Capítulo 7: Son cosas de la impronta.


JACOB

Arrastré los pies por el porche de madera hasta ver al causante de mi madrugón. Solté un sonoro bostezo y apoyé los antebrazos en la balaustrada. El sol todavía no había hecho su aparición por encima de los árboles, pero ya podía escuchar los coches ponerse en marcha por la carretera principal como cada lunes por la mañana.

— Siento haberte despertado.

Bufé.

— No te lo crees ni tú. ¿Qué quieres, Sam?

— ¿Necesito una razón para venir? —preguntó él.

— Generalmente sí. ¿Qué ha pasado?

Estuvo callado durante unos segundos hasta que apartó la mirada de mí.

— Ayer estuve hablando con el consejo —inmediatamente me puse tenso. Mi padre no me había dicho nada—. Hubo varios temas interesantes que tratar.

— Y supongo que alguno de ellos tiene que ver conmigo.

— Varios.

¿Venía a echarme la bronca? ¿De nuevo? ¿Cuántas veces tenían que soltarme el sermón? Había huido de casa, no había atropellado a alguien y me había dado a la fuga.

Seguro que a los del consejo no les había hecho ni pizca de gracia mi decisión, y eso era algo que ya había visto venir de lejos. Lo irónico era que mi padre, quien se supone que debía de haberme castigado por mi estúpida acción, no lo había hecho, lo que significaba que el líder del consejo ya había tomado una decisión, así que los demás tendrían que aguantarse.

A veces era bueno ser el hijo del mandamás.

Esperé a que Sam me expusiese los puntos a tratar sin demasiado interés. Había estado hasta las tantas de la madrugada corriendo por el perímetro de La Push con Seth, y entre el dolor de cabeza que me puso y el cansancio, de lo único que tenía ganas era de volverme a la cama durante unas cuantas horas más.

Mi corazón saltó un latido cuando recordé lo que iba a hacer unas horas más tarde. Ala, que sencillo que era que mi humor mejorase.

— Bella ha decidido retrasar la boda para el año que viene.

Y con las mismas, mi humor volvió a agriarse. Tenía que soltar la bomba así, sin anestesia ni nada.

Yo ya lo sabía, por supuesto, pero eso no lo hacía menos desagradable. Era pensar en la boda y me daban arcadas.

— Lo sé. Charlie se lo dijo ayer a mi padre. Al parecer lo decidieron hace unas semanas.

— Los ancianos creen que eso nos da más tiempo para convencerla. Temen que el tratado se invalide por su capricho.

Ah, así que a eso se debía su visita: quería que convenciera a Bella de no convertirse en vampira. Já, pues que lo intentase otro. Le desearía la mejor de las suertes, ya que esa era una tarea prácticamente imposible.

— No va a cambiar de idea —dije contundente. Sam soltó aire con fuerza—. Créeme, he intentado de todo para convencerla, incluso hay cosas que hice de las que me arrepiento. Está enamorada del chupasangre, va a casarse con él sí o sí... y eso va con un regalo de bodas poco convencional.

— Pues si la transforman tendremos un gran problema entre manos.

Y tanto que iba a ser un problema. Uno de los gordos.

— Eso también lo sé —musité.

No me apetecía demasiado pensar en ello. Por un lado sabía que ella podía hacer lo que le diera la gana y resultaba que Bella quería pasarse al lado oscuro, o algo así; por otro lado, no podía ignorar la razón por la que la magia de mis venas existía, que era para proteger a los humanos.

Es decir, que lo quisiera o no, tendría que enfrentarme a ella si decidía volverse una vampira. Qué divertida era mi vida.

Sam interpretó mi silencio como si estuviera debatiendo qué hacer.

— ¿Qué opinas?

— Creo que la perspectiva de una pelea no es nada agradable.

— Pensaba que precisamente tú eras el que más ganas tenía de una.

— Ya, yo también —reconocí. Solté el aire despacio—. Obviamente no quiero que termine convertida en vampira. Sigue siendo mi mejor amiga, y me parece que se esta buscando una sentencia ella sola, es una auténtica locura que quiera que la muerdan. Ni siquiera puedo llegar a comprender por qué quiere hacerlo, pero Bella siempre ha sido muy cabezota. Y encima está enamorada, ¿qué no harías tú por amor? ¿Por Emily? —me encogí de hombros—. En cuanto a la pelea, bueno... mis prioridades han cambiado y ahora mismo una guerra abierta con los Cullen es lo que menos necesito.

Tampoco necesitaba ver cómo alguno de ellos mataba a alguno de mis hermanos. Ya había contemplado la idea de la pelea muchas veces; había hecho estrategia tras estrategia durante todas las noches en vela que me había pasado en el último mes, y estaba casi completamente seguro de que si nos enfrentásemos a los Cullen, en la remota posibilidad de que pudiéramos vencerles, terminaríamos perdiendo mucho más de lo que nos saciaría la victoria.

Y Sam lo sabía de sobra.

— Solo nos queda esperar a ver qué pasa —dijo—. De momento, tenemos tiempo. Pero si lo hacen... quizás no nos quede más remedio.

¿Tiempo para preparar un plan, o tiempo para ponernos a entrenar como locos para la pelea? Sam es un necio si cree que tenemos tiempo para prepararnos bien. Jamás estaremos preparados para eso. Además, el doctor y su esposa... ¿eso se podría considerar asesinato? Si me niego a luchar, ¿me obligaría a hacerlo? ¿Podría resistir su orden?

Cuando ese pensamiento me cruzó la cabeza, me quedé sorprendido por varias razones.

La primera era que reconocer que no estábamos preparados era un puñetazo en mitad de toda la cara de mi orgullo, por mucho que fuese verdad. Era algo que no había podido ver hasta ahora, pero que siempre había estado ahí. No me preocupaba tanto que nuestra fuerza no igualase a la suya, o incluso la rapidez, ya que físicamente teníamos casi las mismas habilidades. Para algo existíamos, y eso era para darles caza. Lo que me preocupaban eran los años de experiencia que tenían, sobre todo el rubio espeluznante. Ya había demostrado que sabía demasiado sobre estrategias de combate cuando nos enfrentamos a los neófitos y estaba completamente seguro de que esa no había sido ni por asomo la primera batalla en la que participaba. Si por alguna locura del destino conseguíamos derribarlo, él se llevaría, sin dudarlo, a alguno de nosotros con él al mismísimo infierno; por no hablar de que Edward podía anticipar todos nuestros movimientos con su dichoso poder.

La segunda fue cuestionarme si el acabar con el doctor y su esposa se podía considerar asesinato, como si matásemos a unos humanos normales y corrientes. No era muy difícil pensar que Carlisle era humano, casi lo parecía, si cerraba los ojos y dejaba de respirar, sonaba como una persona agradable. Tenía mucha más humanidad en él que muchas personas, y eso me frenaría a la hora de atacar. Su mujer tampoco parecía diferente a él, con lo cual, ¿qué pesaba más en una balanza? ¿Mi moralidad o mi deber?

Bueno, si Sam daba la orden, el deber haría que mi moralidad saliese disparada hacia la estratosfera.

Y la última era que había empezado a cuestionar de verdad las decisiones de Sam. Algo que ya hacía antes, pero no a ese nivel.

Sam era un buen alfa, pero había momentos en los que no podía evitar preguntarme si las decisiones que tomaba eran las correctas. Sabía que no le gustaba imponernos nada, ni usar la voz del alfa a pesar de tenerla al alcance de su mano, pero, ¿llevarnos a una pelea de la que muchos nos saldríamos con vida? Me parecía un suicidio colectivo. Casi como una seca.

Y yo no estaba dispuesto a pertenecer a una.

Apreté las mandíbulas con fuerza y los hombros se me tensaron, ¿de verdad que estaba pensando en eso?

— ¿Crees que Bella vendrá a verte?

— Lo ha intentado, pero no estaba en casa —carraspeé. Mi cabeza se había vuelto un torbellino de ideas locas y decidí que debía cambiar de tema para olvidarlas y enterrarlas en lo más profundo de mi cabeza—. Alguien me ha mandado el doble de rondas para compensar el tiempo que he estado fuera, ¿sabes? No paro de correr todo el día por la reserva como un hámster, y no tengo tiempo de nada más.

— Todavía te quedan unas cuantas vueltas más para recuperar todas las horas perdidas —dijo él sonriendo levemente.

Solté un quejido. Lo que menos me apetecía era correr como un idiota alrededor de la reserva, pero suponía que no tenía otro remedio.

Dentro de mi casa empezó a sonar el teléfono. No tuve que girarme a mirar por la ventana para saber lo que pasaba. Podía escuchar a mi hermana levantarse de la mesa, salir disparada hacia él, y cómo su pie se enredaba con las patas de una silla y casi se caía por las prisas. Tampoco tuve que quedarme a escuchar quién estaba al otro lado de la línea; la única persona que podía hacer que ella reaccionara de esa forma era Paul.

Puse los ojos en blanco intentando centrar mis oídos en otra cosa que no fueran las palabras empalagosas de Paul. Tenía el estómago vacío y no quería ponerme a dar arcadas. Aunque por otro lado, siempre podía usarlas en su contra mientras estuviéramos patrullando. Mm... Quizás meterme un poco con él me vendría bien, o darle algún tipo de advertencia, lo mismo que Embry hizo conmigo.

Me vi a mi mismo casi arrancándole la estúpida sonrisa de su cara de un puñetazo, el crujido de su mandíbula y la hinchazón de mis nudillos. De tan solo imaginármelo me picaron las manos de la impaciencia. La mandíbula tardaría varias horas en curarse, y quién sabe si su nariz quedaría a salvo del mismo destino. Sería una buena forma de descargar toda la tensión que tenía acumulada desde que había venido...

Chasqueé la lengua. Por mucho que quisiera hacerle eso a Paul, a mi hermana no le gustaría, y ella era alguien a quien era mejor tener a buenas. Tenía un carácter que rivalizaba tranquilamente con el de su novio.

— Otro de los temas de conversación fue el de tu impronta.

Alcé una ceja con curiosidad. Seguro que mi padre se había pasado más de la mitad de la reunión hablando sobre ese tema. Últimamente parecía ser lo único de lo que hablaba, claro que a mi no me importaba en absoluto, porque así había podido saber más cosas sobre mi madre y sobre Lilian.

— Estoy seguro de que a mi padre le encantó hablar de eso.

— Bastante —dijo Sam sonriendo levemente—. Sue y el viejo Quil se alegraron al enterarse. Todos estamos felices por ti.

— Todos menos Embry —le recordé.

No había vuelto a hablar con él desde la pelea que tuvimos, y sinceramente, no pretendía hacerlo hasta que no viniera a disculparse, o por lo menos a darme una explicación que pudiera entender sobre su comportamiento. Vale que tuviese miedo o preocupación por su prima, hasta ahí lo podía comprender; pero se había pasado. Mucho. Y no estaba dispuesto a poner la otra mejilla y disculparme por algo que no había estado bajo mi control y por lo que no me arrepentía.

— No lo creo —rebatió Sam. Le miré con cara de escepticismo y él se encogió de hombros—. También hablé con él ayer.

— ¿Y?

— Dale tiempo, volverá a sus cabales pronto.

Bufé y me aparté de la baranda. Crucé los brazos y me dediqué a observar cómo salía el sol por encima de los árboles.

— Ya, vale. Lo que sea.

— Pude sonsacarle algo de información —dijo Sam. Le miré de reojo—. Tuvo una buena razón para ponerse así. No digo que su reacción fuese la correcta —añadió rápidamente al ver cómo iba a objetar—. Si te sirve de algo, le di un buen sermón el día que os peleasteis y también está haciendo el doble de patrullas, pero...

Pues sí, la verdad es que me servía de algo. Por lo menos había recibido una regañina merecida de parte del alfa. Que se fastidie.

Sam se quedó callado durante unos momentos con un gesto extraño en la boca, como si no supiese cómo continuar. Esperé, pero al ver que no lo hacía, mi impaciencia tomo control de mi boca.

— ¿Pero? ¿Eso es todo? Suéltalo ya.

— Pero, entiendo sus motivos —apretó la boca en una línea fina—. Su preocupación estaba producida por la angustia y el miedo. Habría explotado con cualquiera de nosotros si nos hubiéramos imprimado de Lily —ah, así que el asunto no era por algo personal, genial. Como si eso me hiciese sentir mejor—. Él quería que ella tuviera un año tranquilo y sencillo, que hiciera nuevos amigos y que poco a poco tuviera unos recuerdos agradables que borrasen otros desagradables... Su vida ha sido un poco complicada y no quería lanzarla a un mundo en donde es vulnerable.

Cerré los puños y mi corazón empezó a latir con pesadez. Yo podía protegerla de este loco mundo en el que mi magia la había metido. Yo era capaz de protegerla de lo que fuera y él también. Toda la manda era responsable de proteger a los humanos, sobre todo a aquellos que formaban parte de nuestras vidas.

Escuchar que Lilian había tenido una vida complicada me disgustaba y mucho; se me concentró una sensación agria en la boca del estómago de solo recordar los pensamientos de Embry cuando desapareció toda su rabia. El llanto que había escuchado me había perseguido en mis pesadillas durante todos estos días.

Por extraño y confuso que fuese, me preocupaba y me dolía que lo hubiera pasado mal en el pasado. Quizás fuese la impronta actuando por mi, o simplemente el sentimiento de familiaridad y amistad que estaba formando con ella, pero era tal la sensación desagradable, que las manos empezaron a temblarme y un calor que conocía perfectamente empezó a nacer en mi espalda, luchando por expandirse.

Tuve que respirar profundamente un par de veces para arrastrar esa sensación fuera de mi antes de que cambiase de fase en el porche de mi casa.

Sam me observaba con cautela, esperando a ver si conseguía volver a controlarme.

— Sabes lo que pasó, ¿verdad? —Pregunté cuando recobré el control— Ese recuerdo que se le escapó a Embry antes de irse.

Él tardó en contestar.

— Sí.

— Y no me lo vas a contar.

Sam suspiró, soltando el aire y apartando la mirada de mi. Supe que no me lo iba a contar mucho antes de escuchar su respuesta.

— No me corresponde a mi, Jacob.

— Genial —dije entre dientes—. ¿Fue muy malo? Lo único que pude escuchar fue a Lilian llorando y-

— No era ella —me interrumpió—. Era Emma, su madre. Embry escuchó una conversación telefónica.

No sabía si eso era peor a mis suposiciones.

— No me has respondido, ¿fue muy malo?

— Lo suficiente como para dejar cicatrices.

Osea, que él también las había visto.

Lilian tenía dos cicatrices en el lado izquierdo de la cabeza, entre la oreja y el nacimiento del pelo. Una era larga y le pasaba por detrás de la oreja; la otra estaba en paralelo y era mucho más pequeña. Las dos eran apenas visibles por el pelo, pero pude verlas con dolorosa claridad el otro día, cuando había llevado una coleta, y parte de una de ellas estaba expuesta. Seguramente, una persona normal con una visión limitada las pasaría por alto, ya que tendría que acercarse demasiado a ella para poderlas ver bien a través del pelo, pero yo no había tenido tanta suerte.

Recordé como intentaba taparse con la mano al haberme pillado mirándolas, y volví a sentirme como un idiota. No había esperado ver esas cicatrices en su cabeza, y me había sorprendido tanto que no pude apartar la mirada durante un rato, preguntándome qué le habría pasado para dejar esa marca en ella y para que su corazón se lanzase a la carrera al darse cuenta de mi mirada en su cabeza.

No había tenido que ser un genio para relacionar el recuerdo de Embry con las cicatrices. Aunque quizás me equivocaba. Mi padre no me había dicho nada al respecto, y ahora Sam se negaba a saciar mi curiosidad. Sinceramente, esperaba que los dos estuvieran relacionados; no creía ser capaz de controlar mis impulsos de enterarme que el llanto de su madre era por algo peor.

La puerta de mi casa se abrió repentinamente y mi hermana salió hacia su coche, poniéndose una chaqueta. Hacía mucho tiempo que no la veía tan arreglada, e incluso estaba hasta guapa, con un brillo especial en el rostro, como antes de lo de nuestra madre. Nos saludó a Sam y a mi con la mano y cerró la puerta. Antes de arrancar e irse hacia la carretera principal, vi el rubor de sus mejillas. Paul.

Solté aire despacio. Cada día estaba más convencido de que la imprimación no era tan mala como creía. Mi hermana estaba feliz, realmente feliz a pesar de estar rodeada de recuerdos de nuestra madre, y eso era algo que solo había podido soportar por el amor que sentía hacía el cabeza hueca de Paul y por lo bien que él se portaba con ella.

Yo también, por lo general, me sentía mucho más contento, y todo era porque por fin parecía que todo en mi vida tenía sentido, todo había encajado como piezas de un puzzle.

— Seguí el consejo que me diste el otro día.

— ¿Cuál de ellos? Tuvimos una conversación muy larga después de lo de Embry y de que casi le saltas a la yugular. Menos mal que él no se dio ni cuenta, que si no...

— He decidido dejarme llevar —dije. El coche de mi hermana desapareció de mi vista al girar en una esquina. En realidad, ver el efecto que la impronta había tenido en ella me había hecho plantearme mi inicial reticencia al tema. Por supuesto, ignoré lo que acababa de decirme sobre Embry—. No voy a luchar contra lo que siento, aunque ni siquiera sé exactamente lo que es.

El asintió.

— Es una buena decisión. Poco a poco todo irá colocándose en su sitio. Entiendo que ahora estés confuso; yo también lo estuve, y mi situación era mucho más difícil que la tuya. Simplemente, no luches a contra corriente. Lo único que consigues al intentar negar la impronta es haceros daño, a los dos.

— Eso es lo último que quiero.

— Ya me he enterado que tienes una cita con ella —dijo sonriendo de medio lado.

Sentí un calor quemarme las mejillas y aparté la mirada de él. Escuché como se reía por lo bajo y maldije mi suerte. ¿Cómo se había enterado? ¿Seth le había dicho algo?

Me había sido casi imposible reprimir mis pensamientos mientras que patrullaba de madrugada la reserva con él. Su entusiasmo al enterarse había sido contagioso, y por un momento pensé en lo que él haría si se imprimase de alguien. Compadecía mucho a la persona de la que lo hiciera.

Además, había alardeado de haber sido el causante de mi quedada con Lilian al ponerme la situación de los libros en bandeja.

— No es una cita —corregí—. Voy a llevarla a Forks a recoger los libros de instituto.

— ¿De verdad que tenías tu número preparado?

Gruñí, lo que provocó más su risa. En unas cuantas horas, toda la manada sabría ese detalle y yo no pararía de escucharlo durante el resto de mi vida. Había sido mi padre, ¿verdad? Seguramente habría largado todos los detalles de nuestra comida en la reunión del consejo en cuanto vio a Sam aparecer por la puerta. Menudo cotilla.

— Cállate —mascullé—. ¿Cómo sabes eso?

— Tu primo Robin.

Me presioné el puente de la nariz con los dedos. Cómo no.

— Bocachancla.

— ¿Sabes que vino a verme cuando te fuiste? —Giré la cabeza rápidamente sin creerme lo que acababa de escuchar— Tanto él como Margaret y Lukas. Vinieron los tres a casa. Creían que sabía algo sobre tu desaparición y no se equivocaban, pero no pude decirles nada. Lukas estaba convencido que yo tenía algo que ver con eso; nunca lo había visto tan alterado, incluso Jared tuvo que contenerle cuando no le di las respuestas que esperaba. Me recriminó que no hiciera nada por buscarte. Tuvo que salir de casa para calmarse.

Abrí los ojos sorprendido por las palabras de Sam. ¿Luke? ¿Alterado?

Lukas era el hijo de mi tía Jane, la hermana mayor de mi madre. Era de la misma edad de Robin y Margaret y habíamos crecido todos juntos. Él siempre se había caracterizado de ser una persona calmada y bastante educada, incluso demasiado. Era algo así como la voz de la razón de nuestra familia. Pensar en Luke alterado era tan inverosímil como afirmar que la tierra era plana.

— Robin estaba muy agobiado ante la situación. Me propuso ir al bosque a buscarte, o a reunir un grupo de gente para salir y poner carteles. Casi sonaba desesperado —cerré los ojos y solté un suspiro. ¿Alguna vez podría quitarme el remordimiento de encima? Odiaba que mi familia lo hubiera pasado mal por mi culpa, pero ahora tenía que sumir esas consecuencias. En cierto modo creía que me merecía pasar por eso, igual que ellos habían tenido que pasar por no saber si había desaparecido o lo que me había ocurrido—. Margaret estuvo insultándote mientras recordaba cosas de cuando erais pequeños. Habría sido divertido si no hubiese estado llorado a mares. Emily tardó un buen rato en consolarla... Tienes una familia admirable, Jacob.

— Lo sé —carraspeé al notar un apretón en la garganta.

Tendría que pasarme a verles en cuanto pudiera, aunque Maggie me obligase a beber agua del váter y Luke me sermonease con esa rectitud suya.

— Volviendo al tema de la no-cita... Embry también lo sabe —no supe si la sonrisa de Sam era algo bueno o malo—. Lilian se lo contó ayer cuando fue a su casa a comer. Le fue imposible reprimir sus pensamientos mientras patrullábamos por la tarde.

— Seguro que estará encantado.

— En realidad no le ha desagradado del todo la idea —alcé una ceja, esperando que me dijera que era una broma. Pero no, al parecer hablaba en serio—. Al ver lo ilusionada que estaba Lilian se le pasó el cabreo inicial.

¿Estaba ilusionada? No pude contener una sonrisa. Eso era bueno, ¿verdad? Me alegré de poder ayudarla un poco a crear esos nuevos recuerdos agradables de los que había hablado Sam antes.

— Otro tema del que quería hablar contigo y que tratamos ayer en la reunión fue sobre ese tirón extraño que sentiste antes de venir. Creo que pudimos llegar a una conclusión sobre eso.

Centré toda mi atención en las palabras de Sam. Más tarde tendría tiempo de dejar que el subidón de la ilusión de Lilian por nuestra salida me embriagase.

— Te escucho.

Sam cuadró los hombros, como si fuera a soltar un discurso bien ensayado. Le había estado dando muchas vueltas al tema.

— Es solo una hipótesis. Que se sepa, nunca antes un miembro de la manada había sentido una necesidad tan fuerte, contundente y tan difícil de ignorar como lo que me describiste; lo más parecido a eso es la impronta y el instinto de protección que se activa sobre la persona de la quien te imprimas, que en tu caso es Lilian. Por desgracia no tenemos un manual que pueda explicarnos cualquier cosa que tenga que ver con nuestra magia, con lo cual, vamos a ciegas, y lo único que nos queda es intentar buscar una razón lógica a los cambios que experimentamos después de que se activa el gen. Las leyendas son útiles, pero muchos detalles importantes se quedan fuera debido a su antigüedad.

— Vale... —No podía entender hasta dónde quería llegar— ¿Qué quieres decir con eso?

— ¿No te has parado a pensar por qué de pronto cambiaste de opinión?

— La idea de volver había rondado un par de veces por mi cabeza, así que supuse que en cuanto lo pensé, mi instinto se aferró a eso.

— Yo también pensaba lo mismo al principio —suspiró—, pero el día que tomaste la decisión, ocurrió algo nuevo. Lilian llegó a La Push.

¿Creía que las dos cosas estaban relacionadas? No tenía ningún sentido. Nunca nadie había sentido algo parecido, y ni siquiera se mencionaba en las leyendas.

Él debió de ver mi cara de confusión ya que volvió a suspirar.

— ¿Recuerdas mi teoría sobre la impronta?

— ¿Para hacer una manada más fuerte? Lobos más resistentes y todas esas pamplinas.

— Estaba equivocado —dijo con contundencia—. En un principio pensaba que esa era la razón por la que únicamente existía la impronta: para que las manadas siguientes fuesen mucho más fuertes, ágiles y en general, tuviesen unos genes mejores. Pero luego Leah cambió de fase... ¿Dónde entra ella en mi hipótesis?

Se supone que, siguiendo las leyendas, y suponiendo que en algún punto de la historia de nuestra magia que no sabemos o que no se recogió, hubiese otra mujer a la que se le hubiera activado el gen; Leah tendría las mismas oportunidades que nosotros de imprimarse de alguien y de poder tener descendencia, que, de activarse el gen, fuesen mucho más fuertes; sin embargo, la única opción en la que eso es posible, es si ella puede tener hijos, y por desgracia, no es el caso.

Además, tu colaboraste a que mis suposiciones se fueran al garete.

— No te sigo.

Todo eso era demasiado rebuscado y confuso. Nunca me había interesado pararme a pensar la razón de todo, el por qué de que nuestra magia actuase como actuaba; simplemente me había ceñido a la versión que teníamos, a los espíritus guerreros y a cómo se activaba el gen debido al contacto cercano de los vampiros.

Cosas como la impronta o sus razones de actuar y su origen y cometido me habían importado más bien poco.

— El tirón, Jake —dijo Sam con cansancio— ¿Estás seguro de que no sabes por qué lo sentiste?

— ¿Insinúas que fue por Lilian?

— Estoy seguro que fue por ella. Los del consejo también lo creen.

— Pero no tiene sentido —rebatí. Me parecía que eso era rizar el rizo. Buscarle un quinto pie al gato. La impronta pasaba y punto, y el tirón de mi instinto no tenía por qué ser parte de esa magia. Si me dejaba llevar por lo que Sam decía, entonces, ¿para qué existía verdaderamente la impronta?—. Quiero decir, ninguno de vosotros lo sentisteis antes de imprimaros. Jared ni siquiera era consciente de la existencia de Kim antes de mirarla a los ojos, y ya había cambiado de fase y ella estaba aquí, en La Push. Con Paul y mi hermana es más de lo mismo. Tú tampoco sentiste ningún tirón hacia Emily, o Quil hacia Claire.

— Ya —Sam cogió aire, y por alguna extraña razón, la mirada que me dedicó hizo que se me encogiese el estómago—, pero ninguno de nosotros somos descendientes de un linaje de alfas.