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Capitulo 7: Tristeza

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— ¿Qué edad tiene?—preguntó el hombre alto, escrutando al niño de pies a cabeza.

—Once—contestó el comerciante, un hombre gordo y desaseado, el cual agitaba constantemente un abanico contra su rostro.

— ¿Solo once?

—Sí, pero le aseguro que es un joven muy pero muy especial.

—Puedo imaginármelo… Supongo que no es del todo común que un niño esclavo cueste cinco mil denarios.

El comerciante soltó una risotada, señalando al hombre alto con su abanico.

—Tiene bastante idea de los precios para frecuentar tan poco este mercado, ¿verdad amigo? Si no me equivoco, creo que es la primera vez que lo veo por aquí, señor…

—Magnus—completó el hombre alto, observando a su alrededor con un desprecio a todas luces evidente.

Se encontraban en los muelles del Puerto Iulius, un importante emplazamiento militar para las naves de guerra romanas. Como era de esperarse, la compra-venta de esclavos para que trabajaran en los barcos era una práctica de lo más común en aquel lugar, más allá de sus propósitos estrictamente militares. Por todos lados podían verse naves ancladas y grandes grupos de personas examinando la mercancía y participando en las pujas. Magnus, un hombre esbelto de cabellera y barba encanecidas, lo observaba todo con la desaprobación brillando en sus ojos marrones. Era evidente para el comerciante que aquel elegante señor ni deseaba estar en ese lugar ni aprobaba lo que allí se hacía. Sin embargo, había ido directamente hacia él a preguntarle por el niño, sin detenerse en ninguno de los otros puntos de venta, como si de antemano hubiera sabido lo especial que era aquel muchacho.

—Seguramente se preguntará por qué el precio es tan elevado—continuó el comerciante—Déjeme decirle que el chico ha estado un año encadenado a una de mis naves, remando de doce a quince horas diarias. Muy pocos soportan ese trabajo durante mucho tiempo, más aún cuando las travesías en alta mar se alargan y las provisiones comienzan a escasear. No necesito decirle que, en esos casos, los esclavos apenas si reciben lo necesario para no morirse de hambre, y a veces ni eso. Sin embargo, y pese a haber pasado por esas situaciones, el chico es incansable. Literalmente incansable.

Magnus alzó una ceja, observando al muchacho encadenada a un costado, sentado en el suelo.

—Y con solo diez años lo pusieron a los remos.

— ¡El chico es fuerte como un toro!—exclamó el comerciante con una sonrisa—Antes había estado en las canteras y en los campos arrastrando arados, y ya ahí sobresalía por su increíble fuerza. Ahora, con el mínimo de alimento, es capaz de soportar una jornada entera remando sin parar, e incluso más. Nadie se explica como lo hace, simplemente lo hace. Por eso tiene un precio tan alto.

Magnus también esbozó una sonrisa al escuchar esto, aunque no por las mismas razones que el esclavista. Se acercó hacia el niño, el cual lo observó atentamente, casi con curiosidad.

—Levántate, muchacho.

El chico obedeció al instante, poniéndose de pie. Magnus se sorprendió por su gran estatura. A pesar de su corta edad, el joven era casi tan alto como un hombre adulto. Iba desnudo, salvo por un taparrabo de cuero anudado a su cadera, lo cual dejaba apreciar un cuerpo fuerte y desarrollado que crecería mucha más en el futuro. Sangre mestiza corría por sus venas, eso era evidente, dado el marrón claro de su piel y los crespos cabellos de un castaño oscurísimo. Los ojos, en cambio, eran casi del color de la miel, y lo observaban todo con expresión atenta y amable. Magnus notó un profundo corte horizontal en la mejilla derecha del joven, el cual aún estaba rodeado de sangre coagulada. No tardó demasiado en asociarlo con el látigo que colgaba del cinturón del esclavista.

— ¿Cuál es tu nombre?—le preguntó amablemente.

—Akanni—contestó el niño, mirándolo con aquellos grandes ojos avellanas.

— ¿Akanni? Un nombre de las provincias africanas al sur, sin lugar a dudas. ¿Hace cuanto que estás aquí, hijo?

—Siempre ha estado con nosotros—lo interrumpió el esclavista.

Magnus lo miró con el ceño fruncido.

— ¿Siempre?

—Así es. Encontramos a su madre hace tiempo, sola en una caravana destruida por un ataque bárbaro. Nos llevamos a ella y a los demás sobrevivientes como mercancía. Tal como usted ha dicho, la mujer era de las provincias africanas, una esclava, y estaba embarazada. Murió pocos días después de dar a luz al niño.

— ¿Quién era el padre?

—Un hombre blanco, seguramente. Supongo que algún legionario romano que la conoció de paso; sucede todo el tiempo. En fin, el niño ha estado con nosotros desde entonces.

—Toda una vida como esclavo—murmuró Magnus, clavando sus ojos en el comerciante como si fueran dos afilados cuchillos. El hombre pareció estremecerse.

—Ehh… ¿desea comprarlo, señor?

—Quisiera que me dejaras hablar a solas con él por un rato. Luego podemos charlar de negocios.

—Como usted desee…

El esclavista se alejó, dejando a ambos, hombre y muchacho, solos cara a cara. Akanni observó a Magnus sin ningún tipo de temor. Llevaba dos gruesos grilletes con cadenas alrededor de las muñecas, pero los cargaba como si no pesaran absolutamente nada.

— ¿Sabes algo, chico?—comentó Magnus, escudriñándolo de pies a cabeza—Puedo darme cuenta con solo mirarte cómo es que logras aguantar toda una jornada en los remos sin agotarte. Lo que me pregunto es… ¿tú también lo sabes?

Akanni se encogió de hombros.

—Soy fuerte, señor, mucho más que los otros esclavos.

—Claro, eso es evidente, pero…no se trata solo de fuerza física, ¿verdad? Hay algo más que te permite hacer todo lo que haces…

Por primera vez, el joven observó con desconfianza a su interlocutor, frunciendo un poco el ceño.

— ¿Cómo es que se ha dado cuen…?

—De hecho, estoy seguro de que podrías romper esos grilletes sin siquiera esforzarte, ¿o me equivoco?

Akanni sonrió.

—Si…podría hacerlo.

— ¿Por qué no lo haces entonces? Podrías escapar de esta vida de opresión y esclavitud.

— ¿Y luego qué?—replicó el chico, no en forma agresiva, sino con tristeza—No sabría qué hacer, ni adonde ir… Esta vida es lo único que conozco, señor, lo único que siempre he conocido.

— ¿Y qué opinas de ella?

Akanni lo miró fijamente.

—No es lo que yo hubiera deseado. No me agrada recibir latigazos por el simple capricho de mis amos, ni ver como mis compañeros son castigados de formas peores—el niño bajó la vista—Desde que tengo memoria, he visto morir a mis hermanos día tras día. Algunos por las duras condiciones de nuestro trabajo, otros en forma de castigo por desobedecer o disgustar a los amos. No es justo…—alzó la mirada, con la tristeza y la resignación reflejadas en ella— ¿Pero qué otra cosa puedo hacer? Aunque no esté de acuerdo, aunque no me agrade, esta es la única vida que tengo…

Magnus asintió seriamente, y luego avanzó un paso hacia él, ofreciéndole una mano.

—Te diré que hacer, Akanni—dijo con voz afable—Si tomas el valor y la determinación para romper esas cadenas, yo te llevaré conmigo a un lugar en el que podrás desarrollar esa gran fuerza que posees; y juntos trabajaremos para que nadie más deba pasar por lo que tú y tus compañeros han pasado.

El chico observó fijamente sus grilletes, indeciso.

— ¿Lo dice en serio?

—Tienes mi palabra. ¿Confías en mí?

Akanni no contestó. El silencio se alzó entre ambos como si fuera un muro, roto finalmente por el leve chirrido del metal al resquebrajarse. Magnus observó con una media sonrisa como un brillo dorado se formaba en torno a las manos del joven. De repente, sus muñecas se separaron, haciendo saltar en pedazos los grilletes que las rodeaban.

—Muy, bien—exclamó sonriente, echando a un lado las cadenas—Confiaré en usted, señor.

— ¡Hey! ¡¿Pero qué diablos has hecho, maldito esclavo?!

El gordo comerciante se acercó casi dando saltos hacia ellos, observando atónito como el hombre y el muchacho se alejaban a través del muelle.

— ¡Deténganse ahí mismo los dos! ¡Guardias, guardias, me roban!

Magnus dio media vuelta, mirándolo con una expresión que habría congelado el mismísimo infierno. El esclavista retrocedió un paso, espantado. No pudo evitar tropezar y caer sentado sobre los tablones del muelle, sintiendo como la terrible mirada lo atravesaba como una lanza de hielo. Sin decir nada, Magnus se llevó una mano al interior de su túnica negra, sacando una pequeña bolsa de cuero.

—Cinco mil denarios—dijo con voz fría, arrojando la bolsa al suelo. Las monedas de oro saltaron en todas direcciones al chocar contra la piedra húmeda del puerto…

…El sonido de los pasos hizo que Aldebarán levantara la mirada del suelo. Durante un segundo se había dejado perder en lejanos recuerdos, de pie en las puertas de la Casa de Tauro, con los brazos cruzados sobre el peto de su espléndida armadura. Los pasos sonaban firmes y fuertes, decididos, y el hombre no tardó en situarse ante él.

—Detente ahí mismo—advirtió tranquilamente Aldebarán, sin descruzar los brazos.

El intruso se detuvo, mirándolo fijamente a los ojos. El santo de Tauro le sostuvo la mirada sin inmutarse. Era un hombre tan alto y musculoso como él, lo cual era bastante, con una larga cabellera negra cayéndole libre hasta media espalda. Tenía un rostro muy pálido, de mandíbula cuadrada, con una barba corta y prolija en el mentón y a los lados de la cara. Sus ojos eran tan oscuros como la imponente armadura que vestía, complementada con una falda plisada de cuero larga hasta la rodilla, muy similar a las utilizadas por los legionarios romanos. Por encima de la misma, el torso estaba cubierto completamente por un peto con abdominales y pectorales grabados, todo de un metal muy negro y brillante. Poseía un par de hombreras dobles en forma de cabeza de carnero, las cuales cubrían hacia abajo, hasta medio brazo. Las protecciones de los antebrazos y las piernas eran bastante simples, pero con la particularidad de que las primeras estaban totalmente cubiertas de cadenas. Desde la muñeca hasta el codo, los antebrazos de ese hombre se encontraban rodeados de sólidas cadenas de acero. Aldebarán lo contempló tranquilamente, sin siquiera parpadear.

—Lo siento mucho, pero no puedo permitirte avanzar más—declaró—Si osas hacerlo deberás enfrentarte a mí.

El hombre no contestó de inmediato; sino que se limitó a esbozar una media sonrisa.

—La Casa de Aries estaba vacía—dijo con voz clara y profunda, casi amable—Me alegra ver que al fin tendré la oportunidad de batirme contra un santo de oro… Mi nombre es Cratos, general de la Segunda Legión Berserker. ¿Cuál es el tuyo, caballero?

Aldebarán sonrió. Aquel tipo, de alguna forma, le recordaba a sí mismo. Era evidente que no intentaría escapar del combate, y, por lo que decía, en verdad parecía haberse desilusionado al encontrar vacía la Casa de Aries. Era comprensible. Hacía varios meses que Khenma había abandonado el Santuario para cumplir con sus importantes responsabilidades en Jamir. También era comprensible que este hombre, Cratos, estuviera allí ante él. Sin duda había pasado de la batalla que en esos momentos se libraba en el pueblo de Rodorio, aprovechando la distracción para ingresar directamente al Santuario sin que nadie lo notara. Sin duda tenía intenciones de ir directo hacia el templo de Athena, y parecía lo suficientemente estúpido, o valiente, como para intentar hacerlo cruzando las Doce Casas por sí solo. Obviamente, no podía permitírselo.

—Mi nombre es Aldebarán, caballero dorado de Tauro—le contestó tranquilamente—El tuyo en cambio, creo haberlo escuchado antes... ¿Tienes algo que ver con el legendario Cratos, la antigua personificación de la fuerza y el poder?

Aldebarán había tenido la oportunidad de charlar con Stelios tras su regreso al Santuario. El caballero de Escorpio le había explicado que, al parecer, los generales berserkers eran la encarnación de los antiguos héroes y deidades de la época del mito. Este sujeto, entonces, no debía ser la excepción. Cratos, la antigua personificación masculina de la fuerza y el poder, hijo del titán Palas y de Estigia; uno de los personajes claves de la gran Titanomaquia. La sonrisa del berserker no tardó en confirmárselo.

—Así es, Aldebarán de Tauro, ese soy yo…—su voz sonó tan afable y tranquila como al principio—Y estoy aquí para tomar tu vida y la de Athena.

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— ¡Debes estar bromeando!—exclamó Kei enfurecido. Su armadura estaba muy dañada, al igual que su cuerpo, pero aún así se negaba a renunciar a la lucha— ¡No puedes pedirnos que abandonemos el campo de batalla así como así!

Los ojos de Pliers eran de un gris clarísimo, fríos e inexpresivos como jamás había visto antes. Kei pudo sentir una mano helada trepando por su espalda cuando el santo de Cáncer clavó esos ojos en él.

—Pues quédate si así lo deseas, caballero de Pegaso—su mirada se volvió aún más penetrante—Pero ni se te ocurra meterte en esta pelea, eso sí es una orden. Si la desobedeces…te arrancaré el corazón con mis propias manos.

Kei se estremeció. No sabía mucho de Pliers, el sombrío y solitario caballero de Cáncer. En realidad, nadie sabía casi nada de él; rara vez abandonaba la Casa de Cáncer, por no decir nunca, y por lo que había podido observar, no tenía ningún amigo dentro del Santuario. Verlo allí, salido de la nada, eliminando a medio centenar de berserkers de un solo golpe, lo había sorprendido y confundido a sobremanera. Sin embargo, había algo de lo que si estaba seguro: Pliers no bromeaba. Si se atrevía a intervenir en la pelea, ese caballero en verdad le arrancaría el corazón del pecho.

—Pero…—comenzó a decir.

La mano posándose sobre su hombro lo hizo callar. Arion, el santo de plata de Lira, lo miró fijamente, negando con la cabeza.

—Tiene razón, Kei. Dejemos esto en sus manos y partamos hacia el Santuario. La gente de Rodorio está marchando hacia allí ahora, tal vez algunos berserkers hayan logrado atravesar el pueblo… No podemos abandonarlos…

Kei miró a su amigo. Era evidente que, más allá de la orden directa de Pliers, un santo de oro con autoridad sobre ellos, Arion seguía muy preocupado por Helena. No lo culpaba. Él también se sentiría igual si Ellisa…

—De acuerdo—asintió con un suspiro—Pero solo tú irás al Santuario, yo me quedo aquí. Debo ayudar a Syaoran y los demás… Te alcanzaremos después.

Arion pareció dudar durante un instante, pero finalmente asintió, observando de reojo hacia Pliers.

—Lo dejo todo en tus manos…

El caballero de oro ni lo miró, lo cual no pareció sorprender a Arion. Sin agregar nada más, el santo de Lira echó a correr por la calle de tierra, rumbo hacia la lejana silueta del Santuario más allá del pueblo. Kei centró toda su atención en las dos escalofriantes figuras ante él, tragando saliva con dificultad. Pliers y Zelo se encontraban casi cara a cara, el primero con el rostro inexpresivo de un muerto, y el segundo con la misma sonrisa cruel y feroz que había mostrado durante el combate. En ese momento le pareció que ambos eran muy similares y distintos a la vez. Los dos compartían un rostro enfermizamente pálido, de rasgos astutos y afilados. Sus cabellos eran tan negros como el azabache, aunque Pliers lo llevaba corto y desordenado, y Zelo muy largo y lacio, severamente peinado hacia atrás. Sus ojos eran lo que más reforzaba esa sensación de similitud y diferencia. Si bien los de Pliers eran extrañamente grises, con marcadas ojeras, y los de Zelo muy negros y opacos, ambos tenían la misma expresión de hambre y crueldad reflejada en sus miradas. Kei retrocedió un paso. Todo en ellos era escalofriante. Y lo fue aún más cuando, durante apenas un segundo, Pliers lo observó de reojo. El joven Pegaso asintió al instante, dando media vuelta para echar a correr hacia el interior del pueblo. Por mucho que le molestara reconocerlo, era poco lo que podía hacer si optaba por desobedecer y sumarse a la lucha. Sus amigos, en cambio, necesitaban urgentemente de su ayuda. No tardó demasiado en encontrar a Syaoran, sentado en el suelo con expresión desorientada, como si no supiera donde se encontraba.

— ¡Syao!—exclamó, arrodillándose junto a él—Oh…rayos…

El caballero del Dragón tenía la protección del antebrazo derecho y el peto completamente despedazados. Kei observó con un escalofrío el brazo de su amigo, el cual, por debajo de la armadura, estaba tan negro como el carbón. La sangre escapaba a chorros por las heridas abiertas en la piel ennegrecida.

—Kei…—murmuró Syaoran, poniéndose en pie con mucha dificultad.

—Syaoran, tu brazo…

—No te preocupes—lo interrumpió el joven Dragón, intentando esbozar una sonrisa—Me encuentro bien. Aunque de no haber sido por Dasha de seguro habría perdido el brazo… La mano de ese tipo presionaba como el acero y quemaba como un metal al rojo vivo…

— ¡Dasha!—exclamó de repente Kei, observando en todas direcciones— ¿Dónde está ella? ¿Y Andriev?

—Aquí…

La voz sonó débil y apagada a sus espaldas. Kei y Syaoran voltearon bruscamente, topándose con una peculiar y alarmante imagen. Dasha se encontraba de pie a solo unos metros de distancia, apoyada contra la pared semi derruida de una de las casas de piedra. Su armadura estaba cubierta de rajaduras, y sangraba por pequeñas heridas en brazos y piernas. Sin embargo, fuera de eso parecía estar bien. Lo verdaderamente alarmante era Andriev, el caballero del Cisne, a quien la muchacha mantenía en pie pasando uno de sus brazos alrededor de sus hombros y el otro por la cintura. El joven Cisne tenía la cabeza inclinada con el mentón apoyado sobre el pecho, en un claro estado de inconsciencia. Las protecciones de los antebrazos prácticamente habían desaparecido, al igual que las correspondientes a la espalda, dejando ver una enorme herida que sangraba y despedía humo.

— ¡Andriev!

Kei y Syaoran se acercaron rengueando hacia sus dos amigos, observando espantados al santo del Cisne.

—Él lo hizo para protegerme…—murmuró Dasha. A pesar de la máscara que cubría su rostro, era claro que estaba llorando—Él…él me cubrió con su cuerpo cuando ese sujeto intentó asesinarme…

—Andriev…—susurró Syaoran, consternado.

—Tenemos que llevarlo cuanto antes al Santuario—sollozó Dasha—No soportará demasiado sin…

La chica calló repentinamente sus palabras, volviéndose desesperada hacia su amigo. Andriev había entreabierto los ojos, clavándolos en Kei.

— ¿Dónde…dónde está él?—preguntó con un hilo de voz, con la sangre resbalando por la comisura de los labios.

Kei se sobresaltó ante la pregunta. Incluso en ese estado, Andriev no hacía más que pensar en el enemigo… Observó de reojo hacia las dos imponentes figuras paradas cara a cara a lo lejos.

—No te preocupes—murmuró—Alguien más se encargará de él…

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La sonrisa de Zelo estiraba en forma desagradable sus finísimos labios blancos, como si su boca fuera una gran herida abierta en medio de su rostro. De pie bajo la tenue luz de la luna, delgado como una muchacha y pálido como la cera, parecía un muerto salido de su tumba.

—Por fin, por fin...—siseó con voz alegre—Por fin un caballero de oro… Ya me había ensuciado demasiado las manos con todas estas basuras…era hora de un desafío de verdad.

Zelo extendió un brazo, señalando sonriente los cadáveres regados por todo el campo de batalla. Los cuerpos de los santos de plata y bronce que habían caído ante él resaltaban claramente entre las armaduras negras de los berserkers. Pliers, sin embargo, no prestó ni la más mínima atención a los cuerpos de sus camaradas. Sus helados ojos grises no se movieron ni un palmo del hombre frente a él.

—Los débiles mueren y los fuertes sobreviven…—dijo en tono indiferente—…Por eso es que tú vas a morir ahora.

Zelo soltó una sonora carcajada.

—Eres divertido, caballero de oro. ¿Cuál es tu nombre?

—No tengo nombre—contestó Pliers, con el mismo ácido en su voz.

— ¿Ah, no? Interesante… ¿Sabes quién soy yo? ¡Yo soy Zelo, general de la Quinta Legión de Berserkers, la personificación encarnada de la rivalidad y la discordia!

Zelo, la antigua deidad del mito griego, la personificación de la rivalidad y la discordia; hijo de Estigia y del titán Palas, hermano por tanto de Niké, la Victoria, Cratos, la Fuerza, y Bía, la Violencia. Claro que sabía quién era…aunque para Pliers no significaba absolutamente nada. El santo de Cáncer se limitó a observarlo como si mirara a un montón de basura, frío e indiferente como una roca.

—Ya te lo dije. No me interesa saber el nombre de la insignificante basura que caerá ante el más fuerte.

Zelo se enfureció esta vez ante el comentario, apretando fuertemente el puño derecho.

— ¿Basura dices? ¡Presta mucha atención, santo de oro!

Zelo separó ambos brazos con las manos empuñadas, y entonces su cosmos estalló. Todo el lugar estalló. El pueblo entero tembló sobre sus cimientos como si fuera sacudido por un sismo; el suelo alrededor de sus pies se resquebrajó, los muros semiderruidos se derrumbaron del todo en nubes de polvo y escombros. La cosmo-energía rojiza que lo envolvía creció y creció hasta alcanzar proporciones aterradoramente grandes. Aunque no para Pliers. El santo de Cáncer lo observó todo con la misma expresión aburrida, lo cual hizo fruncir el ceño a su oponente. Esa expresión se transformó en una de total desconcierto cuando, de repente, Pliers desapareció de su campo de visión. Zelo abrió enormemente sus ojos negros, sintiendo al instante la presencia a sus espaldas. Se dio vuelta como pudo, alzando un brazo para bloquear a duras penas un tremendo golpe de puño. El impacto fue tan brutal que todo su cuerpo tembló, retrocediendo con los pies clavados en la tierra. Pliers se había desplazado a sus espaldas en menos de un parpadeo, a una velocidad insospechada incluso para él, y ahora lo atacaba cuerpo a cuerpo con una fuerza y una precisión bestial. Zelo gruñó enfurecido, interponiendo sus antebrazos para defenderse de una verdadera tormenta de puñetazos. A pesar de su negra armadura, cada golpe bloqueado le provocaba un intenso dolor, como si sus brazos estuvieran a punto de romperse. Pliers lo había tomado totalmente por sorpresa, y no fue capaz de contenerlo durante mucho tiempo. Con un movimiento que fue como un rayo, el santo de Cáncer lo inmovilizó tomándolo por el hombro con su mano izquierda, asestándole un brutal derechazo en pleno rostro. Zelo salió despedido hacia atrás como si fuera una bala de cañón, estrellándose de espaldas contra el muro de una casa. Una pesada montaña de escombros lo enterró en forma casi inmediata.

Pliers observó fríamente los restos humeantes, y ni siquiera parpadeó cuando los escombros estallaron en una explosión de energía escarlata. Zelo emergió hecho una furia, con los ojos brillantes de odio y el cuerpo encendido en una amenazante aura rojiza. La sangre resbalaba por la comisura de sus labios apretados, lo cual se veía extraño en el blanco anormal de su rostro.

—Acabas de firmar… ¡tu sentencia de muerte!

El cosmos de Zelo volvió a incrementarse de manera monstruosa, estallando a su alrededor como una tormenta de fuego. Llevó su mano derecha hacia un lado, tensando los dedos en forma de garra, y, entonces, todo el cosmos reunido se acumuló en el centro de su palma como si fuera una serpiente enroscándose sobre sí misma. El berserker alzó el brazo en forma amenazante, blandiendo una perfecta espada de fuego. La hoja en llamas iluminó la noche como una estrella, despidiendo pequeños chispas que derritieron el suelo al tocarlo.

— ¡Muere, santo de oro!

Tal como Pliers lo había hecho antes, Zelo desapareció. Su cuerpo pareció desmaterializarse en el aire, reapareciendo un segundo después a espaldas de su rival. Pero el caballero de Cáncer era difícil de sorprender. Con un movimiento tan suave como la seda, Pliers eludió la mortal estocada de fuego saltando hacia un costado. Zelo rugió de furia, arrojándose sobre el santo con la espada sujeta a dos manos. Con una impresionante técnica de esgrima, ejecutada a una velocidad descomunal, el berserker atacó con una feroz tormenta de estocadas y mandobles en llamas. Sin embargo, Pliers continuó escurriéndose entre los golpes con una agilidad endemoniada. Saltando hacia los lados, torciendo el cuerpo, agachando la cabeza, el santo de Cáncer eludió todos y cada uno de los ataques como si siguiera una perfecta coreografía. Cada golpe esquivado encendía el aire en llamas, salpicando fuego en todas direcciones, aunque sin provocar ningún daño. Aquello enfureció aún más a Zelo, lo cual pareció volver más predecibles sus ataques. Pliers no lo desaprovechó. Haciéndose velozmente a un lado, evitó un mortal golpe vertical de la hoja ardiente, sujetando a su oponente por la muñeca en una perfecta llave de lucha cuerpo a cuerpo. La armadura negra del berserker se agrietó cuando comenzó a apretarle el brazo, dispuesto a arrancárselo allí mismo. Sin embargo, Pliers no pudo evitar fruncir el ceño al ver la reacción de su oponente.

Zelo sonreía malignamente, mirándolo directo a los ojos. A pesar de estar inmovilizado, con la espada de fuego inutilizada debido a la poderosa llave en su muñeca, el berserker sonreía del mismo modo repulsivo. Pliers comprendió demasiado tarde el por qué de aquella extraña actitud. De repente, demasiado rápido como para siquiera percatarse, la hoja en llamas de la espada se contrajo sobre sí misma, extendiéndose de golpe como si fuera una gran serpiente de fuego. Se encontraban demasiado cerca el uno del otro, cuerpo a cuerpo, lo cual hizo imposible escapar. El fuego rodeó a Pliers como si fuera una sólida cadena, apretando tanto que sus huesos crujieron. Pliers soltó un gruñido de dolor, comprendiendo por fin lo que había sucedido. La espada de fuego se había transformado en un arma distinta, un látigo ardiente que lo había inmovilizado de pies a cabeza. Zelo lo observó burlón a solo unos cuantos pasos de distancia, esgrimiendo el látigo en su diestra.

—No tan valiente ahora, ¿verdad?—siseó complacido— ¡Muere!

La presión del látigo aumentó en forma monstruosa. A pesar de que se encontraba cubierto por su armadura de oro, la cual resistía el ataque, la presión ejercida y el calor eran descomunales. Las zonas desprotegidas, como los brazos y el cuello, comenzaron a sangrar y ennegrecerse. Pliers intentó romper las ataduras con la fuerza de sus brazos, pero apenas pudo moverse. En ese momento comprendió que si no hacía algo rápido su cuerpo estallaría en llamas por debajo de la armadura… Eso si sus huesos no eran triturados antes. Zelo soltó una cruel carcajada, aumentando la increíble presión de su látigo.

—Fue bastante interesante lo que le hiciste a mis soldados—comentó—Extrajiste las almas de sus cuerpos y luego las pulverizaste, erradicándolos por completo de la existencia. Eso es lo que yo llamo destruir de verdad a alguien.

Pliers se retorció entre sus ataduras de fuego intentando liberarse. Fue inútil.

—Resulta interesante porque eso es exactamente lo que estas llamas te harán a ti—continuó el berserker—No te creas que se limitarán a quemar tu carne y tus huesos, no, no será tan simple. Este fuego te devorará hasta consumir tu alma por completo—la desagradable sonrisa en sus labios se amplió—Eso fue lo que hice con los inútiles caballeros de plata y bronce que osaron atacarme. ¡Quemé sus cuerpos y sus almas con este poderoso fuego!

Pliers abrió grandemente los ojos. Era verdad…aún podía sentirlo ¡Los restos de las almas de los santos aún bailaban en el fuego que formaba el látigo! Sonrió. Ahora sabía qué hacer.

— ¿Por qué demonios sonríes?—preguntó Zelo con el ceño fruncido— ¿Tan placentero te resulta morir?

Pliers se las arregló para abrir una de sus manos, y entonces algo ocurrió.

— ¡¿Pero qué diablos…?!—exclamó el berserker.

Las llamas rojas y naranjas que apresaban a Pliers se retorcieron como alimañas, volviéndose de pronto de un intenso color azul. El santo de Cáncer abrió bruscamente los brazos, rompiendo por fin las ataduras. El fuego azul saltó en todas direcciones, retrocediendo sobre sí mismo para acumularse en la mano extendida del caballero.

— ¿Pero qué demonios has hecho?—estalló Zelo.

—Fuego Fatuo— explicó tranquilamente el santo de Cáncer. Todo su cuerpo humeaba y sangraba por mil heridas, pero aún así continuaba tan impasible como al principio, sin dar muestras de dolor o agotamiento—Normalmente, sería mucho más fácil para mí usar una técnica como esta en la frontera entre este mundo y el Hades, con los fuegos azules y blancos de los espíritus. Aún así, la reminiscencia de las almas que consumiste con tu técnica me permitió formar este fuego—Pliers cerró su mano en un puño, disolviendo las llamas azules—Podría haber utilizado el Fuego Fatuo para acabar contigo…pero tú te mereces despedirte de este mundo de un modo mucho peor.

Zelo apretó los dientes enfurecido, colocándose cuidadosamente en guardia.

—Veremos quién se va primero al infierno…—murmuró, llevando una mano hacia un lado.

El brillo de las llamas volvió a encenderse en su diestra, pero Pliers hablaba muy en serio…

— ¡Abandona este mundo en cuerpo y alma por toda la eternidad!—exclamó, alzando un brazo con el dedo índice extendido hacia el firmamento— ¡Ondas infernales!

Zelo no tuvo tiempo de hacer nada. Una onda expansiva invisible lo golpeó con una fuerza demoledora, agrietando su espléndida armadura negra. Y eso fue todo. El berserker cayó de espaldas al suelo, más pálido que nunca, con los ojos en blanco.

—Tu alma ha abandonado tu cuerpo—susurró Pliers—Ahora vagará para siempre en la colina de Yomotsu, sin encontrar jamás la forma de regresar a este mundo. Ese es el final que te mereces…

Recién entonces se permitió doblar una rodilla contra el suelo, respirando agitado. El ataque de aquel sujeto había estado a punto de hacerlo saltar en pedazos carbonizados.

—Si todos los generales de Ares tienen una cosmo-energía tan aterradora como la de este sujeto…—murmuró, con una fría sonrisa bailando en sus labios—…entonces será muy divertido.

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La gente se amontonaba desesperada, pasando como podía a través de las puertas del Santuario. Los soldados habían abierto la entrada, permitiendo a la gente de Rodorio buscar refugio allí. Cientos y cientos de personas ingresaban en forma desordenada, muchos derramando lágrimas de miedo y amargura, otros aliviados de por fin haber escapado de la repentina destrucción. En medio de aquel mar de gente, Arion avanzó dando trompicones.

— ¡Helena!—volvió a gritar.

Kei le había dicho que su amada había huido hacia allí con el resto de la gente del pueblo. No se había topado con ningún berserker en el camino, pero hacía ya casi media hora que la buscaba sin éxito. El miedo y la preocupación se acumularon como una bola de hielo en la boca de su estómago. Si algo le había pasado a Helena, él… Sacudió la cabeza. No podía pensar en eso. Debía encontrarla cuanto antes.

— ¡Helena! Por favor… ¡respóndeme!

En ese momento una mano lo sujetó firmemente por la muñeca, clavándole sus dedos desesperados contra la armadura. Arion volteó bruscamente, topándose con un par de grandes ojos esmeralda.

—Arion…

El caballero de Lira quedó repentinamente en blanco, pero al instante reaccionó como si despertara de un sueño ajetreado, abrazando a la chica con todas sus fuerzas.

—Helena…—murmuró, acariciando los rubios cabellos entre sus dedos—Pensé que algo malo te había sucedido…

La muchacha enterró el rostro contra su pecho, agitando los hombros en un sollozo sordo.

—Y yo creí que te había perdido a ti…—le susurró al oído—Pero Kei y los demás tenían razón…Tú nunca podrías ser derrotado tan fácilmente.

Arion la separó levemente, desviando la mirada hacia la entrada con preocupación. Kei se había quedado a ayudar a sus amigos de bronce. Se estaban tardando demasiado en volver… ¿Dónde diablos se habían metido? Esperaba que hubiera sido lo suficientemente sensato como para no intervenir en la pelea de Pliers. Arion no conocía demasiado al caballero de Cáncer, al igual que casi todos en el Santuario, pero era mucho lo que se decía de él. Había quienes lo tachaban como un caballero indigno de su armadura dorada, debido a su naturaleza sombría y solitaria. Muchos otros le temían. Arion no pensaba ni una cosa ni otra, pero sabía que no había mentido cuando amenazó al joven caballero de bronce.

"Demonios Kei… ¡Tú y los demás ya deberían haber llegado!"

Fue como si los mismos dioses respondieran a su pensamiento. De repente, mezcladas entre la gente del pueblo, Syaoran, Dasha y Andriev atravesaron las puertas de entrada. La imagen lo sorprendió y perturbó a la vez. La muchacha y el joven Dragón cargaban entre ambos a un inconsciente Andriev, pasando los brazos alrededor de sus hombros. Arion apartó suavemente a Helena, acercándose apresurado hacia sus amigos.

— ¡Chicos! ¿Se encuentran bien?

—Nosotros si—sollozó Dasha, con la voz cargada de angustia—Pero Andriev fue herido de gravedad…y todo por mi culpa… ¡Debí ser capaz de defenderme! Entonces él no estaría…

—De nada sirve lamentarse por eso ahora—la interrumpió Syaoran. A pesar de que hablaba con solemnidad, parecía estar haciendo un gran esfuerzo por disimular el dolor de la horrible herida en su brazo derecho—Debemos llevar a Andriev con los sanadores del Santuario cuanto antes.

Dasha bajó la mirada, sin agregar nada más. Una solitaria lágrima se escapó por debajo de los bordes de su máscara.

—Chicos…—susurró Arion— ¿Dónde está Kei?

Dasha y Syaoran se observaron en silencio durante un segundo.

—No sabemos qué es lo que pretende—comentó la chica.

— ¿A qué se refieren?

—Kei insistió en quedarse a presenciar el combate—aclaró seriamente Syaoran—Hasta el final…

. . .

Kei guardó silencio, contemplando maravillado la imponente silueta del santo de Cáncer. Había observado atónito el increíble despliegue de poder y habilidades de los dos terribles combatientes. Tal como había ocurrido cuando presenció la lucha entre Jasón y Astinos, la fascinación, la envida y el temor lo habían obligado a permanecer en el campo de batalla. Él deseaba volverse más fuerte. Era lo único que quería. Combates como el que acababa de observar le provocaban reacciones contrarias. Por un lado sentía que jamás sería capaz de alcanzar semejante poder… Pliers y ese sujeto, Zelo, eran dos terribles monstruos. Ni siquiera en la pelea de su maestro creía haber sentido unas cosmo-energías tan poderosas…

Eso era lo que sentía por un lado. Pero por otro, aquello encendía aún más su deseo de hacerse más fuerte. Si quería ser capaz de proteger a Ellisa…a Athena…entonces debía volverse tan poderoso como Pliers y Astinos ¡Debía hacerlo! Debía ser capaz de lograr lo que el caballero de Cáncer acababa de hacer ante sus ojos. De algún modo, Pliers se había liberado de las extrañas ataduras de fuego con las que Zelo lo había apresado, para luego responder con un ataque que no cabía en ninguna descripción. El santo había alzado su dedo índice hacia el cielo, reuniendo una brumosa y extraña energía. Kei sintió un intenso frío, el cual pareció engullir al pueblo entero, un segundo antes de que Zelo cayera de espaldas sobre la tierra. Su cosmos había desaparecido ¡Pliers lo había matado con un solo movimiento de su dedo!

Kei avanzó un paso, dispuesto a mostrarse ante Pliers. A pesar de la actitud y la amenaza abierta del caballero dorado, había muchas cosas que deseaba preguntarle… Sin embargo, lo que vio lo hizo detenerse por completo. De improviso, y de la nada, una pequeña esfera de luz descendió de los cielos con la velocidad de un rayo, golpeando el cuerpo inerte del berserker caído. Pudo escuchar la aguda carcajada salir de los labios blanquísimos, y luego ver como lo que hasta hacía solo unos segundos era un cadáver se incorporaba lentamente del suelo. Kei desvió la mirada hacia Pliers, incrédulo, como si buscara una respuesta a lo que estaba presenciando. El santo de oro parecía tan impasible como siempre, aunque los ojos grandemente abiertos le demostraron que él también estaba sorprendido.

— ¿Cómo diablos has podido regresar del mundo de los muertos?—le preguntó fríamente.

El berserker volvió a reír, avanzando un tambaleante paso hacia adelante. Su expresión, antes cruel y burlona, se había transformado en lo de un completo psicópata. Miraba a Pliers con las opacas pupilas negras contraídas, sonriendo tanto que su boca parecía anormalmente grande. Sin embargo, a pesar de su extraña actitud, era evidente que las Ondas Infernales lo habían dañado de gravedad. Su negra armadura se encontraba cubierta de rajaduras, y se veía incluso más pálido que antes. Aún así, avanzó hacia el santo como si nada hubiera sucedido.

— ¿Te sorprendes, caballero de Athena?—dijo con voz espesa, ponzoñosa—Yo sí estoy sorprendido. Gratamente sorprendido. Sin duda eres más fuerte y ágil que yo, puede que hasta más veloz…pero tus Ondas Infernales son un ataque que se basa en el uso del cosmos. ¿Y sabes algo?, tienes que elevarlo por encima del mío si quieres arrastrar con éxito mi alma hasta el encantador Yomotsu…—sonrió como una bestia, mostrando unos dientes blancos y afilados— ¡Y eso es algo que jamás conseguirás!

Zelo alzó su brazo derecho hacia arriba, y entonces todo fue engullido por la luz. Kei se encontraba a una distancia prudente del combate, semi oculto tras el muro de una casa; sin embargo, cuando el berserker levantó el brazo fue como si alguien hubiera bajado el sol del cielo para ponérselo frente al rostro. Repentinamente, el mundo se volvió de un resplandeciente blanco-amarillo que cegó sus ojos hasta casi quemarlos. Jamás había visto nada igual…y solo la monstruosa energía que sintió a continuación lo hizo olvidarse del poderoso resplandor. El cosmos de Zelo creció de forma inconcebible, incluso más de lo que había mostrado hasta entonces, lo cual le pareció algo imposible. Pero no lo era.

— ¡El Resplandor de la Sabiduría!

El grito de Zelo se escuchó fuerte y claro, y aunque Kei no podía ver absolutamente nada, de algún modo supo que fue lo que pasó… La increíble luz blanca generada por el cosmo de Zelo fue el preludio de un ataque de proporciones devastadoras. Una poderosísima onda en forma de medialuna brotó desde el brazo alzado del berserker, avanzando paralela al piso como si fuera una inmensa ave descendiendo desde el cielo. La onda de choque golpeó de lleno a Pliers, el cual no pudo hacer nada para evitarlo. Sus Ondas Infernales, cuando elevaba al máximo su cosmo-energía, eran capaces de alcanzar la velocidad de la luz, y como buen caballero de oro que era, podía reaccionar ante ataques de enemigos con la misma habilidad. Sin embargo, el extraño golpe de aquel sujeto iba incluso más allá de todo eso. No pudo hacer nada por evitarlo. La energía devastadora lo golpeó como si fuera un enorme puño, mandándolo a volar por los aires en medio de aquel incesante resplandor. La carcajada de Zelo sonó fuerte, desquiciada, cuando lo vio caer de espaldas al suelo.

La cegadora luz blanca desapareció.

Pliers se incorporó muy lentamente, con la cabeza gacha, dejando colgar los brazos a ambos lados del cuerpo. Sentía como si cada uno de sus huesos hubiera estallado en astillas. La sangre le manaba por numerosos cortes en brazos, piernas y rostro, en aquellos lugares que su armadura no llegaba a proteger. Aún no podía creer lo que había sucedido. Había elevado al máximo su cosmo-energía para escudarse del ataque, la había llevado hasta el límite, pero aún así había sido golpeado por una fuerza devastadora. ¿Qué demonios era esa técnica? La luz no le había hecho daño, no en un sentido convencional; era como si al alzar su brazo Zelo hubiera encendido una gigantesca lámpara con el fin único de cegarlo. Fue la onda de choque, esa tremenda descarga de poder, lo que lo golpeó. La armadura de Cáncer había logrado soportar el impacto sin dañarse en ningún punto, pero aún así había sido demasiado para el cuerpo humano que había debajo.

Demasiado…

Pliers cayó sobre sus rodillas, sintiendo como su vista se nublaba poco a poco, viendo difusamente como el berserker se acercaba riendo hacia él, formando otra de aquellas malditas espadas de fuego en su diestra.

— ¿Sabes que es lo que haré ahora, mi estimado caballero?—le espetó alegremente, con la voz espesa de sangre—Me estoy refiriendo a lo que haré después de cortarte la cabeza con esta hermosa hoja de fuego…—soltó una fuerte carcajada— ¡Voy a matar a toda la gente de este pueblo que tú y tus inútiles aliados intentaron defender! La mayoría no habrán llegado al Santuario aún, lo cual lo hará más divertido… ¡Sufrirán! ¡Sufrirán con las llamas del infierno! ¡Qué empiece la cacería!

"Sufrirán…"

Pliers lo escuchaba todo muy difusamente, como si estuviera sumergido en un profundo sueño, pero aún así lo escuchaba. ¿Qué mataría a toda la gente del pueblo? ¿Qué demonios le importaba eso a él? Solo eran basuras que vivían a la sombra del Santuario, basuras débiles que no eran capaces de imponer su voluntad ante el más fuerte ¿Qué le importaba a él, que tenía la fuerza, lo que pudiera sucederles?

"Sufrirán…"

¡¿Y qué si sufrían?! ¿Acaso alguien había estado ahí para defender a su familia cuando fue cruelmente asesinada ante sus ojos? ¿Acaso alguien había estado allí para evitar su sufrimiento? ¡No! Había estado solo, completamente solo, y no había podido hacer nada por evitarlo… ¡nada! No le importaba.

No le importaba…

Sin embargo, durante el segundo que a Zelo le llevó alzar su hoja de fuego, colocándola en línea recta sobre su cabeza, pudo recordar algo. Casi pudo sentir el frío tacto de la nieve contra su rostro, la imponente silueta parada ante él, ofreciéndole su mano.

"¿Te gustaría utilizarla contra el mal…?" Las palabras sonaron claras en su mente "¿Te gustaría usar esa fuerza para evitar que nadie más vuelva a sufrir lo que tú sufriste?"

Pliers esbozó una triste sonrisa, abriendo completamente sus apagados ojos grises.

—Lo que yo sufrí…

— ¡Ahora muere, santo de Athena!

Zelo bajó furiosamente el brazo, arrojando una mortal estocada directo a su rostro.

—De acuerdo…

Fue como si el tiempo se hubiese detenido en ese instante.

— ¡¿PERO QUÉ?!

El berserker jamás llegó a ver el movimiento. Con una velocidad fantasmal, imposible de logar para alguien en su estado, Pliers detuvo el impacto sujetando a su rival por la muñeca. Zelo gritó de dolor cuando el santo de Cáncer giró brutalmente su agarre, rompiéndole el brazo desde la muñeca hasta el codo. La espada de fuego se desvaneció de repente en el aire, dejando un rastro de chispas anaranjadas, pero su brillo fue prontamente reemplazado por uno muy diferente…por una intensa luz de un blanco azulado.

Zelo retrocedió bruscamente, tambaleándose a punto de caer. Con los ojos desorbitados por el pánico y el dolor, con el rostro desencajado por el asombro, el berserker observó las brillantes llamas azuladas que consumían poco a poco su brazo, trepando lentamente por su hombro, por su pecho…por todo su cuerpo.

— ¡¿Pero cómo?!—bramó enloquecido, cayendo de rodillas al suelo por la tremenda agonía provocada por las llamas— ¿Cómo has podido invocar el Fuego Fatuo estando fuera de Yomotsu? ¿Cómo has podido hacerlo sin la ayuda de las almas de los muertos?

Pliers observaba inexpresivo hacia el suelo, de rodillas, con el brazo aún extendido hacia adelante. Sus espesos cabellos negros le ocultaban los ojos y el rostro…dejando ver la triste sonrisa de triunfo dibujada en sus labios. Solo entonces Zelo lo entendió.

—No…—siseó enfurecido—No…no… ¡NO! Tú has… ¡Tú has utilizado tu propia alma moribunda como combustible para las llamas!

Zelo cayó de rodillas, soltando un bestial alarido de dolor. Las llamas azules se extendieron rápidamente por todo su cuerpo, transformándolo en una grotesca antorcha humana. Sus ojos negros, sus opacos ojos negros, observaron enloquecidos de odio y dolor a través del fuego, clavándose en Pliers hasta el último segundo.

— ¡Maldito!—exclamó con una voz extraña, cavernosa, casi como la de una bestia, alzando un brazo envuelto en llamas hacia él— ¡Voy a matarte!

Pero ya no había nada que pudiera hacer. El Fuego Fatuo incrementó su intensidad, estallando en una ola ardiente que consumió por completo al berserker. Piel, carne, cabellos, huesos, incluso el espléndido metal negro de su armadura, nada pudo escapar del poder de las llamas. En cuestión de segundos, toda la existencia de Zelo quedó reducida a una humeante pila de cenizas sobre el suelo, las cuales desaparecieron en el aire, arrastradas suavemente por la brisa nocturna. Solo entonces Pliers se permitió desplomarse sobre el suelo.

Todo había terminado.

— ¡Pliers!

Kei avanzó a trompicones a través de las calles devastadas del pueblo, acuclillándose junto al santo caído.

—Te ordené que…te largaras de aquí…mocoso…

Kei retrocedió involuntariamente al ver el rostro del caballero de Cáncer. Pliers no solo le hablaba con un hilo de voz, sino que su ya de por sí pálido semblante se había vuelto de un blanco cadavérico. El joven pegaso contempló con un escalofrío los vidriosos ojos grises, más apagados que nunca, los cuales lo observaban fijamente. Era como si cada pequeña partícula de vida lo abandonara poco a poco…

—Debemos llevarte cuanto antes al Santuario…—atinó a decir, extendiendo una mano hacia él.

Era algo de esperarse, pero aún así se sorprendió cuando el santo de oro lo rechazó bruscamente con un manotazo.

— ¿Llevarme de regreso dices? No, gracias. Mi vida por fin llega a su fin, y me alegro...

— ¿Cómo puedes decir algo así?—exclamó Kei, apretando los puños—Eres uno de los doce caballeros de oro, y tu cosmos es el más poderoso que jamás he sentido… ¿Cómo puedes darte por vencido así como así? ¡¿Cómo puedes renunciar a nuestro deber de proteger a Athena?!

Pliers soltó una débil carcajada.

— ¿Acaso te piensas que no he escuchado esas palabras antes, niño?—lo miró fijamente. Estaba tan pálido que sus ojeras parecían trazadas con un trozo de carbón—Claro que las he oído, y recitado, y jurado… Pero al final, para mí nunca fueron más que eso; palabras.

— ¿Qué…qué quieres decir?

Pliers elevó la vista hacia el firmamento. Por un segundo pareció que solo contemplaba el infinito mar de estrellas. Pero no era así. No miraba nada en particular, porque sus ojos ya no veían. Se hundió un poco más en el suelo, esbozando una casi imperceptible sonrisa.

—A mí jamás me importó el Santuario, ni la paz o la justicia, ni Athena, con toda su bondad y su amor. Yo solo quería…yo solo quería…

— ¿Qué?—preguntó Kei, atónito por lo que estaba escuchando.

—Olvidar…—susurró con un hilo de voz—Yo solo quería olvidar. Perdido en las calles, huérfano, sin un lugar adónde ir y sin nada qué hacer; sin nada aparte de mis recuerdos y mi odio… Yo solo acepté porque quería olvidarlo. Pero…jamás lo logré. No fui capaz…

—No entiendo…—murmuró Kei, confundido— ¿Qué es lo que querías olvidar?

Pero Pliers ya no lo escuchaba.

—Y a pesar de todo…al final lo hice para evitar que otros sufrieran lo mismo que yo sufrí alguna vez, hace tantos años. Gracias a eso, ahora tú y la gente de este pueblo podrán vivir un día más…—Pliers cerró los ojos, apoyando la cabeza sobre el suelo—Supongo que, al final, eso es algo por lo que vale la pena morir…—la imperceptible sonrisa se amplió levemente en sus labios—Ahora…ahora…yo…puedo volver con ellos…

Kei no logró entender a que se refería. Allí, en medio de la noche, arrodillado ante uno de los más poderosos caballeros que jamás conoció, no fue capaz de entender las últimas palabras de Pliers.

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Continuará…

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Quiero agradecer nuevamente a Silentforce, Darklittlestar, arcee93 y Cid d capricorni. Muchísimas gracias por sus reviews, en verdad me dan ánimos para continuar con esta historia.

Dejo otra ficha.

Pliers, Caballero Dorado de Cáncer:

Edad: 25

Estatura: 1,84 m

Peso: 85kg

Tipo de sangre: O

Fecha de nacimiento: 23 de julio.

Origen: Roma, capital del Imperio.

Significado del nombre: "Pliers" no es un nombre en sí mismo, sino una palabra que en latín (y también en inglés, pues este idioma toma muchas palabras del anterior) simplemente significa "alicates", o "pinzas". No se trata de su verdadero nombre, el cual ni siquiera Magnus conoce, sino de un mal apodo ganado poco después de su ingreso al Santuario.

Técnica especial: El "Fuego Fatuo" es una técnica utilizada por Manigoldo en The Lost Canvas. Se sirve de las almas errantes de los muertos, las cuales utiliza como combustible para generar una poderosa explosión. En este capítulo, Pliers se vale de los restos de los espíritus de los santos caídos y de su propia alma para generarlo. Las "Ondas Infernales", por otro lado, constituyen el ataque insignia de todos los caballeros de Cáncer. La técnica abre un portal que arrastra el alma del enemigo hacia Yomotsu, la frontera entre el Hades y el el mundo de los vivos.

Bueno, espero que este capítulo les haya gustado. Un saludo y hasta la próxima!