Disclaimer: Los personajes le pertenecen a la escritora Stephenie Meyer, y la historia mía prohibida usarla en otras páginas sin mi permiso


POV Bella:

La escena que se presentaba era algo que nunca pensé ver, claro, lo normal era encontrarme con Edward escribiendo algo en su portátil.

La cara de Edward no tenía nada de arrepentimiento al verme parada en el umbral de su oficina.

—Señorita Black, ¿acaso no la enseñaron a tocar la puerta? —preguntó con cinismo y viéndome a la cara.

¿Este hombre no tenía descaro alguno?, pensé.

—Claro que sí, pero creo que a usted no le enseñaron a que aquí es un lugar donde no se debe hacer exhibicionismo —dije en un tono mordaz.

Sus ojos se abrieron demasiado y ordenó a la prostituta acompañante salir de ahí. Digo prostituta porque su atuendo no dejaba nada a la imaginación, su vestido era tan corto que con trabajo le tapaba el trasero, y en la parte superior apenas le tapaba los pechos. Al pasar por mi lado me miró con rencor y coraje.

Si las miradas mataran, yo ya estuviera tres metros bajo tierra, pensé.

Se escuchó el sonido de la puerta cerrarse, ya estábamos solos y eso era lo que más temía.

—Señorita, cuide su modo de hablar conmigo, no olvide que yo soy su jefe.

—Eso nunca lo olvido —contesté entre dientes. Se acercó mucho a mí y me acarició los labios con mucha dulzura, mientras yo solo pensaba en que no iba a volver a caer en su juego—. Suéltame, Cullen, tú no me vas a volver a utilizar —le dije mientras me alejaba de su contacto.

—Señorita Black, prometo que será mía, como ya lo fue una vez, es una promesa —me aseguró con voz dura y un tono un poco mordaz—. Bueno, ahora usted es mi nueva secretaria, organice todos estos documentos —dijo señalando una gran pila de documentos en su escritorio.

Son documentos para nuevos proyectos de esta empresa y empresas futuras con las cuales pienso asociarme, quiero que los organice por prioridad, también quiero que

saque una cuenta aproximada de cuántos ingresos le generaría a nuestra empresa. Y tiene hasta... —dijo mirando su reloj—, hasta las 6:30 p.m. para traerlos a mi oficina, quiero que esté todo en orden para entonces. Otra cosa, le puede preguntar a María si no entiende algo, solo si no entiende, no quiero que la moleste para nada más. Gracias, señorita Black, ya se puede retirar —dijo haciendo un movimiento con su mano derecha indicándome que saliera.

Solo pude contemplar la gran pila de documentos y pensar cómo rayos quería que acabara todo eso en ese lapso tan corto de tiempo.

Salí resignada y decidida a hacer todo lo que me había pedido, no dejaría que me hiciera sentir mal por nada del mundo.

Me dirigí a los escritorios colocados afuera de la oficina de Edward, me senté en el mío y empecé a trabajar. Saludé a María cuando llegó y no tuve más noción del tiempo que pasaba. Me enfrasqué tanto en mi trabajo, que cuando lo terminé y volteé a ver mi reloj solo faltaban 10 minutos para la hora determinada de entrega. Así que apagué la computadora, agarré todos los documentos y toqué dos veces la puerta de su oficina.

—Pase. —Se escuchó al otro lado de la puerta.

Entré y me dirigí con paso firme a su escritorio a dejar los documentos.

—Al parecer está todo correcto —dijo Edward, mientras leía con detenimiento los documentos.

—Bueno, jefe, si no se le ofrece nada más, ¿me puedo retirar? —pregunté tranquilamente al saber que había cumplido con todo el trabajo.

—Sí, señorita Black, ya se puede retirar si usted lo desea —dijo parándose de la silla y antes de que yo llegara a la puerta él la abrió cortésmente, y me sonrió.

Salí de esa oficina, recogí mi bolsa de cuero negro mientras veía como Edward subía al ascensor.

.

Subí a mi camioneta, metí la llave, mientas intentaba hacer que este cacharro encendiera, pero por más intentos que hiciera no prendía, golpeé mi cabeza contra el volante, mientras maldecía una y otra vez porque no prendía.

Resignada bajé de mi camioneta y caminé por el estacionamiento en busca de ayuda, pero nada. Así que regresé a mi carro y cuál fue mi gran sorpresa, que justo Edward Cullen tuvo que estacionar su vehículo junto al mío. Rogué al cielo que no se diera

cuenta de mi presencia, y subiera a su carro como si nada, pero como siempre Dios me odiaba.

—Hola, señorita Black, pensé que ya se había marchado a su casa —dijo con un tono de voz amable.

—Bueno, señor Cullen, mi camioneta se descompuso y regresé para bajar algunas cosas que voy a ocupar, para después poder macharme en un taxi —le contesté con un tono de voz entre odioso y de fastidio.

—La puedo llevar, si quiere —ofreció con voz amable, algo raro en él.

—No, gracias, ya estoy grandecita para tomar un taxi, pero de todos modos gracias por su ofrecimiento —le dije con voz fastidiada de que no me dejara en paz.

—No le estoy preguntando, señorita Black, es una orden, y como empleada que es debe obedecer —replicó con voz fuerte y dura.

—Bueno, señor Cullen, por si no lo ha notado ya no estamos en hora de trabajo y otra cosa, ya no me puedes obligar a hacer algo que no deseo —dije con voz retadora, mientras lo miraba a los ojos.

—Eso crees tú —comentó, mientras me tomaba entre sus brazos como un costal de papas, luego abrió la puerta del copiloto, me colocó en ese asiento y cerró con seguro para que no saliera, después corrió a la puerta del piloto y se subió.

— ¡Ayúdenme, me tienen secuestrada! —gritaba muy fuerte para que Edward me bajara de ese auto.

—Bella, grita todo lo que quieras, no te harán caso.

Seguí gritando durante un tiempo, hasta que detuvo el auto.

—Bueno, mientras tú gritabas y pataleabas como una niña pequeña, yo te traje a tu casa —dijo con una sonrisa de triunfo.

Volteé a ver la ventana y era verdad, estábamos en mi edificio

— ¿Cómo rayos sabes dónde vivo? —pregunté sorprendida.

—Bueno, en tu curriculum viene y simplemente me lo aprendí, y gracias a eso aquí estamos —dijo tranquilo y sonriendo.

—Ok, gracias por traerme, no era necesario, adiós —dije mientras abría la puerta para bajarme lo más rápido posible. Al bajarme veo que también Edward se baja y me empiezo a alarmar—. ¿A dónde vas? —le pregunto.

—Bueno, ya que tú no me invitaste a pasar a tu departamento a tomar un café como muestra de agradecimiento, me auto invito —me contestó como si nada.

—No, no, no —le dije—. Tú no vas a subir a ningún lado, ya te puedes ir, porque seguro una de tus mujeres de la vida galante te debe estar esperando. Yo tengo otras cosas más importantes que hacer, no estoy para soportarte.

—No, Bella, no tengo nada que hacer, y quiero conocer las condiciones en las que mi supuesta hija está viviendo —me dijo muy tranquilo.

—Nada de supuesta hija, Edward, es tu hija y si no lo quieres creer... pues tú sabrás. Tú no vas a entrar a esa casa, porque tú tienes terminantemente prohibido verla, tocarla o mirarla, ¿entiendes? Es solo mía, ¿escuchaste? ¡Mía! —grité con tono enojado.

—Pues mira, Isabella, o me dejas ver a mi hija hoy mismo por las buenas o por las malas, tú escoges. Pero por las malas puede tornarse todo muy feo, así que no me pongas a prueba, porque no te va a gustar lo que vas a ver. —También su tono de voz era enojado.

—Pues por mí puede ser a las malas, Edward, es mi hija y yo decido lo que es mejor para ella —le dije como retándolo, ya estaba harta de esta situación.

—Bueno, si por las malas lo quieres, así lo haré, Bella. Pero que no se te olvide que soy muy rico y si no me dejas ver a mi hija hoy mismo, soy capaz de contratar a la mejor abogada del mundo y te juro por lo más valioso en mi vida que te la quito, ¿escuchaste bien?, te la quito. Así que te voy a volver a hacer la pregunta —me dijo con tono mordaz—. ¿Me vas a dejar ver a mi hija hoy? —me preguntó—. Solo responde con un sencillo sí o no.

—Sí —contesté con miedo y angustia en mi voz—. Pero con mis condiciones, solo así acepto, si no me puedes traer a quien quieras, que yo voy a luchar por mi hija con uñas y dientes, ¿te queda claro?

—Está bien, escucho tus condiciones.

—Bueno, Edward, solo hay 2 y son muy sencillas. La primera, no le digas que eres su padre, bueno, no por lo pronto. Y la segunda, no dejes que se encariñe contigo, porque yo no la quiero ver sufrir.

—Está bien, acepto —solo dijo eso y se encaminó al edificio donde yo vivía.


Gracias a mi beta Yanina