Capítulo 7.
Lecciones.
Cuando desperté en mi habitación, no sabía qué hora era, me desperecé y giré mi cabeza hacia ambos lados. Sobre una pequeña mesa, una bandeja de plata con un desayuno completo.
-Adelina... que atenta- murmuré -¿hasta cuándo me iban a mimar así?
Salté de la cama y me dirigí al maravilloso baño.
Ya sumergida en el agua tibia y deliciosamente perfumada por sales, mi mente divagó.
¿Cómo sería ser como ellos? ¿Tendría los poderes de Heidi y seduciría a mis víctimas? ¿Sería una excelente rastreadora de humanos como Demetri? ¿Podría leer los pensamientos como Aro? ¿Y mi fuerza? ¿Sería descomunal?
Sólo quería no defraudarlo, que estuviera orgulloso y me admirara, como hacía con Jane.
¿Y si era perversa como Cayo? No... No quería eso para mí eternidad...
Una vez que estuve lista, bañada y vestida con un vestido azul y zapatos bajos del mismo tono, me senté en la cama acercando la mesa y me dispuse a comer.
Eran todos tan atentos, estaba feliz de vivir allí, ahora tenía a mi madre cerca. ¡Mi madre! Aún no la había podido ver. Hoy sin falta debería hacerlo.
Tomé un sorbo de café con leche y mordí un trozo de bizcocho azucarado de vainilla. Dios... ¿Dónde conseguirían los Vulturis estas cosas? Mejor dicho. ¿Cómo? ¿Tendrían humanos como esclavos que servían para estos menesteres?
Los golpes suaves en la puerta sonaron persistentes.
Era Adelina seguramente, ya comenzaba a conocer la forma de llamarme de cada uno.
-Voy. Exclamé saltando hacia la puerta.
La abrí y finalmente ella estaba allí. No lucía demasiado sonriente, tenía en sus manos una bandeja de plata con... ¿Un desayuno?
-Mil disculpas cielo, me he demorado en traerte...
Al pasar a mi habitación quedó muda.
-Cautha... ¿Quién se ha adelantado?
La miré sin comprender. -No lo sé...
-Bueno, no importa, no te preocupes, llevaré esta bandeja nuevamente, tú desayuna tranquila. ¡Ah! Tu madre quiere verte. Está en el salón de manualidades. ¿Sabes cómo llegar?
-No- sonreí -¿salón de manualidades?
-Si Cautha, allí se tejen telares, se cose, se borda, se pinta etc.
-Perdona es que es gracioso. Nunca pensé que...
-¿Qué hay un mundo subterráneo aquí?
-Si eso...
-Cautha, nosotros no vivimos en la superficie, éste es nuestro mundo.
-Si claro...
-Bueno niña te dejo tranquila desayunar, te esperamos allí, al final del pasillo toma a la derecha, la tercer puerta.
-Okey iré en unos minutos.
Cuando Adelina se fue, giré lentamente observando la bandeja de la mesa. Me acerqué despacio. ¿Por qué no usar uno de mis dones? Podría saber la historia de los objetos que tocaba, si intentaba ver quien había manipulado los utensilios, quizás sabría quién me había preparado el desayuno.
Estaba muy nerviosa, tomé la taza entre mis manos y cerré los ojos. Traté de pensar en ver el pasado reciente, no quería ver detalladamente desde que el bendito objeto se había fabricado, debía concentrarme más en mi deseo, pero nada...
Volví a intentarlo con el azucarero, después con la pequeña cuchara... al fin pude distinguir dos manos, de hombre... ¿Sus manos? No, no, no eran, no podían ser...
Tomé el café lentamente y comí tres bocados pero otra vez los golpes a la puerta, esta vez me sobresalté. Adelina no era...
Abrí la puerta.
-Heidi.
-Hola... aquí estoy... ¿Y bien? ¿Qué quieres hacer?
-¿Yo?
-Si tú.
-Pues nada... debo ver a mi madre, casualmente iba a la sala de manualidades.
-¿Sabes dónde es?
-Adelina me explicó.
-Vamos, te acompañaré.
Cerré la puerta no sin antes dar un último vistazo a la curiosa y enigmática bandeja de desayuno y la seguí.
Caminamos a la par por el pasillo, yo con mi andar común y silvestre, ella... con su movimiento sensual y atrayente. ¿Algún día caminaría tan insinuante? Era sexy y provocadora, sin embargo sin llegar a ser grotesca. Su espalda derecha, hombros hacia atrás, su mirada fija hacia adelante, sus caderas en delicado vaivén, y sus pasos... Dios sus pasos eran tan firmes y elegantes.
Un par de vampiros se cruzaron en el camino al salón, vi sus caras, parecían embobados al verla pasar. Era increíble.
¡Quien pudiera tener ese manejo del hombre que amas!
El encuentro con mi madre fue muy emotivo, tuve que vencer el asombro al verla tan cambiada, aunque sabía que no la encontraría como la había visto la última vez, observar esos ojos castaños rojizos me impactaron. En realidad no por verlos en ella, sino porque imaginé que en un futuro próximo, yo los tendría igual.
Me quedé buen rato conversando de mil cosas, su viaje, su llegada, su primer día de casa, y el infaltable agradecimiento a Aro por el buen trato y las distinciones. Una más que lo admiraba, aunque yo... podría decir que iba más allá de eso.
Apenas salí con Heidi, para dirigirme a mi habitación, vi a Aro caminando en sentido contrario a nosotras. Estaba a una distancia lejana, pero su figura elegante acortando la distancia que nos separaba, produjo en mí, un vuelco en el estómago.
Eran algo tan especial los síntomas que padecía al ver su presencia, que me alteraban totalmente, odiaba no tener control sobre ellos. Mi corazón latía alocado, mis manos transpiraban, mis mejillas se teñían. Al fin y al cabo una estúpida, un estropajo, en eso me convertía.
Cuando al fin faltaba un pequeño tramo para reunirnos en el medio del pasillo, se detuvo. Él también recreó la vista con la bella vampira, la miró de arriba a abajo, aunque ella pareció no inmutarse. ¡Genial! ¡Yo estaba pintada!
-¡Heidi!
-¿Amo?
-Me alegro que estés con Cautha, no has perdido el tiempo, eres una buena chica.
-Nunca pierdo el tiempo amo. Dijo sonriendo libidinosa y pestañeó repetidas veces en forma pausada, mientras hablaba.
Aro sonrió, sus ojos fueron directo a sus labios carnosos.
-Vuelvo a mi habitación. Dije suavemente y giré pero su voz me detuvo.
-Espera Cautha. ¿Qué apuro tienes? Murmuró mirándome con malicia.
¡El apuro de los atroces, traicioneros, y estúpidos celos! Pensé, sin embargo me repuse y jugué al juego que más le gustaba... engañar.
-Noo ningún apuro, es más olvidaba darte las gracias por el desayuno.
-Yo me retiro, con su permiso.
Heidi se alejó después que Aro asintiera con la cabeza, pero todo no quedó ahí, giró levemente su perfil para observar a la bella vampiresa alejarse, luego me miró y susurró sonriendo.
-Es muy bella, es una lástima que no sepa elegir.
-¡Qué pena! Afirmé.
Sabía que dentro de él estaría muerto de risa y disfrutando al máximo la situación, aunque estaba segura que él no pensaría que eran mis puros sentimientos, creería que me mordía de envidia por no ser hermosa como Heidi. Eso sí que era una pena.
-¿Tiene algo para notificarme amo? Dije con elegante toque altanero. Yo también sabía cómo molestarlo.
Su rictus se ensombreció y dijo con profunda rabia.
-No soy tu amo Cautha.
-¿Ahh no? Pregunté con tono irónico.
-No- dijo mirándome fijo -¿algo te ha hecho pensar de esa forma?
Bajé la cabeza y negué en silencio, después mis ojos buscaron sus iris dorados.
-No Aro, estoy cómoda y feliz aquí, además te lo he dicho, agradezco el desayuno.
-No lo menciones, Adelina lo hace con gusto.
Su mirada se clavó tan sólida en mis ojos e intuí que esperaba una reacción de mi parte.
¿Adelina? ¿El no sabría que alguien más me había llevado un suculento desayuno? ¿O sí? Tal vez me estaba poniendo a prueba, si callaba le demostraría que le podría ocultar cosas. Siempre el mismo maldito miedo a ser traicionado.
Bajé la vista y volví a mirarlo.
-Adelina no ha sido quien me ha llevado el desayuno esta mañana.
-¿Ah noooo? Preguntó con falsa curiosidad.
-Así es, alguien más llevó el desayuno a mi habitación mientras dormía.
-Curioso. Murmuró, aunque esta vez su vista se desvió de mi rostro a un punto perdido.
-Lo sabías. ¿Verdad? Dije inclinando mi rostro para buscar sus pálidos iris.
No me evitó, volvió a mirarme con gesto imperturbable.
-Sí. Contestó.
-¿Buscabas asegurarte si tu insulsa y mortal descendiente te traicionaba?
-No me hables así. Murmuró
-¡Amo!
Una voz potente provino del fondo del pasillo. Aro giró para verlo y en segundos vi a Félix acercarse como tornado.
-¿Qué ocurre Félix?
-Lo encontramos. Hallamos al primogénito del asesino de la Señora.
-¿De verdad? ¡Es una muy buena noticia! ¡Iré de inmediato!
Félix se retiró y Aro volvió a mirarme.
-Debo irme, la venganza me espera, luego hablaremos.
Giró dándome la espalda pero mi frase lo detuvo.
-Ve, aunque no sé qué ganarás con eso.
Volvió sobre sus pasos con una forzada sonrisa.
-¡Qué ingenua eres Cautha! La venganza es el manjar más sabroso condimentado en el infierno- y prosiguió -Walter Scott 1771-1832 escritor británico.
Me sonreí con aire de autosuficiente y respondí.
-El verdadero modo de vengarse de un enemigo es no parecérsele- y agregué -Marco Aurelio 121-180 emperador romano.
Aplaudió con sarcasmo. -¡Muy bien mia ragazza! Sei brillante.
Miré al suelo sólo por instantes, para tomar impulso y afianzar mi pensamiento.
-No entiendes que si persistes en vengarte las heridas abiertas nunca se cerrarán.
Y ocurrió...
Su rostro se desencajó por la furia y se acercó quedando a pocos centímetros de mi cara. Su voz tembló.
-¡Tú qué sabes! ¡Ignoras lo que se siente cuando te entregan el cuerpo de alguien que amas en ocho partes!
Mis iris azules se mezclaron con sus iris ahora carmín. Nuestras miradas se encontraron, aunque muy distintas... En él, el odio lo embargaba, en mí... la compasión.
En los días sucesivos permanecí en mi habitación desganada, prácticamente no vi a Aro, estaría ocupado en su « venganza ». Me ponía muy triste saber, que era la única forma que tenía él de vaciar el odio de su seco corazón. La misericordia y la clemencia no existía en su vocabulario, el perdón a su adversario mucho menos, conmiseración... palabra prohibida. No hallaría paz mientras sus ansias de represalia y desquite no cesara. ¡Pobre de él!
Sin embargo, por instantes traté de imaginarme en su lugar, un día cualquiera, una noche indeterminada... Yo, Cautha y todo el amor que comenzaba a sentir por Aro, recibir su cuerpo hecho pedazos por mi enemigo. En ocho pedazos... como dijo él.
Mi sangre fue ebullición, mis dedos se crisparon con furia, mi alma se estremeció.
¡Mataría sí! Mataría con mis propias manos, arrancaría con ellas los ojos de quien lo hubiese hecho. ¡Pobre de mí!
De pronto sentí un gran alboroto en el pasillo. De un salto me incorporé del futón donde leía un libro de ciencias naturales, lo había tomado de la impresionante biblioteca que compartían los Vulturi. Marcus era asiduo visitante de esa sala.
No sabía la hora exacta, imaginaba que el día ya había oscurecido. Me asomé y vi pasar varios vampiros ataviados con sus mejores trajes. ¿Qué diablos ocurría? A Heidi no la hallaba hace dos o tres días, desde que le dije que prescindiría de ella y que me dejara sola.
Caminé entre ellos como si supiera a donde se dirigían, seguí sus pasos hasta... ¿la puerta del salón de los tronos?...
No podía entreabrir la descomunal entrada y quedarme como simple curiosa, él no lo permitiría, estaba segura que no había sido invitada a la reunión, aunque había una solución para mí temida curiosidad. Conocía un pasadizo que saldría por el otro extremo de la sala, debería apresurarme si quería conocer el porqué de tanto alboroto.
Mis pasos humanos, tardaron más de lo que deseaba en llegar al ala opuesta de los tronos, pero finalmente me ubiqué entre las sombras a una distancia prudencial. Demasiado ruido y conversaciones encubrían el sonido pausado de mi respiración, lo sabía... de lo contrario alguien se hubiera percatado que estaba allí.
Desde esa distancia no podía ver demasiado, sí divisé a Marcus y Cayo en sus tronos respectivos, Aro de pie en el centro, de traje oscuro, impecable como siempre. Hace días que no lo veía y mi cuerpo reaccionó como una estúpida adolescente. Sonreí de sólo contemplarlo de perfil, su cabello renegrido cuan noche sin luna, caía en sus hombros como lava de alquitrán, su silueta firme y su rictus altanero, todo en él me atraía.
De pronto, dos filas de corpulentos vampiros que aguardaban a ambos lados, se erigieron cuan esfinges. Dos de ellos se aproximaron a la puerta principal y la abrieron de par en par.
Afiné mi vista para no perder detalle.
No debí esforzarme demasiado para examinar a la nueva visita, un andar felino consistente, como adueñándose de cada baldosa marmórea, repiquetearon destrozando mis tímpanos. Parecía una vampiresa de aproximadamente treinta y pico de años o algo así. Su cabello rojizo hasta la altura de sus odiosas caderas, se balanceaba al compás de sus pasos.
-¡Arooo cariñoo!
Estiró sus manos hacia él, mientras una repelente y aborrecible sonrisa sexy se dibujaba en su cara.
-¿Cariño? Murmuré muy suave casi para mis adentros, abrí mi boca y arqueé una ceja, pero la voz archiconocida de Jane me sobresaltó a mis espaldas.
-¿Qué husmeas curiosa humana?
Me di vuelta y la miré, no me importó en absoluto que corriera a decirle a Aro que estaba escondida allí, si hubiera servido para interrumpir ese encuentro, lo hubiera valido.
Como si la niña vampira no existiera, giré para observar la escena.
Aro dio cinco pasos hacia ella. ¡Cinco! No dos ni tres, cinco. Juro los conté. Tomó sus manos y depósito un beso en cada una de ellas.
Mis ojos se agrandaron...
-Hermosa, que alegría verte por aquí. Me tenías abandonado.
Giré hacia Jane para mirarla atónita, la niña revoleó los ojos en señal de protesta.
-¿Quién es? Dije casi con gestos de mi boca para que no se escuchara.
Jane se mantuvo en silencio. ¡Qué cría odiosa!
Volví a mirar a Aro, afinando mi torpe oído humano.
-Ethelvina. Ese es su nombre- pronunció Jane por lo bajo -dueña y señora de la tierras de Finlandia, Escocia, e islas de alrededor, es despiadada, desalmada, egoísta y sin escrúpulos.
-¡Ja! Lo que se dice una joyita. Susurré.
-Tal para cual. Dijo una voz conocida saliendo entre las sombras.
Heidi...
Tragué saliva. No sabía hasta qué punto era una cruda verdad.
Volví a mirar a la extraña, su manto en raso negro con terminaciones en dorado, caía a sus pies. Botas largas cubrían sus pantorrillas, parecían ser de cuero y piel.
Quitó su capa ayudada por uno de los vampiros de la guardia. No supe porque tenía que mostrar su perfecto cuerpo. ¡Para mí no era necesario!
Aro la tomó de la mano y la hizo girar en sí misma, lentamente, su mirada poco más que azorada, la desnudó prácticamente. Ella le dedicó una sonrisa obscena.
-Parece enamorada. Murmuré.
-¿Enamorada?- protestó Jane -es ridículo, ella quiere ser la dama de este castillo, sólo busca el poder de los Vulturi.
-Es cierto. Afirmó Heidi.
Respiré entrecortada, muy suave, tratando de hacer el menor ruido. El sabor amargo de conocer los primeros verdaderos celos invadió mi garganta. Tenía miedo hacer la fatal pregunta, mejor dicho... temía la fatal respuesta. Aun así tomé valor y murmuré.
-¿Y él?
El silencio interminable de mis dos acompañantes se hizo eterno. Finalmente Heidi susurró.
-Olvídalo, la mirada de Aro no es de un macho enamorado, los conozco al dedillo, jamás me equivoco.
Amé a Heidi y su respuesta.
Jane algo intuyó, porque en segundos me increpó.
-Debes irte, no eres como nosotros deberías estar en tu habitación.
-¡Tú no eres nadie para decirme que hacer, después de todo también estás curioseando a tu amo!
Tapé mi boca, temía que mi preposición se hubiera escuchado.
Heidi se alejó dejándonos solas, seguramente tras un vampiro en la mira.
-¿Por qué no dejas tus intrigas de una vez? ¡Humana! Protestó Jane.
-¿Y tú por qué no dejas de perseguirme?
-¡Tú deberías terminar por entender tu verdadero lugar! Se exhaló.
-¡Y tú deberías resolver tu complejo edípico!
De pronto la voz de Aro se escuchó en cada rincón de la sala.
-Ethelvina, belleza... ¿Serías tan amable de esperarme donde tú ya sabes?
-Por supuesto cariño, ocúpate de tus asuntos. No quiero que por mi culpa desatiendas tus quehaceres rutinarios.
-Descuida amiga mía, he planeado todo para que no nos molesten... es sólo... un detalle que debo resolver con urgencia.
Besó nuevamente sus manos y sonrió.
-Hazme el bien de moderar tus pensamientos hacia mí, lograrás que aun siendo vampiro, me sonroje.
-Eres encantador.
-¡Qué idiota!- dije por lo bajo -la odio.
-¡Ya somos dos! Dijo Jane.
Cuando Cruella de Vil desapareció, Aro ordenó que despejaran la sala, incluso a Cayo y a Marcus.
-Ay... debemos irnos. Balbuceé.
-Ya es tarde... Nos descubrió. Sentenció Jane inmóvil.
Demonios...
Lo vi de pie, sin girar su rostro hacia nosotras, pero su mano derecha se elevó hacia nuestra dirección. Dos de sus dedos se movieron en señal de « vengan aquí »
Miré a Jane pero ya no estaba. ¡Qué rápido había acatado la orden! Esperaba que él entendiera que no era por hacerme la importante, si llegaba después de ella, no había otra razón que mi humana condición.
Me acerqué con pasos firmes hasta quedar frente a él, pegada a Jane. No sé de qué me valdría, no creía que ella quisiera presentar alegatos a mi favor.
Nos miró a las dos a la cara, su gesto serio me indicó que no le había gustado para nada sorprendernos allí. Sin embargo apenas comenzó a hablar, me di cuenta que no estaba enfadado por ese hecho... sino por nuestra mala relación.
-¿Qué diablos haré con ustedes dos? Sonó su voz tan pausada que daba miedo. Cuanto más tranquilo, era una señal de estar más furioso. Ya lo conocía...
-No se repetirá, lo prometo. Murmuré.
Jane quedó muda, tal vez sabría que nada lo haría cambiar de opinión.
-Sí, se repetirá, lo sé. Dijo en tono más alto.
Caminó varios pasos alejándose de nosotras y lo escuché mencionar. -Asrael.
El vampiro llegó al instante. Aro le dio algunas indicaciones, no lo podía escuchar y no quise preguntar a mi rival. Después que Asrael se hubo ido, Aro volvió con pasos lentos a su trono, se sentó, cruzó una pierna sobre otra y recostó su cabeza en el alto respaldo. No dijo nada, sólo nos miró con gesto preocupado.
Asrael volvió con un bolso mediano y se detuvo a mi lado.
Con un ademán, Aro me señaló.
-Entrega el bolso a Cautha, y guía a las dos donde te indiqué- luego se dirigió a nosotras -veremos quien de las dos podrá salir de allí.
Tomé el bolso, miré a Jane que ya seguía los pasos de Asrael. No me moví. Mis ojos se clavaron en los ojos de Aro, no sabía que tenía preparado pero adivinaba que no sería nada bueno. Mi mirada se clavó en él. Me miró fijo...
Me di vuelta siguiendo al vampiro, no sin antes echarle una mirada de odio. Él ni se inmutó. Al menos eso creí.
Asrael nos guió por pasillos eternos, al llegar a una escalera de piedra que descendía entre penumbras para variar, nos señaló para que continuáramos, él nos siguió muy cerca.
-¿Dónde vamos Jane? Murmuré.
-No tengo idea. Susurró temerosa.
Era la primera vez que notaba temor en los ojos de Jane, y no era para menos.
Caminamos por el suelo pedregoso hasta llegar a un pozo de grandes dimensiones.
-¡Esperen!- exclamó Asrael -las bajaré yo.
-¿Bajarnos? Pregunté preocupada.
-Si.
No habló más, con un rápido movimiento el musculoso vampiro, nos tomó de la cintura y descendió como rayo a las profundidades. Sin decir palabra desapareció. Estaba muy oscuro y muy frío. Dios...
Me senté en el suelo después que miré a los alrededores, no podía ver demasiado, el ambiente despedía una brisa helada y no tardé en tiritar. Jane de pie, tiesa, me observaba.
-Estás cómoda. ¿Verdad?- protesté -tú no sientes el frío.
-Quiero irme de aquí. Susurró.
La miré a los ojos, parecía estar recordando cosas, percibí terror en sus emociones.
Más calmada le hablé suavemente.
-¿Qué tienes?
-Tengo que salir de aquí.
-¡Graciosa! Yo también quiero salir de aquí.
-Odio el encierro. ¡Quiero irme de aquí!
-Calma...
Me compadecí, después de todo vampira o no, era una niña.
-Es despiadado, no puede dejarnos aquí, a mi muerta de frío y a ti con tu pánico, seguramente debe conocerlo bien. ¿No es así?
Asintió con la cabeza.
-¡Maldito! ¡Es un maldito! ¡Lo odio con toda mi alma! ¡Con mi alma, esa que él no tiene!
-Calla Cautha... sé que no lo odias.
La miré fijo. -¡Pues ahora sí!
Me acurruqué y miré hacia arriba, allá a lo lejos se veía el hueco de la entrada, y de la única salida.
-¿Cómo saldremos de aquí?
Jane no contestaba, estaba en estado de shock.
-Ven. La invité a sentarse a mi lado. Dudó.
-Vamos, ven aquí, te sentirás acompañada.
Me observó y lentamente se acercó a mí, despacio se sentó a mi lado.
-¿Qué haremos? Debe haber una forma de salir, no creo que Aro quiera matarnos o dejarnos aquí. ¿O sí? Pregunté confundida.
-No lo conoces. Murmuró.
Me sentía triste, por momentos furiosa, lo odiaba. Observé las paredes en la penumbra. ¿Qué material era? ¿Piedra? ¿Rocas? No... Hielo.
-¡Está loco!- exclamé -estamos rodeadas de hielo. Dije observando la placa helada de metro y medio que rodeaba todo alrededor.
-¿Qué? Dijo Jane saliendo del letargo.
-Hielo, son paredes de hielo.
De un salto se puso de pie, caminó lentamente hasta quedar frente a uno de los bloques. Una sonrisa entre infantil y diabólica surgió en su aniñado rostro.
Apoyó sus manos en el hielo y pronunció.
-Calor.
Al momento la firme e inquebrantable pared fue derritiéndose.
Jane continuó su tarea, la misma acción, apoyaba sus manos y repetía. -Calor...
¡Vaya que don!
-¿Qué hay debajo Jane? Pregunté poniéndome de pie.
-Roca.
-¿Y entonces? Es lo mismo, no podremos trepar por si solas. Me desesperé.
Jane continuó derritiendo el hielo, estaba segura de que no nos serviría de mucho, hasta que mis ojos descubrieron el bolso que me había dado Asrael.
-¡Espera! Este bolso debe tener un objetivo.
Me acerqué y lo tomé abriendo los gruesos cordeles. Hurgué adentro con las dos manos, no podía ver demasiado, sin embargo al quitar lo que contenía de su interior, mi mente se iluminó. Dos mosquetones, esas agarraderas que utilizan los escaladores, además descubrí una extensa soga, un arnés, y dos pies de gato.
-¡Jane!
Giró para mirarme con sus brillantes ojos dorados.
-Mira, son herramientas para escalar. Derrite el hielo, trataré de subir hasta la salida.
-¿Y yo?- preguntó curiosa al ver cada objeto -¿no hay para mí?
-Subiré primero y treparás por la soga. Sólo serán alrededor de diez metros.
-¿Cómo sabré que no me engañas? Podrías dejarme aquí abandonada.
-Pues no lo haré... Jane debes confiar en mí, no te queda otra opción.
-Si la tengo, podría quitarte tus herramientas con mi fuerza y escalaría veloz, pero...
-¿Pero? Pregunté un tanto enfadada por su mente maquiavélica.
-Él no creo que esté buscando eso... No me perdonaría que te deje aquí.
Él siempre él, que cuernos me importaba lo que Aro quería en éste momento. Lo odiaba con todo mi corazón.
Mientras el hielo se derretía por las manos de Jane, me calcé en los zapatos los pies de gato, coloqué el arnés en mi cintura y con la soga hice dos nudos ciegos. Los apreté lo más que podía, tomé los mosquetones en las manos, y comencé muy lento a escalar por el camino libre e irregular que había dejado Jane.
No sé cuánto tiempo me llevó hacer la mitad del camino, estaba agotada pero debía salir de allí, debíamos salir de allí.
La furia contra él fue de gran ayuda, cada vez que enterraba la afilada agarradera pensaba en las miles de formas de vengarme, yo que horas atrás, había criticado su posición de revancha.
Al cabo de dos o tres horas llegué a la abertura, trepé ágilmente como lo hacía en los árboles cuando niña. Me coloqué en cuclillas y reforcé las ataduras. Me acerqué aferrándome al borde.
-¿Ves la soga Jane?
No contestó.
-¿Jane?
No hubo respuesta.
Comencé a impacientarme. -¡Jane! ¿Qué ocurre?
-No puedo moverme- dijo al fin - los hombres malos vienen por mí. Pronunció su voz lejana.
¿De qué hombres malos hablaba? Dios... Había entrado en pánico, no sabía el porqué de su reacción, pero era evidente que algo terrible había tenido que pasar en su otra vida.
-Jane, escucha, estoy aquí, en la salida, sólo toma la soga y trepa.
Silencio.
-¡Jane si no subes iré por ti!
-No puedo, dieron conmigo, me llevarán a la hoguera.
-¿Qué hoguera Jane? ¡Por todos los cielos coge la soga!
-No, no, están aquí...
Respiré profundo y pensé rápidamente.
-Jane, no hay nadie allí.
-Sí lo hay, estoy rodeada.
-Jane, escucha estoy aquí... Aro está conmigo, te estamos esperando.
Miré alrededor, nadie estaba junto a mí, pero usaría todas las artimañas para que reaccionara. Jane había mencionado una hoguera, era factible que gente perversa la habría querido quemar viva. Ahora entendía muchas cosas, a los dos los unía el fuego y el horror.
-Vamos Jane, Aro dice que te apresures.
-¿El amo? Preguntó con desgarradora voz.
-Sí, sí está aquí, sólo toma fuerte la soga y trepa.
-¿Ha venido a salvarme?
-Sí, sí está aquí, él dice que tomes la soga y trepes. Mis ojos se nublaron por las lágrimas, no conocía el secreto de Jane, sólo intuí que Aro le habría salvado la vida. No me importaba cuales habían sido sus intenciones, si los dones de la niña eran su objetivo, de verdad... que no me importaba. Ella no había muerto gracias a él.
Por fin sentí la ansiada tensión y el peso que provenía desde el pozo. Me asomé agarrándome fuerte con mis manos para no zafarme.
-Eso es Jane, el tramo es corto, sigue.
El tiempo que esperé que subiera se hizo eterno, apenas divisé su cabello rubio estiré mi mano. La tomó aferrándose fuerte, como seguramente lo habría hecho alguna vez con él.
Una vez que Jane salió me puse de pie. Ella sacudió su vestido y miró hacia mis espaldas. No tuve que darme vuelta para saber que era él. Su perfume embriagador me envolvió como droga.
-¡Perfecto! Han salido las dos sanas y salvas. Dijo con aire soberbio.
Lo miré para partirlo. Sonrió, e ignorándome por completo se dirigió a Jane.
-¿Pequeña has entendido la lección?
Jane asintió.
-Eres muy inteligente, ve descansa, te veré luego.
Cuando Jane se alejó volvió a mirarme fijo, serio. Retiré las sogas desatándolas con una rabia infinita y las tiré a un costado, con los brazos en jarro me paré frente a él.
-¿Y ahora? ¿Alguna prueba más de mi resistencia?
Me observó por segundos interminables. Negó con la cabeza pensativo.
-Ay Cautha, Cautha, tu terquedad y tus caprichos no te dejan ver las cosas claras, porque inteligente eres, no lo dudo.
-¡Ohh gracias!- me burlé -¿y qué se supone que debía ver claramente?
Calló un momento y sacó debajo de su brazo dos libros.
-¿Quieres que te lea un cuento? Dije con sarcasmo.
-¡Toma! Gritó extendiendo uno de ellos.
Lo tomé, tampoco era la idea de ponerlo demasiado furioso, así que callé mi boca.
-Quiero que rompas ese libro deshojando hoja por hoja.
-¿Qué? Pregunté.
-Lo que has escuchado, destruye el libro hoja por hoja.
Di vuelta en mis manos el texto que me había dado, luego seguí su curiosa orden.
Al cabo de media hora terminé con el mandato. Estaba cansada sólo quería irme de allí, comer algo, y no verlo por un tiempo.
Lo miré interrogante, extendió el otro libro y ordenó.
Ahora quiero que destruyas éste, pero no hoja por hoja, pártelo al medio, en cuartos, en las partes que quieras... o puedas...
Tomé el libro en mis manos y volqué toda mi rabia contenida por su causa, traté de partirlo aún con el odio que soportaba, pero fue inútil. Al fin me detuvo.
-Dame el libro Cautha, veo que no podrás.
-¿Te ríes de mi porque soy humana y no tengo tu fuerza?
Arqueó una ceja. -En realidad no... Murmuró.
-Cautha. ¿Sabes que representan estos libros?
-No. Dije con chispa de rencor en mis ojos.
-Es como nuestro aquelarre. ¿Ves lo fácil que es destruirlo si lo hago hoja por hoja, miembro por miembro?
Y caí... Lo miré a los ojos con rabia sí, pero también con admiración. Pensé, Jane, yo, y el resto... Si cualquier enemigo nos tomaba desunidos, sería muy fácil destruirnos a todos.
Me había dado la lección de mi vida, aunque dentro de mí guardaba bastante rabia, podía haberme mostrado los libros y no dejarnos pasar tantas penalidades en el pozo.
Supe que la unión de las dos nos había permitido salir sin problemas, entendí que en forma aislada quizás nunca hubiéramos podido conseguirlo.
-Me voy tengo asuntos que hacer. Dijo girando sobre sus talones.
Mis celos que habían estado escondidos en el fondo de mí ser, pero nunca había desaparecido, se mostraron con una típica frase irónica.
-Ohh siiiii tu « visita »- dije haciendo comillas en el aire -corre no la hagas esperar.
Giró para mirarme confundido, luego su astucia de siglos, le hizo dibujar una leve sonrisa.
-No, por supuesto, no es de caballeros.
Pues más me enfurecí.
-Si quieres puedo indicarle la cueva de raíces ferrosas...- Protesté.
Su sonrisa se amplió. -Descuida Cautha, ella conoce el camino.
Se marchó dejándome echa un volcán.
¡Maldito! ¡Maldito desgraciado! ¡Perverso!... pero... adorable.
