Se giró hacía ella, lanzándole una mirada de reproche.
—¡En serio, en serio, en serio lo siento…! —Amelia puso a prueba su mejor mirada de cordero a medio morir— Pero, por favor, Artie- Arthur… ¿me llevarías a mi nueva casa?
—…Si no hay más remedio —Contestó el inglés a regañadientes.
—¡Genial! ¡Sabía que lo harías, Ar…thur! —Amelia sonrió felizmente, mientras Feliciano suspiraba de alivio— ¡Gracias!
—No es nada —Murmuró el rubio, regresando al camino, al igual que los otros dos.
Los tres volvieron a las andadas, sin que ocurriera ninguna novedad. El trayecto volvió a ser algo aburrido, pero permaneció de la misma forma un rato, antes de que Amelia diera un gritito alarmado, causando que tanto Feliciano como Arthur se voltearan hacía ella.
—¡El atardecer…! ¡Y yo aquí bobeando!
—¿Qué tiene de malo el atardecer…?
—¡Es que…! ¡Es que… mi sueño de belleza tiene que ser antes de que se ponga el sol!
Arthur trató de no mirarla mal, pero le fue difícil.
—¿Es en serio?
—¡Claro! Y si no lo hago… —Dudó ella, apartando la mirada nerviosamente— Me pongo muy mal.
—Aun así, es muy temprano para-
—No. Es algo de primera necesidad. Necesitamos un refugio ahora mismo —Instó Amelia, más terca que nunca.
—En un rato podríamos-
—¡Que no!
Arthur inhaló y exhaló, intentando calmarse.
—¡Bien! Como gustes, princesa…
Feliciano los miraba sin entender mucho, pero Amelia pareció relajarse un poco.
—Me pareció decirte que me llamaras Amelia, Arthie.
—Me pareció oírte decir que no me llamarías "Arthie".
Ella sonrió ligeramente.
—Ok~ mientras tú me llames Amelia, y encontremos un refugio bonito.
Pasaron minutos, muchos minutos, mínimo media hora, antes de que lograran hallar cerca del camino una especie de cabaña, solo que hecha de piedra.
Arthur esperaba que la princesa le viera con malos ojos, o lo hallara demasiado incómodo, pero ella solo lo miró, y dijo:
—Suficiente para mí.
Sin más preámbulo, fue hacía la entrada de dicha cabaña, bloqueada por una roca, grande, plana, y ovalada.
—Espera, te ayudo —Se ofreció Arthur, rodando los ojos, pero Amelia le hizo un ademán con la mano desde ahí, pidiéndole que no se acercara.
—No, Art…hur. Soy fuerte, de veras.
—Prin… es decir, Amelia, ¿no creerás que en serio…? —Pero antes de poder completar la frase, ahogó una exclamación de sorpresa, al ver que la chica ponía las manos sobre la piedra, y la empujaba hacía un lado, moviéndola, como si nada.
—Uff… ¿ves? —Sonrió Amelia, resoplando, y apartándose un cabello rebelde de la cara, volteando a verlo.
—¡Wow! Que fuerte eres, princesa —Exclamó Feliciano, admirado, acercándose felizmente.
—Gracias, Feli~ pero puedes llamarme Amelia.
—Bueno~
Arthur no dijo nada, mirándola con la incredulidad plasmada en la cara.
—¿Qué? —Le sonrió ella, mirándolo, notoriamente complacida al ver su reacción.
Él solo arqueó una ceja, y apartó la mirada, luciendo algo incómodo.
—Nada. Solo que eso no me lo esperaba… de ti.
Amelia cambió ligeramente su sonrisa, siendo ahora una más apenada, casi triste.
—Bueno… no todo es lo que parece, ¿no crees?
Arthur iba a decir algo, un poco sorprendido, pero vio de soslayo a Feliciano entrando al refugio, y se distrajo.
—¡Hey! ¡Feliciano!
El aludido dio un respingo, y se giró rápidamente, casi con miedo.
—¿Sí?
—Ese es el refugio de la pr- Amelia —Se corrigió solo nuevamente— No puedes entrar ahí, es para ella.
—Oh, si… lo siento, Feli —Se disculpó Amelia, pero no por eso dejando de entrar a la curiosa construcción hecha de rocas— Estarás bien con Arthur allá afuera, no te preocupes. Él te cuidará, y todo.
—No voy a "cuidarle" —Replicó Arthur a la primera, indignado— Ni que fuera un perro. No mi perro, al menos.
Escuchó la risita de Amelia, en el interior de la casita, y solo puso los ojos en blanco.
—Veh… —Feliciano lo miró ladeando la cabeza, como sin entender.
—Como sea… es algo temprano todavía, Amelia… ¿estarás bien ahí…?
—Sí —Respondió ella rápidamente, probablemente aún más dentro de la construcción, por qué esa vez resonó el eco de su voz— Solo… cierren la puerta.
—¿Cerrar la puerta…? ¿Cuál puerta?
—Pues la única puerta que abrí, tontito —Agregó Amelia, entre confusa y divertida.
—¿Se referirá a esto…? —Le dijo Feliciano a Arthur, señalando la roca que había movido para poder entrar.
El aludido miró la piedra fijamente.
—¡Pero si eso no es una puerta!
—Pero es lo que tuve que quitar para poder pasar —Replicó Amelia— Y como es lo único que puede bloquear la entrada, eso lo hace una puerta.
Arthur suspiró, ya con resignación. Con mucho esfuerzo, movió la roca de regreso a donde estaba, y una vez más se sorprendió de la increíble fuerza que debía de tener la princesa, pese a su apariencia.
Aun así, ella había dicho algo con mucha razón…
No todo es lo que parece.
—Veh… ¿podemos dormir ya?
La voz de Feliciano le hizo regresar a la realidad. Volteó sin disimular su desconcierto, hasta que éste mutó a algo similar a la pena, y se rascó la nuca con inesperada incomodidad, alejándose apenas unos cuantos pasos del refugio de la princesa.
—Puedes dormirte y ya, no tienes que esperarme —murmuró agachándose para tocar el pasto, deseando tener su capa con él para tener algo en que recostarse… que estuviera libre de cardos.
—¿Por qué? —Fue la inocente pregunta/respuesta.
—…Olvídalo. Duerme, Feliciano.
EL joven ladeó la cabeza.
Apuesto todas mis pociones a que—
Feliciano caminó hasta posicionarse a su lado.
-eso.
Arthur se recorrió unos prudentes centímetros, acomodándose entre la hierba lo mejor que pudo. Feliciano le imitó, moviéndose más o menos lo mismo que acababa de alejarse. Arthur le observó, no precisamente a gusto. ¿Es que no tenía ni la menor idea de lo que significaba el espacio vital?
—¿Piensas dormir ahí?
—¿Ah? Claro.
Sonaba tan ingenuo, tan… seguro. Como sin el más mínimo reparo en confiar en él. Arthur, que en toda su vida no había recibido ningún tipo de voto de confianza, sintió el cambio con más fuerza que una persona común. Abrió la boca y la volvió a cerrar, descubriendo que las palabras para correrlo se resistían a manifestarse.
—Bien. Pero más vale que no te muevas en la noche.
Se giró dándole la espalda, avergonzado y un poco molesto con su propia debilidad. Lo único que hizo antes de conciliar el sueño fue dedicarse a contemplar el refugio de piedra; mejor opción que tener que mirar la sonrisa bobalicona de Feliciano.
.
Durmió largo y tendido, sin sueños. Cuando alguien empezó a tirar de su brazo, le pareció que apenas acababa de pegar la cabeza al pasto.
—¿Qué?...
El jaloneo continuó, acompañado de un gimoteo.
—¿Qué pasa? —Gruñó, obligándose a sentarse.
—¡Le dije que no lo hiciera!
El mago comenzó a despabilarse al ver como Feliciano le miraba con ojos asustados.
—No le dejes que siga…
—Woo, basta, ¿de qué hablas? —Le detuvo, volteando de un lado a otro. Aun un poco atontado se puso de pie, su postura tensa.
—Ella…
La sola palabra lanzó una posible fatídica imagen mental, que se multiplicó alarmistamente.
—¿Amelia?
Sin esperar la respuesta se puso delante del refugio. La "puerta" bloqueaba la entrada. Puso toda su fuerza en hacer que la roca se moviera a un lado. Feliciano siguió parloteando.
—¡Salió! El pobre pájaro, esos hongos-
—¿De qué estás hablando? —Resopló Arthur al soltar la piedra— ¿Ya salió? ¿Qué ha pasado?
—Está por allá —Feliciano señaló un sitio algo apartado, protegido a la vista por vegetación. Arthur miró la dirección y se dirigió allí sin perder tiempo. Aumentó el paso al notar humo, pero le llevó más tiempo del pensado evitar las plantas con espinas.
—¡Amelia! ¿Dónde estás? ¿Estás bie-?
Paró en seco.
Rodeada de pequeños frutos de dudosa procedencia, un montón leña en el centro, y el vestido manchado de tierra, Amelia alzó la mirada desde el suelo.
—¡Arthur! —Sonrió, ajena a lo había provocado— ¿Me buscabas?
De haber estado más receptivo, habría notado la timidez detrás de la sonrisa.
—¿Qué estás haciendo? —Se escandalizó, viendo que el origen del humo provenía de los maderos, presumiblemente algo parecido a una fogata— ¡No puedes hacer eso aquí! ¡Vas a provocar un incendio!
Buscó con la mirada algo que pudiera servir para apagarlo, pero Amelia protestó inmediatamente.
—¡No lo hagas! ¡Me llevo mucho conseguir que prendiera! ¡Hey!
Arthur empezó a echarle tierra al pequeño fuego, literalmente.
—¡No! —Lloriqueó ella.
Él cometió el error de detenerse, sintiendo una punzada de culpa. La princesa se aprovechó de ello para rodear los trozos de madera protectoramente.
—¡No vas a terminar lo que me llevó tanto empezar! —Le amonestó con cierta fiereza. Pero luego miró, y la decepción le llenó los ojos— Oh, no…
Lo que quedaba era más humo que fuego, a punto de apagarse
—¿Ves lo que has hecho?
Arthur sintió la necesidad de disculparse, a pesar de que su cerebro clamaba lo ridículo que le parecía el asunto.
—Lo siento —Pero de inmediato añadió— ¡Pero no debes alejarte de ese modo! Pensé que algo malo había pasado. ¡Por lo menos espera a que salga el sol!
Evidentemente el sol ya había salido desde hacía rato, pero al regañar a alguien, Arthur jamás había escatimado exageraciones. Frunció el ceño, pero a ella no pareció importarle, suspirando.
—Oh, siempre espero a que salga el sol. Pero deberías disculparte con la fogata. Y además te has quedado sin desayuno.
—Dudo que- —Arthur bufó, pero no estaba seguro de haber oído correctamente— ¿Qué?
—Sí, tonto. No creías que me había puesto a hacer esto por diversión, ¿o sí?
Amelia tomó su falta de respuesta como una confirmación, aunque lo cierto es que Arthur estaba más ocupado intentando hacerle sentido a la idea de que una princesa intentara prepararle el desayuno.
—¡¿Si lo pensaste?!
Se rio, ignorando la confusión de Arthur.
—Oye, ¿Qué clase de idea tienes de mí?
—No, no es eso… pero de verdad, tú, ¿haciendo el desayuno? ¿Una princesa?
—Nunca lo había intentado antes —Le dijo ella, en tono de confidencia— Pero ssh, es un secreto.
—¿Qué pensabas hacer? —Arthur volvió a arrugar el entrecejo, escudriñando el suelo con la mirada, hasta toparse por accidente con las manos de Amelia, detectando algo inusual— Espera, tus manos…
No necesitó respuesta para saber qué había pasado. Ninguno se percató al principio de la presencia de Feliciano acercándose, intentando comprender que había pasado.
—Te has lastimado —Obvió Arthur con cierta aspereza— No debiste actuar tan descuidadamente.
—Pero funcionó, ¿no? Prendió —Contestó ella— Y hubiera seguido de no ser por alguien…
—Olvida eso. A ver, muéstrame las manos.
Pisando accidentalmente algo parecido a un montón de bayas se acercó a ella, agachándose. Amelia, parpadeando, extendió sus manos recatadamente. Arthur las tomó entre las suyas, examinándolas con cuidado. Estaban enrojecidas, y lucían varios raspones. Un par de cortes destacaban en ambas palmas. Aun así aquellas manos estaban cálidas, y era todavía palpable la finura en ellas, pero eso no iba a decírselo.
—Ve~ ¿No pasó nada?
Ambos voltearon, viendo a Feliciano, con una curiosa expresión en el rostro. Arthur dejó ir rápidamente las magulladas manos.
—No, está todo bien. Excepto por que no hay desayuno…
—Déjalo ya, ¿quieres? ¿A quién se le ocurre empezar una fogata en un lugar totalmente incendiable? ¡Estás envuelta en plantas!
—No es cierto —Amelia hizo un puchero, quitándose una ramita del cabello.
Feliciano soltó una risita, por alguna razón desconocida.
—Feliciano —Empezó Arthur con resignación, aun a sabiendas de que podría ser una pésima idea— ¿Sabes algo de reconocer bayas comestibles?
—¡Por supuesto! Tuve que trabajar en eso más de una vez.
—Bueno… entonces ve y trae algunas.
Feliciano asintió entusiastamente, moviéndose como si no resistiera quedarse más tiempo en su lugar.
—¡Pero no vayas lejos, no vayas a perderte!
Él soltó un "ve~", y se alejó, silbando. Arthur se giró hacia Amelia, captando su mirada divertida.
—En cuanto a tus manos… —Repuso, disminuyéndole un poco la sonrisa— No deberías volver a hacer eso. Pasar de hacer nada a todo es muy malo.
Amelia resistió las ganas de protestar, percibiendo las buenas intenciones detrás de sus palabras.
—Pero no entiendo… —Siguió él, frunciendo las cejas— ¿Cómo lograste prender fuego? Hacer eso es muy complicado.
—¿Ah sí? —Se asombró Amelia, una sonrisa iluminando su rostro— No lo sabía.
—Sí, bueno… —Replicó Arthur, dudando de si había hecho bien en comentarlo— la próxima vez que lo hagas que no sea en un sitio así… no, de hecho mejor pídemelo a mí.
—Pero acabas de decir que es muy difícil y lo logré —Respondió ella, orgullosamente.
—Sí, después de varios intentos, a juzgar por el aspecto tus manos —Arthur rodó los ojos.
Ella rezongó.
—No me quites el mérito.
—No lo hago —Él comenzó a rebuscar entre los frutitos que Amelia había recogido, buscando algo rescatable. Vaciló, pero lo dijo de todas formas— …Por cierto, para tus heridas… hay una sustancia que puede que sirva para eso. Podríamos encontrarla en el camino.
Eso era más o menos cierto. En realidad había que mezclarla un poco, lo que técnicamente incluía traer a colación el tema prohibido de la magia, así que no podía decirle eso. Empezó a sentir la presión de lo que acababa de decir cuando la princesa no dijo nada por algunos segundos. Pero lo que ella dijo después no tenía mucho que ver con lo que a él le preocupaba.
—Dime… ¿se ven tan mal? —Preguntó quedamente, mirándose las heridas.
—N-no, no se trata de eso-
—Puedes decírmelo, no hay problema —Le sonrió ella— Te preocupan mucho mis manos. Por algo es.
Ahora fue turno de Arthur de callar. No sabía cómo explicarle sin exponerse. Finalmente la calma mirada de ella, casi dulce, le inclinó a decir solo lo necesario. Aventó a unos arbustos las bayas que desconocía.
—Podrían quedarte cicatrices. Ya lo he visto antes. Pero con ese remedio no tendrás ese problema —Se encogió de hombros, como si no le diera importancia— Solo digo que sería una lástima… es decir, siendo una princesa y todo, seguramente afectaría tu imagen o algo así.
Aun con su patética excusa temía haber dicho demasiado.
—Cuando Feliciano fue a despertarme estaba diciendo algo de un pájaro. Y unos hongos. ¿De qué iba todo eso?
Esperaba que cambiando el tema alejara la atención de sus manos. Amelia intentó disimular su nerviosismo, pero falló.
—Tiré unos hongos hace rato. Había empezado a usarlos, pero luego recordé haber leído algo de setas venenosas… eh, en realidad fue Feli el que me dijo que lo eran.
—¿Setas venenosas? —Arthur se sintió palidecer— ¡Pudiste habernos matado!
—¡La intención es lo que cuenta!
Se cruzó de brazos. Arthur omitió decir que él tampoco sabía reconocerlas.
—¿Y lo del pájaro? ¿Qué hiciste?
Ella se sonrojó.
—Vi… un pájaro hace un rato. Un petirrojo o algo así.
Arthur esperó una explicación parecida, pero ni si quiera continuó hablando.
—…¿Y?
—N-no pienso decirte —Rezongó, rehuyendo su mirada— Feliciano guardará mi secreto… ¿A qué sí, Feli?
El mencionado estaba regresando desde donde quiera que hubiera ido, confundido de escuchar su nombre.
—¿Ve~?
—Lo del petirrojo… no le dirás nada, ¿verdad?
Su cara de cachorro regañado fue más que suficiente.
—¡Ah!... Claro que no. Si Amelia no quiere no diré nada.
Con todo y sus palabras alegres, en su expresión aun había algo que no acababa de convencer a Arthur y le hacía pensar que había ocurrido algo de lo más inquietante, y de lo que quizá fuera mejor no estar al tanto.
.
Ajjakskjaja ay este es el capítulo con el que más me he divertido hasta el momento. ¡D. E. P, petirrojo!
Shiro Honda OwO9: ¡Hola de nuevo!... cierto, cierto x'D más adelante volverá a aparecer… no estoy segura de cuando exactamente, pero de que se le verá de nuevo seguro (?) Creo que tardé menos que la última vez… como siempre, gracias por la espera x3
CielaPhantomhive-Michaelis: Aww eres muy amable, me encanta saber que hay quien piensa eso /w\ ¡espero te guste este nuevo capítulo!
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