- No...- Raoul negó con la cabeza repetidas veces e igual que un niño rompió a llorar, agarrando el cuerpo de Christine y aferrándolo al suyo. A Aisha le temblaron los labios y se alejó para no tener que ver más. Y es que ese día, en la Ópera, fue un día de luto para todos, la terrible noticia de que Christine hubo muerto llegó a todos los oídos, incluidos a los de Erik.
Su primer pensamiento fue para Luciana...luego para Christine, ahí se volvió loco...
- ¡¡Dos mujeres, ¡He matado a dos mujeres!... ¡¡y a Christine!. – Gritó y solo las paredes de su guarida consiguieron oírle. Tiró todo lo que tenía a su alcance, rompiendo, chillando, así estuvo durante unos largos minutos hasta que se paró a llorar. Su gata Ayesha fue un amargo consuelo para él, porque él no necesitaba otra cosa más que Christine...y ahora estaba muerta.
OOOCada minuto que pasaba aumentaba más mi agonía, me hundía cada vez más en una profunda desesperación. Ni siquiera recordé la herida de mi mano hasta que no vi que tenía la camisa manchada de sangre. Ojalá me hubiera matado a mí en vez de morir ella.
Ni me molesté en curármela o envolverla con algo, mi cuerpo había quedado insensibilizado por completo. No sentía ninguna parte de mí, como si la sangre hubiera dejado de fluir de repente. Mis manos, que siempre habían estado frías, habían adoptado una temperatura aún mas baja... un frió inerte, sin vida.
Mi cuerpo sufría convulsiones mientras lloraba, temblaba incontrolablemente y hasta pasadas unas horas no asocié ese temblor a la falta de morfina. Juré que la próxima vez que me administrase morfina sería una dosis mortal para acabar con mi vida.
Ya ni siquiera las palabras del padre Mansart hacían efecto en mí. No me importaba arder en el infierno, al contrario, era justamente lo que quería, un ser como yo no se merece otra cosa.
Mis ojos se posaron en la cámara de los suplicios, pensé en intentarlo una vez más..., aunque finalmente llegué a la conclusión de que ni siquiera 24 horas de tortura, pasando por fases como la locura y finalmente la muerte, purgarían mis pecados.
De repente mi mente se bloqueó, fijando toda mi atención en el mismo pensamiento. Si Raoul de Chagny no hubiese aparecido Christine no hubiera muerto.
Ese pensamiento me cayó como un jarro de agua fría. Yo no había tenido toda la culpa, si él no hubiese aparecido, Christine ahora estaría viva, y quizás con el tiempo podría haberme llegado a amar...
En ese momento una nueva energía se apoderó de mí, y me impulsó a hacer algo que antes jamás se me hubiera ocurrido hacer.
- Dame fuerzas para poder matarlo.- grité a la nada.- déjame matar al hombre que ha hecho daño a mi verdadero amor y te prometo que te serviré una vez muerto.
Mis gritos desesperados retumbaron por toda la bóveda de piedra.
- Juro que si consigo matarlo mi alma será tuya.- mi voz sonaba delirante. Las ratas, acostumbradas a mi presencia, huyeron aterrorizadas.-
Era el único consuelo que me quedaba, antes de morir tenía que matar a Raoul de Chagny, y para eso necesitaba la ayuda de mi nuevo maestro, al que veía en mi mente sonriendo ante el trabajo que nos esperaba.
OOO
Había adoptado la costumbre de venir cada mañana a la Ópera por orden de mi madre. Según ella tengo que hacerme una idea de los negocios de mi futuro marido, y para ello la mejor solución es irme cada día con él y acompañarle a donde quiera que vaya.
Tan sólo llevo una semana haciéndolo y ya tenemos una muerte de la que ocuparnos.
Yo por desgracia había presenciado todo, a decir verdad la chica parecía bastante nerviosa momentos antes del accidente, pero no me imaginaba esto...
Todo ha sido tan rápido... cuando he querido darme cuenta ella ya estaba en mitad de la carretera tumbada, ha sido horrible.
Los gritos de dolor de su ¿prometido, bueno no sé si era su prometido, pero sus gritos eran desgarradores.
A pesar de que nadie más ha gritado, yo tengo otro grito grabado a fuego en mi mente, aunque estoy segura de que no había dos hombres junto a la chica, yo estoy segura de haber escuchado a alguien más, un grito que inspiraba un dolor inimaginable, mucho mayor que el del Vizconde. Seguramente me lo habré imaginado...
Firmín parecía preocupado y nervioso, de vez en cuando me dirigía miradas angustiosas, pero en cuanto se daba cuenta de que lo estaba mirando cambiaba su expresión. Sería mejor dejarlo sólo:
- Discúlpame, voy a...tomar el aire.- dije de una forma no muy convincente.-
- Todos necesitamos tomarlo querida, lo de hoy ha sido un suceso terrible.- admitió Firmín.- Pero ve, vuelve cuando estés mejor.- dijo Firmín, añadiendo la típica sonrisa que yo tanto odiaba.
- Muy bien, no tardaré.- dije cerrando la puerta con cuidado. Estuve caminando por los pasillos, y por donde iba se oía la noticia de la cantante muerta. Las niñas más jóvenes lloraban y tocaban supersticiosamente sin parar los amuletos que llevaban colgados al cuello. Al llegar al foyer de danza, encontré a Meg y a Madame Giry llorando desconsoladamente. En cuanto Meg me vio se arrojó a mis brazos, algo que me impresionó, porque no le había cogido la suficiente confianza para que reaccionara así conmigo, sin embargo... la abracé con fuerza.
Madame Giry me miró y contuvo las ganas de seguir llorando, quería guardar la compostura.
- Mademoiselle, ha sido un suceso terrible, terrible...- dijo Madame Giry dificultosamente.
- Sí, he estado presente, ha sido horrible.- admití.-
- Le teníamos tanto cariño... a pesar de que vivía sola en un apartamento con su criada yo la quería muchísimo. Al venir aquí a ensayar se le coge cariño a todas.- dijo Madame Giry empezando a llorar de nuevo.- Meg me soltó y abrazó a su madre.
Parecía que esa chica era querida por alguna gente en la Ópera. Seguí caminando y me encontré de cara con Madame Carlotta, su rostro parecía serio, pero no estaba en absoluto afectada por la muerte de la chica. Me saludó cordialmente.
- Lo que debe hacer la prometida del director.- pensé para mis adentros con repugnancia.-
Una vez que me cansé de dar vueltas, calculé que Firmín se hubiese tranquilizado. Llevaba casi una hora, ya le habría dado tiempo de sobra para solucionar algo.
Me dirigí hacia su despacho, por el pasillo de oían susurros, así que esperé en la puerta sin entrar.
- ¡Ha sido él, estoy seguro.- dijo bruscamente Firmín.-
- No tenemos ninguna prueba, además el conductor no era ningún...
- Te digo que ha sido él, no hacía falta que el conductor fuese el asesino, el pobre diablo sólo cruzaba por ahí, pero las advertencias eran claras. "Una gran tragedia ocurrirá..." y ha ocurrido Andreu, tú lo has visto.- insistió Firmín.-
- ¿Cómo piensas que la ha matado?.- dijo Andreu.-
- La habrá enloquecido, o la habrá convencido para que se suicide, ¡Yo qué sé! ese hombre es el demonio en persona.- dijo Firmín comenzando a irritarse.-
- Pero él quería que ella actuase, no tiene explicación que ahora la mate.- dijo Andreu con una lógica aplastante.-
- Él quería que le obedeciésemos, seguramente le daba igual la chica, sólo quería que se cumpliesen hasta sus más pequeñas órdenes. Al obedecerle nosotros en esas pequeñas cosas se estaría asegurando que le obedeceríamos en cosas más grandes.- dijo Firmín astutamente.-
- Quizás tengas razón, pero ¿Qué podemos hacer?.- preguntó Andreu.-
- No podemos llamar a la policía y decirle que nos vemos acosados por un fantasma, se reirían de nosotros y estaríamos hundidos socialmente. Sólo nos queda rezar para que el "Duende de la Ópera" no ocasione más muertes...-
El Duende de la Ópera...¡El Duende de la Ópera! la leyenda de Madame Giry y de Meg también era la leyenda de Monsieur Firmín y Andreu.
Pero para ellos parecía ser más que una simple leyenda, era un temor real. Estaban convencidos de que él había matado a la cantante... ¡Pero a mí me dijo Meg que la apreciaba! Seguramente estaría confundida como monsieur Andreu... Pero no, ése hombre no puede haberla matado, ella se ha tirado sola al coche...
Mi mente comenzó a especular rápidamente, al rato perdí la noción del tiempo y tuve que volver a la realidad para que no me pillaran escuchando detrás de la puerta, eso no era digno de una señorita.
Entré al despacho, ambos señores se levantaron al verme y se volvieron a sentar.
Después de las largas charlas de Firmín con Andreu sobre quién interpretaría los papeles de Christine Daeé por fin llegó la hora de irnos.
Cómo todos los días Firmín me acompañó hasta casa en su carruaje, me daba las buenas noches y se iba Dios sabe dónde.
Una vez en mi cama seguí recordando al Duende de la Ópera. ¿Dónde viviría?
Me di cuenta que mañana había una representación, quizás volviese a verle. Pero... ¿sería peligroso?
OOONo podría dormir nunca más en mi palacio subterráneo. Lo había destrozado todo. Cogí un martillo que tenía guardado y comencé a romper el baño de mármol de la habitación de Christine. No quería dejar rastro ninguno de la casa del lago, por si algún día pudiese bajar alguien.
Una vez que hube descargado mis energías en destrozarlo todo completamente me quedé sentado. Apareció Ayesha temblando, jamás me había visto así. Se acercó cautelosamente y me rozó con su rabo. Se quedó mirando para ver mi reacción.
No hice nada, normalmente la habría acariciado, pero ahora no podía.
Antes de ir a matar al vizconde debía hacer algo. Hoy representaban de nuevo "Fausto" y debía acudir a mi palco en conmemoración de Christine, además había preparado una gran sorpresa para el público de París. Allí le diría el último adiós a Christine antes de reunirme con ella.
Me puse mi mejor capa, era de la más fina y cara, y unos zapatos sin estrenar que brillaban ante la tiritante luz de las velas. Subí con paso ceremonial por las escaleras hasta mi palco, llegaba con tres horas de antelación, pero era preferible, así podría rendir mi homenaje en la intimidad y preparar mi "última función".
Esperé contemplando el escenario con ojos vacíos, ya estaban preparando el fondo, los actores se agolpaban para ensayar por última vez...
Tenía todo listo, el tiempo calculado, sólo quedaba el toque final, el cual lo daría Carlotta.
La gente se agolpaba en los palcos, no me molesté en esconderme en la columna, si los directores habían vendido el palco, éste quedaría libre en cuanto los ocupantes traspasasen la puerta. No iba a permitir interrupciones.
La función comenzó, todo el mundo aplaudía.
- Pronto dejareis de aplaudir.- me dije a mí mismo con excitante euforia.-
Comenzaron a cantar, por ahora la escala era baja... pero de todas formas hacía algún efecto, miré hacía arriba y contemplé satisfecho como las cadenas comenzaban a ceder lentamente.
Paulatinamente Carlotta aumentaba su escala. Su grito era cada vez mas agudo. Pronto daría lugar a una desgracia. Estaba saboreando poco a poco el placer de los acontecimientos que estaban a punto de ocurrir.
Podía ver como mi maestro me miraba con cara de satisfacción, estaba seguro de que yo era su mejor discípulo.
La lámpara comenzaba a moverse vertiginosamente de un lado a otro, los cristales tintineaban peligrosamente sobre las cabezas de la gente de ahí abajo.
Yo esperaba con insufrible ansia la caída de ésta, debía faltar ya poco, ¡era imposible que no se produjese! Lo había planeado todo a la perfección. Y súbitamente, cuando Carlotta alcanzó el clímax en su voz, la lámpara se desprendió...
La gente comenzó a gritar sin control, y yo me asomé sin ningún reparo a disfrutar del espectáculo.
La gente me llamaba a gritos
- El fantasma de la Ópera, está ahí, ¡en su palco! ¡ha sido él!.- gritaba la muchedumbre.-
Me fui, no tenía tiempo de estar observando gente histérica, tenía aún un trabajo por hacer que no podía esperar y no obstante una voz procedente del palco contiguo me habló. Yo conocía esa voz.
- Monsieur, monsieur ¿Está usted ahí? Por favor, respóndame.- me dijo la voz de Aisha.-
- Mademoiselle, más le vale salir de ahí si no quiere morir como los demás.- le aconsejé.-
- Pero Monsieur, por favor...- rogó Aisha.-
Ignoré su súplica, la gente se empezaría a agolpar en las salidas y tenía que adelantarme a ellos. Abrí la puerta de mi palco tranquilamente, casi con indiferencia.
Vi que salían señoras, pero estaban tan aterradas que ni siquiera repararon en mi presencia. De repente se abrió la puerta del palco contiguo y salió Firmín acompañado por Madame Babounix, me paré en seco al no ver a Aisha, pero salió al cabo de unos segundos.
Me miró fijamente, en sus ojos había una mezcla de horror y confusión. No sé porqué, pero me encontré sosteniéndole la mirada. Ella se acercó a mí lentamente, a pesar del temor y de lo chocante de la situación. Admiraba el coraje de ésta mujer. Yo no pude resistir sentirme atraído por ella, era una atracción mística, que impulsaba todo mi cuerpo hacia su misma dirección. Una parte de mí me decía que tirase de ella y me la llevase conmigo, sería capaz de cualquier cosa en el estado en el que me encontraba. Pero otra parte me controlaba, me recordaba el trabajo que aún me quedaba por hacer, y me recordaba a Christine...
Se oyó un derrumbamiento y miré hacia el escenario, al parecer el techo estaba cediendo. Sinceramente no esperaba que mi acción desencadenase todo esto, pero la verdad es que era bastante gratificante. Por culpa de unos malos anclajes mi "gran obra" se estaba multiplicando, multiplicándose así el número de muertes.
De repente una mano tiró de mi manga con una fuerza que hizo que me chocase contra la pared. Iba a arremeter contra el dueño de la mano cuando oí que un trozo de techo caía a mis pies. Miré hacia mi alrededor y la encontré a mi lado, muy asustada y sosteniendo aún mi manga.
- Me ha salvado la vida.- pensé tristemente. De repente me acordé de la otra persona que en otra ocasión también me la había salvado...
- ¡Nadir!.- grité con todas mis fuerzas. Desde hacía un tiempo lo veía en cada representación, y lo más seguro es que no hubiese faltado a ésta... Una profunda desesperación se sumó a la que ya tenía conmigo. Había matado a la única persona en el mundo que había demostrado algún afecto por mí. Miré a Aisha desesperado, y su reacción me hubiera sorprendido de haber estado en otras condiciones. Me cogió la mano y tiró de mí corriendo hasta un pasillo bastante alejado del desastre. Al parecer entre tanto caos nadie se dio cuenta de nuestra fuga, ya que nadie nos siguió. Yo me dejaba guiar por ella, mis fuerzas se habían agotado y ya me daba igual todo. Durante el trayecto me pregunté si querría entregarme a la policía, pero al ver que seguía corriendo me di cuenta que no, o por lo menos no por ahora.
OOOCasi me daba un vuelco al corazón al ver al "hombre oculto" a punto de ser aplastado por aquella pared. Fue tanto mi miedo que impulsivamente, sin importarme si salí herida o no, lo agarré de la manga y tiré de él como si mi propia vida estuviera en peligro, y lo salvé.
Luego temí por su seguridad, ¿y si se lo levaba la policía?...¡¡No podía creer lo que estaba haciendo a continuación!. Le cogí la mano y me lo llevé por el pasillo para no sé donde, él se dejó guiar por mí.
- ¿Por donde se va ahora...?...Dios mío si ni siquiera sé por donde os llevo..."Dije angustiada, dándome cuenta de que no tenía idea de por donde ir. Y si había salida quizás lo estaría conduciendo junto a la policía y yo no quería eso. Tenía que ocultarlo para que no le hicieran daño...¡Él no tenía la culpa lo ocurrido con la lámpara¡..¿o sí, bueno, y si así fuera no me importaba porque algo en ese hombre me decía que contenía algo bello en su alma, un asesino no podría poseer una voz tan magnifica y tener la capacidad de amar, como él amó a la señorita Daeé...eso me hizo estremecer y me detuve al fin.
- Lo siento, no sé por donde ir...tú eres el fantasma ¿no, conocerás pasadizos por donde escapar...- Me di la vuelta hacia él y contuve mis ganas de querer abrazarle...¡qué cosas pienso, ¿qué extraña fascinación sentiría por él que me impulsaba a querer protegerlo para que nadie le hiciera daño?.
- Ya has hecho mucho por mí...aunque no te pedí nada...- Él apartó su mano de la mía y a causa de la oscuridad no pude verle muy bien, solo lo sentía delante mía, y su voz maravillosa era un deleite para mis oídos. -
- Yo...- No sabía que responder, sentía mi corazón latiendo apresuradamente en mi pecho, las manos me sudaban y las palabras estaban atascadas en mi garganta.
¡Oh gran Duende de la Opera, si superáis lo mucho que le aprecio sin siquiera saber nada de usted!. No podía decírselo, solo alcé mi mano y busqué su cara a tientas hasta que toqué su mascara...o algo...no, era su piel, una piel muy fría, se le habría caído la mascara con el transcurso del camino. Él hizo ademán de apartarse de mí, pero yo no se lo permití. Le cogí la cara con mis dos manos y toqué...su piel ,sí, era muy fría, y de un tacto raro, no supe describirla...no pude imaginarme el rostro de el Duende...sin embargo no me importó. Tuve que apartar las manos porque noté que él estaba temblando, parecía que me tenía miedo...o asco. Eso me dolió. Sí, él tenía a mis Daaé clavada en el alma.
- Sálvese...por favor...- Y me fui en la misma dirección por donde había venido con él. No sé por qué fue, y es que tuve ganas de romper a llorar, no lloré, solo tragué mis lagrimas convirtiéndolas en un nudo, y ese nudo lo bajé hasta más abajo, hasta que alcanzara a mis pies. Las tristezas debía guardármelas, esa era mi norma. Y también la de no sembrar cualquier otro sentimiento tierno por aquel Duende o Fantasma...por ese hombre.
