7. Después del Capodanno
La notte di Capodanno fue la primera vez que Ludwig extrañó a Feliciano. Gilbert, Antonio y Francis decidieron celebrar en alguna macrofiesta la entrada del nuevo año. El rubio, con una taza de chocolate que Antonio había preparado el día anterior, contemplaba desde al altana de su apartamento el Campanile, anunciando sin parar la hora con sus campanadas, a pesar de los días de fiesta. El frío calaba los huesos, pero Ludwig quiso robar una mirada de la ciudad en pleno jolgorio. Pasada la medianoche, había visto fuegos artificiales procedentes de Lido y había tomado algunas cervezas con los demás. Algunas imágenes de los últimos días se repitieron con exactitud en su memoria.
El vuelo a Alemania despegaba en tres días, y allí estaría él despidiendo a Gilbert y los demás. Había hecho una llamada internacional desde su teléfono solo para desear un buen año a su primo Roderich y agradecerle que estuviera cuidando a sus canes. El austriaco lo estaba pasando muy bien y Ludwig pensó que era demasiado amable. De pequeño, Roderich siempre fue un niño muy llorón y bastante escrupuloso, y Gilbert se mofaba de él en cuanto tenía oportunidad. Ni después de la adultez habían podido tolerarse. La relación con Ludwig era más calmada. Ambos podían leer juntos, y relajarse con actividades culturales, por lo que siempre se comprendieron, de algún modo.
Se quitó la bufanda mientras bajaba, dejó la taza, ya vacía, sobre la pila de la cocina y se dispuso a descansar. En pijama y zapatillas, lavó sus dientes y se puso a leer un libro muy interesante que había cogido en la biblioteca. El libro hablaba sobre conspiraciones ocultas entre gobiernos y chantajes políticos. Una suerte que tuvieran una joya así en su idioma. En italiano nunca podría haberlo entendido.
Aunque la fiesta seguía en Venecia y los ruidos en la calle no acabarían hasta el amanecer, a Ludwig no le costó conciliar el sueño. Durmió con el libro entre los brazos.
La sorpresa fue mayúscula al encontrar su salón dominado por tres borrachos durmiendo la mona, sus miembros revueltos entre ellos, roncando sonoramente (ah, ese era Gilbert) y completamente desnudos. Eso sí, tapados por la manta.
Ludwig se planteó, por un momento, arrojarles un cubo de agua; pero eso mancharía su sofá, su salón y dudaba mucho que esos tres estuvieran por la labor de limpiar y recoger. Sin embargo, en la mesa había un rotulador permanente… una idea malévola cruzó su mente.
Había pensado que eso les enseñaría a pensarse las cosas dos veces, pero cuando los tres fenómenos se miraron sus caras para encontrar un mensaje escrito sobre sus frentes y escuchó sus risas, supo que quizá lo del cubo de agua hubiera sido mucho mejor. El más molesto fue Francis, que mandó a Antonio a comprar toallitas para bebés porque se negó a echarse alcohol para disolver la tinta, porque él cuidaba mucho su piel. Cuando, finalmente, el mensaje de "soy irresponsable" desapareció de sus frentes, los tuvimos de mejor humor para su regreso a Alemania.
Ludwig admitió su soledad de nuevo al verlos volver. Y así, la rutina volvió a su vida.
Continuó sus clases de italiano. El primer día lo dedicaron a contarse sus respectivas navidades. Al término de la misma, Kiku y Ludwig hablaron largamente en el apartamento que el primero compartía con otro estudiante japonés. Kiku confesó haber echado de menos Venecia, a pesar del reconforte que suponía volver a casa. Esa fue la primera vez que Ludwig se dio cuenta de algo: pasando las vacaciones fuera de su país, no había echado de menos ninguna de sus tradiciones; si acaso, la rutina con los canes. Nada más hubo revuelto su mundo. O mejor dicho, su mundo estaba del revés desde su llegada a Italia.
Kiku también preguntó por Feliciano, y Ludwig se encogió de hombros, fingiendo que no le importaba volver a verlo.
Sin embargo, dos días después, a la salida de clase, el alemán salía de la Basílica y elevaba la vista a la torre: según la posición del ángel, no parecía avecinarse Aqua alta. Tras la observación de Feliciano, Ludwig acertaba siempre si iba a llover solo mirando la silueta de la figura sagrada.
El rubio quedó largo tiempo de pie, parado. Fue incluso empujado por algún turista. Cuando se dio cuenta, llevaba ahí tres largos cuartos de hora.
"Estoy perdiendo el norte. ¿Realmente me encuentro tan agobiado del trabajo? Me apetece mucho salir a beber".
Bien, eso tenía fácil solución. En el casco antiguo existía una gran variedad de bares, si bien la mayoría eran costosos en la zona cercana a la basílica. Eligió uno en el distrito de Dorsoduro, al oeste, y cuando estaba relajado mirando alrededor del lugar, su teléfono dio un brinco.
Una ruidosa y melodiosa voz habló atropelladamente.
—¡Ciao, ciao! Luddy, ¿dónde estás? Estoy en tu casa, veeee~ —el alemán parpadeó, confuso.
—¿Cómo que estás en mi casa? ¿Qué significa eso?
Se escuchó un golpe sordo.
—¡V-veee~? Maledizione, questa pietra…
—¿Qué pasa? ¡Feliciano, contesta! —como el italiano colgara el teléfono, la ansiedad cubrió el pecho de Ludwig, que apenas tuvo tiempo para dejar las monedas de su consumición y salir corriendo en dirección a su apartamento. Se chocó con varias personas en el camino, porque, horror, los italianos debían temer poco por su vida, colocándose delante, con la velocidad que llevaban sus piernas.
Solo paró dos veces en su carrera, y al final tuvo que hacerlo para coger aire, y recuperar su pulso. La recuperación fue mucho más rápida al ver a Feliciano sano y salvo frente a su portal: a su lado, una piedra fuera del empedrado había sido pateada. El italiano tenía lágrimas en los ojos. Caminó, desgarbado y cojo, hacia el alemán.
—¡No seas exagerado! ¡Esa piedra no puede atacar ni a un mosquito! —el muchacho solo elevó la cara, sus ojos se abrieron por la ilusión y sonrió enormemente.
—Luddy, te eché de menos —y constriñó su cuerpo con fuerza.
Ludwig tuvo que ponerle una mano en el hombro para frenar su impulso; porque Feliciano era torpe, delicado y gafe. Sin embargo, ¡cuánta fuerza demostraba en determinados momentos! Nadie lo había abrazado con tanta… necesidad. Las mujeres alemanas no solían ser muy afectuosas, y él tampoco. Entendió la incomodidad de Kiku del primer día.
Atropelladamente, Feliciano le explicó todas sus aventuras en el sur de Italia, donde habían pasado el resto de las vacaciones, mientras Ludwig metía la llave, dando paso a ambos a su morada. Feliciano se echó sobre el sofá jalando al rubio, reclamando atención. Como tosiera varias veces, Ludwig le reprendió si había estado allí sin ropa, y Feliciano dijo que el sur de Italia era cálido y no había tanta humedad como en Venecia.
—…y te hice un dibujo, Luddy.
El italiano desdobló un papel que había guardado en su bolsillo y lo mostró.
Ludwig se quedó sin respiración.
Era su apartamento, en carboncillo. Los cimientos de su vivienda, poniendo especial énfasis en la estructura, con exquisita exactitud de las medidas entre suelos y techos, muros externos, ventanas, cubiertas, las vigas que sobresalían por el tejado; la altana, el empedrado, alguna flor silvestre que crecía por la humedad; tenía incluso exquisitos detalles como suciedad en las paredes o ramas rotas de plantas que Feliciano había añadido.
Algo así no podría haberse dibujado de memoria, ni siquiera con un compás. Solo un artista prodigioso podría haber dado vida a tremenda construcción. Si jamás hubiera visto un dibujo de Feliciano, nunca habría creído verlo salir de su mano. Pero tenía varios colgados en su casa, y podía incluso reconocer diversos detalles del dibujo -como un gato lamiéndose en la esquina, o un trozo de helado caído-, como suyos.
Los ojos de Feliciano se abrieron enormemente ante el escrutinio del alemán.
—¿Hay algo mal?
—¿Dónde aprendiste a dibujar así?
Esta vez, Ludwig le cogió del brazo sin saber cuánta fuerza hacía. Feliciano se encogió.
—M-me enseñó mi nonno, ya te lo dije… ¡cof! y también en la universidad. Haces daño, Lud.
El alemán se sonrojó, le soltó y le pidió disculpas.
—T-tu… ¿tu hermano también dibuja?
—Oh, no, Lovino odia el pincel y odia que yo dibuje. Dice que solo es una tontería, porque me hace perder el tiempo que debería estar dedicando a las chicas, aunque yo siempre tengo tiempo para ellas, porque cuando puedo tomo algo y flirteamos, a veces…
Ludwig desconectó de la charla sinsentido del otro. Se levantó y comparó el dibujo junto a otro que tenía sujeto con un imán en la nevera. Se giró. Feliciano estaba a su lado, expectante, queriendo escuchar la opinión del rubio porque había estado haciendo ese dibujo pensando en él y sobre todo quería sus halagos. Necesitaba su atención.
—¿A ti te gustaría dedicarte a esto?
Feliciano escrutó el rostro del alemán, el cual no mostraba ninguna emoción; si acaso, tenía una mirada dura y determinada.
—A-a mí me encanta dibujar, es lo que más me gusta después de la pasta y el gelato. ¡Cof, cof!
—¿Estás seguro? ¿Trabajarías en esto?
Feliciano saltó de un lado a otro, porque eso parecía ser algo muy positivo, aunque Ludwig no le diera un beso ni le abrazara porque le hubiera encantado.
—Tiene que ser más divertido que dar campanazos —concluyó, agarrando una fruta de la nevera y yéndose de nuevo al sofá.
Más divertido y menos peligroso, desde luego, pensó Ludwig, recabando todos los dibujos que decoraban su piso y dejándolos sobre su carpeta de trabajo, con un plástico para que no se deterioraran.
El lunes los llevó a la oficina y se los mostró a Marco.
—¿Qué opinas?
—¿Ya te codeas con artistas, Ludwig? Mira que no hace ni un año que has llegado aquí, vas a llegar lejos. O no me digas que son tuyos y por eso pasas de ir a fiestas.
El rubio ignoró la cháchara y preguntó:
—¿A quién podrían interesarles, profesionalmente hablando?
—¿De aquí, quieres decir? —Ludwig asintió, y Marco estuvo hablando durante quince minutos hasta darle un nombre.
Feliciano saltó de nuevo tras dar la campanada de las seis. Su cuerpo, por algún motivo, no estaba tan ágil como siempre. Se agarró el estómago. Su fratello no lo sabía, pero había estado comiendo gelato a escondidas en las vacaciones. Tendría que tener cuidado, no podía faltar al trabajo, Lovino se enfadaría. Él hizo mucho esfuerzo porque ambos estuvieran allí, ese campanario era su única vía de ingresos. Dejaría de comer durante tres días gelato, eso haría.
Sin embargo, dos días después, por supuesto sin haber podido ni querido acatar sus planes previos, cayó con fiebre en la cama. Cuando Lovino fue a sacudirle para darle el relevo, se encontró con un Feliciano que gimoteaba.
—Fratello, per favore, pídeme el día libre.
—Maledizione, estás ardiendo. ¿Qué te ha hecho ese rubio forzudo? —Feliciano calló, y eso fue una respuesta muy clara para Lovino—. Así que ha sido él… espera que le ponga una mano encima.
Feliciano apenas pudo elevar su cuerpo de la cama para decirle que su amigo Ludwig no le había hecho nada, que de hecho fue el primero en darse cuenta de su malestar y le recomendó descansar. Como no lo hacía, le mandó un mensaje amenazante al móvil. Feliciano suspiró y sus ojos se cerraron, mientras el sudor perlaba su frente.
—Feliciano está enfermo, exijo que me digas qué le has hecho —Lovino estaba plantado en casa de esa alta mole con cara de perro, que lo miraba con curiosidad y algo de apremio.
—¿Qué ha pasado? —Lovino notó cómo el frío le calaba los huesos, a pesar de ser un hermoso día soleado en Venecia.
—¿No me vas a invitar a entrar? ¿No ves que estoy helado, imbécil? —Ludwig se hizo a un lado, sorprendido por la acción de este caballero italiano, extrañado de que quisiera pisar su territorio.
Lovino fue a girarse para seguir discutiendo con el alemán cuando su mirada captó unos detalles familiares en la nevera de la cocina. Se acercó sin preguntar y observó un hermoso dibujo a carboncillo donde estaban él y un japonés tomando algo en la plaza de San Marcos. Lovino frunció el ceño, negó con la cabeza.
Después se fijó en que la cocina y toda la estancia estaba pulcramente ordenada, de tal manera que parecía que nadie vivía allí, que solo venían de viaje a descansar y se volvían a marchar. Últimamente, la casona de ambos italianos estaba más desordenada que de costumbre, y al pensarlo, enrojeció. El idiota alemán, además de educado, era ordenado, y si bien a Feliciano le importaban un rábano esos valores, estaba seguro de que había caído por Ludwig. Lo miró intensamente.
—¡Tú! ¿Qué relación tienes con mi hermano? —y a continuación le dijo una sarta de frases en italiano, la mayoría conteniendo tantas palabrotas que eran ininteligibles para el aún pobre italiano de Ludwig, que con toda la calma del mundo solo acertó a decirle "no entiendo" como si nada de lo dirigido a él le hubiera afectado lo más mínimo.
Lovino tendría que aprender palabrotas en alemán, ya. Porque era injusto que el otro lo mirase con ese temple y esa seguridad que él no tenía. Porque trabajaba en un maldito campanario de conserje y ese idiota seguro que ganaba mucho dinero, y además cuidando sus edificios, ¡su querida Italia! Y eso no era todo: había traído a unos malnacidos amigos a ver su país, y uno de ellos era tan imbécil, tan irritante, tan capullo (todo el día con su sonrisa idiota), que había paseado por su casa como si fuera el más feliz del mundo para luego irse como si nada le importara.
A Lovino le pudo la rabia. Quería patear a ese macho, decirle cuánto lo detestaba, desear que se muriera mañana, pero todo lo que le salieron fueron lágrimas de frustración y envidia. Salió disparado por la puerta, dejando a un confuso y turbado Ludwig de pie en su mismo salón.
Por suerte, Ludwig tenía el teléfono de Feliciano y se quedó más tranquilo tras hablar con él. Feliciano le había pedido perdón por la intrusión de Lovino, y Ludwig se quedó pensando por qué el italiano le consideraba un enemigo. Quizá amaba a su hermano de una forma enfermiza, siendo sobreprotector y esas cosas. Pero por otro lado, pensó que tener un hermano era una bendición y él haría lo mismo, aunque Gilbert fuera de otra manera, nada ambicioso y sin planes de futuro, tan vividor como sus amigos. Pronto, el trabajo volvió a distraerle de sus preocupaciones, así como las clases de italiano. Kiku y él salieron varias veces a conversar y hablar sobre libros, trabajo y su integración; ahora podían hablar en pasado y en futuro gracias a las clases. Feliciano le envió un mensaje una semana después invitándolo a cenar y Ludwig acudió a la casona con una cara botella de vino.
El italiano acababa de ducharse cuando le abrió la puerta, le caían mechones por toda la cara, tapando sus ojos marrones, pero aún con una sempiterna sonrisa adornando su boca, ensanchándose aún más cuando vio a su amigo parado en la puerta, con esa elegancia y pulcritud innatas en el alemán.
Ludwig tardó un poco en saludar porque, ni se esperaba ver al otro embutido en una toalla, ni pudo pestañear a lo que pareció una visión angelical, la de un italiano sonriente con ojos brillantes, contento con su presencia.
Carraspeó, molesto, notando su pulso acelerándose.
"Gott, Feliciano no es ninguna chica".
El otro abrió la puerta, tiró del alemán hacia la entrada y volvió a cerrarla. Feliciano lo miró de arriba abajo, impresionado por verle tan bien arreglado y perfumado. Mirándolo, y recordando su sufrimiento en la casa cuando estuvo malo, sin poder verle ni hacerle un dibujo, se le empañaron los ojos. Se lanzó hacia él, abrazándolo, sin darse cuenta de la imagen que ofrecerían para una tercera persona: un emocionado Feliciano colgándose del cuello de Ludwig mientras la toalla caía al suelo.
—¡Veeeeeeee~, cuánto te he echado de menos!
Apenas las manos de Ludwig registraron carne, apartó al otro, violentado.
—¡Tápate! ¡Gott in himmel! —seguidos de unos "cogerás frío", "estamos en invierno", "¿es que no tienes decencia?" en alemán, a los que Feliciano no hizo mucho caso, pero pestañeó, curioso.
—¿Así es como suena tu idioma? Da un poco de miedo, veee~ —le tiró del brazo para dirigirle hacia la cocina, mientras a duras penas, Ludwig, que había cogido la toalla, trataba de taparlo mientras con la otra mano sostenía la botella—. El italiano es dulce, amable, ¡casi te dan ganas de comer con solo escucharlo! Hum… me apetece un poco de gelato…
Al fin Ludwig pudo dejar la botella en una mesa de la cocina, mientras Feliciano llegaba a la nevera con la toalla colgada en sus hombros.
—¡Mein Gott! —bramó Ludwig, enfadado, impidiendo con una mano que la de Feliciano se colara para agarrar algún producto que pudiera agravar su situación—. ¡No debes comer gelato!
Feliciano se vio atrapado entre la nevera, ya cerrada, y el brazo de su amigo. La toalla volvió a caer, y el rostro de Ludwig se tiñó de púrpura, no se sabe si por rabia u otro motivo. Feliciano hizo drama.
—Lud… no seas malo, no he comido helado en tooooda la semana, y hoy me siento mejor, quiero celebrarlo.
El cerebro alemán, atrapado entre la situación bochornosa de estar de pie observando a su amigo, desnudo, y la facilidad con la que Feliciano podía producir cantidades ingentes de lágrimas que cayeron por sus mejillas como un alud de nieve, se quedó en shock. Segundos después solo despertó para decir:
—Haz lo que quieras.
Pero ¿qué hacía uno en esa situación? Feliciano no era su hermano, ni tampoco su amante, y por supuesto él no debía meterse en su dieta. ¿Por qué se sentía tan responsable de lo que le sucediera?
Se dio la vuelta, fingiendo estar leyendo la etiqueta del vino, y oyendo a Feliciano masticar lo que debía ser su preciado helado. Se miró las manos. Aún le ardían por haberle sujetado, pero apenas lo había tocado en cuanto se percató de su desnudez. Y esos ojos, tan implorantes. ¿Acaso el italiano ignoraba cuánto costaba a otros mortales como él producir tan solo una pequeña lágrima que ni siquiera tuviera fuerza de rebasar la mejilla?
Cuando Feliciano volvió a tocarle, él se giró, sorprendido, solo para ver al italiano portando un elegante traje negro con rayas muy sutiles. También se había puesto una corbata color plata. ¿Por qué demonios podía arreglarse tan bien? Incluso iba perfumado.
—Lud —volvió a recargarse en él, escondiendo la cabeza en su pecho—. De verdad te eché de menos. Y siento lo de mi fratello.
El rubio pestañeó, volviendo a la realidad, sintiendo la calidez del cuerpo de Feliciano y encontrándolo encantador, palmeó su cabeza en señal de comprensión, murmurando un inaudible "ja, ja". Poco después, Feliciano recuperó su vitalidad contándole el menú de la noche. Hablaron un rato mientras Ludwig tomaba una cerveza y Feliciano, cubierto por un delantal, calentaba y preparaba los últimos toques para la cena.
En la mesa, mientras degustaban unos tomates rellenos con queso fundido al son de Claudio Baglioni de fondo, Feliciano preguntó por Gilbert y los demás.
—Creo que están bien, si pasara algo, ya me enteraría —expresó, recordando aquella vez que tuvo que ir a buscar a Gilbert en coche porque estaba tan borracho que no recordaba dónde vivía.
—Yo… estoy preocupado por mi fratello —Feliciano alzó sus ojos marrones nuevamente húmedos.
—¿Ha pasado algo?
El italiano miró hacia otro lado, dejando el tenedor sobre el mantel. Se frotó las manos, preocupado.
—La verdad es que le noto extraño —soltó una tos—. Lleva tres semanas saliendo con mujeres y regresando a casa tarde cuando no le toca el turno de mañana. Quiero decir… mi hermano siempre ha salido con mujeres, los dos… hemos sido alocados en ese sentido, pero… no. No está bien, hay algo… algo en él que no está bien. Es como si quisiera ser adolescente de nuevo, como si quisiera distraerse de algo —alzó de nuevo la mirada hacia Ludwig—. ¿Pasó algo en tu casa?
—Hm. ¿A qué te refieres? —Ludwig también paró de comer, por educación.
—¿Te dijo algo raro, notaste algún comportamiento extraño en él?
—No conozco a tu hermano para poder decir algo así. Pero en resumen, él solo —solo me dijo cuánto me odiaba, pensó Ludwig, pero no podía decirle eso a Feli—…entró, me gritó que estabas enfermo por mi culpa y nada más. Oh, y vio tus dibujos de la nevera y se disgustó. Y preguntó qué relación teníamos.
El cerebro de Feliciano pareció registrar algo importante.
—Quizá le gustes…
Ludwig, que bebía vino en ese instante, lo escupió por completo al aire. Enseguida se levantó, rojo de vergüenza y se apresuró a secarlo con papel de cocina.
—Gott, per-perdono. Qué modales tan terribles —después miró a su amigo a la cara con rostro severo— ¿Qué tonterías dices, Feliciano?
Pero el otro se había levantado, como si hubiera encontrado el cáliz sagrado, temeroso a la vez por sus pensamientos.
—Y si él… ¿trata de distraerse con mujeres porque tiene sentimientos hacia ti? Se-sería comprensible… eso sería muy fuerte para alguien como Lovino, y querría negarlo a toda costa. Además, te insulta y te trata mal delante de otros, es un signo inequívoco de que le interesas. Lo conozco muy bien y…
—Eso no puede ser —concluyó Ludwig con firmeza. Por mucho que el italiano fuera diferente y pudiera comportarse así por estar encaprichado con alguien, no había forma de que se interesara por alguien como él, claro que no. Lovino se reiría de la inexperiencia de Ludwig en la cama, sin hablar de que jamás podrían entenderse, no solo culturalmente hablando ni por el lenguaje, sino por su personalidad tan distinta. Pero claro, él tampoco sabía nada de relaciones, y en muchas ocasiones creyó que algunas parejas se odiaban cuando lo que pedían a gritos era un revolcón. Ludwig era demasiado práctico y simple para todo eso.
Por otro lado, allí estaba Feliciano, entrando en shock ante una suposición estúpida. ¿Acaso tanta pizza y pasta podían volverle demente? Ludwig casi tenía ganas de reír ante toda esa escena.
—Pero si fuera así… eso no es lo más grave, porque, ¿y si tú le correspondes? ¿Qué haré entonces? —las lágrimas volvieron a brotar—. ¿Te gusta mi hermano, Ludwig?
El alemán se quedó parado de nuevo. Su pobre cerebro tan lógico y rutinario quedaba en fuera de juego ante esas reacciones impulsivas. ¿Qué podía decir, además? Si lo negaba, Feliciano se molestaría diciendo "ya sé que mi hermano es una patada en el culo, pero que lo digas tú, me duele más". Si afirmaba, se llevaría una errónea impresión, porque… qué demonios. ¿En qué mundo paralelo podía él fijarse en Lovino existiendo Feliciano?
Algo hizo clic en su cerebro. La imagen de un pequeño Feliciano entregándole una corona de flores en primavera se apareció en su mente. Poco después, juraría haberse desmayado, pero no recordaba nada. Solo estaba tumbado en el sofá de la casa. Feliciano le observaba, preocupado.
—¡Lud! —gritó, y le plantó en la cara un vaso de agua—. ¡Bebe!
—¿Qué ha pasado? No recuerdo nada…
—Me dijiste que no veías bien y que te dolía la cabeza. Te puse aquí yo solo. ¿Estás bien?
—Eh… —Ludwig no sabía qué había sucedido. El jamás se había desmayado. Nunca había perdido la conciencia, ni siquiera en un bar, ni en una de las fiestas salvajes de Gilbert cuando iban a la universidad. Su cabeza ya no dolía, pero tenía el cuerpo pesado, como si hubiera regresado de un gran letargo—. Dame una cerveza, bitte.
El sabor de casa pareció templar y calmar al alemán. Feliciano seguía a su lado: se había subido al sofá y lo miraba fijamente.
—Si estás… si estás tan preocupado por tu hermano, deberías hablarle —ofreció Ludwig, el color retornando a su cara.
—No servirá, no me lo contará. Nunca cuenta nada, pero se ve a la legua que le pasa algo. Lud, no respondiste a mi pregunta, ¿te gusta Lovino? No pasa nada si es así, de verdad, los hombres también pueden tener sentimientos por otros hombres, yo lo sé porque…
—Feliciano, calla —el toque autoritario de Ludwig silenció de inmediato al italiano—. ¿No ves que dices disparates? Tu hermano es elegante y no se fijaría en alguien como yo.
Esa respuesta dejó una sonrisa breve en los labios del otro.
—Lud… eres muy amable. Pero tú eres fuerte, inteligente, eres guapo —sonrojo brutal en este instante del pobre alemán—, paciente, seguro que tratas bien a tus conquistas. ¿Por qué no podrías gustarle?
—Ehm… —Ludwig se levantó, incómodo repentinamente ante la cercanía del otro.
—¿Acaso no has tenido novias o novios, Lud? —siguió interrogándole el otro, seguido de una tos.
—He tenido, sí. Pero no ha sido nada serio. No me gusta hablar de mi vida privada, Feliciano. ¿Podemos hablar del tema que nos trae aquí?
El italiano suspiró largamente, se levantó, pidió continuar la cena y volvieron de nuevo a la mesa. Ludwig le explicó, con ese rictus profesional, que un arquitecto se había interesado por sus dibujos y que podía hacerle un hueco en su agenda para entrevistarlo el jueves veintiuno de enero.
—Iré contigo, solo porque ya imagino qué estupideces puedes decir.
—Conmigo no eres nada amable, Ludwig —se enfurruñó el italiano apurando la copa de vino tinto y el resto de su cena.
—Porque no crees en ti mismo. Tienes mucho potencial y hay perfección en tus dibujos. Deberías aprovechar esa habilidad en lugar de colgarte de campanarios peligrosos…
—¿Estás preocupado? —Feliciano lo miró, coqueto—. ¿Tienes miedo de que me caiga?
—¡Sí! —bramó él tras una breve pausa—. ¡Estoy cansado de ser tu niñera!
