Capítulo 7: Jeremy sabe
El problema en la vida de Jeremy, que motivó la presencia de sus padrinos mágicos, no era muy diferente al de varios niños en todo el mundo. Era demasiado listo para su conveniencia. Con su inteligencia había conseguido adelantar escolares y estaba pensado que dentro de sólo otros dos estaría listo para ir a la universidad, lo que lo convertiría en un universitario de 12 años.
Esto, como puede suponerse, le traía distintos problemas en la escuela. No sólo nunca sería popular, si no que incluso los nerds se burlaban de él para sentirse mejor con ellos mismos. Pero lo que de verdad le diferenciaba de otros niños genios inadaptados era su familia, compuesta de dos padres ignorantes que jamás terminaron la secundaria y un abuelo gruñón que le mandaba tareas como si fuera la empleada. El día de sus cumpleaños nueve resultó que sus padres no lograron reunir el dinero que iba a ser para la computadora que Jeremy pidió, regalándole en cambio una bicicleta tan grande que ni siquiera podía alcanzar los pedales estando sentado. Ninguno de sus compañeros atendió a las invitaciones enviadas y a la fiesta en su casa sólo asistieron algunos familiares.
Por insistencia de su abuelo, que bajo ninguna circunstancia quería consentir demasiado a su nieto, se pasó toda la celebración atendiéndoles, llevando bebidas de aquí para allá y sirviendo pastel sin que a él le tocara un pedazo al final. Luego, mientras sus padres se recuperaban de los tequilas que tomaron a escondidas durmiendo en su cuarto, el abuelo le hizo limpiarlo todo. Logró descansar a altas horas de la noche, mucho más tarde que la hora de dormir que se había autoimpuesto, y no prestó atención al cubo que brillaba en el estante sobre su cama. Se echó bocabajo y cerró los ojos, ignorando que el cubo comenzaba a agitarse y saltar sobre sus bordes. El niño se puso de costado, a tiempo de recibir el golpe del juguete. Se despertó, desorientado y confuso. Más confusión sintió cuando las luces se volvieron demasiado intensas y un montón de polvo azul salió de los bordes hasta ocupar el último rincón del cuarto. Se encontró tosiendo al poco tiempo.
—¡Hola Jeremy!
—¡Somos Cosmo!
—¡Y Wanda!
—¡Y Poof!
—¡Y juntos somos tus padrinos mágicos!
Jeremy todavía estaba tosiendo cuando el polvo se disipó y lo reemplazaron las luces de neón. La mujer de pelo rosa agitó un palito con una estrella encima y le alcanzó un vaso de agua aparecido de pronto en su mano. Jeremy no les quitó la vista de encima a los tres extraños seres mientras bebía de un sopetón, casi atragantándose al final. La misma mujer que se presentó como Wanda le palmeó la espalda hasta que logró reponerse. El niño los miró a todos.
—¿Son mis qué?
—¡Tus padrinos mágicos! —contestó el hombre de pelo verde, alzando los brazos al tiempo que las luces de neón volvían a llenar el cuarto y el resto se reunía con él.
Sonreían como si posaran para una fotografía promocional. Jeremy sabía lo que eran y lo que hacían porque papá le contaba historias con ellos cuando era pequeño. Pensó al principio que continuaba dormido y era un sueño, pero a medida que las hadas le daban muestras de sus poderes mágicos la idea fue haciéndose paso en su mente hasta alojarse ahí. Fue un alivio para el trío. Había otros niños genios con los que nunca podrían entrar en contacto porque su mente había madurado antes de tiempo. Jeremy todavía tenía la bastante inocencia para creer en la magia cuando le bailaba en las narices. Le dio un pellizco al hada de rizos lila, sólo para acabar de comprobar que era real.
—Oye —se quejó el llamado Poof, frotándose el brazo.
—Lo siento —se disculpó el niño, apenado, bajando la vista. La alzó de nuevo para mirarlo—. ¿Tú también eres mi padrino?
Estaba confuso porque que supiera los padrinos mágicos se componían de una o dos hadas. Jamás escuchó de un tercero.
—Poof es nuestro hijo, Jeremy —explicó Wanda.
—Eso significa que es tu hermano mágico —completó Cosmo.
—Pero puedes pedirme cosas también —explicó Poof, sonriendo con amabilidad—. Se supone que me ayuda a ejercitar mi magia.
Jeremy se quedó estupefacto. Más que antes.
—¿Tengo un hermano mayor?
Porque sin duda el hada era mayor que él, aunque su cuerpo empequeñecido dificultara acertar cuánto. Vestía una camiseta color lila con un dibujo de luna amarilla en el centro, haciendo juego con su cabello rizado y ojos. Los pantalones de color rosa y zapatillas del mismo tono. En lugar de una varita usaba un lápiz adornado con pequeñas alas a los costados. Poof asintió a su pregunta y luego no hizo nada para evitar el abrazo que el pequeño le dio.
—Siempre he querido un hermano mayor —dijo Jeremy sonriendo.
Poof rió con su entusiasmo y le revolvió los cabellos rubios.
—Deseo cumplido.
Con el paso del tiempo, Jeremy conoció en efecto lo que era tener un hermano mayor en plena adolescencia. Volubilidad, más que nada. Los días buenos, donde se sentían como dos amigos y se ayudaban, se mezclaban con los días malos, en los que Poof decía que tenía otras cosas que hacer que cumplir su promesa de jugarían y le regañaba por haberse metido en su cuarto dentro del castillo sin su permiso. Fue el hermano perfecto cuando tuvieron que operarle del apéndice, entreteniéndole con películas en 3D y ayudándole con las tareas que el abuelo aun entonces le mandaba. Le hacía caras absurdas o aterradoras para distraerlo del dolor que a veces le asaltaba. Fue menos perfecto cuando sus padres ganaron aquel viaje a Disney World por un sorteo que sólo les costó diez dólares. Jeremy habló de la idea de que Poof se hiciera pasar por un compañero de la escuela cuya familia casualmente vacacionaba en el mismo lugar, pero nunca prosperó. Poof excusaba seguido que había quedado salir con unos amigos. Cosmo y Wanda lo entretenían lo más posible, a veces incluso tomando la forma de niños humanos para hacerle compañía en los juegos en los que le daba miedo ir solo, pero no era lo mismo. Sobre todo porque Cosmo insistía en comer todos los tacos a su alcance antes de subirse a las montañas rusa.
Sin embargo, lo que realmente llamó la atención del joven genio fue la actitud de su hermano mágico antes de marcharse. Ansioso, revisando la hora cada tanto, distraído. A Jeremy se le hacía ridículamente fácil ganarle en los videojuegos en los que solía darle pelea. A veces había que repetirle lo que uno le decía para que escuchara. Y cuando volvía estaba tan relajado que si encontraba a Jeremy viendo películas en su cuarto no reaccionaba de otra manera que uniéndose a él. Por eso el niño no se quejaba, pero la sensación de que algo se le estaba escapando no le dejaba en paz. En un primer momento se le ocurrió lo obvio: Poof tenía una nueva novia y no quería que sus padres se enteraran. De modo que sólo podía hacer una cosa.
—¿Tienes novia? —preguntó en medio de un juego de cartas.
—No. ¿Tienes un tres?
Suspiro de derrota.
—Ve a pescar.
Aun así, podía oler que había gato encerrado y quería saber por qué. Deseárselo a Cosmo y Wanda no era posible. Consideraba el asunto como uno exclusivo entre hermanos, así como hacerse bromas hasta el cansancio el Día de los Inocentes. No, lo que sea que fuera iba a averiguarlo por su cuenta. Lo que se le hizo muy sencillo cuando Poof trajo a Rizos Dorados a pasar el día con ellos. Jeremy no se tragó ni por un momento que fuera realmente la joven que él había conocido en eventos escolares y el cumpleaños de Poof. La joven que había visto entonces era dulce, tenía una sonrisa simpática y siempre le hacía sentir ligeramente enfermo cuando se dirigía a él. No un enfermo malo, si no uno donde la cara se volvía caliente y tenía como un pequeño huracán en el estómago. No sabía cómo llamarlo, sólo que la joven se lo provocaba y quien acompañó a Poof no le causó ningún efecto parecido.
Parecía exactamente como ella y se vestía como ella, blusa anaranjada y falda amarilla, botas doradas que llegaban hasta las rodillas. En su rostro las mismas pecas, la misma coleta de rubio cabello en lo alto de su cabeza, pero ni rastro de sonrisa. Cuando Poof la presentó esbozó más bien una mueca tensa, tétrica, que se borró apenas vio que el niño retrocedía un paso. Bufaba con frecuencia y caminaba torpemente en su forma humana al lado de su hermano, como si no estuviera acostumbrada a los tacones que usaba desde que la conocía. Ese día sus padres, su abuelo, Cosmo y Wanda estaban probando un nuevo menú en un restaurante mexicano, por lo que sólo quedaba Poof para cuidarlo.
—No puedo —había dicho cuando su madre le informó del hecho.
Entonces su madre estaba un poco abrumada llevando la ropa sucia a lavar, de modo que no tenía paciencia para discutir.
—Lo lamento, querido, pero sea quien sea con quien quieres reunirte tendrá que venir contigo. Esta oferta de dos por uno sólo se dará hoy y sabes lo que a tu padre le entusiasma probar los nuevos tacos sabor pizza y helado.
Poof lo sabía pero aun así insistió en que ya tenía otros planes. Fue inútil, la decisión estaba tomada. Ese día, para cuando llegó la hora del almuerzo, sus familias se habían dirigido al restaurante y el trío salió; los adolescentes al frente y el niño siguiéndolos por detrás. A veces Rizos tropezaba o estaba cerca de hacerlo, y entonces Poof le ayudaba a ponerse en pie de nuevo. Para esos momentos Rizos, luego de erguirse, subía más de la cuenta el mentón. Según el programa de Jeremy para esos momentos debía estar en el juego llamado "Aventura selvática", consistente en un tronco que los llevaría a lo largo de un camino de agua hasta finalizar en una pronunciada cascada. Se detuvieron al final de una larga fila. Rizos miró al señor obeso que los procedía con desprecio evidente, revelando el mismo tic en el labio superior que le surgió cuando estrechó la mano de Jeremy. Jeremy no se había dado por aludido cuando la vio limpiarse con un pañuelo justo después.
—No esperarás realmente que me ponga a esperar tres horas detrás de este gordinflón por un ridículo paseo, ¿verdad? —dijo, con una voz exageradamente chillona, dirigiéndose sólo a Pool—. Te lo advierto, si tú no haces que avancen, yo lo haré. Hace mucho calor y este ambiente no puede hacer mucho bien a mi cabello.
El gordo, al oírla, se dio la media vuelta y la miró, ofendido. Rizos sacó la lengua y le hizo mala cara hasta que el gordo volvió a girarse. La joven sacó una pluma azul de su bolso dorado, agitando su cabellera dramáticamente. Las alas de la pluma eran puntiagudas y negras. Jeremy observaba en silencio. Poof echó un vistazo a lo que tenían por delante, moviendo los hombros con incomodidad, y miró a su hermanito.
—Si lo deseas, más pronto podremos ir a los otros juegos.
Jeremy lo hizo, no tanto por el argumento como la mirada de pocos amigos que Rizos le dirigió. El montón de gente frente a ellos desapareció en un parpadeo, permitiéndoles ser los siguientes para subir. El resto del día siguió entre risas intensas, estómagos revueltos y pequeñas muestras que Rizos realizaba cada tanto para su conveniencia, no sin antes dirigirle una sonrisa pretenciosa a Poof como si le retara a discutirle su derecho. Poof procuraba jugar a hacerse el loco, sólo girando los ojos y mirando para otro lado cuando esto sucedía. Para cuando decidió que era hora de comer algo, Rizos se había hecho aparecer unos lentes de sol, protector solar, un sombrero, brillo labial y un sirviente musculoso que le sostenía una especie de abanico, moviéndolo a una señal suya y cubriéndola del sol. Era sorprendente que no hubiera hecho aparecer a otros hombres para que la llevaran en una camilla.
Se detuvieron en un puesto cercano: una combinación de fuente de sodas y heladería. Las mesas eran pequeños círculos de plástico y los asientos escaseaban, al parecer porque la tendencia general era estar de pie, charlando. Mientras Poof iba a pedir lo que les indicaron, Rizos, Jeremy y el fortachón esperaron en el exterior. Jeremy se sentó en uno de los pocos asientos disponibles. Rizo agitó su pluma y se recostó en la silla playera aparecida mágicamente. Era lo bastante alta para que Jeremy todavía pudiera verla poner sus brazos detrás de la cabeza en actitud relajada. Más que esperar una orden parecía a punto de tomar una siesta junto a la piscina.
—¿Te puedo preguntar algo? —dijo el niño, tímido al inicio.
Rizos lanzó un gruñido.
—Sí, son naturales —continuaba usando la voz chillona.
—¿Qué cosas? —preguntó desconcertado.
Rizo le miró un momento por encima de sus lentes y bufó, un poco sonrojada, como si se hubiera dado cuenta de su error.
—Nada. Continúa hablando, mocoso humano.
Llevaba todo el día llamándole de esa manera, pese a las miradas reprobatorias de su hermano mayor. A Jeremy en realidad no le molestaba. Peores cosas había escuchado de sus compañeros y abuelo.
—Sólo quería saber quién eres.
Una sonrisa divertida en el rostro de Rizos.
—Soy Rizos Dorados, ¿no es obvio?
—Claro que no —respondió el niño impulsado, como durante clases, por la seguridad en sus conocimientos.
—Claro que sí.
Jeremy agitó la cabeza.
—No.
—A ver, pequeño mocoso, ¿y por qué no sería Rizos Dorados? ¿También vas a dudar de la identidad de tu hermano?
—Poof es Poof —contestó el niño, secretamente orgulloso de poder afirmarlo sin vacilar un segundo—. Por eso supongo que debes ser un amigo suyo que sólo está usando un disfraz.
Rizos (o quien sea) dejó de sonreír. Su expresión se volvió cuidadosamente neutra.
—¿Y por qué crees que alguien haría eso?
—No lo sé —admitió Jeremy encogiéndose de hombros, echando un vistazo hacia Poof. Estaba detrás de otra larga fila y el empleado, un adolescente lleno de acné, se movía con lentitud, de modo que contaba todavía con tiempo—. Sólo sé que no eres Rizos Dorados. Para empezar, ella está acostumbrada a usar tacones y tú apenas podías mantenerte en pie. Su instrumento para dirigir la magia es un peine dorado y tú tienes una pluma azul. Hablan de maneras completamente diferentes y sus comportamientos tampoco son siquiera similares. Creo que ni siquiera eres una chica en realidad.
Jeremy dijo todo esto no en dejo acusatorio, si no de simple convicción, como si estuviera explicando una fórmula matemática. Las cejas de Rizos se elevaron por sobre los lentes.
—Vaya, vaya. Al parecer eres un pequeño humano bastante observador —dijo, dejando por fin el tono chillón. Hablando normal se le notaba cierto acento inglés, aunque la voz siguiera estando encantada para parecerse a la de Rizos Dorados.
—Gracias —dijo Jeremy, aunque no estaba seguro de se lo dijeran con intención de un cumplido, y volvió a su duda original—: ¿Quién eres?
Ahora el disfrazado gruñó, fastidiado.
—¿Eso importa? Ya me descubriste de todas formas.
Jeremy frunció los labios, pero lo dejó pasar.
—¿Por qué haces esto?
Rizos Dorados liberó un suspiro mientras se acomodaba en su silla. Obviamente hablar del tema le desagradaba.
—Perdí una apuesta —Mientras Jeremy asentía, comprendiendo, ahora sí, el falso Rizos agregó, indiferente en apariencia—: Arruinaste nuestra tarde de juegos, ¿sabías?
Las palabras fueron tan sorpresivas que Jeremy se sobresaltó.
—¿Yo qué hice? —preguntó, instintivamente.
—Se suponía que Poof y yo íbamos a pasárnosla jugando hoy, pero tú y tu infantil insistencia por ver todos los lugares de este nauseabundo sitio lo ha echado a perder. Y yo ni siquiera estaría aquí si no fuera porque tu querido hermano me ganó en un dos de tres —finalizó haciendo un puchero de disgusto. A pesar de que el fortachón seguía agitando el abanico suavemente y continuaba en la silla playera.
—Quieres decir... ¿contigo es con quien se reúne todos los días? Él siempre dice que son un grupo de amigos.
Rizos arqueó las cejas, con extrañeza, pero luego sonrió, aceptando la explicación.
—¿Ah, sí? Bueno, por algo será, ¿no crees?
Jeremy pensó que, en efecto, así debía ser y lo siguiente que preguntó fue sólo producto de la primera suposición que llegó a su mente.
—¿Ustedes son novios?
Después de una fiesta de cumpleaños para Wanda, Jeremy no tenía problemas para pensar que se pudieran formar parejas entre chicos o chicas. Era una realidad que simplemente debió aceptar cuando vio al ex de su madrina del brazo de alguien a quien le identificaron como Cupido, el dios del amor griego. El par de seres mágicos flotaban tan cerca como había visto al falso Rizos y Poof caminar todo el día. Los continuos giros de ojos de Poof y sus intenciones de dejar pasar las apariciones de Rizos le recordaron a los gestos de Cupido cada vez que Juandissimo reventaba otra camiseta. Si no fuera por eso, a lo mejor la idea ni se le habría ocurrido.
Por un largo momento el silencio fue lo único que le respondió. En el cuerpo de Rizos lo único que delató que no había sido paralizada fue el intenso color rojo que subió a su rostro y la mueca que nacía en él: una expresión de una sorpresa y desconcierto tales que se acercaba demasiado al horror. Sin embargo, de pronto eso desapareció.
—No, cielito —dijo fingiendo otra voz femenina, más suave que la anterior, pero con cierto cansancio, como si estuviera aburrido o no quisiera hablar de eso.
Luego liberó un profundo suspiro, como si esa respuesta le hubiera costado un tremendo esfuerzo.
—Hazme un favor —dijo recomponiéndose en un ajuste de lentes de sol— y no vuelvas a sugerir estupideces.
Al niño le habría gustado replicar que no eran estupideces, pero el cambio de antes le había desconcertado lo suficiente para quitarle las ganas de indagar más. Por lo menos tenía la secreta victoria de haber averiguado qué era lo que su hermano hacía todas las tardes y con quién. La falta de nombres era lo de menos. E incluso la respuesta del falso Rizos también. Lo que tenía en claro era que su hermano no sólo no quería que sus padres supieran lo que hacía si no que en qué clase de compañía. Una clase de conocimiento como el que acababa de adquirir podría serle útil en el futuro. Tomó nota mental al respecto.
Poof regresó entonces con los helados pedidos. Luego de comprobar que nadie los estaba viendo se hizo aparecer una silla como la de Jeremy para sí mismo.
-
Al anochecer, la familia de Jeremy no había vuelto y tampoco había rastros de Cosmo y Wanda en la habitación de hotel. El sigilo de Poof se mostró inútil cuando luego de dar unos pasos con el niño cansado en brazos, distinguió las camas vacías. Rizos prendió todas las luces con un movimiento de su pluma. Con otro hizo desaparecer los accesorios y al fortachón. En el transcurso del día su fastidio se había ido diluyendo hasta convertirse en una leve disconformidad, como si admitiera que tenía mejores lugares en los que estar pero al que habían obligado a ir tampoco estaba tan mal. Lo cierto era que Poof la atrapó más de una vez carcajeándose cuando oía los gritos de terror de los otros jóvenes en los juegos que incluían bruscas subidas y bajadas. Reía aun más cuando los veía pálidos y a punto de vomitar luego de bajarse. Incluso la había oído gritar "¡chillen, patéticos humanos, chillen!" justo antes de verse lanzada al vacío. Su alegría por la desgracia ajena acabó perturbando a Jeremy, al punto que desde entonces no se separó de su hermano mágico. Eso también le pareció correcto y divertido, pero a una dura mirada del hada se limitó a una amplia sonrisa y risitas disimuladas.
—Es un debilucho —comentó Rizos señalando al adormecido niño—. Déjale y vamos a la montaña rusa cerca del puesto de comida alemana. Apuesto a que podemos ver a otro par vomitando cuando lleguen a la cima.
—Espera —dijo Poof, conduciendo a su hermano a otra puerta, la que daba a su cuarto. Lo depositó en la cama con suavidad. Sabía que en realidad no estaba dormido, de modo que no se sorprendió cuado percibió el brillo de sus ojos abiertos. Agitó su lápiz, poniéndole su pijama azul en el acto. Con otro pase el niño se encontró cubierto por las sábanas. Finalizó el ritual nocturno revolviéndole los cabellos con una mano—. ¿Te divertiste, campeón?
—Estuvo bien —respondió el niño, mirando hacia la rendija del salón, donde podía ver una bota del falso Rizos—. Oye, ¿puedo decirte algo?
—Claro.
—Tu amigo no sirve como actriz.
—Lo sé —dijo Pool, riéndose—. Lo hace todo para decirme que no está conforme con su papel, aunque creo que le molesta más el haber perdido nuestra apuesta que cualquier otra cosa. Sé que es algo raro, pero no te hará nada.
—¿Por qué el disfraz?
—Porque... digamos que a mamá y a papá no les agrada mucho, y es mejor si no lo saben. Por eso, si preguntan, di que estuvimos con Rizos Dorados.
—De acuerdo —respondió Jeremy, aceptando el arreglo sin más. De todos modos esa respuesta ya podía haberla imaginado solo—. ¿Por qué no les agrada?
Poof miró hacia el techo, pensando en la mejor manera de responder. Jeremy esperó pacientemente sin quitarle la vista de encima.
—Porque es diferente a nosotros. Una clase de criatura mágica distinta —resumió, encogiéndose de hombros—. De todos modos no es nada para preocuparse, créeme.
—Bien —aceptó Jeremy, no muy contento con esa explicación escueta pero dejándolo ser—. ¿Y él te gusta?
—Claro —respondió Poof, cruzándose de brazos en actitud defensiva—. A veces es buena onda. Si no, no lo vería.
—Quiero decir, como te gustaba la verdadera Rizos Dorados.
Poof frunció el ceño y lo miró extrañado, casi desconfiado.
—¿Por qué dices eso?
Jeremy se encogió de hombros.
—Es que me pareció que así era. ¿No es así?
—No. Sólo somos amigos.
—¿Nada más?
—¿Y a qué vienen las preguntas? —espetó Poof, impaciente.
—Está bien, está bien —contestó Jeremy alzando las manos para incitar a la paz. Luego volvió a cubrirse con las sábanas, acomodándose para dormir—. Perdona, sólo tenía curiosidad.
Poof se sintió culpable por su brusquedad anterior.
—Sí, está bien —dijo levantándose de la cama—. Me sorprendió que dijeras eso, es todo. No me gusta andar justificando mis amistades. Ya demasiado es tener que mentirles a mis padres para que no se preocupen.
—Entiendo —dijo Jeremy, dándole la espalda—. Buenas noches.
La mano de Poof le palmeó la coronilla, casi sonriendo en la penumbra. El enojo nunca le duraba con él.
—Buenas noches.
-
Cuando volvió al salón, el falso Rizos seguía sentado en el sofá frente al televisor. Masticaba con la boca cerrada ahora con la cabeza echada hacia atrás, mirando al techo. En cuanto percibió el sonido de la puerta cerrándose, le miró. Un arqueamiento en sus cejas completó lo que sus labios no dijeron. "¿Y ahora qué?"
—Bueno, ahora sé por qué nunca fuiste el protagonista en las obras escolares —comentó Poof dirigiéndose a la mini heladera y sacando un par de gaseosas—. Jeremy te descubrió.
—En primer lugar, mis habilidades de actuación van más allá de esas cursis representaciones escolares —replicó Rizos, tomando la botella que le alcanzaban. Se sirvió de una servilleta para deshacerse del chicle y echarlo a la basura antes de beber el primer trago—. Y en segundo, ya lo sabía. Ese pequeñajo me preguntó sin la menor vergüenza quién era. Incluso supo que no era una chica.
—Te dije que no todos los humanos son idiotas —respondió Poof con cierto orgullo—. Jeremy es de los chicos más listos en su escuela.
Rizos frunció la nariz, pero sólo había que pensar en los hechos.
—Tal vez ese niño no es tan idiota como los otros —recitó sin convicción y le lanzó una mirada venenosa—. ¿Contento?
—Algo es algo —se contentó Poof encogiéndose de hombros.
Bebieron por su cuenta, en silencio. Sentados en el mismo sofá, extremos opuestos. Poof, sin embargo, no podía relajarse del todo.
—Oye, ¿sabes lo que me dijo hace rato cuando lo fui a acostar? —preguntó con una sonrisa inminente, casi forzada.
—¿Qué? —preguntó Rizos sin mucho interés.
—Me preguntó si tú me gustabas como solía hacerlo la verdadera Rizos —dijo, echándose a reír, anticipándose a una reacción del otro que nunca llegó. Cuando se dio cuenta, se detuvo, desconcertado—. ¿Qué? ¿No crees que sea gracioso de tan ridículo?
Rizos permanecía con rostro impasible, la vista en la botella sobre su regazo. Por fin, tras dar un profundo suspiro, se bebió un largo trago y lo miró.
—Esta tarde me preguntó si éramos novios. Me tomó con la guardia baja, pero Clarice le dijo que no era así.
—Oh —fue lo único inteligente que se le ocurrió decir a Pool—. Bien.
Silencio.
—Bueno, creo que ya es lo suficientemente tarde —determinó Rizos levantándose.
—Sí, ya lo es. ¿Nos vemos mañana?
Ninguna se atrevía a ver al otro. Ninguno quería preguntarse el por qué.
—Te enviaré un mensaje.
—De acuerdo —pero no había terminado de decirlo, cuando Rizos desapareció del cuarto.
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