Capítulo 6; Solía ser.
El amanecer se anunciaba pintando el cielo de un cálido anaranjado, que se mezclaba con él fresco verde de los árboles.
Pocas horas de sueño fueron las que recuperé después de regresar de aquella, mas extraña que amena conversación con la pelirroja.
Sin poder cerrar los ojos y descansar, lo único que me quedó fue mirar el techo y enrollarme en las sábanas, torturando mi conciencia con los probables acontecimientos de el día siguiente.
Entre ellos, la admisible posibilidad de que Levi estuviera detrás de aquella "charla". O a lo mejor yo sólo exageraba y la chica sólo quería hablar, y yo era la persona más cercana que había encontrado para hacerlo. Aunque eso no encajaba del todo bien.
Últimamente tengo problemas con negarme a órdenes y favores, y soy muy buena para ello.
Aunque, ciertamente, algo más interno era lo que me hizó aceptar su petición.
Isobel me recordaba a la "yo" de antes. Despreocupada, entusiasta, querida, todo lo que era y había perdido por la mortal sombra del tiempo.
La que admiraba e idolatraba a Levi. La que lo quería como si fuera su única familia con vida -cuando en realidad no lo era.
Imaginé los miles de escenarios posibles a los que podía llevar la conversación con Isobel y en todos ellos estaba Levi, haciéndome sufrir.
El sol ya asomaba por la ventana.
Bajé las piernas de la cama, sintiéndo el hombro derecho entumecido por haber estado acostada sobre el, masajeándolo caminé hasta el escritorio y exhalé un fuerte bostezo que asustaría hasta a un titán. Restregando mis ojos soplé la vela que antes ayudaba a alumbrar la habitación, perfumando la habitación con el adictivo olor a cera quemada.
No lo había notado antes, pero, la habitación de Erwin desprendía un aroma nostálgico, a papel pergamino y a la amarga esencia de los granos de café. La misma esencia de aquel azabache gruñón.
Tres golpes en la puerta irrumpieron mi nostalgia. Dándome una idea de quien era, me tomé mi tiempo en ponerme el uniforme, si me tardaba, a lo mejor se iría.
De todas maneras no sirvió de nada ya que los golpes insistentes acompañados de una voz volvieron a sonar.
— Eitzel, cuando estés lista, pasa por el comedor antes de irte, Hanji te entregará algo...muy importante — pude sentir un ligero tono de incertidumbre en la voz de Erwin.
—Una cosa más...no te vayas sin despedirte —murmuró, dejándome escucharlo a duras penas.
—Claro, papá —bromeé para mis adentros, con una sonrisa sincera formándose en mis labios, que luego desapareció en una mueca. Logré escuchar su leve risa y sus pasos alejándose cada vez más de la puerta.
Casi lista para salir, acomodé las solapas y las mangas de mi chaqueta, ordené un poco la cama, cerré mi bolsa de viaje y la colgué sobre mi hombro no adolorido.
Al salir de la habitación, Erwin no se encontraba en su escritorio, supuse que estaba en esos momentos ocupándose de la liberación de los tres bandidos. A los cuales buscaría luego de hablar con Hanji, en el comedor.
Asistía consecutivamente al cuartel de la Legión y ya hasta conocía sus rutinas mañaneras; levantarse con el sol, ir a las duchas y luego ir al comedor a desayunar, todo en menos de diez minutos; por lo que no era de extrañarse que muchos cadetes trotaran apresurados de un lado a otro por los pasillos. La mayoría de ellos me repelía como el agua a una roca en medio del río, no era de extrañarme, para los veteranos era una cara conocida con quien tomar café, mientras que para los novatos era la tan difamada "Rosa sin pétalos" una insensible Capitana a quien temerle por su lengua afilada y su falta de filtros. Algunas críticas eran acertadas y otras sólo rebasaban el borde de la ridiculez.
—Rebaño de suicidas...— escupí por las incesantes miradas de dos cadetes que pasaron.
Froté mis manos calentándolas con mi aliento, pensaba en que no me vendría mal un té negro tibio.
Finalmente me adentré en el comedor del cuartel, como los pasillos, estaba completamente lleno. Reunidos en mesas los capitanes y cadetes conversaban entre sí y comían bajo un ambiente brillante y animado.
Para ser una pandilla con una sentencia de muerte grabada en la frente, se la pasan muy bien.
—¡Rosé-chan, por aquí! —chilló vergonzosamente la cuatrojos, arrodillada sobre la mesa, tambaleando los platos que estaban sobre ésta, mientras elevaba las manos llamando mi atención y la de los demás cadetes que guardaron silencio al verme parada ahí.
Genial.
Exhalando forzosamente les envíe una señal de advertencia, la cual, subordinadamente acataron.
—¡Bájate de la mesa titán de clase excéntrica! Vas a tumbarle la avena a Nanaba en la cara.
La nombrada sonrió débilmente y con una señal de manos me invitó a sentarme entre ella y Mike. No muy a gusto con la idea, negué con una sonrisa torcida, ella asintió y continuó con su comida.
—Hanji, pareces más loca de lo normal ¿Se puede saber por qué? — pregunté, cruzándome de brazos. Miré a los demás veteranos en la mesa buscando a Erwin, y el no se encontraba ahí.
— Erwin anunció una nueva misión que será dentro de pocas semanas, es muy emocionante ¡Al muro Maria, Yajuuuu! la última vez estaba plagado de titanes excéntricos —se estremeció extasiada. La emoción de Hanji me irritaba más de lo normal ¿Como podía admirar a esas bestias asesinas? Esas cosas mataban a más de diez de sus soldados por misión. Y eso era en un buen día.
Numerosas veces observé sus salidas triunfales y sus entradas decepcionadas; se iban con muchos, regresaban con pocos. Era el pan de cada día. Hasta que Erwin se convirtió en Comandante.
Su liderazgo era un innegablemente refutable, nadie podía negarlo,yo no podía negarlo, desde que él tomó posesión del cargo las muertes que solían ser de más de sesenta soldados por misión, se redujeron sustancialmente. Lo malo es que era un maldito extremista, capaz de dar un brazo por perpetuar a esta podrida humanidad.
—¿Dónde está él ahora? Dijo que tenías algo para mí —ella asintió repetidas veces y limpiándose la avena que quedó embarrada en sus labios después de un largo trago, se levantó tomándome del antebrazo. Me arrastró hasta la cocina del comedor, recibiendo una mirada de asco de mi parte. Totalmente desentendida, al cerrar la puerta, aparté su mano de mi brazo y sacudí con asco la avena que había dejado sobre mi manga.
—¿Me dirás por qué me arrastraste hasta aquí? —cuestioné, mirando a través de la ventanilla de la puerta que la científica había cerrado con cautela.
Como ya era mala costumbre, Hanji ignoró mi pregunta y se colocó de espaldas, mirando hacia una de las mesas de la cocina, moviendo con frenesí sus brazos; logré ver cómo sacaba algo de su chaqueta, pero el resto lo ocultaba con su cuerpo. Un dulce olor se percibió en el ambiente. Rato después, se dignó a prestarme atención, sonriendo de manera satisfactoria, sostenía lo que parecía un paquete.
Arquee las cejas esperándola, ella lo extendió hacia mí. Hanji me guiñó un ojo al tener el paquete ya conmigo y me dijo con una muy calculada delicadeza:
—Tu secreto está a salvo con nosotros Rosé–chan.
—¿Qué? No me llames así ¿A qué te refieres, qué es esto? —señalé con mi barbilla lo que me había entregado ¿De qué secreto estaba hablando?
—Uhm, deberías comer algo, la casa invita —ofreció vigorizada, claramente fingiendo que no había dicho nada segundos atrás— ¡Mira la hora! Debo ir a mi laboratorio a hacer cosas de la Legión —se excusó con una falsa sonrisa— ¡Prometo ir a despedirme! —gritó mientras se alejaba trotando.
—No, Hanji, oye...¡Vuelve aquí! —ella se fue velozmente, ignorando mi exigencia y dejándome sola con la palabra en la boca— Qué...demonios.
Examiné por encima el paquete, no parecía tener nada en especial en el exterior, ni un escrito, nombre o cualquier otra cosa. Estaba en blanco, sin embargo, por dentro se notaba lleno con lo que parecían papeles. Y olía a deliciosas fresas.
Cuando la maldita fuera a la entrada a despedirse le sacaría la sopa así sea a puñetazos.
Guardé el paquete en mi bolsa de viaje. Lo que menos necesitaba era llenar mi cabeza con más mierda detectivesca. Terminaría con esa estúpida mocosa y me largaría, sin mirar atrás.
Pregunté a cada idiota que se cruzó por mi camino y ninguno sabía de quién hablaba, al parecer Erwin aún no había anunciado la entrada de los tres bandidos prodigiosos.
Si algo era seguro, era que se mantendrían juntos por seguridad.
Apoyé la espalda en un muro de ladrillos y bufé por lo mucho que había caminado en vano. Si la estúpida quería hablar, que fuera ella la que buscara.
Soplé con frustración el flequillo de mi frente, debí tomarle la palabra a Hanji y comer algo antes de correr de un lado a otro sin nada en mi estómago que como respuesta, gruñía reclamando una rebanada de pan de centeno.
—Creo que alguien tiene hambre —pronunció una grave voz en tono juguetón detrás de mí, me asusté por la repentina irrupción llevándome a dirigir la mano hasta el cinturón de mi pantalón por instinto, en donde antes solía esconder mi cuchillo.
—Estábamos buscándote Eitzel — exclamó la voz de quien reconocí era Isobel. Tragando fuertemente me giré estrepitosamente llevándome una no muy agradable sorpresa. Fue imposible que ellos no notaran el nerviosismo evidente en mi voz, incluso era reflejado en las cristalinas gotas de sudor que recorrieron mi sien.
—Capitana Schörch para ustedes...Isobel Magnolia y compañía... —recibí una espesa mirada de advertencia del hombre junto a ella. Escondí mis manos detrás de mi espalda bajo la atenta mirada de los tres.
—Si, de verdad lamentamos lo de hace unos días, solamente hacían su trabajo. ¿No Levi? —se disculpó esta vez Farlan sonriendo con los labios cerrados, la sonrisa de los mentirosos, dándole varios codazos a Levi en las costillas.
El nombrado rechistó, desvió su mirada y se cruzó de brazos.
Mentiroso.
Asentí ante su disculpa sin creerme ni una sílaba de lo que decía.
— Isobel, anoche dijiste que querías hablar. Por alguna razón sin importancia te dije que sí, así que, será mejor que hables pronto, mi plazo de compadecimiento es limitado —informé aumentando el agarre del bolso sobre mi hombro realizando una mueca de dolor ante el pinchazo que sentí en el hombro. La chica siguió mis movimientos, y por un descuido miré directamente a sus ojos, encandilándome con la vivaz chispa que reflejaban.
—¿Capitana es usted de las Tropas Estacionarias? —preguntó con la curiosidad reflejada hasta en sus poros, observando disimuladadamente el bordado en mi pecho.
—¿Qué...? —tomándome completamente por desprevenida su pregunta, balbucee un poco antes de contestarle concretamente, ella repitió la pregunta y finalmente pude responderle con normalidad. Afirmé su pregunta, y con la ceja arqueada Farlan interrumpió en la conversación nuevamente.
—¿Y qué hace alguien de las Tropas Estacionarias en el cuartel de la Legión?
De hecho, cuando la conocimos traía puesto las Alas de la Libertad. ¿Y ese repentino cambio? —bufando aburrida ante su descubrimiento lo miré despectivamente.
— Algo que no le concierne a nuevas piezas de ajedrez — el rubio sonrió demostrando que aquellas palabras no habían dañado nada en él. De hecho, el efecto que debió haber surtido en él, fue devuelto con más peso en ellas, provenientes de Levi.
— Eres parte de esas piezas, así que no te estimes mucho al hablar, a puesto a que te encomendaron la misión de participar en nuestra captura, y ni siquiera se te dio una explicación concreta ¿O me equivoco? no tienes mayor importancia que nosotros en este lugar. Mocosa estúpida.
Una sensación que no sentía desde hace tanto se instauró en mi garganta, era impotencia, la que sentía cada vez que no podía responder ante los perspicaces contraataques de Levi.
Así los recordaba. Fue imposible aguantar una suave pero aguda carcajada, bajo las miradas confundidas de los más jóvenes y la ojerosa y pesada de mi antiguo compañero de mal vivencias.
Estaba el hombre que en el pasado había colocaba un sucio collar de chapas en mi cuello como regalo, y el que ahora voluntariamente ataría una soga a este y me colgaría del campanario de la Ciudad Capital.
— Tanto tiempo, Levi.
— Tu...
