Eso ya no importa, le dijo Kile. Y tenia razón, pues lo importante fueron las noches que vivieron juntos, las tardes en que ambos traviesos perdían a sus maestros para encontrarse en el exclusivo Oasis de Narciso. Los cumpleaños que celebraron juntos, algunas navidades en que se dieron los más románticos regalos. Sí, eso era lo importante. Poco importaría el final, porque la alegría pasada opacaría a la tristeza como un eclipse.

Todo esto le recitó Kile, antes de negarse a decirle Adiós.

Entonces los vio, ambos caballeros de hielo partieron. Sus cabellos bailaron al ritmo del viento, allá, en las afueras del Santuario. Kile no apartó su mirada, pero Olmawi nunca se volvió a verlo.

:Todo está hecho, nuestro cubos de hielo se han ido. Regresa temprano para repasar lo que hemos visto hasta ahora...

Ha...! Kile debía estar bromeando cuando le recordó que debían entrenar y así, creer que por esa razón regresaría temprano a su Templo. No sabía donde estaba su maestro, ignoraba la hora, su estomago no sintió hambre.

Solo quería estar allí, con la cabeza postrada sobre la almohada. Derramando alguna lagrima ocasional al parpadear, deseando que el día anterior tan solo hubiese sido una pesadilla. ¿Y no lo fue después de todo? Pero si eso hubiera sido, Camus estaría ahora entrenando en su Templo, esperando una furtiva visita, para violar cuantas reglas quisiera saltarse su corazón.

Sonrió y más lagrimas se derramaron. ¿Qué estaría haciendo él ahora? Y si estaba tan triste como él? Si era así entonces sentía que su corazón se retorcía en su interior? Era eso normal? No ser capaz de dar un paso aún si de eso dependiera su vida? No, Milo no estaba triste.

Todo aquello lo había destruido. Se inundó de oscuridad situando una mano sobre su rostro húmedo, o completamente mojado de sudor y lagrimas. "Camus..." gimió su nombre pues no tenía nada más, nada más que una rosa a su lado que por siempre conservaría su esencia. Pero eso nunca sería suficiente.

"Milo." Con suavidad alguien retiró la mano de su rostro, claro. Kile.

"No quiero oír alguna de tus metáforas hoy, gracias." Lo atajó en medio de una palabra y se dio la vuelta, como el pequeño que se niega a la escuela.

Kile cerró sus labios para sonreír, pero no como de costumbre. Fue una sonrisa triste y resignada. "Athena vendrá en tres años. Sabías eso?" susurró a su oído.

"Sí, lo sé."

"No es razón para motivarse? Para seguir adelante, querido?"

"Para qué?"

"Para convertirte en un caballero dorado, proteger a la mismísima Athena... es un privilegio que ni siquiera yo tendré, pero tú, Milo-"

"Aún tengo una larga vida por delante. Lo he oído antes." Recitó virando los ojos.

"Sí, exactamente. Quiero que entrenes duramente, solo tres años, Milo. Cuando sienta que estés listo, te entregaré mi armadura. Te la confiaré a ti, y de poder hacerlo lo haría en este momento, pero ambos tendremos que esperar."

"Crees que Camus me perdone algún día?" preguntó, al parecer pensaba en alguien más mientras Kile le habló, Milo nunca supo de qué.

"Ahora sentirás muchas dudas, cariño." Dijo con ternura. "Sé que me odias, y te odias por haber sido duro con Camus. Odias a Olmawi por hacerle sufrir, odias al Santuario por atarte con cadenas invisibles e impedir que salgas corriendo por esa puerta y busques al hombre que amas. Tu pecho arde, se oprime. Lloraste toda la mañana y la tarde hasta al atardecer. Como si fuera poco, debes pasar esta noche con tu molesto maestro, que habla demasiado. Pero, no es algo que podemos superar... juntos, tú y yo?" terminó dirigiendo hacía él su mirada, obligándolo con una mano en su barbilla.

Entonces Milo se dio cuenta de que Kile lloraba, y por el color rojo de sus ojos, supuso que había llorado tanto como él. "Maestro..."

"Ayúdame a superarlo." Replicó abrazándolo con fuerza. "Me duele todo, hijo." Y estalló el llanto entre los dos Escorpio.

"Qué es lo que veo, maestro?" preguntó a Narciso, viendo distraído el cielo extrañamente rojizo.

"Lo mismo que yo, Afrodita. Por qué preguntas?"

"No puede ser. El Santuario..."

"Ha cambiado? Sí, los tiempos cambian."

"Tan pronto...!" exclamó con soslayo, rindiéndose sobre las piernas de su maestro. "Milo y su maestro, no los he visto desde que se fueron esos dos."

"Tal vez tengan que entrenar. Las cosas no están como para perder tiempo."

"Pero cuando entrenaban, todavía tenían tiempo para pasar ocasionalmente por aquí."

"Déjalos. Pude ver en los ojos de Kile que no desea hablar con nadie."

"Entonces sí lo viste?"

"Lo vi en mi Oasis. No sé si supo que estaba allí, espero que no. Pero lloraba, y dejaba caer sus lagrimas en el agua, como si temiera que fueran desperdiciadas."

"Narciso..." dijo con tristeza, y apretó su mano. "Los olvidarán? Crees que lleguen a olvidarlos?" pudo notar el entretenimiento en los ojos de su maestro. Lo miraba como se mira a un bebé que no ha aprendido a caminar.

"Por supuesto que no, cariño."

Caminaba descalzo en la playa. Bajo una tranquila luna, que creaba un hermoso reflejo bajo ella, haciendo que la noche fuera perfecta. La noche para los amantes, recordó Milo. Había dejado de llorar hace horas, se lo prometió a Kile, y él se lo prometió a Milo.

Sonrió deteniéndose de pronto. Como si la luna hubiese hecho alguna travesura para llamar su atención, pero realmente estaba incitándolo, seduciéndole para que la observara, para que le permitiera ser abrazado y besado por ella, como todas las noches. La luna coqueta.

Se sentó, no importaba que las leves olas chocaran contra él, mojando su ropa. Estaba bien así, tal vez el agua salada bañada por los rayos de luna, fueran un buen antídoto para el corazón. Se acostó, mirando el gran regalo blanco en el cielo, y siendo abrazado por las olas bajo él que cepillaban su cabello continuamente.

Tan mágica la luna, tan redonda y preciosa. Estaba ahí solo para él, para Milo. Le sonreía, y estaba tan cerca. Milo creyó que con extender su brazo, sería capaz de traerla hacía él. Pero Milo no haría aquello, ni aún pudiendo, sabía que después no querría dejarla ir.

Volvió a sonreír. "Por qué nunca lo traje a este lugar?" dijo en sus pensamientos. Esta vez Camus regresó a su mente, no para lastimarle, todo lo contrario. Lo vio en Siberia, tal vez durmiendo placidamente en una cabaña de madera, en medio de una posible tormenta de nieve. Imaginó un oso polar a lo lejos, algunas focas, un zorro atrevido. Pero lo importante en su cuadro imaginario fue Camus.

¿Y si estaba sonriendo al igual que él? No, con seguridad dormía. ¿En quién estaría soñando? Rió a sus descabelladas ideas. Tal vez ni siquiera estuviera en la cama, tal vez entrenaba. Sí, lo conocía bien, eso era lo que hacía en estos momentos. Entrenaba duro, sin descanso, para convertirse en un gran caballero dorado. Y... ¿querría regresar a su lado cuando lo lograra? "Regresarás a mí?" preguntó a las olas, que a penas le dejaron oír su propia pregunta con sus constantes choques contra la arena. Le dieron muchas respuestas, que Camus lo amaba, nunca dudaría en volver. Otras odiosas contestaron que no merecía a alguien tan maravilloso como él, como Camus. Salieron otras en su defensa, argumentaron que Milo no tenía la culpa, la culpa tuvo el momento en que se conocieron.

Yo nunca lamentaría haberlo conocido, concluyó de esa conversación. Nunca, en otro lugar o en otras circunstancia, podría haber conocido a otra persona como él. Y si hubiese otra persona como él... no le importaba, quería a Camus. Al que sería futuro caballero de acuario.

Entrenaría, con el mismo afán que lo hacía Camus en otra parte, él también entrenaría. Aceptaría cualquier reto, se negaría a cualquier tipo de tentaciones, lujos, comodidades. Kile se sentiría orgulloso, y Camus le perdonaría después de escuchar lo que pasó, la verdad tras las duras palabras que le dijo.

Sería el caballero dorado de Escorpio, el que recuperaría el corazón de Camus, llevándose por delante a quien se opusiera.

Cuando regresó a su Templo, aún sonreía felizmente. Kile dormía en una posición graciosa e infantil. La luz mansa de una lamparita de mesa hacía brillar su rostro de una manera angelical.

Se acercó y acarició parte de su largo cabello. Tan lindo su maestro, siempre se había mantenido fuerte y firme, derrumbaba a la indiferencia y al odio con una sonrisa, hasta que no pudo con su propia impotencia y lloró en los brazos de su alumno. Al adolescente que tenía a su cuidado, qué irónico.

Pero estaba bien, saber que el mundo de Kile no era color de rosa, y que comprendía sus problemas mejor que él mismo. Entonces amaba a Olmawi, tanto como él amaba a Camus.

Su maestro era exactamente igual a él, y tal vez su maestro fuera igual a su maestro, y el maestro de su maestro, ... bueno, un ciclo sin fin. Un ciclo de seductores Escorpio que amaron mientras entrenaban con su mejor amigo.

No esperaría con impaciencia que pasaran tres años, para poder esperar el regreso de Camus. Había un largo camino por recorrer, y tres años era el tiempo adecuado.

Se acurrucó a un lado de la cama, sin molestar a Kile. Tampoco quiso apagar la lucecita de la lámpara, no quería dormir. Seguiría despierto un par de horas, para pensar en el futuro un poco más.

/El futuro no tiene ojos/ depara suspenso y mentiras/

Por eso, incluso antes del amanecer, salió a correr. Hacía tanto tiempo que no ejercitaba, sus músculos estaban un poco oxidados, como advirtió Kile. Pero no iba a detenerse por eso, estaba en el Santuario para entrenar. Eso haría.

Los pocos rayos de sol que salían a esa hora, le hicieron sudar en cantidad, su camisa estaba empapada hasta casi llegar a la cintura, si estaba cansado, no lo sintió. Quería correr, y correr. Como si con eso fuese a ganarse el paraíso.

Esto a Kile le alegró bastante, e incluso se le quitó de encima aquel feo sentimiento de culpa, el remordimiento. Olmawi y Kile estaban haciendo lo que cualquier maestro competente haría, lo mejor para su alumno. Aunque su relación personal deseara mantenerlos unidos, no podía ser. Ya habían tenido su momento para amar, era hora de crecer. ¿Nunca es tarde o sí?

Milo devoró rápidamente la mayoría de libros que Narciso guardaba en su amplia biblioteca. Hizo las paces con Afrodita, se llevaban bien. Pero su entrenamiento de 24 horas le hacía no detenerse ni a saludarlo, lo que le dejó bien en claro que éste no quería nada más.

No solo Milo era el único atareado, todos entrenaban con muchas ganas. Por años tuvieron que entrenar, de todos modos, pero nunca había estado tan cerca el momento de recibir a Athena. Ya había sido suficiente el receso, ahora todos trabajaban.

Curiosamente Saga no volvió a ser visto, nadie sabía qué pasaría con el Templo de géminis. Empezaron los rumores y malas habladurías sobre él, que era un rebelde, que había escapado con la armadura dorada. Irresponsable. En fin, aquello fue todo un misterio, el chisme más caliente durante meses.

Pero entonces pasó un año, y su nombre era cada vez más olvidado. Nadie le prestó importancia en realidad, solo Aioros, aunque nunca hablaba del tema, y se alejaba de los que continuamente dirigían comentarios ácidos hacía Saga, sin decir nada.

Kile, por su parte, estaba muy orgulloso de Milo. Sí le preocupaba la desaparición de Saga y el cambio trágico del patriarca. Es que eran tantas las rarezas que ahora ocurrían en el Santuario, empezando por la desaparición del viejo maestro Dohko de libra. Nadie supo la razón, se decía que había viajado a China. Pero nada más.

El caballero de Escorpio supo que estaba relacionado a Shion, ambos eran muy íntimos amigos. Y él mejor que nadie debía conocer la gravedad de la situación, por eso se marchó. Mientras todos hablaban de su extraña partida, él se sintió más seguro de sus intuiciones. Definitivamente, algo no estaba bien.

Nada podía ser para salvar la integridad del Santuario, si el viejo maestro no había podido, entonces no valía la pena intentarlo. Tampoco pudo considerar la opción de irse, e independizarse como Dohko lo hizo, debía proteger el Santuario hasta que Milo terminara su entrenamiento.

"Ah! No puedo más, Milo...!" jadeó Shura inclinándose para tomar aire, buscando apoyo sobre sus rodillas. "Sigue sin mí!"

Milo se detuvo escalones más arriba y contestó sin poder creerlo. "Qué? Tan pronto ya te cansaste? Vamos, solo faltan ocho Templos!"

Shura frunció el ceño y negó con la cabeza, de qué estaría hecho ese tipo. "Estás loco."

Milo lo remolcó escalones arriba, feliz porque así le exigiría más a su propio cuerpo. Shura fue casi arrastrado hasta la última de las casas, bajar no fue tan difícil.

Afortunadamente se encontraron con Aldebarán, Shura insistió en que acompañara a Milo mientras él se daba un baño. Aldebarán era un acompañante mucho menos quejón, es más, no corría más rápido que Milo, pero no parecía cansarse nunca! Como la liebre y la tortuga.

Amablemente Milo le invitó un trago en el su Templo, donde Kile aún no llegaba. Aldebarán observó con detenimiento el lugar, y al terminar su vaso empezó a comentar:

"Muy ordenado, no sé como lo haces."

"Kile se encarga de todo." Contestó en tono despreocupado, antes de dejarse caer en la cama. Suspiró, sintiéndose mucho más refrescado por el agua fría. "Oye, Aldebarán." Comenzó curioso.

"Sí?" Aldebarán dejo abajo el vaso y se sentó en una silla cercana. "Qué pasa?"

"Tienes novia?" preguntó.

"Uh?"

"Aldebarán...?"

"Uh, uh- pues... no." Respondió, no le avergonzaba, pero tampoco esperó la pregunta. "Tú sí?"

"Sí." Dijo, y sonrió al imaginar a Camus. "No la he visto ahora, porque estoy entrenando muy duro."

"Ah, es triste. La hechas de menos..."

"Sí... pero no me entristece, tengo cosas que hacer, ella también. Nos prometimos estar juntos algún día."

"Es algo difícil para un caballero. Eso, tener una chica... ¡Oye...! desde que te conozco, ya he conocido a varios de tus amores! No puedo creer que te estés tomando algo tan enserio, sé que no eres un-"

"Sé que en el pasado hubieron muchas, pero sus rostros están borrosos, son figuras mal hechas, baratas. En serio, ésta es muy distinta a todas ellas. Verás, tiene los ojos más hermosos que se hayan visto nunca."

"Ah sí?" Aldebarán arqueó una ceja. "Cuantos años tiene?"

"16. No está mal?"

"No, está bien para ti. Aunque todavía me pregunto qué la distingue de tus otras presas."

"Ella no es una presa, en primer lugar." Aclaró incorporándose, indignado. No quería que malinterpretara todo. "No es una persona vulgar, que conoces en el pueblo. Es educada, cortés, a veces demasiado seria... obstinada, apasionada, cariñosa..."

"YA! No te pedí detalles!"

Sus risas cesaron cuando inesperadamente se abrió la puerta. Kile llegaba, estaba mojado porque fuera había empezado a llover. Les sonrió antes de saludar amablemente a Aldebarán, este se puso de pie diciendo que su maestro debía estar preocupado.

"Adiós entonces. Nos veremos mañana." Se despidió Milo, Kile cerró la puerta cuando salió el aspirante a Tauro y cogió una toalla para secar su cabello.

A Milo le hizo gracia verlo tan despeinado. "Donde andabas?"

"Yo? por ahí!" contestó inocente. "Es molesto pasar el día con un aprendiz que se ha dedicado a hacer turismo por las doce casas las 24 horas del día..." hizo una mueca con los labios. "No, que va. No estoy ya para esos trotes."

"Hablas como un anciano. Mentiroso, cuando bajan los precios de las fresas te he visto correr mucho más rápido que-" apartó la toalla que Kile despidió a su cara. "De cualquier modo! Si yo he empezado a respetar las reglas, deberías seguir mi ejemplo."

"Tu ejemplo? Creí que yo era el maestro! A ver, qué puedo corregir?"

"Bien, podrías dejar de corretear por el Santuario con MÍ armadura puesta! Se oxida!" gritó con enojo fingido.

Kile no pudo dar crédito a lo que oía. Abrió la boca en sorpresa, también bromeando. "Corretear por el Santuario? Mire joven, su maestro no juega canicas con sus colegas cuando esta fuera, tengo una vida MUY difícil, porque soy un caballero dorado." Puso su mano sobre el pecho de su armadura, pareciendo exageradamente orgulloso. "Visto una de las mejores armaduras, que es MÍA, como es de oro afortunadamente no se oxida. Qué tal?"

"Deberías empezar a despedirte de ella. Ya la veo venir." Lamió sus labios, como preparándose para devorar el platillo más delicioso.

"Bah, lo que irá hacia ti será otra toalla si no te callas." Le amenazó. Sacó una manzana de algún lugar cerca de su espalda, y la aventó a Milo sabiendo que la atajaría. "Te has portado muy bien en estos dos años, no pensaré que está mal darte cosas."

"Oh, qué amable." Mordió la manzana, luego dijo aún con la boca llena. "Pero no pienses que por esto, algún día perdonaré que me entregues esa armadura oxidada." Los dos rieron y dispararon un
chiste tras otro, sintiéndose como en los viejos tiempos. Cuando Milo no era un vicioso de la noche y las mujeres, justo como ahora.

Al dormir, Milo abrazó con fuerza a Kile. Queriendo retener a ese padre maravilloso a su lado, por siempre. Faltaba poco, solo un año. Entonces él le daría su armadura, manejaba perfectamente la aguja escarlata desde hace mucho tiempo atrás, su condición física era optima. Prácticamente, no había más que hacer, pero cuando recibiese la armadura, no volvería a verlo a él, a Kile. Tendría que decirle adiós, ese momento estaba tan próximo.

/Y qué harás con Mu/

-Ya le entregaré su armadura el año que viene, sabe lo que necesita saber. Pero claro, debemos seguir tratándolo como su amable maestro mientras esté a mi cuidado.

/Claro/

-No lo estás haciendo nada mal, Saga. Me impresiona que me esté siendo tan fácil controlar tu cuerpo. Es tranquilizador, ya falta poco para que la consentida de Zeus regrese a la tierra, no durará mucho su visita.-

/Nosotros nunca permitiríamos que/ Sus palabras quedaron ahogadas por la risa de Ares.

-¿Ustedes quienes? ¿Los caballeros dorados? Kile no parece muy dispuesto a mantener su hocico a un centímetro de la recamara, no olvides que soy yo el gran Patriarca. Dohko, el viejo maestro, se ha ido. Y más le vale que no regrese. Tú, que eres uno de los más poderosos, ya has sido vencido. Ese Aioros debe entrenar a su aprendiz, al igual que los demás. No me preocupan, y respecto a el resto de los caballeros, de plata y bronce, no olvides que soy yo el más poderoso de los 88 que existen.-

Silencio.

-Hablando de Kile. Estuviste muy distraído durante la visita de ese idiota, el Escorpio. Te notó raro... ¿En qué tanto piensas-

/Nunca te ha importado lo que piense o deje de pensar, por qué te preocupa ahora/

-Solo me ha parecido curioso...- respondió Ares a su reflejo. –Cuando te libero, nunca intentas nada, parece que ya te has resignado, eso es bueno... pero aún siendo así, siento curiosidad.-

Saga no contestó.

-Vamos, Saga. No tienes mucha compañía que digamos.- dijo jocoso.- Aunque nunca digas más que tonterías que me tienen sin cuidado, te he conocido lo suficiente. Es tu hermano lo que te tiene así, prometimos no hacerle daño, lo recuerdas-

/No te atrevas a nombrarlo. Juro que cuando acabe contigo.../

-No vayas a empezar con tus amenazas, los dos hemos cumplido con nuestra palabra, no? Te permití poner al pequeño demonio bajo llave, cumplido. Ahora debes terminar de cumplir cuidadosamente tu parte del pacto, sé buen chico.- terminó dándole la espalda al espejo, y desapareció en la oscuridad.

Ignoró los gritos a su espalda.

El primero en recibir su armadura, fue en efecto, Mu de Aries. Se le fue entregada en la recamara del patriarca, sin ningún tipo de prueba final. El comportamiento de el carnero había cambiado enormemente, él que fue un chico dulce, amable, risueño. Ahora se hacía ver cansado y serio, amable, pero no risueño. Le decía a Aldebarán que fue por convertirse en caballero dorado que debía evolucionar, raro.

Y es que Shion había cambiado tanto también.

Afrodita se convirtió en caballero de piscis, después de tener una difícil pelea con su propio maestro. Ninguno ganó, el patriarca lo consideró un empate. Narciso estaba muy orgulloso, después ambos fueron llevados a la enfermería. Aioros se negó a luchar contra su propio hermano, diciendo que este aún no estaba listo. Aún tenían tres meses, hasta que Athena llegara. Aldebarán, a diferencia de Mu, sí tuvo una difícil prueba de resistencia, que logró superar. Ganó su armadura, y le fue entregada honoríficamente. Shura se batió a duelo con su maestro, Meka. Los dos resultaron gravemente heridos, pero su armadura le sería dada al regresar.

El misterioso caballero de virgo, regresó de la india vistiendo ya su armadura. Le era muy visto en la recamara del patriarca, y en su propio Templo. Nunca abría los ojos, y nunca hablaba con cualquier persona. Por eso no dejó de ser respetado, todo lo contrario, daba sabios consejos. Y casi al instante se rodeó de aprendices ansiosos por robar algo de él mismo.

La casa de libra, lamentablemente había quedado vacía. El Santuario estaba terriblemente solo, considerando a la cantidad de caballeros que requerían de atención medica, y los que habían escapado.

A un mes de haber ganado su armadura, Mu no se volvió a ver, y también fue considerado un rebelde.

Milo pensó que si seguía viviendo en el Santuario enloquecería. ¿En qué pensaba Mu cuando se fue? Justo antes de la llegada de Athena, era algo sin sentido.

"Mu es un hombre inteligente. Sé que no se fue tan solo porque sí."

"Ah...! se fue porque está completamente loco, Kile. No lo defiendas."

"Qué obstinado eres. Me saldrán canas al imaginar lo que dirás de mí cuando me vaya."

"Falta poco... eh?" comentó Milo fingiendo desinterés.

Kile guardó silencio sentado en la silla. Milo se duchaba con la puerta entre abierta, para que pudiesen entrar las palabras de Kile. "Kile...?"

"Sí, hijo. Falta poco. Qué opinas de eso?"

"Oh, pues, yo..." tragó saliva. "Te echaré de menos."

"Sabes también que no podré regresar?" continuó después de una pausa breve. "Solo los caballeros dorados pueden venir aquí, y ya no seré un caballero dorado. Tampoco tú podrás abandonar el Santuario, la presión será mucha más."

"No volveré a verte." Resumió saliendo del baño, con una toalla a la cintura. Trataba de hablar seriamente, pero la verdad ya se le hacía un nudo en la garganta. "Ni una vez más?"

"Claro, siempre estaré en tu corazón, y en todo aquello que hayas aprendido de mí."

"Maestro..."

"La semana que viene, serás un caballero dorado, Milo. No lo olvides, sé un buen hombre. Cuando yo salga por esa puerta, para no volver nunca más, honra en mi lugar el nombre de este Templo."

Milo sonrió, poniendo sobre los hombros de Kile sus dos manos. "Y yo quiero que seas feliz, Kile. Quiero que-"

Kile le silenció con un dedo, como si estuviese diciendo algo terrible. "Shhh... tuve una larga vida, Milo. En 30 años, me hice de la carne de la dama más dulce y tierna, que pueda desear. Mi padre me enseñó el orgullo de hacer el bien, y al morir ellos, Quirón me dio una nueva vida, un nuevo futuro. Mis compañeros de armas me dieron amistad, y aún lo hacen. Pero sobre todo, Olmawi fue mi faro. El faro de la isla donde yo siempre tuve la necesidad de regresar, y siempre va a ser así. Pues allí siempre querré ir, ahora no deseo nada más que irme, Milo. No quiero dejarte, pero deseo irme dejando un caballero de Escorpio en el Santuario."

"Qué harás al irte? Donde irás?" hizo una pregunta tras otra, preocupado. Kile sonrió no solo con sus labios, sino con la mirada y con cada gesto de su cuerpo.

"Ese es asunto de Kile, nadie más." Respondió abrazándolo, mojándose con la humedad tibia. Se mantuvo pensativo durante el abrazo, por primera vez no estuvo seguro de sus propias palabras. ¡Cómo extrañaría ese muchacho! Siempre sería un honor recordar, que fue él quien lo hizo así. Tan romántico y humano. No quiso una máquina de guerra, tan solo un hombre justo.

La prueba final de Milo, fue la más intima y peculiar de todas. Las ya pasadas, habían sido vistas por una multitud escandalosa. Pero no esta.

Estaban solos, en la vera del Oasis de Narciso. Era de noche, así que fue la Luna quien guió sus pasos hasta ahí. Se pararon cada uno aun extremo, más o menos cuatro metros de distancia los separaron. La armadura dorada de Escorpio se acomodó en su urna sagrada, entre los dos hombres.

Kile suspiró, y soltó una sonrisa. "Qué serio." Exclamó con aprecio.

Milo le devolvió el gesto. "Tienes que acabar siempre con el misticismo."

"Tonto." Kile hizo crecer la aguja escarlata en su dedo índice. Relajó su rostro, miro a Milo con severidad. "Como ya lo sabes bien, Milo, esta es la aguja escarlata. Siempre aparecerá en tu dedo índice a voluntad tuya. Cuando tengas frente a ti un oponente, le aplicarás 15 aguijonazos. Corresponden a cada estrella de nuestra constelación."

Milo asintió en entendimiento. "Lo sé."

"De acuerdo, el último de estos puntos, es Antares. Solo lo usaras cuando sea necesario matar a tu enemigo. ¿Por qué? Este se aplica cerca del corazón, aún teniendo mala puntería, el individuo morirá al instante. Es letal, pero de algún modo reversible. Eso es lo último, y más importante, que te enseñaré esta noche."

Estaba dispuesto a tolerar cualquier dolor. No se daría por vencido.

"Estás listo, Milo?"

Volvió a asentir con impaciencia.

"Hagámoslo entonces. Primera pregunta!" gritó, y dos rayos de luz fina, escarlata, atravesaron la rodilla de Milo. "Qué significa Antares? Tres segundos!"

"... rival de Marte." Dijo entre dientes. Manteniéndose de pie, las heridas eran pequeñas, pero el dolor agudo e insoportable.

"Por qué? Tres segundos!"

"Porque a veces son confundidos."

"Excelente, segunda pregunta!" volvió a gritar, disparando otro par en la rodilla sana. "Distancia de Antares, tres segundos!"

"520 años luz..."

"Qué significa eso, de prisa!"

"Que es muy luminosa."

"Claro, estás bien?"

"Acabemos lo más pronto con esto..."

"Ese es mi chico, tercera pregunta!" un agujero se abrió en su brazo derecho y hombro. "¿Es más brillante que el sol?"

"Sí-"

"Qué tan brillante?"

"12.000 veces más brillante."

A Milo le fue imposible mantenerse de pie. Cayó de rodillas, apretándose con fuerza el hombro. La mayor parte de su ropa estaba bañada de sangre.

"Antares puede destruirse? Por qué? 5 segundos!"

"No tendrá tiempo para expulsar todo su material, explotará en unos cientos de miles de años." Respondió pegando la frente en la tierra, su estomago también empezaba a doler. Temió no poder soportar hasta el final.

"Valentía, vamos!" dijo Kile, con poco amabilidad. Haló a Milo del cabello para hacerlo caer de espaldas. "Creí que deseabas esto, renunciarás ahora?"

"No...!"

"Aguanta pues." Lo volvió a apuntar con su aguja, y esta vez disparó sin ningún tipo de consideración. Con seguridad, el grito de Milo fue oído hasta en lo más recóndito del universo.

"Última pregunta, cuatro aguijonazos más. De pie!"

Milo se incorporó levemente, su único consuelo fue pensar que aquello acabaría pronto. Este era el final, cerraría un libro que estuvo leyendo durante tantos años, para no volver a abrirlo nunca más. Al mantenerse sobre sus dos piernas, volvió a caer al recibir tres ataques.

"Sé fuerte! Pelea por tu armadura, serás grande, Milo! Ponte de pie, YA!"

Una vez más se incorporó, esta vez casi con rabia. Él, que no toleraba la mínima agresión en su contra, siendo torturado así.

Kile se acercó a él lentamente. La pequeña magnitud de sus sentidos a penas lo vieron venir, sonriendo y con un semblante tan orgulloso. Quiso caer y ser cargado por él, dormir por toda una eternidad. No saber nada más.

"Última pregunta, hijo. ¿Qué hizo Ulises para entrar a esa restringida fiesta de dioses supremos en el Olimpo?"

Milo parpadeó rápidamente sin poder entender. ¿Era una broma? ¿O la perdida de sangre le había hecho oír eso? No, la respuesta estaba en un cuento inventado por Kile, lo recordaba perfectamente. La primera noche que durmieron juntos, y él era tan solo un niño...

"Buscó la ayuda de Hércules, quien le regaló celosamente su hermoso, y bien conservado vestido de quinceañera."

"No lo olvidaste, después de tanto tiempo." Susurró entre una sonrisa leve.

"Por favor... Kile..."

"No, tranquilo..." siguió dejando una mano en su cintura, para mantenerlo firme en el lugar. La mano desocupada era la aguja escarlata. "Conoce a tu arma más poderosa. Antares!"

Y fue tan extraña la sensación. Un frío pesado en el estomago no le dejó caer. Su cuerpo estaba rígido, todos sus órganos se cansaron. Sus pulmones parecían tratar de escapar por su boca, para robar algo de oxigeno. Miró hacía abajo, para notar que el frío en su estomago era su propia sangre que se deslizó desde el pecho, donde Kile sacó dolorosamente la longitud filosa.

"Mi hijo, tan valiente..." escuchó, y se aferró a la ropa de Kile. Como aferrándose a la vida, pero esta se le iba a voluntad.

Dos brazos lo soltaron sobre la alfombra de agua que era la orilla del lago. Rodó sus ojos para ver con despreocupación el tinte rojo sobre la superficie, como si la sangre ya no significara nada más. Su mano se cerró sobre la tierra, de nuevo asustado. Intentando mantenerse consciente.

"Milo, no tengas miedo." Volvió la mirada arriba, con las fallas de sus sentidos, habría jurado que Camus se inclinaba a su lado, apretaba su mano, y acariciaba su cabello. Mirándole como a lo más bello, diciendo tranquilo mi amor, tranquilo.

Pero al parpadear y recuperar algo de su racionabilidad, se encontró con el rostro de Kile. Sonriendo como siempre, y lloraba. Dos lagrimas de paz cayeron de sus ojos, hasta su nariz, para aterrizar de lleno en el rostro de su aprendiz.