El sol asomaba poco a poco detrás de las montañas que rodeaban los terrenos de Hogwarts haciendo centellar las tranquilas aguas del lago. Una briza fresca recorría los jardines del colegio y provocaba un ambiente frío en todo el castillo, haciendo que más de un alumno deseara quedarse en la cama y saltarse las clases. Hasta Remus, alumno ejemplar, se debatía entre la pereza que le producía el solo hecho de pensar en levantarse, y en su conciencia que le exigía que lo hiciera.

El merodeador podía escuchar claramente los ronquidos de Peter que recorrían la habitación circular pero que no parecían perturbar el sueño de los dos muchachos que dormían plácida y profundamente, con las cortinas de sus camas abiertas. Suspiró profundamente.

Cansado de estar tumbado en la cama sin hacer otra cosa que escuchar a Colagusano roncar y la respiración acompasada de sus otros amigos, Remus se levantó de un salto, se vistió rápidamente y se dirigió al Gran Salón a desayunar sin molestarse en levantar a sus compañeros de habitación. Si bien a primera hora no tenía clases, quería tener la posibilidad de comer su desayuno tranquilo.

Ya en el comedor, se dirigió derecho a la mesa de Gryffindor donde divisó una cabellera rojo intenso y una castaña oscura sentadas casi en la mitad. Se ubicó frente a las dos chicas y las saludó con una sonrisa.

-¿Por qué estás despierto a esta hora? Pensé que no tenías clases hasta Transformaciones- dijo Emma. A pesar de que todavía seguía tratando de olvidar sus sentimientos hacia el merodeador, se sentía un tanto violenta en su presencia, por lo que trató de que su voz surgiera casual.

-Sí, pero me gusta desayunar temprano...- le contestó éste encogiéndose de hombros y agregando en voz baja y con una sonrisa- ...a diferencia de mis compañeros, como ya sabrán.

-Todavía no entiendo cómo puedes ser amigo de personas tan diferentes a vos- comentó Lily sin poder contenerse. Lupin como toda respuesta le sonrió, con una sonrisa extraña cargada de sentimientos encontrados. Era una mezcla entre diversión y tristeza y un poco de culpa; y la pelirroja no pudo evitar volver a pensar en el misterio que era Remus Lupin.

Sacándola de sus cavilaciones, una bandada de lechuzas cruzó el techo del Gran Salón sobresaltando a más de un estudiante cuando se posaban con precipitación encima de las mesas.

-¿Estás esperando una carta?- le preguntó Emma a Remus cuando lo vio mirando a las lechuzas con atención.

-Sí, pero no para mí. James me pidió que viera si le llegaba alguna.

-¿Para Potter?- esas simples palabras hicieron que Lily concentrara su atención en sus amigos. No pudo evitar el pinchazo de curiosidad.

-Sí - dijo Remus sin darle importancia-Era posible que le escribieran de San Mungo.

-¿San Mungo?-esta vez fue Emma la que no puedo dejar de preguntar-¿Está enfermo?

-Él no, sus padres -Lupin dejó su tasa a un lado y las miró extrañado-¿No lo sabían?

-No- respondieron las dos a la vez.

-Hace más de un año que están internados. Nadie sabe lo que realmente tienen- no quiso decir nada más, no era algo de lo que él debería hablar, y menos teniendo en cuenta que James no les había contado nada.

Se quedaron en silencio, cada uno divagando en sus propios pensamientos. Lily, consternada y preocupada por la noticia, le daba vuelta a miles de preguntas que no se atrevía a formular en voz alta; Remus, por su parte, ya dispuesto a no seguir hablando sobre el tema, repasaba mentalmente las materias que hasta ahora les habían dado trabajo para hacer, sin darse cuenta de las miradas que Emma le lanzaba de vez en cuando preocupada por la palidez y las ojeras que presentaba su rostro.

La llegada repentina de Peter, quien se sentó con estrépito al lado de su amigo, sobresaltó a todos; tan metidos estaban en sus pensamientos que no lo habían visto llegar. Minutos más tarde, cuando terminaron de desayunar, las dos chicas y Peter se dirigieron a los jardines del castillo rumbo al límite con el Bosque Prohibido, dónde tendrían su primera clase de Cuidado de Criaturas Mágicas del año.

El profesor Kettleburn los esperaba sonriente bajo la sombra de un gran árbol. Al llegar todos sus alumnos, les pidió que se sentaran a su alrededor y comenzó la clase como todos los demás profesores: dando un discurso sobre los ÉXTASIS. La mayoría de los estudiantes apenas le prestaban atención, habían escuchado esas palabras demasiadas veces como para mostrar algún interés.

-¿Piensas que este año vamos a estudiar a los thestral?- preguntó Lily en un susurro a su amiga.

-Seguramente; creo que es una de las criaturas de las que preguntan en el examen-respondió la castaña con el mismo tono susurrante mientras arrancaba distraídamente la hierba del suelo.

-¿Qué son los thestral?- dijo Peter que se encontraba sentado al lado de las chicas y había escuchado su conversación.

-Son caballos alados que son invisibles para los que no vieron morir a alguien. Según leí tienen ojos blancos brillantes, cara y cuello de dragón y cuerpo de esqueleto negro, con una larga cola negra; y les atrae el olor de la sangre- Lily se estremeció ligeramente- También se dice que traen mala suerte, por lo de estar relacionados con la muerte y todo eso.

-¿Es verdad?- la voz de Peter era apenas un susurro.

-¡Por supuesto que no!- intervino Emma elevando un poco la voz- Eso sólo lo cree la gente que es supersticiosa y estúpida. En mi opinión son una de las criaturas mágicas más increíbles.

-¿Alguna vez viste a uno?- preguntó Lily a su amiga con creciente interés.

-No, y si soy sincera, no quiero poder ver jamás a un thestral, no importa lo maravillosos que sean- dijo haciendo una mueca. Podrían ser unos animales asombrosos, pero ver morir a alguien es un precio demasiado elevado para poder verlos.

Kettleburn, al terminar de dar su discurso sonrió débilmente y se giró para agarrar una caja de madera a sus espaldas y depositarla en una mesa que se encontraba enfrente de la clase. Peter siempre le tuvo un poco de miedo a su profesor; era un hombre mayor de pelo entrecano y de piel curtida por los años de trabajar al aire libre con criaturas mágicas. Era conocido por su fama de profesor imprudente y por el hecho de que le faltaran tres dedos en la mano derecha, todo el antebrazo izquierdo y un dedo del pie que provocaba que cogiera ligeramente. Nadie entendía por qué seguía enseñando después de haber tenido tantos accidentes con criaturas que él mismo había pasado años estudiando, pero la realidad es que seguía haciéndolo pese a todo.

-Muy bien clase- empezó a hablar de manera pausada- Creo que todos ya son lo suficientemente mayores y experimentados para empezar a tratar con criaturas más peligrosas y fascinantes.

Tanto los alumnos de Hufflepuff como los de Gryffindor escuchaban en silencio. En los años anteriores lo más fascinante que habían estudiado habían sido los unicornios, el resto habían sido sólo animales un tanto aburridos y sosos. Al parecer este año por fin iban a poder avanzar en sus estudios y poder encontrar interesante esa clase.

-Esta semana vamos a estudiar a los Fwoopers- hizo una pausa para que la información se asentara en sus alumnos- ¿Alguien podría decirme de qué criatura estoy hablando?

Un alumno de Hufflepuff de nariz recta y ojos pequeños y juntos levantó la mano con expresión sorprendida, como si no pudiera ni él mismo creer que supiera la respuesta. Kettleburn asintió en su dirección.

-Los Fwoopers son pájaros africanos con plumaje de colores intensos- empezó a hablar tratando de aparentar seguridad- Su canto es agradable pero tiene el efecto de volver loco a quien lo escucha y para ser dueño de uno se tiene que tener una licencia.

-Perfecto. Cinco puntos para Hufflepuff- el profesor amplió su sonrisa- En efecto, son pájaros muy coloridos con un canto peligroso. Se vende con un encantamiento silenciado que es preciso reforzar todos los meses, si uno no quiere perder la cordura.

-¿Para qué uno querría un pájaro al que no puede ni escuchar cantar?- preguntó Emma frunciendo el entrecejo.

-Porque son lindos a la vista y porque se puede comerciar con sus plumas y huevos, Srita. Johnson- y con estas palabras abrió la caja y sacó de su interior a una hermosa ave de plumas rosadas muy brillantes- Su plumaje puede ser anaranjado, amarillo, verde lima o rosado, como este.

-¿Ese tiene el encantamiento?-preguntó Peter preocupado por que el pájaro se pusiera a cantar.

-Por supuesto, Sr. Pettegrew- el profesor parecía insultado por la pregunta- Hoy solamente van a hacer un dibujo del ave, la siguiente clase va a ser cuando puedan escuchar su canto.

Colagusano palideció ante las palabras del hombre. Lily le sonrió alentadoramente y le apretó el hombro ligeramente, luego buscó un trozo de pergamino en su mochila y se dedicó a examinar al Fwooper para empezar a dibujarlo lo más parecido que pudiera.

El sonido del lago golpeando contra las ventanas era el único sonido que se escuchaba en la habitación. Lámparas de plata que colgaban del techo le daban al dormitorio una luminosidad verdosa, que sumados al de las cortinas de las camas de dosel y al de las colchas bordeadas con hilos de plata, era el color que predominaba en el ambientes. Era un lugar un tanto sombrío con tapices con escenas medievales que cubrían las paredes, pero era el lugar donde cualquier Slytherin encontraba tranquilidad.

Severus Snape, recostado en una de las camas de la habitación, contemplaba un libro abierto con absoluta concentración a la vez que mordía una pluma con un tic nervioso. Tenía el ceño fruncido y sus ojos veían sin ver las instrucciones para elaborar una poción en su libro de pociones desgastado. De repente, saliendo de su inmovilidad, mojó la pluma en el tintero que se encontraba en su mesita de luz y empezó a escribir en el margen de una de las páginas del libro apresuradamente y con entusiasmo. Una sonrisa maliciosa se formó en su rostro cuando retiró la pluma y contempló lo que había escrito.

Snape metió la mano en la túnica que todavía llevaba puesta y sacó su varita con un movimiento fluido. Tomó el almohadón más cercano que tenía y, poniéndolo delante de él, lo señaló con la varita y murmuró una simple palabra:

-Sectumsempra- casi al instante la tela del almohadón se abrió con una decena de corte. La sonrisa del muchacho se intensificó y sus ojos brillaron con emoción.

Había estado perfeccionando esa maldición todo el verano y ahora por fin había logrado que funcionara. Sabía que para estar realmente seguro de que en verdad funcionaba tenía que probarla en otra cosa que no fuera un objeto inanimado. Ya tenía pensado contra quién realizarlo, y no veía la hora de poder hacerlo, sin embargo todavía no se presentaba la ocasión... pero juraba que cuando se presentara lo iba a aprovechar. Y después podrían decir quién era el cobarde o el bicho raro.

El sonido de una puerta al abrirse sacó a Severus bruscamente de su ensoñación. Se apresuró a cerrar el libro y a esconder el almohadón antes de que quien quiera que hubiera entrado al dormitorio se acercara demasiado y empezara a hacer preguntas que no estaba interesado en responder.

-Severus, viejo amigo- reconoció su voz al instante. Snape se tragó el comentario que purgaba salir de su garganta. No eran amigos; él no tenía amigo, al menos ya no más- Te estuve buscando por todas partes.

-Felicidades, me has encontrado- dijo con un tono de dura frialdad. Avery se rió sin hacer caso a su compañero- ¿Puedo preguntar para qué?

-Bueno, básicamente quería asegurarme de que todavía estabas planeando honrarnos con tu presencia en nuestra pequeña reunión el próximo sábado- lo comentó como si estuviera hablando del clima, sin embargo sus ojos nunca se despegaron de Snape- Espero que no lo hayas olvidado.

Por supuesto que no lo había olvidado, rondaba en su cabeza cada cinco minutos y era consciente que muchas veces había estado planeando en no asistir, pero jamás iba admitir eso enfrente de Avery y menos que esas hesitaciones tenían que ver con cierta pelirroja que apenas lo miraba en esos días. Sabía que la asistencia a esa reunión era algo decisivo, después de eso no podía simplemente echarse atrás y esperar salir aireado; además, entendía que el que lo hubieran considerado como "invitado" no era algo al azar, lo necesitaban, era una pieza importante en todo este asunto. Él iba a ser alguien fundamental, lo presentía y no quería arruinar esa oportunidad de demostrar que no era ningún cobarde.

-Dije que iría, por lo que no veo la razón por la que tengas que volver a preguntar- su voz sonó absolutamente segura y madura. Snape se sintió orgulloso de sí mismo por sonar de esa manera, sin dejar traslucir sentimiento o duda alguna; algo que había ido perfeccionando desde que era pequeño.

-Perfecto- Avery sonrió maliciosamente, una sonrisa muy parecida a la que Severus exhibía en su rostro minutos atrás, cuando el rostro de Potter se dibujaba en su mente.

Maldiciendo por lo bajo, Sirius se desplomó en el asiento más cercano al fuego. Había tenido que soportar por una hora la voz chillona del profesor Flitwick, que les había hecho escribir una redacción de 15 cm sobre un estúpido encantamiento, y había tenido que saltearse la cena por lo que definitivamente no estaba de humor. El dolor en el brazo se había intensificado más de lo que él creía posible, un poco más y no podría aguantar las ganas de ponerse a gritar.

-Mal día ¿eh?- una voz proveniente de uno de los sillones de la Sala Común sobresaltó a Sirius.

Emma, recostada en un sofá, sostenía un libro entre las manos mientras lo contemplaba con una sonrisa divertida. El merodeador no había reparado en su presencia cuando entró por el retrato de la Dama Gorda, era la hora de la cena por lo que supuso que iba a encontrar la sala desierta. Nunca había hablado mucho con ella, era amiga de Lily por lo que por norma general estaba fuera de los límites; aunque a él siempre le había parecido linda, con su largo pelo castaño casi negro y sus ojos chocolate de mirada atenta.

-Podría decirse- dijo haciendo una mueca cuando una nueza punzada de dolor le atravesó el brazo.

Ya no podía ignorar por más tiempo la herida. Se incorporó para sacarse la túnica, luego volvió a sentarse y se arremangó la manga de la camisa, que de blanco había pasado a tener un tono rojizo. Pudo escuchar la exclamación de Emma cuando la marca que le había dejado la planta en la hora de Botánica quedaba a la vista. Tenía un aspecto verdaderamente asqueroso, marcas de tentáculos le rodeaban el brazo de una tonalidad violácea verdosa aunque lo peor eran las marcas de los diente. Le habían perforado la piel haciéndolo sangrar más de lo que había pensado, y los bordes de las heridas estaban coloreadas de un color marrón-bordó que no tenía muy buena apariencia.

-Maldita tentacula- murmuró entre dientes. No tuvo que mirar para saber que Emma se levantó presurosa del sofá y se dirigió a su habitación. No era algo que lo sorprendiera, lo más común era que cualquier chica al ver una herida así se descompusiera.

No sabía cómo curar lo que esa planta le había hecho y tampoco quería ir a la enfermería, porque sinceramente no estaba de humor para escuchar a la enfermera hablar de lo descuidados que eran los alumnos y todas esas cosas, además que ya había cubierto el cupo de asistencias en la enfermería por el resto de su vida en esos 7 años. Lo que sí sabía era que tenía que encontrar una solución rápido; ya casi no tenía sensibilidad en el brazo.

-Eso te lo hizo la tentacula venenosa de la clase de Botánica ¿verdad?- por segunda vez en el día, la voz de Emma lo sobresaltó. Había bajado de su habitación, sin que él la oyera, con una caja rectangular de madera en las manos y una mirada de absoluta resolución.

-Sí- contestó Sirius sin saber muy bien qué quería hacer ella.

La muchacha asintió con la cabeza, más para sí que para él, y se ubicó a su lado en el sillón. Era un asiento pequeño por lo que Sirius se tuvo que poner de costado para hacerle lugar. Emma abrió la caja, sacó dos frascos de vidrio y la depositó en el suelo. Dejando los frascos en su regazo, tomó el brazo de Sirius y lo examinó con cuidado; limpió un poco de sangre con un movimiento de su varita y empezó a ponerle un líquido de color púrpura de uno de los frascos que al tocar su piel empezó a echar espuma. No pudo evitar hacer un pequeño sonido de protesta al sentir el ardor en el brazo.

-Pensé que eras más fuerte, Black- dijo Emma sonriéndole con burla. Sirius no pudo evitar sonreírle de vuelta a pesar de sentir dolor.

-Con saber que piensas en mí me conformo- le contestó éste en voz baja. La joven negó con la cabeza en señal de cansino reproche, pero, sin embargo, siguió sonriendo.

Cuando terminó de verter el líquido púrpura, tomó el otro frasco y empezó a volcar su contenido sobre la herida. Ésta poción era un poco más espesa que la otra y de un color amarillo, y al momento que tocó la piel de Sirius el dolor del brazo se alivió instantáneamente. Las marcas de los dientes y tentáculos de la planta fueron desapareciendo poco a poco hasta dejar unas pequeñas cicatrices blancas en los lugares dónde habían perforado la piel.

-Muy bien, creo que con eso basta- Emma volvió a colocar los frascos en la caja y limpió las gotas de líquido de poción que habían caído sobre sus ropas- Lamento decir que mis habilidades llegan hasta acá y que esas cicatrices van a permanecer...

-De todas maneras gracias, fuiste de mucha ayuda- le agradeció mientras sonreía ampliamente, ella simplemente se encogió de hombros restándole importancia, pero Sirius podía jurar que era un ligero rubor lo que apareció en sus mejillas. Disfrutando su reacción, agregó guiñándole un ojo:- Ya sé a quién acudir cuando necesite una sanadora la próxima vez...

La ligera risa de Emma fue interrumpida por un carraspeo procedente de la entrada de la Sala Común. Los dos se giraron a la vez para darse cuenta de que no eran los únicos en la habitación. Remus, Lily y Lenna se encontraban contemplándolos fijamente. El ceño fruncido con clara desaprobación de su amigo era casi idéntico al de Lily, nada más que éste estaba mirando a su amiga. Lenna simplemente alternaba la mirada entre él y Emma constantemente.

Entendía que la manera en que estaban él y Emma podía hacer que la gente saltara a conclusiones aceleradas teniendo en cuenta que estaban bastante juntos en un mismo sillón y que ella todavía le estaba sosteniendo el brazo, incluso más si habían escuchado su conversación; sin embargo, por una vez en su vida, no era culpable del crimen que le estaban adjudicando. Además, no creía que fuera tan terrible que en realidad algo estuviera pasando, y si era sincero, no podía negar que por un segundo había pensado en ello.