Capítulo 7
-No, no me resulta nada difícil creer que alguien te pida que te cases con él- dijo arrastrando las palabras suavemente-. Yo también lo hice una vez.
Sus palabras despertaron el doloroso recuerdo de uno de los días más felices de su vida, pero también la hicieron pensar en lo que habían cambiado las cosas desde entonces. Habían pasado tres años desde que Nico la había llevado a Francia a ver una carrera de caballos en Longchamp. Después había acompañado su proposición de matrimonio de champán, fresas y un precioso anillo de diamantes. En aquel momento había sentido tal felicidad que se había echado a llorar.
-Seguro que desearías no haberlo hecho.
-Jamás desearía algo que significaría no tener a Alexander...
-Cuando yo estaba embarazada no pensabas igual.
-Me niego a morder el anzuelo. Los dos cometimos errores...
-¿Es que ni siquiera ahora puedes admitir haberte equivocado? -le echó en cara con rabia.
Nico apretó los labios: -Concentrémonos en el profesor Solace. ¿En serio te ha pedido que te cases con él? -le preguntó como si fuera lo más extraño y cómico que había oído en su vida.
-No entiendo qué es lo que te divierte tanto -respondió ella con la cabeza bien alta.
-¿Te parece que me estoy divirtiendo? -el reflejo negro de sus ojos era tan brillante como una la misma noche-. Me has malinterpretado. Lo que ocurre es que me asombra el valor de Solace y me sorprende que no lo hayas echado de la casa. ¿O es que ése es el motivo por el que se ha ido?
-Para la mayoría de las mujeres una proposición de matrimonio es un verdadero halago. No sé por qué motivo iba a querer echar a Will de la casa.
-Debes de ser muy obtusa.
—No lo creo. Estás siendo muy grosero —Rachel podía oírse hablar cada vez más alto a pesar de su intención de no responder a provocación alguna-. Will es una persona muy respetada en el mundo académico y es un buen amigo.
-También resulta que es algo mayor y encajaría en el papel de tu padre. Probablemente hayas llegado a la conclusión de que es demasiado apasionante para ti -murmuró Nico en un tono increíblemente sensual-. Pero elegir un ataúd doble parece demasiado prematuro para una mujer de veintisiete años.
-Supongo que te creerás muy listo por divertirte a costa de Will -Rachel tenía un nudo de rabia en la garganta.
-¿No te resulta extraño que el profesor te haya dejado aquí, sola conmigo sin inmutarse?
-Will es demasiado maduro para rebajarse a comportarse de otro modo.
Nico soltó una desagradable carcajada: -¿Estás segura de eso? Yo habría dicho que su marcha tenía más que ver con el instinto de supervivencia. Seguramente no quería provocar una escena ni hacerme enfadar.
El enfado de Rachel seguía aumentando: —No tienes derecho a insinuar que Will es un cobarde.
-Vamos, Rach, no te burles de mí. ¡Tú ni siquiera considerarías la posibilidad de casarte con un tipo así después de mí!
- ¿Ah, no? -ese diminutivo tuvo el mismo efecto que la sal en una herida abierta.
En otro tiempo había sido un apelativo cariñoso, ahora no era más que un recordatorio de todo lo que había perdido. Sinceramente, no sabía qué le había hecho cometer la indiscreción de contarle a Nico lo sucedido con Will, pero ahora que ya lo había hecho, defendería a su amigo hasta la muerte. Los ofensivos comentarios de Nico no hacían más que añadir amargura a unos sentimientos que podían descontrolarse en cualquier momento.
-No, tú no te casarías con él -respondió con arrogancia—. Te mereces mucho más que un hombre del que yo pueda reírme.
-¡No sabes qué equivocado estás con Will! -Rachel le lanzó una mirada de desprecio aunque al mismo tiempo estaba preguntándose por qué estaba tan enfadada con él-. No creo que él pudiera hacerme tan infeliz como me hiciste tú...
Nico enarcó una ceja que cuestionaba tal opinión: -Lo dudo mucho. Tú estás llena de pasión mientras que él parece un tipo muy frío.
-Cuando ya no era una novedad, no había nadie más frío que tú. Will no es tan volátil y desde luego nadie podrá referirse a él como un mujeriego.
- ¡Diablos! Yo no soy ni he sido nunca un mujeriego -juró con un aspaviento-. Odio esa etiqueta. Soy una persona conocida y si alguna vez hablaba con una mujer, en los titulares aparecía el rumor de que me había acostado con ella. Y cuando nos casamos, me convertí en un objetivo aún mayor.
Rachel agitó la cabeza haciendo bailar su melena rubia.
-¿Y Thalia Grace también es un rumor? -preguntó sabiendo que no debería haberlo hecho.
-¡No creo que te deba ninguna explicación de nada de lo que haya hecho desde que me abandonaste! -espetó Nico enfurecido por lo injusta que podía llegar a ser.
Rachel cruzó los brazos sobre el pecho en un gesto defensivo y levantó bien la cabeza para mirarlo con ojos iracundos: -Pues a mí me parece que sí porque, te guste o no, todavía estás casado conmigo.
-Sí... -comenzó a decir lanzándole una mirada envenenada-. Una de las grandes ironías es que tú pusiste fin a nuestro matrimonio por una infidelidad que nunca tuvo lugar... ¡Pero ahora podrás decir que he estado siéndote infiel desde entonces!
Aquellas palabras la hicieron darse cuenta de que sus emociones estaban tan a flor de piel, que pasaba de la rabia al dolor en un abrir y cerrar de ojos. Se sentía como si acabara de salir de la sauna y la hubieran tirado a la nieve. De pronto se veía obligada a enfrentarse a una realidad que se había negado a aceptar: la vida sexual de Nico había continuado con otras mujeres durante aquel tiempo. Durante los dos años de su separación, había evitado cualquier periódico en el que pudiera aparecer cualquier historia sobre la vida social de su marido porque no quería atormentarse.
-Lo siento -dijo él de pronto apretando la mandíbula-... esa broma ha estado fuera de lugar.
Pero era demasiado tarde. La burbuja en la que Rachel había vivido los últimos dos años acababa de resquebrajarse dejándola desprotegida. ¿Cómo había podido estar tan ciega como para no querer ver todo lo que había cambiado entre ellos? Se había comportado como si los dos últimos años no hubieran pasado, dos años durante los que Nico se había esforzado en ser tan infiel con otras mujeres como ella creía que lo había sido con Reyna Ramírez. Tenía razón, era irónico.
-¿Rach...? -susurró Nico suavemente viendo que Rachel estaba pálida y ausente como si hubiera sufrido un shock.
Ahora entendía que Nico había recuperado su vida de soltero; había disfrutado de otras relaciones, se había acostado con otras mujeres. Sin embargo ella no había estado con ningún otro hombre. Su platónica amistad con Will resultaba bastante lamentable comparada con la vida social de Nico.
-Yo nunca me he acostado con nadie que no fueras tú -masculló Rachel con una triste risa-. ¡Dios mío, debo de ser una persona muy aburrida!
-No creo que eso sea aburrido... creo que esa clase de moralidad es digna de admiración, querida -le aseguró agarrándole la mano.
-¿Aunque tú te encuentres tan alejado de ella? -preguntó Rachel retirando la mano.
Pero Nico sorteó la pregunta: -Me parece que deberías estar orgullosa de tus valores. Yo lo estoy... y mucho.
-Supongo que te han venido muy bien. Seguramente para alguien como tú habría resultado muy vergonzoso que tu mujer hubiera estado con unos y con otros. Pero dichos valores han actuado en mi contra la mayoría de las veces -en el fondo Rachel sabía que estaba evitando el tema de su infidelidad porque no quería que viera cuánto le dolía o, aún peor, que le dijera una vez más que lo que hubiera hecho con otras mujeres no era asunto suyo porque su matrimonio estaba acabado.
-No entiendo por qué.
-Me habría olvidado de ti mucho más rápido si hubiera tenido otra relación. Obviamente el hecho de que no haya encontrado a nadie...
-¿Y Will? -la interrumpió Nico, que cada vez se sentía más tenso con la situación.
-No me he acostado con él... por el momento -añadió preguntándose si alguna vez había sentido el menor deseo de hacerlo y pronto se dio cuenta de que no. Eso la condujo hasta la amarga realidad de la duración del vínculo que sentía por Nico-. Pero dime... ¿Con cuántas mujeres te has acostado desde que rompimos? -por fin atacó el tema que tanto la preocupaba.
Algo parecido al pánico se reflejó en el duro rostro de Nico. Pero él tardó varios segundos en identificar tal sensación porque ese oscuro sentimiento era algo totalmente ajeno a él. Sabía que no quería contestar aquella pregunta, sabía que incluso una sola mujer sería demasiado para ella. Respiró hondo como si tuviera que prepararse para la peor de las tormentas.
Rachel observó cómo sus maravillosos ojos negros iban cambiando de expresión intentando ocultar lo que pasaba por su cabeza al tiempo que en sus mejillas aparecía un color poco habitual en él. Le compensaba ligeramente por los celos y la desesperación que ella misma trataba de ocultar.
-¿No piensas contestarme, Nico?
-No. No quiero que te enfades por algo así.
-¿Acaso parezco enfadada? -preguntó fingiendo-. No soy tan sensible. Sólo estoy tratando de superar las cosas como lo has hecho tú. Además, ¿de verdad crees que me importa tanto con cuántas mujeres te has acostado? -añadió en un tono demasiado estridente para ser cierto.
Pero sólo obtuvo el silencio por respuesta. Nico se quedó allí inmóvil y callado. Ni la tortura le habría sacado una palabra en aquel momento.
-De pronto estoy entendiendo un montón de cosas de mí misma -afirmó Rachel apretando los puños-. Mi gran error fue seguir comportándome como una mujer casada cuando ya no vivíamos juntos. Seguramente por eso volví a acostarme contigo.
-No lo creo, cariño. Creo que eso fue por algo más que costumbre...
-Bueno, fuera por el motivo que fuera. ¡Es un hábito del que me voy a deshacer a la velocidad de la luz! -prometió con vehemencia-. Y resultaría de gran ayuda si me dijeras de una vez por todas con cuántas mujeres has estado desde que te dejé. Se llama terapia por aversión.
-¡Santo cielo! -exclamó Nico con frustración antes de acercarse a ella y tomarle ambas manos. Dejemos esto de una vez por todas. No tiene ningún sentido... y te estás haciendo mucho daño...
-¡No soy ni la mitad de sensible de lo que crees! -volvió a arrancar las manos de las de él, repudiando su ofrecimiento de ayuda, que no había hecho más que herir su orgullo aún más.
-De acuerdo... estás haciéndome daño a mí -confesó en voz baja-. Nada de lo que haya hecho vale la pena tanta angustia...
-La angustia ha llenado mi vida desde que te conocí -dijo desgarrada por el vacío que sentía dentro— Llevo dos años tapándome los ojos, sin querer aceptar que tú habías seguido con tu vida. Dime, ¿cuánto tiempo esperaste antes de llenar el espacio que había quedado en tu cama?
-¡Rach... por favor! -exclamó con los brazos extendidos en un gesto de tremenda frustración.
-Tengo derecho a preguntar. He decidido que voy a dejar de fiarme de los sentimientos, ahora sólo quiero hechos fríos y duros -declaró tajantemente.
-Pero tú no eres ni fría ni dura y yo no quiero que te quedes resentida.- Aquello la dejó lívida.
-¡Yo no estoy resentida!... ¿De dónde sacas la idea de que todavía tienes el poder de hacerme daño? Eres todo lo que desprecio de un hombre. Seguro que has tenido una buena colección de mujeres, ¡y todavía tienes la desfachatez de decir que mi moralidad es digna de admiración!
Nico estaba increíblemente pálido. -Rachel...
-¡Quiero que te vayas ahora mismo! -exigió con un grito ahogado por las lágrimas que amenazaban con hacerla derrumbarse-. Puedes venir siempre que quieras a estar con Alexander, pero quiero que me des la llave con la que has entrado antes. Cuando empiece a invitar a mis citas, no quiero que te pasees por aquí a tu antojo.
-¿Qué citas? -Nico había perdido la calma por completo-. ¿Es que te has vuelto loca?
-Al revés, por fin he recuperado la cordura. En lugar de seguir creyendo que eres el único hombre sobre la faz de la tierra, ¡voy a empezar a vivir de nuevo!
—Te has metido en la cabeza que he estado acostándome con todo el mundo...- Rachel pasó a su lado y le abrió la puerta principal invitándolo a salir.
-Por lo que a mí respecta, en el momento que te metiste en la cama con otra que no era yo dejaste de ser mi marido -diciendo eso puso una mano frente a él-. La llave, por favor.
La miró fijamente con los ojos brillantes y llenos de rabia: -¿Dónde está la mujer que decía que quería volver conmigo a toda costa?
-¿Cómo te atreves a restregarme eso por la cara? -preguntó al borde del llanto. Necesitaba que se marchara inmediatamente, antes de perder el control de sus emociones.
-Está bien -susurró dejando la llave sobre la mesita del vestíbulo-. Cálmate, por favor.
-No necesito calmarme...
—No quiero marcharme dejándote así.
-¿Cómo? -preguntó con una furia poco común en ella-. Estoy perfectamente... libre y deseando empezar mi nueva vida como divorciada.
-¿Me llamarás después?
-Voy a estar demasiado ocupada. Además, ¿cómo voy a llamarte? Sólo tus amantes tienen el número de tu móvil -le recriminó amargamente. Nico escribió el número en el bloc de notas que había junto al teléfono de la entrada.
-Por favor márchate.
La puerta se cerró dejándola allí en mitad de aquel silencio ensordecedor. Dejó salir a Hades de la cocina y lo abrazó tan fuerte, que el pobre perro se quejó. Volvió a dejarlo en el suelo y caminó por las habitaciones en estado de shock, así llegó inconscientemente hasta el dormitorio en el que Alexander dormía plácidamente. El llanto la obligó a meterse en el baño, donde tres pañales rotos daban cuenta de las dificultades que había tenido Nico. Ya no podía aguantar los sollozos por más tiempo.
Con las lágrimas recorriéndole el rostro, Rachel pensó lo curioso que resultaba que hacía sólo unos minutos deseara con todas sus fuerzas que Nico se marchara de la casa, y sin embargo en el momento que había cerrado la puerta tras él, no había sabido qué hacer con tan opresiva soledad. Ella al menos tenía a Alexander, multitud de gente tenía mucho menos. Lo único que tenía que hacer era no pensar en Nico o en mujeres increíblemente bellas como Thalia Grace... Todos los sentimientos a los que no se había atrevido a enfrentarse se agolpaban ahora en su cabeza y en su corazón.
Mientras ella había estado creyendo en un cuento de hadas en el que podría reconstruir su matrimonio, Nico se había acostado con ella sólo por el sexo. Algo sin importancia, sin significado alguno...
Entonces sonó el teléfono y tuvo que correr al dormitorio a contestar: -¿Puedo volver a entrar? -le preguntó Nico directamente.
-No...
-Me siento fatal... tú estás mal y yo debería estar contigo.
-No... No deberías -contestó con voz entrecortada y colgó inmediatamente.
Tenía la sensación de que la casa se le caía encima. Abrió la puerta del pequeño balcón que daba al jardín y respiró hondo tratando de inhalar tanto aire fresco como fuera posible. El teléfono volvió a sonar, pero esa vez decidió no contestar. Salió a las escaleras y se sentó en un escalón desde el que podía oír sonar todos los teléfonos de la casa. Había sido una tonta amenazando a Nico de esa manera; él no estaba enamorado de ella, por tanto le daba igual si ella se acostaba con otros o no.
Una tormenta de emociones se estaba desatando dentro de ella. Él era el hombre al que amaba, pero no podía tenerlo. Quizá lo mejor fuera no verlo. ¿Cómo iba a olvidarlo si no la dejaba sola? Tendría que ser más fuerte y más valiente. Intentar hacerle sentir mal no iba a hacerle ningún bien a ella. El timbre de la puerta sonó con fuerza y pasados unos segundos, también se oyeron golpes.
Rachel corrió escaleras abajo y una vez junto a la puerta gritó: -¡Te odio!- Su voz apenas audible la hizo sentir aún peor mientras se preguntaba si él habría podido oír tan lamentable acto de debilidad. Conteniendo otro sollozo, se alejó de la entrada pues no quería que él se enterara de que estaba llorando.
Al otro lado de la gruesa puerta, Nico no dejaba de maldecir por haberle entregado la llave. Tenía que volver a entrar en la casa fuera como fuera. Vio luz en uno de los balcones laterales y se fijó en que la puerta estaba abierta como invitándolo a colarse. Llevaba toda la vida luchando contra su miedo a la altura, que era su mayor secreto.
Se subió al coche y lo movió hasta situarlo bajo el balcón; una vez allí, se subió al techo del vehículo y se agarró de la hiedra que trepaba por la pared de la casa. Resopló con fuerza recordándose que el miedo que sentía era irracional, estaba a poco más de dos metros del suelo, aunque a él le parecieran veinte. Para empeorar aún más las cosas, Hades comenzó a ladrarle desde el balcón.
-¡Cállate! -le avisó con furia.
Pero el perro emitió un aullido que no habría avergonzado a un Rottweiler a punto de atacar. Por fin alcanzó la barandilla de piedra y escaló hasta el interior del balcón. Con la torpeza que provocaban las ansias y el miedo, se tropezó con algo y se cayó al suelo, momento que aprovechó Hades para subírsele a la espalda como si acabara de cazarlo.
Rachel estaba acurrucada en la escalera y parecía tan pequeña...
-Rach... -susurró para no asustarla apareciendo de pronto.
-¿Nico...? -se volvió desconcertada.
-Estaba preocupado por ti. He entrado por el balcón -bajó los escalones hasta llegar a ella sin apartar un momento la mirada de su rostro cubierto de lágrimas.
Rachel no encontraba nada que decir y menos pudo decir cuando él la tomó entre sus brazos poniéndola en pie para besar sus labios apasionadamente y obtener una respuesta igualmente feroz. Nico puso las manos a ambos lados de su rostro y la besó en la frente, después en los párpados mojados y volvió de nuevo a la boca, que lo recibió con los labios entreabiertos.
-No deberíamos... -murmuró fascinada.
Clavó la mirada en sus ojos verdes para lanzarle una clara mirada de deseo.
-Claro que debemos...
