Capítulo Sexto: Bloque de Hielo

-Segunda parte-

Las rutinas diarias continuaron sin el menor inconveniente, como si nada hubiese ocurrido y a Betty casi le dio la impresión de haberlo soñado todo. Gío no mencionó nada sobre su larga ausencia y la vida siguió su curso normal. Pero el corazón de Betty se sentía inquieto. Parecía que sólo ella notaba la distancia que se formaba entre los dos. El aparentaba ser el mismo de siempre pero algo había cambiado y Betty lo podía sentir. No era que Gío la tratara diferente, muy al contrario, seguía compartiendo ratos con ella con la misma gentileza y amabilidad de antes y eso la hirió un más. El hecho de no poder saber qué pasaba por su mente, si le había afectado tanto como a ella el encuentro que tuvieron esa noche, si le guardaba algún rencor o si realmente, no fue más que un malentendido… Antes le resultaba divertido imaginar lo que cruzaba por la mente de Gío; ahora, se encontraba ante una roca, sólida e infranqueable. Algo sí notó: la vida ajetreada de su amigo parecía mantenerlo permanentemente alejado de ella. Y no había advertido que era ella y sólo ella quien buscaba cualquier oportunidad para deslizarse a 'Gio´s deli' y poder entablar alguna conversación con él.

Ese día Betty no esperó siquiera a que la alerta de su agenda digital le advirtiera en el monitor de su computadora que era hora de almorzar. Descendió rápidamente hasta encontrarse frente a la sandwichería y abrió la puerta. Esa vez no había tanta gente como de costumbre, probablemente porque la competencia, la cafetería del frente, había publicado ese mismo día unas atractivas ofertas de almuerzo y postre francés, seguro una táctica desesperada para competir con el local de Gío. Aún así, varios miembros de la clientela frecuente ya habían ocupado sus mesas de costumbre. Era difícil no volverse adicto a los sándwiches del joven chef de origen italiano. Betty aprovechó y se sentó en una esquina. Gío la divisó desde la cocina, Betty le hizo unas señas y, luego de unos pocos minutos, él se acercó y depositó delante de ella un plato y un largo vaso de té helado coronado por una decoración sofisticada: una escultura abstracta de limón y una cereza en forma de corazón.

—¡Vaya! Hoy estás creativo —aplaudió Betty.

—No fui yo, fue Rori —dijo Gío señalando a su dependienta—. Ha aprendido a hacer unas benditas figuritas con los limones y me ha dejado la despensa vacía. ¡Un verdadero dolor de cabeza! Estoy tratando de recordar por qué es que no la he despedido todavía.

—Porque es la única que aguanta tu perfeccionismo obsesivo —dijo Betty a la par que tomaba un sorbo de su té y, empujando una de las sillas con sus pies, le invitaba a sentarse. Gío no mostró la más mínima intención de aceptar la oferta— ¡Cómo! ¿Hoy no vas a comer?

—Tengo mucho trabajo por hacer —dijo haciendo girar el paño que sostenía entre sus manos—. ¿Necesitas algo más?

—No, está bien. Gracias.

No había dado dos pasos cuando Betty le habló de nuevo.

—Así que cambiaste tu número de teléfono.

—¡Ah, sí! Sí —dijo volteando a mirarla pero manteniéndose en el mismo sitio en donde estaba—. Mi anterior celular terminó estrellándose contra una pared.

Ella lo miró con un poco de extrañeza al escucharle decir tal cosa.

—¡Oh! Eso es bastante raro —dijo dándole una mordida a su sándwich.

—Sí… —y eso fue todo lo que él jamás mencionó del asunto, así que Betty decidió evitar seguir preguntando.

El se trasladó hasta la parte trasera del local y regresó con una tarjeta donde estaba impreso su número telefónico y varios ejemplares de 'Neo-writer's magazine' para que Betty se entretuviera mientras engullía su almuerzo. Betty guardó la tarjeta con las cifras que ya sabía de memoria, ojeó rápidamente la primera revista y la apartó casi de inmediato. Sabía que sería un sueño imposible tener siquiera la oportunidad que su nombre apareciera algún día entre la lista de nuevos prometedores escritores del círculo literario de New York. Prefirió entretenerse espiando por el rabillo del ojo los vaivenes del ajetreado Gío: verle discutir con Rori, atender largas filas de clientes, aceptar los artículos de un proveedor que le esperaba desde hacía rato, limpiar una mesa, actualizar la pizarra... Pasando frente a ella sin mirarla, como pasaban los días últimamente, con una indiferencia que la aterraba en secreto.

—0—

Esa noche, fue a buscar a Henry a su apartamento de soltero localizado en Manhattan. Poco sabía que él ya le esperaba con una sorpresa en mente:

—Hoy iremos al nuevo club que abrió en la esquina —le dijo propinándole un fuerte beso sobre los labios.

Betty se sorprendió de verdad. Henry no era dado en invitarla a salir y mucho menos a un club nocturno.

—Pero Papi nos ha invitado a cenar en casa —protestó apoyando su cabeza en su pecho. Ella le llegaba justo al corazón. Henry era realmente alto y poseía un cuerpo esbelto, formado en las lejanas llanuras de Arizona.

Por más atractiva que pareciera la oferta, la verdad que estaba exhausta de todo el trabajo del día y de la carga mental que ello representaba. Sin embargo, estaba hambrienta y hubiera preferido continuar con los planes de regresar a casa.

—A mí no me gusta. Sabes que Gío estará ahí —Henry se sorprendió diciendo. Talvez porque desde hacía días había notado grandes cantidades de envolturas de papel con el logo de 'Gio´s Deli' en los zafacones de su residencia. Es como si a Betty se le hubiera olvidado que existían otros restaurantes de comida rápida para llevar en todo Manhattan.

—El no está ahí. Hace mucho tiempo que ya no se aparece en casa.

Henry se sintió un poco incómodo al percibir la forma en que ella había pronunciado esa frase.

—Me imagino que ya se dio cuenta que no le interesabas —dijo abrazándola con fuerza, como si temiese que se fuera a escapar de sus brazos.

—¡Henry! —protestó Betty.

—No me sentía a gusto dejando que un tipo tan bajo como él rondara tanto por tu casa. Sabes que su interés no es honesto. Ya hemos tenido esta conversación antes, Betty. Veía cómo te miraba —se apartó un poco para mirarla fijamente a los ojos—. Probablemente quería aprovecharse de ti. Eres tan buena, Betty. Sabes que no es buena influencia para ti. Mira cómo te comportas últimamente. Te dejas influenciar muy fácilmente de las personas. A veces, a veces no te reconozco… como si fueras una completa extraña.

"No Henry, esta soy yo. Ese es mi concepto de mí misma. Gío sólo me ayudó a descubrirlo". Hubiera querido decirle todo aquello pero ero prefirió guardar esas palabras en su corazón y evitar otra discusión. Ya estaba hastiada de tandas discusiones, malgastaban el poco tiempo que les quedaba para estar juntos.

Aunque, honestamente, deseaba volver a casa y estar con su familia. Podía imaginarse las risas en la casa, más frecuentes antes cuando Gío se aparecía todos los sábados por la tarde. A veces, cuando no podía estar con Henry, se escurría entre aquella algarabía familiar donde él y su padre inventaban las excentricidades más deliciosas en la cocina para deleitar el paladar más exigente. Betty sonrió. Excepto la vez que Gío intentó cocinar un dulce de tres leches, nunca había sido bueno con los postres. Y entonces, si Gío decidía ir esa noche, habría música alegre en la radio y seguro que Hilda tendría que sustituirla en la mesa de dominó. O tal vez no. Tal vez Gío traería a una chica y la presentaría como su novia. Siempre le pareció que era bueno conquistando mujeres. Lo vio varias veces hacerlo ante ella, en especial una noche que ella misma lo había instado a practicar sus dotes de casanova junto a Henry, probando una teoría de un estúpido libro al cual tenía que escribir un artículo. El sólo hecho que un hombre como Gío se hubiera fijado en ella, de entre todas las mujeres que conocía…

—¿Ves lo que te digo? Tu mente parece divagar por momentos y siento que no estás aquí, conmigo. ¿Estás segura que estás bien? Creo que deberías empezar a tomar vitaminas —Henry la sorprendió despertándola de su ensueño.

Betty sonrió tristemente. Henry había sido muy bueno con ella. El no se merecía eso. Accedió a permanecer en el apartamento y compartir juntos en la intimidad del hogar. Era una calurosa noche de verano y ya se sentía el sopor bochornoso en la calle. Henry se encargó del pedido a domicilio: comida China. Esa noche se retiraron temprano al dormitorio. Betty no sabía que el desamor fuese tan difícil de soportar. Actividades que antes le resultaban placenteras ahora eran amargas y dolorosas. Tan sólo contaba los minutos deseando, en la intimidad de su pensamiento, que se acabara pronto tanta tortura. Sabía que era injusto para Henry pero no sabía cómo expresarlo, o peor, si debía decirlo antes que nada. No valía la pena, luego de toda esa lucha, terminar lo que a duras penas habían conseguido, por un ridículo capricho de su corazón. Betty Suárez, no podía darse el lujo de ser egoísta. La vida había sido demasiado generosa para con una mujer como ella, pensó con tristeza. Y menos entonces que tanto se había sacrificado para que estuvieran juntos.

Sintió un brazo rodearla por la espalda y tocó la mano que estaba ante ella. Sintió un vacío en el estómago al rozar con sus dedos la muñeca desnuda. ¿Qué esperaba encontrar allí? Se dijo. ¿Un par de brazaletes de plata como había soñado una vez?

Volteó y le sonrió al que estaba allí y no en sus sueños. Amaneció y se encontró con que esa noche tampoco había podido conciliar el sueño por completo. Miró a través de esos ojos brillantes que acababan de despertar. Ya no podía afirmar que era completamente feliz. Una parte de ella estaba cansada de contar los días que faltarían hasta que toda su historia de amor con Henry se destruyera en pedazos. No, ya no era feliz. Y se sintió miserable al ver con la sinceridad que ese rostro a su lado la miraba, esperando que ella le mirase de igual manera. Ensayó una sonrisa y se dijo a sí misma que tenía que intentarlo, que podía lograrlo si se lo proponía. Se lo debía a ella y a él.

—Buenos días, princesa. ¿En qué piensas?

Betty le propinó un pequeño beso de buenos días y se levantó de un salto de la cama.

—Creo que voy a terminar hoy mi historia. Me siento con mucha energía creativa.

El la miró con un poco de decepción. Hubiera querido abrazarla por lo que restaba de mañana antes de prepararse a iniciar un nuevo día y tal vez charlar un poco sobre cómo planificarían pasar el próximo domingo juntos. Un escape de todos los problemas que tenía encima ahora que había nacido su primogénito. Estaba perdiendo los mejores momentos de su infancia pero resultaba difícil alejarse de esa mujer que tenía ante sí. A quien amaba casi por encima de todo.

Betty se sentó en la mesa de la sala y encendió la computadora portátil de Henry, faltaban dos horas antes de que las oficinas de Mode abrieran. No tenía necesidad de apurarse demasiado, Henry vivía a varios minutos del edificio Meade, tan solo tenía que tomar el tren. Y no había mentido cuando le dijo que últimamente se sentía inspirada, era cierto. Desde todo ese problema con Gío había sentido una angustia que le había facilitado reescribir completamente su historia.

Ese día, luego del trabajo regresó a su casa en Queens. Trató de hablar poco con su familia, se sentía verdaderamente cansada, pero no pudo evitar preguntar si su amigo había decidido visitarles la noche anterior. Su padre le contestó que no que no le había visto desde hacía días.

De vuelta a la cama colocó sus manos sobre los ojos en un intento inútil de espantar sus pensamientos. Estaba realmente contenta que Gío hubiera regresado a su negocio. Se preocupaba por sus sueños tanto como él se preocupaba por los de ella. O por lo menos como él se preocupaba antes de ella. Ya no era lo mismo. Alejó sus dedos de su cara y abrió los brazos sobre el colchón. Por lo menos en su habitación podía ser sincera consigo misma y podía dar rienda suelta a sus pensamientos. Hasta que descubriera cómo hacer para que todo se convirtiera en un simple recuerdo del pasado, se regocijó en el delicioso placer de amarlo en secreto. Por la forma de ver la vida, por todo lo que había hecho por ella, por la forma en que cuidaba su propia familia, por los retos y su forma alegre de ver las adversidades… por ser Gío.

Recordó cómo antes le gustaba imaginarse que él se preocupaba por ella y quiso evocar cuando una vez se sintió admirada y protegida por él. Admitió que había sido egoísta por un tiempo. Sabía bien que no podía corresponderle y, sin embargo, le hacían falta las atenciones que él solía tener con ella. Ni siquiera se atrevió a contarle de eso a su hermana, su más íntima confidente. De cómo cada vez que ella estaba junto a él la vida se sentía más brillante y libre de problemas. No era sólo cómo su cuerpo reaccionaba a su cuerpo, era como si su mente y su espíritu se relajaran en un nirvana de emociones. Como si sólo existieran dos entes en toda la habitación: Gío y ella.

Entonces era cierto lo que temía, pensó. Que esos sentimientos no eran recientes. Que desde siempre le gustó sentirse querida por él, amada por él, admirada por él. Esa noche que huyó de él bajo las estrellas, había temido rechazar su oferta de cariño porque no podía, porque le tenía terror a que todo dejara de ser como antes y se volviera como era entonces: frío y doloroso.

¿Pero cuándo fue que se había realmente enamorado de Gío? Se sorprendió al no poder determinarlo por más que rebuscaba en sus recuerdos. Una cosa sí era cierta, siempre supo que le había importado lo que Gío pensara de ella. Siempre. Desde ese primer momento en que le dijo sus verdades en la cara, desde esa primera vez que la llamó 'Chica Mode' e hirió su orgullo propio.

Frustrada, se acurrucó en posición fetal y pensó en la oportunidad que había despreciado. ¿Realmente había sido una oportunidad? Talvez, no. Demasiadas decisiones tomadas a destiempo, demasiadas disyuntivas. Y no iba a culpar al destino ni a la situación. El pasado era pasado. El presente era Henry. La vida le había otorgado una oportunidad con él. Y las oportunidades sólo ocurrían una vez en la vida.

Y con ese pensamiento, descansó.

¡Qué tonta fuiste, Betty Suárez!

—0—

Eran las una y media de la tarde. Se oyeron unos pasos acelerados y sonoros por todo el pasillo principal del edificio Meade. Betty abrió la puerta del delicatessen con violencia y se aventó contra el mostrador, abriéndose paso entre el tumulto de gente que esperaba su turno. Levantó una mano y agitó una unidad de memoria gritando a viva voz:

—¡No lo vas a creer! ¡Obtuve buenísimas calificaciones… discúlpeme, señora —dijo empujando a una dama que estaba de pie a su lado. Esta no pudo menos que protestar ante tal descortesía. Pero Betty la ignoró y siguió dando pequeños brinquitos hasta que se alzó de puntillas apoyándose del cristal. Se encontró con los ojos marrones de Gío a través de los canastos con dulces que había en el mostrador— Les encantó la historia. ¡Todavía no puedo creerlo!

Gío atrapó su mano con la suya, tomó la memoria de su mano y, sin soltarla, colocó un paquetito cuidadosamente envuelto entre sus dedos.

—Tu almuerzo —dijo. La soltó por fin y la despidió con la mano mientras corría a atender otro de sus clientes. Betty trató de divisarlo a través del gentío que había frente a ella pero desistió. Hizo de sus manos una bocina y, antes de marcharse, gritó:

—Me llamas, entonces.

—Está bien —le respondió desde lejos y resumió lo que estaba haciendo.

La noche llegó. Henry había quedado fascinado con la versión final de la historia. Sus besos y palabras de admiración no pudieron desatar el nudo se había formado en el pecho de la joven escritora y no quiso admitir la razón. Ni siquiera cuando se pasó inconscientemente la noche entera lanzándole miradas furtivas a la pantalla de su teléfono esperando por la llamada que nunca sucedió.

Los próximos dos días de la semana fueron caóticos en la oficina. Se preguntó porqué Gío no se había comunicado aún con ella. Revisó por décima vez los mensajes en su contestadota sin resultado. No hubo bien puesto el auricular en sitio cuando el teléfono empezó a emitir su sonido característico. Colocó el aparato en su oído y esperó por la voz del otro lado de la línea. Daniel. La necesitaba para que le asistiera en una reunión en el salón de conferencias. Respiró profundamente y se sumergió en las rutinas de su trabajo.

Regresó horas más tarde y notó que alguien había depositado en su escritorio una cajita estampada con bordes plateados y, sobre ella, una unidad de memoria. No había ninguna nota ni indicación de ningún tipo. Abrió la cajita y encontró un juego de impresiones de su novela corta en papel satinado.

Miró a su alrededor y no encontró rastros de Gío. Se dirigió a la recepción a toda prisa y, luego de aguantar con sorpresiva paciencia varias bromas obscenas sobre mayonesa y salchichas, Betty se pudo informar por medio de Amanda que, efectivamente, había sido él quien había ido personalmente a dejar el paquete sobre su escritorio.

Decepcionada, Betty regresó a su estación de trabajo y tamborileó con sus dedos la superficie colorida de la coqueta cajita de cartón sumida en sus pensamientos.

—0—

Era mañana de domingo y, a falta de mejores planes, Betty había decidido pasar el fin de semana en su casa. Descendió las escaleras todavía envuelta en su bata de baño, calzando sus pantuflas y con el flequillo todavía envuelto en un rulo sobre su frente. En lo que se dirigía a la cocina en búsqueda de su café matutino, creyó sentir una presencia sentada en el sillón.

—Hola, Justin.

—Hola, Betty —la voz que le respondió la hizo dar media vuelta y retroceder sus pasos hacia la sala de estar.

—¡Gío! ¿Qué estás haciendo aquí? —se quitó de un manotazo el rulo de la cabeza lastimando uno de sus dedos con uno de los pinchos— ¡Ay!

Se lamió el dedo de donde brotaba una gotita de sangre sobre la piel enrojecida.

—Mi madre está con Hilda —dijo Gío sin inmutarse—. Una emergencia. Sabes cómo son las mujeres. Esta mañana es la primera comunión de mis sobrinos. Como puedes ver, no son todos los días en que uno tiene la oportunidad de vestirse de esta forma.

Betty observó con detalle el traje oscuro y la corbata de seda que ostentaba sobre su pecho. La vestimenta le ampliaba la figura y le daba un aspecto encantador y sobrio a su personalidad usualmente casual y ecléctica. En contraste, Betty se ajustó la bata de baño y cruzó los pies en un intento inútil de esconder las pantuflas que se veían ridículas ante los zapatos de cuero marrón que él vestía. Gio no pudo evitar sonreír ante su gesto.

—¡Qué monada! ¿Esta eres tú por las mañanas?

Betty estuvo a punto de responder con una observación poco agradable sobre su traje de enterrador pero una mejor idea cruzó su mente:

—Así que… ¿qué te pareció?

—¿Qué cosa?

—La historia —sabía que él había estado revisando las copias que él mismo había impreso y estaban dentro la caja abierta sobre la mesa y que Betty había dejado desparramadas sobre la mesa la noche anterior—. No te hagas el tonto.

—Ya —dijo, apartando sus manos del fajo de papeles y colocándolas sobre sus rodillas— Me pareció muy buena.

—"Me pareció muy buena". ¿Eso es todo lo que me vas a decir?

Hubo un silencio incómodo que se hizo eco en el cuarto por el transcurso de un minuto completo.

—¡Por Dios! —Betty empezó a organizar y desorganizar con dedos nerviosos los papeles que estaban sobre la superficie de la mesa, los apiló en la caja y la apartó de él— Después de todo este trabajo que hicimos juntos, por fin la termino. ¿Y eso es lo mejor que puedes decirme? Ya entiendo. A ti no te gustó lo que hice, ¿verdad? Pues debiste pensar mejor antes de desaparecerte todo ese tiempo sin avisar a nadie, dejándome sola con todo este trabajo que tú mismo me hiciste emprender.

Pausó para tomar una bocanada de aire. Y se encontró sorprendida de sus propias palabras.

—¿Ya acabaste con toda esa verborrea? —dijo Gío con una sonrisa burlona en el rostro. Betty frunció el cejo— Si te importa tanto lo que yo opine… —se arrellanó en el sillón mientras Betty esperaba, atenta, sus palabras—. Bueno, es justo lo que ya te dije: es muy buena.

Betty lanzó un rugido de frustración mirando desesperada al techo de la habitación y golpeando el suelo con las pantuflas.

—¡Betty —dijo con una pequeña risita ante la pequeña rabieta que ella había hecho ante él—, tienes que tener más confianza en ti y en lo que haces! No tienes que complacerme a mí ni a nadie más que a ti misma. Es más, si quieres que te diga algo, no pude dejar de notar que, aunque cambiaste los nombres y la trama, basaste los personajes principales de personas de la vida real. ¿No es cierto? —Betty enrojeció de repente. No esperaba que se diera cuenta tan fácilmente—. No, no te preocupes. No se lo voy a decir a nadie más.

Los brazos de Betty apretaron la caja que abrazaba en su pecho, preocupada por las palabras que vendrían luego.

—Aún así, te tomaste muchas libertades. Sobre todo con el protagonista… —el corazón de Betty se saltó varios latidos—. ¡Cielos! ¡Le otorgaste tanto coraje, tanta pasión, tanta determinación! Lo hiciste tan atractivo que casi me enamoré yo mismo de él. Me tomó mucho tiempo descubrir que se trataba de nada más ni nada menos que el álter ego de Henry. Imagino que es la forma en que imaginas a tu maravilloso y encantador novio dentro de tu cabecita.

Betty se sintió confundida. Obviamente esa no era la reacción que esperaba de Gío. Tuvo ganas de decir algo pero no la dejó hablar.

—¡Y tu heroína! Me irrita tanto esta versión como la versión original.

Betty volvió a fruncir el entrecejo. Abrió la boca para protestar.

—¡Ya es tarde, Giovanni! Nos vamos —una mujer llegó trotando desde el salón de Hilda y alcanzó la puerta sin siquiera notar la presencia de Betty—. Gracias, Hilda —besó sus dos mejillas—. Nos vemos el miércoles.

Hilda se despidió de la señora Rossi y la vio partir con harta prisa. Gío se levantó del asiento y le sonrió un adiós a Betty y a Hilda antes de cerrar la puerta tras él.

—¿Qué te parece? ¿Elegante, no?

—Sí, creo que debería vestir de traje con más frecuencia.

—Me refería al peinado de su madre. ¡Ay, Betty! —Hilda se tiró en el sillón y espió a través de la ventana —: Pero sí que Gío se ve todo un galán el día de hoy.

—No tan galán como antes… —dijo Betty cargando la caja de impresiones a su habitación. Había perdido el apetito.

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Próximo capítulo: Gío y Betty