Día IV. Harry Potter.

Cuando Severus había dicho "Minerva te espera", Harry no habría podido adivinar que aquello quería decir en realidad "Minerva estará a esa hora en su despacho y no tiene ni idea de que aparecerás de pronto por su chimenea, dándole un susto de muerte". Aunque, bien pensado, debería haberlo supuesto, teniendo en cuenta que todos pensaban que Snape era el más fiel mortífago de Voldemort.

Por suerte, la profesora era un hueso duro de roer y se había recompuesto rápidamente a los pocos minutos, para preguntarle que locura lo traía al castillo con los hermanos Carrow como directores adjuntos, Snape al frente y un montón de Slytherins deseosos de colaborar en la ascensión de sus padres entre las filas mortífagas.

Harry le explicó sin dar muchos detalles que necesitaba encontrar la diadema de Rowena Ravenclaw y la profesora le contó que nadie la había visto desde mucho antes de la muerte de su propietaria, pero que quizás la Dama Gris (hija de la fundadora) podría darle más información.

Así que el joven se había enfundado su capa de invisibilidad y había pasado toda la noche y el día siguiente buscando a la fantasma, tratando de no chocar con los alumnos y esquivando a los profesores. Le había resultado especialmente duro no ir en busca de su amigo Ron para decirle que estaba bien, pero sabía que era mejor para el pelirrojo que no se vieran.

Se topó con los hermanos Carrow un par de veces y le costó enormemente contenerse para no hechizarlos. En una de esas ocasiones, Alecto había aplicado un potente crucio sobre una niña de trece años que no le había respondido a tiempo sobre porqué los sangre sucias eran una plaga para la sociedad mágica.

El moreno apretó los puños y siguió adelante. Tenía una misión y Severus siempre le había dicho que se concentrara en su objetivo y en nada más.

Encontró a la Dama Gris casi a última hora de la tarde, en una de las torres en desuso, contemplando el exterior a través de una gran cristalera y dejó caer la capa al suelo para poder hablar con ella.

Al principio se mostró recelosa, pero Harry había aprendido a ser persuasivo (que remedio, viviendo con un Slytherin y recibiendo instrucciones de otro) y al final dio con una pista sobre su paradero: donde están todas las cosas perdidas. Se lo agradeció a la fantasma, asegurandole por enésima vez que la destruiría y acabaría con la magia negra que Tom Riddle había puesto sobre la joya.

No le costó acceder a la Sala de los Menesteres, ni que apareciera la estancia que él deseaba. Pero pensó que buscar un solo objeto entre los cientos, quizás miles, que la sala guardaba le llevaría semanas.

Para su incomodidad, en realidad lo halló en poco tiempo, pues había un susurro, una llamada, un impulso irreprimible en su cuerpo que lo había guiado hasta la caja de terciopelo que contenía la diadema. No era la primera vez que le ocurría, lo mismo había sucedido cuando un mes atrás se había colado en el Ministerio de Magia para robarle a Dolores Umbridge el guardapelo de Salazar Slytherin.

Un poco preocupado, cogió la capa y salió de la Sala con el estuche en sus manos.

Fue una total imprudencia por su parte.

Amycus Carrow estaba esperándolo fuera, seguramente pensando en hacer uso de la Sala, pero no dudo ni un segundo en lanzarle la primera maldición apenas sus ojos le vieron salir por la puerta.

Esquivándola a duras penas, Harry contraatacó con un Expelliarmus que pasó rozando al mortífago y este envió una maldición quebranta huesos muy potente que se estrelló contra una armadura del pasillo, haciéndola pedazos.

Se batieron en duelo durante unos minutos, sin llegar a darle a su oponente, hasta que Harry vio como Severus y Alecto se acercaban a toda prisa por el pasillo.

Tenía que salir de ahí ya si no quería meter al pocionista en un serio aprieto, así que se colocó a toda velocidad la capa de invisibilidad y echó a correr de forma irregular, de un lado a otro, mientras le llovían maldiciones por detrás.

Una lo alcanzó, haciendo que sintiera un desgarrador dolor en la espalda, como si le hubieran arrancado la piel, pero no se detuvo. No podía permitirse ese lujo.

Corrió como si su vida dependiera de ello, aferrando la caja de terciopelo, ignorando la sangre que iba dejando a su paso, hasta llegar a la puerta del despacho de McGonagall.

Lanzó un hechizo de limpieza al pasillo, para que no pudieran seguirle el rastro hasta allí. Tomó un puñado de polvos flú, se metió en la chimenea susurrando su destino y las llamas verdes lo envolvieron, dejándolo caer al suelo de la pequeña sala de estar de su casa segura.

Fue incapaz de levantarse.

El dolor de la espalda, la pérdida de sangre y el esfuerzo realizado lo habían dejado completamente exhausto.

Lo último que alcanzó a pensar antes de perder la consciencia fue que, cuando Malfoy bajara de su habitación y lo viera en ese estado, estaría perdido.

Continuará...