HOLA...!
Pues bien, antes que nada soy consciente que esta vez me eh tardado un poco, pero finalmente aquí esta la actualización, sin más agradesco su comprensión, SALUDOS, nos leemos el otro fin de semana...
NOTA.- No quiero asustarlas pero en este Capítulo muere alguien... :'(
Person P .- Hello, here again updating the story, I really hope you like you agradesco your comment, always welcome your comments even if they are in another language, in fact I am very pleased that people from other languages the time to read are taken, translate ... history, a greeting, we read next week ... :)
HojaDePapel .- Esta Novela es una historia bastante completa, hay romance, tragedia, comedia en algunas partes, por eso me atreví a adaptarla a los personajes de Harry Potter... me alegra que te este gustando, no puedo contarte mucho sobre la Historia pero ya están a punto de reencontrarse de hecho... :) saludos y gracias por comentar.
MartaEugenia .- Gracias por el comentario, pero la Historia NO ME PERTENECE es una adaptaci´`on de la Novela de Kate Queen "La Concubina de Roma" y de hecho en este capítulo Scorpius conoce a Sabina... :) Saludos espero leerte la próxima semana.
SEPTIMA
XVIII
—¿Por qué un oficial con tantos poderes como Norbano, prefecto del pretorio, es el encargado de acompañar a la amante de su superior a una cita? —Se burló Mione—. Espero que no se deba a que te han rebajado de categoría.
Theodore soltó una carcajada y respondió:
—Creo que soy la única persona en la que confía el emperador para llevarte hasta allí sin intentar seducirte.
Con una stola azul oscuro y peinetas de lapislázuli recogiendo su cabello negro, recostada en una litera imperial de cortinas de seda color ciruela llevada por seis imperturbables nubios, Mione tenía todo el aspecto de una dama imperial. Por un momento, Theodore sintió cierta envidia. En cierto modo, él había disfrutado de su compañía mucho antes que el emperador… Aunque eso Tom no lo sabía. Apartó esa idea de su cabeza, acercando su caballo a la altura de la litera. La calzada había sido despejada antes de su paso y el rocío todavía mojaba las plantas. Sus cohortes pretorianas charlaban amistosamente tras él, con las lanzas al hombro y lanzando juramentos al barro a sus pies, alegres como Theodore de aquel agradable paseo en una mañana clara.
—Dado que ahora estoy fuera de tu alcance, podrías llamarme Hermione —dijo ella, quitándose el polvo del rostro—. A fin de cuentas, es mi verdadero nombre.
—No lo sabía —reconoció Theodore, sorprendido.
—Claro que no. Los hombres no habláis con vuestras amantes, solo con vuestras amigas.
—Entonces, ¿el emperador no habla contigo?
—Bueno, sí —dijo Mione pensativa—. Pero él es distinto, ¿verdad?
—Cierto —convino Theodore.
—Y te tiene en la más alta estima —dijo Mione, apoyando el codo en los cojines de seda—. Estos años no has tenido mucho descanso en Dacia, ¿verdad?
Theodore se encogió de hombros, sintiendo las plumas rojas de su casco moverse.
—Solo soy su lugarteniente.
Mione sonrió y sus pendientes de lapislázuli bailaban junto a su cuello.
—Te exige demasiado, ¿verdad?
—Sí —respondió Theodore, muy serio—. Confía en mí.
—Lo supongo. Te confía sus guerras y sus mujeres. Dicen que los emperadores no tienen amigos, pero contigo hace una excepción.
—No —contestó Theodore, bajando la vista al cuello pinto de su caballo—. No se puede ser amigo de un hombre así.
—¿Por qué? —preguntó Mione con curiosidad.
—Porque es… —Theodore buscó las palabras adecuadas—. Si pudieras verlo en el frente, lo entenderías. No es como esos generales que se las dan de héroes pero nunca se acercan lo suficiente para oler el peligro. El siempre está en la brecha. Los legionarios harían cualquier cosa por él, porque es uno de ellos, un soldado más.
—Dicen que es un dios —comentó Mione, y ladeó la cabeza.
—Puede ser. Si hay algún dios en este mundo, tiene que ser él —dijo Theodore, mirándola de reojo—. Tú, ¿qué piensas?
—Bueno, yo soy judía —respondió Mione, abanicándose—. Solo creemos en un Dios. De todos modos, resulta raro compartir tu cama con un dios, como Leda o Europa.
—Yo… bueno, puede que no sea asunto mío, pero… —Theodore se sonrojó y bajó la vista a la crin de su caballo.
—Theodore —dijo Mione con voz entretenida—, jamás le contaré al emperador que venías a visitarme para algo más que para oír mi música.
—Bueno, no era eso lo que estaba pensando. —Aunque no cabía duda de que era un gran alivio—. Era sobre los rumores que circulan sobre él. No creas todo lo que se cuenta.
—Ya.
—Lo de su sobrina —confesó Theodore—, esas desagradables habladurías… Él se ríe con sorna y dice que los rumores sobreviven por mucha gente que ejecutes. Pero no se deberían decir esas cosas de un emperador. Solo porque era cariñoso con ella…
—¿Conociste a Luna?
—Solo de pequeño. Cuando me nombraron prefecto, ella vivía en Cremona debido a su delicada salud. Estaba loca, ya sabes. Vi los informes de mi predecesor en el cargo, que recopilaba datos sobre todos los miembros de palacio. Deambulaba por los pasillos diciendo cosas sin sentido, se negaba a comer, se arrastraba hasta el templo de Vesta e intentaba dormir bajo el altar. Ya de niña era un poco rara. Siempre estaba asustada por cosas que solo existían en su cabeza. No era normal, aunque nunca se lo dije al emperador. No toleraba oír hablar mal de ella. Como no tiene descendencia, la adoptó como si fuera su propia hija.
—Pero murió de un aborto, ¿no?
—No —contestó Theodore, recordando el informe confidencial que había leído, escrito por un médico de Cremona que después había desaparecido sin dejar rastro temiendo por su vida—. Se suicidó. Se clavó un cuchillo en el estómago y, aunque sobrevivió, la infección acabó con ella. La gente empezó a decir que había muerto intentando abortar. Mi padre estuvo allí e intentó que se supiera la verdad, pero nadie escucha la verdad cuando las mentiras son más interesantes. A continuación hubo un silencio largo e incómodo. Mione se recostó en los cojines, corriendo las cortinas de seda para cubrir su rostro del sol.
—Vi a tu madrastra hace unos días en palacio, Theodore.
Intentando encontrar un tema de conversación más agradable, había dado con uno peor.
—¿A Pansy?
—Sí. Me dijo que había ido a verte.
—Pues no lo hizo —dijo Theodore, que se agachó para limpiar un trozo de barro de su bota—. Es… No nos llevamos muy bien. A veces nos vemos, pero…
De nuevo, se quedó sin palabras.
—Personalmente —dijo Mione con tono amistoso—, preferiría llevarme bien con una víbora antes que con Pansy Parkinson.
Recorrieron otro par de millas en silencio. Mione no paraba de abanicarse.
—Mione… Mione —dijo Theodore, que sentía que se le atragantaban las palabras—. ¿Alguna vez…? Esto… ¿Alguna vez has deseado a alguien como al agua en el desierto, aun conociendo todos sus defectos, sin que te importara…?
Theodore vio un torrente de compasión en los ojos de Mione y apartó la mirada.
—Sí —respondió—, he querido a alguien así.
—¿Cuánto tardaste en olvidarlo?
Meneó la cabeza lentamente y detuvo el abanico.
—No lo conseguí.
—¿No?
—No… Igual si me casara y sentara la cabeza. Deberías casarte, Theodore.
—Bueno, no es mi caso.,. Es un amigo. Trajano, se llama.
—Claro, claro.
Le resultó más cómodo cabalgar delante de la litera que soportar su mirada.
MIONE
Conociendo el gusto de Tom por la vida sencilla, me sorprendió la belleza de su villa de Tívoli. Era una joya de mármol blanco: paseos de columnatas, jardines en terraza, urnas de lilas, piscinas de aguas tranquilas, complejos mosaicos y ninfas plateadas en nichos. Un refugio lujoso y apartado, a un par de millas de la encantadora ciudad de Tívoli. Un lugar pensado para que un hombre sin vida privada pueda estar solo. Tom había llegado un día antes y por primera vez me recibió sin estar rodeado por una multitud de cortesanos y secretarios. Exceptuando a un puñado de silenciosos esclavos, el emperador de Roma y yo estábamos solos. Extraño.
—Cenaremos en la terraza —me ordenó—. Dentro de una hora.
Me arreglé con esmero en una estancia de mármol rosa que en el pasado debió de pertenecer a Luna. Escogí un vestido blanco con una faja plateada bajo el pecho. Dejé mi pelo suelto y no me puse muchas joyas, solo el anillo de cobre de Ron en una mano y una enorme perla en la otra. Qué agradable poder tomarme un respiro de mis cuidadas sesiones de maquillaje en los camerinos. Dejé a un lado los tarros de colorete y la laca de uñas, y salí a la terraza descalza. Había dos sillones plateados a la sombra de un sauce, animados por la música del río que corría por debajo.
El emperador me estaba esperando, recostado en su lecho ojeando un montón de pergaminos.
—Pareces una virgen vestal —comentó al ver mi vestido blanco.
—No, solo una chica de vacaciones.
Subí a mi lecho y me senté sobre mis pies. Comencé a servirme de los platos que me iban trayendo un torrente mudo de silenciosos esclavos: huevos de avestruz, lenguas de flamenco, gamo al romero, avellanas con azúcar, pastelillos rellenos de crema, vino tinto añejo servido en una jarra decorada con joyas… Todo un cambio respecto a las habituales cenas de Tom, consistentes en ternera, pan y cerveza. Me fijé en que también había otros cambios: cojines de seda, cuando él odiaba ese tejido, platos de plata en lugar de la vajilla de barro en la que solía comer. Y, en vez de su típica toga de lana, vestía una colorida túnica de alguna exótica seda oriental.
Alzó la vista y descubrió que lo observaba.
—¿Admirando mi belleza?
—Sí —respondí con una sonrisa.
—Sí —repitió, saboreando la palabra—. Le dirías lo mismo a cualquier hombre. ¿Con cuántos has estado?
—¿Qué?
—¿Con cuántos? —Su mirada me desconcertó. Ni demasiado imperturbable, ni demasiado indiferente—. Venga, Mione, echa cuentas. ¿Cien?
—No lo sé —respondí con firmeza—. Ahora, solo estoy contigo.
—Excelente respuesta. Simple pero convincente… y poco comprometida. Podrías ser senadora, si no fueras prostituta.
—Yo…
—¿Cuántos años tienes? ¿Veinticuatro? Debes de haber empezado muy joven.
—César…
—¿Con qué edad empezaste? ¿Con doce o trece? ¿Cuándo aprendiste a mentir tan bien?
Posé mi copa y dije:
—Tienes unas vistas preciosas. ¿Puedo mirar?
Me levanté y me acerqué al borde de la terraza sin esperar su respuesta. Había una fina veta roja en el cielo, lo único que quedaba de la puesta de sol, y la luna asomaba sobre el tejado de la villa. Miré hacia abajo, más allá de mis pies descalzos. La terraza no tenía barandilla, solo un escalón de mármol y luego una caída de unos quince metros sobre el suave curso del río.
—Peligroso —dijo Tom a mi espalda—, ¿verdad?
—Sí —respondí, y me giré la vuelta para mirarlo—, pero tengo buen equilibrio.
Aguantó mi mirada durante unos instantes y luego se levantó y cruzó la terraza hasta llegar a mi lado, con su colorida túnica crepitando.
—Unas vistas preciosas —comentó—. Por las mañanas, la bruma asciende del río en forma de nube, como Júpiter cuando se apareció a Danae. Es bastante hermoso.
Acarició mi pelo con sus dedos.
—¿Venías mucho aquí con Luna? —dije, sin pensar.
—¿Luna? —Pronunció el nombre como si nunca antes lo hubiera oído—. No, no le gustaba la terraza. Tenía miedo de caerse, no como tú…
Recogió todo mi pelo en su mano y me preguntó:
—Pero tú no eres Luna, ¿me equivoco? —Con la mirada fija en el río, me dio un tirón del pelo que hizo que se me saltaran las lágrimas—. Luna nunca se hubiera acercado tanto al borde.
La presión en mi cuero cabelludo disminuyó a medida que su mano fue soltando mi pelo.
Permanecí inmóvil mientras ese hombre que jamás me tocaba por casualidad me acariciaba el cuello.
Sentí su respiración en mi nuca mientras sus dedos rozaban mi garganta Me sorprendí como una tonta cuando sus manos se cerraron alrededor de mi cuello y apretaron.
—¿Tienes miedo? —me preguntó, con la mirada de un niño curioso.
Con la punta de los dedos del pie rocé el borde de la terraza.
—No.
—Mientes —dijo, apretando más fuerte.
—Puede.
—Estás aterrorizada.
—No.
—¿Sabes lo que hago con los mentirosos?
Empezaba a hacerme una idea. Estábamos al borde de un precipicio de quince metros y me iba a caer. Y, de hecho, me caí, pero sobre el mármol del suelo, pues Tom me apartó del borde. Cogí aire en mi dolorida garganta con la respiración acelerada. Alcé la vista para mirarlo.
Me contempló durante unos instantes y sonrió, con esa preciosa sonrisa Riddle que suavizaba su rostro grave.
—Ya lo reconocerás —dijo, contento—. Ya reconocerás que estás asustada. Ahora es tiempo de irse a la cama.
Me levantó con su fuerte brazo de soldado.
Me desperté lentamente, con magulladuras y dolores, cuando una mano masculina tocó mi hombro desnudo.
Me di la vuelta asustada y a punto estuve de caerme de la cama. Ante mí tenía a un griego de cabello castaño con una túnica de esclavo que me sonreía de modo amistoso. No había ni rastro del emperador por ninguna parte.
—¿Quién eres? —pregunté, con voz ronca.
El hombre volvió a sonreír y comenzó a arreglar la estancia, poniendo en orden las almohadas y las sábanas. Se detuvo al recoger mi vestido, que estaba en el suelo, y torció la nariz al ver las manchas.
—Tíralo —le dije.
Me miró con tanta lástima mientras sujetaba entre sus manos el arruinado vestido, que tuve que apartar mi rostro. Probablemente el hombre ya habría visto aquello antes. No protesté cuando me ayudó a levantarme. No creo que hubiera podido hacerlo sola.
Me llevó en brazos a los baños de mármol verde que había junto a mi dormitorio. La piscina ya estaba humeante de calor; habían prendido el carbón. Me introdujo en el agua caliente y me bañó como a un bebé, frotando mi cuerpo con un paño suave y peinándome con aceite de camelia. Sus dedos trataban con cariño mis magulladuras.
—¿Cómo te llamas? —le pregunté.
Sonrió y me sacó de la piscina. Me secó con una toalla, me envolvió en una toga y me acompañó fuera. Meneé con fuerza la cabeza, protestando:
—No, no quiero… A la terraza no. ¿Sabes dónde está el emperador?
Emitió unos sonidos tranquilizadores, indicándome que la terraza estaba vacía. Solo había un sillón, con un solitario tazón y una copa. Abajo, la niebla ascendía desde el río plateado.
Júpiter apareciéndose a Danae. Hermoso.
Me tapé la cara con las manos.
Sentí que el enorme esclavo me posaba suavemente en el sillón. Me arregló el pelo mojado y noté los dientes de un peine recorriendo mis húmedos mechones.
Con las palmas de las manos sobre los ojos cerrados, me mecí bajo el cálido sol de mayo.
—Hola, querida.
Alcé la cabeza tan tensa que casi me caigo del sillón. Pero no era Tom. Era un hombre de unos treinta años, con la cara un poco regordeta y un flequillo de rizos cayéndole sobre la frente.
—Soy Remus —se presentó, sonriente—, el astrólogo del emperador. Tú debes de ser la nueva concubina. Encantado de conocerte. No, el emperador no está. Ha salido para un asunto oficial, creo. Estará fuera todo el día.
Lo saludé con un apagado gesto de la cabeza. No era capaz de pronunciar palabra, pero Remus pareció no darse cuenta, pues se sentó en un taburete tallado frente a mi sillón y estiró sus pies.
—Te llamas Mione, ¿verdad? Ya sabrás que es el nombre de una diosa. Por lo que veo, has conocido a Harry. Es el que te está peinando. Tiene un nombre muy adecuado, ¿verdad?
Observé al esclavo, que me sonrió. Harry significaba «joven hermoso», un nombre que iba muy bien con esos ojos verdes, el cabello del color del café y la constitución de un Apolo.
Sus manos eran muy suaves.
—Gracias —le dije con voz ronca.
—Es mudo —me dijo Remus—, de nacimiento. Aunque no se diferencia mucho de los demás esclavos de esta villa, porque a todos les han arrancado la lengua.
Miré al pequeño astrólogo y le dije:
—Pues tú no eres mudo.
—No, pero tampoco soy un esclavo. No sirvo de mucho, porque ya nadie quiere tener un astrólogo, así que me limito a mis labores imperiales. ¿No vas a comerte esos pasteles?
Le pasé la comida y le pregunté:
—¿Por qué nadie quiere tener un astrólogo?
—Porque va contra la ley. El emperador ha prohibido oficialmente a los astrólogos, pero al mismo tiempo encuentra útiles mis servicios. Lógico, soy el mejor. Por eso considera conveniente tenerme a su lado. No es mal trabajo: comida deliciosa, mucho vino y pagan con frecuencia —explicó, untando un pastelito con miel—. Cuéntame ahora tu historia, me muero de curiosidad.
—Soy cantante. Me vio, le gusté, y me trajo aquí. No hay más.
—Tienes que aprender a poner algo de emoción en tus historias, querida. No tengas miedo de exagerar. Yo mismo soy un fanfarrón empedernido. Debes de poseer algo especial, de lo contrario el emperador no te habría elegido. ¿Qué secreto guardas?
—¿Secreto? —dije, y me llevé una mano a la garganta—. Que no le recuerdo a Luna.
—¡Vaya! —Los ojos pequeños y brillantes de Remus observaron mis heridas con compasión—. Una chica extraña, Luna. Era muy frágil, pero aguantó durante ocho años sus… —Carraspeó precipitadamente—. Bueno, supongo que no era tan frágil como parecía. Casi me dio algo cuando murió. Habría jurado que no era su momento de irse. Leí su horóscopo, como bien sabrás. Pero parece ser que decidió coger por los cuernos al destino. Hay gente capaz de hacer esas cosas.
Suspiró y dio un mordisco a un melocotón.
—¿Leíste su horóscopo?
—Sí, y la palma de su mano. Para serte sincero, prefiero las manos a las estrellas. No hay tanta matemática de por medio.
—¿Podrías leerme el futuro? Quiero saber cuándo se cansará de mí.
Abrió mucho los ojos ante mi voz cortante. Alargó su mano regordeta y le ofrecí la mía.
—Prescindiré de las fórmulas místicas y los gestos que suelo hacer en estas ocasiones.
Los ojos de Remus recorrieron la palma de mi mano con la profesionalidad de un funcionario
leyendo un documento oficial.
—Empecemos por el pasado… Veo un lugar cálido, seco y caluroso. Una estrella de seis puntas… ¡Ah, el símbolo de la raza de David! Entonces, ese lugar caliente debe de ser Judea. Una ciudad llena de muertos, pilas de cadáveres… Sí, alguna historia triste en Judea. Después, ciudades nuevas, gente nueva… Un nuevo nombre. La música está siempre presente. Recorre tu mano como un hilo dorado. Algunos odios, también viejos amores… ¡Por los dioses! Veo a un guerrero que se ha abierto hueco en tu manita. Rodeado de aplausos, como nubes. ¿Esto significa algo para ti?
—No —respondí, con voz ronca—. Sigue.
—Después del guerrero, un niño. ¡Oh, no pongas esa cara! No abriré la boca. Veo más niños, pero eso ya está en el límite con el futuro. Sí, un montón de niños.
—Niños, ¿de quién?
Por Dios, que no sean de Tom. De él, no, pensé en aquella pasta egipcia a base de goma y Espinas de acacia que se usaba para evitar la concepción, o en las tinturas de poleo y ruda que acababan con el embarazo si fallaba la pasta. Trucos de prostitutas, aprendidos en los días que pasé en el puerto, que usaría sin ningún problema. Jamás tendría un hijo de Tom.
—No dice de quién. Es una palma, no un árbol genealógico. Hay una corona en la base del dedo. Los dos sabemos a quién se refiere. Aquí las líneas se entrecruzan. Se avecinan tiempos de pruebas.
—¿Cuánto durará? —suspiré.
—No lo sé. Bastante, supongo. Tiempos duros, de incierto final. Y algo más.
Dobló mis dedos sobre la palma y me devolvió la mano.
—Un pasado retorcido, querida, y un futuro retorcido. Lo siento.
—¿Bastante? —repetí—. ¿Cuánto tiempo es eso? ¿Mucho?
Harry me acarició la cabeza.
—Por cosas como esta, odio ver el futuro —dijo Remus, y me acercó un plato—. Toma, coge un bollito.
XIX
MIONE
Harry me convenció para salir de compras. Visité los foros más conocidos de Tívoli y, pese a llevar el rostro cubierto por un velo, todo el mundo me reconocía.
«¿Desea un perfume, señora?» «¿Colorete de la India?» «¡Sedas que harán su piel brillar!».
Recorrí sin inmutarme el foro, señalando con un gesto lo que quería. Escogí cosas que nunca perderían su valor: figuritas de oro, adornos de marfil… cosas pequeñas que sería fácil llevarse en caso de tener que salir corriendo. Harry me seguía como un perrito faldero, cargando con el montón de paquetes. Al verme pasar, las mujeres plebeyas murmuraban, las damas patricias arqueaban sus cejas depiladas, un legionario le dio un codazo a su compañero… Todo el mundo se apartaba a mi paso.
Necesitaba joyas. Entré en la siguiente tienda, señalé una bandeja de anillos y, ante los ojos atónitos del vendedor, me los fui poniendo todos, dos o tres en cada dedo, de oro, plata y perlas.
—¿Quiere unos brazaletes, señora?
—Sí.
Fui colocando puñados de joyas alrededor de mis brazos hasta parecer un criminal con grilletes, y luego me puse tres o cuatro collares.
—Los funcionarios del emperador se encargarán de la factura —dije, y salí con mi rescate imperial.
Aquellas joyas me permitirían tener un futuro cuando el emperador se cansase de mí.
Por favor, que fuese pronto.
Crucé la calle y me senté en el banco más cercano, un bloque de mármol junto al templo de
Júpiter. Un carro tuvo que frenar para no atropellarme, pero nadie alzó la voz ni agitó el puño. Era la concubina del emperador, ¿quién osaría tocarme? El miembro de la Guardia Pretoriana que, con su armadura de oro y rojo, me seguía a todas partes, no lo hacía para protegerme, sino para evitar que me escapase.
Harry emitió un sonido interrogante.
—Sí —contesté—. Tenías razón, me convenía salir un poco. Me está sentando bien.
Era maravilloso estar sola, sabiendo que el emperador se había ido a la ciudad y no volvería hasta la noche siguiente. Dejé que el viento golpeara mi rostro. Era un precioso día de viento. No hacía frío, aunque llevaba mi palla de lana sobre los hombros. Un día perfecto.
Me envolví entre la lana y las joyas.
—¡Harry! ¡Harry! ¿Eres tú? —exclamó una voz femenina.
Alcé la vista. Una amplia sonrisa apareció en el rostro de Harry, que posó en el suelo mis compras y se acercó agitando la cabeza a una mujer bajita vestida de amarillo que se bajaba de una elegante litera con adornos dorados.
—¡Eres tú! —dijo la mujer—. Me alegro de verte. Ay, cuánto me gustaría volver a tenerte,
Harry. Desde que te perdí, no me han vuelto a dar un buen masaje. —Se volvió hacia mí y le preguntó—: Y esta, ¿quién es?
—Me llamo Mione, domina —dije al tiempo que me ponía en pie, llevada por mi educación de esclava.
—Yo soy Ginny —se presentó, indicándome con su cálida mano que no era necesario agachar mi cabeza en su presencia—. Vivo allí arriba, en la villa que hay en aquella colina. Bueno, desde hace poco. Mi esposo era el gobernador de Siria, pero el emperador nos mandó volver, así que tengo intención de asentarme y convertirme en una buena matrona romana. El emperador —dejó caer— es mi tío.
Así que esta era Ginny, la segunda hija del primer matrimonio del emperador Gellert y sobrina de Tom. De una vida menos interesante y menos dada a los cotilleos que su hermanastra Luna, porque estaba casada y tenía dos hijos legítimos. Lo cual significaba que probablemente la mujer que tenía delante, con su sonrisa Ginny y su rostro sonrosado, fuese la madre del futuro emperador.
—Tienes que venir a visitarnos algún día —me dijo—. Se tarda un cuarto de hora en litera. Me encanta recibir visitas. Me temo que no puedo mandarte a buscar, porque mi tío detesta que lo molesten.
Parpadeé sorprendida. ¿Visitarla? ¿Una mujer patricia, nada menos que una princesa de la
dinastía Ginny, invitando a la prostituta de su tío a su casa? ¿Sabría quién era yo?
—¡Vaya suerte he tenido! —exclamó, y dio unas palmaditas—. Me moría de ganas de verte. Eres encantadora Me han hablado muy bien de ti.
—El emperador… ¿le ha hablado de mí?
—Claro que no. Mi tío nunca cuenta nada. Pero los esclavos hablan, hasta los mudos. Ya me han dicho lo bien que cantas. Tienes que cantar para mí. También tocas la lira, ¿verdad? Ay, cariño, ¿eso es un moratón?
La observé con seriedad, sopesando su oculta curiosidad malsana, pero Ginny miraba la marca azulada de mi muñeca sin más interés.
—Me caí de la litera, domina —dije, bajándome la manga.
¿Cuánto sabría sobre Tom esta patricia vestida de amarillo que desprendía el encanto de su
linaje como un perfume de la India? ¿Cuánto le habría contado su hermanastra Luna? ¿Ha heredado los gustos de su tío, además de sus ojos, señora?
—Pídele a Harry que te haga su bálsamo especial.
Ginny me hizo un gesto y comencé a caminar a su lado, mientras ella avanzaba por la calle con la confianza de quien sabe que la gente se aparta a su paso.
—Harry hace un ungüento que huele maravillosamente bien y que es muy bueno para cortes y hematomas. Siempre se lo preparaba a mi hermanastra Luna. La pobre se caía a menudo de las literas.
Miré a Ginny Domitila, y sus ojos negros me observaron astutos y sin parpadear desde su gracioso rostro imperial.
—Gracias, domina —dije, e hice una reverencia.
—Oh, por Dios, llámame Ginny —dijo, y me dio unas palmaditas en el brazo—. Bueno, me temo que debo marcharme. Tengo muchas cosas que hacer esta mañana. No te olvides de pasar a verme.
Con otro destello de sedas amarillas se marchó, con la Guardia Pretoriana tras ella como la estela de un cometa.
Por la noche regresó el emperador.
—Me paso todo el verano yendo y viniendo. Tendrás que acostumbrarte.
—Sí, señor y Dios.
—Pensaba que habíamos quedado en César.
—Sí, César.
—Porque los judíos solo creéis en un Dios, ¿no es así? Entonces, si me llamas «señor y Dios», o bien me estás mintiendo, o bien de verdad piensas que soy tu único Dios.
—¿Quiere más vino?
—No. Respóndeme, Mione. ¿Soy un Dios, o me estás mintiendo?
—Da igual lo que responda, pensará que miento.
—Quizá —dijo, reclinándose—. ¿Cómo es ese Dios único y verdadero tuyo?
—Es duro, pero también justo.
—¿Se acuesta con viudas mortales, como Júpiter?
—No. Es a la vez hombre y mujer.
—No me extraña que los judíos seáis un pueblo tan machacado. Dime, ¿temes a ese dios
afeminado?
—Sí.
—Pero a mí, no.
Me agarró del pelo y me tiró contra el borde de la cama. Aparté el rostro justo a tiempo, de modo que fue mi mejilla en vez de mi ojo la que se estrelló contra la afilada esquina.
—¿Por qué? —exclamó Tom.
No supe qué responderle.
Fueron días largos, de un sol abrasador. La mayor parte del tiempo estuve sola, con Tom yendo y viniendo a la ciudad para resolver asuntos del Imperio. Salía de compras; me daba baños interminables; me preocupaba por Scor, que seguramente estaría causando problemas a Lavender; leía mi horóscopo, que le había encargado a Remus. Las estrellas anunciaron los mismos malos presagios que la mano. El astrólogo me miró disculpándose, y Harry acarició su mano canturreando en silencio. ¿Serían amantes? Harry, mudo o no, gustaba a todo el mundo.
Tom, mientras trabajaba en la nueva legislación, escribía un manual sobre cuidados capilares. Tenía un pelo hermoso, pero ¡ay de aquel al que se le ocurriera mencionárselo! Le recomendé lavarlo con flor de saúco para que ganara brillo, pero me mandó callar. Resultaba extraño ver a un emperador redactando consejos capilares, pero todos necesitamos tener un pasatiempo.
Tiberio jugaba con esclavas, Claudio estudiaba a los etruscos, Tom escribía sobre el cabello.
Su otra pasión era poner a los esclavos en fila debajo de la terraza y dispararles flechas entre sus dedos extendidos. Era muy bueno. Nunca fallaba, solo cuando lo hacía a propósito. Si estaba de mal humor, acertaba siempre. Si estaba contento, a veces fallaba.
Canté una canción para Ron, que vino a visitarme, rechoncho, sonrosado y comprensivo.
También estaba Lavender, que me aconsejó dormir más. Ron dijo que mi voz sonaba ronca.
«Últimamente estoy soportando demasiadas cosas», le contesté muy seria, y me comprendió. Luego desapareció, me desperté y comprendí que todo había sido un sueño.
Ya había pasado un mes. Solo quedaban unos meses más de verano antes de que Tom regresara a Roma y yo pudiera volver a Brundisium, junto a mi pequeño y la voz amable de Ron.
Unos pocos meses, pero el tiempo pasaba muy despacio.
—Remus me ha dicho que has conocido a mi sobrina, Ginny.
—Sí.
—Un zoquete, como su madre, Molly, para más señas. ¿Sabes lo que son los cristianos? Unas ratas que se reúnen en catacumbas y pintan peces en las paredes. Me he planteado quitarle la custodia de sus hijos, pero por ahora parece que son buenos ciudadanos romanos.
—Entonces, ¿serán tus herederos?
—Correcto. Ya que mi esposa no consigue ofrecerme otra alternativa… ¿Te gustaría dármela tú? Me han comentado que, por lo menos, tienes un hijo.
—Me deshice de él —respondí rápidamente—. No me gustan los niños. Nunca lo he vuelto a ver.
Ay, Dios, haz que me crea. Solo de pensar en Scor en las manos de este monstruo.
—Abre los ojos —susurró Tom—, y dime que me tienes miedo.
—No.
—Puedo olerlo.
—No.
Fueron largas noches de lunas ardientes como plata fundida en las que no me dejó sola.
Interminables noches llenas de prácticas extrañas: ese afilado estilo que usaba para ensartar moscas empleado para otros menesteres; grilletes con cadenas para atarme a la cama; sus preguntas: «¿Te duele? ¿No? ¿Si pruebo a meterlo un poco más?». Con los ojos en blanco y las manos inquietas, parecía un científico realizando experimentos.
Qué tonta fui al pensar que el burdel del puerto era un mal sitio. Podía resultar cansado, pero los clientes no tenían una imaginación tan malévola ni la perversión de esa voz risueña que, en medio de la noche, me decía: «¿Ya tienes miedo? ¡Todavía nos quedan unas cuantas horas por delante!».
Necesité tarros y más tarros del ungüento de Harry.
«Aún no has visto lo peor, Mione», me reprochaba en mis sueños Luna, envuelta en telas blancas como una vestal. «Espera ocho años y verás.»
Luna, ¡qué equivocada estuve contigo! Pensé que estabas loca. Loca me voy a volver yo. ¿Le gustaba mirarte mientras dormías? Pasó un segundo mes, muy lento.
—Estás muy pálida, Mione —me saludó Ginny—. Tienes que tomar más el sol. No me importa lo que digan, el sol está para disfrutarlo, no para huir de él como si fuera una horda de bárbaros. ¿Cómo está el emperador?
—Muy bien, domina Ginny. —Nunca me preguntaba más, y yo siempre respondía así de escueta— . ¿Qué tal sus hijos?
—Están hechos unos salvajes —contestaba, ilusionada—. Son pelirrojos como el sol, y dicen que no volverán a la ciudad en su vida.
—¿Y su esposo?
Había conocido a Dean Thomas, un caballero pálido que era consciente de mi profesión pero que me trataba con la misma cortesía que desplegaba con todas las mujeres, desde su esposa hasta la esclava más baja.
—Le sienta muy bien este aire fresco. Yo tampoco pienso volver a la ciudad. Me divierto mucho restaurando y adecentando esta villa. La semana pasada nos pusieron mosaicos nuevos.
Contemplé el suelo, y me fijé en que estaba formado por medallones en los que había dos peces de escamas irisadas.
—Muy bonito —comenté—. Los peces… son un símbolo cristiano, ¿verdad?
—Ya veo que mi tío te ha hablado de mi pequeño defecto —dijo sonriendo, y se formó un hoyuelo en su barbilla—. Sí, soy cristiana. Tracio, un liberto de mi madre, era cristiano. Teniendo en cuenta que el marido de mi madre no paraba por casa, se puede afirmar que Tracio era mi padre, así que algo se me pegó. Me temo que esto molesta sobremanera al emperador. No es ningún secreto, a pesar de que en público hago todas las debidas genuflexiones ante los distintos dioses.
—Debería… debería tener cuidado, domina Ginny —dije, tímidamente. Me resultaba simpática. Era muy amable conmigo, aunque la diferencia social entre ambas seguía siendo enorme—. El emperador dice que podría quitarle la custodia de sus hijos, si no los educa como buenos romanos.
—¡Pues claro que son buenos romanos! Además, nunca me los quitaría. ¿Qué iba a hacer, llevárselos a palacio con él? No soporta a los niños, así que jamás haría algo así. Simplemente se dedica a despreciar mis creencias, a considerarlas un entretenimiento pesado. En realidad, no hay nada más.
¿A quién le importa si llevo cestas de comida a mis pobres prójimos de vez en cuando?
Su tono apacible despertó en mí ciertas sospechas. Ginny seguramente iba más allá de cestas de comida. ¿Todos los esclavos que merodeaban por su villa, serían realmente esclavos? ¿Todos esos niños harapientos que se presentaban a su puerta serían realmente mendigos? En la familia Ginny todos tenían secretos, tanto los miembros más crueles como los más generosos. Pero Ginny Domitila nunca me preguntaba por los míos, así que yo tampoco le hacía preguntas.
—Entonces —dijo Ginny, pasando a otro tema menos comprometido—, ¿Remus te ha escrito un horóscopo? Fíate de él, es el mejor astrólogo del Imperio. Es una pena que mi fe no me permita consultarlo. ¿Verdad que es un encanto de hombre? Igual le pido que me lea el futuro algún día. Me está muy agradecido, sobre todo desde que le presté a Harry para que le diera un masaje. Nunca me lo devolvió. Se inventó alguna profecía sin sentido para quedárselo. Mi fe tampoco me permite aceptar el amor entre hombres, pero hay que reconocer que los dos son muy felices juntos.
Me sentaba bien escucharla. Creo que ella lo sabía, porque siempre me pedía que volviera a visitarla y no me hacía preguntas. ¿Habría aprendido la lección con Luna? Pensé en Draco: un cuerpo fuerte desprendiendo calor envuelto en una túnica azul; cabello rubio bajo la luz del sol; músculos nudosos dilatándose como miel fundida; cicatrices en la mano, en la frente, en los hombros (ahora yo también tenía unas cuantas, pero distintas. En lugar de marcas visibles de espada, eran heriditas hechas con pequeños objetos en lugares ocultos); un rostro duro; una nariz rota; ojos del color de las espadas; una fina raja por boca; unas cejas interrumpidas por la marca de un cuchillo; olor masculino a piel quemada por el sol, hierro, sudor y arena… pero no a sangre. Sin saber muy bien cómo, no había sangre.
Unas manos duras y cálidas que podían agarrar una jarra de vino, una espada o una garganta. O, sencillamente, tocarte para producir placer, no dolor.
Vete, Draco. Sal de mi cabeza y déjame en paz.
Ya habían pasado tres meses. Los vientos fríos del otoño llegaron hasta la calurosa ciudad de Tívoli. Septiembre estaba a la vuelta de la esquina. El otoño ya estaba aquí… por fin.
—Llegó la hora de regresar a Roma —comentó Tom durante la cena—. Es una pena, ha sido un verano maravilloso.
—Sí, maravilloso —comenté, y le di un trago a mi copa de vino.
—El sarcasmo no te favorece, Mione —dijo. Estaba de buen humor, hoy había sido moderado en sus castigos—. Bueno, con sarcasmo o sin él, me has servido bastante bien. Has sido una excelente compañía de verano. ¿Cómo quieres que te recompense?
—Ya lo has hecho, César.
—¿Con mi divina presencia?
—Y con todos los regalos que me has permitido comprarme.
—Si, te has vuelto bastante conocida en las joyerías por tu codicia. Sin duda, tus orígenes judíos han asomado a la superficie.
—Seguramente.
Mándame a casa, por Dios, mándame a casa.
Tom apartó su cena, se levantó recogiendo su exótica y brillante toga de seda y se acercó al borde de la terraza. Tenía buen aspecto, atlético y sano, con las mejillas coloradas y esa ligera sonrisa que no desaparecía de sus labios. Contempló durante unos instantes el río, y luego se giró y me llamó:
—Ven aquí.
Me acerqué. Colocó una mano ausente en mi nuca y sentí que mis pies se acercaban al borde de mármol. Vacilé, y sonrió.
—¿Quieres que te suelte?
Sabía, sin ninguna duda, que si respondía que sí, me tiraría por el precipicio.
—No —respondí, mirándolo fijamente a los ojos—. No me dan miedo las alturas, César.
Por un instante, pensé que me tiraría de todos modos. Pero, igual que hizo la primera noche, me apartó del borde y me lanzó contra el suelo de mármol.
Luego se acercó y me pisó la mano con su sandalia. No con fuerza, pero sí con la firmeza suficiente como para hacer daño. El dedo meñique, en el que llevaba el anillo de Ron, estaba justo debajo de su talón.
Su último regalo, pensé aturdida, todas las cuerdas de lira del mundo, pero sin meñique para tocarlas. Me va a quitar mi música.
Su pie siguió estrujando mi dedo y luego se arrodilló con una agilidad sorprendente para su corpulencia. Me agarró por la muñeca y vi que tenía un puñal. Me resistí, pero atrapó mi mano entre sus poderosos dedos. Vi el filo del arma brillando cuando lo lanzó con un movimiento rápido sobre mi mano. Me costó darme cuenta de que no había sangre ni dolor.
El anillo con el nombre de Ron cayó, partido en dos piezas, sobre el suelo de mármol.
Lo miré.
—Esa baratija —dijo Tom, envainando la daga—, no hacía honor a una mujer valiente.
En mi dedo, en el lugar donde había estado el anillo de cobre, había una banda blanca.
—¿Me estás dando la libertad?
—Pensaba que preferirías llevar esto —dijo, abrió un cofrecillo de filigrana que había sobre la mesa y me indicó que me acercara.
Vi una gargantilla de plata, que colocó alrededor de mi cuello. Bajé la mirada y distinguí una piedra verde con destellos azules (probablemente una esmeralda) descansando en mi garganta.
—Es… preciosa.
Tom dejaba que me comprara lo que quisiera, pero desde las cuerdas para la lira, no había vuelto a regalarme nada.
No contestó, solo asintió con la cabeza. Cuando alcé la vista, vi a un herrero en la puerta. Con su delantal manchado de hollín, desentonaba en aquella elegante terraza.
—Suéldalo bien —dijo Tom—. No te preocupes si la quemas.
—¿Qué? —dije, mirándolo—. ¿Soldarlo?
—Una versión más elegante que ese anillo pomposo —explicó afable el emperador—. La piedra es una ocurrencia mía. Una piedra agua marina. Considérala mi ojo posado en ti. Me gusta marcar mis pertenencias.
Sentí las ásperas manos del herrero en mi cuello cuando cerró la gargantilla.
—Pero… dijiste que…
—Mandé arrestar al pretor Ron por traición —comentó Tom, indiferente—. Después del juicio, se le permitió suicidarse. Como bien sabrás, las propiedades de los traidores pasan a ser posesión del Imperio. Ahora me perteneces.
—Ron —las palabras me salían a duras penas—. No, ay, no…
—Sí. Nunca pensé que me resultarías tan interesante ni que podría aguantarte pasados tres meses. Pero hay algo en ti que me gusta y, a la larga, prefiero poseer que alquilar. Dentro de una semana volverás a Roma conmigo.
Sentí en mi cuello el calor de la plata que se ablandaba y soltaba. Apenas noté las quemaduras, pues estaba helada por dentro. ¡Ron había muerto!
Ay, Dios… ¡Scor!
—¿Sabes que he construido un nuevo palacio? Ya casi está terminado. Lo usaré para actos públicos y como residencia de la emperatriz. Tú te instalarás en sus aposentos de la Domus Bellatrix, mi palacio privado. ¿Sabes que he ordenado tallar una estatua de Minerva con tu cara en mi templo privado? Igual eres una diosa. Sería una estupidez dejar escapar a mi propia diosa, ¿verdad? Y nunca he sido un estúpido.
¡Scor! ¿Dónde estaría? ¿Dónde estaba mi hijo?
Tom me acarició el cuello con la mirada ausente.
—Me gusta jugar, ya lo sabes. Es fácil hacer que mis chambelanes, mis senadores o mis guardias me teman. Hasta mi esposa me tiene miedo bajo ese rostro de mármol. Pero tú no. Solo tú y otra persona… ¿sabes quién? No se trata de un ser humano, sino de un simple esclavo. Otro animal, como tú. Un gladiador. Ese al que llaman el Bárbaro. Tampoco me tiene miedo, y sobrevive, sobrevive a todo. Se acerca al borde del precipicio y me mira, me mira, me mira… Pero ya me encargaré de él. Ya veremos qué sucede en los primeros juegos de la temporada. Ahí se acabará todo. En Roma solo hay un señor y Dios… Y una diosa. No puedo aceptar más, Mione.
Más dolor. Más dolor, aunque casi no lo sentía, pues el herrero se había retirado y la plata se había enfriado, formando una cadena sólida alrededor de mi cuello que jamás podría arrancar.
XX
MIONE
—Por lo visto va a organizar un desfile con toda la familia —gruñó Ginny—. Ya sabes lo que eso significa: triunfos, pétalos de rosa, música de trompetas y esos espantosos juegos de gladiadores. Mi esposo, mis hijos y yo tenemos que regresar a la ciudad por orden del emperador —siguió explicándome mientras yo la contemplaba imperturbable—. Mi tío ha debido de decidir que las masas necesitan algo de pompa y espectáculo. Seguramente, con el fin de aplacar las protestas tras su última subida de los impuestos.
—Pues Theodore dice que Tom es bastante popular.
—Si, en el ejército. Los militares se piensan que el mundo se termina en ellos. Pero los plebeyos de Roma solo quieren que les bajen los impuestos y que haya muchas carreras de carros. Por eso, si el emperador aumenta los tributos, tendrá que gastar en algo. Por lo general, en pompa y espectáculos —comentó Ginny, con una sonrisa amarga—. Puede que no sea más que una cristiana insensata, querida, pero sé cómo funcionan las cosas.
Yo también estaba empezando a comprenderlo.
—Bueno, al menos mis hijos se divertirán —añadió Ginny—. Me temo que les encanta el Coliseo.
Igual consigo dejarlos con su padre y fingir una jaqueca antes de que comience a correr la sangre. Luna y yo siempre lo hacíamos. Ay, querida, no sabes cuánto la echo de menos.
Ginny soltó un apenado suspiro. Luego me observó y volvió a sonreír.
—A ti también te echaré de menos, Mione. Has sido una maravillosa compañía.
—¿Por qué no me llama Mione, domina Ginny? —le propuse, llevándome la mano a la pieza de agua marina (el ojo de Tom) que descansaba en mi garganta—. Yo también voy a Roma.
Y también me vería obligada a asistir a los juegos.
ROMA
En los subterráneos del Coliseo, Draco ya podía oír el griterío de la multitud.
—Parece que la gente está animada —comentó Hércules.
La perra, enroscada en la capa de Draco, roncaba imperturbable. Draco se fue desvistiendo metódicamente y preparándose para el combate: primero, se puso la falda azul; luego, las grebas; a continuación, la manga de malla que protegía el brazo de la espada, que llevaba estampado con lo que un admirador rico imaginó que eran símbolos bárbaros. Durante aquel ritual, el demonio se iba desperezando en su interior, sin revolverse inquieto como en el pasado, pero todavía mirando a su alrededor con cierta avidez. Draco se estiró y cogió su espada, un arma con un equilibrio perfecto y una empuñadura para zurdos forjada especialmente para él. Ser el mejor tenía sus privilegios.
—Llegó la hora —dijo Hércules, cogiendo su propia espada, una copia en miniatura de la de Draco.
El griterío iba en aumento. Mientras recorrían los oscuros pasadizos, caía polvo del techo. Al pasar junto a las jaulas de los cristianos condenados a muerte, Blaise los alcanzó.
—¡Ay, menos mal que llego a tiempo! Que tengas un buen día, muchacho, y mucha suerte. Ya sabes que hoy tienes dos combates. Solo quería asegurarme de que lo sabías. Y en caso de que haya otras sorpresas… bueno, estate atento.
Blaise dio unas palmaditas en la cabecita de Hércules, acarició el brazo desnudo de Draco y
desapareció con sus joyas. Hércules lo observó mientras se alejaba y comentó:
—¿Me lo parece a mí, o ese cabrón nos oculta algo?
—Serán imaginaciones tuyas —dijo Draco, alzando la cabeza para escuchar los aplausos. Tras él, en la jaula, los cristianos sollozaban y se santiguaban. Hoy, pensó, va a ser un día importante. Se preguntó por qué.
MIONE
Fue un desfile grandioso, como no podía ser de otro modo. Sentada al fondo de mi litera, pude verlo a través de las cortinas de seda negra: pétalos de rosa, estandartes, trompetas —un número modesto, ya que no se celebraba un triunfo militar sino el festival de Volturnalia—. La Guardia Pretoriana ordenada por rangos con sus uniformes de rojo y oro. Theodore, de regreso del frente germano, con un aspecto muy noble sobre un corcel negro, fue largamente aclamado. Ginny y su esposo, sobre literas, sonreían y saludaban como solo la realeza sabe hacerlo. El emperador Tom apareció sobre un carro de oro, flanqueado por los hijos de Ginny. El más pequeño tendría la edad de mi Scor. Yo cerraba el desfile, sobre una litera de plata cubierta con cortinas que el viento removía para que la gente pudiera captar un vistazo de mi vestido de seda púrpura, mi plata y mis amatistas, o mi tobillo blanco sobre cojines de terciopelo negro.
Me dolía la cabeza.
No podía apartar de mi cabeza la imagen de Ron, la última vez que lo vi. Recordé el afectuoso beso que me dio cuando me marché para Tívoli. No me podía creer que el emperador lo hubiera aplastado como a una mosca para poder adueñarse de mí. ¿Por qué? No había necesidad de hacerlo.
Podría haberme comprado sin más. Pero un hombre como Tom prefería aplastar a comprar.
Escribí a un pretor de Brundisium que admiraba mi música para preguntarle sobre la muerte de Ron y me contestó con una breve misiva. Ron fue condenado a muerte por traición en un juicio amañado, pero (como había dicho Tom) se le ofreció la posibilidad de suicidarse. Organizó una última cena para los amigos que no temían verse manchados por ser asociados con él, en realidad una despedida con sus músicos. Me lo podía imaginar: Ron presidiendo la mesa, con Lavender a su lado, escuchando a sus coristas, sus laúdes y sus cantantes por última vez. Habría dado su oportunidad a cada artista, ofreciéndoles palabras amables, algunas monedas y quizá una última crítica. Tras las cortinas, los esclavos habrían llorado a mares, pero todos habrían dado lo mejor de sí mismos por su amo. Tras despedir a sus invitados, se habría retirado a sus aposentos, donde se habría sumergido en una bañera de agua perfumada y se habría cortado las venas.
No me cabía ninguna duda de que Lavender habría sujetado su mano hasta el final, y luego habría cogido el cuchillo y lo habría acompañado.
«¿Qué pasará con la casa?», le escribí al pretor, ansiosa por saber algo de Scor.
«A los traidores se les despoja que sus posesiones, que pasan a pertenecer al Imperio — contestó—. El hermano de Ron adquirió la casa en una subasta imperial, pero sin los músicos. Por favor, Mione, no me escribas más.»
Aquella agradable villa en la que pasé de ser una prostituta a una artista, que me había proporcionado felicidad junto a mi hijo, no estaba perdida. El hermano de Ron era un bruto al que no le interesaba la música, pero seguramente habría adquirido a Scor junto al resto de esclavos de la casa. Los chicos fuertes como mi hijo eran valiosos: servían de mozos de cuadra hasta que crecían, y luego como guardas o porteadores. Por lo menos, Scor estaría a salvo… mientras no causase problemas.
Lo cual significaba que no estaría a salvo por mucho tiempo.
¡Ay, Dios! ¿Cuándo volvería a verlo?
—¡Señora Mione! —me llamó el guardia, impaciente.
La litera se había detenido y se abrieron las cortinas. Incienso, sacerdotes, trompetas y aclamaciones. Me bajé y vi el Coliseo, como una gigantesca casa de la muerte que impedía ver el sol.
Me tropecé, pero Harry se adelantó para sujetarme y evitar que me cayera. ¡Mi querido
Harry! Ahora era mi esclavo personal. Y Remus, justo detrás de nosotros entre la multitud de libertos, lo seguía allá adónde iba.
—Estoy bien —musité, y comencé a subir los escalones de mármol, intentando no pensar en el dolor de cabeza.
Caminaba detrás de Ginny, que ya estaba planeando fingir una jaqueca para antes de que comenzara el espectáculo principal. Por delante iban sus dos hijos, dando saltitos de emoción. Luego, Theodore, que llevaba del brazo a una mujer vestida de rojo. Encabezaba la comitiva el emperador, con su odiada esposa a su lado. La emperatriz, alta, seria y cubierta de esmeraldas, me miraba fijamente.
Cruzamos una antesala de mármol y accedimos al palco imperial. No pienses. No pienses. Sobre todo, no pienses en Scor. Seguramente mi hijo estaría aullando ahora mismo mientras su nuevo dueño le daba una tunda, sin comprender que podían venderlo en el mercado de esclavos en un abrir y cerrar de ojos.
El anfiteatro se extendía ante mí con su arena blanca y limpia. Pero no duraría demasiado así de impoluta. Aún no habían salido los gladiadores. Estarían en los subterráneos, esperando, rezando.
Draco estaría allí. Cada vez que en las pasadas semanas intentaba imaginarme que lo volvía a ver, peleando en la arena, casi tan cerca que lo podría tocar, me invadía un pánico ciego que hacía girar mi cabeza como un torno.
Aparté la vista del círculo de arena y corrí a sentarme al fondo del palco. Harry se plantó de pie a mis espaldas, como un poste, posando su reconfortante mano en mi hombro. Delante de mí estaba Tom, con los chicos a un lado y su esposa al otro. Ginny se sentó en una esquina, desde la cual poder escaquearse, y Theodore…
—Mione—dijo una voz—, ¡qué sorpresa!
Pansy Parkinson, la acompañante de Theodore, se sentó justo a mi lado.
Severus Snapeacudía a regañadientes a las carreras de cuadrigas, arrastrado por su prima y amiga Diana al Circo Máximo, pero no solía ir a los juegos. «Un espectáculo salvaje, de mal gusto y que explota los instintos primarios», solía decir, sorprendido al ver cómo, tras los juegos, las masas aceptaban gustosamente decretos que apenas cuatro días antes rechazaban por completo. Sin embargo, a veces se acercaba al Coliseo, por lo general acompañado de un esclavo que le sujetaba los rollos y los cálamos para que pudiera trabajar entre los combates, a los que asistía con frialdad. «Si quieres ver la esencia de Roma —comentaba amargado—, tienes que ir a los juegos.» Se disponía a contemplar la última actuación del Bárbaro, y no esperaba ver más que la habitual victoria seguida de la histeria de las masas.
—Dominus —le susurró al oído su mayordomo—, acabo de enterarme de que la señora Pansy ha sido invitada al palco imperial.
—Bueno, no hay de qué preocuparse —comentó Severus.
—Sí, mi señor, pero había venido con la pequeña Vibia Sabina.
—¿Aquí? ¿A los juegos?
—Sí, dominus. Y como no podía llevarla al palco imperial…
Severus ardía de rabia mientras se abría paso hacia la sección del graderío donde se encontraban las mujeres patricias. ¡Llevar a una niñita de siete años a los juegos y dejarla sola, rodeada de extraños! Encontró a su hija en una esquina, detrás de un puñado de amigas de Pansy. La pequeña, bien vestida, estaba abandonada mientras las mujeres, llenas de maquillaje, bebían vino entre risas y lanzaban gritos de ánimo a los gladiadores. Severus se excusó con tono cortante y se llevó a su hija.
—¿Podemos irnos a casa? —le preguntó la pequeña entre hipos.
Tenía una mancha de vino en el vestido. Seguramente a alguien se le habría caído la copa encima de la pequeña.
Severus consideró esa posibilidad. Le encantaría llevar a su hija a casa, pero en todos los accesos había masas de plebeyos enfervorizados dándose empujones para entrar. Aunque sus esclavos consiguieran abrirles camino, les costaría por lo menos una hora de agobios y sudores llegar a casa, y nada más desaconsejable para la epilepsia de Sabina que las aglomeraciones.
—Nos iremos después del combate del Bárbaro, cuando la gente se calme —decidió—. Hasta entonces, siéntate y descansa, Vibia Sabina.
Pero aquel día resultaba difícil estar tranquilo en su palco.
—¡Ay! ¡Suéltame! ¡Suéltame! —gritó alguien en el acceso.
Severus se acercó a ver qué pasaba, y se encontró a su mayordomo peleando con un joven esclavo.
—¿Quinto? ¿Qué sucede?
—Perdón, dominus. He pillado a este bribón intentando colarse.
El muchacho se revolvió y mordió el puño del mayordomo, que soltó un alarido. El chico echó a correr, pero Severus consiguió agarrarlo por la nuca.
—Y bien —le dijo Severus con tono serio—, ¿quién eres? Por lo que veo, un esclavo. ¿Quién es tu dueño?
El chaval se zafó de su mano, pero Severus logró sujetarlo por la túnica. El muchacho frunció el ceño. Tendría un año más que su hija, era rubio y de piel tostada por el sol. Sabina lo miraba con los ojos muy abiertos.
—¿De dónde vienes? Responde, chico —le ordenó Severus, fijándose en su mandíbula prominente—, o te entrego a los magistrados.
—De Brundisium —contestó de mala gana.
—¿Desde tan lejos? ¿Has venido con tu dueño?
—Mi dueño murió. Un carretero me llevó a Misenum, y luego seguí andando. Todos los caminos acaban aquí.
—Todos los caminos conducen a Roma —apostilló Severus.
A su lado, Sabina soltó una risita. El pequeño esclavo parecía abatido.
—Solo quería ver la gran ciudad.
—Ya veo. ¿Y no podías haber empezado por las carreras de cuadrigas?
—Eso es para niñatos.
Sabina volvió a reír y, tirando de la manga de su padre, le dijo:
—Padre, ¿puede quedarse?
—Si tiene estómago para soportarlo.
Severus buscó un taburete para su hija y la sentó al fondo del palco, desde donde no podía ver la arena. Después le ordenó al chico:
—No molestes y no armes ruido. Puedes mirar, si quieres.
—¿De verdad? —Exclamó el muchacho, y por primera vez hizo una reverencia—. Dominus, desde aquí tiene una gran vista. ¿Podré ver a los gladiadores? Me costó mucho entrar…
—Silencio —dijo Severus, divertido.
—Lo siento, dominus.
El chico volvió a hacer una reverencia, aunque no parecía muy arrepentido, y se apoyó en la barandilla.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó Sabina.
—Scor —respondió, y volvió la vista hacia la pequeña envuelta en seda— Scorpius, en realidad, aunque resulta un poco largo.
—¿Como el caudillo galo? —dijo Sabina, y miró a su padre.
La semana anterior había repasado con sus tutores la historia de Scorpius mientras estudiaba la conquista de las Galias.
—Era mi padre —respondió orgulloso.
—¡Pero si murió hace más de cien años!
—Pues era mi abuelo —corrigió Scor.
—¿En serio has venido desde Brundisium?
—Sí. Mi dueño murió, y no quería acabar en el mercado de esclavos.
Sabina lo observaba sorprendida, y Scor se explayó ante su mirada.
—Fue difícil salir de la ciudad. Primero robé un carro, ¿vale? Entonces su dueño se puso aperseguirme con un látigo…
Severus observó a los dos niños: su hija, pequeña, tranquila, limpia y vestida con perlas. El esclavo, sucio, fanfarrón, sonriente y mentiroso.
Por los dioses, pensó, mi hija ha hecho un amigo.
MIONE
—¡Iugula! —gritaba Pansy, con el rostro colorado, a un gladiador que pedía clemencia.
Por un instante, tuve la terrible sensación de que debería estar detrás de ella agitando un abanico de plumas de pavo real. Me entraron náuseas solo de pensarlo.
Pansy se sentó, abanicándose complacida al ver que la sangre chorreaba sobre la arena.
—¿Siguen sin gustarte los juegos, Mione?
En la arena, un mauritano cortaba la cabeza de un galo.
—No —respondí, y cerré los ojos—, me aburro como una ostra.
—¿Aburrirte? ¡Con lo entretenido que es esto!
A nuestro alrededor, en las gradas, la gente se ponía en pie, gritando, animando y gesticulando.
Los hijos de Ginny estaban entusiasmados. Tom observaba con mirada experta mientras Theodore miraba en todas direcciones menos hacia Pansy, posando la mano en el brazo de la silla de su acompañante, apenas a media pulgada de ella, como si temiera quemarse.
¿Theodore con Pansy? Nada podría sorprenderme más. ¡Pobre Theodore! Y pobre galo. Lo tuvieron que sacar por los tobillos.
Pansy se comió una hoja de parra rellena y, chupándose sus delicados dedos, comentó:
—Me muero de ganas de ver el siguiente combate. ¿Qué viene ahora, Theodore? —preguntó, acariciando con una uña pintada la muñeca de su acompañante, que tembló—. Ah, sí, el Bárbaro.
Me miró y sonrió; le devolví el gesto.
—¿Cómo está su esposo, Pansy? ¿No debería estar con él? —Esas palabras salieron disparadas de mi boca—. No me diga que ya ha dilapidado su fortuna.
Pansy abrió la boca para contestar, pero justo en aquel momento Ginny se levantó, moviendo su seda naranja y sus brazaletes de oro.
—Ay, Dios —dijo—, estoy un poco mareada… ¡Este maldito calor! Excusadme. Queridos niños, portaos bien. Y desapareció.
—¿Te encuentras bien, Mione? —me preguntó Pansy con tono solícito—. No tienes buen aspecto.
Igual tú también deberías irte… Por cierto, ¿dónde vives ahora?
—En palacio.
Observé con gran placer que su rostro se contraía. Estaba preparada para añadir la puntilla, pero no tuve tiempo porque el murmullo de la multitud se convirtió en un alarido, y por primera vez la agonía por mi hijo se disipó al ver a su padre salir a la arena. Draco.
De un modo inconsciente, mis labios habían estado formando su nombre una y otra vez. No me di cuenta hasta que Harry me dio un toque en el hombro y emitió un sonido inquisitivo. Esbocé una sonrisa, pero no podía apartar mis ojos de aquel gladiador que había sido mi amante. Pasó tan cerca del palco imperial que casi pude contar las cicatrices de su espalda.
Aquel enorme lugar lo empequeñecía, igual que en el pasado. Draco avanzó, sordo a los aplausos, como lo recordaba. En su rostro de tez oscura había más arrugas que antes, pero seguía siendo alto y fuerte. Seguía negándose a caminar altanero o sonriente. Seguía siendo hermoso.
Dios, qué guapo era.
No hizo una reverencia ante el emperador, solo agachó un poco la cabeza con un gesto que me recordó mucho a Scor. Luego se dio la vuelta y alzó su espada, y volví a sentir aquella mano de hierro que apretaba mi pecho en el pasado.
Luchó contra un tracio cuyo rostro me resultaba borroso. Lo único que podía ver era un par de malditas espadas tracias resplandecientes que me cortaron la respiración, sobre todo cuando el filo curvado de una penetró en la pierna de Draco y salió empapado de sangre. Pero justo después, no sé muy bien cómo, la otra espada salió volando y Draco embistió con soltura. A partir de entonces, luchó con más calma, con movimientos más conexos, controlando mejor el arco de su espada El tracio cayó entre gritos con un pie medio cortado, y Draco acabó con él atravesándole el corazón. Me dejé llevar por la ola de aplausos.
—Qué aburrido —se quejó Pansy—. Si al menos perdiera alguna vez.
Draco se quitó el casco y se atusó el cabello. Sentí que aquellos dedos tocaban mi corazón.
Entregó su espada al empleado del anfiteatro, avanzó un paso e hizo un nuevo gesto con la cabeza hacia el emperador. Tom, que jugaba a los dados con dos cortesanos, ni siquiera estaba prestando atención a lo que sucedía en la arena. Pero Draco se quedó mirándolo más de la cuenta, y el emperador alzó la vista. Pude ver la tensión en la piel de Tom, y recordé sus palabras: «Hasta mi esposa me tiene miedo bajo ese rostro de mármol. Pero tú, no. Solo tú y otra persona… ¿Sabes quién? No se trata de un ser humano, sino de un simple esclavo. Otro animal, como tú. Un gladiador. Ese al que llaman el Bárbaro».
Finalmente, Draco apartó la mirada y se encaminó hacia la Puerta de la Vida. Había olvidado el movimiento de su espalda al caminar. ¡Cómo se podía olvidar algo así!
El murmullo de las gradas se convirtió en risas cuando se abrió una trampilla en la arena y apareció una diminuta figura con barbas. Un enano vestido como un Draco en miniatura. ¡Qué cómico! No pensaba que alguien pudiera volver a hacerme reír. Draco se detuvo un instante, agachándose para conversar con el enano y se rio con complicidad de alguna broma. Sentí que me derretía. Mi amante había encontrado por fin un amigo. Lo necesitaba.
Draco dio unas palmaditas en la espalda del enano y siguió caminando hacia la Puerta de la Vida.
Pero justo cuando comenzaba a relajarme, aparecieron cuatro guardias en la arena y rodearon a Draco.
Otra trampilla se abrió y por ella salieron media docena de brigantinos, vestidos con faldas verdes y portando espadas.
Mientras tenían lugar las ejecuciones de mediodía, el pequeño esclavo se dedicó a contarle a Sabina las aventuras que vivió hasta llegar a Roma, en las que había caballos voladores, perros de tres cabezas y una banda de cuarenta ladrones. Sin embargo, en cuanto hizo su aparición el Bárbaro, Severus se fijó en que el muchacho guardaba silencio.
—¡Hala!—exclamaba—. ¡Sí señor! ¡Hala!
Cuando el combate terminó, el pequeño se sentó y soltó un silbido.
—¿Qué pasa? —preguntó Sabina, estirando el cuello.
Severus le hizo un gesto para que regresara a su asiento. Su hija era demasiado joven para ver lo que sucedía en la arena. No parecía importarle. Sus ojos estaban abiertos como platos de escuchar las fanfarronadas del esclavo, y apenas oía los gritos y golpes que tenían lugar en la arena.
—¡Qué bueno es el Bárbaro! —comentó Scor, maravillado—. Sabía que era el mejor, pero no me lo imaginaba así. Es un dios.
—Es muy bueno —convino Severus—. Siempre procuro que tenga un combate justo después de que el Senado imponga un nuevo impuesto. Calma a las masas durante semanas.
—¿Quién es el Bárbaro? —preguntó Sabina.
—Pero ¿en qué mundo vives? —preguntó Scor, mirándola extrañado—. ¿Encerrada en una caja?
—Me tienen prohibido ir a los juegos. Es que tengo epilepsia —explicó—. Ese tipo de emociones no me sientan bien.
—Eres la primera persona con epilepsia que conozco —dijo el muchacho, mirando con interés a Sabina—. Bueno, está Julio César, pero no lo conocí en persona. ¿Sabes que se cura con sangre de gladiador? Te daré mi sangre cuando sea gladiador. Ya lo verás.
—No me lo creo —dijo Sabina, con los ojos como platos.
—Sí —protestó el muchacho, lanzando una estocada a la pared con una espada imaginaria—. Seré mejor que el Bárbaro.
—Te meterás en problemas.
—Da igual lo que haga, siempre acabo metido en líos —contestó Scor sabiamente—, así que mejor hacer lo que uno pueda.
Vaya, un filósofo, pensó Severus. Qué muchacho más curioso. Sabina parecía embobada con él.
—¡Eh! Están abriendo otra trampilla —dijo Scor, asomándose a la barandilla—. ¿Qué pasa ahora?
—Pero ¿qué…? —exclamó Draco mientras los guardias lo desarmaban—. Mi combate ha terminado.
—Tenemos órdenes de retenerte —dijo uno de los guardias— Si sabes lo que te conviene, mejor quédate quieto.
Lo sujetaron, dos a cada lado. Vio que se abría una trampilla en la arena y aparecían seis muchachos de Brigantia, con sus faldas verdes. Avanzaron en formación hacia un sorprendido Hércules.
—¡No! —gritó Draco, y trató de zafarse, pero era demasiado tarde.
Hércules miró a su alrededor, confundido. Su número cómico era: «Draco el Bárbaro fulminando a los paganos», con veinte pavos reales en el papel de paganos. Pero no había pavos reales por ninguna parte, solo media docena de tipos con la espada desenvainada.
—Oh, oh…
Tiró al suelo la espada de madera, y echó a correr, pero lo alcanzaron.
Los brigantinos formaron un círculo en torno a Hércules, que intentó buscar un hueco por donde huir, pero cayó golpeado por una confusión de empuñaduras.
A lo lejos, Draco gritaba, maldecía y forcejeaba con los guardias. Recibió un fuerte golpe en la nuca y cayó de rodillas.
Gimiendo y sollozando, Hércules se revolvió y echó a correr con sus cortas piernas. Las gradas estallaron en risas cuando, tras tomar impulso, intentó trepar el muro del anfiteatro.
Lo agarraron de nuevo.
Draco consiguió liberar un brazo y lanzó un puñetazo a un guardia. Lo derribaron con un escudo y comió arena. Hércules estaba gritando.
Draco estiró el brazo y agarró a un guardia de las rodillas; alcanzó el cinturón del hombre y le arrebató la daga. Hércules estaba gritando su nombre. Draco encontró un hueco en la armadura del guardia y lo apuñaló. La sangre le salpicó el rostro.
Apartó el cuerpo, se puso en pie y salió dando tumbos, pero los otros tres guardias saltaron sobre su espalda y lo derribaron de nuevo.
Se limpió la arena de los ojos y por un instante pudo ver el rostro de Hércules: un óvalo blanco sobre el suelo, con los ojos inyectados en sangre mirando al infinito y con la oscura boca abierta soltando gritos.
Draco abrió la boca, con el cuerpo entero en tensión, y respondió al grito de su amigo. Se consumió en un largo aullido, interminable, que sirvió como terrible Severus para las estocadas que caían sobre el cuerpo de Hércules mientras los brigantinos lo mataban a golpes.
Draco dejó de ver cuando el demonio se desató y gritó en su interior.
Justo en ese momento, los guardias le entregaron su espada y lo soltaron.
—Vaya—comentó Severus—. Esto se pone interesante. A su lado, el joven esclavo observaba la escena boquiabierta. Draco cayó de rodillas cuando lo liberaron y la espada se resbaló de sus manos.
Mátalos, gemía el demonio, a lo lejos.
No podía respirar. Se quitó el casco y lo tiró a un lado, mientras cerraba los puños.
Mátalos, protestaba el demonio.
Draco se imaginó las risas de Blaise, recostado en su silla. «Seguro que esto despierta al Bárbaro de antes —comentaría, alegre—. ¡Disfruten del espectáculo!»
Draco se meció sobre los tobillos mientras los brigantinos lo observaban, jadeantes, con las espadas temblando en sus manos sudorosas. Extendió los brazos. Sus manos sangraban de las heridas que se había hecho con sus propias uñas, pero no sentía nada.
—Matadme.
Lo miraron boquiabiertos.
—Matadme—gritó—. ¡Matadme, cabrones!
Su voz resonó por todos los rincones de un Coliseo en el que reinaba el silencio. Se puso en pie y avanzó un paso, con los brazos abiertos.
—¡Matadme!
Murmurando y haciendo un gesto contra el mal de ojo, los brigantinos retrocedieron.
MIONE
En el palco imperial estábamos todos paralizados como estatuas. Yo, con las manos en la boca para no gritar; Pansy, con un puñado de dulces a medio camino de sus labios; Theodore, boquiabierto; la emperatriz mostraba sorpresa en lugar de su calma habitual; los hijos de Ginny, helados y admirados.
Entonces, Tom se levantó y gritó, tan fuerte como Draco:
—¡Iugula!
El emperador giró su pulgar hacia abajo, haciendo el signo de la muerte.
Ahogué un grito en mi garganta mientras los brigantinos rodeaban a Draco, que daba vueltas con los brazos extendidos.
—¿Quién empieza? —Gritó, golpeándonos con su voz—. ¿Quién quiere ser el primero en asestar un tajo al Bárbaro?
Los brigantinos, sorprendidos, se humedecieron los labios y se miraron los unos a los otros.
—¡Mátame! —Gritó, y cogió la punta de una espada temblorosa para llevársela a la garganta—. ¡Vamos!
El muchacho dejó caer la espada.
Draco se dirigió como un león hacia los demás, hasta que las otras cinco espadas cayeron sobre la arena. Seis jóvenes en la plenitud de sus fuerzas retrocedieron, con los rostros más blancos que la toga de un senador, ante un solo gladiador entrado en años que los redujo uno a uno usando como única arma su mirada.
Entonces, Draco se echó a reír. Lanzó hacia atrás la cabeza y soltó una carcajada hacia el cielo. Dio un salto hacia los brigantinos, que salieron despavoridos con los ojos espantados.
Draco se giró y se dirigió hacia el emperador, que seguía de pie en su palco.
—¿Lo intentas tú, César? —Gritó Draco, extendiendo los brazos—. Maldita sanguijuela Romana
—¡Hala! —exclamó Scor—. ¡Qué tonto! Ahora sí que está metido en un buen lío.
—¿Qué pasa? —preguntó Sabina levantándose de su taburete para intentar ver algo—. ¿Qué es todo ese alboroto? ¿Puedo…?
—Ha llegado la hora de marchamos, Vibia Sabina —dijo Severus, a la vez que la cogía en brazos y le hacía una señal al mayordomo.
A su alrededor, la multitud guardaba silencio, paralizada ante la osadía del gladiador. Diosa
Fortuna, ¿qué haría la plebe después de esto?
—¿Y Scor? —preguntó Sabina, volviendo la cabeza para mirar al muchacho mientras se marchaban—. Se ha quedado ahí.
—Estará bien —dijo Severus. No tenía intención de ver lo que el emperador haría con el Bárbaro, ni pensaba permitir que su hija lo viera—. Agárrate fuerte.
—Me ha quitado mi diadema de perlas —protestó la pequeña, afligida—. ¿Piensas que lo volveremos a ver?
MIONE
Cuando Tom agarró un arco y una aljaba de flechas de un guardia, me lancé sobre él con la intención de tirarlo al suelo, pero me tropecé y caí de bruces. El emperador tensó el arco y disparó. La saeta se clavó en el suelo, entre los pies de Draco.
Draco soltó una carcajada y avanzó un paso, con los brazos abiertos, ofreciéndose con una sonrisa. Tom gritó sin decir nada, solo soltó un largo bramido, y disparó de nuevo.
En esta ocasión, la flecha pasó silbando junto al pelo de Draco. La siguiente, le rozó el hombro.
Normalmente, Tom tenía tal puntería con el arco que era capaz de clavar cinco flechas entre los dedos separados de un esclavo situado a cincuenta metros de distancia. Sin embargo, aquel día vació la aljaba sin tocar ese blanco burlón.
Draco no paraba de carcajearse, y sentí un ataque de risa histérica formándose en mi propia garganta. En las gradas se oyeron algunas risitas disimuladas. Tom recorrió al público con la mirada, buscando ofuscado risas entre aquellas cincuenta mil personas.
Las carcajadas de Draco se fueron apagando. Avanzó otro paso y clavó sus ojos en los de
Tom. Después, escupió en la arena.
—¡Guardias! —Exclamó el emperador, rojo como un tomate—. ¡Guardias!
Una lluvia de lanzas cayó sobre la arena. Dos acertaron en un desafortunado brigantino, que se retorció entre gritos agónicos. Draco caminó, intacto, hacia el centro del anfiteatro. Cogió el cadáver del enano, lo colocó sobre su escudo, lo alzó y se lo llevó con mucha calma por la Puerta de la Muerte. No le rozó ni una lanza.
Se hizo el silencio en el Coliseo. Un silencio mortal y tan incómodo que cincuenta mil personas se quedaron heladas. Algunos se acercaron furtivamente hacia la salida, entre ellos un hombre regordete con un flequillo de rizos untados en aceite. Los ojos del emperador se clavaron en él, y con su dedo señaló a aquel hombre que había sugerido que mataran al enano para despertar la furia del Bárbaro y ofrecer así un gran espectáculo.
—¡Tiradlo a la arena!
Las gradas estallaron. Los ciudadanos de Roma, puestos en pie, rasgaron el aire con sus manos, sedientos de sangre. Una docena de manos agarraron a Blaise y lo lanzaron a la arena. Una vez allí, cinco brigantinos histéricos y sollozantes lo hicieron trizas antes de que pudiera gritar las palabras: «Os pagaré».
En la arena, Draco había sentido la inmortalidad recorriendo sus venas, pero una vez en la oscura galería de la Puerta de la Muerte, ese sentimiento se desvaneció. Tenía la boca llena de arena y una herida que no paraba de sangrar en la pierna. Hasta el ligero cadáver del enano le resultaba pesado.
¡Hércules!
En aquel oscuro y desnudo pasadizo por el que se llevaban a los muertos, Draco posó el escudo con el cadáver de su amigo en el suelo y lo preparó para una despedida como las que se concedía a los héroes en Brigantia. Enderezó los miembros torcidos, cerró el único ojo que le quedaba en la cara y posó sus manitas sobre la diminuta espada. Se quitó el casco y la armadura, y los depositó junto al enano. Había llegado el momento de poner punto final a Draco el Bárbaro, al que seguramente no le quedaría mucho tiempo de vida. Cogió una antorcha de la pared y la acercó a su brazo, hasta que el tatuaje de gladiador quedó quemado y negro. Apenas sintió el dolor del contacto con el fuego.
Después Draco colocó la antorcha a los pies de Hércules. Una pira en honor del héroe. Su amigo lo habría querido así. Recorrió la galería, recogió todas las antorchas que encontró y las colocó alrededor del escudo, como si fuera un catafalco.
Se giró cuando la madera seca del suelo comenzó a prender. Echó a correr a tientas, temblando, tropezando y golpeándose contra las paredes. Los pasadizos estaban vacíos. Era la primera vez que atravesaba la Puerta de la Muerte. Quizá la muerte fuera así. Sin embargo, pensaba que en cualquier momento aparecería la Guardia Pretoriana y lo atravesaría con una espada. En cualquier momento…
Dobló una esquina y se chocó con un esclavo que corría con un cubo de carne putrefacta para los leones. Esquivó a un par de guardias y salió corriendo por otro pasadizo.
De pronto vio un resplandor anaranjado.
—¡Cuidado! ¡Mira por donde andas!
Enfocó la vista y aquel brillo anaranjado se convirtió en una mujer gorda de pelo claro con una stola de seda de color fuego, que llevaba a un par de niños sucios de la mano. La dama lo miró con seriedad y dijo:
—Escucha: tú no nos has visto.
—¿Qué?
—¡Vamos! —ordenó la mujer, haciendo un gesto a sus espaldas.
Aparecieron varios esclavos tras ella, llevando en brazos o de la mano a niños harapientos de ojos enormes. Draco contó más de treinta.
—¿Pero qué…?
—Tú no nos has visto —repitió la mujer, e indicó a los esclavos que avanzaran—. Compraré tu silencio, igual que el de los demás… Pero no nos has visto.
—De todos modos, soy hombre muerto —dijo Draco. El cuerpo le pesaba como si fuera de plomo—. Mejor que salgamos corriendo. Hay fuego.
—¿Fuego? —exclamó la mujer, buscando el olor del humo y apoyándose dubitativa en la pared—. ¿Dónde?
—Allí atrás —indicó Draco—. Donde dejan los cadáveres.
—¿Qué? Pero… ¿tú quién eres?
—El Bárbaro —respondió, cansado.
—¿Draco el Bárbaro? Ya decía yo que me sonabas de algo. Esos gritos que sonaban ahí arriba, ¿no tendrán algo que ver contigo?
—Un poco.
La mujer le lanzó una mirada perspicaz.
—¿No estarás huyendo?
—No —respondió con mucha calma—, estoy muerto, ya se lo he dicho.
—Pues a mí me pareces bien vivo —dijo la mujer, y respiró hondo—. Mira, ahora sí que huelo a humo. Toma, coge a este niño.
Draco obedeció, pues era lo mejor que podía hacer. Sintió que unos bracitos se agarraban a su cuello y siguió a la mujer del vestido naranja por el corredor oscuro.
—¿Quién eres? —le preguntó con dificultad.
—Ginny. Estos niños, o sus padres, son herejes. Cristianos y judíos condenados a ser devorados por los leones. Yo me encargo de que eso no suceda. ¿Entendido? Haz lo que te digo, y también saldrás de aquí.
¡La sobrina del emperador! Draco comenzó a suponer que aquel era el motivo por el cual no se habían cruzado con ningún guardia en los pasadizos. La sobrina de un emperador podía sobornarlos para que se mantuvieran apartados. Los esclavos que iban y venían con armas o rastrillos para arrastrar a los muertos los miraban con recelo, pero la mujer depositaba unas monedas en sus manos y seguían su camino.
El olor a humo era cada vez más fuerte. Los siguientes esclavos que se encontraron ya no les hacían caso, solo corrían en busca de cubos de agua.
—Abre esta puerta —ordenó la mujer.
Draco derribó con el hombro una pesada puerta que cedió obediente y salieron a plena luz del día. —Sube a los niños a ese carro, deprisa. Venga, pequeño, no llores, todo va a salir bien. Adelante, Marcelo —ordenó la mujer, y dio una palmada a un caballo para que se pusieran en marcha.
Luego se giró y le hizo un gesto a Draco:
—Esta es mi litera. Sube.
Draco contempló a la mujer tan elegantemente ataviada y miró la litera de plata con sus cojines de terciopelo y sus cortinas de seda. Todo era demasiado irreal.
—¡Vamos! ¡Sube! —repitió Ginny Domitila—. ¿Acaso quieres que te mate la Guardia Pretoriana?
—Espera un segundo.
—No tenemos tiempo que…
Draco se acercó a la puerta y, cojeando, se asomó a la primera esquina del pasadizo. Se llevó dos dedos a los labios y soltó un silbido. Un instante después su perra apareció trotando, con un guante entre los dientes.
—Nos vamos —dijo Ginny desde la litera—. ¿Vienes o no?
Draco agarró a la perra y trepó a la litera.
MIONE
—¡Fuego! ¡Fuego!
—¡Los subterráneos están ardiendo!
Un guardia me cogió del brazo y me sacó del palco imperial tras Tom y su esposa Estiró el cuello, pude ver el humo que salía de la Puerta de la Muerte. ¡Ay, Dios! ¡Draco! Mareada, llegué hasta la plaza frente al Coliseo, a la sombra de la enorme estatua de Nerón.
La gente corría en todas direcciones. Madres que sujetaban con histeria a sus hijos, hombres empujando y gritando. Los miembros de la Guardia Pretoriana encargados de protegerme soltaban juramentos y agarraban sus escudos, empujando a la multitud. Retrocedí hasta las escaleras del templo de Venus.
Entre la confusión de cabezas plebeyas, pude ver al emperador, gritando órdenes a su guardia.
Entonces, una mano me agarró por la cintura y tiró de mí hacia un vestíbulo en el muro oriental del templo.
—¡Hola! —me dijo una voz familiar.
—¡Scor!
Contemplé atónita a mi hijo, cubierto de polvo, y el corazón estuvo a punto de salírseme del pecho. Le di un fuerte abrazo. En cuanto sentí su cuerpo contra el mío, supe que no podría dejarlo marchar otra vez.
—Scorpius, ¿qué haces aquí? —conseguí preguntar cuando deshice el nudo de mi garganta.
—Me escapé —respondió, todavía apretado contra mi hombro.
Sonaba tan altanero como siempre, pero sus ásperas manos buscaron las mías bajo la capa y las agarraron con fuerza.
—El hermano de Ron no es malo, pero su mayordomo la tenía tomada conmigo. Me puso a trabajar en las cocinas, y luego pasó lo de los gansos… Robaron algunos y el hombre dijo que me iban a vender a una mina de sal. Así que me colé en una caravana que iba hacia el norte.
—¿De Misenum a Rávena, y luego hasta Roma?
Sonreí. Sabía que ningún amo podría meter en vereda a mi hijo. Estaba sucio y cansado, pero se mordía el labio intentando aparentar que no me había echado de menos.
Me armé de valor y lo zarandeé hasta que sus ojos bailaron.
—¡ Eh! ¿Qué pasa, madre?
—Escucha, Scor, no hay tiempo que perder. Por una vez en tu vida, tienes que hacerme caso —dije, y miré hacia la salida del vestíbulo—. Deben de estar buscándome. Tienes que irte, Scor, no puedes quedarte conmigo.
Pensé rápidamente hasta que tuve una idea:
—¡Domina Ginny!
—¿Quién?
—¡Guardia! —grité, cogiendo la mano del primer pretor que apareció. Por suerte, Tom seguía ocupado con sus guardias al otro lado del templo de Venus—. Guardia, este esclavo se ha escapado de la casa de la señora Ginny Domitila en Tívoli. Devuélvaselo a su dueña.
El soldado observó a mi hijo de ceño fruncido y cubierto de polvo, dubitativo. Seguramente pensaba en las dieciséis millas que había hasta Tívoli.
—Llévaselo —repetí, y cargué mi voz con toda la arrogancia de la amante de un emperador—. Es el paje favorito de la domina Ginny, te recompensará por devolvérselo. Toma esto —añadí, poniendo unas monedas en su mano—, por las molestias.
—De acuerdo, señora —dijo el guardia, y se dirigió hacia su centurión para pedirle permiso.
Aproveché para conversar con Scor.
—Mamá, estoy cansado —protestó, sujetando todavía mi mano bajo la capa. Durante años había sido demasiado duro para cogerme la mano en público, pero ahora no la soltaba—. Me duelen los pies, tengo hambre, estoy…
—Vas a ir a casa de Ginny Domitila en Tívoli —lo interrumpí con crudeza. No era momento para abrazarlo y mimarlo, por mucho que lo deseara—. Ginny es la sobrina del emperador. Dile, en privado, que eres mi hijo. El hijo de Mione.
Me quité un brazalete de plata, uno que Ginny me había visto antes, y lo puse en su mano.
—Dale esto. Ginny cuidará de ti, tiene un montón de niños en su casa.
Le di un beso, unas cuantas monedas y me giré justo cuando llegó el guardia.
—Espero que la señora Ginny te dé una buena paliza por tu osadía, chaval —dije en voz alta—. Guardia, vigílalo bien. No para de crear problemas.
Scor me miró enfadado cuando el pretoriano se lo llevó. Se revolvió mientras el soldado lo sujetaba, y justo entonces la mano de Tom se posó en mi brazo. Por un instante, las miradas de mi hijo y el emperador se cruzaron.
—César —dije con brío—. Deberíamos marchamos…
Lo alejé todo lo que pude. Cuando me giré, mi hijo y su guardia ya habían desaparecido.
Tuve suerte, mucha suerte. Tom estaba de muy mal humor, pero no me castigó. Me envió en compañía de un mayordomo a su palacio privado, la Domus Augustana, y dejó que me pudriera en una lujosa habitación.
El fuego en los pasadizos de los gladiadores se extinguió. Más adelante me enteré de que no hubo grandes daños. Entre las cenizas se encontraron dos cosas: el escudo y la armadura del Bárbaro. La plebe comentaba que un fuego divino se lo había llevado al Hades. Para mí, había sido la Guardia Pretoriana, siguiendo órdenes de Tom. Matar al Bárbaro y quemar su cadáver. En Roma solo podía haber un señor y Dios.
Scor, pensé, asomada al balcón de mi nuevo dormitorio sobre la ciudad de Roma y sus confines,¿estarás ya en Tívoli?
Draco…
No pienses en ninguno de los dos. Solo sobrevive.
¡Vaya cambio había dado en mi vida! Ahora la vasija para llenarla con mi sangre era de oro.
—Nos iremos esta misma noche a Tívoli —dijo Ginny—. Tengo una villa allí. Te esconderemos.
¿Sabes ocuparte de las plantas?
—¿Plantas?
La quemadura de su brazo comenzaba a dolerle, pero sobre todo se sentía cansado.
—Sí, plantas. Necesito un nuevo jardinero, y tú necesitas un trabajo. Y otra identidad, hasta que la gente se olvide de tu cara. Vamos a ver… ¿qué te parece ser Esteban, mi fiel jardinero?
—Bien —respondió Draco. Con el balanceo de la litera le entró sueño. La perra ya estaba mordisqueando las borlas de seda de los cojines—. Si conseguimos llegar.
—Pues claro que llegaremos. Nadie va a registrar esta litera. Soy la sobrina del emperador —dijo Ginny con una sonrisa—. ¿Por qué no descansas un poco?
Cerró los ojos. Draco el Bárbaro abandonaba la ciudad, muerto para el mundo.
¿Y QUE TAL? ¿que les pareció el Capítulo...? Pues en fin, yo solo quiero agradecerles a todos que me Leen... los que comentan... y los que tienen la Historia en Mis Favoritos... ¿Saben? estoy pensando muy seriamente adaptar otra de mis Novelas Favoritas... "EL TATUADO DE LA DANZA MACABRA" ja ja ja ja ja ja super interesante, es una novela policial... muy muy buena... ¿Han visto la película de el coleccionista de huesos? es con ángelina Jolie y Densel Washington... a pues esa pelicula está basada en esa novela... muchas cosas son bastantes diferentes... pero en fin, la pensaré...
a todo esto... Preparense...
El reencuentro entre Draco y Hermione ya está muy cerca... Pansy está a punto de recibir lo que merece pero no antes de hacer de las suyas... Theodore y Luna... bueno... mejor las dejo que averiguen ustedes mismas...
Tom... bueno ¡MEJOR NO LES CUENTO NADA Y LAS DEJO ESPERAR UN POCO MAS! XD ja ja ja ja ja ja saludos.
