DISCLAIMER: los personajes pertenecen a la Saga de Crepusculo de Stephenie Meyer, y la trama a Elenya_CS del foro de Crepusculo-es., yo solo me dedico a haceros llegar esta historia ^^

Sipnosis: Edward, Emmett y Jasper son los integrantes de un famoso grupo de musica. Sin embargo, Edward tiene un problema: canta canciones de amor, pero nunca se ha enamorado. ¿Podra solucionar esto una chica de ojos color chocolate?

Capitulo 5: Insistencia

POV BELLA

A partir de aquel día, empezamos a quedar cada tarde en el Starbucks, sin que nadie se enterase. Yo les decía a Alice y a Rose que me quedaba estudiando en la biblioteca y Edward les decía a Emmett y a Jasper que…bueno según me dijo, no les decía nada. Pasábamos muy buenos momentos en aquel Starbucks, que tantos recuerdos me traería en un futuro.

Aquella corta hora que pasábamos cada día sumergidos en aquella burbuja, era la mejor del día, sin duda. Lo único que me motivaba para levantarme por la mañana y a acostarme por la noche, con ganas de volver a despertar, sabiendo que faltaría poco para volver a verle.

Yo no solía ser demasiado abierta con la gente, todo lo contrario. Alice y Rosalie lograron ganarse mi amistad gracias a lo extrovertidas que eran, sino, bien sabía que ni siquiera me habría acercado a ellas. Con Edward era diferente. Con mis amigas en un principio aún era algo reservada, pero con él, ya desde un principio me mostraba tal y como era. Me sentía a gusto en su compañía, cosa que antes nunca me había pasado con algún otro chico. Él me gustaba, no iba a negarlo, y era por lo bien que conectábamos.

Estaba esperándole en el Starbucks una tarde, después de dos semanas. Por lo general, cuando yo llegaba él ya estaba sentado en "nuestra" mesa, esperándome con su típica sonrisa medio torcida, sin embargo, ese dia nuestra mesa se encontraba vacía. Me senté, imaginando que él llegaría de un momento a otro, pero los minutos pasaron, y pronto aquella hora de la que yo disponía para poder estar con Edward.

No habíamos intercambiado móviles, y en aquel momento lo lamenté terriblemente. Me levanté y emprendí el camino a casa, desilusionada por la ausencia de Edward. Decidí que regresaría al dia siguiente, ya que le habría salido algún imprevisto.

El autobús aún no había llegado, así que me limité a esperar en la parada pacientemente. Esperando, miré a mi alrededor, distraídamente. Me fijé en una mujer que iba con su hijo pequeño cogido de su mano, quién le señalaba una tienda de caramelos, sonriente. Un par de jovencitas que iban hojeando una revista y riendo tontamente. Una pareja caminaba, ella sonriente y él…¡él!

Me fijé en Edward que seguía a una chica de larga cabellera castaña que le sonreía emocionada, como si fuese al lado de un dios. Bueno, a decir verdad, con solo su apariencia bien que se parecía a un dios heleno.

De repente sentí rabia. Era obvio que había faltado a nuestra "cita" por irse con ella. ¿Era su novia? Él me habó una vez de una chica que le llamaba la atención. Nunca había vuelto a sacar el tema, y en aquellos instantes no sabía si agradecerlo o no.

Edward giró de repente su cabeza, como si hubiese notado mi presencia. Su expresión pasó de la sorpresa a la incertidumbre y por último, al temor. ¿Temor de qué?

La chica que le acompañaba le señaló una tienda. Edward asintió y le dijo algo a lo que ella sonrió y entró corriendo en la tienda. Entonces él empezó a caminar hacia mi y en aquel momento llegó el autobús. No se por qué lo hice, pero solo se abrieron las puertas, entré corriendo en el autobús, sabiendo que Edward hasta allí no me seguiría. Me senté en uno de los asientos vacíos y cerré los ojos mientras apoyaba la cabeza contra la ventanilla.

- ¿Bella? –susurró una voz aterciopelada a mi lado.

Abrí los ojos y abrí los ojos como platos cuando vi a Edward sentado en el asiento contiguo al mío, sonriendo igual que lo hacía cada vez que yo entraba en el Starbucks.

- ¿Qué quieres? –le pregunté, con voz monótona.

- Siento no haber ido hoy…me había surgido un imprevisto –suspiró.

- No hace falta que te disculpes –me encogí de hombros y dirigí de nuevo mi mirada hacía la calle.

El autobús ya había arrancado y ahora estábamos parados delante de un semáforo en rojo.

- Pero quiero hacerlo.

- Bien, pues disculpas aceptadas. ¿Algo más?

Su reflejo en la ventanilla me mostró que frunció el ceño.

- ¿Por qué estás molesta? –preguntó de pronto.

- No estoy molesta, solo he tenido un mal día –me excusé.

Pareció dudar un poco antes de volver a hablar:

- ¿Mañana irás como todos los días?

- Depende –respondí.

- ¿Depende?

- Sí, puede que mañana no me apetezca ir.

- Bella…

El autobús paró y reconocí mi parada, así que me levanté de un salto, e iba a irme con un simple adiós cuando él me cogió de la mano, haciendo que me volviese hacia él.

- Te esperaré toda la tarde si hace falta.

Me volvió a sonreír y yo tuve que desviar la mirada. Para mi vergüenza, me había vuelto a ruborizar. Asentí y me deshice de su agarre, saliendo del autobús a toda prisa. Entré en casa precipitadamente, aún respirando de forma entrecortada por la carrera.

Alice se encontraba sentada en el sofá, con las piernas cruzadas y leyendo una revista de moda. Rose estaba sentada en uno de los sillones, también leyendo una revista. Las saludé y tuve la intención de ir directa a mi habitación, pero mis amigas me lo impidieron.

- Pareces alterada –observó Alice, con sus ojos fijos en mí.

- Imaginaciones tuyas –le sonreí.

Ella se encogió de hombros y continuó con su lectura. Subí al segundo piso y me encerré en mi habitación y me dejé caer sobre la cama, pensando en lo sucedido. ¿Debería ir al día siguiente a la cafetería? La afirmación y la negación chocaron en mi cabeza. Después de varios minutos intentando separar las dos respuestas, decidí que ya decidiría cuando saliese de la universidad.

Escuché como sonaba el teléfono y como segundos después lo cogía Rosalie. Me pregunté cual de sus novios sería esta vez. Llamaron a mi puerta y la voz de Rose se escuchó al otro lado:

- ¡Bella, es para ti!

¿Para mí?, repetí en mi fuero interno. A mí nadie me llamaba a casa, siempre solían ser los "amigos" de Rose y Alice los que lo hacían.

Me levanté de un salto de la cama y abrí la puerta de un tirón. Una sonriente Rose me tendía el teléfono. Le pregunté articulando las palabras sin que ningún sonido salía de mis labios, pero mi amiga me guiñó un ojo y regresó a la planta baja junto a Alice, quién tenía una extraña sonrisa en su rostro también. Me encogí de hombros y puse el auricular en mi oreja, mientras regresaba de nuevo al interior de mi habitación y cerraba con pestillo la puerta tras de mí.

- ¿Diga?

- ¿Bella? –de nuevo la voz aterciopelada de Edward.

- ¡Edward! –exclamé, sorprendida.

Escuché su risa musical al otro lado de la línea.

Sabiendo que mis dos queridas amigas estarían con la oreja pegada a la puerta, me tumbé en mi cama y escondí la cabeza debajo de la almohada, para que esta ahogase mi voz y ellas no pudiesen escuchar nada.

- ¿Cómo sabes mi número? –le pregunté.

- Me dijiste hace tres días que el fin de semana pasado te habías mudado a casa de Alice con Rose, ¿verdad?

- Sí…

Habíamos adelantado la mudanza, por la gran insistencia de Alice. Mis padres en un principio se negaban a dejarme ir, pero Rosalie y Alice se encargaron de convencer a mis padres de que ya era hora de que me dejasen independizarme.

- Pues he recordado que tenía el teléfono de su casa, así que he deducido que su número ahora es el tuyo –finalizó, orgulloso por su descubrimiento.

Me maldije internamente por ser tan estúpida.

- Bueno, ¿y qué quieres? –inquirí, con algo de frialdad.

- ¿Has cambiado de idea respecto a lo de mañana?

- ¿A qué te refieres?

- ¿Irás al Starbucks?

Suspiré y cerré los ojos, mientras que con la mano libre me cogía el puente de la nariz.

- Bella…

- ¿Por qué debería ir, Edward?

- Porque disfrutas demasiado con mi compañía.

- Ja, ja –mascullé.

- Bella, por favor. Me siento fatal por no haber ido hoy. ¿Cómo puedo recompensártelo?

- No me debes nada. No te preocupes.

- ¡Pero me siento en deuda contigo!

- Edward, de verdad me lo he pasado muy bien todas estas tardes que hemos quedado en el Starbucks…

- Eso suena como una despedida.

- Es una despedida. Adiós, Edward.

- ¡No, espera, Bella…!

Corté la línea y dejé el móvil a un lado, mientras enterraba el rostro en la colcha, ahogando las lágrimas. ¿Por qué había hecho aquello? Definitivamente, era una estúpida sin remedio.

Llamaron a mi puerta, y escuché que mis amigas me llamaban, sin embargo, yo no estaba de humor para encararlas y explicarles lo sucedido. Finalmente cedieron, sabiendo que ya les contaría lo que había pasado más tarde. Y ese más tarde, resultó ser el día siguiente.

Me levanté temprano, y tras darme una buena ducha y vestirme, bajé a la cocina. Alice y Rosalie aún estaban arreglándose en el piso superior, ya que escuchaba al pequeño duende llamar a Rose preguntándole por su blusa color crema. Yo solo reía entre dientes, ante sus discusiones de ese tipo. Mis amigas eran únicas.

Cuando bajaron, me mostraron su mejor sonrisa, y ni durante el desayuno ni durante el trayecto hacia la universidad me preguntaron acerca de lo ocurrido el día anterior. Eso era algo que me gustaba de ellas. Sabían que cuando terminaría contándoselo todo y desahogándome con ellas cuando pillara el momento.

La mañana me pasó de manera extraña, y esto se debía a que por primera vez en dos semanas no iba a salir casi corriendo de la universidad para ir al Starbucks y encontrarme con él. Cuando por fin finalizaron las clases, salía arrastrando los pies.

Alice había salido una hora antes que yo, y Rosalie me estaba esperando en su coche. Iba hacía el parking, cuando me fijé en un coche plateado aparcado delante de la universidad, con su propietario apoyado sobre él. Mi corazón palpitó con fuerza en mi pecho, al descubrir que era Edward.

Cuando nuestros ojos se encontraron, él sonrió. Me acerqué, algo precavida, y porque no decirlo, muerta de miedo. ¿Qué hacía él allí?

- Hola –me saludó, con su sonrisa torcida.

- ¿Qué haces aquí?

He venido a hablar contigo –me respondió, ahora con el semblante más serio.

Me mordí el labio inferior y desvié la mirada hacia mis zapatos. ¿Y ahora que se suponía que debía decirle? Sus ojos verdes esperaban una respuesta de mi parte, pero yo me había quedado en blanco.

-¿Vienes conmigo al Starbucks? –preguntó, cuando se dio cuenta de que yo no respondería.

- Creo que te dejé bastante claro ayer que no volvería a ir a nuestra cita del Starbucks.

Una sonrisa torcida se instaló en su perfecto rostro.

- ¿Nuestra cita? –repitió.

Me ruboricé hasta la coronilla y me dispuse a dejarle allí plantado, pero Edward me cogió el brazo.

- Espera, por favor –me pidió.

Cometí el error de mirarle a los ojos, los cuales siempre terminaban convenciéndome.

- Habla rápido Masen, Rose me está esperando.

Él rió, divertido por algo. Le miré, con una ceja alzada.

- Rose ya se ha ido.

- ¡¿Qué?

- Estaba esperándote y le he dicho que ya te acompañaría yo a casa.

- ¡Pero yo no quiero ir contigo!

- Mala suerte, pues –se encogió de hombros y se separó del coche para abrirme la puerta del copiloto- Bella, por favor, quiero hablar contigo.

De nuevo, fijó sus ojos en los míos, intentando persuadirme. Como siempre, funcionó. ¿Qué tenían aquellos malditos ojos de especial?

- Está bien…pero –levanté un dedo- llévame directamente a casa.

- Sí, señorita –me sonrió y se esperó a que yo entrase en el coche para cerrar la puerta. No, si aparte de guapo era caballeroso. Rápidamente estuvo delante del volante, arrancando el coche.

- Bueno, ¿qué querías decirme? –le pregunté, cruzándome de brazos.

Su vista se despegó un momento de la carretera para mirarme, con una pequeña sonrisa.

- Quiero hacerte una pregunta.

- Dispara.

- ¿Por qué si ya te pedí perdón sigues enfadada?

Abrí los ojos desmesuradamente y desvié la vista hacia la ventanilla, que me mostraba la calle que pasábamos rápidamente.

- No estoy enfadada –mascullé.

- Por supuesto que no, y tampoco te vas a negar a ir ahora conmigo a tomar un café, ¿verdad?

- Tengo deberes que hacer.

- ¿Y los otros días no?

- No.

Escuché como suspiraba, pero no me giré a verle. Cuando me lo proponía, podía resultar increíblemente cabezota. Lo que no sabía es que él también.

- ¿Qué puedo hacer para ganarme tu perdón?

- Nada. Solo dejarme en casa y desaparecer de mi vista.

- Bella, ¿no crees que estás haciendo esto más grande de lo que en verdad és?

Me giré hacía él, de nuevo enfadada.

- ¿Y tú no lo estás haciendo también llamándome ayer a casa y hoy viniendo a recogerme a la salida de las clases?

- Solo porque tú te pones difícil.

- ¿Y porqué razón no lo dejas estar? Todos seríamos más felices.

- Yo, no. Bella, no quiero perder tu amistad –parecía realmente arrepentido, mientras decía aquello, sin despegar la mirada de la carretera- hice mal no avisándote de que no iría, pero no tenía tu número de móvil, y ellase presentó de repente en casa, tampoco lo tenía planeado.

Realmente no quería admitir el motivo por el que estaba tan enfadada: él había preferido irse con aquella chica que acudir a "nuestra cita". Pero eso, nunca jamás iba a admitirlo en voz alta, y más delante de él. ¿Y porqué me molestaba tanto aquello? Esa pregunta sí que no tenía ningún interés en respondérmela.

- Hemos llegado –la voz aterciopelada de Edward me sacó de mis pensamientos.

Miré a mí alrededor, y me encontré delante de la casa de Alice. Después miré a Edward, que tenía su mirada esmeralda clavada en mí.

- No…-bajó un momento su mirada, antes de proseguir- no voy a volvértelo a pedir, si te molesta tanto. Pero, ¿vas a perdonarme?

Al verle así, casi desesperado, asentí lentamente. Una sonrisa se formó en su rostro.

- ¿Nos vemos mañana en el Starbucks?

- Supongo.

Él sonrió, y yo fui a salir del coche, pero Edward me retuvo cogiéndome la mano con delicadeza.

- Espera –con un grácil movimiento, sacó un móvil plateado del bolsillo derecho de sus pantalones- ¿podrías darme tu número de teléfono, si no es mucho pedir?

- Claro.

Intercambiamos nuestros móviles, y después me despedí con un hasta mañana, pero él no se conformó con eso. Se inclinó sobre su asiento y alcanzó mi mejilla con sus labios, depositando un suave beso en ella.

- Hasta mañana, Bella.

Sonrojada, bajé a toda prisa del coche.

Antes de cerrar la puerta del Volvo, creí escuchar una risita. Ya estaba arrepintiéndome de haberle perdonado.