CAPÍTULO 7.

Le hicieron jurar que diría la verdad, y Candy se sentó sintiéndose indignada y atropellada. Pero ya Telma le había advertido que esto podía suceder.

Cerró sus ojos disponiéndose a desnudar nuevamente su horror, su vergüenza. Parpadeó rápidamente procurando que las lágrimas no entorpecieran su visión, y miró fijamente al abogado que ya se estaba dirigiendo a ella para lanzarle la primera pregunta.

—Por favor —pidió el abogado—, relátenos con todo detalle lo que recuerde de esa noche.

—Lo recuerdo todo —contestó Candy de inmediato, molesta porque él sugiriera que había partes que ella pudiese haber olvidado—. Me hicieron ir a esa fiesta…

—¿Podría explicarnos esa parte, por favor? —La interrumpió el abogado—. ¿Cómo que la hicieron ir a esa fiesta? —Candy respiró profundo.

—Me robaron uno de mis libros y me dijeron que la condición para devolvérmelo era que fuera a la fiesta de graduación de uno de sus amigos.

—Y usted fue para recuperar su libro.

—Sí. Fue lo primero que hice en cuanto llegué a la fiesta.

—¿Fue idea de ellas?

—Eso no lo sé. Pensé… quiero decir… Yo… en esa época tenía un admirador… creí que… tal vez era él, que quería que fuera a la fiesta y lo había planeado todo. No parecía que fuese idea de ellas.

—Entonces un admirador la hizo ir a la fiesta…

—No estoy segura de que fuera él, tampoco.

—¿Quién era ese admirador? —Terry elevó la mirada a ella, atento. Candy negó.

—No lo sé.

—¿Cómo se manifestaba antes? ¿Cartas? ¿Mensajes?

—Rosas —contestó Candy, y Terry cerró sus ojos—. Él me enviaba dibujos de rosas. Creí que era él, que… se declararía en esa fiesta—. Terry la miró fijamente. Por un momento, ella había sonado casi soñadora. Una fuerte punzada en el pecho le dijo que ella había cedido ante sus rosas, si había ido a esa fiesta sólo porque creía que allí él se mostraría, era porque había sentido algo más que curiosidad por saber de quién se trataba—. Fui… pero no fue así… ocurrió eso—. Terry tenía su pecho agitado y las manos empuñadas.

—¿Tiene idea de quién instigó todo para que usted fuera? —Terry asintió, como si la pregunta hubiese ido dirigida a él en vez de a Candy. No pudo evitar recordar cuando, en aquella cafetería, Candy y Telma habían entrado y Andrés las había mirado atentamente. Incluso le había prometido conseguirle a la que él quisiera. Seguramente alguien como él tenía sus métodos. ¿Y si, al saber que una de ellas dos le interesaba, había maquinado todo para que ambas fueran? ¿Había hecho que Candy fuera, pero, para qué? ¿Cuál había sido el verdadero propósito al hacer que ella se presentara en esa fiesta? La respuesta bajó a él como un ácido. Le habían dado a consumir droga, seguro esperaban que se comportara violento, o indecente, o ambas cosas. Querían que Candy estuviera allí y lo presenciara, y lo repudiara. Ah, las cosas le habían salido más que perfectas, si había sido así. Candy lo odiaba, lo odiaba a muerte.

—¿Les preguntó a sus compañeras quién había concertado todo? —siguió preguntando el abogado. Candy meneó su cabeza negando.

—No. Nunca se los pregunté, pero es que tardé muchos años en volver a verlas, y nunca se dio la oportunidad—. Terry tragó saliva deseando conocer el nombre de esas mujeres. Él mismo les preguntaría en cuanto supiera quiénes eran. —Usted identificó plenamente a Terry GrandChester como su atacante… —siguió el abogado—. Esto que le voy a pedir será un poco duro para usted, pero, ¿podría contarnos por favor cómo sucedieron los hechos? Con todos los detalles que le sean posibles—. Candy miró a Telma, pero esta no dijo ni objetó nada. Respiró profundo, regresando a aquel momento.

—Yo fui con una amiga. A ella también la habían invitado. Cuando entré a la fiesta, vi a la compañera que me había quitado el libro e hice que me lo devolviera. Ella me llevó a una habitación y me lo devolvió de inmediato, incluso me pidió que me quedara un poco, que disfrutara la fiesta… Cuando volví a la sala donde se realizaba la fiesta… perdí de vista a mi amiga—. Miró a Telma. Habían hablado de ello antes, y lo que le había dicho su amiga era que un borracho le había caído encima y se había puesto un poco pesado, le había tocado ir al baño, pero al volver, no encontró a Candy por ningún lado—. No me sentía segura en ese lugar sin ella. Era una fiesta demasiado… No era mi ambiente, y no conocía a nadie más. Me pareció ver a mi amiga que se metía en una arboleda en el jardín de la finca y la seguí, pero no había nadie allí. Fue cuando… él… llegó.

—Por favor, siga —le pidió el abogado cuando ella guardó silencio, y Candy lo miró un tanto confundida.

—¿Que siga?

—Por supuesto.

—Pero ya lo dije. Él… me atacó.

—Protesto —dijo Telma—. Lo que está tratando de conseguir el señor Vivas reposa en una declaración jurada que hizo Candy White ante la policía. No es necesario que le haga revivir ese momento en especial.

—Sólo le estoy pidiendo que describa cómo se acercó él a usted —contestó el abogado—. En las pruebas no se evidencia maltrato de ningún tipo—. Candy siguió en silencio, y el juez denegó la protesta de Telma. El abogado insistió—. ¿Parecía ebrio? —Candy negó agitando levemente su cabeza—. ¿Llevaba algo en las manos?

—¿Algo como qué?

—Como un arma —Candy volvió a negar—. Alguna bebida alcohólica, como una lata de cerveza… —Candy agitó su cabeza, negando—. ¿Hablaba de manera extraña?

—Mmm… no. Hablaba claro.

—Es decir, que mantuvo una conversación con él—. El pecho de Candy empezó a agitarse. ¿Por qué le preguntaba precisamente eso?

—Sólo… me llamó por mi nombre… me dijo… que se sorprendía de verme allí… o algo así.

—¿Podría relatarnos cómo fue esa conversación?

—No la recuerdo palabra a palabra.

—Pero conversó con él.

—Un poco. Parecía… normal.

—¿Entonces usted habló con un desconocido de noche en medio de una arboleda solitaria? ¿No le dijo su instinto que estaba en peligro? —Candy abrió su boca para decir algo, cualquier cosa, pero no salió nada de ella—. Le recuerdo que está bajo juramento —dijo el abogado, y Candy se sintió mareada—. Con todo lo que usted está diciendo, me parece a mí que fue un encuentro consentido…

—¡No fue consentido! —gritó Candy—. Al principio sí, pareció inofensivo, pero esa impresión duró muy poco ¡y me salió muy cara! Le pedí que no lo hiciera; no me acuesto con el primero que se me presenta en una fiesta. Él me atacó, tomó mis manos y me impidió defenderme, me tiró al suelo, me bajó la ropa y… Dios, mío, ¿qué más quiere que le diga? —Candy se echó a llorar y Telma tomó la palabra. Escuchó la voz de varias personas hablando a la vez, y el llamado al orden del juez.

—Siento hacerla pasar por esto —dijo el abogado con voz un poco contrita—. Pero quiero que conteste una pregunta más—. Candy lo miró con rencor—. ¿Había visto antes a Terry GrandChester?

—No.

—Piénselo. Estudiaban en la misma facultad, la misma carrera.

—Nunca lo vi. Y si fue así, no recuerdo el momento—. El abogado movió su cabeza asintiendo.

—No tengo más preguntas —dijo, y volvió a su asiento.

Telma apretó el hombro de Candy deseando que esta se recuperase lo más pronto posible.

—Esa noche, veinte de mayo —empezó a decir el abogado— fue nefasta para la señorita Candy White. No cabe duda de eso. Lamentablemente, fue víctima de abuso sexual por parte de Terry GrandChester. En circunstancias normales, y a la luz de las pruebas presentadas, mi defendido debería ir a la cárcel por hasta tres años. Pero quiero presentar ante el juez, y ante la parte demandante, las circunstancias que atenúan el incidente. Candy se calmó al fin. Apretó los dientes y en su mano empuñó el pañuelo que alguien le había prestado para que secase sus lágrimas.

—Esa noche, Terry GrandChester asistió también a esa fiesta tras la insistencia de dos de sus compañeros de estudios; Andrés González y Guillermo Campos, ambos actualmente desaparecidos. Candy elevó una ceja y miró interrogante a Telma, pero esta sacudió su cabeza casi imperceptiblemente. Ella tampoco sabía a dónde llevaba todo esto—. Lo que voy a contar de aquí en adelante son las conclusiones a las que llegó la policía después de una exhaustiva investigación: A las ocho y diez minutos llegó el señor GrandChester en su coche y se internó en la casa en la que se desarrollaba la fiesta. A las ocho treinta, fue visto en compañía de los antes mencionados: Andrés Gonzáles y Guillermo Campos—. Candy frunció su ceño preguntándose qué necesidad había de relatar los pasos de Terry esa noche minuto a minuto, pero el abogado siguió—. De acuerdo con el testimonio de la señorita White, se encontró con él en la arboleda a las nueve en punto. Ella huyó del lugar dejando al señor GranChester inconsciente minutos después. Llegó a su casa pasada una hora y media, que es lo que toma llegar en coche desde esa distancia a su antigua residencia. A la mañana siguiente, la familia GrandChester se alerta porque su hijo quien nunca durmió fuera de casa sin antes avisar a sus padres, no aparece. No contesta su teléfono. Cuarenta y ocho horas más tarde, el vigilante de la finca en la que se desarrolló la fiesta llama a la policía, pues ha encontrado un cuerpo en las afueras. Su perro lo encontró. Era el cuerpo de Terry GrandChrester. Candy levantó su mirada y miró a Terry al otro lado de la sala, pero él mantenía su vista baja. ¿Era verdad? ¿O se lo estaban inventando? Ella no le había hecho nada a él, ¿por qué iba a estar su cuerpo dos días tirado en ese lugar? ¿La acusarían de eso? Miró a Telma sintiéndose preocupada, pero ella miraba al abogado sumamente concentrada.

—La conclusión a la que llegaron las autoridades, es que en esa fiesta el señor GrandChester fue inducido a beber de alguna manera una bebida que iba cargada con sustancias, que por separado eran bastante peligrosas… Revueltas; mortales.

Candy contuvo un grito y todo su cuerpo se tensó. ¿Qué pretendían, hacer pasar a este delincuente como una víctima?

—Había alucinógenos, calmantes y estimulantes —Continuó Vivas—. Si es cierto que atacó a Candy White esa noche, y la parte acusadora ha demostrado que sí, lo hizo bajo el efecto de estas drogas.

—¡Eso es imposible! —gritó Candy.

—Candy, cálmate —le pidió Telma.

—¡Él no parecía drogado, parecía muy en sus cinco sentidos!

—¡Candy! —volvió a llamarla Telma.

—No puedo permitirlo, Telma. ¡Ese hombre arruinó mi vida! —tuvo que callarse cuando el juez insistió en que hiciera silencio o tendría que salir de la sala. Vio al abogado acercarse a ellas y dejar sobre su escritorio, y sobre el podio del juez, una carpeta llena de documentos. Candy la ignoró, pero Telma la abrió. Lo que vio la hizo contener un grito, y eso captó la atención de Candy, que se asomó a mirar. Era alguna criatura humana con el rostro destruido a golpes, moratones, hinchazones, cortes y demás.

—Ese es Terry GrandChester luego de esa noche —dijo el abogado—. Tengo el soporte médico y policial que demuestra que los golpes se produjeron tal vez media hora después de su encuentro con Candy White, la misma noche, en exactamente el mismo lugar. No se han podido esclarecer del todo los hechos, porque, como es sabido, y según la declaración de la señorita, él quedó inconsciente en el suelo, así que todos esos golpes los recibió estando inconsciente y sin posibilidad de defenderse; pero lo que es cierto es que después de que ella le dejó allí, otras personas llegaron, le quitaron las cosas de valor que llevaba consigo, como su chaqueta de cuero —Candy sintió una punzada entonces. Ella recordaba esa chaqueta, la había tocado con sus manos— y su reloj —siguió el abogado—. Lo golpearon de manera insana y con saña buscando no sólo hacerle daño físico, sino tal vez matarlo. El señor Terry GrandChester es arquitecto, excelente dibujante, habilidad que necesita para su profesión, zurdo, y como podrán ver en esas imágenes, los atacantes se ensañaron contra esa mano en especial, lo que demuestra que era un ataque personal, lleno de rencor. Los mismos que le dieron las drogas con el propósito de destruirlo o matarlo, quisieron completar el trabajo a golpes. Luego lo tiraron por el desfiladero, se llevaron su coche para que no lo vieran allí aparcado y abandonado, y se olvidaron de él. Candy estaba agitada. Las imágenes eran desagradables, la criatura de las fotografías había sufrido mucho, muchísimo dolor. El brazo y la mano izquierda tenían evidentes fracturas y parecía ser otra cosa menos una mano por lo hinchada y morada que estaba. No pudo evitar mirarlo. Él lucía ahora una chaqueta, pero su mano izquierda parecía normal. Sin embargo, y a pesar de lo desfigurado que se veía en las fotos, no había duda de que era él. Ella había huido de allí dejándolo dormido en el suelo; nunca se había preguntado por qué la que había salido primero había sido ella y no él, pues un violador que acaba de atacar una víctima sólo quiere huir lejos para no ser atrapado en caso de que llamen a la policía. ¿Por qué se había quedado allí inconsciente cuando antes no pareció estar borracho? Miró a Telma haciéndole una pregunta silenciosa. Ella, otra vez, no le tenía una respuesta agradable. Candy tomó en sus manos la carpeta y empezó a mirar los documentos. Había mucha terminología médica que no comprendía, pero parecía ser cierto. Él había estado bajo los efectos de las drogas. Las fechas coincidían.

—Terry estuvo en coma por casi cuatro meses —siguió el abogado—, y cuando despertó y pudo hablar con la policía, creyó haber sido víctima de un accidente; no recordaba nada de la noche en cuestión. Ni siquiera para acusar a las personas que tal vez le hicieron daño. Lamentablemente, tampoco recordaba lo sucedido con Candy White.

Candy cerró sus ojos y tuvo que recordar el momento en que lo volvió a ver. Cuando ella le gritó y le juró meterlo en la cárcel él no había sabido por qué, o eso había parecido. Incluso había ido hasta su casa para preguntar por qué lo odiaba, y cuando ella se lo dijo, él había quedado en shock.

—Antes de eso —siguió el abogado—, Terry nunca tuvo un comportamiento agresivo hacia ninguno de sus compañeros ni ninguna otra persona. Nunca consumió drogas, estaba limpio en los anales de la policía. Incluso sus compañeros dijeron que era un estudiante ejemplar, siempre las mejores notas. No era fiestero ni juerguista. Llegaba, atendía sus clases, presentaba sus trabajos y evaluaciones y luego se iba a casa—. Candy empezó a sacudir su cabeza negando, negándose a aceptar esas palabras.

—Basándonos en el testimonio de la misma , donde no hay muestras de agresión, amenaza o degradación, podemos comprender que Terry fue también una víctima.

—Esto no es cierto —rio Candy, sintiendo que la invadía la locura. —No fue consciente de lo que hizo —persistió el abogado mirándola fijamente—, aún ahora, no lo recuerda, pero acepta que estuvo mal. Está dispuesto a acatar el fallo del juez, sea lo que sea, sólo pide que, por favor, se tengan en cuenta sus circunstancias. No estamos seguros de siquiera conocer todo el sufrimiento por el que ella ha tenido que pasar, pero es de saber que el señor Terry nunca quiso hacerle ese mal; un mal que, estando en sus cinco sentidos, él nunca habría provocado. Es todo, su señoría.

Candy miró a Terry, pero él no esquivó su mirada, sino que se la sostuvo. Candy meneó su cabeza como intentando advertirle que no se saldría con la suya. El juez ordenó un receso y salió de la sala. Candy se puso en pie, deseando salir también, pero Telma la contuvo.

—No creo que tome mucho tiempo en volver —le dijo.

—No quiero estar en el mismo lugar que él. Me estoy asfixiando—. Telma miró hacia Terry. Era obvio que él la había escuchado, y lo vio tragar saliva.

—Candy, hay algo que quiero preguntarte —susurró Telma, y Candy volvió a sentarse—. ¿Hay algo que no me has contado? —ella la miró confundida.

—¿Qué?

—Hay algo que no me cuadra aquí. Él se comporta como si… quiero decir…

—¿Crees que te he ocultado información?

—Yo espero que no, Candy—. Candy apretó sus dientes negando—. Candy, ¿por qué te conocía él?

—¿Y yo qué sé?

—Dijiste que dijo tu nombre esa vez, que se sorprendía de verte… ¿por qué sabía él tu nombre?

—No lo sé, Telma. ¡Te juro que nunca lo había visto!

—Estudiaban en la misma facultad, en la misma universidad —susurró Telma acercándose más—. ¿Segura que nunca cruzaste una palabra con él?

—No lo sé, es probable, pero, ¿qué más dá eso? —Candy, ¿y si él era tu admirador? —Candy abrió sus labios un poco perpleja.

—No—. Contestó luego de varios segundos—. No, ¿el de las rosas? Imposible.

—Mira, nena… es muy, muy posible. Ata los cabos… te hicieron ir a esa fiesta, él te conocía de antes… Es arquitecto al igual que tú, seguro que es bueno dibujando tal como dijo el abogado…

—No, no es el de las rosas…

—Candy…

—Me resisto. El de las rosas… me quería, tenía paciencia, quería conquistarme, hacer las cosas bien… él no es ese hombre.

—Podrías estarte equivocando, y lo sabes —Candt siguió negando, y miró de nuevo a Terry, que escuchaba algo que su abogado le decía. A su mente vino de nuevo aquella conversación en la arboleda. "Hueles a rosas", había dicho él. —¿Y qué si fuera él?

El juez volvió interrumpiendo sus argumentos, y todos se pusieron de pie. Venía el veredicto.

Terry GrandChester fue hallado. No culpable.

El estar bajo los efectos de las drogas, y todas las circunstancias que rodeaban el hecho lo eximían de la cárcel, pero debía indemnizarla de la manera en que ella lo pidiera. Al parecer, podía pedirle incluso que le traspasara su empresa, que él debería hacerlo.

—Él está dispuesto a compensarla de la manera como usted lo pida —le repitió el abogado cuando el juez se hubo retirado y quedaron a solas en la sala. Richard GrandChester, que había permanecido en silencio en una silla un tanto alejada, se acercó asintiendo con su cabeza corroborando así sus palabras.

—¡Nada podrá compensarme! —dijo Candy entre dientes. Sintió que Telma le apretaba el hombro, y ella cerró sus ojos recostándose en su silla.

—Yo… —dijo Terry, abriendo su boca por primera vez para hablar, y todos los presentes le prestaron su atención, excepto por Candy, que tenía sus ojos cerrados— sé que nada compensará lo que te hice. No hay una manera en que yo pueda siquiera pedirte perdón —Candy abrió sus ojos, pero se resistió a mirarlo—. Pero estoy dispuesto a hacer cualquier cosa que me pidas.

—¿Cualquier cosa? —preguntó Candy, y Telma la miró un poco sorprendida. ¿Aceptaría ella el dinero? —Candy se puso en pie otra vez con una mano en la cintura y le sonrió de medio lado a Terry—. Está bien. ¡Devuélveme mis lágrimas, las noches que pasé en vela preocupada por mi futuro! Devuélveme los años que no pude estudiar…

—Candy… —susurró Telma, intentando atajarla. — ¡…porque estaba demasiado ocupada por conseguir algo de comer para el hijo que pusiste en mí!

—¡Candy!

—Devuélveme mi virginidad, mi inocencia. ¡Devuélveme todo! ¡Maldito seas!

—¿Tú… tuviste un hijo mío?

—Oh, Dios, Candy… —Candy miró a Terry parpadeando. ¡Él estaba preguntando por Santiago! Miró también a Telma, que miraba al suelo negando. Había revelado lo del niño. Miró de nuevo a los hombres sintiéndose mareada. Los tres la miraban de una manera muy extraña. Terry seguía sorprendido, el abogado hacía una mueca analizando la situación, buscando con eso alguna manera de comprometerla, y Richard GeandChester, que hasta el momento había permanecido en silencio, sonreía; de una manera curiosa, pero sin duda, sonreía.

—Candy —insistió Terry, y Candy se odió a sí misma por la manera en que sus emociones habían jugado con ella y le habían hecho revelar la ubicación de su tesoro.

—Sí —dijo con voz temblorosa—. Pero es mío. Sólo mío.

—Oh, Dios —exclamó Terry en un hilo de voz. Parpadeó mirándola, incapaz de quitarle los ojos de encima. ¡Qué difícil debió ser para ella, qué angustiante… y cuántas razones más para odiarlo!

—Les advierto que, si tratan de sacar ventaja de esto, se los impediremos —atacó Telma—. Candy tiene la custodia del niño. Si tan sólo nos llegamos a sentir amenazadas, Candy huirá del país con él. ¿Está claro?

—Nunca te lo quitaría. Nunca te haría nada que… te hiciera daño —dijo Terry, y Candy sintió deseos de llorar, sólo por la necesidad de creer esas palabras.

—Telma, no puede quitármelo, ¿verdad? —preguntó entre lágrimas.

—¡No te lo quitaría! —exclamó Terry.

—No puede —dijo Telma, pero Candy ya no podía creer las palabras de su abogada, la misma que le había prometido encerrarlo a él en la cárcel.

Terry cerró sus ojos y miró al techo sintiéndose como lo peor sobre la tierra. ¿Qué hacer cuando todos sus instintos demandaban ir y abrazarla? Reconfortarla, hacerla sentir segura. No podía. Él mismo era quien estaba causando su dolor e incertidumbres. Se pasó ambas manos por la cabeza con fuerza, echando hacia atrás sus cabellos, deseando borrarlo todo, cambiarlo todo, pero sin el poder para hacerlo. Ver a Candy llorar así, por su culpa, lo estaba matando. Y él que había querido ser el motivo de su risa, de su alegría. La vida los había puesto en caminos demasiado separados.

Continuará...