Capitulo 7:

-¡Su majestad, su majestad, su majestaaaad! -Gritaba desesperado el Mayordomo Pancito.

El Dulce Rey se despertó alarmado y enfadado por tanto griterío.

-¡Pancito! No me gusta que las personas griten. ¿Qué es lo que sucede?

-Es la Dulce Princesa... -decía el pequeño pan muy sudoroso por los nervios - ¡A desaparecido!

-¡¿Qué?! ¡¿Cómo sabes que no está?! -El dulce Rey se había despertado de inmediato de su estado de ensoñación y ahora era él quien gritaba.

-Fui a su cuarto a ver si estaba descansando bien, ¡y no se encontraba allí! ¡Ya la busque por todos lados!

-¡Dulce Rey! -Apreció entonces otro personal del castillo quien cargaba algo en las manos -. Creemos que han secuestrado a la Princesa.

-¡¿Cómo que secuestrado?! ¿Por qué lo piensan? -el viejo monarca se alarmaba cada vez más.

-Por que encontramos esto en su cuarto, no pertenece a nadie del castillo.

El Rey ahora miro con atención lo que el caramelo traía entre las manos. A simple vista parecía solamente una enorme hacha de color rojo, pero si uno se fijaba más de cerca se podía apreciar que se trataba en realidad de un instrumento musical. El Rey entonces suspiro de alivio al reconocerla.

-Glob... Casi me matan del susto -Dijo finalmente mientras le volvía el alma al cuerpo -. No se preocupen, dejen de buscar. Ya sé donde está.

Bonnibel bajo de los brazos de Marceline y miró hacía el horizonte preocupada.

-Señorita Abadeer, esto está muy lejos incluso del Dulce Reino.

-Por última vez princesita, deja de preocuparte -La calló un poco más irritada la vampiresa.

-Pero ¿En dónde estamos?

-Está es mi casa.

La princesa miro con impresión la casa de Marceline, si es que a eso se le podía llamar casa. Se trataba de una aterradora y oscura cueva en la cima de una montaña de pierda, quizás el hogar ideal que se esperaría para un vampiro. La princesa no pudo evitar temblar ante la imagen de ese lugar, por más imposible que fuese casi parecía que de alguna forma macabra las mismas tinieblas que provenían desde adentro se estuvieran moviendo. Marceline busco tras de una roca algo que había dejado allí hace ya mucho tiempo y que esperaba que siguiese en el mismo sitio. ¡Eureka! Aun estaba ahí. Era una vieja antorcha que la vampiresa procedió a encender con sus poderes vampíricos, haciendo de su alrededor mucho más iluminando. La princesa se había quedado boquiabierta ante tal demostración, impresionada y asustada al mismo tiempo.

-Eso fue asombroso, Señorita Abadeer.

-Venga, entremos. Está refrescando un poco.

La asustadiza princesa que se estaba sujetando fuertemente de la cintura de la vampiresa, temblaba por el frío ambiente que envolvía el interior de la cueva, al igual que por lo siniestro que aparentaba ser. Marceline sintió los nervios de la pequeña, así que apoyo una mano en su espalda y la acerco un poco más hacía ella. En el camino hacia el centro del lugar se encontraron a una araña de color blanco del tamaño de un ratón que provino desde dentro del recinto asustando a la princesita, cuyos gritos hicieron eco en las paredes.

-¿Tu de nuevo? ¡Lárgate de aquí! -Le gritó Marceline a la araña que le dedicó una especie de gruñido, luego siguió su camino hacia afuera.

-¿E-esa araña nos gruño? -preguntó aun asustada la niña.

-Es una araña troll.

-No se parece a ninguna especie de arañas trol que haya encontrado en las enciclopedias.

-Es porque esta no es quizás la clase de "troll" que tú conoces.

Siguieron avanzando hasta llegar a lo más profundo del recinto y una vez más Marceline utilizó sus poderes para encender todas las velas que había dentro de la cueva con solo levantar un dedo al unisonó.

-Woooow… -La princesa no dejaba de maravillarse, realmente no conocía en absoluto los poderes de un vampiro, mucho menos los de un tipo como el de Marceline. Sus ojos se movieron por toda la casa que ahora se veía mucho más acogedora. Estaba decorado con pieles y telas de varios colores por el suelo y las paredes, había pocos muebles, un gran sistema de sonido, una cama hecha de madera y paja sobre la cual había un peluche que se veía bastante deteriorado por el tiempo, incluso había una pequeña biblioteca a un costado. Con el lugar más iluminado la princesa se sintió más segura para caminar libremente. - Tienes una casa muy linda.

-Bueno, no será como el palacio, pero al menos protege del sol. Siéntete como en tu casa, o lo que sea…

-¡Tienes varios libros! -Señalaba animada la pequeña.

-Si... Bueno... En realidad esa biblioteca ya estaba en la cueva cuando llegué.

-¿Es decir que este lugar pertenece a otra persona?

-Quizás -Marceline movió una de las telas hacia un costado para revelar una letra 'M' gravada sobre la piedra -. M de Marceline, lo que ahora quiere decir que esta mí cueva.

Mientras la princesa revisaba los libros, la vampiresa se dirigió a su cama y saco desde abajo de esta un gran cofre de color borgoña.

-Ven aquí princesita, tengo algo que mostrarte -Le llamo con voz amable.

-¿Qué es? -preguntó mientras se acercaba curiosa.

-Un baúl donde guardo las cosas que me traigo de mis viajes.

-¿Enserio? ¡Quiero verlo!

Marceline abrió el baúl el cual estaba repleto de lo que para muchas personas hubiera sido simplemente basura y chucherías, no así para la princesa quien miraba con mucha atención todo lo que sacaban de allí, y no sacó nada de él hasta que Marceline se lo ofreció, como la niña educada que es.

-¿Y estás nueces? -Preguntó mientras las tenía sujetadas en sus pequeñas manos.

-No son nueces ordinarias. Mira, apriétalas -La princesa lo hizo, pero no paso nada -. Con más fuerza.

Lo intentó una vez más y al hacerlo estas se convirtieron en pequeñas y coloridas criaturitas atolondradas que hicieron reír a la princesita y a Marceline por igual.

-Muchas de las cosas aquí solo conocía sobre ellas por mis libros. Son mejores de los que imaginaba -decía la princesa mientras seguía hurgando en el baúl.

-Iré por algo de comer. ¿Tú tienes hambre?

-No, estoy bien. Gracias.

El tiempo pasaba y Bonnibel seguía examinando y jugando con las cosas que había dentro del baúl. Marceline por otro lado se había recostado en su sillón a descansar. Se sentía aliviada de que todo hubiera salido bien, la princesa parecía contenta, lo cual la alegraba.

Antes estaba pensando en cuál sería la mejor manera de 'mostrarle el mundo' a la Dulce Princesa, y aunque algo así no podría ni en sueños hacerse en una sola noche, enseñarle esas cosas que había juntado con el correr del tiempo era mucho mejor que nada.

-Señorita Abadeer. ¿Qué es esto?

-Llámame Marceline, princesa -Volteo a ver qué era lo que estaba sujetando -. Eso es un Reloj de Pez-Robot.

-¿Reloj? ¿Y cómo funciona?

-Tienes que cantarle algo y te dirá la hora exacta en el lugar que sea.

La princesa empezó a buscar en su memoria alguna canción que se supiese y recordó la que había estado cantando esa misma mañana. Con una voz un poco más suave comenzó a cantarla tal cual la recordaba provocando que Marceline se sonrojara al escucharla. Era la melodía de la canción que había compuesto esa noche que estuvo en la habitación de la niña. "¿Me estuvo escuchando? ¡Pero eso es imposible!", pensó la chica. De pronto la fea voz metálica del pez-robot interrumpió el cantó de la niña y dijo: Son las dos horas y treintaicuatro minutos de la mañana.

-¡¿Dos y media?! Oh no, ¡se hizo muy tarde! ¡Señorita Abadeer, tiene que llevarme devuelta al castillo, por favor!

-Está bien, tranquila... Te llevaré de vuelta.

Al salir vieron algo que sorprendió a ambas. Había comenzado a llover torrencialmente, ninguna se había dado cuenta hace unos momentos.

-¡Ay no! ¿Ahora qué vamos a hacer? -Se preocupaba la princesa.

-Pff... Solo es agua y viento. Buscaré mi paraguas de adentro y te…

Pero entonces un poderoso y cegador rayo cayó justo al pie de la montaña seguido de un estruendoso y tenebroso ruido. La pequeña y asustadiza princesa gritando de terror se sujeto fuertemente de la cintura de la vampiresa, tan fuerte que esta pudo sentir como sus pequeñas uñas la estaban rasguñando.

-¡Bonnie tranquila, es solo un...! -Pero nuevamente un poderoso trueno ahogo sus palabras.

-¡Llévame a dentro, llévame a dentro-llévame a dentro-llévame a dentro! -Comenzó a rogarle desesperada. Marceline volvió a levantarla y en brazos la llevo otra vez al interior de su casa. "¿También le temes a los truenos? Ay, princesita ¿qué voy a hacer contigo?" se preguntaba en silencio.

-Bonnie cálmate, ya estamos adentro.

La respiración de la niña se había vuelto más agitada. Otro trueno volvió a escucharse y la niña se tapo los oídos, estaba a punto de ponerse a llorar. Marceline se sentía impotente, no había nada a su alcance para poder ayudarla. No tenía forma de comunicarse al palacio, ni vehículo para poder trasportarla, y la princesa estaba demasiado histérica para llevarla con tranquilidad bajo la tormenta. No quería que sucediese lo mismo del lunes, no de nuevo.

-Princesa... Princesa, ¡escúchame! - comenzaba a exigirle en cuanto se dio cuenta de que no le estaba prestando atención- ¡Escúchame niña! -La tomo de los hombros y comenzó a zarandearla un poco -¡Cálmate princesa, no resuelves nada poniéndote así!

Al escuchar esto la princesa intentó componerse un poco, pero no podía evitar seguir temblando.

-Lo siento princesa, pero ya no podemos volver al castillo. Tendrás que pasar la noche aquí.

Marceline busco de entre sus cajones algunas colchas para ponerlas sobre su cama, ya que sabía a la perfección de que era súper incomoda, después de todo ella no necesitaba comodidad, dormía flotando por lo general. Al menos la princesa traía ya un pijama puesto. Marceline la recostó y la arropó con mucha delicadeza. Sabía perfectamente que la niña no era ningún bebé, pero el tamaño de su cuerpo y su actitud a veces le hacían olvidarlo.

Otro trueno resonó con fuerza y la joven se cubrió toda la cabeza con las colchas. Tímidamente después se asomo y vio a Marceline que la miraba con tristeza. Esta levanto una mano para acariciar su cabeza e intentar tranquilizarla.

-¡Espere, Señorita Abadeer!

-¿Qué pasa? -Preguntó esta mientras metía los dedos entre el flequillo de la princesa.

-No debió haber hecho eso.

-¿El qué, acariciarte? ¿Por qué? -Marceline intentó quitar la mano, pero pronto se dio cuenta de que no podía hacerlo. Sus dedos se habían quedado atrapados entre aquellos rosados mechones.

-P-por eso... L-le recuerdo mi dulce condición...

-Oh, claro... Lo siento.

-No se disculpe. E-está bien... No cualquiera puede hacer lo mismo sin quedarse... pegado.

Con delicadeza la niña ayudo a la vampiresa a despegarse. Eso parecía que la había tranquilizado por un momento.

-Ya, creo que entiendo -había pensado Marceline -. Solo tengo que mantenerla distraída. En cuanto la chica logro despegar la mano de la vampiresa de su cabeza, esta se quedo flotando justo arriba de ella y sin previo aviso, introdujo ambas manos en el cabello de la princesa, sonriéndole burlona.

-¡Señorita Abadeer! -se indignaba la princesa.

-Ya te he dicho que me llames Marceline.

-¡Solo está haciendo esto para burlarse de mí!

Otro rayo había caído muy cerca de la puerta de la cueva lo que provoco un sonido brutal que altero muchísimo a la princesa haciendo que chillara un poco. La vampiresa entonces comenzó a masajear la cabeza de la joven.

-L-l-lo e-esta em-peorando -Intentó decir la princesa a pesar de los nervios.

-Entonces que esperas para ayudarme.

Por un momento funcionó. La pequeña Bonnibel se había entretenido ayudando a la vampiresa a zafarse de entre sus mechones, aunque se frustraba bastante cuando veía a Marceline sonreír porque pensaba que se estaba mofando de ella, hasta que finalmente logró sacarlos.

-No lo vuelva a hacer -se lo advirtió la princesa, adivinando las intenciones en la expresión de la vampira.

-Okey, okey... No te pongas así. Ahora ya duérmete de una vez -La princesa miro con preocupación hacia la entrada de la cueva -. La tormenta no va a entrar por la puerta, sacarte de tu cama y comerte, ¿sí? Ya, descansa.

-Deje de burlarse de mí.

-No lo hago. Tal vez a ti te suene que sí, pero no lo es.

-¿Por qué? ¿Por qué es así?

-Cosas de vampiros.

Marceline apagó todas las velas de la cueva, excepto un par de ellas para dejar tranquila a la Princesa. Está intentó acomodarse lo mejor que pudo en la cama y hacer caso de lo que le pedían, pero aun parecía intranquila. La vampiresa entonces se acostó a su lado y comenzó a hablarle, asegurándose de que así se durmiera.

-Dime princesa, ¿cómo es que no te molesta tu propio cabello?

-B-bueno... Mi cabello en realidad funciona y se siente como cualquier otro, pero no se maneja de la misma manera que la mayoría.

-¿Que hay que hacer?

-S-se puede aprender a hacerlo.

Siguieron hablando así un rato, aunque cada vez que sonaba un trueno la princesa se cubría fuertemente los oídos y cerraba los ojos. No podía evitarlo, parecía que no había caso con ella.

-Si sigues poniéndote así vas a amanecer con la cara deformada -le susurraba la vampiresa quitándole una de las manos de las orejas para que pudiera escucharla.

-E-eso... N-no es verdad.

Marceline entonces tomo a su oso de peluche favorito en todo el mundo (y el único), Hambo, y aunque se sentía un poco reacia a querer prestarlo esta vez cedió. Lo acerco al rostro de Bonnibel la cual sonrió al verlo y terminó destapándose uno de los oídos para poder sujetar al muñeco desde uno de sus brazos y la vampiresa hizo lo mismo del otro lado.

Notó como una lagrima comenzaba a cruzar por una de las mejillas de la niña y a la vez que con un dedo la limpiaba aprovecho para poder acariciar su rostro, quizás así se relajaría un poco. Al cabo de un rato la princesa parecía estar durmiéndose, Marceline también comenzaba a sentirse cansada. Antes de entregarse al sueño profundo, en voz baja comenzó a cantar la misma canción que había cantado días atrás mientras Bonnibel dormía. Ya no recordaba toda la letra, solo tarareo la melodía, hasta que sin darse cuenta se quedo dormida.

La tormenta en algún momento de la noche se detuvo, aunque aun había varias nubes grises. Bonnibel poco a poco comenzó a despertarse. A penas abrió los ojos pero pudo reconocer a la figura que se había quedado dormida a su lado mientras abrazaba un oso de peluche.

Realmente eran criaturas fascinantes los vampiros, había pensado la princesa. Notó que se había quedado dormida con la boca abierta, tenía un hilo de baba seca bajando por la comisura de la boca, lo cual la hizo reír.

Se levantó y camino hasta donde había dejado al reloj de pez-robot. Le cantó para que le volviera a decir la hora con esa voz que le había parecido tan chistosa. Ya eran las nueve de la mañana. La princesa con su característica dulzura fue a despertar a Marceline.

-Señorita Abadeer... Señorita Abadeer, despierte -Marceline gruñía en su lugar mientras la princesita seguía sacudiéndola -. ¡Despierta!

-Ñeeeehh... -se quejaba la vampiresa y siguió así hasta que logró que le prestara más atención-. ¿Qué pasha prinsheshita?

-Tengo que volver al palacio. Por favor llévame.

Luego de un rato, después de que Marceline se despejara mejor, de que comiera algo y de que esta se arreglara un poco (a pedido de la princesa) se dirigieron al Dulce Reino. Si bien la vampiresa viajaba lo más rápido que podía, Bonnibel hubiera preferido que no lo hiciera, pues sabía que al llegar a su casa le tocaría un gran castigo por lo que había hecho.


¡Y hasta aquí! Un capitulo ligeramente más corto :p Gracias a todos los que siguen leyendo el fic :D Siempre les terminó agradeciendo por eso, pero es que no lo puedo evitar, es más fuerte que yo Q_Q

Principalmente eso es porque es la primera vez que publico algo de lo que escribo y que sé que esta al alcance de tanta gente distinta, de verdad que me supera por completo.

Cualquier reclamo, sugerencia o lo que sea hacérmelo saber ^^ Saludos a todos y buen finde! :D