Esta novela es una adaptación de Solitaria luna de miel de Leigh Michaels. La historia no es copiada tal cual esta escrita, he agregado escrituras mías. Los personajes le pertenecen a J.K Rowling. Y esto es sin fines de ofender a nadie.
Capitulo 7.
Ginny se habría levantado y marchado inmediatamente si hubiese tenido la energía suficiente, pero se sentía terriblemente agotada.
¿Por qué le había afectado tanto aquella pelea? No era nada comparado con la primera que habían tenido, la que había terminado con su compromiso. Y, en realidad, no era más que una continuación de aquélla.
Que, por cierto, había sido la primera que habían tenido en los dos meses de compromiso.
Frunció un poco el ceño. ¿Nunca se habían peleado porque siempre habían estado de acuerdo en todo o porque sus diferencias no se habían mostrado? Los sentimientos de Harry hacia su tía ciertamente parecían producto de un largo resentimiento que ella nunca había sospechado. Pero había otras cosas, ahora que lo pensaba. Harry, ¿habría ocultado sus diferencias para mantenerla a ella contenta a cualquier precio? ¿Había tenido razón Emma al pensar que no era a ella a la que Harry había considerado interesante, sino al hecho de que fuera la sobrina de Steve?
Por supuesto, si ése había sido el juego, todo se le habría venido abajo el día que lo encontró en su nueva casa. Pero ahora eso no tenía importancia, se dijo a sí misma.
Pensó irse a su dormitorio, donde podría llorar todo lo que quisiera, pero se sentía demasiado débil para eso incluso.
Se quedó adormilada un par de horas, pero dormida o despierta, su mente seguía pensando en lo mismo.
Una vez se oyó decir a sí misma entre sueños:
—Si la amas a ella, Harry, ¿por qué me propusiste matrimonio a mí?
La sorpresa de oír esa palabra hizo que se despertara por completo y se sentara en el sofá.
Pero sólo lo había soñado. Debió haber sido un sueño, ya que, cuando miró a su alrededor, Harry giró la cabeza contra el respaldo de su sillón y dijo:
—¿Qué quieres, Ginny?
—Nada —respondió ella y se volvió a tumbar, aliviada por no haberlo dicho en voz alta.
Pero su confusión no desapareció.
¿Había sido por el dinero? ¿Por la esperanza de que ella fuera la heredera de Steve y así él tendría seguro, no sólo un trabajo en la empresa, sino el control de la compañía en su momento?
El corazón le decía que no. Harry no era de esa clase de hombre. Pero aún así, casi hubiera podido comprenderlo.
Pero no era posible que el hombre al que había amado pudiera hacer algo así. Le había importado realmente a Harry y ella no podía aceptar que podía haber sido tan evidentemente traicionada.
Agitó la cabeza y se dijo a sí misma que no fuera tonta; el hombre al que había amado la había traicionado.
El hombre al que había amado… ¡El hombre al que seguía amando a pesar de todo!
Esa idea le produjo como un terremoto interior.
Cuando se ama realmente a una persona, eso no desaparece cuando el romance llega a su primera e inevitable crisis. E, incluso, cuando se termina tan desilusionada como había terminado ella, el amor no se desvanece enseguida, tal vez para ella no, pero para Harry a lo mejor todo era distinto.
Tardaría tiempo en reponerse. Eso se lo había dicho a sí misma más de una vez durante la semana anterior. Pero ¿y si el tiempo no era suficiente? ¿Y si, a pesar del episodio sucedido aquel día, a pesar de haber roto su compromiso, a pesar de las duras palabras y las peleas, descubría que seguía amándolo?
¿Amarlo… y desear desesperadamente confiar en él? ¿Sería posible que ella pudiera hacer lo que él le había pedido, que confiara en él si lo amaba lo suficiente?
Entonces recordó toda la escena que había provocado la ruptura y pensó que podía ser que Scarlett lo hubiera planeado todo así. Tal vez la hubiera oído a ella acercándose y se había arrojado a los brazos de Harry. Agitó la cabeza y se dijo a sí misma que se estaba agarrando a un clavo ardiendo en su deseo de confiar en él.
Scarlett no habría tenido tiempo de preparar la escena y tampoco parecía que hubiera nada que sugiriera que Harry estuviera en esa posición obligado. Se había sorprendido cuando la vio a ella, pero no por nada que Scarlett hubiera hecho momentos antes. Más aún, parecía como si ambos estuvieran ahí juntos un cierto rato.
¿Y lo que él había dicho, que no podían seguir así? No, evidentemente, Harry sabía lo que tenía entre manos. Pero también había habido una nota de terrible dolor en su voz, como si estuviera haciendo un auténtico sacrificio. Pero si era a Scarlett a quien amaba…
La cabeza le estaba doliendo enormemente y se dijo a sí misma que tenía que dejar de pensar en eso. Agitó la cabeza y gimió de dolor.
Harry se levantó y se acercó para ponerle la mano en la frente.
—No parece que tengas fiebre —dijo él—. ¿Qué te parece un poco de zumo de naranja?
Creo que queda algo.
Ginny asintió y se sentó en el sofá con gran esfuerzo.
Cuando Harry volvió, la hizo acomodarse mejor y le dio un vaso lleno de jugo de naranja. Se tomo la mitad de golpe y luego, al darse cuenta de que, seguramente Harry se sentaría a su lado cuando lo terminara, el resto se lo tomó a pequeños sorbos.
La mente no le funcionaba muy bien y, antes de poder evitarlo, le dijo:
—Quiero creerte pero ¿cómo podría?–dijo ella.
Por un momento, pensó que él la iba a ignorar por completo.
—No tengo ninguna respuesta a eso, Ginny. O puedes o no puedes. ¿Has terminado con el jugo?
—No. Harry, por favor, dime qué sucedió.
Él apretó los labios, pero cuando habló lo hizo tranquilamente.
—No serviría de nada si te lo contara. Seguramente empeoraría las cosas.
Ginny contuvo las lágrimas.
—No me gusta nada cuando actúas así. Pareces tan razonable… cuando la verdad es que bien podrías estar hablando marciano por lo que te puedo entender.
Entonces le temblaron las manos y estuvo a punto de tirar su jugo. Harry se lo quitó entonces.
—Ya sé que tú crees que es ridículo que no te lo cuente.
—Es más que eso. ¡Estas siendo odioso… y ofensivo!
—Créeme, Ginny, es lo mejor.–dijo él
—¿Y tú eres el que decides eso? ¿Yo no tengo nada que decir al respecto?
—No podría contarte la verdad y luego preguntarte si preferirías que me la guardara y te contara una mentira en su lugar, ¿no?–exclamó Harry.
—¡La verdad no puede ser peor que esto!
—Sí, puede, Ginny. Y, una vez sea dicha, no hay forma de hacerla volver a la oscuridad. Créeme, me gustaría intentarlo.
El dolor en su voz era innegable y ella se vio capaz de decir nada. Harry dejó que el silencio los envolviera por un momento.
—Afróntalo, Ginny, nada va a arreglar lo nuestro. Tú no puedes creerme, y yo… nunca podré querer a una mujer que no confíe en mí. ¿Por qué causarle más dolor a todo el mundo? Deja que todo esto desaparezca. Haz como si no hubiera pasado nunca.
Ella agitó entonces la cabeza. Pero Harry tenía razón, se había acabado y tenía que llevarlo con dignidad. Era lo único que podía hacer.
—Ya hemos cometido suficientes errores. ¿Por qué añadir uno más? —preguntó Harry.
Ella tragó saliva para aclararse el nudo de la garganta y dijo:
—Supongo que ya no tiene importancia.
—Exactamente.
Harry le dio una palmada en la mano y se llevó el vaso de jugo a la cocina. Ginny se quedó muy quieta mirándole el dorso de la mano, donde los dedos de él la habían rozado.
Ginny se estremeció mientras volvía a la conciencia. Sólo era consciente de que sentía terriblemente mal para volver a dormirse casi a continuación. No supo cuánto tiempo había pasado cuando se volvió a despertar, pero entrevió una silueta sobre ella. Sus manos le sujetaban los hombros y la estaba agitando tan fuertemente que le parecía como si tu viera fuegos artificiales dentro del cerebro. Aterrorizada, soltó un grito.
—Gracias a Dios —dijo una voz—. Estás despierta.
Ginny abrió los ojos y lo miró. Harry aparecía borroso.
—Enhorabuena, Harry, pensé que no te darías cuenta de que sigo viva.
—Si es lo que tu crees…No quería despertarte pero me encantaría saber que quieres de cenar.–dijo él.
Sólo pensar en comida le revolvió el estómago.
—No quiero nada. Me encuentro fatal.
—Ya lo sé. No me había dado cuenta de lo mal que estás. Vamos, Ginny, levántate.
—Tengo la gripe. Déjame… descansar un poco más.
—No, no es la gripe. Ginny.
Ella frunció el ceño.
—Tenemos que salir de aquí. Es el monóxido de carbono.
Ella se dio cuenta de que lo que le había dicho debía ser importante para ella, pero no podía recordar por qué. Sólo quería recostarse a ver si lo recordaba. Tal vez lo lograra cuando dejara de dolerle la cabeza.
—Escucha, si tengo que hacerlo, te arrastraré por el cabello. Maldita sea, Ginny, tienes que ayudarme. ¡No te puedo llevar en brazos!
Eso hizo que su orgullo se despertara un poco.
—Pues no estoy tan..pesada si es lo que piensas.
Hacía mucho frío en la cabaña. Miró a su alrededor y vio que las dos puertas estaban abiertas. Y parecía como si alguien hubiera roto la ventana más cercana también.
—Harry —dijo—. A Steve no le va a gustar lo que le has hecho a su cabaña.
—Maldito Steve y maldita cabaña. No te está llegando suficiente oxígeno al cerebro. ¿Qué querías que hiciera? ¿Que te abanicara?
Entonces tiró de ella y la puso en pie. Estaba demasiado mareada como para conservar el equilibrio y Harry prácticamente la arrastró hasta la puerta de su coche, donde abrió la puerta y la dejó en el asiento. Luego se volvió a la casa.
—¿A dónde vas? —le preguntó.
—Por las cenizas que saqué de la chimenea.
—¿Para qué?–pregunto Ginny confundida.
—Las voy a echar ahí delante. Tal vez si conseguimos que las ruedas agarren un poco podamos sacar el coche de aquí.
—Ahora que estamos fuera de la cabaña ya está bien, ¿no?
—No es tan sencillo, querida. Es necesario que te vea un médico. Ahora me voy. No olvides como se respira.
Ginny no supo cuánto tiempo había pasado cuando volvió, se sentó detrás del volante y arrancó.
—¿Y tú? —le preguntó—. También has estado ahí dentro.
—Yo estoy bien. No he estado ahí tanto como tú.
El motor respondió al cabo de un momento y ella vio cómo Harry cerraba los ojos por un momento, como agradecido.
—¿Te refieres a cuando has estado trayendo leña esta tarde mientras yo limpiaba?
—Eso es. Bueno, allá vamos. Ahora reza, querida.
Harry metió una velocidad y el coche empezó a deslizarse, primero con dificultad y luego siguió su camino lentamente.
—Lo lograste —dijo ella.
—Sólo es el primer obstáculo de muchos.
El coche tomó velocidad y se dirigió directamente a la carretera. Harry no tocó ni la dirección ni los frenos, por lo que la toma de contacto con la carretera fue un poco brusca.
—Lo siento, pero es lo mejor que se puede hacer en estos momentos.
Ginny bostezó entonces.
—No empieces con eso. Por favor, haz lo que puedas por permanecer despierta. Maldita sea, debería haberme dado cuenta de que algo iba mal. Ese olor… Pensé que era sólo olor a cerrado. Y toda esa condensación en las ventanas debería haberme hecho sospechar también. Había demasiada humedad y eso no debería suceder con este tiempo, en eso tenías razón.
—¿Sí?
A pesar de que temblaba de frío, Ginny seguía sintiéndose adormilada y profundamente cansada.
—Absolutamente. Cuando el combustible no se quema por completo, produce humedad y gases tóxicos. Es una de los signos clásicos, dado que el monóxido de carbono no huele. Pero yo estaba tan convencido de que la cabaña estaba llena de agujeros que no se me ocurrió lo más evidente.
—¿Qué lo ha producido? ¿La chimenea?
—No lo sé, puede haber sido cualquier cosa. Tal vez incluso algún pájaro haya hecho su nido en lo alto de la chimenea o algo así.
El coche avanzó con una lentitud agonizante subiendo la siguiente cuesta. A veces parecía moverse más de costado que hacia adelante pero, por fin, llegaron arriba.
—¿Cómo es que Steve no se habrá dado cuenta de que algo estaba mal? —preguntó Ginny.
—Tal vez no había nada que lo indicara la última vez que estuvo aquí. Ha pasado un año o más por lo menos, ¿no?
—Eso creo–dijo ella.
—Y no había ninguna razón para que Joe le echara un buen vistazo porque no iba a ser usada en invierno. Ha sido un error por su parte no haberlo hecho cuando Steve lo llamó, por supuesto. Pero probablemente él pensó lo mismo que yo, que tenía tantos agujeros que no habría problemas.
Ginny miró la siguiente cuesta. Era más grande que la que acababan de pasar y, a medio camino, un árbol caído obstaculizaba el paso parcialmente. Cerró los ojos y pensó que Harry podría hacerlo.
—Tal vez la causa de todo haya sido el hielo, que ha tapado todas las aberturas —dijo él.—. Sigue hablándome, por dios Ginny, no me dejes, no ahora.
El coche derrapó en el mismo momento en que su atención se distrajo y él luchó por mantenerlo controlado, logrando evitar la cuneta por centímetros. Luego, cuando hubieron llegado a la cuesta, le señaló una casa que se veía apenas.
—Ahí es donde vive Joe Scott —le dijo ella.
Harry maniobró para sacar el coche de la carretera y, cuando apagó el motor, las manos le temblaban.
—Parece como si aquí tampoco hubiera electricidad. Espera aquí.
Luego salió, dejando la puerta abierta, y se dirigió a la casa.
Luego lo oyó llamar a la puerta y ésta se abrió. Apareció un hombre que más parecía un oso grizzly y Harry le dijo:
—Tengo que llevar a la señorita Weasley al hospital.
—¿A Ginny? Claro, entre y llamaremos a una ambulancia.
—¿Puede llegar aquí una?
¿Una ambulancia? Ella no había necesitado una en toda su vida, salió a trompicones del coche y fue a protestar.
Harry se volvió y le dijo secamente:
—Te he dicho que te quedes quieta.
—Tenía frío.
Entonces él la sujetó con sus brazos.
—¿Funciona su teléfono? —le preguntó Harry a Joe cuando entraron en la casa y depositó a Ginny en un sofá.
—No. Por el hielo. Pero tengo una emisora. ¿Cuál es el problema?–preguntó Joe aterrorizado.
Ginny vio cómo el alivio se reflejaba en el rostro de Harry; se dejó caer en un sillón cercano y le contó todo a Joe. La mandíbula de Joe se tensó, pero no dijo nada y luego desapareció en la parte trasera de la casa.
—Todo irá bien ahora —murmuró ella.
Harry trató de sonreír.
—Sí. Tan pronto como llegue la ambulancia– dijo Harry casi sin fuerzas.
Ginny cayó luego en una especie de sueño que no era tal, sino como un aturdimiento. Oyó como a lo lejos cuando Joe dijo que la ambulancia estaba en camino, pero no prestó realmente atención, era un esfuerzo demasiado grande.
Incluso el ruido que hicieron los de la ambulancia al llegar apenas la despertó. Ni siquiera las manipulaciones de que fue objeto. Cuando le pusieron la máscara de oxígeno respiró a pleno pulmón. Hasta entonces no se había dado cuenta de lo mucho que le había estado costando respirar.
—Es una suerte que estuvieran por la zona —dijo Joe a uno de los enfermeros.
—Puedes estar seguro de eso —respondió el enfermero.
Ella miró entonces a Harry y se quedó horrorizada cuando, por primera vez, se dio cuenta de lo serio que había sido aquello.
Él le apartó el cabello del rostro.
—Te pondrás bien, Ginny. Te cuidarán bien.
Y entonces, mientras Ginny lo miraba sin poder hacer nada por evitarlo, Harry se derrumbó y cayó al suelo como una marioneta a la que le hubieran cortado las cuerdas. Sus ojos verdes se apagaron por completo.
