Disclaimer: Resident Evil y sus personajes correspondientes son propiedad de Capcom.

Notas: - Al utilizar nombres de compañías o lugares existentes, no pretendo crear mala fama, desacreditar o calumniar a nadie. Sólo es un apoyo que utilizo para aportar un mayor realismo a la historia.

- Si por casualidad se han dado una vuelta por mi profile, sabrán un poquito de las razones por las cuales he tardado en actualizar. Y a todo ello, pido una disculpa, dicho sea de paso que espero no vuelva a ocurrir.

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"Luz de Sol"

Por: Galdor Ciryatan

CAPÍTULO 7.- Encuentros

La Luna no brillaba y el Sol era ocultado por los imponentes nubarrones. Quien estuviera en El Paso podría asegurar que la ciudad se había convertido en un pozo oscuro. Pero en realidad se trataba de un infierno materializado en donde los zombies abundaban como ratas en un granero. Lo curioso de este averno radicaba en dos puntos:

a) Ahí, nada ardía; no existía una gran pira en donde los condenados se chamuscaran por la eternidad. En realidad ni siquiera había alguna pequeña hoguera que liberara el atractivo fulgor del fuego. Todo era un infierno frío lleno de mentes congeladas.

b) Para colmo de males, este averno no era exclusivo de los muertos. Muchos vivos deambulaban sin saber que cadáveres caníbales asechaban desde la penumbra.

Cierto que había algunas excepciones: Billy Coen estaba dotado de suficiente información como para deducir que sus pies se hallaban tocando el suelo por el que el maligno transitaba. Lamentablemente, Steve y Leon no contaban con suficientes datos. Tal vez sólo presentimientos, pero nada concreto.

.-.-.-.

Con los parabrisas accionados, los faros delanteros encendidos y la radio emitiendo "The Noose" de Offspring, un auto plateado se comía el pavimento.

El tráfico se había despejado y no se veían peatones. El resplandor blanco de las luces led del vehículo era atravesado por la lluvia. Steve y Leon se encontraban en silencio y los malos presentimientos les asaltaban. El rubio pensaba en su madre y se lamentaba. En cada cruce sentía deseos de girar el volante e ir a casa de Zahra, pero luego aparecía la voz de Chris diciéndole que las cosas no estaban bien, que se marchara de la ciudad, y después oía el grito de Jill y los disparos. Entonces aceleraba y continuaba conduciendo a la estación.

"Sé firme" le dijo una voz en su cabeza que no era más que la propia.

.-.-.-.

Well our souls are all mistaken in the same misguided way
We all end up forsaken, we're just choosing our own way
The future now incinerates before our very eyes
And leaves us with emptiness of no more tries

Well our visions of glory have spiraled down the drain
The best of our intentions come crashing down in flames
The depths of our despair we are unable to contain
It's shallow living…

.-.-.-.

Entretanto, Steve se hallaba absorto en ideas confusas y poco alentadoras. Miraba a través de la ventanilla, al vacío y a lo negro de la noche, más allá de donde el alumbrado público tenía su reino, y al mismo tiempo…no miraba. Sus ojos eran dos ventanas con Soles azul-verdes. Pero su pensamiento… Su pensamiento estaba en otro lugar, se había ido del mundo.

La melodía de "The Noose" lo llevó lejos, a un lugar en su propia mente del que no despertaría por propia voluntad porque ahí se sentía bien, porque estaba a salvo.

Steve no era un hombre de pensamiento profundo, mas cuando su esplendor quería mostrarle algo serio, el muchacho rompía algunas conexiones con la realidad. Su don usaba algo para jalarlo y él se dejaba arrastrar (conciente o inconcientemente).

.-.-.-.

The noose is falling
And all my friends are crawling
The noose is falling
And enemies are rising

.-.-.-.

Algo muy malo sucedía, la ciudad no estaba en orden, era lo único de lo que el muchacho se sentía seguro. Pero lo demás era confuso.

Algo…algo en la letra de la canción, en esa melodía que lo arrastraba.

.-.-.-.

The noose is falling
And all my friends are crawling
The noose is falling
And enemies are rising

.-.-.-.

El muchacho le daba vueltas y vueltas a las cosas en su cabeza, pero nunca terminaban de tomar forma. Una masa de sentimientos, sensaciones, pensamientos, presentimientos y confusión le anegaban. Aunado a eso estaban las preocupaciones de Leon, que saltaban de cuando en cuando a la cabecita de Steve como peces de un estanque a otro. Solamente que el pelirrojo no lo notaba—a decir verdad, tampoco Leon— y para él eran estrellas fugaces venidas de sabía Dios dónde para sumarse a esa masa de confusión.

Lo que sentía uno, al otro le afectaba. Y no era nada más por el esplendor sino también por el sentimiento que se profesaban. Por ello, Steve se encontraba tan abstraído: eran sus problemas y los de Leon. Pese a que el muchacho estaba en Babilonia, las preocupaciones del rubio con respecto a su madre y a Chris le llegaban cada cuando.

.-.-.-.

The noose is falling
And all my friends are crawling
The noose is falling
And enemies are rising…

.-.-.-.

El policía despegó su vista del camino, un segundo, para apagar la radio. No le gustaba la letra de la canción, tampoco el grupo. De esa forma sacó al pelirrojo de su semiinconsciencia, del espacio en que se mente (aunque confundida) se sentía a salvo porque sabía que el lugar le atañía.

Steve se estremeció un poco, un escalofrío le recorrió. Entonces Leon volteó a mirarlo.

— ¿Te sucede algo?

El pelirrojo sacudió la cabeza para acabar de salir de su 'trance'.

— No. Ya estoy bien.

Leon sonrió tanto como el contexto le permitía, le palmeó el muslo a Steve y devolvió su vista al camino. El joven se arrellanó en su asiento y se abrazó el cuerpo como solía hacer. Su mente seguía siendo una maraña, pero al menos sus pies ya se encontraban en la tierra.

.-.-.-. Cerca de ahí .-.-.-.

La temperatura bajó en el ambiente como en los cadáveres. Ya no era uno de esos días soleados y ya no eran aquellos cuerpos recién caídos de los que salía sangre tibia.

La plaga de zombies había pasado por esa zona residencial y se había marchado. En ese momento, las hermosas casas de dos pisos con tejas rojizas y preciosos patios, eran habitadas por muertos.

Algunos ventanales estaban rotos, otros: manchados de sangre. En los jardines traseros, en los porches, en las cocinas, en los recibidores…los cadáveres abundaban. Todo era muerte, fría y roja.

Los cuerpos se descomponían a gran velocidad. El virus destruía todo tejido vivo y luego lo manipulaba, lo infectaba para 'revivirlo'; usaba el cuerpo para moverse y encontrar nuevos huéspedes, extendiendo así la plaga.

Sin embargo, en esta zona residencial el proceso aún estaba a medias. Sólo restaba que los cadáveres de irguieran en zombies puesto que todavía eran tapetes decorativos impregnados de tintura carmesí.

Fue así que la sombra dio a luz a una hija... Ella se levantó del charco de sangre que antaño circulaba por su cuerpo. Sus torpes manos se apoyaron en el papel tapiz azulado y lo mancharon de rojo.

Afuera llovía y relampagueaba. La luz de las descargas eléctricas le indujo una sensación parecida al miedo.

Empezó a caminar y casi tropieza con un cuerpo… Antes fue su marido y ahora era un hermano durmiendo en su placenta de oscuridad.

Ella era la primera en levantarse desde que la plaga llegó y es fue de esa zona. El buen Hugh todavía yacía en el piso con medio rostro irreconocible y con los dedos de su mano derecha a un par de metros de su cuerpo. La que en vida fue su esposa, rodeó el cuerpo para dirigirse afuera, donde llovía y el mundo era más grande que una habitación, donde Hugh no estorbaba en tu camino y donde había cosas que podías atacar a fin de perder la raquítica humanidad que quedaba en tu cerebro.

Ella se llamó Ana durante toda su vida; cocinaba mal, sabía coser, era estéril, estudió para médico general y tenía una hermana en Tennessee de nombre Silvia. Llegó la plaga, rompió las ventanas y la infectó entre gemidos y mordidas y de Ana sólo quedó una mente congelada. No más guisos quemados, no más cortinas hechas por ella misma, no más intentos infructuosos de tener hijos con Hugh, no más libros que contenían nombres impronunciables de medicamentos, no más llamadas a Tennessee… No Más Ana.

Cuando su hermanita menor fuera informada, literalmente: enloquecería.

Eso era lo que la plaga daba; pregonaba un mensaje sin palabras, lleno de muerte, cuerpos corrompidos y almas rechazadas por la madre de todos…

.-.-.-.

— Vamos a estar bien… ¿Verdad, Leon? — le preguntó Steve…

El muchacho era arcilla que se podía moldear. El rubio decidiría cómo. Según su respuesta a la pregunta habría una de dos reacciones conocidas: a) "Me vale un cacahuate". b) "Que asco de vida. Me quiero suicidar".

Era drástico y los extremos son muy malos. Así que habría que escoger —no "lo mejor" — sino "lo menos peor".

— Creo que con fe saldremos de esto con bien.

No había que hacer preguntas innecesarias. Ambos tenían bien identificado que "las cosas no estaban bien".

—Ojala— murmuró el muchacho.

— Ya sabes que yo te cuido. —Leon sonrió. No estuvo muy seguro de cómo había resultado eso del cacahuate y el suicidio, pero al pasar un rato y no escucharle a Steve ningún pensamiento histérico, dedujo que el cacahuate se impuso. Y, por el momento, el cacahuate era lo menos dañino para el chico…

.-.

Afuera: el reinado de lluvia gobernaba con puño de hierro; adentro del auto: un monarca más amable dominaba esa ligera atmósfera… Silencio… Hubo silencio entre el joven y el rubio. Pero no era incómodo o pesado. Se trataba de la sensación de que ya no había por qué decir más. Los ánimos de Leon fueron la última palabra y así estaba bien para el pelirrojo.

Ya faltaban poco kilómetros para llegar a la estación de policía.

Pasaban por una zona residencial muy bonita. De ésas en que las calles no tienen baches, las casas son muy ostentosas, las chimeneas se encienden en Navidad y la gente sale en las madrugadas a correr acompañada por su pastor Alemán, su Beagle o su Golden retriever. Mas ya todo eso era diferente, afectado por la plaga: Autos a mitad de la calle o sobre el bordillo, ventanas quebradas, puertas abiertas en plena lluvia y cuerpos tirados en la oscuridad. No se tenía que contar con un coeficiente intelectual de 121 para poder notar esos detalles que de por sí saltaban a la vista.

Leon abrió la boca como un niño asombrado, quería decir algo pero no encontraba comentarios prudentes.

— ¿Qué &'!-"\¡? pasó aquí? —habló Steve, pausado y claramente (y robándole las palabras a Leon).

Eran los únicos—seres vivos— en el lugar; por lo demás, sólo agua y sombra.

Mientras pasaban por la zona, Leon no redujo la velocidad. Steve estaba adherido a la ventana del auto mirando que no había nadie más, que las cases tenías las luces apagadas, las puertas abiertas y agitándose por el viento, las ventanas rotas… El muchacho dirigió su vista a la acera; en un punto de ella creyó ver una mancha color granate que se disolvía con la lluvia, pero el auto pasó de largo y la mancha desapareció de su vista.

— ¿Qué ha ocurrido aquí? ¿Dónde está la gente?

El mal presentimiento del pelirrojo se acrecentó. A medida que avanzaban, los destrozos en las casas se hacían todavía más notorios. Los maceteros de las entradas estaban rotos como si alguien los hubiera volcado al apoyarse en ellos, los tapetes que rezaban "Welcome" o "Bienvenidos" se hallaban a mitad de los jardines, los arbustos con forma de venado o ridículo pollito se habían transformado en el bosquejo de un animal deforme y en grandes garras cubiertas de hojas que se alzaban al cielo en una plegaria muda. Los patios estaban pisoteados y las verjas presentaban tablas rotas y puertas forzadas.

En medio de la calle, como un guardián, un Jaguar aguardaba. Sus luces delanteras estaban encendidas tal como sus parabrisas, sus puertas abiertas permitían que la lluvia mojara los asientos y el vidrio delantero se encontraba cuarteado; una gran telaraña se extendía a través del cristal.

Al pasar el auto plateado junto al Jaguar, Leon miró en su interior. Estaba vació. Steve continuaba observando las casas y en la ventana de alguna de ellas le preció ver una mano. Tal vez lo imaginó… Quizá…sí estuviera ahí…

Probablemente era la mano de un chica llamada Jo, probablemente ella tenía diez y nueve años; es posible que los zombies le hubieran arrancado parte de un brazo o la hubieran arrinconado contra la ventana junto a la cual solía sentarse a leer... Quizás…

Uno nunca sabe...

Solamente cinco cuadras más y estarían en la estación de policía, donde habías armas, rejas, muros gruesos de concreto sólido… Sólo cinco cuadras y Leon podría ver a Chris…

Pero ella 'decidió' morir a mitad de la calle; su cuerpo inerte estaba doscientos metros más adelante del Jaguar, pero si no hubiera estado ahí, si no les hubiera quitado tiempo, si no…

Leon bajó la velocidad. Vio un cuerpo en plena calle y pisó el pedal del freno. Porque una cosa era ignorar el grito que se escuchó en la trastienda de una gasolinera, y otra muy diferente era pasar las ruedas de tu coche sobre un cuerpo tendido en el concreto y hacer como que no pasó nada.

El automóvil se detuvo a pocos metros de lo que parecía ser el cadáver de una mujer.

— Quédate en el auto— ordenó el rubio a Steve, se quitó el cinturón de seguridad y abrió la puerta. La lluvia le pegó de lleno en el rostro y pronto lo empapó. Salió del auto cerrando la puerta tras de sí.

El alumbrado público, los relámpagos ocasionales y el propio coche de Leon con sus luces delanteras, iluminaban el cuerpo de aquella mujer. Se hallaba boca arriba con los párpados cerrados.

Leon se acercó con cautela, pero de pronto sintió que una mano asía la suya. Unos dedos fríos y mojados aprisionaron posesivamente los del rubio. Luego, de un tirón, quisieron jalarlo hacia atrás…

— ¿Está muerta? — preguntó Steve aferrando la mano de Leon y escondiéndose detrás de él como si la mujer fuera a levantarse para atacarlos.

— Dije que te quedaras en el coche— reprendió serenamente—. Vas a mojarte.

— ¿Está muerta? — repitió el pelirrojo. A decir verdad, no había tenido el 'placer' de apreciar tan de cerca el cadáver de una persona. Le resultaba un tanto sorprendente, impresionante. Sería el ambiente repleto de oscuridad en ese lugar del mundo y los relámpagos, casas que parecían ser habitadas por monstruos y malignos, lo que asustaba a Steve; o tal vez el ligero y superficial recuerdo de las innumerables veces que deseó estar muerto.

"Uno nunca sabe."

El cabello de Leon se empapó y daba un aspecto más oscuro. En la chaqueta del pelirrojo, las gotas de agua pintaban círculos y óvalos que se desvanecerían al secarse la prenda.

La mujer tendida frente a ellos tenía la lluvia corriéndole por el rostro, parecía llorar. Elle tendría acaso unos treinta años y una linda casa en el vecindario. Vestía blusa roja y pantalón negro.

Leon se arrodilló junto al cuerpo y chequeó el pulso. Muerta. No había pulso qué revisar. Steve permaneció de pie junto al rubio sin quitar los ojos del cadáver.

— ¿Por qué habrá muerto?

— No lo sé— respondió Leon. Comenzó a buscar heridas o golpes, pero no las presentaba. Entonces contempló la posibilidad de un infarto, de un derrama cerebral, un paro respiratorio… Pero después, toda especulación se vino abajo y el cuerpo de la mujer pasó a segundo término.

Escucharon a sus espaldas el clásico y representativo gemido lastimero marca zombie. Era Ana. Ella había salido de su casa, fue escupida de la oscuridad para ir a atormentar a Leon y a Steve con su asquerosa presencia. Ana tenía la mirada gacha y caminaba lentamente junto al auto de Leon. El rubio se puso de pie.

— ¿Puede decirnos qué pasó aquí? — preguntó ingenuamente y dio un paso adelante.

Ana no se veía tan diferente de una persona normal—es decir: viva—, exceptuando los gemidos y el andar torpe. La sangre de su ropa se había lavado con la lluvia.

— No… No creo que ella pueda responder— habló el pelirrojo. Tomó a Leon de la mano para que no caminara más.

— ¿Qué?

¿Cómo le explicaba al rubio que Ana ya no tenía mente, que era un cuerpo hueco?

Para su comodidad, Steve no tuvo que romperse la cabeza pensando que cómo decírselo pues la misma Ana lo hizo.

Ella se apoyaba en el costado del auto del policía y se aproximaba paso a paso con su caminar lento. Alzó la cabeza y los miró con sus ojos fríos y casi inexpresivos. El cabello se le pegaba a la cara cual algas a un cadáver en el fondo del mar. Además, no tenía piel ni carne en el mentón; su mandíbula, sus dientes estaban expuestos en una hórrida mueca que únicamente inspiraba terror.

Leon y Steve retrocedieron sorteando el cuerpo en el pavimento. El policía se puso frente al muchacho para protegerlo. Ana los seguía y les dedicaba su gesto de muerte.

Por su parte, Natura no cesaba en su amargo llanto, pero su paciencia se agotaba. La madre Naturaleza no toleraba que molestaran a sus amados hijos que eran especiales; eso la llenaba de cólera y de una ira que se negaba a almacenar.

Un rayo se precipitó sobre la tierra y en un estruendoso ruido partió en pedazos un cubo de basura que se hallaba a mitad de un jardín. 57 metros más calle arriba y hubiera destruido el auto de Leon y alcanzado a Ana.

Steve tuvo un escalofrío al ver tan de cerca un rayo. Atrapó el brazo del rubio y lo jaló hacia atrás.

— Leon, quiero irme— musitó.

Un nuevo relámpago acarició la tierra y la cerca de madera de un patio trasero empezó a arder. Era la casa de Ana, muy cerca de donde estaban Leon y compañía. El ligero viento arrastró las cálidas llamas en un santiamén. El patio, la casa y el propio Hugh serían convertidos en cenizas… otro trueno prendió fuego a un pequeño y descuidado pino a veintinueve metros de los únicos seres vivos de la calle. Las llamas abrazaron los postes del alumbrado público, las fachadas de las casas, las cercas y los jardines inundados de abono, insecticidas y demás químicos… el fuego no menguaba como debiera a causa de la lluvia, sino que se extendía a las espaldas de Ana y consumía lo que una vez fue su casa.

El fulgor de los relámpagos y de las llamaradas provocaba un incierto miedo en Ana. Su fría y oscurecida mente irracional temía—o respetaba—al poder de Natura hasta cierto y frágil punto. Ella provocaba que las casas y los cuerpos muertos dentro de ellas se hicieran carbón y que las llamas se elevaran al cielo como jirones de las alas del Fénix.

Leon apartó su vista de Ana y del colorido fondo en rubí, miró hacia atrás. La calle estaba un poco empinada, pero él sabía que la estación se hallaba a no más de seis cuadras cuesta arriba. Sólo tenían que llegar a la estación porque ese era el lugar más seguro que podría haber.

Los relámpagos caían sobre las casas, el fuego se extendía implacable y Ana no dejaba de mirarlos y de extender sus manos de dedos encorvados como garras hacia ellos.

Extrañamente, los pararrayos más próximos parecían de ornato. Los truenos destruían las casas, los coches y los jardines a espaldas de Ana como si algo ahí les atrajera. Y luego empezó lo peor…

De las casas envueltas en llamas, los muertos vivientes comenzaron a salir. Se levantaron de su sueño y caminaron—algunos a trompicones— hacia la calle. Leon y Steve vieron los zombies encaminarse hacia ellos. Todos eran criaturas incompletas, con cabellos arrancados, rostros mutilados, brazos llenos de heridas, o (en algunos casos) ni siquiera tenían brazos. El rubio y el huérfano retrocedieron sin dudar.

— Corre—habló Leon luego de meditarlo un poco.

— ¿Qué?... ¿A dónde?

Ana se interponía entre ellos y el auto del policía, y de todas formas la estación de policía no estaba tan lejos.

Los zombies se acercaban peligrosamente saliendo de sus hogares que se quemaban, y al otro lado de la calle, rumbo a la estación, el panorama se veía más seguro (y sin incendios)

Leon creyó que si el mundo se había vuelto loco y los psicópatas-caníbales de medio turno ahora lo eran de tiempo completo, la jefatura de policía parecería un lugar bonito y reconfortante. Podían pedir ayuda desde ahí, ver a Chris, resguardarse del aterrorizante clima y de los muertos…

"Oh, Jesús Santo. ¿Cómo estará Chris ahora?"

— Muchacho, vamos, no falta mucho para llegar a la estación.

Leon jaló al pelirrojo de la chaqueta y echó a correr.

Calle arriba se acababa el vecindario, luego había una avenida muy amplia, un parque y la estación de policía junto a la de bomberos. Sería sencillo llegar hasta ahí corriendo con la motivación de que detrás de ti viene una horda de muertos vivientes. Más que sencillo.

El pelirrojo iba ligeramente atrás de Leon. Éste, miraba hacia atrás de vez en cuando por sobre su hombro para ver al muchacho y (de paso) a los zombies. Finalmente, tomó a Steve de la mano y lo jaló para apresurarlo.

A sus espaldas, los relámpagos no amainaban y el vecindario se había convertido en una fábrica de cenizas, mientras que al frente sólo se hallaba la lluvia y los nubarrones sobre el mundo.

El trote de ambos jóvenes los llevó al final del vecindario en donde el límite de éste se trataba de una ancha calle poblada de coches inmóviles. Los autos estaban detenidos a mitad de la calle como si algo hubiese obligado a los conductores a bajar, aunque realmente algunos de ellos seguían tras el volante…

Al acercarse más a la avenida y a los coches, Steve distinguió a una persona dentro de una camioneta verde aceituna; estaba exánime, pálido, con la frente sobre el volante. El muchacho se siguió de largo ignorando el cuerpo, pero no tenía idea de cómo había muerto ni alcanzó a ver que la puerta de su lado se hallaba abierta y que los intestinos del tipo estaban regados en el asiento y en los pedales.

Siguieron corriendo y su marcha los hizo poner los pies sobre el asfalto de la avenida que los separaba del parque, y ése a su vez, de Chris. Ambos pasaron frente a un convertible color rojo (aún tomados de la mano y con Leon al frente). Los charcos les empapaban los zapatos y la lluvia escurría por sus rostros. Caminaron sorteando los autos hasta un punto en que tuvieron que subir por el cofre de uno para poder continuar avanzando.

Leon alzó al pelirrojo y así él quedó de pie en el cofre. El auto había chocado al frente con una furgoneta y detrás de él se hallaban varios autos en fila (estrellados también).

El muchacho se preparaba para saltar al otro laso cuando un gruñido lo sobresaltó… Resbaló hacia delante… A punto de caer del cofre vio hacia abajo, de donde creyó escuchar el sonido… Miró directo a los ojos de un zombie que tenía la pierna atrapada bajo el neumático del auto. El muerto viviente levantaba sus brazos hacia Steve y gruñía. El joven creyó que se le acababa el mundo; por unos instantes sintió su cuerpo cayendo en el aire directo a los brazos del zombie. Ya se veía a sí mismo siendo atacado por esa abominación sin mente.

Los ojos de Steve, sus orbes llenas de estrellas turquesas y verdes, se abrieron desmesuradamente por el horror a esa criatura deforme y ensangrentada.

La mano izquierda del zombie alcanzó a atrapar la chaqueta del muchacho en plena caída de éste. Aquellos dedos con las falanges de fuera y la carne en descomposición se aferraron a la mezclilla de la prenda como una serpiente a un conejo.

Steve abrió la boca para gritar y entonces sintió los brazos del rubio abrazándolo por la cintura y jalándolo hacia tras. Leon le sacó el aire al pelirrojo, lo cual no le permitió gritar, pero prácticamente le salvó la vida por segunda vez.

Los dedos del zombie se quedaron con un puñado de nada y él mismo de obtuvo cuatro dedos rotos.

Fueron tres segundos…no más que eso y el huérfano ya se sentía en las garras de un ser de ultratumba.; pero salió el Sol. Un ribete del Astro Rey dio luz en un momento de oscuridad.

Steve quedó abrazado por el rubio durante un rato mientras recuperaba el aire. A menos de un metro y bajo la llanta del auto, el zombie permanecía gruñendo y gimiendo y manoteando a su opresora de hule negro. Los sonidos que alcanzaban a salir de su garganta eran el coro de un infierno vivo.

Un relámpago calle abajo recordó a los jóvenes con estruendo y resplandor que no era de detenerse a ser hipnotizados por los gemidos indescifrables de un zombie. Leon acarició las mejillas del muchacho y le subió los ánimos sólo con su voz franca y agradable.

— Tenemos que seguir. Ellos se aproximan.

El pelirrojo giró la cabeza y contempló el paisaje de casas incineradas y sombras siniestras de miradas bajas que caminaban hacia ellos. Muy en su interior (y sin darse cuenta), un regocijo se produjo. Ése era el tipo de casas que envidiaba, ésa era la ropa que él no podía comprar, ése era el tipo de gente que lo despreciaba; era, simplemente, el estatus social al que no sólo no pertenecía, sino el que lo rechazaba y al cual envidiaba…o envidió en un tiempo. Sacudió la cabeza antes de que el regocijo se exteriorizara en una sonrisa y una mirada de alegría puesta en los hogares quemados. Tenía que ser una buena persona; le prometió a Leon que mejoraría, y no importando el contexto, la promesa no se anulaba.

Cruzaron ese tramo de su travesía por otro lado y cuidando si lo que pisaban no se trataba, por casualidad, de algún muerto-vivo. Se hallaron entonces en un parque con columpios, bancos, viejos nogales y —por sobre todas las demás cosas— charcos. Pero ya no podían estar más empapados sin ahogarse. Lo único posible era que se llenaran de lodo hasta las rodillas y la suela de sus zapatos adquiriera una decorativa capa de césped.

Más o menos así le pasó a Steve. Corriendo para atravesar el parque, pisó un charco y resbaló. No era su día de suerte (exceptuando la mañana y la madrugada del mismo). Cayó boca abajo pero alcanzó a meter las manos (hecho que no le resultó tan benéfico). Se lastimó la mano derecha, se dobló el dedo meñique y el anular. Más tarde le dolería. Además, su tobillo (con el que resbaló) también resultó con alguna pequeña lesión. Se le iba a hinchar y por supuesto también dolería.

Leon lo ayudó a poderse de pie… Corrigiendo: lo puso de pie. Lo alzó sosteniéndolo del a chaqueta y lo hizo caminar.

— ¡Ánimo! Falta poco.

Steve tenía césped en la ropa y en el cabello, y el cabello lo tenía enmarañado, escurriendo y sobre el rostro. Corría de la mano de Leon casi al mismo ritmo que él a pesar de que se lastimaba el tobillo al apoyarlo.

— ¡Chris! — gritó el rubio con fuerza al salir del parque y llegar al estacionamiento frontal de la jefatura. El edificio parecía desprovisto de energía eléctrica al igual que el de al lado. Ninguna luz se hallaba encendida, ni de adentro ni de afuera.

— ¡¡CHRIS! — volvió a gritar Leon. Él y el pelirrojo corrieron hasta los escalones de la entrada y los subieron trotando. El mayor de los dos golpeó las grandes puertas de madera de roble, barnizadas y abrillantadas. Estaban cerradas al parecer, no se movían ni un centímetro, aunque en realidad habían sido atrancadas desde adentro para que la plaga de zombies no entrara.

— ¡Chris! ¡Chris, abre la puerta! ¡Soy Leon!... ¡¡Chris!

El rubio continuaba empujando inútilmente las puertas y vociferando el nombre de su amigo… Y luego por su cabeza pasó la posibilidad de que Chris ya no pudiera escuchar…ni mirar…ni hablar…ni sentir…ni nada propio de un vivo.

"No, no ¡Chris es una persona fuerte! Tiene que estar vivo. No pudo haberse dejado acabar por esto".

Steve se tumbó en los escalones de concreto a recuperar el aliento ya que la carrera lo había dejado más que agitado. La lluvia barría los restos de césped de la ropa, las manos y el cabello del chico.

Él no conocía a Chris, pero ahí sentado pensó en 'buscarlo'…mentalmente. Se concentró…se concentró más y…inevitable Nada. No podía captar la presencia de una mente desconocida. Aunado a eso estaba el clima totalmente perjudicial para una concentración digna de ser llamada así.

— Steve, ayúdame. Creo que la puerta está atorada.

¿Sería una de esas corazonadas policíacas? ¿O tal vez puro esplendor? De cualquier forma, el pelirrojo se levantó de los escalones y acudió al llamado del rubio. Ciertamente, no era el joven más fuerte del mundo, ni siquiera de Texas, pero igual y ayudaría. Ambos empujaron la puerta del lado derecho al mismo tiempo. El pelirrojo procuraba sostenerse sólo en su pie sano. Entre ambos jóvenes lograron hacer un resquicio de no más de dos centímetros. Pero a fin de cuentas, ¡ya era un avance!

— ¡No, no, no! ¡No lo hagas! — gritó una voz proveniente de arriba de sus cabezas— ¡No entres ahí! — vociferó histéricamente— ¡No¡ ¡No, Leon!

— ¡deténganse! — les gritó al mismo tiempo otra voz, la de una mujer.

Los jóvenes al final de los escalones miraron hacia arriba. Los gritos tenían origen en el piso más alto de la estación. Ahí, dos personas asomaban la mirada por una ventana: un hombre de veintinueve años y una mujer como de veintidós o veinticuatro.

— ¡Chriiiis! — exclamó el rubio, lleno de alegría al verlo sacar la cabeza por la venta del tercer piso— Me tenías muriéndome de preocupación. ¡Casi creí que no te volvería a ver vivo! — Franqueza, uno de esos buenos ingredientes en su relación de años.

— Así tendrás la conciencia, Kennedy— bromeó Chris con una gran sonrisa para luego dirigirse a la mujer a su lado y pedirle que le alcanzara una cuerda —. Tenemos que subirlos.

Ella asintió.

— Chris, ¿qué pasa en la ciudad? ¿Qué es todo esto?

— Ehhh… Te lo explico luego… Ahora, suban. No deben entrar a la estación por ahí.

Aquella mujer, compañera de Chris, regresó con un par de sogas. Leon no entendía, menos aún Steve. Pero cuando les arrojaron las cuerdas, no dudaron en tomarlas.

"Voy a querer una muy buena explicación" pensó el rubio sujetando la cuerda y asiéndose de ella con fuerza.

— ¿Puedes solo? — le preguntó a Steve. El muchacho hacía un nudo en la soga para aferrarse a ella; asintió.

/.-. Steve's POV.-./

Me dolían los dedos de la mano derecha, pero eso no significaba que no pudiera hacer un estúpido nudo y sostenerme mientras me subían. Y a todo eso: ¿por qué iban a subirnos para entrar por la ventana de un tercer piso? Es decir, la puerta ya empezaba a ceder, ¿qué había del otro lado de ella? ¿Por qué estaba bloqueada? ¿Por causa de esas personas de cabeza literalmente hueca?

El hombre de cabello oscuro comenzó a subir a Leon. Él enredó el brazo en la soga y se sostuvo mejor. Me miró mientras sus pies dejaban de tocar el suelo y hasta el segundo metro de su ascenso. Seguro no le parecía que lo subieran primero a él que a mí.

Pero al fin estuve listo; agarré la cuerda con toda la fuerza de mi mano izquierda (y la mitad de la derecha) y grité que me subieran. La que lo hizo fue una mujer joven, guapa (no más que Leon) y de cabello corto que al parecer vestía como policía (hasta donde yo alcancé a ver).

Unos instantes, sólo un segundo antes de separarme de tierra firme, por el rabillo del ojo logré ver algo moviéndose en el parque… Eran esas horribles criaturas de rostros torcidos y deformes y cerebros de pollo congelado. No sé, pero creí que nos habían alcanzado muy rápido. Tal vez cuando intenté buscar al amigo de Leon, Chris, me fui de la realidad más tiempo de lo que pensé. O quizás, Leon y yo estuvimos empujando la puerta más de lo contemplado. El punto era que esos engendros ya estaban demasiado cerca. Algunos caminaban más deprisa que otros y en un minuto ya se hallaban casi a cien metros de mí.

Esa chica me subía poco a poco y sostenía la cuerda con firmeza. Leon iba más arriba que yo. Nada más podía verle la enlodada suela de sus zapatos y un par de puntos de su anatomía que yo valoraba mucho. Así que si ignoraba a los muertos-vivos y miraba hacia arriba, no podía quejarme del panorama, era una vista magnifica…

Y no sé entonces por qué me abordaron muchos recuerdos malos. Creo que fue por las cosas que había visto en las últimas horas: aquel tipo que se metió corriendo en el freeway; también las elegantes casas acogidas por el calor del fuego y esa gente rica cuyo paso por este mundo se había congelado en una muerte en vida. Los peor eran las sensaciones que pugnaban por surgir en mí a partir de esas imágenes. Pero lo que colmó el vaso fueron recuerdos de días atrás.

Esa mujer no me había subido ni dos metros y medio cuando el pasado llegó a mí y de un tirón me hizo caer. Estando todavía aferrado a la cuerda, recordé el día en que conocí a Leon; reviví el momento en que pasé una soga por mi cuello y me dejé caer porque la vida no tenía sentido. Con perfecta claridad me invadió esa sensación que siempre me acompañaba en mis intentos de suicidio, aquella convicción de que la existencia no era para mí.

Sentí vértigo y miré hacia abajo. Las piernas me temblaron, todo se nubló y algo oprimía mi pecho. Los gemidos de los muertos-vivos, cada vez más cercanos, no ayudaban en nada.

Solté la soga… Fui demasiado valiente; sí, "valiente". No tuve suficiente miedo como para temer a la corta caída y así aferrarme a la cuerda como a mi propia vida. Fue igual que hacía días. Ya una vez había tenido el valor de saltar con una soga rodeando mi cuello con la esperanza de terminar mi vacío.

Leon miró hacia abajo y gritó mi nombre al escuchar el golpe de mi mal aterrizaje. Poco después él ya estaba dentro del edificio gritándome que tomara la cuerda otra vez. Pero para mí, ése era uno de los momentos en que mi mente se iba a la Luna.

No sé en qué momento me puse de pie y me apoyé en los escalones de la entrada (cerca de los cuales caí). La lluvia en mi rostro, el dolor en mi mano y en el tobillo y un relámpago fueron la causa de que volviera a poner los pies en la tierra (figurativamente).

— ¡Eh, chico! ¡Toma la cuerda! — me gritaba esa mujer.

— ¡Steve, sube! — Era Leon. "Se acercan, ¡sube ya!"

Miré hacia un lado. Esas cosas mutiladas caminaban adentrándose en el estacionamiento. Se me acercaban gimiendo y manoteando a la lluvia. Por un momento, toda la valentía en mí se desvaneció.

Sopesé la posibilidad de tomar la cuerda que esa mujer arrojó. ¿Lo haría? ¿El susto que me provocaban los muertos que caminan sería suficiente para mantenerme aferrado a una soga mientras me subían a una altura de tres pisos? ¿O a lo que le tenía miedo en realidad era a la cuerda? ¿Temía que los recuerdos me asaltaran? ¿Que el ayer traicionero regresara?

De ser así (y si hubiera hecho el intento de que me subieran), el pasado me hubiera jalado hacia abajo de nueva cuenta y, para cuando cayera, los muertos ya estarían esperándome. No deseaba estar sujeto a una frágil y mojada cuerda, mirar abajo y encontrar la cara de un zombie perverso que me recibiría con los brazos abiertos.

Levanté el mentón y le dediqué una mirada a Leon.

— Perdón—murmuré. No puede tomar la cuerda, de verdad que no pude. Me aterraba la idea de no lograrlo, de ir a caer en la boca del lobo.

"¿Qué haces?" pensó Leon.

"Te veré pronto".

Leon no se libraría de mí. De alguna forma llegaría hasta él; y de preferencia sería alguna en la que no tuviera que afrontar el pánico a la altura y al pasado.

Me eché a correr con la tonta creencia de que entrar en la estación y llegar al tercer piso sería sencillo. En parte no estaba tan errado, pero realmente iba a sufrir para cuando volviera a ver a Leon.

Entre la estación de policía y la de bomberos se hallaba un estrecho callejón de unos veinticinco metros de largo por metro y medio de ancho. Troté dentro de él mientras escuchaba a los zombies a mi espalda.

Las altas paredes de la jefatura y de la estación de bomberos eran dos muros de ladrillo con propiedades claustrofóbicas. Para mi escasa fortuna, sólo el vértigo me afectaba.

A pesar del tobillo dolorido, corrí casi hasta el final de la callejuela. Ahí había una reja de alambre que hacía las veces de puerta hacia la parte trasera de la jefatura; sin embargo, tenía un gran candado. Si quería pasar al otro lado debía escalar dos metros de reja y luego saltar. Pero no lo hice…gracias al oportuno descubrimiento de una pequeña ventana que estaba cercana al piso. Era mejor entrar al edificio de una vez por todas. Como pude, me arrastré en el suelo y entré; la ventana—abierta, por cierto—daba a una especie de sótano o cosa parecida.

Todo ahí dentro estaba oscuro y húmedo. No podía ver más allá de tres metros, pero al menos no había zombies…de momento. Me quedé de pie, de espaldas a la ventana, y tratando de que mi vista se acostumbrara a la falta de luz. Bajo mis tenis había una sensación, algo crujiente y ruidoso y frágil. Agaché la mirada para saber qué era. Vi unos destellos, algo brillante que reflejaba la luz de los relámpagos que se colaba valla Dios a saber cómo hasta el sótano. Pero luego escuché a los zombies de afuera aproximarse y me olvidé de eso. Me di vuelta para cerrar la ventana. Qué gran sorpresa me llevé al darme cuenta de que estaba rota y que lo que mis pies hacían crujir era el vidrio hecho añicos.

Inmediatamente me entró pánico… Me sentí desesperado como un niño perdido en la oscuridad.

Un zombie cayó de bruces en el callejón y asomó su mano por la ventana. Me asusté el verlo y retrocedí a trompicones. Para variar, caí golpeándome la espalda. Me levanté lo más rápido que el tobillo adolorido permitió y busqué una forma de salir de ahí.

Era tan insoportable no lograr ver una sola, maldita y puta puerta. Tropecé con todo en mi camino e hice un escándalo al buscarla. Finalmente topé con una sólida pared de concreto. Tanteé en ella con mi mano izquierda.

El zombie ya se estaba escurriendo por la ventana y detrás de él venían otros más, dispuestos a hacerme… Bueno, no sabía con exactitud qué hacían ellos, pero apostaba mi esplendor a que no era nada agradable.

Luego de avanzar un par de metros a tientas, mi mano tocó algo frío y resbaladizo. Aunque quizás esas sensaciones eran por tener los dedos empapados de lluvia. De todas formas, se sintió glorioso el percibir que era la perilla de una puerta. La giré suavemente; mientras lo hacía, un gran peso abandonó mis hombros.

El zombie cayó de boca dentro de la habitación y los vidrios crujieron. Salí de ahí tan rápido como si el mismo Leon estuviera del otro lado de la puerta. La azoté y me recargué en ella. Respiré profundo y permanecí quieto en la oscuridad. En la habitación, cruzando la puerta, se escuchaban los gemidos de los zombies y sus torpes cuerpos golpeando el piso al caer por la ventana.

Y luego mi inocencia y mi ingenuidad se disiparon en un segundo. La seguridad que había tenido se desmoronó y, en el proceso, rasgó mis oídos en un agudo grito… Lo escuché proveniente de mi izquierda, de entre la oscuridad. Era como los quejidos de un animal al que le van arrancando la piel.

El solo sonido atrajo mi mirada y entonces descubrí un par de ojos amarillos que me miraban desde el fondo del corredor. Eran hipnóticos y a la vez aterradores…

Oscuridad y muerte.

Qué día tan malo, qué pésima suerte. Me dolía el tobillo y también la mano derecha, tenían un chichón en la cabeza, estaba todo mojado, empecé a temblar de frío y miedo y una criatura desconocida me asechaba desde las sombras. Qué día…

La bestia de ojos ámbares brillantes se movió hacia mí. Me aterroricé aún más. Sólo atiné a abrazarme el cuerpo y a pestañear deseando que el fulgor amarillo fuera una alucinación transitoria; que se fuera, que no me atormentara. Pero hubo otro escalofriante chillido que resonó en el corredor y me demostró que todo era real y, por más que quisiera negarlo, que había caído en la boca del lobo. No sería fácil volver a ver a Leon.

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.-.

Chris discutía con su amigo de la infancia.

— ¡Estás loco! — No era pregunta, sino afirmación— ¡No vas a bajar por esa ventana! ¡El muchacho está perdido, déjalo!

A lo que Leon le respondió: — Iré por él. No voy a abandonarlo.

El rubio abrió una venta que Chris había cerrado; tenía la intención de bajar importándole un comino los zombies presentes en el estacionamiento que deambulaban rumbo al callejón de al lado de la jefatura. Se gachó para tomar la cuerda que yacía en el piso, cerca de la ventana.

— ¡Si tocas esa soga te juro que haré lo mejor para tu bien! —vociferó Chris.

Leon lo ignoró completamente y sus dedos tocaron la aspereza de la fibra.

"Yo se lo advertí. Esto es por su bien" pensó Redfield.

Lo siguiente que el rubio sintió fue un golpe en la nuca y luego la luz se apagó para él. Cayó inconciente sobre el piso.

La mujer ahí presente observó a Chris con incredulidad y reproche.

— Fue por su bien— se justificó—. No le iba a permitir hacerles compañía a los caníbales.

Redfield dejó sobre el piso el pequeño extintor de incendios que traía entre las manos y después levantó el cuerpo de Leon. No por noquearlo lo dejaría inconciente en el suelo helado; le tenía un poco de consideración.

.-.-.-. A unos kilómetros de ahí .-.-.-.

Ada, simplemente Ada, sin apellido ni segundo nombre. Venía del hebreo y significaba "belleza". Era un nombre sencillo, bonito y que le venía como anillo al dedo. Si bien ella no se quejaba, tampoco le importaba mucho. De momento, lo más relevante en su vida era una misión a cumplir, la cual compartía con su compañero de albino pelaje.

Ambos se habían vuelto inseparables desde varias horas atrás. Ella necesitaba de la aguda percepción de It, y el perro-lobo requería de las ventajas inherentes a estar en compañía de un bípedo con manos de cinco dedos… Sin mencionar el hecho de que Ada contaba con un arma de fuego.

Ella y el albino se hallaban sobre la caja de una Ford Lobo (a It le había maravillado ese detalle), color gris oscuro, con asientos de piel, quemacocos… Nada austera. La camioneta estaba aparcada en la esquina de un cruce entre dos amplias calles. Otros vehículos, algunos estrellados, estaban aquí y allá obstruyendo partes del camino.

— Lo encontraremos— habló Ada—. Lo encontraremos y entonces habrá forma de acabar con esto. No vamos a fallar. — Ella no se dirigía a It. Prácticamente no se hablaban. Era dos compañeros silenciosos, pero Ada estaba pensando en voz alta.

It miraba a los alrededores y olfateaba, sin embargo, no podía encontrar lo que buscaba.

— ¿Nada aún? — preguntó Ada.

EL albino gruñó. "No me presiones" significaba el gesto. Alzó el hocico en el aire y respiró. Humedad… Se estaba mojando y nada conseguía.

Ada bajó de la camioneta y se recargó en ella. Cruzó los brazos y suspiró. Su entallado vestido negro tenía lentejuelas del mismo tono en el borde inferior y en el escote (el cual era lo suficientemente provocativo para que hasta It lo mirara a ratos…por simple curiosidad, claro está). La implacable lluvia recorría las curvas de su cuerpo y el agua hacía el vestido se adhiriera a su piel. Los pezones se le notaban por sobre la tela al igual que lo diminuto de sus bragas no era ningún secreto. Llevaba zapatos altos de color negro y un brazalete en su delgado tobillo; la alhaja era de plata y brillaba como la Luna. Por lo demás, no portaba otras joyas, ni siquiera arracadas.

Sólo su propio cuerpo tenía el privilegio de adornarla, sólo sus torneadas piernas, sólo sus delicadas y a la vez fuertes manos, sólo sus pechos firmes y erguidos, sólo su delgada cintura, su mirada, sus labios, su cabello… Todo en ella era hermoso, exquisito y atrayente. Todo en Ada era belleza.

It gruñó y bajo de la camioneta en un salto. El pelo de su cuello y su lomo se erizaron desafiando el peso extra del agua. Su nariz captó el inconfundible hedor de carne podrida y sus orejas el sonido de pies que se arrastraban. Ni la lluvia, el viento o los relámpagos nublaban los sentidos de ese vástago de Natura, porque la favorable realidad era que la Naturaleza estaba de su lado.

A cierta distancia, un zombie se encaminaba hacia Ada e It. La mujer lo miró con desprecio y luego…lo ignoró.

—Vamos a otra parte— pronunció. Lo que ambos buscaban y requerían para alcanzar su objetivo, no lo encontrarían ahí. Además, ya les había 'caído tierra'.

Ada, con su andar elegante, caminó a la puerta de la camioneta (la del lado del conductor, obviamente); la abrió y en el instante It hizo acto de presencia. Se coló dentro del vehículo un segundo antes que la mujer, vaya, casi le pasó por entre las piernas. Ella hizo caso omiso. Subió al auto, cerró la puerta y encendió el motor.

No hay que preguntar la forma en que consiguió esa Ford Lobo y sus llaves. Ada también tenía habilidades de ladrona que seguro sus hijos heredarían pues casi las llevaba en los genes.

Puso en marcha el auto y, sorteando los que se hallaban a mitad de la calle, se alejó del ignorado zombie.

It se resbalaba en los asientos de piel; pero sacaba las garras, mantenía el orgullo y el porte, tensaba los músculos y hacía un extraordinario esfuerzo por no caer cada que Ada pisaba el freno o el acelerador. La mujer tal vez era una de las llamadas "cafres del volante"…o quizá lo hacía con intención; el punto era que los cambios de velocidad le resultaban muy abruptos al albino. Más de una vez estuvo a punto de caer del asiento y resignarse al piso del auto. Sin embargo, se mantuvo firme. No sería bueno para su autoestima si Ada le hacía burla. Porque el perro-lobo sabía que así podría ocurrir, aunque la burla fuera totalmente mental y ella no la exteriorizara.

Entre ellos dos existía una invisible rivalidad bípedo versus cuadrúpedo: It corría más rápido, saltaba más alto y la capa de pelo en sus patas lo hacía sigiloso. Por su parte, Ada podía bajar escalera verticales, tenía las manos libres para usar herramientas y…y…y podía usar zapatos de tacón alto. Vaya, ¡qué buenos eran par aplastar la cabeza de los zombies!

No obstante, nada de eso se mencionaba entre ambos así como otras cosas no eran discutidas. Sólo…lo sabían. Era algo parecido a la relación de Leon y Steve (aclarando que Ada no practicaba la zoofilia).

.-.-.-. Estación de policía .-.-.-.

¿Qué sucede cuando te entra pánico? ¿Qué ocurre si estás aterrado hasta el límite porque una criatura morfa te asecha desde su nido de sombras y sangre? ¿Gritas? ¿Corres? ¿Te paralizas? ¿Qué haces contra algo desconocido, algo que en vez de gemir, chilla; que tiene ojos brillantes en lugar de un par de huevos cocidos? ¿Cómo afrontas lo que aún oculto en la sombra parece aterrador y peligroso? Es decir: ¿Realmente lo afrontas? ¿Es posible hacer eso cuando el miedo es una garra fría y tétrica que recorre tu espina para ponerte el pelo de punta?

Puedes gritar, pero de nada sirve. Sólo enfadarías a la criatura. Puedes correr, pero, ¿a dónde? Puedes armarte de valor y afrontarlo o dejar que el pánico te congele e inmovilice; igual te despedazaría con sus garras y colmillos. No puedes pedir ayuda, sólo estás tú y eso, nadie más, ni Dios ni el Demonio están involucrados en un infierno en vida; no es territorio ni de uno ni de otro. Estás tú: desarmado, con frío y dolor; y está esa criatura de ojos ámbar y garras afiladas. ¿Qué hacer? Se trata de un laberinto sin salida: corre al frente y te estrellarás en un muro; retrocede y serás despedazado sin piedad.

¿Qué hacer? ¿Qué podía hacer Steve?

El muchacho tragó saliva y se abrazó más fuerte. La criatura—muerta-viva, cabe aclarar—chilló horriblemente lastimando los oídos de Steve. Sus cuerpo de agazapó en la oscuridad, preparándose a saltar.

El pelirrojo lamentó tanto haberse separado y luego se reprochó por ello. ¿Dónde había quedado el muchacho valiente, el que ahora disfrutaba de la vida? ¿O es que iba a dejarse caer en su pozo oscuro con tanta facilidad?

"Por una vez en tu vida, lucha. Pelea por seguir adelante, sólo una vez, sólo por Leon" se decía a sí mismo. "¿Puedo hacerlo? Yo…lo haré. Voy a demostrar que puedo".

La criatura se abalanzó sobre el pelirrojo en un salto ágil y certero. Los ámbares brillantes y el fulgor de los mismos se alzaron en el aire y en el descenso no se apartaron de Steve. Él no le quitó la mirada de encima, nunca; y en los segundos que contempló esa sombra deforme elevarse y precipitarse sobre él, se dio cuenta, por la agilidad, de que eso no estaba tan muerto como un zombie. No era lento, de piel blanda y huesos frágiles, de tejidos insensibles y carcomidos por la plaga. Si acaso algo de su vida no le había abandonado al infectarse, era la fuerza, parte de su vitalidad. Y entonces, Steve supo qué hacer…

.-.-.-. A unos kilómetros de ahí .-.-.-.

It ya se había cansado y se vio obligado a conformarse con el piso de la camioneta. En compensación, Ada ya no conducía como cafre. Una victoria para los bípedos; pero ya habría oportunidades de revancha.

— No tenemos mucho tiempo— habló ella—. Si él sale de la ciudad, será más difícil hacer nuestro trabajo. Tenemos que encontrarlo aquí y pronto.

Los relámpagos habían cesado y ahora sólo llovía. Ada estaba conduciendo por una vialidad secundaria en la que prácticamente no había coches que estorbaran. El perro-lobo emitió un ladrido sereno y levantó las orejas, se puso alerta y atento. Ada bajó la ventanilla del lado del albino y el susodicho asomó la testa; aspiró la humedad en el aire y percibió en ella algo diferente. Olía a la fresca lluvia, a los asientos de piel del auto y a Ada con su sutil aroma, sin embargo, también olía a muerte, demencia, vida y mucha, mucha desesperación.

.-.-.-.

Billy corría por una estrecha calle. Sus botas salpicaban en los charcos y la M1911 no se apartaba de su mano derecha. Respiraba exclusivamente con jadeos y sentía que la criatura que lo perseguía les estaba pisando los talones. Casi podía oír sobre su hombro los gruñidos de aquella cosa. Quería correr más rápido o tener un arma más potente. Era exasperante, y ya comenzaba a cansarse de tanto ajetreo. El corazón le latía con fuerza y su garganta estaba reseca y áspera.

No había sido buena idea haber ido a esa ciudad, ahora estaba seguro. Tener detrás suyo a una criatura rabiosa infectada por el virus lo comprobaba.

Billy llegó a la intersección con una calle más amplia, dobló a la derecha, continuó corriendo y…

Se escuchó un estruendo, no obstante, no se trataba de ningún relámpago o similar. Había sido el disparo de un arma de fuego…

.-.

Ada vio, a unos 25 metros, un hombre que corría y detrás de él una criatura cuadrúpeda apareció. Ella bajó de la camioneta al instante siendo acompañada por una Browning High-Power.

-¡Bang!... ¡Bang!¡Bang!-

Con tres tiros seguros y certeros destrozó las patas delanteras del muerto viviente y éste calló en la acera arrastrándose y retorciéndose en su agonía indolora. Billy ya le había disparado antes, le había arrancado una oreja de un balazo y también parte de la mandíbula, pero esa cosa era muy rápida y el prófugo debió correr para salvar su pellejo. No obstante, ahora podía vengarse…

Billy no agradeció a su salvadora, no continuó corriendo, no; lo primero que hizo al saber que la criatura había perdido gran parte de su movilidad, fue encaminarse hacia ella, tomar con firmeza su M1911, apuntar a la cabeza del zombie y jalar del gatillo. Billy era de los que pensaban que la ira y la furia no debían guardarse, lo mejor era liberarlas, dejarlas ir. Todavía respiraba agitado, su pecho subía y bajaba, sin embargo, al ver el cráneo del muerto despedazarse con la bala…con su bala, se sintió más tranquilo.

— Eso no era necesario— comentó Ada caminando en dirección a Billy. It la seguía muy de cerca —. No desperdicies munición.

— ¿Es una orden o un concejo?

— ¿Te has vuelto grosero por tanto huir de los muertos?

Ella se detuvo a un metro de Billy; el perro-lobo permaneció al l ado de su compañera, escoltándola.

Los dos humanos de miraron en silencio. Considerando la enorme rapidez con que la plaga se propagaba, ya resultaba anormal ver a otro ser vivo. Más aún para Ada, quien buscaba una aguja en un pajar y ahora acababa de encontrarla. De entre tantos muertos y aberraciones de había topado con…

— Billy Coen es mi nombre— se presentó intentando mostrar un poco de caballerosidad y temple.

—Ada. — Simplemente Ada.

— Gracias por lo de hace rato. — Él tendió la mano para estrechar la de ella.

Fue como si un puma maullara en la orejas de It y él tuviera que soportarlo. El albino echó las orejas hacia atrás y su pelo se erizó; los músculos se le tensaron como alambres. Al responder Ada al saludo del prófugo, It desvió la mirada. Era celoso de Leon, de su plato de comida y hasta de Ada. No tenía remedio.

Las presentaciones fueron en exceso escuetas. Ada y Coen pugnaban por algo y no tenían tiempo para sentarse a tomar café y charlar.

— Estoy buscando a alguien— dijo Billy.

La mujer pensó irónicamente que ella era quien le había estado buscando a él.

— Es doctor… Se llama William Birkin— explicó él.

Ada sonrió para su fuero interno. Por su parte, It gruñó y se asqueó al escuchar ese nombre.

— ¿Por qué lo buscas?

— ¿Lo conoces acaso?

— Y ¿qué si así fuera? — No era así.

Billy estaba hartándose de no obtener información concisa del primer ser humano con el que tenía oportunidad de conversar desde hacía horas.

— Escucha, necesito encontrarlo. Ese hombre es culpable de muchas de las cosas que están sucediendo en la ciudad.

Ada lo sabía. No necesitaba conocer a William para saberlo y tampoco que Billy se lo dijera.

— ¿Qué tanto entiendes de lo que pasa aquí? — dijo ella.

Ese jueguito de preguntas no los estaba llevando a ninguna parte…

— ¿Qué sabes tú?

… Era tiempo de ponerle fin, de no responder a una pregunta con otra. Ada ya se había divertido lo suficiente con los gestos de disgusto que Billy ponía al escuchar los qué saliendo de los labios de ella. Las preliminares se habían acabado…

— Sé dónde puedes encontrar a Birkin…y te ayudaré. — "Me ayudarás" es lo que en realidad quería decir ella. No faltaba mucho para que el trabajo de It y de la asiática humana se cumpliera. Billy les ayudaría…aunque no se diera cuenta de ello.

Las lágrimas de Natura depauperaron en el resto de esa noche. Ya no generaba ira porque sabía que las cosas empezarían a mejorar gradualmente.

.-.-.-. Estación de policía, primer piso .-.-.-.

Nada es fácil en la vida. Ni siquiera lo es darse por vencido. Tomar la decisión de dejarse caer, pese a lo que muchos crean, no es sencillo. Duele, cuesta. Si lo hacemos concientemente, cada segundo en el que nuestras rodillas se aproximan al piso y nuestra cara al lodo, es doloroso. Al perder se sufre aunque lo hayamos elegido.

Pero, ¿qué eligió Steve?... Él tomó una decisión que le costó mucho de asimilar, todavía más que llevar a cabo. Eligió luchar. De todos los caminos, escogió el más difícil. No corrió para que lo alcanzaran y le destrozaran los tobillos y las piernas, no se quedó inmóvil esperando a que le sacaran las entrañas, no gritó sólo para que después le comieran la cabeza de un bocado… Peleó, MUY a su manera, y casi podría considerarse que obtuvo una victoria temporal…

.-.

En los pasillos del primer piso de la estación, un pelirrojo hacía su mejor esfuerzo por sobrevivir. Lo peor ya había pasado, ahora solamente huía de los vestigios de la criatura que amenazó con devorarle.

Steve corría tropezando con lo que la oscuridad no le dejaba ver. Inclusive creyó haber pisado el cadáver de alguien en más de una ocasión, por supuesto, no estaba seguro pues siguió de largo. Su brazo derecho colgaba como si se le hubiera adormecido y no pudiera levantarlo. La manga de su chaqueta —desgarrada— estaba húmeda, llena de sangre. Así mismo, de su muslo brotaba un líquido granate que le empapaba hasta el tobillo.

Cada zancada le dolía en todo el cuerpo como si le arrojaran botellas rotas. Era un infierno, pero no se dejaría caer porque, efectivamente, lo peor ya había pasado. Sólo tenía que avanzar más, cargar con su dolor hasta hallar una escalera, un elevador…lo que fuera que lo llevara al tercer piso de la desgraciada jefatura.

Steve cayó boca abajo en un ancho pasillo. No vio con qué, pero le pareció un mueble volcado. Su cuerpo golpeó el piso con un ruido seco y el tobillo y el muslo se le lastimaron en una horrenda punzada. La herida de su brazo se abrió más y la sangre manó de ella para dejar en el piso una mancha que jamás sería borrada por humano alguno. El muchacho se apoyó en el antebrazo izquierdo con las más firmes intenciones de levantarse. Alzó medio cuerpo dificultosamente y quedó sobre sus rodillas. Gimió de angustia al sentir el desgarrón en la piel de su muslo.

A sus espaldas escuchó el chillido de la criatura de ojos amarillos. No estaba muerta, claro que no…solamente había perdido los estribos; con lo que el muchacho le hizo, la dejó por completo enfurecida y desquiciada. Chilló otra vez, más cerca. Hacía rato ya no berreaba, Steve hasta llegó a considerarla muerta (pero no por eso dejó de correr). Sin embargo, de nuevo volvía a gritar y a perseguir al joven.

Él no miró atrás para no encontrar ese fulgor amarillo. Se levantó como pudo, entre quejidos y sollozos, y continuó andando. Se valía de la pared para sostenerse cuando el dolor en la pierna era demasiado. Pero la criatura se estaba acercando… Steve oía sus garras golpear los muros y las puertas. Tenía que correr, no detenerse y, sobre todo, dar con una escalera.

"¿Leon, dónde estás?... Lamento haberte dejado por capricho, porque eso fue: capricho, miedo a una soga… Pero te prometo que podré sobrellevar esto. Te demostrare cuánto me importas y que te quiero. Voy a salir de esto sólo por ti…porque quiero volver a verte"…

A veces corremos para huir de los peligros, de lo que tememos, de lo que desconocemos. Sabemos que dejamos atrás todo eso que nos asusta, pero, ¿y si no sabemos hacia dónde estamos corriendo?... No perdemos. Encontramos cosas todavía más atemorizantes.

Por eso necesitamos guías, directrices, anhelos, motivaciones, orientación…algo a qué aferrarnos y que creemos sólido. Para Steve, todo eso figuraba en una persona, lo único bueno de toda su vida: Leon.

.-.-.-. Piso tres de la estación .-.-.-.

— Oh, rayos… Mi cabeza— Leon despertaba de la inconciencia y refunfuñaba mientras se tocaba la nuca, le dolía. Se encontraba recostado sobre una banca y tenía algo relativamente mullido bajo la cabeza. Se levantó con languidez y se frotó los ojos. Chris apareció entonces — ¿Dónde…? ¿Dónde está Steve? — preguntó.

— ¿Quién?... Ah, el pelirrojo… Él…— Su tono era dubitativo.

Leon comenzó a hacer memoria. El muchacho jamás logró subir al tercer piso.

— ¿¡Dejaste a Steve allá abajo en el estacionamiento! — Se levantó de golpe del banco.

¿Para qué lo preguntaba, era obvia la respuesta.

— Cálmate, Kennedy. No podía dejarte bajar. Se los comerían a ambos. Hice lo mejor para ti.

El rubio se dejó caer en la banca y Chris se sentó a su lado.

— Esto no puede ser— habló Leon más para él mismo que para su amigo—. Steve tiene que estar bien… ¡Hay que buscarlo!

— Oye, tranquilo. Tú no te mueves de aquí…y si lo haces me estás obligando a noquearte otra vez. — Sí que era cortante.

Leon recordó el golpe en su nuca antes de que 'las luces se apagaran'.

— ¡Chris! ¿Con qué me golpeaste?

¿Sería prudente decir la verdad?... Redfield dejó que su comportamiento respondiera a la pregunta de Leon. Desvió la mirada hacia un pequeño tanque rojo que reposaba al lado de la banca.

"¡¿Me golpeaste con un extintor de incendios!" pensó decirle el rubio, pero entonces notó que en un extremo del asiento yacía la chaqueta de Chris, doblada a forma de cojín, y en la cual su cabeza había descansado durante el noqueo. Era un buen amigo. Ignoró completamente a Steve y eso no lo hacía la mejor persona del mundo, pero era, a fin de cuentas, un gran amigo. Leon suspiró.

— Mira, aprecio mucho lo que haces por mí, Chris, gracias. Y me da mucha alegría haberte encontrado aún…pues...

— ¿Vivo?

— Exacto... Pero tengo que ir a buscar a Steve. No lo puedo dejar.

— ¿Quién es ese tal Steve? ¿Eh? ¿Algún primo lejano?... Yo no lo conocía hasta hace 20 minutos.

¿Cómo iba a responder Leon: "Es mi novio", "Es un amigo con derechos", "Lo conocí hace unos días. Por cierto, ya vive conmigo". No podía decirle que eran familiares. Chris conocía de cabo a rabo a la familia Kennedy: desde "la tía Zahra" (como le llamaba de pequeño a la madre de Leon), pasando por todas las tías cincuentonas que fumaban como chacuacos y que jalaban de los cachetes del rubio hasta dejárselos enrojecidos, hasta el mismísimo It.

— Él es…

Mentir no es bueno, no obstante, a veces resulta menester para guardar las apariencias y la credibilidad. Sin embargo, de cualquier forma, Leon no tuvo que mentir. No fue honesto ni respondió a la pregunta de Chris pero tampoco faltó a la verdad. Sencillamente, no contestó la pregunta.

Los disparos de un Tommy gun se habían hecho escuchar y las miradas de Chris y Leon se desviaron hacia una ventana próxima. Ahí, una mujer con uniforme de policía yacía de pie y portaba en sus delgados brazos una ametralladora; se hallaba apuntando en dirección al exterior del edificio a través de la ventana abierta, disparaba a los zombies que osaban acercarse demasiado a la estación.

Sólo se trataba de una medida preventiva, no quería esos muertos-vivos demasiado cerca de las entradas que conducían al edificio donde se refugiaban ella, Chris y Leon. Era una lástima que de ahí no alcanzara a ver el callejón, porque de esa forma tal vez se hubiera percatado de la pequeña ventana por donde algunos zombies ya habían entrado.

Aunque de cualquiera manera, los muertos humanos no eran tan peligrosos como otras criaturas, pero tampoco era buena una sobrepoblación de zombies dentro del edificio, ¿verdad?

Las miradas curiosas de dos hombres que llevaban más de dos décadas de amistad, pesaron sobre la mujer que portaba la ametralladora Thompson. Ella las sintió y giró hacia Chris y Leon.

— Perdón— se disculpó la mujer como si fuera pecado haberlos distraído de su conversación — ¿Ya estás mejor, Leon? Chris te golpeó con…

— Lo sé, lo sé— interrumpió el rubio al tiempo que se frotaba la nuca.

La mujer cerró la ventana y se encaminó hacia él; no desamparó su Tommy gun. Ella llevaba el tobillo derecho vendado por debajo del pantalón, no obstante, se trataba únicamente de una herida superficial; ni siquiera cojeaba. Después de todo, era policía; un rasponcito no se le comparaba al balazo que hacía dos años y medio había recibido en el abdomen.

Ella se llamaba Jill, no había mucho para comentar respecto a su vida. Encajaba perfectamente en el perfil de una persona soltera con estilo de vida promedio. No era huérfana, sus ancianos padres residían en Austin, no esplendía ni mucho menos, su único vicio era la sacrosanta cafeína; vivía en una casa pequeña de una sola planta, de color azulado y con un jardín repleto de obeliscos; la mayor parte de su familia estaba en Texas y de cuando en cuando su hermana o sus padres iban a visitarla.

Jill era una persona normal, alguien promedio que había estado justo donde el infierno eligió erguirse y que sobrevivió a la sacudida inicial sólo porque alguien la tomó de la mano…

.-.-.-. Flash back .-.-.-.

Serían las seis de la tarde, tal vez las seis tres, y la estación de policía estaba hecha un caos. La gran parte de los oficiales corrían de aquí para allá como hormigas en pleno aguacero cuando la entrada del hormiguero ha sido bloqueada. Los teléfonos aportaban más tensión con sus inquietantes e infinitos ringggg… Eran las llamadas de la gente que no se rendiría hasta entregar un mensaje: "¿Sí? ¿Bueno?… Qué bien que al fin me atienda, oficial. Pues con la novedad de que una persona está rondando mi casa. Lleva ropa desgarrada y manchada de sangre, se tambalea de forma graciosa, tiene los ojos en blanco y la quijada fuera de lugar… Oh, por cierto, mató a mi perro a mordidas. Ahora está golpeando torpemente la ventana de la cocina. ¿Podrían enviar una patrulla, por favor?"

En esencia, todas la llamadas telefónicas que recibió la estación durante la tarde de ese día eran hechas porque: a) Un hombre muy sospechoso ronda mi casa, o b) Un(os) caníbal(es) se devoraron a mi familia. Pero a las 6 PM, ninguna de las llamadas era contestada porque muchos "hombres sospechosos" y muchos "caníbales" merodeaban las afueras de la jefatura.

Los oficiales se hallaban en la primera planta del edificio bloqueando las entradas y ventanas. Lo primordial era asegurarse de que los muertos vivientes no pudieran penetrar en la estación, y dado que no volaban ni practicaban el salto con garrocha, el primer piso era como la ciudad de Constantinopla.

Todos se habían concentrado en la primer planta; ese fue su error, porque cuando las criaturas de ojos amarillos entraron por la parte trasera del edificio e invadieron el piso, la masacre comenzó.

Los de ojos ámbar no eran como los zombies, no se limitaban a acabar con la vida sino que destrozaban y hacían añicos todo lo que se moviera…inclusive a sus propios hermanos.

A las seis de la tarde con cuatro minutos, Chris se encontraba al teléfono; hablaba a gritos y su mirada nerviosa se desviaba del teléfono a las ventanas, a los oficiales que corrían por los pasillos, a los muros, al arma en su mano y finalmente regresaban al teléfono. Le había dicho a Leon que se fuera de la ciudad, era peligros estar ahí, sin embargo, no tuvo tiempo de explicarle, sólo de advertirle. Y luego, de entre tantas personas que Chris pudo haber visto, de entre tanto oficiales que iban y venían, su mirada se encontró con la de Jill Valentine. No se habían visto en todo el día, y cuando lo hicieron, los ojos ámbar y las grandes garras montadas sobre un cuerpo repulsivamente musculoso y ágil, irrumpieron en el edificio con una extraña cautela y un silencio frío y muerto que antecedía a los chillidos ensordecedores.

— ¡Chris! —gritó Jill al percatarse de que una inhumana criatura observaba a Redfield desde la base de una escalera cercana. Pero ella no fue la única en notar al monstruo agazapado que asechaba en silencio, el propio Chris se dio cuenta al igual que algunos oficiales que estaban ahí.

En cuestión de segundos, un par de disparos ya habían asestado en el cuerpo del engendro; uno de ellos pertenecía al arma de Chris (quien ya había soltado el teléfono), pero sólo lograron aturdirlo mientras las personas se preguntaban histéricamente cómo una de esas cosas había logrado entrar.

Para colmo de males, la electricidad de todo el edificio se esfumó como espantada por el mismo infierno. El resplandor amarillo brillaba en medio de la oscuridad y un chillido atravesó las fauces del ser y se filtró en los oídos de Chris, Jill y compañía. Los disparos de armas de fuego llovieron sobre la criatura que pronto habría de esparcir el pánico en todo hombre y mujer vivos en el edificio…

Es que ella no era fácil de aniquila. Las pistolas no tenían un efecto contundente…se requería de armas más grandes. Eso, Jill no lo analizó rápido; la mujer continuó disparándole con una Glock aún cuando la bestia masacraba el cuerpo del un hombre sobre el cual se había lanzado. Pero, gracias a Dios, Chris Redfield se hallaba ahí, había visto a Jill, no le temía al hecho de ceder terreno y, más importante, se le habían acabado las balas más rápidamente que a cualquier otro.

Al verse sin munición, Chris fue abordado por la atinada idea de que una escopeta no saldría sobrando. Corrió hacia Jill y la llamó por su nombre; ella estaba poniéndole un nuevo cargador a su arma pero desvió la mirada hacía Chris.

Él no pidió opiniones ni dio avisos, simplemente tomó la mano de Jill y haló como si de una niña se tratase. Ella no protestó, no se quejó no renegó, le siguió con obediencia en medio de la oscuridad dándole la espalda a la criatura, caminó cerca de él por los pasillos y subió escaleras a su lado, dejó atrás a gente que de todas formas habría de morir y llegó al tercer piso de la estación jalada por la certeza de Chris de que las armas ahí guardadas derribarían a esas cosas monstruosas en un abrir y cerrar ojos… Ambos atravesaron pasillos y escaleras porque Chris quería mayor poder de destrucción y sabía dónde encontrarlo. Pero finalmente terminarían encerrados en una habitación llena de armas pero aislados de cualquier cosa que tuviera garras.

Jill se había salvado junto a Chris sólo porque él pensó que cada uno podría cargar un par de rifles de vuelta al primer piso, sólo porque sus miradas se habían encontrado casualmente, sólo porque él la tomó de la mano…

.-.-.-. Fin del Flash back .-.-.-.

—…Cuando llegamos a este lugar, algo venía siguiéndonos— explicaba Jill a Leon—, no lo habíamos visto. Al entrar cerramos la puerta pero la embistió, la dobló tanto que se atoró. Chris y yo nos quedamos atrapados. Al poco tiempo ella se fue… Se cansó de no conseguir nada, creo.

— Pero…las puertas son de metal— objetó Leon.

— La embistió y la dobló— remarcó Chris y señaló una sombra deforme en un extremo de la habitación… La puerta, doblada y llena de arañazos en el otro lado.

Leon suspiró. Jill estaba sentada a su lado en el banco de madera. Chris se fallaba de pie, recargado en la pared junto a una ventana; de vez en cuando miraba a través de ella apreciaba el débil fulgor anaranjado del otro lado del parque, ahí donde las casas habían sido reducidas a fuego y brazas sosegadas por la lluvia, y luego se preguntaba cómo era que tantos rayos hubieran caído en un espacio relativamente pequeño.

— ¿Qué vamos a hacer? — dijo Leon. No esperaba que alguien le respondiera, no esperaba que una idea brillante apareciera; simplemente se trataba de una pregunta arrojada al vacío, una forma de desahogo…una de tantas que hay…

.-.-.-.

La ira también es una manera de desahogarse, pero cuando ésta está impulsada por la locura, toda base sólida y todo propósito del desahogo se, se anulan, desaparecen.

Para el cazador, para el que asecha y que de un momento a otro se convierte en el atacado, la razón se disipa. Sus propósitos se retuercen y se hacen pedazos por la falta de sustento.

Las presas no atacan, no desafían al cazador sino que huyen. ¿Y qué pasa cuando este principio es quebrantado?... El pequeño mundo del cazador se desbarata y al perder su papel o importancia en él, la cordura se le va de las garras; se pierde en sí mismo por no tener un lugar y la ira brota de su oscuro corazón. La falta de lógica le conduce a la demencia y a una desesperada lucha por recuperar su lugar y su mundo.

Steve no lo sabía ni sospechaba, no llegó a entenderlo, lo único de lo que tenía conocimiento era que una bestia grotesca le perseguía, gritando y chillando, por la soledad de los pasillos de la estación. El muchacho tropezó (por quinta ocasión) pero de nuevo se levantó al igual que otras veces. Las heridas de su cuerpo sangraban y el dolor se hacía presente en cada respiro, en cada paso, en cada sollozo. Sus manos tantearon una de las ensombrecidas paredes en busca de una puerta, de algo que pusiera, al menos, cinco centímetros de madera entre él y su persecutor…y lo encontró.

Como en un dejavú, la mano de Steve tocó algo frío, metálico: un pomo, el pomo de una puerta. Lo giró con dicha y esperanzas renovadas, cruzó al otro lado y cerró la puerta, poniendo así una delgada línea para separarle de uno ojos amarillos. Faltaba poco, y era una de las cosas que el pelirrojo ignoraba, pero, cuando caminara diez pasos hacia el frente y luego doblara a la derecha, encontraría una bendita escalera…

Cuando la criatura perdió el rastro de Steve al pie de una puerta, su desesperación creció y el chillido inherente a ella brotó con claridad. Empezó a golpear la puerta con su hombro deforme y desproporcionado y también a arañarla. Sin embargo, lo que el muchacho le había hecho con anterioridad, resurgió y acarreó consigo las últimas y fatales consecuencias para la bestia. No la volvió más loca ni desesperada, no, no era posible. Ella ya estaba en el límite de este mundo, con sus garras sobre el margen al cual su deseo de destrozar a Steve la habían llevado.

Y en la tercera embestida contra la puerta, su sangre hirvió de rabia, la cólera hacia su 'presa' le anegó y…

- Puff –

… Todo en blanco… Demasiada ira, demasiada incomprensión.

¿Por qué el cazador no podía atrapara a la presa? Y en primer lugar: ¿Por qué la presa lo había atacado? ¿Cómo es que le había hecho perder su lugar en el mundo y sentir tan enloquecidamente furioso?

Su cuerpo se deslizó por la puerta hasta llegar al piso, donde permaneció convulsionándose por tiempo incierto, y al final, esos espasmos se redujeron a un imperceptible tic en su hombro mientras de sus ojos y de sus absurdos orificios nasales brotaba sangre espesa.

Quién hubiera pensado que un muchacho de 20 años era capaz de provocar la reacción que mató a esa fiera criatura. Claro está que Steve no era un simple jovencito, era alguien con un esplendor latente, una persona que en su momento se encontró aterrada por un par de ojos ámbar y que sólo anhelaba volver a ver a esa persona especial que le removía los mejores sentimientos.

.-.-.-.

Desde su posición —encerrado con Chris y Jill y sentado en un banco de madera—, Leon escuchó (o creyó escuchar) un grito, un chillido que venía desde ese mismo edificio, un sonido agudo que atravesaba las paredes deformándose en un eco bizarro y sin sentido.

Ya antes había tenido la impresión de haberlo escuchado: pero fuera por su propia voz o la de sus acompañantes, por los disparos de la Tommy gun o la 'débil' potencia con que el chillido alcanzaba a llegar., no le tomó importancia. Quizá se debía a su falta de atención más que nada; estaba demasiado centrado en la plática con Jill. Ella le explicaba lo que sucedió en la estación, cómo habían terminado ahí y lo ocurrido ulteriormente.

Así pues, Leon tenía entendido que esa habitación contaba con armas y municiones. También había un par de radios, bastante inútiles (por cierto). Las únicas señales recibidas eran extrañas grabaciones que rezaban una y otra vez mensajes aún más raros, desconcertantes. Pregonaban que todo estaba bien… Absurdo.

Chris le había dicho a Jill que apagara el radio, de todas formas nadie respondía a sus transmisiones y cada vez había más estática.

A su vez, Leon les informó del caos que había en las arterias principales de la ciudad. Jill corroboró eso con su testimonio de las innumerables llamadas al departamento, precisamente, del maldito caos.

— ¿Qué hay de la gente que había aquí? ¿Dónde están los demás oficiales? — preguntó Leon.

— Nosotros… Chris y yo creemos que pueden estar muertos…todos—respondió ella con congoja y tristeza—. No lo sabemos pero no hemos escuchado gritos y disparos desde hace mucho y…

La realidad y el presente le cerraron la boca a Jill cuando el eco de un chillido espantoso penetró en la habitación.

— ¿Lo escucharon? — dijo Chris; reconocía ese chillido.

— Cre… Creo que sí… ¿Qué fue? — Leon sólo creía haberlo oído, y aún así le resultaba un sonido grotesco.

El silencio posterior llenó el lugar y el chillido jamás volvió. Lo que sí se presentó fue algo en Leon, una corazonada repentina, como una aguja que atraviesa una tela de forma improvista…que no duele, que es natural, pero que separa las fibras y hasta las rasga. El rubio se puso en pie parsimoniosamente, avanzó hacia la puerta de metal con la misma calma y su cabeza comenzó a hacer conjeturas.

— ¿A dónde vas? — indagó Chris, extrañado.

Leon se humedeció los labios…— No estoy dispuesto a dejar solo a Steve o en la compañía de la cosa que halla chillado así.

Redfield tuvo el impulso de preguntar por qué tanto interés en el pelirrojo, ¿quién era? Sin embargo, curiosamente, terminó por no hacerlo y su mente quiso encontrar una explicación más sencilla y lógica… Steve era un ser humano, un joven a penas. Merecía vivir. Punto.

— Si Steve entró en el edificio— y así lo pensaba Leon—, hay que abrir esta puerta y encontrarlo. Lo buscaré… Lo buscaré yo solo, no importa.

Chris no era un hombre tan sensato, pero sabía que dejar salir a Leon —desarmado y sin alguien que le cuidara la espalda—, era una estupidez. También pensaba que él y Jill ya habían pasado demasiado tiempo ahí encerrados. Le importaba ella, no quería abrir la puerta y que un monstruo sádico la rebanara en cachos…pero eso era mejor que verla morir de inanición. Al monstruo le podía volar la cabeza de un disparo… A la inanición, no.

— Saldremos de aquí entonces— Chris lanzó un suspiro—. Toma tu arma, Jill, y trae una para Leon… Nos vamos de aquí.

Se tienen amistades y se tienen amigos; unas son sencillas y otras son sinceras. Chris Redfield encajaba dentro de la categoría de Amigo, no sólo porque sabía serlo, sino por que lo era.

"Las cosas que tengo que hacer por Leon" pensaba Chris mientras sostenía entre sus manos una barra de mental e intentaba forzar una puerta.

.-.-.-.

No son fieles únicamente los amigos, también hay otros que conocen la lealtad. ¿Quién es el mejor amigo del hombre?... No, no es el automóvil, tampoco el condón…

El diccionario le define como "mamífero doméstico carnicero de la familia de los cánidos", algunas madres de familia se refieren a ellos como "bola de pelos", "come-zapatos", "mugroso"… Términos que utilizan (generalmente) cuando están disgustadas; pero cuando están enfadadas…incluso los combinan: "¡Saca a esa mugrosa bola de pelos de la casa antes de que se coma otra vez los zapatos de tu padre!".

Hay una enorme variedad de apodos y definiciones para este cánido doméstico, y hay gran diversidad de ellos; en razas, colores, tamaños…

No obstante, cierto albino de ojos azules no podía ser categorizado aunque lo analizaran con lupa. Lo observaban exteriormente y pensabas en una extraña cruza perro-lobo; pero veías en sus ojos y descubrías algo humano, casi místico, una mirada siempre cambiante, dinámica. Más desconcertante todavía sería el hecho de poder ver en su interior, contemplar esa mezcla de almas: la lupina y la de la mascota. Dejaba sin palabras, no existía en el universo adjetivo capaz de calificar ese fuero interno tan engañoso… Era sólo eso, sólo lo que podías mirar sin comprender. Era eso…sin definición ni categoría, sin estrato… era únicamente lo que los ojos de tu alma alcanzaban a vislumbrar, porque si acaso alguien te llegara a preguntar "¿Qué ves?", no podrías más que seguir observando y luego responder: "Eso".

.-.

It ya le había sido fiel a Natura, cumplió con estar cerca de Ada y ayudarle a encontrar al humano Billy. Ahora le correspondía a ella que la empresa cumpliera su prepósito; si ambos volvían a verse, no era relevante, pero tampoco improbable.

El albino camina rumbo a donde sus sentidos le hacían mover las patas. Buscaba a una persona, buscaba reanudar la misión de proteger a quien siempre debió cuidar: Leon. No porque ya estaba en paz con Natura significaba que se marcharía de la maldita ciudad y olvidaría al rubio. Aún tenía un deber con él; cuestión de lealtad.

La ligera llovizna le mantenía empapado y frío, sin embargo, It no le temía a los elementos. Ellos era brazos de Natura no le dañarían. Un ligero resfriado canino, quizá, sería la única consecuencia. Lo cual era una nimiedad comparadas con el riesgo de ser mordido y descuartizado por los zombies.

Por ellos, el perro-lobo avanzaba con cautela anticipando el peligro de los muertos vivientes. Eso se lo dejaba su olfato, su bien entrenado y agudo olfato que encontraba el olor de los zombies a una distancia muy aceptable tomando en cuenta el clima. Por supuesto que de vez en cuando tenía encuentros demasiado cercanos con los muertos; gajes del oficio. Pero valía la pena, porque terminaría al lado de Leon. Lo vería, sabría que estaba sano y en una pieza y todo sería mejor, todo iba a mejorar.

En la oscuridad, los ojos de It brillaban desafiantes. Caminaba con clama, sin prisa. Avanzaba por calles anchas, grandes avenidas donde resultara difícil encajonarlo. No arrastraba la pata, iba en silencio con sus sentidos alertas.

"Todo mejorará".

¡Al demonio! ¡Se había repetido eso las últimas tres cuadras! ¿Por qué? It no era emperador del optimismo. ¿Se trataba de un presagio, negación, ironías de la vida, falsa esperanza? ¿Era algo subconsciente? ¿Qué era?

"Todo mejorará".

¿Certidumbre, incertidumbre, ingenuidad, seguridad, la punta de iceberg?

"Todo mejorará".

"¡Deja de decirlo!"

"Pero así será".

"No predices el futuro, solo es lo que quieres que pase".

"Lo que queremos… Es lo que ambos queremos".

"Ya lo sé. Ahora entonces calla".

"Todo mejorará".

"¡Basta!"

"No hará daño repetirlo".

"¡Es un truco!… Un truco de perros; como repetir un acto, una posición".

"¿No me creerás?"

Lo malo de jugar varios papeles en la vida es que puedes terminar interpretando más de uno a la vez.

No tiene nada de malo —o loco— hablar contigo mismo, hacer un soliloquio; el problema no es hacerte preguntas…si no respondértelas.

La mente de It guardó silencio. El perro y el lobo habían discutido mas no peleado. La situación le estaba afectando de más y casi rió al darse cuenta de que estuvo a punto de responder su propia pregunta. Ya era hora de reanudar la convivencia con personas que le hicieran plática. Demasiado tiempo con Ada y con zombies lo habían orillado a iniciar una absurda conversación con su propia persona.

Continuó su marcha hacia Leon y olvidó casi toda su charla. Y aún así, le quedó incrustada una duda bajo la piel: ¿En realidad todo mejoraría?

.-.-.-. Estación de policía .-.-.-.

Recargado contra la puerta y respirando de forma agitada, Leon le daba vueltas a la misma cuestión: Encontrar a Steve. Tomó la barra de metal que yacía a su lado para volver a probar suerte y ver si podía abrir completamente la puerta.

— Ya déjala… Está atorada. Es más fácil que piques el suelo para liberarla a que la abras así— le dijo Chris, cansado igualmente de haber echo tantos intentos infructuosos.

— La voy a abrir. Ya verás— respondió el rubio, tajante, fastidiado.

Jill sólo los observaba (hasta donde la oscuridad permitía).

La puerta en cuestión no era la octava maravilla del mundo, no se trataba de una caja fuerte o de la puerta de una bóveda, tampoco era de un grosor exagerado o de un material indestructible — no era adamantium no mucho menos—, pero, a fin de cuentas, era metal y Leon sólo era un ser humano con una barra de acero en sus manos.

Entre él y Chris habían logrado abrir un pequeño resquicio; pero la maldita criatura que dobló la estúpida puerta se las había arreglado para trabarla formidablemente. Leon estaba ya molesto; había logrado entrar en el corazón de un joven remilgoso con un gran historial en intentos de suicidio pero no conseguía destrabar una puerta para, simplemente, hacer lo que la gallina del chiste: cruzar al otro lado.

— Ya descansa un poco— le dijo Jill.

/.-. Leon's POV .-./

No pararía hasta dar con ese muchacho. Por Dios, ¡había prometido cuidarlo! Era mi deber asegurarme de que se encontrara bien y ¿cómo iba a hacerlo si no sabía dónde estaba?

Yo no tenía idea de si el esplendor podía ayudarme o no, no sabía cómo usarlo y no sentía a Steve cerca —aunque tal vez se debiera a mi sosegada desesperación—; iba aflorando en mí poco a poco, lentamente. Al principio la canalicé contra la puerta, pero ésta se negaba a ceder; y cuando Jill me sugirió con amabilidad que debería descansar, no entiendo por qué me enfadé tanto…

— ¡No voy a descansar! ¡No puedo! Tengo que encontrar a Steve.

Quizá mi tono de voz se elevó demasiado; era la frustración de no estar con el muchacho. Me parece que Jill se sintió algo herida con mis gritos, la ofendí y de eso me arrepiento. Sin embargo, no me dijo nada, se quedó en silencio y fue Chris quien salió en su defensa.

— Kennedy, basta. ¿Por qué te obsesiona ese chico? No tenemos ni la seguridad de que esté vivo.

— ¡Tiene que estarlo!… Y lo encontraré.

— ¡No puedes no abrir la puerta!

Solté la barra de metal y encaré a Chris.

— Tú no estás entendiendo… ¡Steve significa mucho para mí! Necesito verlo, saber cómo está.

Es probable que hubiese hablado de más. Inclusive Chris me dirigió una mirada…'rara'. No obstante, eso no era lo grave; ¡estaba discutiendo con mi amigo, con alguien por quien me preocupaba. Si ese era el caso de haber ido ahí, mejor que me marchara a buscar a mi madre.

Y es que era tan desesperante no saber de ella ni de Steve. Sí, me alegraba por Chris y Jill pero no me sentía bien sin ese muchacho melindroso, lo quería demasiado.

— Perdón. Perdónenme ambos. — Me recargué en una pared cercana y me deslicé hasta el piso—. Es sólo que estoy muy preocupado por Steve.

Chris se sentó a mi lado, no me esperaba eso…y tampoco que se mostrara comprensivo.

— No hay problema… ¿Crees que yo no pienso en Claire? ¿Eh? No la he visto, no pude comunicarme con ella y no sé dónde estaba cuando todo esto comenzó. Pero al menos puedo tener un poco de fe en ella y en su suerte; ella tiene mucha suerte, es muy afortunada. ¿Puedes hacer lo mismo por ese pelirrojo…por Steve, confiar en su suerte?... Seguro, ¿no?

No tengo la certeza total, pero…Chris lo que quería era tranquilizarme más que nada; no era cuestión de darme esperanza. Sin embrago, en esos tiempos de caos, cualquier apoyo emocional era bien recibido.

— Por supuesto… Gracias y…discúlpenme.

— No hay cuidado— dijo Jill. Para mi fortuna, ella no era rencorosa.

Y de nuevo el dilema; abrir la puerta.

Yo quería creer en la palabra de Steve. "Te veré pronto" me había dicho, e igual y podía conseguirlo sin ayuda, pero yo no me disponía a esperar de brazos cruzados.

— ¿Abrimos esa puerta o no?

Él suspiró y sonrió. Lo escuché por el silencio de la noche y estoy casi seguro de que vi esa sonrisa de forma inexplicable a través de la oscuridad.

Me puse de pie y luego le di la mano para ayudarle a levantarse —acto innecesario, pero cuando nuestras palmas se estrecharon sentí como si nunca hubiéramos discutido o elevado la voz al otro.

/.-.-.-.-.-.-.-.-.-./

Había algo que Jill admiraba de esos dos: su amistad. Chris a veces podía ser autoritario —mandón— y gritarle a la gente; ella creía que seguro ya se lo había hecho a Leon, suposición sentada sobre que llevaban tiempo de conocerse (y porque acababa de escucharlo); pero como quiera que fuese, su amistad era envidiablemente fuerte. Años enteros de convivencia dejaban sepultada la pequeña discusión de hacía unos minutos. Inclusive eran capaces de sosegar la curiosidad de Chris por indagar más sobre Steve. Quién era el pelirrojo no resultaba relevante ahora.

— ¡Vamos! Sí podemos abrir esta puta puerta. ¡Con fuerza, Leon!

Ya la habían separado unos centímetros más. ¿Cuánto más esfuerzo se requería para otros 15 o 20? La verdad es que no necesitaban abrir la puerta de par en par, sino solamente lo indispensable para que un cuerpo humano promedio pudiera pasar al otro lado.

Chris y Leon hacían palanca al mismo tiempo ayudándose de la barra de metal. Lo habían intentado antes y estaban algo adoloridos de los brazos mas igualmente ponían todo su esfuerzo.

.-.

Unos diez minutos más tarde, veintiocho punto setenta y cinco maravillosos centímetros de distancia entre la puerta y su umbral les tenían a los tres con gran alegría (y cansancio), inclusive a Jill quien también cooperó. Al principio, como buenos caballeros, Leon y Chris se habían negado a que ella ayudara; pero al final Jill insistió y el agotamiento de ellos no les permitía seguir sosteniendo el quédate-sentada-Nosotros-arreglamos-esto.

Cada uno de ellos tomó sus armas (escogidas con antelación) de considerable poder destructivo —léase "para volarle la cabeza a los zombies de un disparo" — y, sobre todo, muchas municiones; no iban a derribar a los zombies pegándoles con la culata del un rifle.

Se preparaban para salir. El plan era sencillo: localizar a Steve, preferentemente, vivo y dentro del edificio. Ya estando todos reunidos seguirían a lo siguiente: a) Salir de la ciudad, b) pedir ayuda o c) buscar a otras personas. Chris y su mejor amigo se iban a inclinar por la opción c, aún no se olvidaban de la "la tía Zahra" ni de "la pequeña Claire".

— Diría que las damas primero— habló Chris—, pero bajo la situación…no puedo.

— Está bien. — Jill le sonrió—. Ve tú primero.

Chris Redfield, hombre de veintinueve años, soltero y sin compromisos, valiente y decidido, se dispuso a atravesar el umbral de la puerta para ir en busca de un muchacho que le resultaba todo un desconocido, y lo hacía sólo por su amigo de la infancia, su amigo de la adolescencia y su amigo de siempre.

"Las cosas que tengo que hacer por ti" pensó sin reproche ni afán de quejarse.

Luego, asomó la cabeza hacia afuera de la habitación, a un pasillo pequeño y oscuro con muchas puertas cerradas: de oficinas, de un baño, de armarios de limpieza… su pie izquierdo salió y se posicionó en territorio desconocido. Estuvo a punto de sacar todo el cuerpo cuando…

— ¿Qué fue eso?... ¿Escucharon?

— Creo que te estás imaginando cosas— opinó Jill—. No oí nada.

Quizás ella tenía razón; el pasillo estaba solo…aparentemente. No había ojos amarillos asechando, todo estaba lóbrego y silencioso. Pero… ¿acaso las sombras se mueven?...

Chris siguió observando desde el umbral y de pronto le pareció ver una figura que se movía lentamente.

— Hay algo ahí— murmuró. Leon y Jill estaban a sus espaldas.

Realmente había algo ahí. Caminaba con torpeza arrastrando los pies en la oscuridad. Sus ojos tristes e idos acosaban el piso y de su garganta emanaban lamentos y quejas desconsolantes.

"Un zombie" pensó Chris a juzgar por el movimiento lánguido de esa sombra.

Tomó la Glock que llevaba consigo. Un disparo certero, sólo eso y tendrían el camino despejado. Apuntó… El arma estaba helada, su cañón salía del cuarto, hacia el pasillo, y la mira se posicionaba sobre lo que daba la impresión de ser la cabeza del presunto zombie.

Chris contuvo la respiración, así igual Leon. El rubio quería escuchar ese algo del pasillo…y lo hizo. En primer lugar pensó en los muertos-vivos justo como había hecho Chris. Los zapatos arrastrándose parsimoniosamente y el típico gemido. Oyó todo son una extraña claridad que se hacía más nítida a cada segundo… El gemido era quedo, incierto y…casi humano. Tenía esa cualidad de quejumbroso que al rubio le parecía tan familiar… Demasiado par su gusto. Y es que no era un gemido cualquiera… ¡era un sollozo!... El llanto de una persona. ¡No se trataba de un zombie!

El dedo índice de Chris comenzó a presionar levemente el gatillo del arma… Iba a disparar.

— ¡Alto! — gritó Leon— ¡Es Steve! — De alguna forma lo sabía. Reconocía sus sollozos, tal vez…o su presencia.

Chris no dudó en bajar el arma ante el grito de su amigo. Confianza ciega. Acto seguido: el rubio olvidó todos sus modales, condescendencia, enseñanzas de su madre, consideración, para con las personas a su lado y se apresuró a salir. Le dio un empujón a Chris sin darse cuenta, pero no importaba porque él le perdonaría. Lo que Leon deseaba era salir de ahí, ver a Steve a los ojos y abrazarlo.

Leon Kennedy atravesó la oscuridad en dirección a la silueta tambaleante de un muchacho que le aceleraba el pulso. No tenía que comprobar que en realidad era Steve, mas al estar lo suficientemente cerca le tomó el rostro entre sus manos. El pelirrojo alzó la mirada al sentir el cálido contacto de otro ser humano; no sonreía, tenía lágrimas en las mejillas, su cuerpo, su rostro y su alma estaban heridos, y aún así sus ojos brillaban y tuvo la fuerza para pecar de soberbia…

— ¿Ya ves? — dijo con un hilo de voz—… Te dije que te vería pronto…— "Lo logre… Llegué hasta aquí…yo solo… Por ti".

Steve cerró los ojos y la última imagen que contempló antes de caer en un reconfortante letargo, fue la cara de Leon. El rubio lo abrazó con fuerza y sintió la humedad de las lágrimas del muchacho y la cálida sangre que de su cuerpo manaba.

¿Quién lo hubiera creído? Tanto drama por un poco de vértigo. Más inverosímil todavía: la manera en que un joven se había negado a perder la vida con tal de volver a ver a alguien. A partir de ahí, Leon tendría que darle más crédito al pelirrojo… Se lo merecía, había encontrado algo a qué sostenerse decididamente. Era un logro, y uno muy grande.

Leon le besaría la frente, buscarían la manera de atender sus heridas y permanecerían ahí esa noche, terminando así el primero de sus días en el averno; no sin antes recibir inesperadamente el arribo de un lobo albino…

Lo típico…

Mañana sería otro día igual de largo, cansado y agobiante.

.-.-.-.

CONTINUARÁ…

.-.-.-.

Notas finales.- Cortito el capítulo, ¿no? Espero sus reviews con ansias y de paso recomienden esta historia para quien guste del yaoi. Después de todo, es un AU, considero que no tiene que saberse mucho de RE para encontrarle el hilo a la historia, y siempre es bueno el incentivo de sus comentarios, mis amados lectores. Motívenme con sus reviews, la historia llegará a su fin en unos capítulos (no demasiado pocos, creo, 'uno nunca sabe', pero ya contemplé cómo acabará).

En este capítulo no quise meterme mucho en la descripción del llamado monstruo de ojos amarillos —o de la cosa que venía persiguiendo a Billy—, pero les voy a compensar. Los próximos dos capítulos se llamarán "Entes" y "Entes II", donde voy a ahondar más en la descripción de cada bicho que se cruce en el camino de Leon y compañía, además de tratar algunos temas/entes más abstractos. Ejemplifíquese, el amor.

Bueno, pero ya no les adelanto más.

Hasta la próxima, mis adorados lectores.

G. Ciryatan.