No estaba muerta, andaba de parranda! (¿?) ok no.

Hoy les traigo esta historia que raya en el romance. Aunque no me guste escribir romance, quede contentísima con éste capítulo. Casi me hago llorar a mí misma :´3

Muchas gracias a los fans de esta historia, los que aún esperan a que suba y a los que leen por primera vez. Una gran disculpa por la demora.

Digamos el disclaimer para ya pasar al capítulo: Hetalia no me pertenece.

Sola. Sola en el olvido. Sola con su espíritu. Sola con su amor, el mar. Sola…

– ¿Dónde estamos Kumakuru?

Dijo Matthew Williams al sentir el suave tacto de su osezno en el rostro. Aquel lo miró con rostro de incógnita y le respondió. – ¿Quién eres?

Canadá suspiró por la pregunta, pero se alegró al saber que Kumajirou estaba bien. Trató de ponerse de pie cuando un repentino mareo le hizo volver a acostarse. Supuso que se había golpeado la cabeza… en algún punto de la noche. Aún mareado, trató de ubicarse. Se sentía hundirse en el terreno, frío pero suave. A sus oídos llegaba el sonido del agua golpear las rocas a lo lejos y le llegaba a la nariz un ligero olor salino. "Estoy en una playa."

La luna salió por detrás de una nube e iluminó el lugar un momento. Matthew no vio a nadie más que a su mascota. Con mucho esfuerzo, se logró poner de pie y empezó a recorrer el lugar con su oso en brazos.

Era una playa desierta a esa hora de la noche, pero aun así era hermosa. Arena fina y blanca con aguas cristalinas, aunque había trozos de madera y metal rasgados flotando en el agua, algunos de ellos semienterrados en la arena. "¿Un naufragio?" Pensó preocupado. – ¿Hay alguien ahí?

No hubo respuesta más que el aullar del mar, sin embargo continuó caminando hasta que, por fin, alcanzó la escollera que dividía el mar. Algunos muelles estaban construidos en sus orillas y albergaban algunos barcos tanto en buen como en mal estado, que se mecían con el oleaje nocturno.

–¡Eh muchacho! – Canadá volteó al oír el ruido. Uno pescadores muy madrugadores lo miraban curiosos. – ¿Estás bien? Pareces perdido.

El muchacho asintió resignado. –Me separe de mis amigos señor. ¿Podría decirme dónde estoy?

–En San Blás hijo. – le contestó el más viejo de ellos mientras señalaba una dirección. – Hay teléfono público por allá, para que puedas comunicarte con ellos.

Volvió a asentir. –le agradezco mucho la información señor. Disculpe, ¿por qué parece como si hubiera habido una tormenta?

–Porque la hubo. Un huracán. –Contesto el anciano. –Cuídate hijo, los escombros y los vientos fuertes no son lo único peligroso que hay en estos muelles.

Sin decir más, los pescadores se dirigieron a una barcaza que estaba cerca. Matthew miró atento y curioso como a aquellos hombres que se disponían a ganarse la vida con las redes. Aún estaba oscuro pero la noche se llenó de ruidos de motores, gritos del capitán y… ¿llanto?

Kumajirou de pronto gruño y salto de sus brazos, mostrando los dientes. Una figura se acercó, caminando lentamente a ellos. Estaba vestida con un traje blanco muy sencillo y un velo largo. Cuando pasó al lado del país, Matthew se dio cuenta de que era una muchacha joven y que tenía lágrimas corriendo su rostro. Una chica sencilla en todo aspecto, pero por alguna extraña razón, el tiempo se detuvo. Fueron segundos los que estuvieron él y ella cerca uno del otro, pero ese tiempo pareció horas en la mente del país. Era completamente consiente de que el la observó sin discreción, de que su respiración se entrecortaba, de que su corazón palpitaba más rápido, pero no pudo evitarlo. Simplemente su juicio estaba nublado, sus ideas no eran claras, sin embargo nunca se había sentido como en ese momento…

Y ella simplemente lo pasó de largo.

"Típico," cruzó por su mente. Aun así no quería irse, no sin liberar a la chica de aquella tristeza que la agobiaba. No quería verla sufrir, pero era demasiado tímido para acercarse por su cuenta. ¿Y si lo rechazaba? O peor, ¿si lo ignoraba como el resto del mundo? "Ojalá Francia estuviera aquí, el sabría qué hacer." Pensó, aunque luego desistió de la idea, sabiendo que su ex-tutor era más popular entre las chicas que él.

Haciendo acopio de todo su valor, la siguió en su trayecto hasta la punta de las escolleras. Su osezno le mordió levemente la costura del pantalón para impedir que fuera, que el chico ignoró y continuó hasta reunirse con ella. La joven se había arrodillado y sollozaba, con el rostro escondido en sus manos. Matthew se detuvo un momento, pero luego se decidió a poner una mano sobre el hombro de la chica, en un intento de consolarla. Ella se sobresaltó.

–Dé-désolé*, no quise asustarla. –Ella lo miró al rostro. Pese a tener los ojos rojos de tanto llorar, sus rasgos eran finos y delicados, de piel blanca, cabello claro y una sonrisa dulce. El canadiense se puso más rojo que un tomate de Antonio.

–No quise preocuparlo señor, –ella volvió a mirar el mar. –Es solo que él prometió volver…

–¿Él? –"Por supuesto", pensó, "una señorita como ella tendría una pareja."

–Mi amado. Dijo que nos casaríamos cuando regresara y lo he esperado ya tanto tiempo…

Ella esperaba a otro. No pudo evitar sentirse celoso, pese que apenas la conocía. ¿Por qué nadie le demostraba tanta devoción? Pero al mismo tiempo, sintió que la entendía. El también esperaba mucho de personas que, muchas veces, lo terminaban decepcionando. Recordó las muchas veces que sus seres queridos lo habían dejado a un lado y le terminaban destrozando el corazón. El dolor era insoportable. No dejaría que ella también sufriera una decepción.

–Uh… miss? –Pensó con cuidado lo que diría. – No quiero ser mensajero de malas noticias, pero tengo entendido que hubo un huracán… ta-tal vez su amado se haya accidentado.

–Tal vez… pero regresará. Lo prometió. –Seguía insistiendo. –Regresará y cuando lo haga nos casaremos inmediatamente. – Canadá volvió a mirar a la chica, era verdad que el traje sencillo que usaba parecía uno de los que usaban las doncellas al casarse.

–So-solo no quiero que su corazón sufra una decepción. – Matthew bajó la mirada y su tono de voz. –Podría no regresar… podría morir.

–No se preocupe señor. – Le vuelve a sonreír. –Él es el capitán más fuerte y valiente de toda la flota. –Dijo orgullosa. –Sobrevivirá a la guerra y, definitivamente, sobrevivirá al huracán. Llegará y me verá esperándolo. Vendrá conmigo y nos casaremos.

Algo se activó en la mente del canadiense. ¿Guerra? Espera, México no había participado en guerras desde… ¿la Segunda Guerra Mundial? No estaba seguro, pero de todas maneras ya era mucho tiempo antes de la participación mexicana en una actividad bélica. Tragó saliva nervioso. –¿Cu-cuantos años lleva esperando miss?

–Toda mi vida…– La voz le había cambiado. Ya no sonaba como la dulce voz de una señorita, si no como la voz madura de una mujer. Echó un rápido vistazo. Su cabello se había secado, como si hubiese pasado años a merced del sol y de la sal marina. Su piel ya se veía reseca y acabada. Sus vestidos ya estaban rasgados. –Pero sé que el regresará…

Volteó a mirarlo y él se alejó un poco, sorprendido. La cara de la mujer ya aparentaba los 40 años, se veía mucho más anciana. Ella lo miró con algo de molestia. –¿Qué sucede? ¿Acaso tú también me crees una loca?

–¡N-no! Es so-solo que…

–¡Anda! Dilo, ¡crees que estoy loca! – Volvió a mirar el horizonte. –Pero cuando regrese mi amado, nos casaremos. Y entonces toda la gente que me dijo loca lo sabrá…

–¿Qué es lo que sabrá? –No pudo evitar preguntar curioso.

–Que el amor verdadero sabe esperar… –Ahora, la mujer ya era una anciana. Encorvada, de pelo canoso y piel arrugada, aún tenía en sus ojos aquella chispa de ilusión y esperanza. –Él vendrá. Él vendrá y nos casaremos.

Solo había una explicación posible en la cabeza del canadiense. Ella era un fantasma. No creía en fantasmas, pero al inicio de la noche fue perseguido por uno de ellos. Solo así pudo terminar en esta playa encantada, con el espíritu de una doncella sumido en el dolor. Aun así no quiso irse. Se quedó en silenció con la anciana, por el mismo motivo que se quedó con la muchacha. No quería que su corazón sufriera una decepción.

De pronto, una idea llegó a su cerebro. Poniéndose a su lado, le susurró –No. Él no vendrá. Él ya está aquí. La está esperando. –Ella lo volteó a ver… de pronto los años parecieron borrársele. Su rostro mostraba a la misma doncella con la que comenzó la noche.

–¿De verdad? – Sonrió.

–Claro. Anda, se le hará tarde para su boda. –Él también sonrió.

Poco a poco, ella comenzó a desaparecer en el aire. Se hizo cada vez más y más transparente hasta que el canadiense no pudo verla más. ¿Será así como él se desaparece de las naciones?

–¡Wow! Por poco te pierdo de vista junto con ella. –Canadá volteó para ver a dos muchachos en ropa playera tras él. Su mascota estaba en el suelo. Al parecer los había guiado hasta él. –Mi nombre es Nayarit, –dijo uno de ellos, para luego señalar al otro,– y él es mi hermano Campeche. Venimos de parte de México.

Matthew asintió y los siguió con Kumajirou en brazos, mientras los guiaban a la casa de María. El viento que sopló revolvió sus cabellos y pudo jurar oír un "gracias" que se perdió entre el ruido del oleaje...

Désolé*: palabra en francés para "lo siento"

Si, lo sé. Campeche y Nayarit no están cerca uno del otro, pero ambos tienen una "leyenda" similar. No es leyenda estrictamente en sí, pero me gusta mucho. De hecho, ya es la segunda vez que uso la canción de "En el muelle de San Blás" en mis escritos. La versión de Campeche se llama "la novia del mar."

Esta historia ya está llegando a su fin y me entristece pero me emociona. Unos 3 capítulos más y si se me ocurre algo, haré un extra pero no creo.

Espero les haya gustado.

Nos seguimos leyendo.