Capítulo N°6: «Extraño y confuso» - Remus Lupin -

¡Lumos!

18:40 - 2 de Octubre de 1975

—¡Vamos Pettigrew! No vas a decirme que todavía no recuerdas todos los ingredientes de esta estúpida poción —rumió exasperado Severus.

—Peter, se suponía que los sabías, ¿qué es lo que no puedes recordar? Son sólo tres, ¡por Merlín! —chilló Lilian junto a él.

El muchacho de rubicundo cabello los miró con ojos parpadeantes y aceleró aún más los movimientos de sus inquietos dedos.

—¡Lo siento! Realmente lo siento, pero es que he estado tan nervioso. Sólo puedo recordar dos de ellos: aguijones secos de billywig y los colmillos de serpiente, pero no consigo retener el tercer ingrediente.

—¡Acónito, Pettigrew, acónito! Ese es el maldito tercer ingrediente —gritó Snape sulfurado, golpeando con un puño la mesa que tenía delante.

—¡Acónito! Sí, ahora recuerdo que es... ése —manifestó Peter sonriendo, pero pronto la sonrisa se le borró; la cara de Severus era por demás amenazante y más cuando se hallaba enojado.

—Bien —intervino Lilian—, lo mejor será que sigamos con la siguiente poción.

—Sí, vamos a seguir con la siguiente poción, pero esta vez no tendré ninguna contemplación contigo Pettigrew, si no nos das los ingredientes correctos, se acabó —sentenció Snape, apoyando ambas manos sobre la mesa y mirando con desprecio al asustado Peter.

—Lo... lo haré, les p... prometo q... que lo haré —tartamudeó éste.

Lilian miró la siguiente poción en la lista y vio que Severus había marcado en ésta un gran círculo alrededor: «poción multijugos». Sin dudas era un gran desafío para Peter, pero si conseguía recordar bien cada ingrediente, eso ya le sumaría unos cuantos puntos a favor.

—Poción multijugos, Peter —nombró y cerrando la hoja de papel en dos, lo miró con una mezcla de esperanza y angustia.

Un sudor repentino invadió la frente del jovencito, reía nerviosamente y jugaba con sus pulgares como intentando distraerse en aquella actividad motora y olvidar por un momento en la difícil situación en la que se encontraba.

Unos instantes después, levantó su regordeta cara, y como si de una radio se tratara, comenzó a recitar los ingredientes maquinalmente uno tras otro:

Crisopos, sanguijuelas, Descurainia sophia y centinodia, polvo de cuerno de bicornio, piel en tiras de serpiente arbórea africana y algo de aquel en quien te quieres convertir.

Severus enarcó sus cejas en un gesto de asombro y luego retornó a su habitual y antipática posición. Lilian, por otro lado, abrió la boca tan grande y con tal sonrisa que tardó en quitársela unos instantes. Luego se levantó de su silla y festejó el logro de su compañero con un abrazo por encima de la mesa.

Severus carraspeó sonoramente y luego dio el visto bueno a Peter con un seco, pero sincero: «Bien hecho, Pettigrew».

Marcaban ya las siete y diez de la tarde. Sin que ninguno dijera nada, comprendieron que la clase había terminado. Comenzaron a guardar sus libros, plumas y pergaminos en sus respectivas mochilas.

Peter fue el primero en retirarse. Se sentía tan orgulloso de su logro que no le importó, en ese instante, que aún le restaban aprender otras muchas pociones y aún más complejas que la poción multijugos.

Apenas éste atravesó la puerta del aula en la que se hallaban, Lilian miró a Severus y sintió un deseo irrefrenable de besarlo. Pero a cambio se mordió su labio inferior y continuó guardando sus libros.

Su libro de «», cayó al suelo con estrépito. Se agachó para recogerlo y se encontró con la mano de Severus tomando el libro antes que ella. Las ganas de besarlo volvieron, ¿qué la detenía?

—Toma —dijo él con suavidad, alcanzándole el libro.

Ella lo tomó con ambas manos y le agradeció; lo miró fijamente a los ojos y sin siquiera poder pensarlo, dejó salir unas palabras de su boca:

—¿Quieres ser mi novio?

El joven Snape la miró con un rostro serio e interrogante. En su cabeza, aquellas palabras se debatían por acomodarse y volver a armar la pregunta. Eso era lo que él más deseaba, pero se sentía tan anonadado que no podía siquiera responder un simple «».

—¡Lo lamento! Soy una tonta. Está claro que no quieres ser mi novio —se disculpaba la muchacha. Había interpretado el silencio de Severus como una negativa y no como una sorpresa para él y sus sentidos.

Se irguió rápidamente del suelo y comenzó a guardar el resto de sus cosas tan aprisa como podía. Severus reaccionó tan pronto como pudo y la tomó de un brazo para que lo mirara:

—Lilian, espera... —le pidió—, siento ser tan torpe para estas cosas, pero es que en verdad me sorprendiste. —Lily se sonrió y se ruborizó levemente—. Respondiéndote, te digo que sí. Quiero ser tu novio.

La joven Evans abrió grandes sus verdes ojos y abrazó a Severus llena de emoción y él correspondió a aquel abrazo con cierto pudor. Luego se separaron un poco uno del otro y se miraron.

—Vamos a tener que cuidarnos, Evans. Recuerda que somos prefectos y que ahora muchas responsabilidades caen sobre nosotros —manifestó él, sonrojándose levemente.

—Todo estará bien, Severus —aseguró ella—. Te prometo que no haré nada que nos perjudique. Seguiremos como siempre, pero... distintos.

—Sí, distintos —repitió Snape y de sus labios asomó una tierna sonrisa.

La miró una vez más a los ojos y luego se acercó para besarla; ella cerró los ojos y esperó sentir esos finos labios sobre los suyos, pero su respiración se detuvo sobre su cara y nada sucedió. Abrió sus grandes orbes verdes y lo vio a sólo un centímetro de ella.

—Perdóname, Evans, pero no sé besar —confesó él con una risita vergonzosa.

Entonces ella tomó su rostro y lo acercó hasta sus labios y antes de besarlo le dijo:

—Aprendamos juntos.

A partir de ese día, su noviazgo comenzó a ser la aventura más dulce y secreta que ambos tuvieron. Sabían de la importancia que requería guardar las formas por ser ambos prefectos y por eso evitaban que los demás se enteraran de la verdad.

No tendría nada de extraño que se supiera que eran novios, pero para la tranquilidad de ambos, prefirieron no comentárselo a nadie hasta que no hubieran pasado algunos meses.

Quien empezó a sospechar sobre aquel noviazgo, fue sin duda Remus Lupin. Era un jovencito bastante perspicaz y sabía reconocer, en Lilian especialmente, la debilidad que sentía por Severus.

Aún así, y por respeto a su amigo James, jamás comentó nada. De todas formas, era casi imposible no notar que las rondas de prefectos de la gryffindor y del slytherin se hacían cada vez más cercanas.

Si bien cada prefecto de su casa debía cubrir una determinada zona del castillo, las de Lily y Severus parecían hallar un punto intermedio en todo momento. Lupin miraba con escepticismo aquella situación, pero seguía sin decir nada. Tenía la esperanza de que no durara mucho y pronto las cosas volvieran a ser como antes.

7:45 - 16 de Octubre.

Lily despertó de muy buen humor, aunque bastante agotada. Miró su reloj despertador y para su horror descubrió que sólo tenía unos escasos quince minutos para llegar a la clase de pociones.

Era la primera vez que se había quedado dormida en mucho tiempo. Recordó que la noche anterior se había quedado hasta tarde con Peter, explicándole cómo cortar la piel de serpiente sin rasgarla.

No había tenido tiempo siquiera de estar con Severus. Eso era lo que más lamentaba.

Descorrió las sábanas con descontento y se apresuró a vestirse. Apenas atravesó la puerta de su sala común, corrió escaleras abajo hacia las mazmorras. De camino terminó de acomodarse el cabello y la túnica que parecía que justo ese día, se había vuelvo una tela rebelde.

Dieron las ocho en punto cuando cruzó la puerta del aula. Slughorn sonrió al verla aparecer y su espeso bigote se sacudió al saludarla.

Se sentó junto a Alice y respiró aliviada de que la clase no hubiera comenzado.

—Esas rondas de prefecta te están matando —comentó susurrante Alice.

—Sí, y mi mejor amiga podría haberme despertado —le reprochó la pelirroja.

—Lo hice, pero insististe en que querías quedarte unos minutos más —rebatió ofendida la rubiecita de cara redonda. Lily se disculpó y le sonrió. —Imagino que no olvidaste traer tu composición sobre filtros, ¿no?

Lilian giró su cabeza y miró a Alice con desesperación. Había olvidado por completo realizar aquella composición. Ella no era así y comprendía que dedicarle tanto tiempo a Peter la había hecho descuidar algunas de sus tareas.

—Aquí la tienes. Deja ya esa cara de espanto —rió Alice, pasándole una copia manuscrita del trabajo que Slughorn había encargado para ese día.

—¡Ay, gracias, Alice! Te debo mucho, mucho —exclamaba la pelirroja abrazando a su amiga y dándole un beso en la mejilla.

—Bueno, bueno, gracias por tanto cariño, pero no es a mí a quien debes agradecer... —musitó sonriente la rubiecita—, sino a él —dijo, señalando a Severus que se hallaba absortó en la lectura de su libro de pociones.

Alicele contó que apenas llegó al aula, Severus le dio la copia paraLilian, argumentando que ella la había olvidado en una de las aulasle día anterior. Por supuesto, aquello no era cierto, pues lapelirroja no había podido siquiera sentarse a escribirla ni a abrirel libro de «Filtrosy Pociones Mágicos»deArseniusJigger.Definitivamente,Severus había sido siempre un gran amigo, y en ese momento, eratambién un novio muy clase culminó, Lilian se acercó a agradecerle el hermoso detalleque había tenido con ella.—Nodebiste hacerlo —lo reprendió dulcemente—, seguro te quedastehasta muy tarde para terminar los dos trabajos.

—Todolo que sea para ti vale el sacrificio, Lily —sostuvo él y lahubiera besado allí mismo sino hubiera sido que Slughorn carraspeócomo una vieja morsa detrás de ellos.—¿Mepermiten jovencitos? —les dijo antes de pasar entre ellos ysepararlos aún más. Antes de retirarse completamente se giró y lespreguntó—: ¿No se les hace tarde para sus próximas clases?Esodefinitivamente impidió toda oportunidad que podrían haber tenidopara darse el tan ansiado beso. Cada uno, por su lado, subió lasescaleras que salían de las mazmorras y con pesados pasos marcharona sus siguientes clases; Lilian a Tranformacionesy Severus a Aritmancia.Amboseran vigilados por la aguda mirada de Horace que los seguía pordetrás, hasta que se aseguró que se habían separado completamente.Mástarde se volverían a reencontrarse en la clase de Defensa contra las artes oscuras,pero para eso faltaban todavía unas cuantas horas...

20:30 - 7 de Noviembre.

En la calle la Hilandera – Cokeworth:

Eileen, revolvía en una tiznada olla de cobre, un guiso de pollo y arroz. El delicioso aroma, se propagaba por la pequeña cocina y se extendía hacia el comedor en donde Tobías esperaba sentado en la cabecera de la mesa.

Su evidente ebriedad, apenas si le permitía percatarse de lo que iba a comer, bien podría Eileen haberle puesto en el plato una ración de larvas en vez de arroz y él no lo hubiera notado. Pero ella no tenía semejante maldad.

Mientras el arroz terminaba su cocción, la mujer rememoraba parte de la conversación que tuvo con Abraxas en el andén:

«—Tú sabes que él todo lo puede, a menos que... bueno, de que aceptes la propuesta que él tiene para ti.

¡Di de una maldita vez cuál es esa propuesta!

Que entregues a tu hijo en tu reemplazo...»

«A mi hijo, nunca», pensó Eileen, aferrándose al mango de madera de la cuchara con la que estaba revolviendo.

Aquellos pensamientos no hacían más que atosigarla. Llevaba semanas sin poder dormir, apenas si probaba bocado y su angustia crecía día tras día. Sólo le quedaban dos alternativas: entregar a Severus o entregarse ella para que el Lord le hiciera pagar su traición con su muerte.

Aún quedaban unos meses antes de que tuviera que dar una respuesta, pero aún así, en su corazón subsistía una remota esperanza que algo cambiaría y ni ella ni Severus tendría que soportar las consecuencias de una decisión.

Retiró la olla del fuego y sirvió dos platos con el guiso. Le dio uno a Tobías y se puso el otro para ella. Miró el recipiente con la humeante comida y se sentó. Era en vano, apenas podría comer un cuarto de aquella cena.

20:45 - Hogwarts:

Severus y Lily se separaron en un rellano junto a un cuadro de estilo rupestre. Habían vuelto a encontrar la ocasión para verse durante las rondas de prefectos ya que, durante el día, los amenazaban las constantes apariciones de profesores, compañeros y de Filch.

Ese hombre parecía tener un radar para encontrar alumnos en los lugares más recónditos del castillo, incluso a horas que cualquiera esperaría que estuvieran durmiendo. Por supuesto, esto se debía en gran parte a la ayuda de su gata la Señora Norris que era tan endemoniadamente silenciosa y malintencionada como su dueño.

Por suerte, al ser prefectos, tenían la ventaja de que hasta las nueve de la noche, podían rondar por el castillo sin grandes dificultades. Por eso, apenas se separaron, cada uno se dispuso a retomar su ronda.

Severus había dado unos pocos pasos cuando escuchó a su espalda una conocida voz que se dirigía a Lilian:

—¡Por favor, no nos delates, Lily! —rogaba, casi susurrando, la voz de James Potter.

El joven Snape volvió sobre sus pasos y se escudó tras una armadura para mirar y prestar atención a lo que hablaban.

—James, Sirius, Peter —dijo la muchacha dirigiéndose a los tres compañeros que tenia delante—, saben perfectamente que no puedo permitir que estén a estas horas fuera de la sala común, deberán regresar.

—No te vamos a comprometer ni a ti ni a Remus, te lo prometemos, pero déjanos ir, ¡por favor, mi linda Lilian! —volvía a pedir en tono de súplica el muchacho.

—Piensa, Evans, si nos delatas o nos haces volver, también perjudicarás a Remus. Él vendrá a reunirse en pocos minutos con nosotros y si no nos encuentra, él también estará en problemas gracias a Filch —argumentaba Sirius un poco más altanero—. ¿Realmente serías capaz de acabar con la buena reputación de Lupin?

—Lo que haces es injusto, Sirius —le reprochó la pelirroja—. No puedes chantajearme con algo así. Sabes lo mucho que aprecio a Remus, pero aún así no puedo permitir que merodeen por el castillo a esta hora.

—Mira, hagamos un trato Lily, —propuso James, pasando una mano por su ya revuelto cabello y apoyando la otra mano en la pared que estaba detrás de ella—, nos dejas ir y apenas marquen las diez de la noche, prometemos estar dentro de la sala común y listos para irnos a dormir, ahora, por favor, ¿podrías concedernos esta hora?

La pelirroja hizo una mueca con su boca en señal de duda, lo correcto sería decirle que no y de última instancia delatarlos por desobedecer las órdenes de una prefecta, pero... algo había en James que siempre lograba convencerla.

—De acuerdo, pero sólo una hora, James —susurró Evans, elevando un fino dedo índice ante la cara del muchacho.

Éste sonrió con absoluta satisfacción y se contuvo de comentar cualquier cosa que pudiera hacer cambiar de opinión a la pelirroja. Luego le agradeció en nombre de los tres y dándole un suave beso en una de sus mejillas, se marchó en compañía de Sirius y Peter con rumbo desconocido.

Severus estuvo a punto de salir a atrás de la armadura y lanzarle un maleficio. ¡Maldito Potter! Siempre se salía con la suya; pero eso no molestó tanto al pelilargo como el beso que le dio a su novia en la mejilla. Tan sólo por eso debería haberle lanzado un hechizo paralizante.

Vio como Lilian continuaba su camino y apenas ésta desapareció de su vista, salió de su escondite y se dispuso a seguir a los merodeadores.

En un pasillo más adelante, fue testigo del momento en que los tres se reunían con el último merodeador: Remus Lupin. Éste tenía un aspecto bastante malo, su rostro estaba más pálido de lo normal y sudaba como si hiciera un calor insoportable.

Algo extraño le sucedía. ¿Habría enfermado? ¿Por qué ninguno hacía nada por llevarlo a la enfermería? Severus no se quedaría con la duda y a pesar de que ponía en riesgo su puesto de prefecto, decidió investigar.

Los cuatro muchachos atravesaron el resto del pasillo y desaparecieron detrás de una esquina, Snape dejó pasar unos segundos antes de seguirlos por ese camino, de lo contrario se delataría.

Los siguió hasta que los vio salir del castillo directamente al patio del mismo. James y Sirius aferraban de un brazo cada uno a Remus y Peter caminaba detrás mirando en derredor con un temor inusitado.

Atravesaron gran parte del parque y también del irregular suelo que conducía a la cabaña de Hagrid. ¿Irían a verlo a él? ¿A esas horas? Pronto descubrió que no era así. Los merodeadores se dirigían hacia el árbol más temible que podía existir: el sauce boxeador.

—¿Enloquecieron? ¡Los matará! —murmuró para sí mismo Snape.

Extrañamente, los cuatro parecían no temer lo que sucediera o al menos tres de ellos, pues Pettigrew siempre le temía a todo. Sirius se adelantó a los demás y con la punta de su varita, asestó uno de los nudos del árbol consiguiendo así que éste permaneciera inmóvil.

Severus se detuvo en seco apenas vio aquella escena, y desde donde se encontraba, pudo ver como los cuatro se introducían por un hueco que había en el árbol y desaparecían dentro de éste.

Dudó un instante de lo que debía hacer. Su deber como prefecto le indicaba que debía delatarlos y llevarlos ante el director, pero su reacción fue muy diferente a como debió ser.

Se percató del peligro que corrían esos cuatro al estar allí dentro, pero también pensó en Lily y en lo que ella había arriesgado para que esos cuatro irresponsables estuvieran haciendo de las suyas.

Recordó que James le había prometido a la pelirroja que sólo tardarían una hora en regresar nuevamente a la sala común. Confiado en eso, se dijo a sí mismo que no valía la pena proseguir con aquello, pues sabía que Potter haría lo que fuera por Lilian y jamás la expondría a nada malo.

«En una hora estarán de vuelta», repitió su mente; guardó su varita dentro de su túnica, echó una última mirada al sauce boxeador y emprendió la vuelta al castillo con absoluto sigilo.

Aquella noche había sido extraña y confusa para Severus, pero ya hallaría la forma de averiguar qué tanto hacían los merodeadores dentro del sauce boxeador.

En tanto, allí dentro, algo estaba cambiando. Un rugido que espantaría hasta los demonios, desató una noche interminable para cuatro jóvenes magos de quince años...

NOX.