Punto de vista de Nicholas Wilde
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-Toda hembra necesita de una bestia –me relamí los labios, liberando mi prominente erección ante una asustadiza coneja.
-Nick…–retrocedió lentamente, apoyándose con sus codos.
-Sigues creyendo que soy un maldito salvaje –apoyé las manos sobre la cama y en un ágil movimiento sujeté su tobillo y la atraje hacia mí; me molestó su repentina acción, ¿se arrepentía?-. No soy tan desgraciado para tomarte por la fuerza.
-Tengo miedo…–tuve que combatir la ira que me inundaba. Sus palabras eran duras, sí, pero pensar en la probabilidad de que me amaba en verdad, me traía alegría y sobretodo, esperanza. Lamentablemente la vida siempre es incompleta, y la felicidad es para imbéciles que solo viven soñando y yo, no puedo tener ese privilegio.
-Si tan grande es tu temor, lárgate –me tragué la ira e intenté controlarme; sobre todo por el verdadero sentimiento que le tengo.
-¿Qué? –me miró, confundida-. Yo…
-No necesito una explicación –le grité, y supe inmediatamente que la había intimidado con tan solo ver su semblante.
-Soy virgen…–susurró, llevando una mano a mis cabellos, como si con su caricia ella buscara tranquilizarme-. Sé tierno conmigo…
Agaché la mirada, ya que ni siquiera era capaz de verle a los ojos; había malinterpretado sus palabras, poniéndome a la defensiva. Hasta que una punzada fuerte en mi pecho me hizo entender la gravedad de la situación. Su olor siempre me advirtió de su virginidad, pero ella nunca pensó que las consecuencias serían terribles.
Eres el pecado más delicioso que he tenido…–respiré profundamente y apreté mis puños, dominando mis emociones.
-No te merezco –intenté cubrirla con las sábanas, pero me detuvo-. Judy, te haré daño, ¿eso quieres?
-Confío en ti…–volvió a separar sus piernas exponiendo su castidad, provocando en mí que lo pelillos de la nuca se ericen, paralizando mi corazón por una milésima de segundo.
-Soy una maldita fiera –gruñí tan fuerte que dejé expuesta mi filosa dentadura, buscando atemorizarla, justo cuando me arrojaba sobre ella-. Y no me voy a controlar, así llores –amenacé, rabioso por la terquedad de la coneja.
-Te… Amo, Nick –ignoró totalmente el gesto de mi rostro y sin miedo posó sus carnosos labios sobre mi boca, en un dulce y amoroso roce; luego se apartó, acomodándose bajo mi torso mientras esperaba una contestación.
Me había retenido por mucho tiempo y el sentimiento me estaba carcomiendo por dentro; era peor que haber cometido un delito, ya que mi sensatez no me dejaba en paz, y esta era una excelente oportunidad para desahogarme. No podía seguir callando ni mucho menos, evadirlo y mentirme a mí mismo.
-Te amo, Judy –hablé claro, fuerte y preciso.
Su expresión se iluminó, regalándome una hermosa sonrisa mientras sus mejillas se tornaban de un color carmín, así como sus labios se iluminaban, volviéndose apetitosos. Con cuidado junté nuestras bocas, porque al tener dientes filosos, no sabía cómo ella iba a reaccionar, pero grata fue mi sorpresa al tener una persistente coneja que se abría paso, entregando su lengua al vaivén de la mía, logrando que poco a poco el beso vaya subiendo la intensidad, hasta que un descuido mío terminó por herir levemente su labio inferior.
Ver el rostro de aflicción a quien le profesé mi amor, me alertó.
-Lo siento… Nunca he besado –sonrío con vergüenza, restándole gravedad al asunto.
-Tampoco creo que los conejos tengan colmillos –reí ante su inocencia.
Intentó tapar la pequeña herida que le había originado, pero no se lo permití; alejé su mano, haciéndola a un lado, percatándome de la gota de sangre que florecía. Me sentí tentando y besé en la comisura de sus labios; después recorrí su labio inferior con la lengua hasta la creciente huella roja, apreciando con detenimiento el sabor de su sangre.
-Exquisita –me saboreé con tanto deleite que creí por un momento que no me contendría. Su aroma se alzó, envolviéndome; ella me estaba obsesionando-. Hueles a puro amor…
Pasó suavemente sus manos por sus senos, estimulándolos, pellizcando sus pezones sin romper el contacto visual; buscaba excitarme aún más. Deslizó sus manos por su vientre y contorneó sus caderas, levantando lentamente su pelvis con el fin de dirigir una mano a su vulva y separar con sus dedos los labios vaginales.
-Déjame sentirte –musitó débilmente. Era imposible lidiar con mis instintos, al tenerla de una forma tan sugerente frente a mis ojos, pero a la vez tan vulnerable.
Al llegar a la maduración sexual en mi adolescencia, comprendí que todos los depredadores en el momento del coito retoman su espíritu salvaje, donde nuestra agresión se impera, nublando nuestra mente.
-No hay vuelta atrás –le recordé.
La excitación se apoderó de mis sentidos, entrando a una fase decadente. Ahora solo quería satisfacer mi cuerpo.
-Nick, por favor…–apenas habló justo cuando agarraba ambas muñecas con una mano, sujetándolas con dureza por encima de su cabeza, contra la cama.
-Shh –siseé. Nada me detendría. Ella lo buscó.
Con la otra mano jugueteaba con ambos senos, amasándolos y apretándolos sin evitar controlar la tosquedad de mi reacción, provocando que su piel se enrojeciera, por lo que no frené el impulso por lamer cada uno de sus pezones, con ansias que desequilibraban mi juicio, pues, la coneja era más que exquisita; presuroso atrapé con mis labios la primera puntita sonrosada que se erguía con cada respiración de la peligris, succionando con anhelo hasta percibir en mi paladar una secreción dulzona, incitando a estrujar aquel seno con rudeza como si buscará obtener algún elixir que me lleve a la gloria.
-Mhp…–soltó suspiros satisfactorios.
Continúe saboreando su carne, preguntándome por qué todo de ella es tan apetecible; su aroma, su pálida piel, sus fluidos vaginales y desde la primera vez que la probé, sus senos. Su cuerpo fue destinado a ser mío, ella es perfecta para mí.
Embelesado por tan suculenta coneja, liberé sus pezones y marqué sus pechos, succionando con fuerza la ya enrojecida piel hasta causarle pequeños hematomas. Luego, con mi lengua tracé una línea divisora entre sus senos, descendiendo hasta su vientre entretanto le llenaba de más moretones, decorando su blanquecino torso.
-Ahora entiendo porqué eras parte de mi dieta –alcé mi mirada, observando como cambiaba la fina facción de su rostro: de placer a preocupación.
-No serías capaz…–titubeo con inocencia. Tampoco soy tan prehistórico; admito que siempre será divertido confundir a Judy.
-Quizá sea bueno revivir viejos tiempos –sonreí con malicia al presenciar cómo se desesperaba por soltarse; apreté sus muñecas al momento que me acercaba, y con la mano libre abrir una de sus piernas para acomodarme muy cerca de su pegajosa entrepierna.
-¿Qué? –se estremeció al sentir el contacto de mi vibrante erección.
-Estoy justificando mi gusto por una coneja.
Levanté mi pelvis e inicie el suave roce contra sus labios vaginales, observando detalladamente mi prominencia, calculando si podría soportar mi tamaño y grosor, confirmando a la vez lo pequeña que es a mi lado.
Seguramente ante tales motivos las especies no rompen las reglas de emparejamiento, a pesar de tener cuerpos anatómicamente iguales; el simple detalle de poseer caracteres en nuestro ADN, nos agrupa por determinadas cualidades, condiciones y ciertos criterios de clasificación, para no alterar el linaje y la posibilidad de engendrar descendencia.
Serás mía así la sociedad nos cuestione –dejé atrás aquellos pensamientos que me atormentaban.
-Hoy jugaremos al depredador y su presa.
-Cómeme –me lanzó una mirada coqueta, comenzando a mover su pelvis para tener aún más contacto, intensificando la fricción entre nuestros hambrientos y húmedos sexos.
Durante la excitación sexual sentí una terrible pesadez, perdiendo la prudencia de mis actos conforme los segundos transcurrían; a pesar de haber retenido la avidez de mis movimientos, ya no podía seguir controlándome-. No me odies por esto…–jadeé, percatándome del fluido preseminal que coronaba la punta de mi glande, demostrando la disponibilidad de mi cuerpo y la urgencia por desfogar.
La peligris no comprendió mis palabras, puesto que su rostro mostró confusión.
No obstante, sin dejar de frotarme contra ella, sujeté su cadera y raudamente empujé el glande en su pequeña entrada, forzando el paso de mi eminente miembro el cual no logró profanarla al ser tan angosta; a pesar de mis esfuerzos por tomarla con amor, me venció mis instintos, ignorando la desesperada reacción de la coneja por apartarse de mí.
Respiré con pesadez y nuevamente impulsé mi erección hasta penetrarla de una sola estocada, abarcando así su abrumadora estrechez en su totalidad
-Ah-h-h…–soltó un grito ahogado en su garganta, arqueando la espalda.
Me removí en su interior sin despegarme ni un milímetro, mientras dominaba las infinitas ganas por seguir profanándola frente a la terrible sensación de sus ardientes entrañas que envolvían mi masculinidad.
-D-duele –sollozó débilmente, derramando unas gotitas saladas por sus sonrojadas mejillas a causa de mi violenta penetración.
-Ya no eres virgen –le declaré lo evidente-. Ahora me perteneces.
Me deslicé con incomodidad fuera de su apretada intimidad para empezar con el vaivén de las embestidas, controlando mis movimientos con penuria, sin embargo, no tardé mucho en volver a ser un despiadado con el grácil cuerpo de la coneja, mí coneja.
-Ah… Ah-h –apenas gemía; su rostro mostraba una combinación de dolor y gozo. En ese momento sentía el esfuerzo de ella por entregarse con sumisión.
Proseguí enfatizando las duras estocadas, una tras otra, al tiempo que me acercaba a la altura de su cara, impaciente por volver a tener su deliciosa boca. Sujeté su mandíbula y junté nuestros labios en un íntimo beso, abriendo paso a nuestras necesitadas lenguas y disfrutando de la ansiedad de la coneja por no dejar de besarme ya que, le había perdido el miedo a mis colmillos; permitiendo así que ambos gocemos de la fogosa pasión.
-Que bien te acostumbras –murmuré, separando nuestras bocas, unidas solo por un hilo de saliva.
-Eres mío –susurró; luego atrapó mi labio inferior con sus grandes dientes delanteros, muy particular en su especie, dándole un toque de candidez. Mordisqueo mi carne con sumo encanto, al ritmo de cada arremetida.
Una última estocada y me separé de ella, saliendo de su interior; la acomodé boca abajo, con el trasero levantado y las piernas separadas, retenidas por las mías. Todavía sin liberar sus muñecas, pues tenerla tan dócil, me excitaba.
-Me tienes obsesionado –estrellé la palma de mi mano sobre una de sus regordetas nalgas, repitiendo el azote unas cuatro veces más hasta detenerme a morder fuertemente su esponjosa colita.
-Uhm...–se quejó levemente.
Me incorporé sujetándole del muslo, para abrir sus ya rojas nalgas y así tener a mi disposición su caliente intimidad para mi palpitante erección. Inclinándome hacia delante logré rozar sus labios vaginales hasta impulsarme con brutalidad, acaparando nuevamente sus entrañas; esta vez sintiendo como se amoldaba a mi dura prominencia.
-Ahhh –gimió, tirando el cuello hacia atrás.
Ante la sensación de júbilo por penetrar su virginal cuerpo y tentado a seguir degustando de su piel, abrí mi boca y le incrusté una fuerte mordida en la curvatura de su cuello y hombro, sin embargo, al no medir la fuerza de mi mandíbula, mis colmillos se hundieron ligeramente en su palidez.
-¡Nick! –se agitó, intentando alejarse de mí.
Ofuscado por el movimiento de su cuerpo, apreté su cintura y le clavé las uñas, atrayéndola aún más con cada dura embestida con el propósito de acelerar mi eyaculación.
Sus jadeos se alzaron y lo recibí gustoso, confundiendo mi subconsciente al tenerla tan dispuesta, llenándome de frenesí el saber que esperaba más de mis perversas caricias. Forcé su cuerpo a una penetración profunda, al segundo que rasguñaba su espalda baja y nalgas en un intento de sujetarla; mi fuerza interior actuaba por sí sola. Sentí como mi sangre corría a gran velocidad por mis venas, con adrenalina.
Llevé una mano hasta su clítoris y lo masajeé, apretándolo como si fuese un botón.
-Nick...–alargó mi nombre con debilidad-. Detente…
Apretó su interior, ajustando mi masculinidad y dejándose vencer, empapando mi mano de su orgasmo; al tenerme aprisionado me incitó a seguirla, por lo que, dando una última empotrada, mi erección vibró y derramó todo el semen en sus entrañas.
-Argh...–gruñí pesadamente, liberándola de mi mordida.
Al cabo de unos minutos, recobré la noción y me levanté ligeramente, sin cortar la unión. Al observar aquellas marcas que adornaban su silueta, me espanté-. Me he excedido…
Lamí cada rasguño, cada hematoma y ascendí hasta su hombro para limpiar la pizca de sangre producto de mi mordida.
-Ahm-m…–se quejó levemente, retorciéndose bajo mi cuerpo y removiendo débilmente sus muñecas de mi agarre. Al soltarla, me fijé en el rastro que dejó mi mano.
-¿Me odias? –tragué saliva, colmando mi corazón de culpa.
-Te amo –suspiró con una pequeña sonrisa en sus labios.
Lentamente y con sumo cuidado dejé su interior. Todo en ella es frágil, y lo había constatada al verla con numerosas huellas sobre su piel. Nunca pensé que podría llegar a lastimarla, mucho menos en la cama, verificando así, una vez más, lo diferente que somos y a pesar de correr el riesgo, ella seguía conmigo.
-Judy, jamás dejaré de amarte –le aclaré.
Me aparté de su lado, pero al dejar la cama noté una mancha de sangre; muestra clara de lo acontecido y la pérdida de su pureza. Ella seguía echada, de costado, tranquilizando su respiración del cansancio, mientras poco a poco era vencida por el sueño.
En silencio y con prudencia para no despertarla, retiré aquella sábana que fue testigo clave del amor que ambos nos profesamos con absoluto desenfreno. Cuanto alborozo llenaba mi cuerpo que era imposible expresarlo sin exaltar a mi coneja, por consiguiente, calmé mi entusiasmo, pues ya lo disfrutaríamos juntos.
Tal vez no he sido una buena influencia en mi pasado, pero desde que Judy entró a mi vida, logró cambiarme y por ende aspiré a ser un mejor zorro, a pesar de mis bajos instintos. Por ella, por el puro amor que me entregó, yo le corresponderé, para siempre.
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Palabras del autor:
Ojalá hayan sido consientes de la advertencia, por lo explícito de este capítulo.
Disfruto narrando los hechos para que encarnen la vivencia de los personajes, por ello estoy contenta por la gran acogida que recibo semana tras semana. Gracias por su lealtad. Las vistas, sus favoritos y comentarios, me enaltecen.
Siguiente capítulo: AVENTURA PELIGROSA (+18)
