Ni los personajes ni el mundo de Twilight me pertenecen

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-¿Qué quieres de mí, Aro?

-Michael, Bella, Michael Visconti, no lo olvides. Y no quiero nada, solo que seas feliz. Por eso te he hecho un regalo que no es nada, nada, comparado con el que te espera al nacer el nuevo día. El día en que cumples años.

Nos miramos él y yo. El miedo, el dolor, la pena, todo había desaparecido de mi alma. No iba a vencerme. No.

-Si le haces daño a mi familia…

-¿Pero quién ha hablado de tu familia? ¿Y de hacer daño? Yo nunca le haría daño a alguien a quien tú amaras mi querida Bella.

Sin darme cuenta, habíamos llegado a la puerta que daba al interior de la cúpula. Felix y Demetri inclinaron la cabeza y sonrieron al paso de Aro. El reloj que había sobre la puerta marcaba la medianoche. Técnicamente, acababa de entrar en mi diecinueve cumpleaños.

Las luces estaban apagadas cuando entramos. Entonces todo el mundo cantó felicitándome.

-¡Feliz cumpleaños, Bella! –gritaron todos. Diez vampiros y cuarenta humanos. Quise morir, pero no me podía dar el lujo de hacerlo, No con Aro allí. Iba a hacerle daño a Edward, o a alguien de mi familia, y yo no pensaba consentirlo.

Capitulo 12.-Edward

-No sabía que hoy era tu cumpleaños –dijo Jake. Traía en sus manos dos copas de champagne, una para cada uno de nosotros-. ¿Seguro que no quieres tarta? La han hecho por ti.

-No–respondí-. No me gusta cumplir años y no me gustan los regalos ni las sorpresas.

-¡Vaya! Pues Michael está dando una fiesta increíble justo para sorprenderte.

¿Detectaba cierto ataque de celos en la voz de Jake? ¿Por qué todo el mundo me asociaba con Aro? Hasta Jane estaba celosa, como si yo fuera ¿qué? ¿Su sobrina preferida?

Iba a responder cuando sonó mi móvil. Rebusqué en mi bolso. Era un mensaje. De Meridan.

"Sal de la fiesta y líbrate de los guardaespaldas. Te espero en el garaje de tu hotel para llevarte al hospital. Hay alguien a quien debes ver. No digas nada a nadie. Si Aro se entera de que me he puesto en contacto contigo…".

Miré el móvil durante unos segundos. No había palabras para describir la mezcla de angustia y felicidad que sentía. Escribí febrilmente mi mensaje de respuesta a Meridan:

"¿Es Edward?"

Y lo mandé. Los escasos segundos que pasaron hasta que recibí contestación fueron terribles.

"Sí".

Cogí la mano de Jake y tiré de ella.

-Hey, ¿qué te pasa Bella?

-Tengo que volver al hotel y necesito que, de camino, me ayudes a librarme de todos esos tipos que me siguen a todas partes.

Nos fuimos disimuladamente de la fiesta pero, cuando llegamos a la puerta y pedimos un taxi, uno de los hombres que me seguían a todas partes estaba allí.

-¿Desean volver al hotel, los señores?

-Sí –respondí.

-Entonces no hace falta que pidan un taxi, llamaré a la limusina.

-¿Y qué pasa si queremos pedir un taxi, eh? –dijo un enfadado Jake.

-Oh, nada en absoluto, pero son las normas de seguridad que nos han dado.

-No pierdas el tiempo, Jake –suspiré. Sabía que sería inútil razonar con ellos. En apenas unos segundos, una limusina se detuvo frente a la puerta y entramos en ella.

Una vez en el interior, Jake me miró muy intrigado aunque se abstuvo de decir nada. Sin duda estaría preguntándose quién era yo para llevar siempre una seguridad mayor que la suya. Quizás imaginaba que era una princesa o algo así. La realidad, en cambio, era mucho más triste y más prosaica: mis acompañantes no eran mis protectores sino mis carceleros. Pero a Jake eso nunca se le ocurriría por sí mismo.

Cuando atravesamos las puertas del hotel, nos dirigimos al ascensor acompañados siempre por el mismo hombre. Le oí hablar por el micrófono que llevaba pegado a la oreja.

-Ya hemos llegado.

Era el aviso para mis otros carceleros. Cuando llegáramos al piso cuarenta y cuatro, el mío, habría ya allí cuatro o cinco agentes más vigilando todas las salidas de la planta. Imposible huir. Tenía que pensar rápido.

El guardaespaldas pulsó dos botones: las plantas veintinueve y cuarenta y cuatro. La primera era la de Jake. "Claro", pensé, "esa es la solución, pero tendrá que ser algo… ejem… improvisado".

Cogí la mano de Jake y comencé a juguetear con ella. Jake me miró sorprendido, y aún se sorprendió más cuando situé su brazo por detrás de mi espalda. En aquel momento el ascensor se detuvo. Al abrirse la puerta, frente a nosotros, había un bar pequeño pero agradable. Salí del ascensor pegada a Jake.

-Agente ¿Por qué no va a tomar una copa al bar? Tengo que ir a la habitación de mi amigo y estaré allí como mínimo una hora ¿verdad, Jake?

Guiñé un ojo con complicidad al guardaespaldas y apreté la mano de Jake en un intento de que me comprendiera y me siguiera el juego. Afortunadamente fue así.

-Sí, una hora o más –añadió Jake. Me estrechó contra él de modo abusivo y guiñó a su vez el ojo al agente-. Tómese lo que quiera, pago yo.

Jake miró al barman y agregó:

-Barra libre para el señor.

El agente, sin embargo, parecía dispuesto a seguirnos hasta la habitación de Jake. Éste se dio cuenta y me besó. Fue un beso largo, al que no tuve más remedio que ceder si quería escapar.

-Caradura –susurré, cuando dejó mis labios libres. El sonrió.

-No mires atrás –dijo-. Nos besaremos por todo el pasillo hasta que se canse de seguirnos.

Cuando entramos en la habitación, me separé de Jake y lo empujé hasta que cayó sobre el sofá. Se quedó allí tumbado, en una postura un tanto extraña, y con una sonrisa de oreja a oreja.

-¿Se puede saber qué hacías? –pregunté.

-Hum, Bella, creo que has empezado tú y, aunque me gustaría que fuera porque me deseas, dudo tener esa suerte.

-Necesito ir al garaje y perder de vista a esos tipos, te lo he dicho.

-Lo del garaje, no.

-Bueno, pues ya lo sabes.

-¿Y qué vas a hacer allí?

-Me espera Meridan.

-¿Quién es Meridan?

-¿Quién es Meridan? ¿Quién es Meridan? –retorcí mis manos impaciente. Necesitaba ver a Edward cuanto antes y saber que estaba bien-. Y ¿qué más da quién es Meridan?

"Es el hombre que me quitó la inmortalidad", pensé. "Y seguro que a Edward le ha hecho lo mismo. Tengo que verle. Saber que está bien. Hay tantas cosas que pueden salir mal…" Pero no dije nada de todo eso. En cambio, pregunté, casi al borde de la histeria.

-¿Puedes mirar si el tipo está allí fuera?

Jake puso el ojo en la mirilla de la puerta. Luego abrió y miró a ambos lados del pasillo.

-Creo que lo hemos escandalizado lo suficiente.

-¿Cómo voy al garaje? –pregunté. Lo aparté y salí de la habitación-. Da igual, no me lo digas. Encontraré el camino. Las escaleras de este piso están por allí ¿no? –indiqué la dirección que se alejaba del bar y del ascensor.

Jake suspiró.

-Te acompañaré. Este hotel es un auténtico laberinto. Mientras tanto, me podrías contar quién es ese Meridan.

Llegamos al garaje un cuarto de hora después. Vi enseguida el coche del médico; un porche rojo que estaba cerca de los ascensores. Corrí hacia él y abrí la puerta del copiloto.

-Espera Bella, ¿qué haces? Voy contigo –dijo Jake.

Me volví y lo miré. No, claro que no podía venir. Si venía, sabría demasiado. Por su seguridad, no le convenía saber demasiado. Hablé muy deprisa.

-Oh, Jake, gracias de verdad, pero si necesito algo es que subas a esa habitación tuya y finjas que yo sigo allí contigo, todo el tiempo que puedas. No te preocupes de nada. Confío en este hombre. He de ir con él al hospital porque tengo que ver a alguien que está allí y… -Lo abracé para evitar caer en un ataque de histeria. Jake me dio palmaditas en la espalda.

-Tranquila. Haré todo lo que me pides.

Me separé de él y subí al coche. Meridan lo arrancó.

-¿Cómo está Edward? –le pregunté a bocajarro. Estaba tensa. Emocionada, feliz, asustada.

-Tranquila. El peligro ha pasado. Todo salió bien, como contigo.

-¿Ha despertado ya?

-No, está sedado; así que aún tardará unas horas. Podrás verle antes. Eso, claro, si Aro no nos descubre.

Conocí a Meridan en Seattle. Yo era la interlocutora oficial de la familia Cullen con J. Jenks –el tataranieto de aquel primer J. Jenks al que encargué los documentos de mi hija cuando los Vulturis vinieron a matarnos-, y éste me lo presentó en una de aquellas cenas a las que solía invitarme cuando acudía a su despacho para renovar pasaportes que resultaran plausibles a vampiros con centenares de años. Meridan, entonces, era jovencísimo: apenas un estudiante. Sus investigaciones provocaron mi curiosidad hasta el punto de que decidí acompañarles mientras cenaban. Pensé en contárselo luego todo a Carlisle, pero al fin, decidí no hacerlo: no quería que se lo dijera a Edward. Sabía de sus tendencias melodramáticas y aunque últimamente estaba en paz consigo mismo, no quería darle ideas que le sirvieran en un momento de frustración.

Nunca pensé que sería yo, y no Edward, quien acudiría a Meridan unos años después, pero, para explicar mi decisión, habría que comenzar por el principio. Unos setenta años antes de aquella charla, cuando Renesmee y Jacob decidieron tener hijos, su modo de vida cambió. Querían pasar el mayor tiempo posible con sus pequeños –algo que comprendí muy bien- y Jacob dejó de transformarse. Su reloj biológico, detenido en los dieciséis años, volvió a ponerse en marcha y el de Renesmee se activó también, como si estuviera sincronizado con el de Jacob. La vida de ambos fue larga desde un punto de vista humano. Jacob se apagó lentamente en su ancianidad y murió en paz una noche, rodeado de su familia. Supe que mi hija no le sobreviviría mucho tiempo.

Así fue. Unos meses más tarde, Renesmee me contó que le habían diagnosticado un cáncer y yo odié la clase de vida que me permitía seguir siendo joven mientras mi hija se moría sin remedio. De vez en cuando, yo veía a Meridan en Seattle. Creo que él ya sabía qué clase de ser era yo. Incluso que así éramos todos los Cullen. Probablemente, se hacía el encontradizo cada vez que Jenks y yo quedábamos en la ciudad. Meridan no es un ser humano normal y corriente. No tiene miedo de los vampiros. Es como si hubiera nacido sin ese instinto de protección, quizás porque también tiene propiedades de escudo, como yo. Aro debe haberlo descubierto.

Lo que no sabía yo por entonces era que Aro estaba detrás de Meridan. En realidad, dudo que lo estuviera al principio, cuando le conocí. Pero a Meridan le gustaba el riesgo y no miraba con quién hablaba. Supongo que fue cuestión de tiempo que Aro averiguara lo que hacía y le obligara a trabajar para él. Así, Meridan me tendió una trampa en mi momento más sensible.

Renesmee estaba ingresada en el hospital de Seattle, en la UCI. Rodeada de instrumentos y gomas de goteros por todas partes, conectada a un respirador. Yo no sabía cuánto tiempo duraría. Estaba sola. Había avisado a Edward y a Carlisle para que vinieran con urgencia, pero tardarían aún unas horas. Entonces, recibí la llamada –muy oportuna- de Meridan. Se pasó por el hospital a verme a mí y a mi hija (los médicos pensaban que yo era la suya pero Meridan sabía la verdad). Era todo parte de un plan, y le funcionó perfectamente porque yo lo deseaba, sí, lo deseaba. Quería morir, así que le rogué que me ayudara a ser humana de nuevo.

Lo que al principio fue un plan descabellado urdido en un momento de dolor fue adquiriendo una lógica evidente a mis ojos a medida que dibujaba sus líneas maestras. Renesmee salió de aquella situación, pero mi plan siguió tomando forma, perfeccionándose. No estaba decidido aún, pero casi. Solo necesitaba un empujón. Ver a Edward a mi lado hacía que dudara. Pero cuando la enterramos, supe que lo haría y llamé a Meridan desde la playa.

Cuando desperté, tres días después, comprendí enseguida que había tres cosas que iban mal, muy mal.

Sentí no uno, sino dos vacíos en mi corazón. No había recuperado a mi hija y ya no tenía a Edward a mi lado.

A través de la ventana, la línea de edificios que se dibujaba en el horizonte no era la de Los Ángeles, el lugar dónde Meridan me había dicho que me llevaría; sino la de Icewood, la ciudad cuya construcción había comenzado Aro doscientos años antes y que dirigía discretamente sin que los humanos se apercibieran de ello.

Por último, no tardé ni veinticuatro horas en descubrir que Aro controlaba a Meridan, tan prisionero como yo, tan amenazado como yo, pero mucho, mucho más asustado.

Meridan era cobarde pero, a pesar de ello, terminé confiando en él: ya no me mentía, no desde aquella primera vez. Por él supe que Aro quería hacerle a Edward lo mismo que a mí. No intenté siquiera convencerle de que no lo hiciera porque sabía que Aro tenía mucho más poder que yo sobre él.

Meridan era muy bueno en su trabajo. Otros vampiros habían muerto en el proceso de transformación, porque habían estado en manos de otros miembros de su equipo y porque a Aro, en realidad, no le importaba que murieran. Pero Edward tenía que vivir, porque Aro lo quería así, y porque yo le había pedido a Meridan que le salvara la vida:

-No te preocupes. Lo haré yo mismo.

-¿Por qué no le dices la verdad a Carlisle? ¿Por qué no le dices lo que ocurre aquí? Él te ayudaría. Cuando estés allí no tienes por qué temer a Aro.

-No lo entiendes, Bella. El poder de Aro es inmenso. No tienes ni idea, ni idea, de hasta donde alcanzan sus tentáculos en el mundo humano.

-Solo sé que le vas a quitar la inmortalidad a Edward.

-No creo que eso sea del todo malo. Estará contigo. Por lo que sé de él, aceptaría el cambio gustoso.

-Dime entonces solo que lo traerás vivo –le pedí, por centésima vez.

-Eso te lo prometo, Bella. Mi vida estaría sentenciada si no lo hiciera. Pero lo salvaría de todas formas. Si es como tú, merece vivir.

Esa conversación la tuvimos meses antes. Creía que Aro ya habría desistido de traer a Edward a Icewood. Pero no. Al parecer, solo estaba esperando el momento más oportuno.

El coche de Meridan entró en el aparcamiento.

-Vamos, Bella. Planta quinta. Procura que no te vean.

Cruzamos la puerta. El entró primero y entretuvo a la enfermera que había en el hall. Yo crucé detrás de él al ascensor. Enseguida él me siguió. Salió del ascensor también por delante de mí y arrastró a sus colaboradores detrás de él diciéndoles que quería enseñarles algo.

Vi una habitación con la puerta cerrada y un cartel de "prohibido entrar". Crucé la puerta. Había una cama solitaria. Edward reposaba en ella con los ojos cerrados y un gotero conectado a su brazo.

-¿Edward? –susurré.

No respondió. Dormía. Me acerqué a él despacio y me senté en la cama a su lado. Lo contemplé sin decir nada. No había palabras que pudieran describir lo que sentía.

No había cambiado mucho. Bueno, en realidad, sí. Era él pero estaba distinto. Lo primero que advertí fue que respiraba. Era una respiración lenta y calmada como la de un niño que sueña cosas agradables. Lo segundo que note fue su piel. Ya no era tan pálida. Acaricié su mano y la tomé entre las mías. Estaba caliente. Más incluso que la mía. Seguí entrelazando sus dedos con los míos y dibujando en su palma garabatos sin sentido. Garabatos que decían "te quiero" en todos los idiomas del universo.

Sus ojos estaban cerrados pero sus mejillas se habían vuelto sonrosadas. Me pregunté cómo serían sus ojos. Sentí un deseo casi irrefrenable de despertarle para verlos. ¿Serían verdes, como cuando era humano? Los míos habían vuelto a su color chocolate original.

Una sonrisa escapó de mis labios. Su pelo seguía siendo indomable. Eso no había cambiado en absoluto. Lo acaricié con cuidado al principio, luego sin temor. Al fin me retuve y suspiré, no quería despertarle, aún no. Si bien no sabía cuánto tiempo soportaría sin hacerlo. ¿Se despertaría con facilidad o estaría aún demasiado sedado? ¿Sería bueno que lo despertara?

Mi mano se escapó de su pelo y se deslizó por su mejilla, y dibujó luego la línea de su mandíbula y su cuello. Siguió deslizándose hacia abajo, por su pecho. Era perfecto, con músculos cincelados casi como en la piedra. Una corriente eléctrica atravesó mis dedos. El Edward humano seguía provocando en mí los mismos efectos que el vampiro.

Mi mano se detuvo al llegar al corazón que latía a un ritmo fuerte y normal. Su corazón. Me emocioné y ya no pude retener las lágrimas que salieron de mis ojos en silencio. Me incliné sobre él y apoyé mi cabeza sobre su pecho para escuchar los latidos.

No sé cuánto tiempo estuve así. Pudieron ser minutos u horas.

Luego el ritmo de su respiración cambió. Su mano libre se movió y se apoyó sobre mi cabeza.

-¿Bella? –dijo. Era una voz somnolienta.

Levanté la cabeza y me encontré con sus ojos abiertos. Ojos de un color verde esmeralda cálido.

-Edward el color de tus ojos es…

Pero no me dejó terminar. Me acalló con un beso profundo e intenso, que se fue haciendo furioso por momentos y que sólo terminó cuando ambos tuvimos que detenernos para respirar.

-Sabía que te encontraría -dijo.

Sonrió un instante, con su sonrisa torcida. Esa misma sonrisa que siempre había destruido hasta el último resto de mi voluntad. Enredé mis manos en su pelo, lo atraje hacia mí y lo besé, despacio, primero, luego poco a poco nuestro beso se hizo más profundo, rodeé con mis manos su cuello y lo atraje hacia mí. El intentó abrazarme y ambos terminamos enredados con la goma de gotero que colgaba de su brazo. Nos reímos y dejamos de besarnos.

-Espera –dijo él. Se arrancó la vía endovenosa y apartó de sí triunfante la goma.

-¿Qué haces?

-Eliminar estorbos. Ya no lo necesito.

-Pero… -continué. Vi unas gotas de sangre que salían de donde había estado la aguja. Sangre roja y cálida. Ya no tenía para mí la atracción de antes pero me incliné sobre su muñeca y curé a besos su herida. Edward suspiró. Comenzó a acariciar mi cabello y su mano tropezó otra vez con la goma de gotero. Riéndose, la desenredó y la apartó de nosotros.

-Estúpidas gomas –dijo, sin dejar de reír. Yo me reía con él. Me acosté sobre su pecho.

-Soy tan feliz de verte otra vez, Edward. Tengo que explicarte tantas cosas.

-Yo también –dijo, mientras besaba mi cabeza una y otra vez: mi frente, mi cabello, mis ojos, mis mejillas.

-Y pedirte perdón por haberte abandonado de esa manera. Gracias por buscarme y por encontrarme y…

No pude terminar la frase porque Edward me hizo callar con un beso. No sé cuánto tiempo estuvimos así, el uno junto al otro; sólo que, al cabo de un tiempo que me pareció muy corto, Edward se puso tenso.

-¿Dónde estamos? –me preguntó.

-Oh, en el hospital.

-¿De dónde?

-Icewood.

Se levantó de un salto de la cama y, cuando yo lo hice también, puso su brazo delante de mí, como si quisiera protegerme de una amenaza que estuviera tras la puerta.

-¿Qué pasa, Edward?

-Aro está aquí.

-Ah, bueno, Aro –dije.

-¿No te sorprende?

La puerta se abrió y Aro, al otro lado, esbozó una gran sonrisa.

-¡Edward, por fin!

Detrás de él entro también en la habitación un Meridan cariacontecido.

-¡Y Bella, también! ¡Qué maravilloso reencuentro! Me encantan las historias de amor.


Este es el capítulo más largo que he conseguido escribir hasta ahora. Me siento orgullosa de mi misma ;-D.

Y ahora, como voy a tener vacaciones, voy a actualizar más a menudo. Plis: a cambio ¿reviews?:-) Va... Han vuelto Edward y ahora Bella y él están juntos. ¿Para siempre? Jake, que está enamorado de Bella, y los Vulturi, que son todos unos vampiros inteligentes y diabólicos, van a intentar separarles. Por otro lado, Aro tiene planes para que Edward y Bella le sirvan de la manera que ellos menos sospechan...