¡Hola a todo el mundo!

Dejo por aquí el cap 7... ¿Cortito? Sep, pero tiene mucha carga emocional (?)

Oknotansoloesfaltadeinspiración

En fin, ¡a leer!

-.-.-.-.-

—¡Por fin empieza el Carnaval!

Ezio bajó la cabeza para mirar a Alessandra, la cual se encontraba dando saltitos por la calle, mirando la decoración del lugar con los ojos bien abiertos y brillantes. Parecía una niña pequeña en aquellos momentos, tan extasiada como lo estaba Leonardo cuando descubría una cosa nueva.

El muchacho de Florencia nunca había ido a los famosos Carnavales de Venecia y, aunque tenía que admitir que todo era realmente precioso, Ezio parecía bastante calmado, como si aquello fuera un día más, cuando era obvio que no era así. Turistas de todas partes de Europa acudían en tropel a la festividad, todos emocionados, comprando recuerdos de la ciudad y sacando fotografías a la gente disfrazada que paseaba o desfilaba por las calles.

—Oye, Alessandra, ¿dónde está tu hermano?

—Uhm...Creo que todavía está en su casa, no estoy muy segura. ¿Quieres que le llame?

—Déjale, si no nos ha dicho nada aun es que estará ocupado con algo todavía. Tal vez esté terminando de retocar alguna pintura, creo que me comentó que le habían pedido otro cuadro. Además, tenía un par de trabajos de la Università.

La mujer asintió, mirando de reojo a Ezio.

—Oye, Ezio...Mi hermano y tú sois muy amigos, ¿verdad?

Ezio asintió con la cabeza, extrañado ante la repentina pregunta. Era obvio que Leonardo y él eran muy buenos amigos, cualquiera que pasase un par de horas con ellos podría darse cuenta de aquel hecho. Para el de Florencia, Leonardo era la única persona en la que podía depositar su total y absoluta confianza. No sabía cómo el rubio había logrado hacer que confiase tanto en él en tan poco tiempo, pero así era.

—¿La pregunta es por algo en especial o...?

Alessandra esbozó una pequeña sonrisa, entrelazando los dedos tras la espalda, y negó brevemente, moviendo su cabellera rubia.

—Por nada en absoluto, era solo curiosidad. Y...Bueno, supongo que Leo te habrá hablado sobre él, ¿no? O algo sabrás acerca de él, si sois tan amigos.

—Claro, le conozco bien. O, al menos, eso creo. Oye, ¿a qué viene todo esto, Alessandra?

—Es sólo que...Hm, nada realmente. Tan sólo me alegro de que mi hermano tenga un amigo tan bueno como tú, eso es todo. Especialmente dadas las circunstancias, imagino que sabrás que no tiene una buena relación con nuestros padres.

—Nunca he hablado con él sobre ese tema, si he de ser sincero. Pero, cada vez que hace alguna referencia, parece...reticente a continuar y enseguida cambia de tema. Me da la impresión de que es un asunto delicado y complejo, así que he preferido no preguntar, por si acaso, y esperar a que él me diga algo al respecto, si es que quiere. Aunque, estando en confianza... ¿Podrías decirme por qué es?

—Si mi hermano no te ha dicho nada, teniendo la confianza que te tiene, siento decirte que yo tampoco hablaré al respecto. Espero que lo comprendas, Ezio. No me gustaría meterme donde no me llaman. O sea, meterme demasiado, quiero decir. Soy un poco cotilla en algunos aspectos y es inevitable que aporte mi granito de arena, ya me entiendes—dijo, guiñando un ojo.

El muchacho suspiró, un tanto confuso por aquello, pero decidió dejarlo estar y concentrarse en la celebración de Venecia, paseando tranquilamente por las abarrotadas calles y, de vez en cuando, tomando fotografías si algún grupo de turistas le pedía el favor. Finalmente, y tras un par de horas de paseo, Leonardo contactó con ellos, quedando los tres en el Puente Rialto.

—¡Siento la demora!—fue lo primero que dijo el de Vinci, con la respiración un tanto agitada—Tenía que hacer un par de cosas de clase para dárselas mañana a un compañero.

—Sin problemas, Leo, de todas formas me imaginaba algo así—contestó Ezio, haciendo un gesto con la cabeza en una dirección—. Vamos a tomar algo, ¿no?

Asintiendo, los tres se encaminaron a alguna cafetería donde pasar un rato para charlar tranquilamente. Llevaban ya un pequeño tramo recorrido cuando, repentinamente, Leonardo se detuvo en uno de los pequeños puestos que poblaban las calles de Venecia, mirando un objeto en especial con los ojos bien abiertos. Casi se encontraba dando saltitos de emoción por lo que quiera que estuviese viendo.

Ezio y Alessandra se detuvieron al reparar en la ausencia del di Piero, ya que se había quedado muy atrás, y se acercaron al hombre para ver qué era lo que le había retenido; se trataba de una pequeña marioneta, un muñeco de boina roja, cabello rubio, ojos azules y traje oscuro, probablemente del siglo XV o XVI, con capa carmesí, además de varios instrumentos y pergaminos que pendían a un costado del cinturón.

—¡Mira, Leo, se parece a ti!—exclamó Ezio, riendo.

—Oh, es cierto—corroboró Alessandra—. Te...lo vas a comprar, ¿verdad?

Leonardo asintió fuertemente, rebuscando su cartera por los bolsillos de su pantalón, por la chaqueta y, finalmente, en la abarrotada bandolera, poniendo cara de horror.

—Maldita sea, la olvidé en casa...—murmuró, suspirando.

De pronto, alzó la cabeza y miró a Ezio, volviendo su rostro a presentar aquel carácter animado que tanto le caracterizaba. El muchacho, dándose por aludido, alzó una ceja ante la mirada de Leonardo.

—¿Podrías comprármelo?—pidió el rubio, adquiriendo un aire inocente propio de un niño pequeño—Me dejé la cartera en casa. ¡Te lo devolveré mañana mismo, te lo prometo!

El Auditore estiró el labio superior en una sonrisita, haciendo rodar sus ojos. Su amigo parecía realmente un infante en aquellos momentos. Lo cierto era que, a pesar de ser muy inteligente, Leonardo se comportaba a veces de una manera que lo hacía ver del todo infantil.

—Está bien...—dijo, cediendo ante la insistencia de aquellos ojos azules.

Sacando su cartera, pagó lo correspondiente por la marioneta y se la dio a su compañero, el cual cogió con mucho cuidado la bolsa donde estaba la caja que guardaba el muñeco.

—¡Muchas gracias, Ezio!—exclamó.

Antes de que Ezio pudiera responderle, Leonardo se le echó encima, abrazándolo como solía hacer. El muchacho de Florencia ya no se sorprendía de aquellos actos de su amigo, era cosa de costumbre. Así pues, le devolvió el gesto, palmeando su espalda, mientras Alessandra los miraba, nuevamente esbozando aquella pequeña sonrisa.

Sí, Alessandra estaba completamente segura de que tenía razón sobre lo que pensaba acerca de Ezio. Sin embargo, se extrañaba de que el joven Auditore no hubiera reparado antes no en lo que él mismo podría o no sentir, sino en lo que era obvio que el di Piero sentía hacia su persona. Al menos, para ella era muy fácil de adivinarlo sin que Leonardo le hubiera dicho nada al respecto.

Después de aquello, finalmente se sentaron en la terraza de una cafetería, Leonardo sin prestar mucha atención a Alessandra y Ezio, pues estaba entusiasmado con su marioneta. El muchacho de Florencia, por su parte, lo miraba de vez en cuando, sin poder evitar soltar alguna ligera risa.

—Leonardo, puedes jugar en casa con eso, ¿por qué no hablas un poco?

—Puedo hablar y mirar mi marioneta a la vez, tranquilo.

—¿Ah, sí? ¿De qué estábamos hablando Alessandra y yo?

—He dicho que puedo hacerlo, no que vaya hacerlo, lo cual implica que no os he prestado atención hasta ahora—dijo, alzando uno de los brazos del muñeco—. Capisci o non capisci?

—Capisco, capisco...

El hombre sonrió, volviendo la vista a la marioneta, mientras que el Auditore simplemente negaba con suavidad, observando a Leonardo.

—A veces creo que te consiento demasiado—dijo, bebiendo tranquilamente.

—Vamos, vamos, ni que fueras mi padre.

—No, más bien parezco tu pareja—comentó con cierto tono de burla.

Leonardo se atragantó con su propia saliva ante el comentario, haciendo que Ezio comenzase a darle pequeños golpes en la espalda para que se le pasara la repentina tos.

—Por el amor de Dios, Leo, ¿atragantarte con tu saliva? ¿Cómo eres tan torpe a veces?

De pronto, Alessandra se puso en pie, llamando la atención de los dos hombres, y cogió a Ezio del brazo, instándolo a levantarse.

De verdad que le parecía del todo increíble lo denso que Ezio podía llegar a ser en ciertas ocasiones.

—Bueno, me llevo un pequeño ratito a Ezio, quisiera comentarle algo a solas, ¿vale, Leo? No tardaremos; además, tú estás entretenido con tu marioneta, así que ni te enterarás. ¡Volvemos enseguida! Oh...Y procura no volver a atragantarte, al menos mientras estemos ausentes.

Leonardo alzó una ceja, mirando cómo su hermana arrastraba a su amigo hasta doblar una esquina, y bajó de nuevo la cabeza hacia su muñeco, moviéndolo un poco, con un semblante serio esta vez.

¿Cuánto tiempo más estarían los dos fingiendo que no había nada entre ellos? No había hablado con Alessandra acerca de ello, pero tampoco le hacía falta. No podía ser que dos personas que pasaban tanto tiempo juntos, a solas, no acabasen compartiendo algo más que una mera amistad.

Pero, ¿su relación con Ezio no era parecida? Los dos solían estar acompañándose mutuamente durante largas horas, hablando o, simplemente, dejando pasar el tiempo en silencio, él pintando o tocando algún instrumento mientras el muchacho se quedaba tumbado con los ojos cerrados y una serena sonrisa en el rostro. Aquel silencio que compartían era una de las cosas más bonitas que existían para Leonardo; el silencio compartido con la persona querida.

Ah, claro, pero había algo que era fundamental para explicar el por qué Ezio y él jamás podrían llegar a ser algo más: Ezio no se sentía atraído por los hombres.

El de Florencia lo veía como a un amigo, su mejor amigo tal y como le había dicho en más de una ocasión, y nada podría hacer que su pensamiento cambiase. Ezio, simplemente, no iba a levantarse un día con la idea de querer tener una relación de pareja con él. Después de todo, Leonardo estaba seguro de que no había hombre más mujeriego que el Auditore.

A veces, el hombre se odiaba a sí mismo. ¿Para qué engañarse? Llevaba enamorado de Ezio ni sabía ya el tiempo y le era del todo imposible hacer que ese sentimiento desapareciera. Sólo podía conformarse con esas sonrisas cómplices que intercambiaban cuando tenían alguna idea en común, o los abrazos que él solía darle para agradecerle cualquier cosa. Al menos, el muchacho no lo rechazaba, y eso ya era un pobre consuelo para su alma torturada por el desamor.

En ocasiones se decía a sí mismo que debería pasar página de una vez, que era tan imposible que surgiera algo, por nimio que fuera, entre ellos que era una pérdida total de tiempo el pensar siquiera en la posibilidad de ello, pero no podía hacerlo. Había tenido relaciones con otras personas, por supuesto...

Pero Ezio había sido su primer y único amor.

¿Cómo olvidarlo? ¿Cómo podía, simplemente, tratar de dejar de pensar en ello?

Leonardo no era tan fuerte.

Emitiendo un suspiro, se quedó mirando la marioneta que reposaba sobre sus piernas, con los hombros caídos y una amarga sonrisa de conformidad en el rostro. Era lo que el destino le tenía reservado y no podía hacer nada para cambiarlo.

Mientras tanto, perdiéndose entre alguna callejuela llena de gente, Ezio no dejaba de preguntar a Alessandra por qué le había levantado de la mesa, siendo vilmente ignorado por la chica hasta que, tan repentinamente como había echado a andar, se detuvo, a unos cuantos metros de la cafetería. Cruzándose de brazos, la mujer miró al Auditore.

—Creo que debo esclarecerte algunas cosas, Ezio. Cosas importantes de las que no te has dado cuenta, al parecer.

—Oh, vaya...Y yo que creía que querías que tuviéramos un rato a solas. Menuda decepción.

—No es el momento, Ezio. Quiero hablar en serio sobre un asunto. Recuerdas que te comenté que sabía algo que tú no, ¿verdad? Bueno, para hablarte sobre ello, primero tengo que decirte algo, algo realmente importante, que puede cambiar ciertas cosas. Pero, si estás dispuesto a escucharme, de verdad necesito que me prometas que no vas a dar a entender absolutamente nada de lo que voy a decirte cuando estemos de nuevo con Leonardo, ¿comprendido? Al menos, por ahora.

Ezio asintió, su semblante volviéndose neutro mientras esperaba a que Alessandra pensase con detenimiento cómo abordar el tema que le rondaba por la cabeza. Tomando aire, clavó su mirada en la del joven y finalmente dijo algo que descolocó por completo al Auditore.

—Mi hermano siente algo por ti.

-.-.-.-.-

Sí, yo también estoy esperando a que Leo haga algo *mira a Leo* ¬¬

Leonardo: ¿Qué?

Calla y ve a violar a Ezio de una vez D: *ve cómo Leonardo se va a una habitación con Ezio* ¡Eh, pero hazlo en el fic, no aquí! Argh...No se entera de nada *facepalm*

Ahmmm sí bueno, creo que me ha quedado más corto que los otros caps...No estoy segura realmente XD Igualmente, espero que os haya gustado ^^

¡Muchas gracias por los reviews! Seguid dejándolos, porfi porfi, se agradecen mucho mucho mucho *-*

¡Ya nos leemos!