VII
Ante los ojos de Albert Candy era hermosa por un momento le dio la razón a Neal pero jamás la tomaría a la fuerza quería su amor pero nunca a la fuerza. Abrazados bajo una manta y enfrente de una fogata él contenía del deseo de tomarla, de decirle quien era y que podía darle todo en especial un pasado. Candy no se encontraba dormida disfrutaba del calor de Albert.
– Perdóname… por preocuparte, solo quería hablar con él, decirle que continuara su vida a lado de Susana, que yo continuaba con la mía. – Esa declaración lo dejo sin aliento y la llama de la esperanza lleno su corazón. La atrajo más hacia él acariciando sus cabellos. No supo cuanto tiempo paso pero la frio, que precede al amanecer, los envolvió. No podía dormir, tenerla en sus brazos era más que un sueño, tan cerca de su rostro. La respiración acompasada de Candy le confirmo que estaba profundamente dormida así que cometió una locura, rozo sus labios con los suyos mientras ella susurraba su nombre y él sonreía ante esto. Para Candy no fue más que un añorado sueño, pero sueño al fin.
Nunca más se hablo del asunto los días pasaban y los encuentros con George cada vez eran continuos, hasta le mando una carta a su tía para calmarla un poco y hacer la vida de su amigo más llevadera. Despidiéndose de todos los lugares sabiendo que pronto tenia de que dejarlos entro a un bar para hacer tiempo y pensar con vaso de whisky como arreglar el lio en que se encontraba. A sus espaldas un joven exigió al cantinero una botella mas, lo ignoro al fin de cuentas era un ebrio mas, pero cuando comenzó a recitar Hamlet se quedo frio, su mas grande temor estaba a sus espaldas… era Terry. Tardo algunos minutos pensando cual sería su acción, pero fuera lo que fuera él era su amigo así que se acerco a él, trato de hablarle pero al ponerse impertinente no dudo en golpearlo. En verdad no supo porque lo hizo, por haber hecho llorar tanto a Candy, por celos o tan solo por hacerlo entrar en razón.
Ya más sobrio y avergonzado platicaba con Albert como sentía que su vida era una tortura no amaba a Susana y al paso de las semanas llego a odiarla y a odiarse no se veía atado a ella toda su vida aunque su honor le decía lo contrario por fin la pregunta que más temía.
– ¿Cómo esta ella?
– Tranquila al parecer ya lo ha superado. – Todos sus temores, sus odios y dudas lo embargaron pensando en que pasaría si quería verla. La aventura de días atrás lo hacía dudar en las palabras que le había dicho sobre continuar su vida.
– Quiero verla ¿Dónde se encuentra? – Lo llevo hasta una colina donde se podía ver la pequeña clínica la risa de Candy llego hasta ellos. Le contó de cómo le habían corrido del hospital, de lo fuerte que había sido desde que terminaron pero que ella era fuerte y que siguiera su ejemplo debatiéndose entre lo correcto y no completo. – Es mejor que continúes tu vida y dejes que ella lo haga, tu tienes una responsabilidad de la que no puedes escapar, los dos quedaron en eso cuando se despidieron en Nueva York. – No podía creer que lo había hecho pero no dejaría que ella llorara por él.
Terry sabia que tenía la razón y prefirió haber muerto en ese accidente, no muy convencido en continuar con su vida tomo el primer tren que salió de la estación. No le importo hacia donde fuera solo lejos, de su vida, de Susana y de Candy.
El remordimiento calaba a Albert camino sin rumbo por un rato por el parque pensando en ir a buscar a Terry traérselo a ella, alejarse y presentarse como William A. Andrew, dejar de ser Albert, ¿Cómo la iba a volver a ver a la cara? Todo sus pensamientos se colapsaron al entrar al departamento y encontrar a Candy preparando la cena nunca había sido egoísta, si había partido a África fue para dejarle el camino libre a Terry y él no lo aprovecho pero aun asi sabia que no había hecho lo correcto.
