Domingo, 19 de diciembre.

—¡Me sudan las manos, Lauren! —exclamó con desesperación— Te lo pido por favor... no alargues más mi sufrimiento. Llevamos más de dos manzanas andando. ¡Dos! —le señaló con los dedos dramáticamente— ¿A dónde vamos? ¿Cumplirá algo de mi lista? ¿Qué es? ¿Por qué no vamos en Otom? ¡Lauren, respóndeme!

Quizás nunca os lo había comentado pero Camila Cabello no era la persona más paciente del mundo. Tras esta reacción desmesurada creo que habéis podido comprobarlo por vosotros mismos.

Lauren se paró en seco, con esa cara que siempre ponía cuando quería mantenerse seria pero igualmente su sonrisa se veía reflejada en sus ojos y en sus mejillas.

—Camz. Tranquilízate —tomó sus manos, poniéndose frente a ella— Ya estamos llegando, y si no te digo donde vamos es porque quiero que sea una sorpresa. ¿Y sabes lo que tienen las sorpresas? —la otra chica negó con la cabeza— Que si se sabe lo que es, ya deja de serlo.

—Te entiendo pero... —agachó la cabeza hacia su regazo, mordiéndose el labio inferior— Es domingo y no hay muchas cosas abiertas los domingos.

Y, tras esto, otra nueva serie de preguntas comenzó.

—¿Vamos a la playa? ¿Me llevas a un juicio tuyo? ¿Cuánto tiempo más quiere decir "estamos llegando"?

—"No" a lo primero, "por supuesto que no" a lo segundo y "estamos llegando" a lo tercero —echó a andar— Vamos.

—Pero...

—Nada de peros —le interrumpió— Cuanto más tiempo estés parada más tardaremos. ¿Eso es lo que quieres?

Inmediatamente Camila corrió tras ella y se puso a su altura andando aún más rápido.

Lauren negó con la cabeza, era imposible no encontrarla encantadora cuando se comportaba de esa forma tan infantil.

Caminaban por las calles de Boston aquella tarde fría de diciembre, aferradas a sus abrigos y con las cabezas metidas casi por completo en sus bufandas, sintiendo como el aire prácticamente helado congelaba sus rostros pero no por ello el ánimo. Era el primer día después de su trato, era el primer día después de aquel beso en la azotea, era el primer día después de la primera nevada en Boston, era el primer día de muchas cosas que aún estaban por llegar.

—No veo nada, Lauren —protestó frunciendo el ceño— Llevas varios metros llevándome con los ojos tapados. ¿Dónde estamos?

Ésta se colocó a su lado sin quitar las manos de los ojos de Lauren.

—Aquí es donde preparo mis casos, es como mi santuario —le susurró al oído— Entiendo que debes cumplir un punto de tu lista pero por favor no llames demasiado la atención, ¿de acuerdo?

—¿Estamos en tu cas... —inmediatamente las apartó y Camila observó el lugar casi sin habla— Es... es... ¡Es una biblioteca!

—Sí, lo es —asintió sin poder evitar la sonrisa.

Camila la miró. Segundos más tarde volvió la vista al frente, para luego mirarla de nuevo, para volver la vista al sitio, para después volver a mirarla sin poder contener su rostro lleno de emoción. Como continuase con el mismo movimiento una y otra vez iba a sufrir alguna especie de lesión muscular.

Finalmente, centró su mirada en Lauren y en esos ojos esperanzadores.

—¡Siempre había querido venir a este sitio! —dijo pegando un saltito entusiasmado.

—¿Y por qué no lo has hecho? Es pública.

—Porque Harry tuvo un tórrido romance con el encargado del pasillo de novelas románticas y jamás ha querido volver a pisarlo —frunció el ceño— Por lo tanto me dejó sola, sin acompañante y, además, me prohibió por completo la entrada por miedo a que hablase con él.

—Lo entiendo. Veronica me prohibió entrar en una heladería cercana a la universidad porque la dependienta le regaló un helado a Lucy —negó con la cabeza— Es un tanto celosa, no sé si te has dado cuenta.

—Casi hizo que me tragase la toalla sudorosa de Harry solo por estar a su lado, así que sí... me he dado cuenta —sin más le agarró la mano entrelazando sus dedos y comenzó a caminar— ¿Por qué este sitio, Lauren?

Ella observó su mano entrelazada, prácticamente petrificada.

Lauren Jauregui jamás había sido una amante de los paseos románticos por el parque o los helados compartidos entre miradas de adoración. En realidad ella jamás había sido amante de nada que tuviese una connotación romántica o de compromiso. Odiaba las relaciones, no creía en ellas y por lo tanto huía de cualquier cosa que pudiese suponer una. Sin embargo, caminar por los pasillos de esa biblioteca de la mano con Camila Cabello la hacía sentir más feliz y más plena de lo que se había sentido en mucho tiempo, quizás en toda su vida.

Uno más de sus dogmas hasta antes inquebrantables en el que ella interfería sin ser siquiera verdaderamente consciente.

—¿Lauren? —indagó Camila, sacándola de sus pensamientos.

—Dime —le dijo, aún un poco absorta.

—¿Por qué me has traído aquí? No me has respondido...

—No recordaba muchos puntos de tu lista pero sí sé que gritar en una biblioteca era uno de ellos —la miró con una sonrisa, finalmente recompuesta— Por lo tanto... aquí estás, adelante.

Camila se paró en seco y la miró abriendo los ojos como platos; había olvidado por completo que ese punto estaba escrito, como la mayor parte de los puntos de su lista. Todos sabemos que no se caracterizaba por su buena memoria, por algo había tenido que apuntarlo todo en una jodida hoja de pedidos.

—Yo... no sé realmente muy bien que decir —mordió su labio inferior— ¿Gritas conmigo?

—No —respondió tajante— Yo no tengo una lista de 30 cosas que hacer antes del 30. Esto es algo tuyo, yo solo te acompaño.

—¿Y qué grito? ¿Y si nos echan? —se acercó a ella poniéndose prácticamente sobre sus labios— No quiero que te prohíban la entrada.

Lauren tragó saliva, intentando controlar las ganas de besarla en mitad de aquel pasillo y empotrarla contra la estantería de Literatura Inglesa. No era una buena idea, todos la conocían y sin duda esa no era la actitud adecuada para la mejor abogada de divorcios de William & Wallace.

—Soy amiga de la bibliotecaria jefe, no nos echaran. —le sonrió, intentando recobrar la compostura— La he llamado esta mañana y le comenté lo de tu lista. Sí me pidió que sea algo corto y por supuesto no obsceno.

—Bien.

Decidida, Camila caminó hasta el centro de la biblioteca dónde algunos estudiantes daban los últimos repasos para los exámenes que llegarían en enero.

Estaba nerviosa, le sudaban las manos y su estado de pánico podía palparse en cada pisada que daba. No sabía que decir, no sabía que gritar, no sabía por qué Lauren había hecho eso por ella, pero le alegraba saber que estaba tan metida en su lista de cosas por hacer antes del 30. Era lo menos que podía hacer a decir verdad, un trato era un trato.

Se giró hacia su compañera con los brazos extendidos hacia el suelo plasmando la tensión, la miró con una gran sonrisa antes de apretar los puños e inspiró profundamente cerrando los ojos.

—¡Demi es la mejor cantante de todos los tiempos!

Varias cabezas se giraron hacia ella de inmediato completamente consternados, algunos al borde de un infarto por tal inesperada interrupción. Sin duda no era algo habitual que alguien gritase de esa manera, muchos quizás no entendieron como de alguien tan pequeño pudo salir tremenda voz.

Camila corrió hasta Lauren rápidamente escondiéndose, ruborizada, tras ella.

—Seguro que ahora viene el vigilante de seguridad para echarme a patadas —susurró nerviosa— Van a llevarme al calabozo, lo sé.

Lauren rió entre dientes y negó con la cabeza.

—No vendrá nadie, te lo prometo. Vamos —tomó su mano de nuevo, al parecer la experiencia había sido muy gratificante— Quiero enseñarte la biblioteca, prácticamente es como mi segunda casa.

La Biblioteca Pública de Boston era, sin duda, uno de los lugares más hermosos e impresionantes que Camila Cabello había tenido el placer de ver en su corta pero intensa estancia en la ciudad. Odiaba a Harry en silencio por haberla apartado tanto tiempo de aquel sitio tan increíble. De haber podido ir antes, se habría pasado prácticamente todos los días paseando por cada uno de sus rincones.

Mientras caminaban, Lauren iba informándola de todo lo que sabía. Le habló de cómo era la tercera biblioteca más grande de los Estados Unidos, la primera librería pública, y como contaba con la mayor colección gracias a sus 15.000 libros. Camila no sabía si aquello era mucho o poco, tampoco es que le importara verdaderamente; pero ver como hablaba y hablaba tan entusiasmada por primera vez desde que la conocía, le hizo darse cuenta de que sin duda Lauren Jauregui no era un ente sin vida. Simplemente era alguien extraño, diferente.

Como ella.

Camila la observaba con devoción, incluso rozando quizás el marco de la adoración. Miraba ensimismada su perfil como si fuese lo último que sus ojos fuesen a ver en su vida. Era hermosa, y verla gesticular con tanta pasión la hacía aún más perfecta de lo que ya era solo estando de pie completamente inmóvil.

Libros y más libros la rodeaban. Libros que contaban historias, historias que habían sido narradas hacía siglos pero que posiblemente tenían una cosa en común: el amor.

¿Por qué desde el principio de los tiempos se habían dedicado textos, inscripciones y obras a algo que para ella no existía? ¿Por qué darle tanta importancia a un sentimiento que ni siquiera era tangible? ¿Por qué todos lo buscaban con tanto ahínco para poder sentirse completos? ¿Qué era el amor verdaderamente? ¿Cómo alguien podía saber si estaba enamorado?

Todo eso, y mucho más, se preguntaba Camila mientras hacía fotos a todo lo que había a su alrededor y acariciaba delicadamente con las yemas de sus dedos algunas viejas novelas de Shakespeare, pensando en que tal vez ella era la equivocada y el amor no era la mayor mentira de todos los tiempos. Si todos iban a la derecha y ella a la izquierda, ¿quién era la confundida?

—Camz... —le dijo a su espalda— Hay alguien que quiere conocerte.

Se giró un tanto confusa y soltó una estruendosa carcajada al ver como Lauren tenía en su cara la biografía de Demi Lovato, saludándola alegremente con la mano y haciendo un bochornoso y extraño baile que poco tenía de coordinado pero sí mucho de divertido.

—Es un honor conocerla, señora Lovato —besó su mano haciendo una especie de reverencia— Supongo que ha venido al escuchar mi grito y con su presencia quiso ayudarme a cumplir otro punto de mi lista.

—Por supuesto señorita, su grito ha llegado a mi mismisima casa.

Camila soltó una nueva carcajada y golpeó su hombro, tapándose la boca de inmediato para no llamar más la atención.

—Imbécil, no te burles de mí.

Lauren apartó el libro de su rostro y sin poder evitarlo posó sus labios dulcemente sobre los de Camila.

Era hermosa, era adorable, era... era la mujer más increíble que había conocido en toda su vida y sentirla, el manjar más preciado. Lo era hasta tal punto que cuatro días juntas eran más que suficientes para poder afirmarlo. Se sentía comprendida por ella y, lo que era aún mejor, se sentía complementada como si desde que estaba a su lado todo lo que antes no encajaba ahora cobrase significado de repente.

Se separaron lentamente y tras ella una voz más que conocida, pero no por ello menos inesperada, la sacó de la magia proporcionada por los labios de Camila.

—¿Lauren? ¿Eres tú?

Se dio la vuelta, con cierto temor, sabiendo con quién iba a encontrarse.

—A... ¡Alexa! Qué... qué sorpresa.

Un momento. Os hago un rápido resumen para poneros en situación.

Alexa Ferrer era una abogada de divorcios nacida en Georgia pero criada en Boston. Inteligente, audaz, consentida y con un ego desmesuradamente grande. Lauren la conoció en el juicio de los Lemacks, una pareja de médicos forrados que terminaron casi tirándose sus fonendoscopios a la cabeza en la lucha por la posesión de su inmensa mansión y la custodia de su horrendo caniche.

Lauren defendía al señor Lemacks, Alexa a la señora Lemacks. Tras el juicio ambas terminaron manteniendo una tórrida sesión de sexo desenfrenado en el sofá de cuero negro del despacho de Lauren.

No fue muy descabellado que las dos mejores abogadas de divorcios de Boston terminaran encontrándose una y otra vez en los juzgados, y también una y otra vez en aquel sofá de cuero negro, por supuesto. Sexo pasional y descontrolado convertido en una lucha cuerpo a cuerpo por ver quién tenía el control sobre la otra. Una verdadera guerra de poderes.

Tampoco creo que sea muy absurdo el hecho de que no durasen más de un mes juntas. Si es que en algún momento aquello se pudo considerar algo más que una pelea de hienas en celo. Y ahora ahí estaba, frente a ella, con su brillante sonrisa de anuncio de dentífrico y su elegante traje de chaqueta gris marengo.

Alexa se acercó y la besó en la mejilla para luego acariciársela con delicadeza, retirando así el lápiz de labios fruto del contacto, sin dejar de mirarla fijamente. Esa mirada de tigresa observando su presa siempre había hecho que a Lauren le temblasen las piernas, y no en el buen sentido precisamente.

—¡Pero que guapa estás! —exclamó la chica observándola de arriba a abajo— Parece que los meses te han sentado de maravilla.

Lauren sonrió con timidez y agachó la cabeza un tanto ruborizada —Gracias, tú también estás estupenda.

—¿Qué te trae por aquí? ¿Lo mismo de siempre? —la miró con una media sonrisa— ¿Preparando tus casos para continuar siendo la número 1? Aunque muera de envidia, siempre lo serás... eso no cambiará nunca —le guiñó un ojo, coqueta— Pero no te duermas en los laureles mi amada Lauren, alguien aquí presente está pisándote los talones —sonrió con orgullo alzando la barbilla— Sí, he ganado otro caso.

—Me alegro por ti, Alexa —la felicito con honestidad— Te lo mereces, eres una abogada brillante.

Camila, quien no había desaparecido sino que había observado toda la escena a pesar de como aquella jirafa morena la había ignorado por completo, carraspeó con fuerza haciendo que Lauren finalmente recordase que no estaba sola.

—¡Oh! —exclamó rápidamente— Esta es...

—Soy Camila Cabello, su novia —se adelantó teniéndole la mano— Encantada.

Lauren abrió los ojos ampliamente al escuchar aquella presentación. ¿Había escuchado bien o la presión por ver a Dominatrix, cómo muchos la llamaban por los juzgados, le había hecho padecer alucinaciones?

—¿Su novia? —la observó Alexa, con rostro confuso— Por la cara de Lauren diría que no está muy contenta con eso...

Camila rió estruendosamente y negó con la cabeza.

—Sus dotes de abogada la han convertido en alguien inexpresivo para no mostrarse vulnerable ante el enemigo —la miró entrecerrando los ojos— Es algo que deberías aprender, si quieres ser tan buena como ella —la abrazó por la cintura— Aunque nunca pasará, ella es la mejor.

Lauren rió tontamente, no sé muy bien si por lo ridículo de la situación o por el rostro completamente rojo por la ira de aquella mujer a la que nadie jamás había dejado sin palabras.

Excepto Camila, por supuesto.

—Siempre había creído que la imbatible Lauren Jauregui detestaba los compromisos —elevó las cejas cuando finalmente pudo emitir algún sonido— Parece que aquellas eran otras épocas. ¿Cuánto tiempo lleváis juntas?

—Cuatro días, pero fue amor a primera vista —la abrazó con más fuerza, subiendo el brazo de Lauren hasta su hombro para que la rodease— Ya sabes... cuando encuentras a tu media naranja no hay nada que hacer, no se puedo luchar contra el amor. Incluso estamos pensando en irnos a vivir juntas, ¿verdad, Lolo? —la observó guiñándole el ojo, ésta tragó saliva con fuerza y Camila miró de nuevo a su contrincante— Es tan tierna cuando está sin palabras, eso es lo que me enamoró de ella.

—Vaya... supongo que os felicito por haber encontrado el amor.

Un silencio incómodo se formó entre las tres chicas, silencio lleno de miradas que vagaban entre ellas y algún que otro carraspeo embarazoso que dejaba aún más claro lo absurdo de la situación.

Finalmente Camila supo que tendría que ser ella quien diese por concluida la conversación.

—Ha sido un placer conocerte, Alexa—le tendió la mano sin soltar a Lauren.

Dominatrix la miró confusa, enarcando las cejas y apretando su mano quizás con demasiada fuerza, sabiendo que estaba echándola sutilmente.

Quizás no tan sutilmente.

—El placer ha sido mío —le respondió sin mucho convencimiento para luego mirar de nuevo a Lauren— Me alegro de que hayas encontrado a alguien que te haga feliz, te lo mereces.

Dicho esto se acercó de nuevo hasta ella y dio otro beso en su mejilla, esta vez tomando su rostro con fuerza y con la mirada más penetrante y sexual que Lauren había visto nunca, y os aseguro que tratándose Dominatrix eso es mucho decir.

—Adiós Alexa, espero que todo te vaya bien —sonrió amablemente, ya sabemos que ante todo ella era una chica muy educada.

—Si necesitas algo ya sabes... llámame —le guiñó el ojo antes de irse, contorneando las caderas de un lado a otro emanando sensualidad y seguridad al ritmo del sonido de sus tacones sobre el parquet.

—Zorra —murmuró Camila.

Lauren se soltó inmediatamente de su agarre cuando finalmente Alexa giró la esquina y la miró, frunciendo el ceño.

—¿Qué ha sido todo eso? ¿Tu novia? ¿Vivir juntas? —entrecerró los ojos— ¿Lolo?

—Debería preguntarte lo mismo —se cruzó de brazos arrugando los labios— ¿Llámame? ¿Para qué quiere que la llames? ¡Claro de repente te has vuelto la consejera del pueblo y no me había enterado! —alzó los brazos con una sonrisa irónica— Era tan obvia y descarada. Dios...

—Somos abogadas, nos ayudamos mutuamente. Además, ¿qué más te da a ti si me llama o no lo hace? —le inquirió. Camila giró la cabeza ofendida y Lauren abrió la boca ampliamente— ¡Oh! Ahora lo entiendo todo... ¡Estás celosa!

—¿Qué? —exclamó soltando una carcajada— Para nada... ¿Tendría motivos para estarlo? ¿Acaso su brillante sonrisa, su piel perfectamente bronceada, sus piernas largas y esculturales, serían motivos para estar celosa? Para nada —repitió segura de sí misma— Solo he sido una buena compañera de Navidad y te la he quitado de encima. Deberías estarme agradecida, de no ser por mí te hubiese violado contra la estantería de novelas de Agatha Christie.

—¿Y por qué querría yo que me la quitases de encima? —le preguntó, con una sonrisa burlona.

Camila humedeció los labios y arrugó el ceño —Aún puedes perseguirla si quieres. Nadie te lo impide.

—No me interesa. Es una loca egocéntrica obsesionada con el poder —suspiró pesadamente ante el recuerdo de aquellos tórridos encuentros— Por eso mismo lo dejamos, si es que en algún momento habíamos estado juntas...

—¡Oh Dios mío! ¿Es tu ex? Te... te... ¡Te has acostado con ella! —la señaló con el dedo, cual pecadora— ¡No me lo puedo creer!

—Eres tan dramática... ¿Acaso tú nunca te has acostado con nadie? —alzó las cejas con sorna— ¡No me digas que eres virgen!

—¡Claro que no soy virgen! Pero mis conquistas no parecen salidas de una tienda de "Mujeres perfectas: llévese una morena modelo de cuarenta kilos a su casa sin gastos de envío."

Sí, Camila estaba celosa, eso era algo más que evidente. Y también era obvio que a Lauren este hecho le resultaba jodidamente perfecto. Quizás después de todo no había sido tan malo volver a encontrarse con ella después de aquella "ruptura" llena de gritos y reproches los cuales prefiero obviar por si hay algún menor leyendo esto.

—¿Continuamos con nuestro tour? —preguntó, tendiéndole la mano con dulzura.

—No sé si podré mirarte de la misma manera después de toda ésta información —alzó el mentón haciéndose la ofendida— Lo intentaré, pero no puedo prometerte nada —empezó a caminar sin esperarla.

Lauren la observó desde su posición en el pasillo y echó a andar negando con la cabeza. Ya no le quedaba ningún tipo de duda, Camila Cabello era la viva imagen de la perfección en cuerpo de mujer y con alma de niña.

Después de una hora más recorriendo el inmenso lugar con Camila finalmente mostrándose tan entusiasmada como de costumbre, sin duda, necesitaban un merecido descanso. Para ello nada mejor que aquella pequeña cafetería situada en la primera planta, con música Jazz de fondo y luces tenues que alumbraban las mesas antiguas de madera que quizás tenían más años que el propio Boston.

—Esto es... —murmuró con la boca llena de tarta de chocolate— Es... ¡Es alucinante!

—Sí, veo que te gusta —comentó con una sonrisa mientras le daba un sorbo a su taza de café.

Camila se giró en la silla para luego acercarse a pocos centímetros de su rostro.

—La señora que tengo a mi lado le está contando, a quien parece ser su mejor amiga, sobre como la señora Lorem ha engañado a su marido —susurró con los ojos muy abiertos— Quizás pueda ser un futuro caso tuyo. Si vienes para prepararlo... ¿Podré acompañarte? Guardaré silencio. Lo juro.

—De acuerdo. Trato hecho.

Sonriente por saber que, quizás, podría volver a probar otro día aquella maravillosa tarta de chocolate vegana con almendras, Camila dio un sorbo a su zumo de frutas y clavó los ojos en su acompañante.

—Ahora que sé que aquello que me contaste la otra noche de porqué eres abogada solo era parte de la lista de Veronica... —comentó poniendo los codos sobre la mesa y mirándola con interés— Dime la verdad, ¿por qué quisiste ser abogada, Lauren?

—¿Has visto la película Philadelphia?

Camila negó, metiendo un nuevo trozo en su boca; cinco segundos sin sentir el sabor delicioso de aquel dulce manjar era demasiado tiempo.

—Pues deberías verla, es mi película preferida —afirmó convencida— Tom Hanks, el protagonista, es un abogado que es despedido por contraer sida. Entonces contrata a Denzel Washington para que lo defienda. Pero Denzel era medio homófobo y al principio no estaba muy de acuerdo, aunque luego recapacita y decide ayudarle y... —tomó aire después de aquel amplio resumen— Bueno, no voy a seguir contándote la película porque quiero que la veas —rió entre dientes— La cuestión es que la vi en el cine con mi padre cuando tenía seis años y desde entonces supe que sería abogada.

—¿Y eres gay por esa película también?

Lauren soltó una carcajada y negó con la cabeza.

—Soy gay desde que nací —dio un nuevo sorbo a su café— Mi primer beso fue con siete años a mi compañera de pupitre, Lisa; desde entonces supe que lo mío eran las mujeres.

Camila se acercó de nuevo hasta ella y miró a cada lado con nerviosismo.

—¿Por qué las mesas de este sitio están tan juntas? Puedo oír las conversaciones de todos. ¿Cómo puedes concentrarte aquí?

—Me relaja escuchar música y también estar rodeada de gente. Me gusta estar sola sin realmente estarlo. ¿Y tú? —le preguntó observándola fijamente— ¿Qué haces además de escribir listas en papel higiénico?

—No demasiado... —volvió a su lugar en la mesa y movió la tarta con la cuchara— Paso el tiempo con Harry, salgo con sus amigos y su entorno... ya te comenté que Boston es un sitio de paso para mí —giró de nuevo la vista hacia la mesa de al lado— ¿Nunca te has puesto a pensar de qué hablan estas personas? ¿Nunca has mirado hacia mesas cercanas y te has imaginado su vida?

—No quiero pensar en sus vidas; quiero saber de la tuya, Camz —tomó su mano y vagó lentamente por sus ojos.

—Mi vida es aburrida... —murmuró, mirando a su regazo— Ya la conoces prácticamente toda. ¿Qué música tocan en el escenario?

—Jazz, clásicos... ¿Por qué esquivas mis preguntas? —escrutó su mirada como la gran abogada que era.

—¡No esquivo nada! —rió— ¿Qué desea saber, señora abogada? ¡Me declaro inocente!

—No sé... dónde naciste, como son tus padres, que hacías antes de llegar a Boston, que te ha traído hasta aquí —jugó con sus dedos— Sabes mucho de mí, sin embargo yo solo sé que tienes un hurón, un amigo gay que tiene un novio con un parche en el ojo y que vives en el único apartamento con ventanas azules de tu barrio.

—Y del noroeste de Boston —añadió señalándola con el dedo— Nací en Nueva York. Mi madre y mi padre son albergadores de viajeros de paso. ¿Te he contado que se decir "Demi es la mejor cantante de todos los tiempos" en 20 idiomas? —sonrió con orgullo. Y sí, ya se lo había contado— Me mudé aquí porque necesitaba un cambio. Nuevos aires, nueva vida, nueva Camila.

—Entiendo —asintió apoyando su cabeza en las manos para mirarla con atención— Y a esa nueva Camila ¿la has encontrado?

—Estás ayudándome a que lo haga. Por eso la lista.

Lauren le sonrió, mirándola quizás como miraban a sus parejas una de esas tantas imbéciles que tanto había criticado cuando las observaba en la cafetería. Tantos jamases que ahora eran hechos más que demostrados, empezaban a resultar un tanto evidentes. Aún así ella seguía convenciéndose a sí misma de que aquello no era más que una simple alegre aventura.

Aunque eso no le impidió soltar un comentario bobo e idiota, por supuesto.

—Me gusta ayudarte —sonrió con timidez— Me gusta... me gusta complacerte.

Camila rió, un tanto nerviosa por aquellos ojos verdes penetrantes que la observaban casi sin pestañear, y giró la vista de nuevo hacia las mesas aledañas.

—Yo sí me las imagino... —comentó de la nada.

—¿Qué te imaginas?

—A la gente, a sus vidas... a sus conversaciones. Igual que a los edificios. ¿Recuerdas? ¿Cuántas mentiras dirán? ¿Por qué vienen a este café y no a otro? ¿Será ese pedido su favorito? No estoy loca...—frunció el ceño agachando la vista mientras removía el zumo— Simplemente me gusta inventarles historias a los labios que se mueven.

—No pienso que estés loca, al menos ya no —rió levemente— Pero sí pienso que eres muy adorable, y también hermosa.

—¡Deja de coquetear conmigo! —golpeó su hombro— Estamos en una cafetería.

—¿Está prohibido coquetear en las cafeterías? Porque si no recuerdo mal... tú me besaste en una.

—No era un café-biblioteca. ¡No me lleves la contraria! —levantó el dedo— ¿Cuándo sube alguien a tocar? —miró hacia el pequeño escenario frente a ellas— El barullo de la gente está empezando a hacerme sentir impaciente.

—Dentro de poco, hacen un pase a las siete.

De nuevo, Camila observó su alrededor un tanto nerviosa y expectante.

Lauren jamás había visto una persona tan inquieta y activa; no podía estar tranquila, no podía estar sentada, continuamente tenía que estar moviéndose, aunque solo fuese la pierna inconscientemente.

Eran tan diferentes, tan opuestas, posiblemente sin nada en común. Pero ahí estaban, en una cafetería de la biblioteca pública compartiendo risas y confidencias al compás de aquel hilo musical que ahora había parado para así dar paso a la música en vivo. No había nada mejor que aquel lugar un domingo por la tarde, al menos para Lauren y si Camila Cabello era su acompañante esta perfección quedaba multiplicada por infinito.

—Este sitio debe ser exactamente igual a los que frecuenta Demi en Nueva York —comentó con mirada soñadora— Seguramente ahí nace su inspiración, esas canciones maravillosas que compone... ¿Te he contado que me manda señales?

—¿Señales? ¿Del más allá? —bromeó fingiendo estar sorprendida— ¿Demi está muerta?

—¡Jamás vuelvas a decir eso! —la señaló con el dedo, amenazante— Está viva y vivirá por siempre. Me envía señales desde su inmortalidad —sonrió en la convicción de lo que contaba— Siempre que estoy mal y pienso en ella, algo llega en forma de mensaje. Ya sea a través de sus películas, de sus canciones, de alguna frase. Siempre llega. Siempre ahí... presente.

Lauren la observó enarcando las cejas, quizás ya no tan convencida de que no estuviese un tanto demente, y de repente Camila se movió con nerviosismo en su asiento.

—¿Lo ves? ¿Lo escuchas? Ese tema... —se giró en la silla buscando no sé muy bien qué— ¿Demi? ¿Me la has traído para que la conozca realmente?

No entendía muy bien qué demonios le pasaba hasta que comprendió que aquella canción de Rihanna que el pianista estaba tocando había sido versionada en su día por Demi Lovato.

Sin mediar palabra y sin mirarla siquiera, Camila se levantó de su asiento dirigiéndose con decisión hacia el escenario.

—¿Dónde vas? —preguntó confusa— ¡Camila! ¡Ven aquí!

Pero aquel susurro desesperado de poco sirvió. Cuando Demi Lovato y un escenario con un pianista estaba presente, era llamada como si se tratase de la música celestial proveniente de una sirena. No podía evitarlo, por sus venas no corría sangre sino notas musicales.

Desde su mesa observó cómo hablaba con el pianista, quién asintió con una media sonrisa ante lo pedido. Camila sin más posó sus labios en la mejilla del confuso hombre y se sentó a su lado. Lauren optó por esconderse en su asiento, temiendo una sucesión de berridos como intento triste de parecer canción. No las habían echado de la biblioteca después de aquel grito pero sí lo harían de la cafetería y ella jamás podría volver a su santuario. Llevarla sin duda había sido una mala idea.

Pero al escuchar la primera nota que salió de la garganta de Camila sin más potencia que su propia voz, Lauren alzó la vista lentamente y la miró completamente asombrada.

¿Esa era Camila? ¿No era fruto de su imaginación? ¿Acaso le habrían vertido una sustancia extraña en su bebida y estaba sufriendo alucinaciones?

All along it was a fever

A cold with high-headed believers

I threw my hands in the air I said show me something

He said, if you dare come a little closer

¡Ah! ¿No os lo había contado? Sí, Camila Cabello cantaba, como los propios ángeles además. Y Lauren Jauregui estaba completamente perpleja mirándola, casi sin poder respirar, sintiéndose como en una burbuja llena de notas musicales y pequeñas morenas con faldas cortas y medias de colores cantando a capela.

Si antes de ese momento ya la había conquistado, mientras observaba con atención cada expresión y gesto de esa mujer radiante al lado del pianista, supo que Camila Cabello no era la viva imagen de la perfección. Camila Cabello era un ángel caído del cielo para iluminarle la existencia.

Por muy cursi e idiota que fuese aquel pensamiento.

Not really sure how to feel about it

Something in the way you move

Makes me feel like I can't live without you

It takes me all the way

I want you to stay

Sus miradas conectaron y ella le sonrió con timidez, sabiendo que su compañera no esperaba aquello y satisfecha por volver a sentir esa absoluta dicha gobernándola por completo. Dicha que solo encontraba cuando podía cantar a pleno pulmón.

Inspiró profundamente y se dispuso a brindar la mejor actuación que esos simples mortales oirían en toda su vida. Sin duda el escenario era su elemento, su lugar en el mundo, algo que la hacía sentir más viva que cualquier punto de su lista que estuviese empeñada en cumplir. La música era su vida, su vida era la música.

O al menos así había sido antes. Hacía mucho tiempo, quizás demasiado.

It's not much of a life you're living

It's not just something you take, it's given

Round and around and around and around we go

Oh, now tell me now tell me now tell me now you know

Imágenes congeladas de Nueva York fueron pasando por su mente siendo esto completamente inevitable. Cerró los ojos y se dejó llevar por las notas del piano, intentando contener esas lágrimas atoradas en su garganta fruto de la pura emoción por sentirse de nuevo alguien importante, quizás simplemente por sentirse alguien.

Solo tres y medio duró la canción, pero aquellos dos minutos y medio habían sido los mejores de toda la semana, quizás mucho más. Lamentablemente, las últimas notas llegaron y ella sabía que ya era hora de decir adiós.

I want you to stay

Tanto tiempo alejada de su hogar empezaba a pesarle, seis meses sin ver a sus padres le hacían sentir que no pertenecía a ningún sitio, cuatro largos años alejada de lo que más amaba sin duda era lo más duro de todo ese viaje lleno de constantes baches y decepciones. Pero existían dos simples palabras que siempre habían regido su vida: Sigue adelante.

Y eso hacía, cada día, cada hora, cada segundo de su existencia. Camila Cabello jamás se rendía.

—¿Qué tal he estado? —preguntó con timidez, un tanto ruborizada por los cinco minutos de aplausos que habían culminado su brillante actuación.

—Has estado increíble —respondió Lauren aún absorta— No... no sabía que tuvieses una voz tan... tan... ¡Dios! —exclamó soltando una carcajada incrédula— ¡Eres impresionante!

Camila sonrió y se sentó de nuevo en su silla.

—Es un don. He cantado este tema prácticamente desde que empecé a escuchar musica, llevo la música en mis venas. No sé cómo explicártelo, es... la música es mi vida. —reflexionó jugando con sus dedos.

—¿Nunca te has plateado dedicarte a esto?

—Sí, de hecho estudié durante algunos años teatro musical pero... —movió los restos de tarta en el plato— El último año, antes de graduarme, lo dejé —elevó los hombros— Tras esto ayudé a mis padres con el negocio familiar, traté con los viajeros, alguna que otra vez cantaba para ellos... por mucho que me hubiese alejado de ese mundo seguía teniendo la imperiosa necesidad de cantar.

Alzó la vista y vio como la otra chica la observaba ensimismada, sin respirar siquiera, vagando por su rostro como si se tratase de la mismísima aparición de Demi Lovato.

—¿Por qué me miras así? ¿Tengo pastel en la cara? —intentó observar su reflejo en la copa sin mucho éxito— ¡Oh dios mío! ¿He cantado manchada de chocolate?

Lauren negó lentamente con la cabeza, aún sumergida en aquella en ella.

—No es eso, solo… —inspiró profundamente humedeciendo sus labios— ¿Nunca nadie te había mirado como yo lo hago?

—No... supongo que no. —le respondió, confusa por aquella pregunta inesperada— ¿Por qué?

Solo sonrió a modo de respuesta, y Camila le devolvió el gesto aún sin entender muy bien el motivo de aquella pregunta ni tampoco lo que había querido decirle con eso.

Pero yo sí lo sé. Al fin y al cabo por algo soy el narrador omnisciente.

Era Domingo, era diecinueve de diciembre, eran las 6:43 de la tarde. Y remarco esto porque aquel fue, sin lugar a dudas, el momento en que Lauren Jauregui lo supo finalmente con certeza.

Estaba enamorada, perdida y locamente enamorada, de Camila Cabello.

12. Gritar como loca en una biblioteca. Hecho.

20. Conocer a Demi. Hecho