podemos hacer negocios. No me pagarás nada, pero, ¿podrías encargarte de que por lo menos haga café consumible y unas cuantas tostadas? Si te fijas en la nereva, verás que hay cosas que dan asco de lo viejas que son, y eso es porque soy un desastre para cocinar – confesó con una sonrisa, mitad apenado mitad sorprendido. Hacía pocos momentos su cocina era un campo de batalla, tenso a morir, y ahora todo fluía como en un río.

- ¿el en lugar en el que compraste la nereva no te dijeron que se llama nevera? – se burló ella, permitiéndose el recostarse en el sofá – podemos hacer esto. Yo hago café por las mañanas, tú dejas esa asquerosa costumbre de andar semi desnudo por aquí cuando tienes visitas y te pago 50 galeones cuando me vaya. ¿Hecho?

- Um… - él acarició su barbilla por unos segundos, mirándola fijamente – si tengo que vivir con tus eternas correcciones con respecto a la ne-ve-ra, me parece más que justo, excepto por lo de lo de pagarme, este apartamento es un regalo de mi queridísimo padre y lo que menos quiero es obtener lucro de él – aseguró, acercándose a ella con dos tazas de lo que parecía café – esta será la última vez que ingeriré este menjurge asqueroso y la primera y única vez que pruebes café hecho por Theodore Nott – le acercó una de las tazas y Hermione la cogió, sonriendo – por una vecindad naciente – brindó.

- Por una vecindad naciente – repitió ella, chocando las tazas.

[fin flash back]

- ¡Le ofreciste un techo! – exclamó Pansy, sin caber en sí de la sorpresa.

- Sí – confirmó él, riéndose de sí mismo – esa misma noche pensé que había perdido la cabeza definitivamente, pero a la mañana siguiente probé el más delicioso de los cafés y supe que había sido una decisión acertada.

- ¿Te dejaste chantajear por un café? – preguntó ella, ofendida. Le dio un manotón en el brazo, con el ceño fruncido – ¡pensé que mi comida era la más deliciosa del planeta!

- Sí, pero eso no incluye el café, porque lo odias – remató él, abrazándola – no te pongas celosa, sabes que eres irremplazable.

- Claro, eso era antes de que una sangre sucia me quitara el puesto – se quejó, enfurruñándose – ¿qué más ocurrió?

- ¿De qué? – desvió él. ¿No le bastaba con saber que el primero en bajar la guardia había sido él?

- Pues con ella. ¿Se quedó una semana? – era una pregunta imbécil porque ya sabía ella que no, que no se habrían separado de no ser por el ataque de pánico que le dio a su amigo en lo que ella se desmayó sin aparente razón.

- Ya sabes que no. A las dos semanas ya estaba trabajando y me estaba presentando a sus jefes, asegurando que tenía mucho potencial y blah blah blah.

- Y así fue como traicionaste a tu varita y te apañaste a las costumbres muggles – terminó Pansy, poniendo cara de aburrimiento.

- No, no es tan malo como parece. Son brillantes. Pueden vivir cómodamente sin necesidad de la magia. Antes de convivir con Hermione no sabía que eso era posible.

- Y es por eso que le pedirás matrimonio en lo posible, ¿o me equivoco? – preguntó ella maliciosamente, fijándose en el rostro de Theodore. Él no se inmutó. Esperaba esa pregunta capciosa.

- Sí. Sólo somos amigos.

- Como digas – terció ella, caminando hacia la salida de la habitación – voy al cuartel general o Weasley se aparece aquí mismo.

Y te puedo echar un cuento, Theodore Nott. No habías dejado que nadie pisara el lugar en el que sufriste mucho más que cualquier otro mago que conozco. Pensó objetivamente Pansy.

Theodore se encogió de hombros y sonrió para sus adentros. Si le había permitido a Pansy que hurgara en su pasado era porque tenía claras intenciones de saber qué era lo que se traía Weasley con ella, porque hasta donde recordaba sólo se trataban de insultos. No es que la situación hubiese cambiado mucho, sin embargo le intrigaba sobre manera el no saber la razón por la cual Weasley y Potter se habían encargado personalmente de entrenar a Pansy. Sabía a la perfección que era una bruja extremadamente poderosa y que el tenerla de su lado debía haber significado un logro para ambos, y no una maldición. Y, acorde a la misma Pansy, Weasley le hacía la vida imposible. La pregunta seguía siendo la misma: ¿Por qué?

& o &

- Creo que será mejor que los deje solos – Dijo Dean, poniéndose en pie. Al tiempo que Harry soltaba "No", Hermione decía un mortífero "Sí". Teddy se había bajado de sus brazos con una rapidez asombrosa, como si hubiese podido captar la repentina caída de la temperatura. De unos cómodos 15 grados habían pasado al frío más terrible del polo norte.

Hermione no recordaba esa mirada tan dura en Harry. Sus ojos siempre estaban llenos de calma. Quizá angustiados, preocupados, y hasta tristes, pero jamás con la crítica tatuada entre ceja y ceja, como si frente a él tuviese a un pillo de 20 años sin remedio. Estaba con la túnica que lo había visto la última vez. Era un regalo de Ginny. A los 19 años habían decidido, antes de que todo cambiara irremediablemente, que vivirían juntos. Y como prueba de afecto, ella le regaló la sencilla pero decididamente elegante túnica que cargaba en esos momentos. Un pantalón negro se ceñía a sus piernas y una (aparentemente) cómoda camisa blanca apuñada era todo lo que llevaba. Y aún así, limpio, sin decir una palabra, le causaba escalofríos.

Jamás lo había visto tan decidido a aplastar a una persona sólo con su labia. Definitivamente no es el niño que sobrevivió que yo recuerdo. Porque, para empezar, ya no parece un niño.

Para nada.

Dean no había terminado de retirarse cuando él hizo lo propio con su mirada. La desvió cínicamente hacia cualquier punto del apartamento que no fuese la mujer que tenía en frente. Pensaba, sórdidamente, que se había arrancado la parte que decía "Hermione Granger" en ese órgano traicionero del cuerpo humano, pero al sentir que se desbocaba como antes en lo que la escuchó, supo mortíferamente que seguía allí, dispuesto a volver a sumirlo en la miseria de la que tanto le había costado salir… o fingir que lo había hecho.

Había ganado un par de kilos. Su rostro ya no estaba tan demacrado como antes, y unos moretones leves sobresalían en su nuca. De no haber llevado el cabello trenzado, jamás lo habría notado, porque había crecido una barbaridad. Se fijó en ello porque adornaba graciosamente su espalda, protegida por una túnica negra. Se negaba a retirar la vista de él, podía sentirla, acuciante, como si latiera al ritmo de la respiración de ambos. Sus ojos lucían más grandes, pero tristes. Ese detalle lo hizo sentir miserable pero, si se ponían a competir, él le llevaba ventaja desde hacía mucho. Porque, para comenzar, él no la había dejado de lado por preferir a una lagartija apestosa. ¡Ja! Vaya que Ron sabía poner buenos apodos cuando se lo proponía… y cuando no lo hacía, también.

Un par de cuadros de familiares Weasley observaban la escena, riéndose por lo bajo y comentando entre sí que esos dos debían o haberse querido mucho y luego pasar a un odio abrupto, o viceversa. Porque hacer descender de esa manera la temperatura en dos segundos rebasaba con creces los poderes de la magia.

Ella tenía la necesidad imperiosa de decir algo, sin embargo, lo que menos deseaba era hacer algún comentario estúpido o fuera de lugar que terminaba catapultándolos a ambos a extremos opuestos. Respiró un par de veces y se atusó la trenza que llevaba, de puro nerviosismo. ¡Parecía una chiquilla! Sólo frente a un E.X.T.A.S.I.S. se había puesto tan nerviosa. Le sudaban las manos y le temblaban las rodillas, pero su semblante estaba firme. Dio un par de pasos y se puso a la altura de Harry, quien la miró como se observa a un florero con rosas marchitas.

- ¿Puedo sentarme? – preguntó Hermione, matizando su voz en neutralidad absoluta. Él mostró cierta incomodidad, pero si ella era tan valiente como para pedir sentarse a su lado, él no haría menos.

- Si eso quieres – respondió, encogiéndose de hombros.

- Me apuesto veinte knuts a que no duran treinta segundos en esa posición – aventuró Ginny en susurros, sacudiendo como a un bote a Teddy, a quien había quitádole el sonido segundos antes, para que no interrumpiera a Harry y a Hermione.

- Les doy un poco más para que empiecen a insultarse – contrarrestó Dean, bordeándola con sus manazas por la cintura, y montándose a Teddy en los hombros, para que se columpiara mejor y no dejara moreteada a su pelirroja.

- ¡Tienen demasiado tiempo en esta ridiculez! ¡Si Harry no se deja de pendejadas, voy yo misma a echarle un Imperio para que escuche a Hermione! – chilló ella por lo bajo, provocando que su novio le chitara.

- Si te escuchan, se pondrán como estatuas y no harán nada. Tendríamos que esperar a que pasaran otros tantos meses, y no podría con la curiosidad – comentó, como un niñito. Ginny ahogó una risa al ver que Teddy le halaba de las orejas como si fuese su mascota, mientras que su cabello crecía indomablemente en rulos azules. Ese niño tenía que aprender a controlarse. Dean lo sacudió un par de veces, planeando con él por la cocina, intentando no llevarse alguno de los cachivaches de Ginny por el medio. Aunque era una mujer pragmática para la mayoría de las situaciones, en la cocina era otro asunto: La copia y molde de Molly Weasley.

- ¡Están hablando, están hablando! – haló entonces la de los ojos chocolate al moreno, atrayéndolo hacia la pequeña ventana que permitía escuchar lo que se decía en la sala de estar.

- Cállate, ¡o los dos van a venir a hacernos cosas dolorosas con sus varitas por joderlos tanto! – silenció él, dándole un fugaz beso en los labios y volviendo a atraparla con sus brazos.

Aún llevaba los lentes. Esos mismos que le había reparado hacía casi diez años. Parecían como nuevos. ¿Habría aprendido de una vez por todas a repararlos él mismo como debía? Sus esperanzas cayeron al suelo al ver que una de las patas aún temblaba casi imperceptiblemente. Estaban tan cerca que era posible notarlo si lo miraba de reojo.

Había empezado a jugar con sus manos, en un intento torpe de comenzar algo. Entonces, Harry se le adelantó.

- Dijiste, hace tiempo, que no volverías. ¿Qué te hizo cambiar de opinión? Porque seguimos siendo los mismos a los que dejaste en aquel tiempo – habló con la voz queda, como si estuviese reteniendo algo que pugnaba por salir de su interior. En lo que pronunció la primera palabra, Hermione supo que no sería fácil. Si no quería otra enzarzada lucha entre ambos, tendría que ser bastante delicada con aquella pseudo conversación.

- No fue que regresé porque quise, pero tampoco me fui porque quería alejarme de ustedes. Fue una cuestión más que todo instintiva – respondió, como si estuviese hablando con una persona completamente ajena a ella. Y, en cierto sentido, lo era. Ese no era su Harry Potter.

- Imagino que te irás en lo que estés del todo recuperada. Después de todo, no hay nada que te ate a Londres – la sequedad de sus palabras la estaban carcomiendo. Sabía que intentaba herirla, y vaya que lo estaba logrando. Cómo desearía poder curarlo todo con una buena bofetada. Negó levemente con la cabeza, sabiendo que eso no solucionaría nada.

- No pretendo volver a decirte lo que te he dicho un millón de veces. Sólo una petición. Por la salud mental de ambos, y en respeto de lo que considero una linda amistad perdida, dejemos de atacarnos verbalmente cada vez que nos veamos, por favor. Volví por motivos de salud, pero ahora que estoy aquí, y en vista de que parecen necesitarme, no pretendo volver a huir.

Harry hizo amago de interrumpirla, pero ella colocó una de sus manos en una de las de él, silenciándolo inmediatamente. Respiró profundamente, cerró los ojos, los volvió a abrir, y dijo todo lo que sentía en ese momento.

- Aún no entiendo porqué me odias tanto – le confesó, mirándolo directamente a los ojos. No sabía quién se veía más confundido, si él o ella. – tengo una idea, pero conociéndome, no debiste reaccionar como lo hiciste. Yo no debí decir cosas que dije, y tomar decisiones apresuradas, pero lo hice, ambos fallamos, y si queremos seguir con nuestras vidas sin una piedra de odio que nos asfixie, sería más saludable que, dado que no pretendes volver a verme como la Hermione que fui para ti un día, por lo menos dejes de verme como si fuese la encarnación de Tom Riddle, porque no lo soy. Cada persona es libre de tomar sus decisiones, ¿cierto? Yo las tomé en su momento y no me arrepiento de ellas, porque me han hecho la mujer que soy. Aprendí de cada una y no las desecharía. Sólo echaría el tiempo atrás para evitar que la pequeña laguna que antaño había entre tu y yo creciera al vasto mar que se opone entre nosotros. Yo, por mi parte, me cansé. Me cansé de intentar explicarte algo que para ti no tiene explicación, de hacer sentir incómodos a mis amigos ante la situación tan delicada que venimos viviendo Merlín sepa porqué. No te lo diré dos veces Harry, porque si tu eres orgulloso, yo lo soy el doble una vez que me he doblegado y se han negado a escucharme. Queda de tu parte recuperar por lo menos el respeto entre nosotros dos. Y por si te quedan dudas, los extrañé todos y cada uno de los días que estuve lejos. No supe ni sé vivir sin ustedes, porque son mi mundo, con ustedes crecí y me convertí en esta Hermione Granger en la que estos momentos miras sin poder darle una respuesta. No quiero una. No ahorita.

Lo soltó delicadamente y se levantó del sofá, dejándolo atontado. Primero, porque jamás pensó que sería capaz de decirle lo que sentía así, tan directamente, y segundo porque había visto crecer desmesuradamente lo que antes eran dos leves moretones en su nuca, hasta parar en un abismo negro que, por lo bajo, le estaba produciendo un dolor terrible, porque era la réplica en miniatura de un agujero negro.

En lo que anunció que se iba, y tomó su cartera, reaccionó. Ginny y Dean parecían perdidos, pero eso no interesaba. Lo que interesaba era que ella no saldría de allí en ese estado. Una de sus manos, suaves para ser las de un hombre bañado en odios y sangres de guerra, aterrizó en el hombro de ella, dándole media vuelta lo más suave que pudo. Sus ojos habían vuelto a ser verde esmeralda, y el cambio impactó a Hermione, siendo su turno para quedarse sin habla.

- Ya dijiste tu parte. Ahora, no te mueves de aquí hasta asegurarme de que sea lo que tienes en el cuello, te haya dejado en paz. Luego habrá tiempo para continuar el monólogo que comenzaste.

& o &

Disculpen la demora, es todo lo que humildemente tengo para decirles. No hay excusas, no hay pretextos, sólo un cansancio descomunal y las ideas revueltas en mi cabeza. Para mis lectoras, aquí traje un capítulo, cuatro páginas más largo de lo que suelo escribir, a ver si de esa manera pueden mitigar un poco la incomodidad de esperar por un capítulo, o si le vuelven a tomar amor a la lectura de Mundo Muggle.

Hablando un poquito de la historia, se torna cada vez más confusa, y aún no entra en acción Malfoy. Esta conversación Harry – Hermione era más que necesaria para lo que pasará a continuación, porque él volverá, de una manera u otra, a ser parte de la vida de ella : )

No diré más, o arruino la sorpresa de lo que se viene.

Cambio y Fuera. Hatshe W.

: I don't believe you – Pink ; Sleeping Sun – Nightwish (escúchenlas para el siguiente capítulo ^^)