La habitación daba vueltas y sólo podía sentir los truenos sonando por su cabeza. No sabía en dónde estaba ni qué día era. Estoy en el castillo de piedra. Su alcoba no tenía ventanas así que no sabía en qué momento del día vivía, así que no se lo pensó más e hizo la acción de levantarse y al ponerse de pie, se quedó inconsciente de pie durante unos instantes. No pienso estar ni un segundo más en la cama. Estaba harta de despertarse en sitios en los que no recordaba estar porque se había desmayado antes. Hizo de tripas corazón y se vistió con su único vestido azul, la única vestimenta que le quedaba. Se recogió el pelo y fue directamente al gran salón para enfrentarse al cerdo de Lord Erdwyn.

Encontró a los Lords y a sus respectivos hijos en una larga mesa de pino, donde comida de todo tipo estaba servida; conejo con zanahorias, carnero con manzana y muchos tipos de sopa. Era un comida pesada, así que Arya supuso que se había despertado muy tarde. Cuando la descubrieron de pie, con rostro demacrado, las hijas susurraban con disimulo y lords daban una mirada de desaprobación. No me importa que piensen que soy una borracha, la culpa es de ese gilipollas. Con la cabeza bien alta y orgullosa, Arya se movió hacia un sitio reservado para ella junto a los Lords del castillo. La esperaban para darle una reprochable bienvenida.

—Lady Stark, la estuvimos esperando para el desayuno y el almuerzo, pero supongo que la mejor comida es la cena —sonrió el Lord—. ¿Puedo preguntar qué tal se encuentra? Me temo que la fiesta se desbordó un poco.

—Sí, quizás demasiado —Arya bebió una jarra de agua; su boca estaba seca—. Me encuentro mucho mejor, muchas gracias. Resulta que en el festín unos se lo pasaron mejor que otros, ¿no es así, Lord Erdwyn?

Lord Erdwyn la miró con cierto resentimiento. Arya continuó.

—La verdad es que no sé cuándo me lo pasé mejor, cuando su hijo intentó emborracharme o el patético intento de violarme con sus amigos—.

Un silencio aterrador conquistó la mesa, callando hasta la más cotorra de las hermanas del Lord Erdwyn. Los Lords, boquiabiertos, intentaron buscar una respuesta amable para decir. Pero Arya veía algo más que sorpresa y decepción en sus miradas. No es la primera que ha pasado, y me temo que no será la última.

—Lady Arya, no sé de qué me habla… ¿Está hablando de mi Erdwyn? —respondió la señora madre—. Todo el mundo en este castillo sabe lo buen muchacho que es —estaba indignada por el descaro que Arya había enseñado—.

—Sé por vuestras miradas que es algo habitual, y debéis controlar a este… —se interrumpió para no decir algo peor—, a este chico tan poco caballeroso, no me tenéis que mentir, y si no, ¿a quién créeis que mi familia y la Casa Tully creerá, a una Casa menor de los Blackwood o a su propia sobrina?

—Pero, nosotros…

—No diré nada, e incluso os ayudaré a reconstruir el pueblo, pero pido antes ciertas términos para ahora —puso las manos sobre la mesa—. Partiremos mañana el escudero y yo, con dos caballos sanos y preparados para el frío, con guarniciones y ropa para el frío del Norte, quiero todas mis armas de vuelta y darle otras armas a mi escudero —no dejó escapar la última—. La ropa que sea para mí no sean faldas y vestidos; son inútiles para el movimiento; ropa de hombre del tamaño más pequeño me vale.

—Claro, estamos dispuestos darle con mucho gusto todos sus… requerimientos —pero desaparece ya de una vez, niñata ingrata, leyó en la mirada del lord y Arya decidió escucharle—.

—Entonces nada pasó en el festín que desearía que no hubiera pasado —con una sonrisa en sus labios, Arya se levantó y se dirigió al pasillo de su habitación cuando se giró una vez para enfrentarse a esos lords que tanto los repudiaba—. Si no es mucho pedir, me gustaría cenar en mi alcoba, por favor, traed bastante comida, ya que hace un día que no como, y buscar a mi escudero para que venga a mi habitación. Debo de comunicarle el destino de nuestro viaje. Gracias por el breve asentimiento en vuestro castillo, ha sido inolvidable —se fue sin mirar de nuevo al condenado de Lord Erdwyn—.

Podria haber buscado a Gendry por mi cuenta, pero estoy demasiado cansada. Ni siquiera era capaz de comer un bocado; su barriga se sentía fatal, y su cabeza peor. Cuando llegó a su alcoba, se tumbó en su cama y se dedicó a dormir un poco más hasta que se despertó al escuchar dos golpes contra la puerta de forma un tanto brusca. Gendry. Cuando fue a abrir la puerta, se dio cuenta de que la comida ya estaba en su mesa; vino rojo, un poco de pato con verduras que no sabía reconocer, sopa de setas y patatas con limón. Dejó entrar a su amigo para describirle las nuevas noticias.

—¿Cómo estás? —al parecer era su nuevo saludo—.

Estaba un poco sucio y sudado por su arduo trabajo en la herrería, pero al menos se había puesto un fino camisón por la cintura sobre unos pantalones marrones gastados hasta romperse. Volvió al antiguo Gendry, el que ella conocía, no ese príncipe sacado de un cuento de los que tanto les gustaba a su hermana, hace tanto tiempo en Invernalia.

—Yo estoy mejor, pero tú pareces hambriento, ¿has comido?

—Hoy no. He estado ocupado en la herrería —la miraba de arriba a abajo, como si le sorprendiese que pareciera tan sana de repente.

—Deberías dejar de vez en cuando la herrería y centrarte en tí mismo, Gendry. A veces puedes olvidarte de que eres hombre —Arya aprovechó para señalarle su mesa llena de comida—. Come ahora.

—Pero si no habrás comido desde ayer, y estás debilitada. Eres la que debería alimentarse y recuperarse —dijo testarudamente—.

Es tan estúpido a veces. —Seguro que haces días que no comes comida caliente. Yo me encuentro mal, aún tengo el sabor del vino en la boca de la gargante, así que si trago algo luego volverá por el mismo agujero en el que lo engullé. Gendry, hazme caso —por una vez—.

Gendry, aún no muy convencido, se sentó en la mesa y se dedicó a observar por un momento la comida que le rodeaba. Seguro que no ha visto tanta comida reunida en su vida, pensó Arya tristemente. Empezó mordisqueando una pata del pato, y poco después comía casi con rabia, intentando no dejar nada que sobre. Sí que había trabajado duro.

—Partimos mañana —Arya no demoró demasiado—. Con dos caballos, ropa para el frío y comida. Me devolverán mis armas y te darán a ti una espada y una daga.

—Partimos mañana entonces —dijo Gendry mientras gullía lo que quedaba del pato—. ¿Estás bien de verdad? Ayer estabas fatal.

—¿Me viste ayer tras irme con Erdwyn? —ahora que lo pensaba, no se acuerda de mucho anoche, pero sólo recuerda a Gendry vestido como un caballero y bailando juntos hasta reír—.

—¿No te acuerdas de anoche? —Arya movió hacia los lados la cabeza y él suspiró—. Huíste de Erdwyn en cuanto te quiso tocar y te escondiste tras un cortina. Te vi y te llevé a tu habitación.

Erdwyn… Recuerda el vino sin olor, las interminables charlas de las hijas del Lord, y lo demás… Todo borroso. Se le viene atisbos de memoria como Erdwyn y su panda de gilipollas luchando contra ella, pero nada más. Sé que me quería en su cama, pero no me acuerdo por qué. Además, Gendry la ayudó, de nuevo. Arya sonrió tristemente. Siempre acabo mal y él me rescata, y probablemente ahora estaría muerta sin él.

—No me acuerdo de mucho la verdad —la cabeza le dolía de tanto pensar, así que se sentó en el borde de su cama, pero el corsé le impedía ponerse de esa forma y se puso de pie de nuevo, agotada—. Recuerdo hasta cuando comencé a estar con las hijas del Lord, y no puedo ir más allá de eso. No recuerdo de que me escondiera en una cortina y tú me llevases a la habitación—.

Gendry parecía algo aliviado y triste. —No se acuerda de nada… —susurró él—.

—¿Por qué lo dices? —Arya estaba alarmada; cualquier cosa pudo pasar—. ¿Hice algo que no debía?

—¿Eh? —Gendry miró hacia otro lado, nervioso—. Nada importante que contar—.

—¿Seguro? —Arya levantó una ceja—. Si mientes, te pegaré en tu sucia cara.

—Arya, no pasó nada de lo que te puedas arrepentir —mintió Gendry—. Debo de volver a la herrería. Nos vemos en el amanecer de mañana, en las puertas del castillo —la miró brevemente a los ojos—. Adiós.

Está mintiendo, eso está claro, y ahora huye de su mentira. No parece nada grave igualmente. Además, últimamente Gendry se está comportando como un niño pequeño, sonrojándose y actuando de forma tímida. Está raro.

Cuando abandonó su habitación y cerró la puerta, se dio cuenta Arya que sus armas estaban tras la puerta, sus dagas, sus cuchillos y su espada, Aguja, además de otros venenos y sustancias explosivas. Fue a recogerlos y a ponerlos en su cama ya que la mesa estaba ocupada por platos vacíos y sucios ya que sorprendentemente Gendry tuvo estómago para comer todo eso. Primero cogió a Aguja, sintiéndo lo delgada que es. ¿Sientes el equilibrio?, dijo su hermano cuando se la presentó, hace miles de años a una niña de castillo jugando a ser el lobo en vez de dama cuando en realidad ella en todo momento fue la presa. Ya no lo soy. Cerró los ojos y respiró profundamente para recordar la espada, sus hermanos, e incluso su amigo Syrio Forel, Espada de la Ciudad Libre de Braavos. Hacía eso todos los días para no olvidar sus rostros; era todo lo que tenía de ellos ahora. Sus rostros y recuerdos. Agudizó sus sentidos tanto que pudo escuchar los leves pasos fuera de su alcoba y la puerta abriéndose con delicadeza. Arya abrió los ojos y encontró a Erdwyn, con su estúpida sonrisa siniestra.

—Fuera de mi alcoba, y no te mataré —no era ningún Lord para mostrar respetos—.

Lord Erdwyn cerró la puerta y cogió la silla de madera cerca de la mesa para tirarla contra la pared, rompiéndola en tablillas de todos los tamaños. Le gusta marcar territorio rompiendo sillas al parecer.

—Escúchame sucia zorra; ayer no te pude follar y encima heriste a algunos de mis amigos. Eres una zorra bruta. Apuesto a que te gusta que te den duro. Me has puesto en evidencia delante de mi familia y eso no lo perdonaré —estaba furioso, se salía de sus casillas—. Te haré gritar tan fuerte que te quedarás sin voz el resto de tu vida, así que deja esa espada enana y cómete mi espada—.

Erdwyn se acercaba a Arya y esta vez, ella con bastante ventaja ya que tenía a Aguja en su mano y se puso de lado, como Syrio Forel la había enseñado. En ese instante, la puerta se abrió de forma brusca y Gendry entró a la alcoba y miró con furia a Erdwyn.

—¿Así que eras tú el que intentó violar a Arya? —él sí que se salía de sus casillas, y sus ojos se volvieron fuego helado—. No eres más que un cobarde hijo de puta.

—Nunca te dirijas a mí de esa manera, campesino de mierda —Erdwyn sacó su espada para enfrentarse al chico de medio palmo más alto y más grande que él—. No eres más que un sucio escudero con sueños de casarte con una princesa como ella, pero no llegarás a una mierda y morirás siendo una mierda—.

Hubo un momento de silencio tenso y la rabia habló por los dos, pero Gendry fue más rápido. Cogió una bandeja de la mesa y Erdwyn dejó caer la espada sin un objetivo claro y Gendry pudo usar la bandeja como escudo. La bandeja ni se deformó lo más mínimo y Gendry salió vivo. La espada disparó hacia él de nuevo y pudo pararlo de nuevo, esta vez girándose de lado y siendo veloz de nuevo, le dio en la bandeja con fuerza en la cabeza de Erdwyn y esta vez la bandeja se dobló. La fuerza fue tan descomunal que Erdwyn cayó al suelo y cometió el error de dejar de caer su mano con la espada agarrada. Gendry vio la oportunidad y pisoteó tan fuerte la mano que Arya podía oír que las falanges de sus dedos romperse y Gendry le dio otra patada en la entrepierna. Cayó encima de él y Erdwyn no dejó de recibir puñetazos hasta que la cara entera le sangraba, pero eso no le pareció bastar a Gendry. Se puso de pie y levantó su cuerpo como si fuera una muñeca y lo lanzó contra el suelo con una fuerza descomunal mientras Erdwyn lloraba ayuda. Gendry rodeó con un brazo el cuello de Erdwyn apretó con fuerza. Arya, viendo que la cosa iba a peor, decidió interrumpir.

—Gendry, ya basta —Gendry la ignoraba mientras ahogaba a Erdwyn—. ¡Gendry! —Arya gritó—. Lo vas a matar —intentó aflojar su brazo con los suyos y todas las fuerzas que contenían, pero era inútil—. ¡GENDRY!

Gendry soltó a Erdwyn, casi muerto pero respirando y miró al rostro de Arya. Estaba manchado de la sangre de Erdwyn, y no le pareció él a Arya en ese momento. Esa mirada de total furia… Se la he visto en alguien antes. Esa mirada que no lo distinguía como persona, sino como bestia. El rey Robert tenía esa mirada cuando discutía con mi padre. Su amigo, convertido en una bestia bruta, le empezó a desconcertar y no se dió cuenta de lo fuerte que podría ser, y que en cualquier momento podría aplastarla como si fuera una nuez.

Cuando Gendry miró la expresión asustada de su amiga, miró a sus manos y a Erdwyn, incrédulo de lo que había hecho. Él no es así. Es más fuerte que la mayoría de hombres, pero no es un bruto como muchos otros. Él intentaba evitar la violencia hasta que fuera inevitable, pero esto… Esto no es propio de él. O a lo mejor sí. ¿Realmente Arya podía decir que lo conocía de verdad? Al fin y al cabo, él esconde un secreto que ni él mismo sabe. A lo mejor solía ser como La Montaña.

—Tenemos que irnos ya —dijo Arya, mirando por última vez el patético Lord que yacía en el suelo moribundo—. No nos dejarán vivos después de dejar a su hijo mayor en estas condiciones, siendo un monstruo o no. Y tenemos que irnos rápido.

Gendry, como un animal asalvajado que parecía, su parte hombre comenzaba a llegar poco a poco y asintió. Se limpió la sangre y sudor con su camisón blanco, y se puso en pie. Ambos cogieron las armas de Arya y las envolvieron en una larga tela y se la llevó Gendry, prometiéndose que se reunirían en los establos.

—Busca dos caballos sanos en los establos, libera a Nymeria y esconderos hasta que llego yo —le dijo Arya—. Traeré la ropa para el frío y algo de comida y a partir de ahí iremos a la herrería brevemente para cogerte una espada y una daga y nos marchamos de ahí —Arya se fue corriendo de Gendry hacia la habitación donde a Arya midieron para hacerle el vestido. Seguro que ahí hay ropas de abrigo—.

Fue a la habitación y encontró un armario enorme con ropa de todos los colores, tallas y pieles. Seguro que aquí están todos los ropajes del Lord y su familia. Revolvió entre los cajones con un cierto placer y encontró unos calzones y un camisón de su medida, y se desvistió el incómodo vestido y el maldito corsé que tuvo que llevar durante demasiado tiempo. Se había llevado consigo sus vendajes y se aplastó el pecho con ellas, y se puso el camisón, relajada de poder mover el vientre con facilidad. Se puso los calzones y los calcetines para ponerse unas botas de suela gruesa, y cogió todas las pieles gruesas que encontraba para ella y las metía en uno de los tres sacos que había encontrado. Cuando termino con su ropa, encontró unas botas grandes para Gendry de piel y suela gruesa, y varias ropas de pieles de animales lo suficientemente anchos para él y con cada saco en su hombro, cogió los otros dos sacos y se los llevó para llenarlos de comida. Fue a la cocina sin que nadie la viese y llenó los sacos de queso, pan, miel y esencialmente todo lo que podía. Finalmente cogió varias pieles para llenar y agua y con tres sacos en su espalda, corrió con todas sus fuerzas aunque de vez en cuando se mareaba y tenía que parar, hasta llegar finalmente a los establos.

Encontró ahí a Gendry y a Nymeria, y en ese momento se dió cuenta de lo muchísimo que echaba de menos a su loba. Ha estado todo este tiempo en un establo, y sólo pude visitarla una vez, cuando recién me recuperé. Gendry se dispuso a recoger los sacos y ambos se montaron en su respectivo caballo, cada uno con un saco en la espalda y Nymeria tenía otro encima de su espalda. Salieron deprisa pero no lo suficientemente rápido como ella quería ya que Gendry no podía. Estaban en un instante en la calle principal, la única calle del pueblo y pararon en la última casa que se encontraba, la herrería.

—Espera aquí mientras cojo las espadas —dijo Arya, bajándose—.

—Iré yo —dijo Gendry, testarudo como siempre—.

—Eres demasiado lento y ruidoso. Voy yo —y antes de que Arya pudiera decir nada, salió escopeteada hacia la herrería y encontró el lugar sorprendentemente vacío. Al parecer Gendry era el único herrero del pueblo. Todos los hornos estaban apagados y hacía frío, ya que era de noche, lo cual también dificultó la visión dentro de la herrería. Pero por suerte, los metales brillan a la luz de la luna y Arya cogió la espada más afilada que encontró y que por suerte, tenía al lado su funda que percibió al escuchar la espada interactuar con el cuero de la funda cuando Arya la cogió. El cuchillo puedo dárselo yo, ahora debemos de salir de inmediato. Salió de la herrería, y se dio cuenta de lo vacía que estaba la calle. La luna estaba en alza y las mujeres dormían tranquilamente en sus casas, escondiéndose del frío. Mejor, pensó Arya, así nadie puede vernos escapar. Se subió del caballo en un balanceo, le hizo un gesto a Gendry y salieron galopando cuanto antes, Nymeria en cabeza, siendo incluso más rápida que el caballo de Arya. Ha crecido y se ha hecho más fuerte y veloz. Ahora está conmigo, y jamás la abandonaré de nuevo.

Llevaban días y días trotando, muy lejos del pueblo que tanto les atormentaba. Arya volvió a ser la obsesa del no parar. 'Hemos perdido demasiado tiempo'. Tiene miedo de llegar a Invernalia y encontrarse a toda su familia muerta, como ya pasó antes. Está insegura sobre su propio futuro. Pero esta vez no había enfermedades ni heridas infectadas; la herida en la barriga de Arya que una vez fue una preocupación sobre la vida de Arya, ahora no es más que un simple arañazo.

Habían pasado las Torres Gemelas hacía tres días y su comida se acabó hace dos e incluso Nymeria estaba hambrienta; no había mucha caza tan al Norte. Sus viajes eran silenciosos, ya que Arya estaba demasiado concentrada en llegar al Norte que parecía que había hecho un voto de silencio. Hasta que encontraron una posada en un lateral del Camino Real, y Gendry no se lo pensó dos veces.

—Deberíamos ir a la posada —sugirió Gendry—.

—No —dijo sin discutir Arya—. Estoy cansada de retrasar el viaje por culpa de paradas que al final nos quedamos más de lo que podemos permitirnos.

—Arya —repitió Gendry. Arya es muy testaruda cuando se le mete algo en la cabeza—. Hace días que la comida se acabó y estamos todos cansados de viajar tanto tiempo sin apenas descanso. Debes recordar también en tus planes para ir al Norte que eres humana —Arya le disparó una mirada llena de enfado—. Y los humanos deben comer y descansar, y eso no lo has hecho en días.

Nymeria parecía entender la conversación y se pasó al lado de Gendry, apoyándole. A veces me cuesta creer que es tan lista, una simple loba. Aunque no era una loba ordinaria. Tres veces más grande que el lobo más robusto que había existido y más lista que un zorro, Nymeria parecía ser una enorme bestia peligrosa, para luego revelar que es una fiel amiga que te protegía de lo peor que esconde el bosque. En algunos sentidos me recuerda tanto a Arya.

—Además, quizás esta sea la última posada que veamos tan al Norte —Gendry presionó—.

Arya miró culpable al suelo y frunciendo el ceño, miró a Nymeria y después a su amigo. Finalmente resopló.

—Está bien —Arya se rindió—. Pasaremos una noche, ¿me entiendes? Sólo una. Tengo tres dragones de oro y me gustaría guardar algo por si lo necesitamos cuando estemos en el Norte —lo dijo en ese tono que le molestaba tanto a Gendry, de 'puedo sobrevivir perfectamente sin ti'—.

—A veces echo de menos a la Arya borracha —susurró—.

—¿Qué dijiste? —Arya respondió al instante—.

—Nada —Gendry tomó las riendas del caballo con fuerza y fue a los establos de la posada, sólo para encontrarlos vagamente familiar. Este sitio…—.

Arya aseguró a los caballos en el establo y cogió los sacos, tirándole uno a Gendry y llevando los otros dos ella. Tuvo que convencer a Nymeria que se quedase con los caballos.

—A mí también me gustaría que te vinieras, pero a la gente no les gustará —dijo mientras acariciaba con delicadeza su suave pelaje—. Pero mañana por la mañana partiremos, así que no vas a estar tan sola como antes —abrazó a su enorme loba. La trata como si fuera su hija, pensó dulcemente Gendry—.

Entraron en la posada y Gendry se encontró a muchas personas que les sonaba familiares, pero no se dispuso a reconocerlas para que Arya lo notase. Seguro que esta posada es de la Hermandad. Arya no puede saber qué le pasó a Hermandad sin Estandartes. Sería demasiado para ella. Con rapidez, Arya y él se sentaron con la excusa de descansar.

—Te noto muy raro desde lo de Erdwyn —mostró Arya preocupada—. ¿Ha pasado algo?

—Arya, ¿puedes parar de preguntar eso? De verdad, con lo pequeña que eres y el gran dolor en el culo que estás siendo—.

Arya lo ignoró. —Cuando atizaste a Erdwyn de esa manera… No eras tú. Estás cambiando. No lo intentes esconder como si fueras un bebé y si tienes algún problema, dímelo —Arya miró hacia otro lado—. Creía que podíamos confiar el uno en el otro—.

Gendry abrió la boca para mascullar algo pero nada le salía y Arya decidió rendirse, mirando hacia una esquina de la posada, molesta. En ese momento una sombra apareció delante de ellos y saludó amistosamente.

—My lady, ¿se acuerda de mí? —ojos violetas se encontraban con los de Arya—.

Sí que me acuerdo, pensó Gendry, hosco, pues claro que me acuerdo de su jodida cara.