Los personajes de Love Live! School Idol Project & Love Live! Sunshine! no me pertenecen.


—Nishikino–san, los alumnos del internado de neurología están esperándola.

—Cuando termine de explicarles esta técnica a los de cirugía iré.

—Llevan ya media hora esperando.

—¿No puede encargarse otro?

—El resto de los neurólogos del hospital está en sus rondas, y los neurocirujanos están todos operando, ¿no hablamos de que usted recibiría a los practicantes?

—Lo sé, pero…

—Ah, ¡Maki–san! Ahí estás. Necesitan su ayuda en el quirófano seis.

Maki inhaló y exhaló con profundidad, armándose de toda la paciencia que era capaz de juntar. Un grupo de cuatro jóvenes, más o menos de la misma edad que ella, la contemplaba con una mezcla de reverencia y curiosidad.

—Chika, ahora no puedo.

—Pero… —El tono de Chika era el de alguien que no quería volver con las manos vacías. Quizás los cirujanos que estaban operando le habían pedido que llevaran a Maki hasta allá como fuera.

—Yo me encargaré, Takami–san. —Maki no podía verla, pero no necesitaba hacerlo para figurarse cómo la boca de Akemi Kanako se fruncía en una mueca de disgusto. No era su culpa que justo ese día se le hubiera juntado todo. Diablos, y todo lo que ella quería era irse a dormir.

—Oh —Chika titubeó un momento. Aunque se había acostumbrado a Maki y había perdido el miedo reverencial hacia ella hacía ya tiempo, continuaba encogiéndose cada vez que la superior de ésta hacía acto de presencia. Era imposible culparla —el aura severa de la doctora Akemi se imponía como un glaciar—. Está bien, voy a avisarles —se esfumó de inmediato.

—Hay que tener cuidado al suturar… —Maki mostraba a sus alumnos cómo realizar la extracción de un tumor cerebral en el lóbulo temporal izquierdo. El modelo humano de silicona yacía inerte sobre la mesa, totalmente expuesto ante las tres muchachas y el joven que habían acudido al hospital para las prácticas de ese día. Aunque habían empezado hacía ya casi una semana, Maki todavía no se acostumbraba a la presencia de gente observándola, ni a tener que explicarles todo lo que hacía. No era mala profesora, pero tampoco le gustaba tener que ocupar ese rol. Nunca le había agradado tener que dar explicaciones de su accionar, aunque fuera puramente con fines didácticos.

La doctora Akemi no había dejado de observarla, y bufó de forma audible cuando Maki continuó con su explicación como si se hubiera olvidado de ella —casi como si quisiera recordarle que todavía se encontraba allí, a la espera de una respuesta.

—Vale —protestó Maki, irritada. Una cosa era tener cuatro estudiantes escrutando todo lo que hacía, otra muy distinta ya era que su jefa se quedara de fondo bufando sin parar —así no podía concentrarse. Suavizó su delicado agarre sobre la aguja y la pinza y miró a la mujer con exasperación—. ¿Por qué no les dice que vengan? Al menos aprenderán algo, en vez de estar esperando ahí afuera mientras miran el techo. Y de paso no tendré que explicar lo mismo dos veces.

La mujer estuvo a nada de regañarla —su tono no había sido exactamente cortés, y Maki pudo observar cómo algunos pelos se soltaban de su ajustado rodete, como ocurría siempre que se enfadaba y endurecía el rostro. Pero pareció reconsiderarlo al darse cuenta de que lo que su kohai le sugería tenía sentido; y tras una mirada fulminante se retiró del cuarto para ir a buscar a los demás alumnos.

Cinco minutos después, Maki tenía ahora a nueve personas a su alrededor, contemplando lo que hacía como si sus vidas dependieran de ello. A ella se le cerraban los ojos; sus párpados protestaban con punzadas de ardor cada vez que los obligaba a mantenerse abiertos. ¿Por qué había vuelto a dormirse tan tarde?

Sin embargo, no importaba cuántas vueltas le diera al asunto, lo valía. Valía la pena, pues no tenía ningún otro momento en el día para hacer lo que hacía por las noches: regresaba muy tarde a su casa debido a las lecciones que tenía que impartir en el hospital durante las semanas que abarcaba el internado intensivo —lecciones a las que se les sumaban las cirugías que había programado para ese mismo período. Luego, sus alumnos serían derivados a las pasantías en los sectores de investigación y diagnóstico, y Maki podría olvidarse de ellos y de todo este asunto. Pero no quería esperar hasta ese momento para continuar con la composición de su pieza.

Temía que la inspiración fuera a esfumarse.

No era la primera vez que componía algo. Había llegado a componer incluso antes de empezar sus clases de piano —piezas torpes, con errores básicos que evidenciaban su total ignorancia del mundo de la música, pero considerando que era una niña de cuatro años habían estado bastante bien. Desde entonces había escrito alguna que otra cosa, pero ninguna había sido nunca tan importante como la que estaba escribiendo ahora. Cada momento que pasaba lejos de su piano se sentía como un desperdicio. Tenía que seguir. Tenía que completarla.

—¿Podría explicar de nuevo la primera parte? —Le preguntó una muchacha de lentes, con el cabello recogido en una ajustada colita—. Nosotros llegamos después.

Maki sólo la miró con agotamiento. Estaba demasiado cansada para replicar. Y, de todas maneras, era su trabajo —no era como si pudiera negarse. Maldiciendo internamente, volvió a tomar los elementos que acababa de dejar sobre la mesada.

—Claro.


Una noche de viernes, finalmente, la terminó.

Fue extraño tocar la última nota y que luego la habitación se sumiera en el silencio. Casi tan extraño como que todo lo que acababa de tocar fuera una creación suya. Iba mucho más allá de ella, tanto que parecía imposible que la hubiese creado ella sola. No era que la obra no hablara sobre ella misma, pero no contaba sólo su historia —contaba su historia con alguien más.

Una historia que no se contaba en palabras. Tampoco en notas musicales. Su relato hablaba en sensaciones. En noches nostálgicas y tardes de desolación ante la puesta del Sol.

Coincidentemente, ese mismo día había sido el último de los practicantes. Quizás ahora podría dormir. Pero se sentía… vacía. Como si haber terminado de crear su pieza le hubiera quitado el único objetivo que tenía —el primero que se había puesto en meses. Como si acabara de perder a una amiga que la había acompañado en la soledad de sus últimas noches en vela.

Quizás debería enseñársela.

Su corazón palpitó con miedo ante esa idea. ¿Podría hacerlo? No lo sentía así. No sabía por qué, pero sólo imaginárselo hacía que su respiración se detuviera y que su cerebro quisiera dar marcha atrás. Sentía que, si se la mostraba, estaría revelándole algo muy íntimo —un secreto a voces, que ambas conocían pero que aun así no se atrevía a sacar a la luz.

Como si fuera una confesión.

Desechó esas ideas por el momento. Era tarde, debía irse a dormir. Con un poco de suerte ya al día siguiente estaría más fresca, y podría ocuparse del lío que era su departamento —que había dejado bastante abandonado las últimas semanas, por motivos. También se relajaría un poco. De veras necesitaba ese descanso.

De manera que guardó sus ideas en una cajita de cristal en lo profundo de su mente. Ya se preocuparía por ellas luego.


Las semanas pasaron, y Maki seguía dudando.

La pelirroja pasaba la mayor parte de sus horas libres en compañía de Nico. Esta última se había impuesto como la nueva chef personal de su amiga —había aprovechado más la amplia cocina de su departamento que ella misma, e incluso había hecho uso de utensilios que Maki ni siquiera sabía que tenía, mucho menos para qué servían. A veces traía a sus hermanos para que comieran con ellas. Otras veces no quería salir y, en su lugar, invitaba a Maki a su casa. «Invitar» era un término quizás demasiado amable, considerando que no aceptaba un no por respuesta.

El departamento de Nico era pequeño, de un estilo japonés más tradicional que el de Maki —que era de características más bien occidentales. Los pequeños espacios, sin embargo, se sentían muy acogedores —había dibujos, hechos por los hermanitos de Nico, repartidos por doquier, y el calor debajo del kotatsu era difícilmente reemplazable por ninguna otra cosa. Las pequeñas ventanas dejaban entrar el sol anaranjado de las tardes, y siempre había algún sonido llenando el ambiente, ya fuera Kokoa cantando con alegría, o un programa de radio puesto de fondo para callar el silencio.

—Gané —sentenció Maki con simplicidad, dando por terminada la partida de shōgi contra Kokoro. La niña infló las mejillas con contrariedad; aunque habían jugado ya muchísimas partidas desde que ella había descubierto su peculiar gusto por aquel juego, nunca había podido ganarle. Maki siempre desechaba sus protestas diciéndole que ella era más grande y que llevaba jugando mucho tiempo, incluso desde que era más chica que Kokoro, pero la pequeña no se daba por satisfecha. La única vez que la pelirroja se había intentado apiadar de ella y había tratado de dejarse ganar, la niña se había dado cuenta y había terminado la partida en ese mismo momento. «No tiene chiste si me dejas ganar, Maki–chan».

—¿Cómo puede ser? —Kokoro sacudió la cabeza ante la tentativa de Maki de darle una respuesta. Se levantó del kotatsu y, tras haber guardado las piezas de vuelta en su caja, salió de la habitación con solemnidad, llevándose la caja y el tablero con ella. Nico rió.

—Ahí va de nuevo —comentó, levantando la vista de la mezcla que preparaba en un recipiente para mirar el sitio por donde Kokoro se había ido—. Se pasa la mitad del tiempo libre pensando estrategias para ganarte. Deberías ser un poco más suave con ella.

—La vez que lo intenté se ofendió y no quiso jugar más —replicó Maki con exasperación. La cocina y el comedor estaban integrados en una misma habitación, y Nico siempre charlaba con ellas mientras jugaba —claro, en la medida en que Kokoro lo permitiera y no pidiera silencio diciendo que «necesitaba concentrarse».

Nico tomó asiento en el kotatsu, pasando las piernas por debajo de la tela que sobresalía de los bordes de la mesa de madera y colocando un cuenco con galletitas recién horneadas sobre ésta, luego de haber colocado otra tanda en el horno. Maki extendió la mano para tomar una, pero la pelinegra le chistó.

—Están calientes, vas a quemarte.

La pelirroja bufó, pero retiró la mano. En su lugar, dijo:

—¿Puedo preguntarte algo?

La mirada rojiza de Nico se encendió con alarma. La pregunta sobre la pregunta era señal de que Maki estaba por abordar un tema que ninguna de las dos mencionaba con frecuencia —no pensaba preguntarle por los chips de chocolate que había usado para sus galletitas, ni por la dedicación de Kokoro para con el shōgi. Nico la evaluó unos instantes antes de responder.

—… Sólo suéltalo y ya.

—¿Alguna vez has pensado en volver a ser idol?

El silencio se hizo presente de inmediato; Maki había hablado rápido, ansiosa por terminar la pregunta lo más rápido posible, tratando de no pensar mucho en lo que decía. Los primeros momentos tras acabar de hablar pensó que había metido la pata y que Nico se enojaría con ella. La dura mirada de su amiga era indescifrable.

Pero entonces, tras unos instantes que se hicieron eternos, Nico negó con la cabeza.

—No. Suponiendo que pudiera saldar la deuda y suponiendo —su mirada se endureció aún más— que la gente me quisiera de vuelta, esa historia se ha terminado para mí.

Maki asintió. No le preguntó por qué —sólo podía hacer conjeturas, pero imaginaba que ese mundo, para Nico, ya estaba demasiado contaminado con malos recuerdos como para que pudiera o quisiera volver a embarcarse hacia él.

—¿Y qué te gustaría hacer? —Le preguntó en cambio.

Nico se encogió de hombros, restándole importancia.

—Tengo que cuidar de mis hermanos, no es que tenga mucho margen para elegir.

—Bueno, pero si pudieras, hipotéticamente hablando…

Charlaron durante un largo rato; aunque se había mostrado un poco reticente a contestar la pregunta de Maki, alegando que hablar de situaciones hipotéticas era «sólo construir castillos en el aire», diez minutos después Nico le explicaba que había muchas cosas que le gustaría hacer y otras que le gustaría aprender —cursos avanzados de cocina, talleres de cosmética e incluso un programa de aprendizaje de distintos tipos de danzas del mundo que incluía viajes de intercambio hacia otros sitios del planeta.

—No necesitas un intercambio para poder viajar, podemos ir a donde tú quieras.

—Maki–chan, sé que te mueres por pasar tiempo conmigo, pero no necesitas presumir que tienes montones de dinero. —La expresión de Nico era socarrona; Maki se puso roja y empezó a balbucear protestas inconexas que la pelinegra descartó con repetidas risitas.

El dinero y el tiempo eran el principal problema de Nico. Cualquier cosa que quisiera estudiar o aprender costaba un dinero que ella no tenía, y consumía un tiempo que debía dedicar al cuidado de sus hermanos menores. La muchacha apenas miraba hacia el futuro —y aunque Maki le recordó repetidas veces que, algún día, sus hermanos crecerían y ella ya no tendría que ocuparse de ellos, su amiga no parecía ser capaz de imaginárselo. Negaba con la cabeza y le decía que no tenía sentido pensar en esas cosas.

—Además, tu mamá volverá a casa en algún momento —señaló la pelirroja, llevándose una galletita a los labios y dándole un mordisco; sabían al mismísimo Cielo—, ha mejorado mucho el último tiempo.

Ahora que Nico no tenía que esconderse tanto y tenía un poco más de tiempo en sus manos, había empezado a visitar a su madre con mayor frecuencia. La mujer progresaba despacio —lento, pero seguro—, y Maki había instado a su amiga a que llevara a sus hermanos menores a visitarla con ella. Había costado trabajo convencerla: Nico se negaba a que sus hermanos la vieran de esa forma, decía que no quería que tuvieran esa imagen tan triste de su propia madre entre sus recuerdos; pero Maki había insistido diciéndole que también era su mamá y que tenían derecho a verla. Al final, Nico había accedido a llevar a Kokoro con ella —«porque es la más grande de los tres y puede manejarlo», en sus palabras—, y había prometido llevar a los otros dos en cuanto su madre se pusiera mejor y adquiriera un mejor aspecto.

La visita de Kokoro había impactado de forma directa en la salud de Saionji Kyōko; Maki no era su doctora ya que no pertenecía a su área, pero seguía de cerca el caso y pedía actualizaciones de manera constante. No la había sorprendido descubrir que, tras la visita de su segunda hija, su estado de ánimo se había levantado y su respuesta al tratamiento había mejorado con creces. Las cicatrices en su piel se habían vuelto más bien rosáceas, y el cirujano plástico que atendía su caso había comentado que pronto ya no necesitarían continuar injertándole piel en los brazos. Todavía le quedaba una temporada en el hospital, pero el día que le darían el alta ya no se encontraba tan lejano en el tiempo —no tanto como aquella tarde en la que Maki había leído su nombre en la puerta, y había vislumbrado su derruido aspecto a través de la ventana de la habitación.

—¿Sabes…? —murmuró Nico después de un rato; las galletitas ya se habían terminado —la mayoría se las había tragado Maki porque estaban buenísimas, aunque los hermanos de Nico habían aparecido varias veces en la habitación para llevarse algunas—, Nico se había terminado su té y descansaba la cabeza sobre la palma de una mano, con la mirada perdida en algún punto nebuloso de la pared—. No volvería a ser idol… pero me hubiera gustado poder darle un cierre a esa etapa. Un… un cierre como Dios manda, ¿me entiendes?

Maki permaneció pensativa unos minutos.

—¿Un cierre como una despedida? O como un último live. —Recordó el último live de μ's con una punzada de nostalgia en el pecho.

Nico asintió, todavía sin mirarla.

—Sé que es absurdo, los de Kibōgamine no van a querer saber nada, no quieren tener nada más que ver conmigo —dijo con desgano—. Menos si todavía no terminé de pagarles la deuda —añadió con amargura.

Maki apenas escuchó esto último. Se había zambullido de golpe en sus propios pensamientos —sus propias ideas, que empezaban a pulular por su mente con un zumbido que no podía ignorar. Se quedó con Nico un rato más; la pelinegra pronto cambió de tema y empezó a contarle sobre la prueba de matemáticas en la que Kokoro se había sacado un cien como si no acabara de confesarle uno de sus deseos más profundos respecto de una de las etapas más traumáticas de su vida. Maki la escuchó a medias, y poco después se excusó diciéndole que tenía que volver a casa a terminar con un papeleo, pero que pronto le escribiría para que se vieran de nuevo. Nico pareció un poco triste, pero se esforzó por ocultar la tristeza detrás de su fachada desinteresada como siempre hacía, y en seguida Maki se halló de regreso a casa, caminando a paso apresurado bajo el Sol anaranjado del atardecer.

Ahora que estaba sola, su cerebro casi que le gritaba las ideas que continuaban plagando su mente. Una tras otra, fluyendo como si emanaran de una fuente de aguas infinitas. Empezó a hacer cálculos y a considerarlas —si lo pensaba con cuidado y se organizaba como correspondía, nada tenía por qué salir mal. Incluso había algo… había algo que podía usar, algo que podía aprovechar.

Una vez en casa, abrió el cajón de su mesa de luz y observó el CD que había guardado allí dentro, colocándolo con cuidado en su cajita plástica y sin escribir nada en su superficie inmaculadamente blanca. La había grabado hacía semanas ya, y aunque nunca la había sacado de su mesa de luz, sus pensamientos volaban y aterrizaban en ella con frecuencia —cuando estaba en el trabajo, cuando hacía la compra, pero más que nunca cuando compartía un rato con Nico y su amiga le dedicaba una de sus cálidas sonrisas.

Era el momento. Ahora, esta melodía tiene un propósito, se dijo a sí misma, a sabiendas de que lo había tenido desde un principio, pero negándolo de todas formas. Tantas semanas y seguía sin poder aceptarlo.

Sin embargo, antes necesitaba arreglar un par de cosas. Llamar algunos números, resolver algunas dudas. Atar cabos y asegurarse de que no se lanzaba al vacío, de que no construía castillos en el aire —a pesar de que, muy en el fondo, sabía que ninguna de esas circunstancias era impedimento alguno si se decidía a arrancar otra sonrisa de los labios de su amiga.

En cuanto esté listo, prometió; volviendo a cerrar el cajón y respirando profundo —dejando en evidencia, una vez más, que aquella melodía tenía mucho más significado del que ella quería admitir.


Una semana. Una semana entera transcurrió sin que volviera a ver a Nico. Pero ya no tenía excusas, ya no había razones para continuar posponiéndolo. Lo sabía, y aun así algo se revolvía en la parte baja de sus entrañas cada vez que pensaba que ya no podía continuar haciéndose la tonta y buscando en su agenda algún número al que se hubiera olvidado de llamar.

Los mensajes de texto de su amiga, además, eran motivación suficiente para que se moviera —primero, amables y entusiastas, preguntándole cuándo se verían de nuevo; con el transcurso de los días, volviéndose más y más hostiles hasta que, esa misma jornada, al mediodía, le había preguntado sin más si estaba evitándola. A Maki se le había estrujado algo al leer su pregunta, directa y sin orgullo alguno, todo lo que Nico no era. Si le había escrito eso, la pelinegra debía estar sintiéndose realmente mal —y Maki no soportaba la idea de hacerla sufrir.

Incluso Chika había empezado a sospechar. Su asistente le había preguntado más de una vez si todo estaba bien; se había mostrado bastante curiosa respecto de la nueva política de Maki de no separarse de su teléfono celular en ningún momento.

—¿Esperas una llamada importante? —le había preguntado con ojitos curiosos el jueves al anochecer, quitándose un auricular del oído luego de observar a Maki dar vueltas por su oficina con el teléfono en la mano durante diez minutos. Tenía el volumen tan fuerte que la pelirroja había reconocido la voz de Honoka cantando «Ai wa Taiyou Janai?» desde el pequeño auricular.

—¿No tienes trabajo que cumplir? —le había preguntado Maki con irritación. De inmediato se había arrepentido de hablarle tan mal: Chika no tenía la culpa de que su teléfono no sonara.

Su asistente, sin embargo, no se había visto demasiado intimidada por su tono severo.

—Ya terminé por hoy —había respondido con simplicidad, encogiéndose de hombros—, mi próxima ronda es a la medianoche. —Había vuelto a ponerse el auricular sin más y la melodía de la canción de Honoka se había amortiguado. Maki empezaba a pensar que estaba perdiendo autoridad sobre su asistente, aunque no sabía si le molestaba o no.

Sin embargo, ese período de no soltar su teléfono y llenar su agenda de nuevos contactos se había acabado —al menos de momento—, y Maki ya no tenía más excusas para continuar dando vueltas. Tenía que hacer lo que tenía que hacer.

De manera que ahora caminaba en dirección a la tienda en la que se habían reencontrado por primera vez, a sabiendas de que Nico trabajaba allí los lunes por la tarde. Miraba al suelo mientras caminaba, armándose de valor como si estuviera a punto de hacer algo gigantesco. No sabía con qué se iba a encontrar y eso la ponía más nerviosa aun —quizás Nico no querría verla, quizás la última semana de silencio había sido demasiado para ella y ya no querría saber nada de la pelirroja.

De nuevo, atardecía. Parecía que siempre era el atardecer cuando se veían envueltas en situaciones complicadas e intensas. El cielo anaranjado y el Sol bajando hacia el horizonte se habían vuelto su leitmotiv, los acordes que sonaban cada vez que se miraban a los ojos y un sinfín de emociones complejas fluía a través de ellas.

Cuando entró a la tienda, sus ojos se dirigieron de inmediato a la caja; y allí estaba, pasando los productos por el lector con la mirada perdida —el rojo apagado y sin vida, como si hubiera perdido toda motivación.

Así, hasta que levantó la vista por un segundo y su mirada se encontró con la de Maki, que tragó con fuerza y se aproximó hacia ella sintiendo que enrojecía. Los ojos de Nico se iluminaron de inmediato, y esbozó el fantasma de una gran sonrisa antes de que su gesto se tornara irritado y hostil.

—A–al fin decides dignarte a aparecer —le espetó enojada, aunque el brillo alegre de su mirada la delataba; o el hecho de que había dejado de pasar los productos por el lector y sus manos temblaban con emoción—. ¿Piensas explicarme dónde demonios estuviste, o…?

Maki no hizo siquiera ademán de responderle, ni siquiera la estaba escuchando del todo. Tratando de no pensar en lo que hacía, se acercó a paso firme hasta donde se encontraba su amiga y, sin decir nada, le tendió la cajita transparente que dentro contenía el CD que hasta ese momento había permanecido guardado en la mesa de luz de su habitación. Agachó la cabeza, mirando el suelo entre sus brazos extendidos, sintiendo que enrojecía todavía más si es que eso era posible. ¿Por qué había decidido hacer esto ahora? ¿Por qué allí, en frente de tanta gente, en un lugar donde todo el mundo podía verla pasar vergüenza? Casi que podía ver a Nico mirándola sin comprender.

—¿Qué…?

—Sólo tómalo —espetó Maki rápidamente. Nico dejó la lata de arvejas que sostenía entre sus dedos y pronto la pelirroja sintió que retiraba el CD de sus manos. Por primera vez en todo el rato, se atrevió a levantar la vista y contempló en primera persona la mirada confundida de la pelinegra, que miraba el CD como si esperara a hallar alguna respuesta en su superficie blanca, que Maki no se había atrevido a escribir—. L–lo vamos a hacer —balbuceó ella, tropezando con sus propias palabras y maldiciéndose por ello. ¿Por qué no podía hablarle con normalidad?

Nico arqueó las cejas, ahora mirándola a ella. Maki no se atrevía a fijarse, pero la señora a la que Nico suponía estar atendiendo las debía estar mirando sin entender nada. Igual que todo el resto de las personas que aguardaban en la fila. Aunque Nico tampoco parecía entender nada en absoluto.

—¿Qué cosa? —Parecía haberse olvidado de que estaba enojada con ella, porque su gesto se había suavizado en una expresión de genuino aturdimiento.

—El último live. Escúchala… —murmuró Maki, como si hablar más bajo fuera a ayudarla a pasar menos vergüenza—… E–escúchala y dime qué te parece.

Y, apenas unos segundos después, se había esfumado de la tienda y caminaba por la calle tapándose la cara con las manos, sonrojándose como una adolescente que acabara de confesarse ante la persona que le gustaba.


Bueno, me tomó un tiempo actualizar (de nuevo, pasaron muchas cosas en el medio), pero fue más rápido que la actualización anterior, así que estoy un poco satisfecha(?). Espero que la próxima actualización me tome todavía menos que ésta, tengo muchas ganas de escribir y unas cuantas ideas para esta historia, así que tengo esperanzas de lograr sacar el siguiente capítulo muy pronto. De una forma u otra, ¡voy a hacer mi mejor esfuerzo!

Esta historia va aproximadamente por la mitad; se los digo para que se hagan una idea de cuánto queda. Aunque los capítulos van a ser un poco más moviditos de acá en adelante...

¡Muchas gracias por sus comentarios! Ya saben que son más que bienvenidos a decirme todo lo que piensan de este fic~ ¡Nos leemos en el próximo!