Fotografías
A Remus, le gusta fotografiar
paisajes, a extraños y siente que cada imagen, es una historia,
ansiosa por ser contada.
Remus alguna vez, soñó con ser
fotógrafo, con dedicarse a la vida, a su cámara y a las cientos de
historias que la gente imaginaría al observar sus capturas. Soñaba
con vivir de la fotografía de rostros desconocidos, en una bahía,
el centro comercial o el parque de atracciones. El deseaba compartir
con el mundo su visión del mismo. Quería tocar el alma del que sus
fotografías observara.
Luego descubrió, lo celoso que podía llegar a ser con sus fotos. Y que para el, tomar fotografías era mas bien una vía de escape, una técnica de relajación, y que el día en que se ganara la vida con ello y estuviera obligado a captar las imágenes del mundo, no sería lo mismo. Así que decidió, estudiar educación mágica, y en sus tiempos libres, podría seguir captando historias en las plantas, personas y en el mismísimo cielo.
Posterior a eso, se le veía a menudo por todo el colegio y sus terrenos, siempre con su cámara a la mano, preparado para inmortalizar cualquier momento digno de ser recordado y contado al que fuese digno de admirarlo. Al que lo recibiera. Y fue así, como la fotografió por primera vez. A ella, tan dulce, con ese aspecto angelical, amable y su elegancia nata. Y fue allí, cuando se dio cuenta de que cualquier foto que poseyera su rostro, se le antojaría exquisita. Celestial.
Porque su cabello era castaño como su tableta de chocolate preferida, pero en los días de verano, y con su cámara en mano, podía captar como los rayos del sol le robaban destellos dorados que junto a sus facciones dulces y relajadas, los hoyuelos que a ambos lados de su sonrisa se formaban y esos ojos azules como el cielo despejado, eran todo lo que necesitaba para contar una historia tan magnifica, que te conmovería al punto de las lagrimas.
Y el quería formar parte de esa historia.
Y de esa forma, capturó cada momento en el que ella estuviese presente, cada tarde de sol corriendo en los terrenos, con la falda mas corta de su armario y una camisa de tirantes en un vano intento de ahuyentar el calor. Cada invierno en el cual su rostro perfecto se adornaba con un adorable carmín, y en donde cada suspiro era el nacimiento de una pequeña niebla. Cada otoño, donde su cabello hacia juego con las hojas caídas, en las cuales se tumbaba a charlar con sus amigas o a leer un buen libro cuando no hay nada mas que hacer.
Y en primavera, capto la imagen que desearía nunca haber tomado. Porque encontró a su musa llorando. Porque veía como transparentes y saladas lágrimas resbalaban de sus ojos por toda la extensión de sus pálidas mejillas. Como su nariz tomaba un imperceptible tono rosado y su respiración se volvía entrecortada. Como sus ojos se hinchaban y enrojecían, como sus facciones denotaban un dolor intenso y el escocer de sus orbes.
Fue entonces, cuando comprendió que para ser parte de esa historia, debía salir de su puesto detrás de las cámaras, y tomar acciones. Ser parte de la historia implicaba ser parte de la protagonista. Fue entonces, cuando apagó y guardo su preciada cámara en el bolsillo de su túnica, para correr a abrazar y consolar al dulce ángel que lo había cautivado y le había hecho tomar la decisión de que si había una historia que quería contar. Era la historia de su amor sin igual. La historia del lobo y ricitos de oro, tomados de la mano por el bosque prohibido.
Y es por eso, que Remus Lupin, tiene un álbum de caratula aterciopelada, de color marrón claro, como el cabello de su amada, en el cual guarda todas y cada una de las fotos que le tomo a ella. Y las que después de esa tarde de primavera, decidió que serían las de su historia compartida. Porque ese álbum no contaría la historia de Holliday Dupré.
Esas fotografías eran la prueba del amor que El Lobo y La chica dulce de Gryffindor se tenían.
Y sigo aquí, con una nueva página de Word abierta, con intensiones de regalaros una nueva viñeta. Se agradecen los reviews. (:
