COMIENZO DE CURSO EN HOGWARTS

Los restantes días de agosto pasaron en un rápido borrón. Remus pasó con ellos el resto de aquella luna llena, entre otras cosas, porque Severus había constatado que si la primera dosis se administraba bajo el influjo de la luna, el proceso era más rápido y sencillo. Así que Remus, los chicos y Severus se instalaron en la Cámara de los Secretos, para pasar el resto de la luna llena, una vez que el castaño se deshizo de su visitante, entregándolo a Kearcher.

Tras la sorpresa inicial que supuso ver el cuerpo del basilisco, perfectamente conservado gracias al frio glacial del subterraneo, se dedicaron a recorrer el lugar, aunque los ojos negros relucieron con interés. Buscando entre los túneles, explorando, encontraron el nido del basilisco, lleno de restos de sus presas, fundamentalmente, huesos y pelo de muchas bestias. Draco se estremeció, viendo el esqueleto de lo que debió haber sido un unicornio adulto, retorcido y prensado en una apretada bola tras su paso por el estomago del animal. Una de las pocas partes reconocibles era el cráneo y el cuerno, que emergía reluciente entre la piel semidigerida y la maraña de crines.

Severus se arrodilló extasiado, un cuerno entero de unicornio valía una fortuna y aquel estaba intacto, unido al cráneo. Revolvieron entre el osario y encontraron varios más, algunos enteros, otros rotos, pero ciertamente útiles como ingredientes de pociones. También encontraron esqueletos de trehastal, y Severus recolectó esas y otras piezas interesantes. Incluso huevos hueros del mostruoso reptil, del tamaño de sandías, que hicieron jadear de emoción a Remus, y prácticamente arrodillarse dando gracias a Merlín al usualmente recatado Slytherin. Aquello era una verdadera fiesta y el valor de todo ello, incalculable.

Finalmente, decidieron prepararse para la noche después de una cena en plan picnic, sentados sobre unas mantas en un rincón lejos del basilisco, frente a una fogata mágica de color azul pálido y con fuentes de comida para comer con las manos traídas por los elfos. Severus les advirtió de que no comieran demasiado, y la cena fue más ligera de lo habitual para los chicos, acostumbrados a obedecer las indicaciones de Severus, aunque eso significase no poder probar los deliciosos postres.

Remus tenía a mano las dosis de pociones, preparadas por Severus cuidadosamente, y entre los dos, prepararon a los chicos. Les hicieron cambiarse y ponerse cómodos, transfigurando la manta en un mullido futón. El moreno tragó con cuidado la viscosa y amarga sustancia, frunciendo el ceño. Sus tripas se retorcieron, y el joven gruñó de disconfort. Severus les había advertido de que era más que probable que ambos enfermaran, y Draco vaciló. Pero ante la mirada alentadora de los ojos verdes, el rubito suspiró y comenzó a beber. A diferencia de Harry, Draco no contuvo un gemido de dolor y se encogió sujetándose el estómago. El moreno le tendió los brazos y el chiquillo se refugió en ellos, quejándose suavemente. Severus le acarició el pelo y susurró:

Se pasará pronto Draco, lo prometo…

Remus se acomodó junto a los muchachos, y les envolvió en su abrazo. Había visto pasar por esto a Pettigrew y sabía que les quedaban al menos unos días de malestar. Draco se quejó suavemente, y Harry le estrechó aun mas, ignorando como sus propias tripas se peleaban con el resto de su cuerpo, mientras comenzaban a sudar. El castaño miró a los ojos de Severus, el fuego reluciendo en ellos, y murmuró con ardor:

Será pronto, Severus… muy pronto…

El moreno asintió y besó los labios de su lobo, haciendo gruñir al hombrelobo, realmente acalorado. En cuestión de minutos, el castaño empezó a cambiar y el gran lobo de reflejos rojizos se alzó a su lado. Les olfateó y reconoció a todos, gruñendo suavemente y moviendo la cola. Se enroscó con los muchachos, lamiéndoles las mejillas y Severus se tendió al otro lado. La noche fue agitada, Draco acabó con bastante alta fiebre y Harry además, vomitando dolorosamente. Pero al llegar la madrugada, los dos acabaron por dormirse, cansados y sudorosos.

Los chicos despertaron, doloridos y algo febriles todavía pero Severus y Remus les sonrieron y les examinaron, declarando que todo iba bien. Winky, Dobby y Kearcher, tras servirles un desayuno excelente, se afanaron en ayudarles a con el basilisco, fundamentalmente transportando las partes aprovechables a las cámaras de Gringotts, en nombre de sus amos. Colmillos, huesos, veneno, los órganos convenientemente envasados fueron desapareciendo y finalmente, entre todos desollaron por completo el cadáver.

Remus sonrió y le pidió a Harry permiso para tomar un poco de aquella piel y Harry le dijo que por supuesto, podía coger toda la que quisiera. Además, el día anterior, al bajar, habían recogido todas las viejas mudas, pero Remus tenía un interés especial en la piel más fresca. Kearcher llevó los trozos seleccionados a Grimauld Place. Y entre nuevas exploraciones, descubriendo la abertura de la cueva en el Bosque Prohibido, en realidad una especie de trampa natural, por donde caían al interior de la Cámara todas aquellas criaturas que alimentaban antaño al basilisco, pasaron el resto del día.

Esa noche, Severus tomó su primera dosis y conteniendo el dolor, se acurrucó con Remus, aguardando la salida de la luna. Harry y Draco volvían a estar febriles, inquietos y alterados, y todos se acomodaron lo mejor posible para pasar una mala noche. Severus se agitó, retorciéndose en sueños hasta que el dolor cedió. Y cuando el sueño de todos se hizo más calmado y profundo, entraron de alguna manera en los extraños sueños del lobo.

Un nervioso hombre lobo recorría los estrechos senderos del bosque prohibido, ya familiares, oculto bajo el manto de la noche, galopando bajo los árboles, con una sola idea en la mente, fijo en su meta, ignorando los tentadores olores de la noche, buscando algo desesperadamente.

Remus corrió silencioso, hasta alcanzar el claro escondido. El lobo gruñó, satisfecho y rezongó suavemente, frenando su loca galopada, y trotó, hacia el árbol donde se ocultaba su cubil. Saltando sobre la maleza y los troncos escondidos en la hierba, arañando la tierra con sus duras garras, ahora frenético por reunirse cuanto antes con su manada. Los tres descansaban fuera de su alcance, ocultos en las entrañas de la tierra en la pequeña cueva excavada por sus zarpas en la maleable arcilla entre las enormes raíces del añoso árbol. Dejando el gran trozo de venado que llevaba entre las fauces en el suelo, emitiendo un suave aullido, vehemente y tímido, el lobo se asomó a la boca del profundo cubil y se sentó sobre su cola, impaciente.

El gran lobo pardo oscuro, con reflejos rojizos, retrocedió, y observó atento, repentinamente inseguro ante el ronco gruñido de amanaza que brotó de la tierra. No conviene interferir con un lobo y su camada, y el macho evaluó de nuevo el aroma de su pareja, olfateando, y se giró a su alrededor, intentando ver si había algo extraño en el ambiente, temiendo posibles peligros. Con una nueva llamada tranquilizadora, se apartó de la entrada. Desde el fondo de esta, su compañero incluso le gruñó, receloso, y permaneció en su lugar. Lunático dio un paso hacia atrás, luego otro, y otro más, gimiendo suavemente, tratando de tranquilizar a la desconfiada criatura, y un pequeño chillido mucho más agudo le hizo levantar las orejas con atención, repentinamente rígido. Incapaz de evitar la atracción, gimoteó en respuesta y finalmente, su pareja emergió parcialmente, tan solo el brillo de sus ojos visible bajo la luz de la luna. Lunático movió la cola entusiásticamente y emitió un ladridito de salutación. Y el lobo de color gris muy oscuro, casi negro, tan solo le miró y avanzó, moviendo la cola en un saludo igualmente caluroso.

Su corazón palpitaba, acelerado, y ladeó la cabeza con un gesto de curiosidad, irguiendo las orejas, olfateando una vez más. Su lengua sonrosada rozó el suave pelaje del hocico del otro y las fauces de ambos se distendieron en una sonrisa canina llena de dientes en un mutuo saludo.

Con un gruñido, el lobo gris se giró hacia la caverna y unos agudos gemidos brotaron de ella. Pronto, dos cachorros, uno algo más grande, un lobezno casi negro y otro lobezno más pequeño y joven, de color crema y aun con la pelusa propia de los retoños más pequeños, treparon por la rampa de tierra del cubil, agitando frenéticamente sus pequeños rabos con entusiasmo. Saltaron hacia el lobo rojizo, con gemidos y ladridos, lamiéndole intensamente la comisura de la boca hasta que el macho regurgitó para ellos parte del fruto de la cacería nocturna.

Las crías comieron, avidas y hambrientas y se tumbaron sobre el gran lobo castaño, enroscándose apretadamente entre ellos y sobre su costado, una vez saciada su hambre. Con una caricia a su compañero, el lobo gris pizarra le olfateó una vez más y se tumbó a su lado, mordisqueando aun su parte de la pieza cobrada, mientras el otro dejaba caer su cabezota en su lomo, con un suspiro placentero. El castaño era el Alfa, el líder, el protector y el padre cariñoso y sus ojos se entrecerraron, mientras su cola se abatía sobre la verde hierba, olfateando el aroma de sus cachorros y el de su fogoso amante, totalmente relajado, en el seno de su manada.

El sueño era extraño, irreal y al mismo tiempo, aterradoramente verosimil, como todos los del lobo, pero Remus ya no luchaba desde hacía mucho con este. Su manada y su familia eran la misma cosa y el lobo suspiró, gruñendo ligeramente una amenaza al que osara irrumpir en su mundo, reacomodandose entre sueños. Los chicos despertaron por la mañana, aun confusos por lo sucedido, algo febriles todavía pero los ojos dorados de Remus se iluminaron con exuberante alegría, y Severus les abrazó con fiereza a todos, cortándoles el aliento.

Severus, tras la primera dosis, les advirtió que iba a instaurar un calendario de dosis semanales hasta lograr el efecto deseado. Sus experimentos reflejaban que las ratas necesitaban unas seis dosis y los monos más de 8 para que el efecto y el cambio fuesen permanentes, así que el hombre no pensaba arriesgar nada. La temperatura corporal de todos estaba alterada, pero con una clara tendencia a elevarse, especialmente durante la noche. Era un estrés soportable para sus cuerpos, estarían más cansados de lo normal, pero el Slytherin tenía preparadas pociones para todas las contingencias posibles.

Severus les había hecho estudiar duramente durante todo el verano, repasando el temario de todas las asignaturas en los viejos libros de Harry y avanzando en el de 6º con sus propios y baqueteados ejemplares – excepto en Pociones, que ya hacían bastantes practicas con él, de todas maneras - y ahora ambos tenían sus flamantes ejemplares con sus nombres bellamente impresos en letras goticas y doradas en la cubierta interior, reposando en sus baúles. Bueno, no todos eran libros nuevos, ya que Severus les había hecho a ambos un regalo muy especial. Usando sus libros de pociones nuevos y con un encantamiento similar al del mapa del merodeador, había añadido a estos sus propias anotaciones e instrucciones sobre la materia, dándoles una mejor base de partida.

Los dos habían sonreído como locos y Severus le quitó merito al tema murmurando:

Remus hizo realmente todo el trabajo, yo solo le pedí que hiciera una copia de mis viejas anotaciones para cada uno de vosotros…

Pero ambos sabían muy bien que en aquellas notas estaban las bases del genio de Severus como maestro de Pociones y que eso, no era un regalo banal. Era un auntentico tesoro, algo que usualmente solo pasaba de padres a hijos, como un secreto de familia o una herencia familiar...

Gracias, gracias de verdad, padre.

Muchísimas gracias tío Sev.

Y los dos le abrazaron fuertemente, haciendo sonreír al hombre. Una de las insospechadas ventajas de haber tomado la poción de Severus fue que la mente de Draco pareció recobrar y asimilar sus recuerdos cada vez más rápidamente, y el chico recordaba con claridad casi toda su vida pasada para cuando llegó el 1 de septiembre.

Lamentablemente, una cosa que no podía acelerar la poción era el proceso de recuperación de Draco, y que este permaneciera atrapado con una mente de adolescente en un cuerpo de niño le torturaba, haciéndole devanarse los sesos en busca de una posible solución. El rubio no podía incorporarse normalmente a la escuela y Harry tenía que regresar a Griffindor. Era algo inaceptable, lejos de su tutela, el moreno podía correr serio peligro y gruñó de descontento. Aferró la copia del mapa del merodeador que Remus le había regalado y se resignó. Controlaría al muchacho cuanto pudiera con él, listo para intervenir en caso de peligro. Además, Winky y Dobby habían sido alertados para proteger a los dos muchachos de cualquier cosa, y cumplían su cometido con devoción.

Draco había pataleado y protestado con energía al no poder unirse a Harry en el Gran Comedor, pero el moreno le abrazó y le susurró:

Vendré a verte cada día, lo prometo, y además, Severus me pondrá detenciones a montones….verdad?

El hombre asintió, sonriente. Era un manera de controlarle muy simple y agradeció que Harry la sugiriese. Realmente el chico tenía un fuerte lado Slytherin. Remus se incorporaba al profesorado, retomando las clases de Defensa, y el tenerle cerca suponía un alivio para todos. Dumbledore se mostro paternalista y afable cuando Severus le informó de que la condición de Draco parecía no mejorar, pero insistió en que Harry retornara a su cuarteles habituales.

El moreno dejó en el dormitorio que ambos compartían toda la ropa nueva que había recibido de Remus, la de Draco y las que Severus le diera y guardó en su baúl los harapos procedentes de los Dursley. El escándalo de su detención no había trascendido al mundo mágico y solo algunos individuos se habían percatado de lo sucedido. Los Weasley eran unos de los pocos que habían sido informados, recibiendo anónimamente una copia de los diarios muggles con los titulares de su detención.

Sin embargo, la reacción de la familia había sido extraña. Aunque Molly se había horrorizado, pronto su estupor había desaparecido. Su esposo agachó la cabeza, meditabundo y murmuró algo acerca de no poder hacer nada, y rompió el periódico, arrojándolo después al fuego.

Esto no nos concierne Molly, estoy seguro de que Harry no ha sufrido daño alguno, Dumbledore no lo hubiera permitido. Además, ya está en manos de los policías. No tenemos de que preocuparnos...

La reacción de otros magos había sido bien distinta. Andrómeda Tonks y su esposo recibieron la extraña carta y leyeron el extraño periódico. Ninguno de los dos era miembro activo de la Orden, pero si colaboraban con ella, sobre todo debido a la reciente entrada en la Orden de su hija, la joven metamorfomaga y auror Nimphadora. Ted frunció el ceño, y miró a su esposa murmurando:

¿Crees que esto es realmente cierto?

Andrómeda miró su esposo con sus ojos negros, cada vez mas enojada y murmuró:

Es fácil comprobarlo, verdad querido?

El hombre asistió y frunciendo el ceño susurró:

Llama a Dora, e invítala a cenar. Creo que voy a salir un rato.

Charley Weasley recibió el periódico y lo estrujó entre sus manos hasta hacerlo ilegible. Se giró hacia la joven dragona que estaba vigilando y murmuró con ojos brillantes:

¿Te apetece un poco de muggle rostizado, Norberta? Supongo que sí.

Norberta rugió con ira, expulsando una gran llamarada por las fauces y Charley sonrió salvajamente, aplaudiendo a la letal bestia, que sacudió la cabeza con orgullo.

A lo largo de Gran Bretaña, algunos importantes cabezas de familia recibieron la misma copia del periódico muggle, y entre ellos algunos se indignaron, y la mayoría se limitó a ignorarla y hacerla desaparecer. No eran muchos los que estaban dispuestos a enfrentarse abiertamente a Dumbledore al parecer, aunque les ofreciesen pruebas de su verdadera forma de ser. Remus se decepcionó al ver el escaso apoyo que encontrarían entre el supuesto lado de la luz. Sus esfuerzos se centraron en el otro lado de la sociedad y sabiamente difundió rumores que pronto encontraron eco. Al menos, Remus constató que varios mortifagos investigaron los hechos e informaron a su Señor. Los frutos de su lenta labor aun tardarían tiempo en ser visibles, pero las semillas de la futura cosecha ya estaban plantadas.

El moreno se incorporó a la mesa de Griffindor, temiendo el reencuentro con sus compañeros. Física y mentalmente estaba mejor que nunca, pero no estaba seguro de que sus amigos pudieran creer nunca lo que le había sucedido. Se sentó en su lugar, y sus amigos se reunieron con él, en medio del barullo general.

Con una mirada celosa Ron murmuró venenosamente :

¿Unas buenas vacaciones, compañero? Dumbledore nos dijo que te habías marchado a un lujoso campamento de verano, para entrenar en privado.

Con un tono de queja, Hermione protestó:

Podías habernos invitado, no?.

El moreno les miró a ambos por un instante y susurró conteniendo a duras penas el enojo:

¿Realmente? Pues no sé, pasar todo el verano estudiando no es mi idea de diversión, verdad?

Sus dos amigos intercambiaron miradas entre ellos y Hermione murmuró resentida.

El director nos advirtió que te inventarías cualquier cosa parecida. Realmente has sido muy egoísta Harry.

Harry les ignoró el resto de la comida y pronto empezó a dolerle la cabeza. El discurso de Dumbledore atrajo su atención, tan solo porque el hombre le mencionó, ratificando la versión que había dado a sus amigos de su ausencia durante el verano.

Espero que te hayas recuperado de tu reciente pérdida tras tu estancia en el centro vacacional, Harry.

Ronald gruñó entre dientes "mentiroso" y le dio un codazo. Aun más aislado que nunca de sus escasos amigos, Harry bajó los ojos, temblando de furia. Severus le observó desde la distancia todo el rato, consciente del dolor que estaba experimentando y cruzó una mirada con Remus. Si, el castaño se ocuparía de él más tarde, a solas.

Ascendiendo a la Torre con paso cansado, el moreno se dejó caer en silencio en su cama, vestido y cerro las cortinas, aislándose del resto del bullicio con un hechizo. Pero al cabo de un rato, un enojado Ron gruñó:

Harry! Remus quiere verte!

Y se alejó con un portazo. El moreno bajó a la sala común y se marchó con Remus hasta su despacho, un par de corredores más allá, conteniendo todo el rato las ganas de llorar. El hombre le hizo sentar en su diván, le ofreció una taza de cacao caliente, y el muchacho preguntó perplejo y enojado, triste y confuso a la vex:

¿Todos piensan que soy un mentiroso? ¿Que he pasado unas vacaciones de lujo en algún sitio para privilegiados?

Asintiendo en silencio y pasándole un brazo por los hombros, abrazándole, dándole el confort de su presencia, el hombre murmuró con voz grave y calmada:

Harry, no luches mas, déjate llevar de momento por la corriente, aun es demasiado fuerte, y poco a poco, podrás llegar a la orilla, te lo prometo.

El moreno, tras mirarle un rato en silencio, por fin, rompió a llorar sin un gemido o un sollozo, tan solo gruesas lágrimas de dolor y tristeza, pero también de soledad rodando por sus mejillas, mientras el que para él era ya afectivamente uno de sus padres, le acariciaba el pelo con cariño y afecto.