Previously, on "Summer".
—¿Sabés que me gustaría? Dentro de una hora, cuando estemos en la otra playa. Que me sorprendás.
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—¡Yo no soy el pibe acá!
—Yo tampoco.
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—No puede haber desaparecido. No nos habrán robado, ¿no? ¿Tenés tu dinero?
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—O podemos olvidarlo... No tenía nada tan importante. Renuevo todo y digo que lo perdí, así no me pedirán el certificado de denuncia.
—No, ¿qué tal si nuestra denuncia ayuda a otras personas incautas? Vamos a hacerlo, no nos tarda... Las comisarías de las playas siempre están vacías —afirma Daniel—. ¿Querés mayo?
Sebastián suspira.
—Es nuestro deber, ¿no? —le sonríe suavemente, con ojitos incluidos, sólo para Daniel—. Nuestro deber civil, como ciudadanos —abre su pan para que le ponga dentro—. Por favor, un poco.
—Me calentás cuando hablás de deberes... Que fetiche más raro el mío —Daniel se sonroja y le sonríe por esos ojitos, echándole regular de mayonesa después.
—Gracias —beso en la mejilla, sin especificar si es por la mayonesa o por lo del fetiche.
—De nada —a lo jiji, saca ahora él un pan y lo embadurna de mayonesa para después darle su merecido mordisco. A estas alturas de sus vidas, Sebastián aún no le dice nada por la mayonesa, es más, en su lugar come también y es el cielo.
—¿Los hiciste vos? ¿Qué les pusiste?
—Claro que lo hice yo, le puse pollo con pedacitos de apio.
—Te luces y ni siquiera es una cena especial —le piropea a su estilo.
—¡Basti! —sonrojo— Ya, dale, gracias comé... —le mira de reojo con una sonrisita por su exagerado halago.
—¿Hay más? —busca con qué limpiarse los dedos, como si no viese el sonrojo de Daniel, aunque lo ha visto—. Creo que puedo —aguanta una risa por el doble sentido, sigue con tono de «sólo me refiero a la comida»—, con más de un sólo plato.
—¿Más de mayonesa o de pan? —Daniel levanta una ceja y sigue comiendo de su sándwich. Sin captar ningún doble sentido.
—Pan —¿no recuerdan que está en crecimiento? Y encima pensaba fumar después, con el apetito que le abriría eso, Dios santo. Se termina lo que le queda.
—Hice dos tuppers, que serían algo de seis panes, creo —informa—, podés comer lo que se te venga en gana.
—¿Son todos iguales? —mueve los dedos para quitarse las migas.
—Sí... Es que era lo más higiénico.
Sebastián sufre una desilusión, sin demostrarla.
—Entiendo, y es muy cierto —saca otro y aunque no se lo come como un animal, sí en tres mascadas más grandes lo tiene liquidado. Daniel sigue comiendo, algo más despacio porque no tenía tanta hambre, para él era sólo un piqueo. Sebastián sacude las manos.
—Gracias, sos el mejor —se acerca a Daniel para besarle la mejilla, pero a medio camino se detiene para no molestar. Daniel se relame los labios de la mayonesa y percibe que Seba se le acerca y le mira.
—Dale, no te detengás —sonrisita.
—Perdoná, estás comiendo y te interrumpo —dubitativo le da un beso rápido en la mandíbula. Daniel tiene el pan en la mano sin darle uno de los últimos mordiscos.
—No interrumpís —le da otro beso él en la mejilla.
—Perdoname de todas formas —apoya la cabeza en su hombro, como quien se acomoda para dormitar... Sentado.
—Dale, aunque no sepa de qué, te perdono —le da un mordisco a su sándwich, disfrutando del peso de la cabecita de Seba en su hombro, traga y suspira, meditando—. Si dejás que la gente se acostumbre a tus disculpas luego no tendrán el efecto que esperás, eh —aconseja con voz dulce.
—Entiendo... No, la verdad no —le pasa un brazo por detrás de la espalda, abrazándole.
—Porque aún no te ha sido necesaria una VERDADERA disculpa... —explica Daniel y sonríe, dándole otro mordisquito a su pan y masticando.
—Si se trata de ti, me parecen necesarias. Porque no te quiero molesto —sincero, relaja el cuerpo contra él.
¿Qué nos pasa cuando ingerimos algo a la boca y masticamos? Creamos un bolo alimenticio que pasamos y tratamos de digerir después, eso hace Daniel probablemente. Y luego le da un beso en los labios a Sebastián, ya que sólo le hace falta voltear un poco la carita. Sebastián le siente sabor a mayonesa, y le besa laaargo, pero sólo en los labios, de cariño, porque no quiere tener nada que ver con el bolo alimenticio.
—¿Tomamos la siesta abrazados a vista y paciencia de todos? —le sugiere, y Daniel, tras corresponderle, se separa relamiéndose.
—¿No preferís que vayamos a la otra playa y comprar de camino ahí unas birras y unos helados? —levanta una ceja, sugerente.
—Si tomamos la siesta allá, te lo acepto —sonrisa—. Incluso podemos ir a hacer la denuncia si nos queda de camino.
Daniel se termina el último pedazo de pan y se palmotea ambas manos para sacudirse y, en silencio, las sube al cuello a Sebas, acomodándose para mirarle a los ojos fijamente. Sebastián se lo permite, devolviéndole la mirada.
—¿Recogemos? —juro que no lo dice en doble sentido.
Daniel traga saliva porque él si que lo entiende por el doble sentido.
—Vos me vas a dejar sin sangre, definitivamente, ya lo vi claro —se acerca a lamerle un labio, sin cerrar los ojos, después se lo chupa. Sebastián sí cierra los ojos y se les va a ir el día en esto de «vamos, pero primero un beeesooo», ha mejorado en el tiempo que lleva con Daniel a pesar de los besos a escondidas, aunque la respiración siga siendo un problema.
Daniel le da unos cuantos besos más y se separa.
—Dale, mejor dormimos allá cosa que va bajando el sol, hasta hora los rayos UV me dijeron, son muy peligrosos...
—El cáncer a la piel y todo. Son tonterías, de hecho —le habla allí cerquísima de los labios. Daniel lo ve tan liiindooo, con sus ojitos claros queriendo hacerse el muy rebelde ¡ay!, así que se gana otro beso cortito.
—¿Creés que son tonterías? ¿Por qué?
—Porque —piquito—, el cáncer es —piquito—, una enfermedad aleatoria —piquito, piquito—, que puede dar como no dar —otro piquito, pierde la concentración un segundo—, y...
Adivinen quien recibe todos los piquitos, pero al final devuelve un beso con lengua... Y así estamos otros tantos minutos, nos perdemos la explicación sobre la división celular que iba a dar Sebastián. Una ráfaga de viento más fuerte de las normales les tira arena.
—Está mal, no sabés lo que decís, Basti.
—¿Qué cosa hablas vos? —se ha olvidado. Le mira con ojitos de adolescente enamorado. Así cómo tonto, venga.
—Del cáncer hablamos —Daniel se ríe porque él no se ha perdido tanto. Le da otro beso por esos ojitos que le derriten el triple.
—Ah, sí. Sí que está mal, pero el sol no es tan determinante. Y me pusiste bloqueador vos. Me dejaste b... —se calla, y ahora sí, se le termina de olvidar de qué hablaban, le corresponde con ganas. Podrían estar así toda la tarde, pedimos paciencia.
Ese beso debe estar calentísimo con la mano de Daniel que acaricia lentamente la barriga de Sebastián.
—Mmm... —le dice Sebastián por el cariño, y tras otro minuto... se separa, se relame y le mira con ESOS ojos, esos ojitos de volado, medio entrecerrados, enamoraditos, felices y relajados—. No iremos nunca... Y no me importa.
—¿No iremos nunca? —ahora sí, Daniel se perdió, relamiéndose sin abrir los ojos.
—A la playa que querés, a comprar las birras... —le hace cariñito con el pulgar en la cadera.
—¿Por qué no iremos? Quiero que vayamos —abre los ojos y le observa con curiosidad.
—Porque no nos vamos a levantar nunca, aceptémoslo —sonrisilla ladina. Daniel se sonroja y una sonrisita perezosa adorna su cara.
—¿La playa es nuestra cárcel, así lo decidís? —le sigue el juego.
—No, che —se arregla los lentes—, nuestra propia flojera. Estamos tan cómodos que no nos queremos mover aunque el premio sea algo mejor.
—Ahorita podríamos... Ya no estamos besándonos...
—Pero podemos seguir —arrastra las palaaabraaas.
—No, yo quiero ir y vamos a ir —mano dura, hasta se pone seriecito. Sebastián sonríe, le gusta así, y no reclama.
—A veces... —se muerde el labio, es que de verdad le gusta cuando Daniel da órdenes así y es firme, casi un fetiche como el que mencionó Daniel antes. Éste le nota la sonrisa y se satisface.
—¿A veces... ? —levanta una ceja, subiendo una mano a su cara y quitándole un cabello que le ha caído cerca del ojito.
—A veces lo único que quiero es que mandes con ese tono fuerte. Luego recuerdo que eso va contra mi libertad... Y no sé, siendo vos... —se complica hacia el final, a pesar del tono coqueto en que le hablaba al inicio de la oración.
Daniel se relame los labios, gustándole mucho ese tonito en que le confiesa eso, sonríe.
—¡Ah! Mirá que van a decir todos... ¡Que Basti nos salió sadomasoquista! —se ríe bajito, dándole un beso cerca de la oreja.
—¿Qué? ¡No! —le mira como si le estuviera agarrando para bromas—. Claro que no —se imagina algo súper degradante con sangre y electricidad y casi torturas.
—Ah, no... No creo que ni sepás lo que es —le quita hierro al asunto y hace amago de pararse.
—Sí lo sé, hay un libro que está de moda y... —se levanta detrás de él—, es muy malo y me costó acabarlo, pero se veía que era abuso —muy seguro.
—¿Sí? ¿Del que han hecho una película me parece o... ? —pero no se ha leído el libro ni nada, sólo que es muy comentado. Va recogiendo las toallas para doblarlas.
—Ese mismo. Es una trilogía, pero después del primero lo vi muy... —horrible—, en serio, que resaltaba el abuso. No, no quiero nada con sadomasoquismo —recoge la otra y la sacude, la dobla. Busca su bolso y tarda en recordar que ya no lo tiene.
—Tranquilo, que tenés suerte que a mí tampoco me atraigan ese tipo de... Relaciones —es un ignorante en el tema y esa palabra siempre le genera escalofríos, obvio, si se imagina que esa gente tiene cortes en el cuerpo porque se excitan con la sangre que brota de ella o a-algo en la línea y... ¡no, eh! ni que fuera enfermo. Ya dobladas las dos toallas sólo entra una en la maleta de Daniel—. Vas a tener que cargar vos la otra toalla.
Con el bloqueador guardado, el tupper y la toalla, Daniel se carga al hombro la mochila. Sebastián se la lleva bajo el brazo, y suspira por la pérdida de su bolso.
—Mi vieja me va a matar —susurra—. Y claro que no, si no matás ni a una mosca vos.
—¡Me va a matar a mí! Me dijeron que te cuide y mirá lo que nos viene a pasar —circunstancias face.
—A mí, no al bolso —siguiéndole hacia el auto, Sebastián se sacude la arena del cuerpo que se le va secando.
—Bueno, pero son tus cosas, Martín se va a calentar mucho porque ya sabés como es de tacaño...
—Me va a matar cuando le diga que perdí el dinero... Digamosle que se perdieron después —inventándose una historia.
—Yo asumiré la responsabilidad porque es lo que me toca.
—No me gusta que tomés responsabilidad por mis errores —pasa por en medio de dos autos, acortando camino.
—Ya sabés por qué tengo que hacerlo...
—Porque piensan que soy un niño —es obvio para él.
—En este caso es diferente, no importa si sos niño o no, el caso es que yo debí ser más precavido y querás o no... Felicia me va a reclamar eso.
—Odio eso —Sebastián frunce los labios—. ¿El auto?
—¿Odiás qué? ¿Ser joven? —Daniel sonríe de lado.
—Que me vean como un niño —se cruza de brazos, esperando que le lleve al (hermoso) auto prestado—. Soy casi un adulto joven —jum, jum, jum, soy un adulto joven, jum, jum, jum.
Daniel le agarra de la mano, caminando hacia unas escaleritas para subir al estacionamiento de los carros.
—¿Cuántos años tenés, me lo recordás, por favor?
—Te estás burlando —le sigue detracito.
—No... ¿Por qué lo malinterpretás a burla? Sólo quiero saber.
—Porque... —se encoge de hombros—, es que vos me ganás por mucho, siempre seré un niño para vos.
—Sí, sos mi niño —afirma Daniel, relamiéndose los labios como un lobito feroz y... Tira de Sebastián—. Pero decime —porque aún no dice que se ha olvidado de su edad, y que está dudando de la que recuerda.
—Dieciséis, pero en diez años más la diferencia no será tan notoria —entre ellos, se le acerca con el tirón.
—No... No es porque se note, es por esto que te molesta sólo a vos... —refiriéndose a lo que dijo Basti hace poco que no le gusta que se le diga niño.
—Es porque siempre me invalidan por mi edad.
—Claro, ¡para la diversión sos muy mayor!
—Puedo beber y la hierba no me es desconocida... —salen al estacionamiento—, y para hacer el amor no necesito ser mayor de edad.
—No ese tipo de diversión, Sebastián, hablo de las discotecas.
—Ah... Pero si vamos a una donde no pidan identificación, o donde no vendan alcohol —le da una solución y Daniel suspira porque no le ha entendido a qué iba y observa hacia los costados a ver que no pasen carros para poder cruzar.
Sebastián le sigue, sin soltarle de la mano hasta que no tiene que irse hacia la puerta del copiloto. Daniel abre la puerta de la maletera para descargar su mochila ahí y deja alzada la puerta para que Sebastián tire la toalla. Y Sebastián, en lugar de hacer eso, la deposita encima como si importara.
—¿La denuncia primero o la hacemos mañana?
—En el camino la vamos a hacer —cierra la maletera y camina hacia la puerta del copiloto para abrirla, sin soltar la mano del menor. A éste le llama la atención, es un gesto peculiar.
—No conozco ninguna comisaría por aquí.
—Creo que si las hay, las playas deben de tenerla... o al menos en alguna —Daniel abre la puerta, esperando que Basti entre, éste traga saliva, y se retiene de enojarse con Daniel por esos gestos que él sabe son de cariño.
—No quiero ir —le comparte, serio.
—Bueno, si querés vamos a la que esté más cerca de tu casa, pero creo yo que deberíamos ir a una de por acá... —refiriéndose a la comisaria.
—Nos arruinaremos la tarde porque soy un idiota —Sebastián entra y cierra la puerta con un portazo más fuerte de lo necesario.
Y a eso se le llama la edad del pavo... Pero qué paciencia tienes, Daniel, eres un santo.
