¡Aquí va el próximo capítulo! Espero que les guste y no se olviden de comentar :)

Capítulo 7

"¿Me buscáis? ¡Me alegro tanto!" –exclamó la camarera cuando regresaron a la taberna buscándola.

Keldarion mantenía el rostro impasible. Pensaba dejar hablar a los gemelos, porque temía decir o hacer algo que solo empeorara las cosas. Hervía de furia y sus ojos brillaban peligrosamente. Anhelaba envolver las manos alrededor del cuello de la mujer y apretarlo hasta que les contara todo lo relacionado con el secuestro de Legolas, pero eso solo les causaría más problemas.

"¿Cómo podríamos olvidar la oferta de anoche, señora? Creo que nos harías buena compañía –dijo Elrohir, deslizando los dedos hacia arriba por el brazo de la mujer seductora-. Eres muy bonita."

Ella se ruborizó.

"¿En serio? Bueno, ¿cómo podría negarme? Vamos, entonces. Mi habitación está arriba. Pero recordad una cosa. No hago esto de forma gratuita, a pesar de que seáis unos… err… 'invitados' tan atractivos."

"No te preocupes. Te pagaremos bien" –dijo Elladan antes de intercambiar una significativa mirada con Keldarion. El príncipe tenía los puños apretados y hacía un gran esfuerzo por controlar su ira e impaciencia.

La siguieron por las escaleras que estaban en la parte trasera de la taberna mientras ella balanceaba sus tentadoras caderas. Cuando llegaron arriba abrió la puerta de la derecha y los dejó entrar. Era una habitación escasamente amueblada, con colores llamativos y que apestaba a perfume barato y sudor. Los elfos, acostumbrados al agradable aroma de sus reinos, arrugaron la nariz con disgusto.

Después de cerrar con llave, se giró y les preguntó.

"Muy bien, ¿quién va a ser el primero?"

Keldarion dio un paso adelante y se quitó la capucha, revelando su rostro… y sus orejas puntiagudas. Los gemelos hicieron lo mismo y la mujer abrió la boca, sorprendida.

"¿Elfos? ¿Sois elfos?"

"¿Por qué estás tan sorprendida? –dijo Keldarion en voz baja-. ¿No sabías lo que éramos cuándo nos pusiste aquello en las bebidas anoche?"

"Yo… yo… ¡no sé de qué estás hablando!" –exclamó caminando hacia atrás, para luego caer sobre la cama observando con temor el rostro furibundo de Keldarion.

"¡No me mientras, mujer! ¡¿Quién te dijo que adulteraras nuestras bebidas?! ¡¿Quién te pagó para que los ayudaras a secuestrar a mi hermano?!"

"¡¿Qué?! ¿Secuestrar? ¡Te juro que no sabía nada de eso!"

"¿Lo juras? –se unió Elladan. La mujer se estremeció cuando sacó una daga-. ¿Qué tal si probamos eso? Tu rostro es hermoso, ¿sabes? Seguro que no quieres que se estropee con unas cuantas cicatrices."

Ella abrió la boca para pedir ayuda, pero Elrohir se adelantó y le cubrió la boca con la mano.

"¡Si gritas te cortaremos la lengua y se la daremos al carnicero para que la venda al mejor postor! Ahora dinos, ¿quién te dijo que hicieras eso anoche?"

Después de que Elrohir quitara la mano, la mujer empezó a hablar, tartamudeando de miedo.

"Yo… yo… juro que no sabía… qu… que iban a secuestrar a nadie. Me dijeron que era… p… por diversión. Una broma. Dijeron que querían… emborracharos, eso es todo. Así que puse el polvo de dormir que me dieron en las bebidas."

"¿Las que dijiste que eran 'por parte de la casa'? –preguntó Keldarion, con la voz tensa y los brazos cruzados sobre el pecho.

"Sí."

"¿Así que el dueño también está involucrado en esto?"

"N… no. En realidad fueron los hombres los que pagaron las bebidas. Mi jefe no sabe nada. Por favor, no se lo digáis, seré despedida y echada a la calle. A él no le importa que tenga mis propios clientes pero no le gustaría que me involucrara en algo como esto."

"¿Quiénes son esos hombres? –preguntó Keldarion otra vez con los dientes apretados. La mujer se mostraba reacia a decirlo, negándose a mirarlo a los ojos-. M… me pagaron y me hicieron prometer que no diría…"

"¡Contéstame de una vez!" –el rugido de Keldarion hizo que la mujer saltara de terror.

"¡Los nórdicos! ¡Fueron los nórdicos! Garret, el hijo del líder del clan solía usar mis servicios. ¡Pero por favor, no le digas a mi jefe nada de esto! ¡Él no sabe que los nórdicos vienen a esta taberna y no le gustaría!"

"Los nórdicos" –dijo el príncipe del Bosque Negro con gravedad, antes de darse la vuelta, abrir la puerta y salir corriendo de la habitación, con los gemelos a la zaga. Elrohir se detuvo en la puerta y se giró para mirar a la camarera, que sollozaba.

"No íbamos a hacerte daño, mi señora. No somos crueles como tu especie, pero recuerda esto: somos capaces de cualquier cosa si dañan a uno de los nuestros. Cualquier cosa."

Con eso, el alto elfo se alejó, dejando a la mujer deseando nunca haberlos conocido.

Legolas se balanceó sobre sus pies mientras se alejaba de su paciente durmiente. Su lesión era muy grave; una herida de cuchillo cerca del corazón que había conseguido que dejara de sangrar. El hombre que tenía delante había perdido un ojo por una punta de lanza y Legolas no pudo devolverlo a su estado inicial al estar tan aplastado.

El hombre se enfadó mucho entonces, acusando al elfo de dejarlo deliberadamente medio ciego. Antes de que Legolas pudiera evitarlo, el puño del hombre se estrelló contra un lado de su cabeza, haciendo que el príncipe cayera al suelo con un gemido. Exhausto, no pudo levantarse otra vez. Ni siquiera pudo moverse lo bastante rápido como para esquivar la brutal patada que le dio el hombre en las costillas, antes de abandonar la sala de curación con una rabieta.

Los otros hombres que había curado antes no eran mejores. Se burlaban y lo maldecían, advirtiéndole que se alejara de ellos. Pero luego quedaron maravillados cuando sintieron su toque mágico y poco después empezaron a pelearse a su alrededor, pidiendo que los sanara antes que a los demás. Los hombres salvajes lo agarraron incluso por los brazos y el pelo y empezaron a tirar de él como un grupo de niños peleándose por un juguete. Por si eso fuera poco, también tiraban de sus cadenas para que pusiera sus manos sobre ellos y poder sentir la maravillosa sensación de su toque sanador, a pesar de que ya los había curado.

Los dos hombres a los que habían nombrado como sus guardias solo observaban divertidos sin hacer nada hasta que tuvieron suficiente y sacaron a los nórdicos de la sala, dejando a Legolas temblando de terror y furia. Quería defenderse, pero los grilletes en sus manos y tobillos obstaculizaban sus movimientos. Tampoco quería que le pasara nada a Hamil, al que habían encadenado también para garantizar la cooperación de Legolas.

Sus guardias lo vigilaban todo el tiempo, impidiéndole escapar de la sala. Le permitieron a Hamil salir para traerle algo de comida, un poco de agua y varias rebanadas de pan, pero a pesar de que le dolía el estómago del hambre, Legolas se negó a comer y se lo dio a Hamil, que parecía un poco desnutrido. Sin embargo, bebió un poco de agua pues sabía que iba a necesitar eso al menos para que pudieran curarse sus heridas.

El príncipe manyan había curado a más de veinte durante el día, empezando por los menos grave, antes de pasar a los que estaban inconscientes o moribundos. El número de víctimas hizo que gastara mucha energía, dejándolo debilitado. Ya había anochecido y quedaban más nórdicos que atender, pero necesitaba tanto descansar que prácticamente se arrastró hasta la pared y se acostó.

Se quedó dormido nada más tocar el suelo con la cabeza…

Los tres elfos estaban agachados detrás de unos arbustos, observando desde la cima de la pequeña colina en cuya base se asentaban los humanos. Desde allí vigilaban a los nórdicos. Algunos rodeaban una gran hoguera en el centro del campamento mientras intercambiaban sucias bromas e historias espeluznantes y varios guardas ocupaban sus puestos, buscando intrusos. Tras contar rápidamente, los elfos descubrieron unos doscientos hombres, sin incluir a los que estaban dentro de las chozas; un número imposible de manejar entre solo tres de ellos. Y lo peor es que no veían señales de Legolas.

"¿Dónde está? –murmuró Keldarion-. Puedo sentirlo, aunque débilmente, pero estoy seguro de que está ahí."

"Lo mantienen prisionero, eso seguro. Puede que esté dentro de las chozas" –dijo Elladan.

"Lo sé, ¿pero en cuál?" –Keldarion se sentía cada vez más frustrado, y empezaba a estar abrumado por la preocupación y la culpa. ¿Qué le diré a padre?

Tras salir de la taberna, los tres compañeros se dirigieron al campamento de los nórdicos, que se encontraba a los pies de una montaña a unas cincuenta leguas de Bree. Los elfos habían tenido sus propios escarceos con ese manojo de hombres salvajes y conocían su ubicación, pero nunca habían tenido razones para atacarlos allí. Los nórdicos parecían más interesados en librar guerras en contra de su propia especie y casi nunca entraban en conflicto con los elfos. Pero ahora habían cruzado la línea al tomar a Legolas cautivo.

Te sacaré de ahí, hermano. Lo juro. Solo dame una señal de que estás vivo y bien. Por favor. Suplicó Keldarion, apretando los puños.

A medida que avanzó la noche, los elfos continuaron con su larga espera, evaluando la situación en busca de cualquier oportunidad y con la esperanza de ver a su compañero antes de llevar a cabo cualquier intento de rescate.

Se comprometieron a rescatar a Legolas, costara lo que costara.

Legolas dormía profundamente, y al momento siguiente se despertó sobresaltado al notar que recorrían su cuerpo con las manos. Se irguió de golpe y se encontró mirando la cara lasciva del horrible hombre tuerto que había curado antes.

"¡Quítame las manos de encima! ¡¿Qué crees que haces?!"

"Ooohh… qué temperamento –se burló el hombre-. Eres una criatura increíble. Tan hermosa, tan bonita…"

Legolas palideció. El hombre olía a cerveza. ¡Está borracho!

"¡Aléjate de mí! ¿Qué más quieres?"

El hombre estaba mirando el pecho del elfo. Legolas miró hacia abajo y no pudo evitar jadear, consternado, al ver que los primeros botones de su túnica ya estaban desabrochados, revelando la piel perfecta ante el ojo del hombre. No se había dado cuenta de que le había hecho eso. Cubriéndose, se deslizó hacia atrás hasta que tenía la espalda apoyada en la pared.

"Aléjate de mí" –repitió Legolas, haciendo hincapié en cada palabra y sin despegar los ojos del hombre.

"Vamos, muchacha. No seas tan esnob" –el hombre se acercó más a él y acercó su cara al cuello de Legolas. Sus asquerosos labios empezaron a dejar besos de mariposa en la piel suave.

Arrugando la nariz de disgusto, Legolas empezó a enfadarse. ¿Muchacha? ¿Cree que soy una chica? ¿Es que está ciego? Bueno, técnicamente lo está. ¡Pero se merece estar ciego del todo! Sin previo aviso, el príncipe levantó las manos atadas y golpeó al hombre con fuerza en la mandíbula.

El hombre aulló, agarrándose la boca, pero Legolas se puso en pie y volvió a golpearlo con la punta del codo, esta vez en el ojo que le quedaba. El sonido escalofriante del hueso al romperse y chorros de sangre llenaron la sala a la vez que el hombre emitió un terrible grito. Cayó al suelo, agarrándose los ojos y gritando mientras Legolas se quedó allí mirándolo inexpresivo con la túnica todavía entreabierta.

El ruido atrajo a los guardias que estaban por fuera. Habían decidido tomarse un descanso cuando vieron que se había quedado dormido hacía un par de horas, por lo que no sabían que su camarada tuerto había vuelto a entrar en la sala de curación. Cuando vieron a su amigo retorciéndose en el suelo y gritando, histérico, los hombres corrieron hacia Legolas de inmediato, blandiendo sus puños y garrotes.

Todavía furioso, Legolas reaccionó sin pensar y contraatacó lo mejor que pudo teniendo en cuenta que seguía maniatado. Esquivó los golpes hábilmente, luego separó las manos y rodeó el cuello de uno de ellos con la cadena que las unía. Retorció las manos con fuerza mientras saltaba a la vez para golpear a otro en el pecho. El guardia cayó hacia atrás y más hombres vinieron corriendo por el pasillo, incluyendo a Azmir y a su hijo. Se podía oír la conmoción desde la hoguera al aire libre.

"¡Detenedlo!" –gritó Azmir. Sus ojos se abrieron como platos cuando vio el cadáver de uno de sus hombres. El fuerte golpe en el ojo le había dañado el cerebro, causándole la muerte en cuestión de minutos. ¡Maldita sea! ¡El elfo seguía siendo mortífero hasta atado y desarmado!

Legolas lanzó al hombre que sostenía del cuello hacia los nórdicos que se acercaban. Éstos atraparon a su amigo y siguieron acercándose a él. El elfo luchaba con valentía pero no era rival para ellos, pues era uno contra una multitud.

Un fuerte golpe en la parte posterior de la cabeza hizo que se le doblaran las rodillas. Tropezó y entonces cayeron sobre él.