N/A: Una vez más, quisiera agradecer todos los comentarios que he recibido, son el mejor ánimo para seguir escribiendo. Con este capítulo ponemos punto y final a "aquellos tres años", pero la historia no acaba aquí. Como bien sabemos todos, a este par aún le queda camino por recorrer ;)
CAPÍTULO 7
Un hijo
Los meses habían pasado volando. Bulma se sentía orgullosa del embarazo que llevaba, sin haber ganado más que el peso justo ni ver todo su cuerpo tremendamente hinchado. Encontraba los antojos divertidos, y le enternecían los esfuerzos que sus padres hacían por complacerla en todo. Naturalmente no podía esperar lo mismo del padre de su hijo, quien había dejado claro desde el principio que se desentendía de todo. No lo odiaba por ello. Hacía tiempo que había aprendido a conocerle y, además, sabiendo que pronto tendría en sus brazos al fruto de su relación, el sentimiento que más le inspiraba era agradecimiento. Eso no significaba que no le echara de menos.
Con el paso del tiempo Vegeta se había ido distanciando de ella. Tal vez ya no la encontraba atractiva, aunque en realidad sus encuentros íntimos no se habían acabado ni siquiera en aquel último mes de embarazo. Claro que ya no eran tan frecuentes y, aparte de eso, él procuraba pasar la mayor parte del tiempo lejos. Ya ni siquiera estaba siempre en la cámara de gravedad, yéndose a entrenar quién sabe donde en su lugar.
Una noche le había hecho una pregunta al respecto; una forma de saber, en realidad, si el motivo de su distanciamiento era ella. Vegeta le había respondido escuetamente que se trataba de aclimatar el cuerpo a todo tipo de ambientes y circunstancias. Bulma no estaba convencida con esta respuesta, pero lo achacó a su propia inseguridad. ¿Insegura, ella? Quién lo hubiera dicho.
En realidad era perfectamente lógico que los motivos de Vegeta fueran exactamente los que le había dicho, se repetía a sí misma. En poco menos de seis meses iba a llegar por fin la batalla que tanto esperaban, claro que sus esfuerzos se iban a incrementar hasta entonces… Pero no podía evitarlo, sin él cerca sentía que le faltaba algo. Suspiró y dejó la revista que había estado leyendo a un lado. Hoy tampoco estaba en casa, llevaba de hecho varios días fuera. ¿Todavía tardaría mucho en volver? Ojalá su bebé quisiera nacer ya, así no se sentiría tan sola.
Una extraña sensación la sacudió cuandos se puso en pie y Bulma se llevó la mano al voluminoso estómago. Le siguió un dolor agudo que le cortó la respiración. Cuando pasó, Bulma sonrió.
–¿Le adivinas el pensamiento a mamá? –susurró hablándole a su vientre.
Por toda respuesta sintió algo fluir entre sus piernas y un charco empezó a formarse en el suelo. Con lágrimas de felicidad en los ojos, Bulma gritó llamando a su madre.
* * *
Fueron las nueve horas más largas de su vida. Dio a luz en su casa, tan cómodamente como fue posible y rodeada de la mejor tecnología médica, sin que sus padres se separaran de ella en ningún momento. No preguntaron por Vegeta. A su propia manera entendían la relación de su hija con el guerrero y no estaba entre sus atribuciones aprobarla o no, Bulma ya era una adulta. En todo caso, les hacía muy felices convertirse en abuelos y ver a su hija en aquel momento, exhausta pero radiante, con su nieto entre los brazos, les hacía sentirse enormemente orgullosos.
–Mira qué carita –dijo la madre–. Es todo un principito. Ah, tengo que ir a preparar una bandeja de pasteles para celebrarlo…
–Hm, yo me tomaría un tazón de chocolate –dijo el Dr. Brief.
Salieron de la habitación juntos y Bulma sacudió la cabeza, sonriendo afectuosamente. Luego volvió a mirar a su hijo, quien le devolvió la mirada más que con curiosidad, intensamente. Bulma suspiró.
–Mi pelo, el color de mis ojos… y lo que más llama la atención tenía que ser la mirada de antipático de tu padre. –Lo abrazó, sonriendo–. Ay, vas a ser un rompecorazones…
* * *
No le había costado enterarse del nacimiento del niño. Un simple vistazo a la casa periódicamente y no pasaba nada sin que él lo supiera. No lo hacía porque le importaran, se repetía constantemente. Era una simple cuestión de control; su heredero iba a nacer y él tenía que saberlo cuando sucediera. Después podría desentenderse por completo. Los androides llegarían en pocos meses y tenía que concentrarse únicamente en su entrenamiento; todo lo demás debía pasar a un segundo plano.
Después de sobrevolar la casa durante un rato, se decidió a entrar cuando todas las luces estuvieron apagadas. Ya sabía también cuál era la habitación de su hijo, así que se dirigió directamente a la ventana y entró por ella, tras abrirla silenciosamente.
Se acercó a la cuna y lo observó dormir. Torció el gesto al notar el color de su pelo y, como si quisiera confirmar una sospecha, retiró la manta. A primera vista se sintió decepcionado: el niño no tenía cola. Claramente era más humano que saiyano. Frunció el ceño. Eso no le gustaba nada. Su hijo no podía ser un debilucho, maldita sea. Incapaz de creérselo del todo, levantó la ropa del bebé para comprobar su espalda. Al instante sonrió.
Ya no estaba, pero había estado ahí, confirmó pasando los dedos por la herida vendada. Seguramente Bulma se la había hecho amputar. Eso no le molestaba, actualmente seguro que la cola no sería más que una debilidad. Pero su herencia no había desaparecido. Eso le complacía. Volvió a tapar al niño con su manta y, por fin, se permitió observarlo calmadamente.
Mirarlo le provocaba una sensación extraña que no sabía clasificar, lo cual hacía que se sintiera al mismo tiempo molesto y fascinado. Tampoco estaba seguro de si aquello le gustaba o no, simplemente todo era tan… desconocido. Ni siquiera sus pensamientos estaban claros. Luchar, vencer, sangrar. Eso era fácil, seguro. Aquello… ¿qué era aquello?
Continuó contemplando a su hijo bastante tiempo, no habría sabido decir cuánto, hasta que al fin sintió una presencia conocida a su espalda.
–¿Cómo lo has llamado? –preguntó sin volverse.
–Trunks –respondió Bulma, sin sorprenderse de haberle encontrado allí ni de que hubiera descubierto su presencia–. Se parece mucho a ti.
Al fin Vegeta se dio la vuelta y quedaron frente a frente, iluminados sólo por la tenue luz de la calle.
–Voy a irme lejos de aquí, hasta que llegue el día de la batalla.
Bulma asintió. Esperaba aquello, pero aun así sintió que se le formaba un nudo en la garganta.
–¿Luego volverás?
Había conseguido que sonara como algo trivial, igual que si le hubiera preguntado por el tiempo. Él se encogió de hombros.
–No lo sé. Quizá muera.
Y lo dijo como quien comenta que a lo mejor llueve. Bulma sonrió y luego negó con la cabeza.
–No morirás.
Lo dijo con plena convicción y Vegeta sonrió con orgullo.
–Adiós, Bulma.
Volvió a la ventana y salió de la misma manera en que había entrado, silencioso como un gato. Ella se acercó a mirar, pero naturalmente ya no pudo verle alejarse.
No le había dicho adiós, y no sabía si él se daba cuenta de por qué. En todo caso aquello no era una despedida. Algo dentro de ella le aseguraba que volverían a verse.
Quién sabe cómo serían entonces las cosas.
