Hola!
Feliz navidad a todas y gracias por sus reviews y por seguir la historia.
Es por eso que hoy les traigo este capitulo que esta de infarto, y eso no es todo, en pro del espiritu navideño hoy subiré no sólo este cap sino otros dos, asi que espero que lo disfruten y felices fiestas!
Lord Cullen se levantó antes del mediodía sintiéndose muy descansado, ya que la noche anterior había ido directamente de Volturi a su casa y no se había quedado jugando, como era su costumbre, hasta altas horas de la madrugada.
Se vistió cuidadosamente y bajó la escalera. Hacía un día soleado y cálido, y afuera, aguardándolo, estaba el mozo con la yegua que había comprado la semana pasada en Tattersall y que no había montado aún. Eso le puso de muy buen humor y partió en dirección al parque con una sonrisa en los labios que dejó sorprendidos a los criados. Carruajes y jinetes se encaminaban hacia Rotten Row. Lord Cullen no se detuvo en ningún momento a saludar y siguió de largo hasta un elegante coche que tenía ya la portezuela abierta. Al llegar hizo una reverencia con el sombrero en la mano para besar la mano enguantada de Madame Victoria.
- No imaginaba que estarías aquí tan temprano – dijo.
Ella le miró con sus enormes ojos radiantes.
- Era la única oportunidad que tenía para verte a solas – murmuró agitada.
- Estás muy hermosa – comentó él.
Era cierto. Lo estaba con su vestido de muselina blanca adornado con cintas azules y su sonrisa acariciadora.
- No me hablaste anoche – e quejó con un mohín de coquetería.
- Tuve que presentar a muchos amigos a mi esposa – repuso el conde.
- Tu esposa... ¡Ah, sí! – dijo Madame Victoria con frialdad – Apenas regresé a Londres supe que era la comidilla de toda la ciudad.
- ¿Lo dices de veras? – preguntó bruscamente lord Cullen, pero la dama continuó hablando:
- La he visto esta mañana; iba demasiado distraída con el caballero que la acompañaba como para reparar en mí.
- ¿Bella está aquí entonces? – preguntó asombrado lord Cullen.
- Hace diez minutos ha pasado por aquí a caballo. Es extraño que no te haya dicho que salía a cabalgar. O quizá tenga buenas razones para mantenerlo en secreto...
Había un tono desagradable en la voz femenina.
- Iré en busca de mi esposa – dijo lord Cullen apresuradamente –.Adiós, milady.
Hizo una reverencia y se puso el sombrero con su elegancia acostumbrada. Pero ahora tenía el ceño adusto y la sonrisa había desaparecido de sus labios. Madame Victoria le miró alejarse. Era sin duda el hombre más apuesto de la ciudad.
Lord Cullen caminó sin detenerse, casi ignorando el saludo de los conocidos que pasaban a su lado, mientras buscaba a una persona en particular. Pasó un rato antes que la encontrara y su atención se fijó, primero en el caballo, un ejemplar gris incomparable que sólo Clearwater podía haberle procurado. Y no había ninguna duda: su acompañante era el conde francés Mike Newton. Él llevaba un buen caballo, que no era suyo, ya que no podía pagarse monturas adecuadas, pero siempre había amigos dispuestos a prestárselas. Era un buen jinete y, en aquel momento, se inclinaba ligeramente hacia Bella .
- Eres un sueño de primavera – le decía a la joven momentos antes.
- Siempre me dices cosas agradables y, aunque no sean ciertas, me gusta oírlas – había sido la respuesta de Bella .
- Ésa no es forma de recibir un cumplido – replicó el conde con una sonrisa.
- Lo sé. Pero nunca he recibido cumplidos, de manera que ahora, cuando me voy a la cama, los recuerdo una por uno.
- Entonces te diré, para que lo recuerdes esta noche, que eres la amazona más Bella y elegante de todo el parque.
Ella rió, y sus dientes destacaron como perlas entre sus labios rojos.
- Me gusta que me digas eso. Sería vergonzoso, con semejante caballo, no saber conducirlo.
- ¡Pero si montas como una diosa! Nunca he visto una mujer como tú.
- Clearwater dice que se nace o no para la silla de montar, en caso contrario, no hay nada que hacer.
- No me interesa la opinión de Clearwater – manifestó el conde Newton – Sólo me interesas tú. Eres una dama muy evasiva. He tratado de atraparte en mi red como a una mariposa, pero te me escapas, me eludes... Es muy excitante, pero al mismo tiempo me produce frustración.
- Dices tonterías, ¿sabes? ¿Qué quieres decir con que has tratado de atraparme?
- ¿Tendré que explicarlo? – le preguntó el conde con dulzura.
Ella bajó la vista.
- No, no – repuso en seguida – Háblame de ti. ¿Echas de menos tu país?
- No echo de menos nada cuando estoy contigo. Quiero escucharte, mirarte... – advirtió el resplandor que había en los ojos de Bella y preguntó – ¿Por qué te agrada tanto lo que te digo?
- Porque aseguras que te gusta mirarme. Nadie me miraba antes, si no era con desagrado.
- No te creo.
- Es verdad. Claro que como mi hermana es tan bonita...
- Pero tú tienes mucho más que belleza – la interrumpió él – Tienes carácter, inteligencia y un cuerpo imposible de describir con palabras. ¿Cómo es posible que nunca te lo hayan dicho?
- Bueno, es una larga historia... Pero te aseguro que nunca lo han hecho.
- Debo entonces compensarte por tal omisión. ¿Te diré lo que representas para mí? ¿Te diré cuáles son las emociones que suscitas en mi corazón cuando te veo?
Había ardor en su voz y Bella bajó los ojos de nuevo. Por ello no vio que lord Cullen se aproximaba y dio un respingo cuando oyó su voz fuerte, clara y autoritaria que decía:
- Buenos días, Bella . Debiste decirme que venías al parque. Pero ahora que estoy aquí, podremos cabalgar juntos.
La joven lo miró y se sonrojó. Él ignoró al francés y Bella se volvió para despedirse. Mike Newton le cogió la mano y se la llevó a los labios. Presionó deliberadamente sus dedos y ella comprendió.
Luego se encontró cabalgando velozmente por el Row, alejándose de las partes más frecuentadas, hacia Kensington. Clearwater iba detrás, hasta que lord Cullen le gritó por encima del hombro:
- Yo acompañaré a milady, Clearwater.
- Muy bien, señor – dijo el sirviente y se alejó con su caballo. Por un momento, la atención de lord Cullen se centro en éste, que era un animal extraordinario.
- ¿Cómo lo conseguiste? – preguntó y su voz ya no era tan fría como unos momentos antes.
- ¿Cómo conseguí a Clearwater? – inquirió Bella aliviada – Muchos me lo preguntan. Es amigo Garret, como te dije, y quería hacerme un favor.
- Es difícil creer que una persona del calibre de Clearwater cambie su situación por razones tan personales – comentó lord Cullen con sequedad.
Bella rió.
- Casi me puse de rodillas para rogarle que viniese conmigo – confesó – El señor Withlock me dijo que sólo Clearwater podía ayudarme a conseguir lo que quería.
- ¿Y qué era?
- Una cuadra tan buena o mejor que la tuya.
- ¿Por qué se te ocurrió eso?
- Siempre lo he deseado, pero nunca tuve oportunidad de hacerlo. Y cuando llegué a Londres y comprendí que nunca sería tan bella como Rosalie... o como otras mujeres, supe que tenía que hacer algo que ellas no hiciesen.
- Eres una muchacha extraordinaria – exclamó lord Cullen.
Bella no respondió y él recordó que debía hablarle de otra cuestión.
- Escúchame, Bella – comenzó a decir, pero ella hostigó a su caballo y se alejó.
- No lo digas – pidió – Sé que cuando la gente empieza una conversación diciendo «escúchame», voy a oír algo desagradable. Papá siempre iniciaba sus reprimendas con esa palabra y mamá también.
Lord Cullen se vio obligado a apresurarse para situarse a su lado.
- ¡Pero por Dios, Bella ! ¡Tengo que decirte algo!
- Ya sé lo que me vas a decir – replicó ella volviendo la cabeza por encima del hombro – Que no haga esto, que no haga aquello... ¡Las mismas cosas que he escuchado toda mi vida!
Nuevamente hostigó a su caballo y se alejó, obligando a lord Cullen a galopar.
Bella cabalgaba maravillosamente, él tuvo que reconocerlo. Ofrecía una magnífica estampa con su traje de montar de terciopelo verde y su sombrero adornado con un velo transparente.
Al cabo de un kilómetro, el conde pudo ponerse a la par con ella, pero Bella no aminoraba la marcha de su caballo. Él le cogió las riendas y la obligó a detenerse.
- ¡Maldita sea, Bella! – comenzó a decir; pero calló al observar sus ojos y sus mejillas encendidas por la excitación.
- Eso ha sido divertido – dijo Bella casi sin aliento – Tenemos que hacerlo nuevamente, Edward. Y con seguridad te ganaré.
- Espero que no nos hayan visto. No se debe hacer, Bella . No se ve con buenos ojos.
- La gente hablará de todas maneras, así que mejor es darles algún motivo de conversación.
Lord Cullen frunció el ceño e intentó decir algo, pero Bella hizo dar la vuelta a su caballo.
- Regresemos – dijo con voz calmada – y me portaré bien. Pero por favor, no me reprendas; me estropearías la mañana.
- Lo siento, pero debo hablarte sobre el conde Newton. No es buena compañía para ti.
Hubo un momento de silencio y lord Cullen advirtió que Bella había levantado el mentón.
- ¿Y quién lo juzga así? – preguntó la joven.
- Creo que cualquiera estaría de acuerdo conmigo – respondió él gravemente.
- ¿Por ejemplo las señoras del Almack?
- Sin duda – replicó el conde – Newton tiene fama de mujeriego.
- Mi querido Edward, también la tienes tú – replicó Bella y él la miró sin creer lo que oía – ¿Es que no lo sabías? – se sorprendió ella – Debo decirte que muchos indiscretos lo comentan cuando creen que yo no escucho.
- No permitiré, Bella – exclamó él con voz de trueno – que se me compare con el conde Mike Newton. Y has de comprender que, por ser mi esposa, debes abstenerte de pasear con él y no quiero que se le invite a casa.
- ¿Únicamente porque es mujeriego? – preguntó Bella con tono infantil.
- Porque no es una buena compañía para una joven. Cualquiera te diría lo mismo.
- ¿Cualquiera? ¿Madame Victoria por ejemplo?
Lord Cullen se quedó callado un momento y luego respondió:
- Efectivamente, Madame Victoria estaría de acuerdo conmigo.
- Pero si fue ella quien me presentó al conde – dijo Bella dulcemente – la primera noche que aparecí en sociedad en Londres. Madame Heidi me invitó a una recepción y Madame Victoria me lo presentó, diciendo que podría entretenerme con él mientras mi marido estaba fuera.
Hubo un largo silencio, interrumpido sólo por el tintineo de los arneses. Bella había hablado con aparente ingenuidad, pero lord Cullen sospechaba que sabía muy bien lo que decía. Y entonces, antes que pudiera responder o pensar en nada más, vio que ella fustigaba a su caballo y se alejaba a través del campo. Por un momento, no supo a dónde iba; después, en la distancia, vio a un hombre que azotaba a un burro con un largo palo. Se volvió para seguir a Bella , pero dos niñeras que empujaban cochecitos de niños se atravesaron en su camino y, cuando llegó junto a su esposa, ésta ya había desmontado y discutía a gritos con el hombre.
- ¡ No vuelva a tocar a ese animal, si no quiere tener que arrepentirse!
- ¿Y usted hará que me arrepienta? – respondía el hombre con agresividad. Era un tipo robusto, de edad madura, y a todas luces borracho – ¡Calle y váyase de aquí! – vociferó – Éste es mi burro y, si quiero pegarle, nadie me impedirá hacerlo.
- ¡Sí, yo lo impediré! – exclamó Bella – Si vuelve a golpear a ese animal, yo le pegaré a usted – dijo levantando la fusta, al mismo tiempo que el hombre alzaba el palo que tenía en la mano.
Mientras ambos se miraban con ira, se oyó una voz detrás:
- Deténgase inmediatamente. ¡Baje ese palo o será peor para usted!
Bella volvió la cabeza y, aliviada, vio a su marido.
- ¡Oh, Edward! ¡Dile que deje de torturar a ese burro! Mira cómo tiene el lomo y el pescuezo. Está sangrando.
- No lo golpeo por gusto – se excusó el hombre – Es un animal muy rebelde y no quiere hacer lo que le ordeno.
- Es que está muerto de hambre – replicó Bella, acusándolo – Mire cómo se le notan las costillas.
- No lo puedo alimentar bien si apenas gano dinero, ¿verdad? – rugió el hombre.
- Está demasiado viejo y enfermo; ni siquiera puede llevar un niño encima, ¿no se da cuenta? – exclamó Bella .
- Me gano la vida con él – respondió el hombre mirando al conde.
Bella también miró a su esposo con ojos implorantes.
- Por favor, Edward... – murmuró.
Lord Cullen sacó una guinea de su bolsillo y la tiró al suelo con gesto malhumorado.
- Ahí tiene: Tómela y agradezca que no le doy el castigo que merece.
El hombre se inclinó, cogió la guinea y se alejó sin decir nada.
Bella acarició el burro, el cual pareció advertir que algo insólito había ocurrido en su vida y se quedó inmóvil, aceptando aquella caricia como un regalo del cielo.
- ¿Y ahora qué haremos? – preguntó lord Cullen casi riendo.
- ¿Qué quieres decir?
- ¿Cómo piensas llevar tu última adquisición? ¿Lo llevamos a casa o lo paseamos por el Row? Tal vez instauremos una nueva moda. Bella se llevó una mano a los labios.
- ¡Oh, no había pensado en eso! – dijo –¿Dónde lo pondremos?
- Es tu problema. Creo que Clearwater no te agradecerá la nueva adquisición.
Bella soltó una carcajada.
- ¿Te imaginas su cara? – dijo y lord Cullen no pudo contener la risa.
- Creo que, después de todo, apreciará tu elección – respondió mientras Bella miraba preocupada al burro.
- No podemos dejarlo aquí. Ese hombre podría regresar y golpearlo nuevamente.
- ¿Qué sugieres?
- ¡Oh, no sé...! Por favor, Edward, piensa tú alguna solución.
Él miró a su alrededor y divisó a un grupo de niños que observaba la escena. El mayor tendría unos doce años y parecía sensato.
- Ven aquí – le dijo.
El chiquillo escuchó atentamente mientras lord Cullen le preguntaba:
- ¿Conoces el camino a la plaza Berkeley ?
- Sí, señor.
- ¿Y los establos que hay detrás?
- Creo que sí, señor.
- Pues bien. Lleva este burro allí. Pregunta por los establos de lord Cullen y te darán unas monedas si lo llevas antes de una hora.
- Lo haré dijo el niño con los ojos brillantes.
- Pero no te apresures. Ve despacio, porque es viejo y está enfermo – le recomendó Bella .
- Tendré cuidado, señora – prometió el chico, acariciando al animal.
- Si eres bueno con él – dijo Bella – hará lo que quieras, pero no lo hostigues. Está asustado, y un animal asustado se defiende como todo el mundo.
- Lo llevaré donde me han dicho – aseguró el chiquillo – Lord Cullen es el nombre, ¿verdad?
- Efectivamente. Y gracias.
El chico se alejó lentamente con el burro y Bella se volvió hacia lord Cullen para darle las gracias también a él. Poco después, ambos cabalgaban hacia Rotten Row.
El carruaje de Madame Victoria estaba donde lord Cullen lo había visto antes. Habrían pasado de largo si ella no los hubiese llamado.
- Así que has encontrado a tu esposa, Edward – dijo con una sonrisa y volviéndose hacia Bella comentó – Le comentaba hace un rato a tu marido que te has convertido en el tema de conversación de toda la ciudad.
- Es un cumplido por su parte, milady – respondió Bella – Pero en realidad, en todos los sitios adonde voy, la gente habla de usted.
Las palabras eran inocentes, pero había algo en la mirada directa de Bella que hizo contener el aliento a Madame Victoria. No obstante, dijo con dulzura:
- Me alegra que Edward te haya encontrado, querida. Le he dicho que ya tenías compañía, pero como buen marido, ha ido en tu busca.
- No sólo me ha encontrado – repuso Lucinda – sino que me ha hecho el mejor regalo del mundo. El que yo deseaba.
- ¿De verdad? – la mirada de Madame Victoria era glacial – Edward es siempre muy generoso, ¿no es cierto?
- Creo que mi caballo está algo inquieto – comentó Bella con falsa amabilidad –. Qué inteligente por su parte, milady, hacer un ejercicio más tranquilo y menos agotador. Pero supongo que también usted cabalgaría a mi edad – añadió y, sin esperar respuesta, se alejó seguida por lord Cullen.
La joven apresuró el paso de su cabalgadura y no hubo posibilidad de conversar durante el trayecto hasta la plaza Berkeley. Al llegar, ella se dirigió en seguida a los establos para advertir a Clearwater sobre su nueva adquisición.
- Dime qué has hecho para cambiar tanto – pidió Jacob Black a Bella . Antes de responder, ella miró de soslayo para ver si alguien los escuchaba.
Había una docena de personas, las cuales habían sido invitadas a última hora a tomar unas copas antes que todos asistieran a una recepción en la mansión Devonshire.
Sólo dos mujeres estaban presentes aparte de Bella , ambas acompañadas por sus maridos respectivos. Los demás eran amigos solteros de lord Cullen y el coronel. Este insistió:
- Puedes engañar a los demás, pero a mí no. Te vi el día de tu boda y juro que me fue casi imposible reconocerte en el parque.
- ¿Es tanta la diferencia? – preguntó Bella .
- Sabes muy bien que sí. ¡Vamos, dime quién te tocó con su varita mágica!
- En realidad, todo te lo debo a ti.
- ¿A mí? – se sorprendió.
- Sí – afirmó ella y se alejó un momento para preguntar a una de las damas si quería más café. Black la miró moverse por la habitación con su vestido de gasa transparente color cereza, que dejaba adivinar su magnífica figura y la blancura de su piel. Cuando la joven volvió a su lado, le dijo:
- Me parece un sueño. Cuando recuerdo tu carita, tu cabellera suelta y despeinada y aquel vestido de boda sucio...
- No lo he olvidado – declaró Bella – Y a veces, de noche, cuando me levanto de la cama y enciendo la vela, me veo en el espejo y me parece estar soñando.
- Pero eres real. Dime, ¿cómo lo has hecho?
- Fue madame Brandon – contestó Bella – ¡Oh, Jake, no te imaginas lo que fueron los primeros días! No me dejaba salir de esa pequeña habitación suya. Me hizo montones de pruebas y los alfileres parecían clavarse en mi carne como si me torturasen. Luego llamó a una colega suya, que me puso en la cara una loción extraordinaria. Me blanqueó toda la piel, que tenía tostada por el sol. Pasé un rato muy desagradable, pero cuando me la limpió, la piel me quedó como la ves ahora.
- ¿No sabías que tenías esa piel? – preguntó Jacob – Es como los pétalos de una camelia. Nunca había visto nada parecido.
- No tenía idea – repuso Bella – Siempre andaba al aire libre sin sombrero, aunque mamá trataba de obligarme a ponérmelo. Y usaba los vestidos de Rosalie que es rubia, de manera que, por lo general, eran blancos y de colores claros. Madame Brandon dice que me hacían parecer demasiado pálida y por eso ahora me visto con colores vivos.
- ¿Sabes que has creado una nueva moda? Todas las mujeres de Londres andan tiñendo sus muselinas.
- Lo he oído y me divierte.
- ¡Eres una maravilla! – exclamó Jacob.
- Y todo te lo debo a ti. Me gustaría abrazarte.
- ¡Por Dios, no lo hagas! – se apresuró a decir el coronel – Piensa en el escándalo. ¡Y Edward me mataría!
- Estás a salvo, Jake, no te preocupes. Hablaba en sentido figurado.
- La verdad es que me siento orgulloso de ti. Cuando te trajimos a Londres eras una criatura insignificante... y esta noche serás la reina de la fiesta.
- No olvides que la amada de mi marido estará allí – replicó ella haciendo una mueca.
- ¡Por Dios, Bella ...! —se escandalizó Black.
Pero la joven se alejaba ya y él la oyó reírse al escuchar el comentario de uno de sus invitados.
Había una inusitada cantidad de gente en la mansión Devonshire. Las magníficas estancias dispuestas para la recepción parecían insuficientes para albergar a la muchedumbre que llenaba la escalera. Había cientos de velas encendidas y numerosos lacayos vestidos de terciopelo llevaban bandejas de oro llenas de copas de champán.
El rostro malhumorado del duque contrastaba con la sonrisa encantadora de la duquesa. La invitación de ésta era la más apreciada de la estación.
Madame Victoria, vestida con un traje bordado con nomeolvides, era una de las mujeres más bellas de la fiesta; pero los observadores decidieron que el vestido más extraordinario era el que llevaba la condesa de Cullen.
El vestido transparente de gasa color cereza era el más original de todos los que se movían al compás de la música, y la diadema de diamantes de los Cullen, con sus piedras en forma de pera, realzada por el collar a juego, tenía pocos rivales entre las relucientes joyas de las otras damas
No era sólo el color del vestido de Bella, sino su forma de llevarlo y la perfección de su figura lo que atraía a los caballeros.
- No es exactamente hermosa – comentó un anciano a otro – pero tiene algo que le hace desear a uno mirarla dos veces.
- ¡Por Dios, qué mujer tan atractiva! – exclamó otro – Tiene la mirada asombrada de un niño en una fiesta.
Tal vez la verdadera razón por la que Bella llamaba la atención de todos era
su inocencia. Algo que hacía que las demás mujeres parecieran viejas y cansadas cuando su figura menuda, y a la vez tan atractiva, pasaba junto a ellas.
A medianoche, lord Cullen advirtió que hacía rato que no veía a su esposa. Había acompañado a Madame Victoria al bufé y, cuando volvieron al salón de baile, no había rastro de Bella . Vio a Jacob Black hablando con alguien y cruzó la estancia en dirección a el.
- ¿Has visto a Bella? – le preguntó fingiendo indiferencia.
- Hace una hora o más que no la veo – respondió Jacob – Creí que estabas con ella.
- He ido a cenar.
- Y seguro que has dejado que Bella se muera de hambre – comentó Jacob con ligera burla. Su amigo pareció avergonzado.
- He visto a lady Cullen hace unos veinte minutos – dijo el hombre que había estado hablando con Jacob.
- ¿Dónde se encontraba? —preguntó el conde.
- Iba al piso de arriba. Ese francés, Newton, la acompañaba. Le he oído decir que quería mostrarle unos cuadros.
Lord Cullen apretó las mandíbulas con fuerza y, sin decir una palabra, se alejó hacia la escalera.
- Esa pequeña idiota... – murmuró para sí. Bella debía de saber que cuando un hombre de la reputación Newton le pedía que lo acompañase a ver unos cuadros, la proposición real era muy diferente.
¿Cómo podía ser tan estúpida, y tan poco elegante, como para abandonar el salón de baile en compañía de un hombre con semejante fama? Mas en seguida recordó que no conocía bien las normas sociales y que Jacob tenía razón: él no debía haberse marchado a cenar sin asegurarse de que su esposa estuviera bien acompañada.
Varias habitaciones daban al corredor. Entró en la primera, que era un estudio repleto de libros, y vio a un hombre y a una mujer conversando. Recorrió sin éxito dos habitaciones más, e iba a entrar en la cuarta, cuando de pronto vio salir a Bella por una de las puertas.
Se disponía a llamarla cuando ella se volvió, puso una llave en la cerradura y la hizo girar. Luego, mirando a su alrededor, caminó rápidamente hacia donde estaba él, que se quedó quieto, asombrado ante su comportamiento. Cuando Bella se le acercó, advirtió que estaba muy pálida y había una expresión de pánico en sus ojos.
- ¡Edward! – Fue un grito de alivio que surgió de lo más profundo de su ser – ¡Oh, Edward! ¡Gracias a Dios que te encuentro! Iba en tu busca.
- ¿Por qué? – preguntó él, alarmado – ¿Qué hacías aquí?
Bella miró a su alrededor y repuso en voz baja:
- Tenía que encontrarte porque... porque he matado a un hombre.
