4.
Eran las cinco de la mañana, y todos estaban recogiendo el local para cerrar. Algunas camareras echaban a los clientes que estaban demasiado borrachos, otros podían irse por su propio pie. Las strippers salían de los vestuarios completamente vestidas y desmaquilladas y tomaban el desayuno en el bar. Aerith, silenciosa, barría todas las porquerías del suelo y del escenario. Hasta que se quedó sola. Sólo una chica estaba allí, terminando de atarse el alto zapato de tacón. Le lanzó a Aerith una mirada simpática y le dijo:
-Ey, Aerith, ¿cierras tú? Es que tengo algo de prisa… - dijo la chica. Aerith sabía que eso era una mentira de la chica para zafarse de tener que recoger los restos que quedaban y ser la última en salir. Pero aún así, ella asintió con la cabeza y la chica se marchó, tranquila.
La joven estaba que se caía sobre su propio peso ; no había descansado nada en toda la noche, y para la cantidad de tiempo que llevaba trabajando en Cherries debería estar acostumbrada a dormir poco, pero para ella era algo difícil. Se apresuró en terminar las tareas, puesto que tenía muchas ganas de volver a casa y dormir un poco. Entonces escuchó unos pasos tras de si. Se giró y vio que al fondo había una escalera que conducía a la parte alta del local. Ella nunca había subido ahí, es más, nunca se había percatado de que existía dicha escalera. Se preguntó si en la parte superior no haría falta un poco de limpieza. Titubeó un poco antes de subir, pero, finalmente, armándose de valor, tomó la escoba en mano y puso rumbo escaleras arriba.
El piso superior del Cherries estaba algo iluminado por las pequeñas ventanas que estaban situadas a ambos lados del pasillo. La luz de la mañana entraba por ellas, dejando el corredor con un toque siniestro. Al fondo se encontraba una puerta, la única que había por allí. Dejando el misterio de que había al otro lado de aquella puerta de lado, Aerith comenzó a barrer el corredor con tranquilidad, bajó a por un paño y agua y limpió las ventanas, que estaban bastante sucias. Parecía que nunca nadie había subido allí.
Mientras limpiaba las ventanas con esmero y paciencia, Aerith volvió a escuchar pasos a lo lejos. Agudizó un poco más el oído, aún sin dejar de frotar los cristales de la ventana que tenía frente a sí. Se produjo un silencio, pero de nuevo se volvieron a escuchar pasos. Aerith se percató de que procedían de la puerta, aquella misteriosa puerta que estaba al fondo del pasillo. Metiendo el paño en el cubo de agua, la joven se acercó lentamente hacia la puerta. Pero a mitad de camino se detuvo, indecisa. ¿Y si estaba prohibida la entrada? Aunque allí no había ningún cartel que lo señalizase, así que eso quería decir que se podía pasar sin problemas. Pero, si era así, entonces, ¿por qué estaba aquel corredor tan sucio y abandonado?
Escuchó los pasos de nuevo, esta vez más cerca que antes. Sacudiendo la cabeza y diciéndose que después de todo lo que había vivido no iba a tenerle miedo a una simple habitación, se acercó por completo a la puerta y giró el pomo con cuidado.
La fuerte luz de la mañana le dio de lleno a Cloud en la cara, cosa que lo despertó. El chico se desperezó con lentitud y se incorporó, sentándose en su cama grande de finas y sobre todo, caras sábanas. Se amoldó un poco el pelo, apartando algunos cabellos que tenía sobre los ojos hacia los lados. Emitió un pequeño bostezo. Y entonces recordó a la joven Aerith, la bella camarera que había conocido el día anterior. Una pequeña sonrisa cruzó su rostro. El joven tenía muchas ganas de volver a verla, ya que le había caído muy simpática.
Echó un vistazo a su reloj. Eran las 5:50 de la mañana. Aunque era sábado, el sueño ya se le había desaparecido por completo, así que decidió no pasar más tiempo en la cama. Se levantó, se dio una buena ducha, se vistió y bajó a desayunar. En la cocina, entre fogones, ya estaba Mateo, el cocinero de la familia, junto a Rosa, la ama de llaves de la hacienda. Ambos cuchicheaban entre sí. A Cloud siempre le había gustado saber que se traían entre manos ellos dos, pero aún así, nunca le preocupó demasiado.
En verdad, Cloud era amigo de Mateo y Rosa, a diferencia de su hermano Zack. Cyril en cambio tenía un trato más formal, pero les dirigía la palabra y era muy simpático con ellos.
Cloud tomó asiento en el taburete, frente a la barra de la cocina. La cocina y el comedor eran muy amplios y estaban unidos en una sola pero gran habitación. En la hacienda, todo era luz y color, ya que a Adele, la madre de Cloud, siempre le había gustado el color y sentirse a gusto en su propia casa. Rosa se percató de que el joven se había sentado allí y los miraba con una amplia sonrisa. Rosa se la devolvió, mientras las arrugas aparecían sutilmente alrededor de sus grandes ojos verdes.
-Buenos días, Cloud. - le dijo Rosa. Aunque Cyril no veía bien que a su hijo menor no lo tratasen de usted los empleados domésticos, eso a Cloud no le importaba en absoluto. Además, el mismo se lo había pedido, puesto que el hecho de que le llamaran "señor" alguien con quien convivía durante todo el día todas los días le resultaba algo impactante.
-Hola Rosa - dijo Cloud, con simpatía. - ¿Qué tal la noche?
Rosa se quedó un poco sorprendida. Cloud no solía estar tan alegre por las mañanas. No es que fuera un gruñón; sino que el joven siempre se levantaba con desánimo y sin ganas de mediar palabra. Pero la mujer pensó que se debía a que el día anterior había sido el cumpleaños de Cloud y que por tanto, se sentía así de bien consigo mismo y con todos.
-Pues bien, normal como todas las noches. ¿Qué tal tu cumpleaños? - preguntó Rosa. En ese momento, Mateo saludó con una cabezada al chico, y empezó a preparar el desayuno favorito de éste.
Cloud sonrió levemente.
-Pues muy bien. No me puedo quejar - añadió. Entonces Rosa percibió un brillo especial en la mirada de él. Sospechando, decidió hacerle un pequeño interrogatorio al joven.
-¿Si? Y… ¿qué pasó? - no esperó a que respondiera a su pregunta, pues Rosa ya sabía (o eso creía) a que se debía aquella mirada tan alegre y brillante aquella mañana - ¿Conociste a alguien? - inquirió, pícara.
Cloud se sonrojó levemente, sin poder evitarlo. Rosa rió y el la acompañó. Pero el joven rápidamente se serenó, y carraspeó.
-Si, bueno…
-¿Y quién es, cómo se llama?
-Bueno, ya lo averiguarás. Por ahora sólo te puedo decir que me pareció que era muy buena, amable, simpática y muy, muy bonita.
Rosa puso cara de sorpresa.
-¡Vaya! - exclamó, con ímpetu - Entonces, ¡es todo un primor!
Cloud asintió con una pequeña sonrisa cruzando su rostro.
-Bueno - dijo Rosa, soltando un suspiro - Tendrás que presentármela - ordenó, con simpatía.
-Por supuesto que sí. - concluyó Cloud, mientras daba un sorbo al zumo de naranja que Mateo colocó silenciosamente sobre la mesa.
Aerith giró el pomo, y dejó que la puerta se abriera, mientras retiraba la mano con prisa, como si hubiera tocado fuego. Al parecer, la persona que estaba dentro no había dado indicios de haber escuchado la puerta. Ella tomó aire antes de continuar. Dio un paso al frente y entró, dejando abierta la puerta tras de sí. El despacho ante el que se encontraba era grande, bastante espacioso. Las paredes eran de un tono rojo, semejante al vino. En el fondo había una gran mesa de madera, dos sillas delante y una detrás. La gran alfombra ocupaba todo el suelo. La habitación estaba vacía. Aerith echó un vistazo alrededor, pero no vio a nadie. Entonces, en la pared del fondo del despacho, vio un cuadro. El cuadro consistía en una fotografía en blanco y negro de una bonita mujer, de cabellos largos y ondulados, aparentemente claros y de grandes ojos también claros. Aerith se acercó a la fotografía para leer más de cerca la inscripción que estaba escrita en un lado del cuadro.
La leyó en voz alta:
"Para Adele… con mucho cariño… de tu marido y tu único amante… Cyril."
Aerith levantó la vista, volviendo a observar la foto. Aparentemente la mujer que posaba en la fotografía era esa tal Adele… Cyril… ¿dónde había escuchado ese nombre antes? Estaba segura de haberlo oído, o tal vez visto en un periódico, pero ahora mismo no le cuadraba.
Entonces se sobresaltó. Abrió mucho los ojos al escuchar la puerta cerrarse. Aerith se giró lentamente y entonces todo le cuadró.
El hombre de tez morena y ojos negros y penetrantes no era nada más ni nada menos que Cyril Strife, el famoso presidente de la multinacional y como no, millonaria empresa Strife's&Strife's.
Aerith lo miró con extrañez. ¿Qué hacía ese hombre tan importante en un lugar como aquel? No lo entendía. Entonces comprendió lo que era realmente evidente.
Si aquel hombre estaba allí … si aquel despacho era el despacho del jefe, que, se lamentó al recordar, era un lugar prohibido… aquel hombre tenía que ser el misterioso jefe que llevaba las riendas del lugar.
Un segundo… ¿Cyril Strife, jefe de un club nocturno? Pero, ¿por qué? Si aquel hombre tenía millones y millones de dinero, tanto como para vivir aquella y cien mil vidas más como la que él llevaba.
Entonces, volviendo a la realidad, la joven se dio cuenta de que Cyril la miraba. Ésta se mordió el labio, mirándolo fijamente, esperando una buena bronca.
Al ver que el hombre no estaba por la labor de decirle nada, ella tomó aire.
-Verá, yo… - comenzó, tratando de explicarse. - Yo estaba… limpiando, limpiando el local y… bueno me di cuenta de que había unas escaleras y … y lo vi todo sucio y … yo… yo … - Aerith estaba cada vez más nerviosa, a medida que articulaba cada palabra. Se produjo un silencio muy violento entre ambos.
-¿Quién te ha dado permiso para subir? - Aerith sintió un fuerte escalofrío recorrer su espalda. La voz de aquel hombre era muy intimidante, y asustaba. Y lo que asustaba aún más era su semblante, repleto de seriedad y una ira un tanto disimulada.
-Nadie, señor, nadie, como … como le dije, yo… estaba limpiando… Lo siento mucho, enseguida me voy. - dijo Aerith, alejándose de la fotografía y marchándose cabizbaja, pero justo cuando pasó a su lado, el hombre la tomó por el brazo, apretando con fuerza y haciéndole daño a la muchacha. Ella la miró, el temor reflejado en sus grandes ojos verdes.
-No, no me haga daño, por favor - musitó la joven, aunque fueron unas palabras casi inaudibles para Cyril, que la miraba desafiante.
-¿Qué es lo que sabes? - inquirió Cyril, amenazante.
-Nada, señor, nada, yo no sé nada, yo solo soy una simple trabajadora de aquí. - contestó ella con rapidez y con educación.
-Mientes - sentenció Cyril con lentitud y con voz firme. La chica volvió a estremecerse ligeramente. - He visto la señal de identificación en tu mirada, he visto como me reconocías… porque… sabes… quién soy, ¿verdad? - la chica no dijo nada, ni siquiera se movió. Estaba paralizada por el miedo. El hombre la zarandeó, furioso - ¡Lo sabes! ¿no? - la chica asintió con rapidez - ¿Quién soy? - gruñó.
-Cyril… Cyril Strife… - pronunció la chica, asustada.
-Y dime una cosa. ¿Crees que Cyril Strife merece ser descubierto? - la chica negó con la cabeza. - ¡Contesta!
-No, no señor. - musitó, pálida.
-Muy bien. ¿Quieres seguir con tu vida normal, verdad? - ella asintió con la cabeza - Entonces, tu y yo vamos a hacer como que aquí no ha pasado nada, como que tu nunca me has visto. Por que óyeme bien … - dijo Cyril, amenazante - Si se te ocurre hablar más de la cuenta sobre mi… si se te ocurre revelar mi identidad… - el hombre asemejó la mano que tenía libre como si fuera una pistola, y puso el dedo índice sobre la sien de Aerith - pum… - susurró, con maldad - … te mato. ¿Lo has entendido?
Aerith asintió, presa del pánico. Ella era una persona normal que sólo quería salir de allí y volver a casa…
-Muy bien - contestó Cyril, aflojando un poco la fuerza ejercida por su mano sobre el brazo de la chica. - Ah, y una cosa más… no quiero volver a verte trabajando por aquí. Estás despedida. - la soltó con fuerza desmedida, provocando que la chica cayera al suelo. Ella se incorporó con lentitud, aún afrontando lo que Cyril le acababa de decir. No podía ser… ¿cómo, cómo iba a ayudar a su familia, como iba a darle alimento a su madre y a su hermana? ¿Cómo…?
-¡LARGO! - exclamó Cyril, furioso, empujando a la chica fuera del despacho. Sin pensarlo dos veces, Cyril escupió sobre ella y cerró la puerta con fuerza.
Aerith se levantó con lentitud, la humillación crecía por momentos. Apretó los labios, conteniendo las lágrimas. Salió del Cherries y caminó por la acera, cada vez más insegura de que aquello fuera un sueño. Aquello era la realidad.
Estaba en la calle. El dinero había desaparecido. Otra vez volvían las pesadillas, los días sin comer absolutamente nada… Una lágrima de dolor cayó por su mejilla, pero ya no quería ocultarlo, ya no quería ocultar el dolor que sentía dentro de si.
También la sorpresa se había hecho un hueco en ella. Cyril Strife siempre se había mostrado un hombre culto y simpático frente a las cámaras, pero la realidad parecía otra, totalmente distinta. Era malo… era una muy mala persona.
Pero eso no importaba. Aerith sollozó, se encerró en su coche y se fue a casa, pensando en una excusa para poder explicarle a su madre porque ya no iba a ir más a trabajar a Cherries. No podía decir nada, no podía acusarle. Estaba absolutamente bloqueada.
Lo peor de todo, era que Aerith no sabía que había tocado con la peor persona que podría haber existido nunca.
Fin del Capítulo.
Bueno, otro capitulo mas! Gracias por todos los reviews, chics! Os quiero mucho! :)
