N/A: Bueno, pues llegó el momento de cerrar otra historia. Este es el capítulo final de Reencuentro Inesperado y no me queda más que reiterarles mi gratitud por su apoyo, sus palabras y el tiempo que dedicaron a leerme y a escribirme. Como siempre lo digo, sus palabras para mí valen oro y con nada se las pago. Espero disfruten este capítulo tanto como disfrutaron los anteriores. Feliz año 2015, por cierto.

Castle no me pertenece...aunque qué más quisiera yo (y con esto último me refiero al personaje, no a la serie (; )


Capítulo VII.

Kate empieza a retornar del mundo de los sueños sólo para sonreír –aún con los ojos cerrados- ante el embelesador recuerdo de una realidad mucho mejor que cualquiera de sus más ambiciosas fantasías. Los labios de Rick, quien la abraza por la espalda, le rozan el cuello, la nuca, el lóbulo de la oreja; le susurran al oído ternuras que apenas si entiende entre el estado de vigilia y la felicidad legítima que le colma el alma al despertar en sus brazos, embriagada por la dulzura de esos labios suaves y vehementes que la enloquecen, remontándola por encima de sus anhelos.

La luz de la mañana entra a raudales por las enormes puertas corredizas de cristal que separan la alcoba de la extensa terraza. Es casi el medio día cuando Rick, teniendo más en cuenta el bienestar de Kate que cualquier otro factor, se decide a despertarla una vez que el copioso almuerzo –que más bien es comida ya- ha sido llevado por el mayordomo hasta el comedor de la suite, y diligentemente dispuesto por Rick en una bandeja para llevarlo hasta donde la bella durmiente se niega a abandonar el reposo.

Tras haberse detenido a contemplarla ávidamente durante breves instantes, al fin, despojándose de la bata, se recostó junto a ella, determinado a traerla de vuelta a la conciencia entre mimos y caricias, para luego ocuparse de alimentarla y consultarla sobre los próximos planes. La noche anterior fue intensa en todos los sentidos; oscilaron entre los arrebatos de pasión y los gélidos y sombríos abismos del remordimiento; entre las cúspides del placer y las devastadas llanuras de los recuerdos amargos; entre la penitencia y la redención; entre los lúgubres espectros de la pérdida y el horizonte promisorio ofrecido por la casualidad que volvió a cruzar sus caminos. La madrugada los sumió en un merecido y reparador descanso, luego de la extenuante sesión catártica -en la que con el llanto se exorcizaron indomables demonios y se curaron heridas antiguas- y de las dos rondas más en las que hacer el amor se convirtió en un ritual elevado a la perfección, acuciados los amantes por el tiempo perdido y la ausencia.

-Kate, despierta. Es hora de comer algo, dormilona.

La interpelada se limita sólo a rodar sobre la descomunal y confortable cama, regodeándose en la suavidad de las sábanas inmaculadas, hasta quedar de frente a Rick. Hunde la cara en su cuello y enlaza sus brazos alrededor del torso masculino, que luce irresistible atezado por el día pasado en la playa y perfectamente tonificado por lo que parece ser producto de largas horas pasadas en un gimnasio. Los labios de Kate se pasean atrevidos por la piel de la garganta y el pecho de Rick, al tiempo que las puntas de sus dedos vagan con rumbo definido por sus costados y sus brazos marcados. Busca los labios de Castle con el mismo impulso insaciable que los ha guiado desde el momento mismo en que cayeron uno en brazos del otro la noche anterior. Ambos son más que conscientes de que va a tomarles toda una vida compensarse por los desdichados meses de soledad y abstinencia…y están encantados con la idea de hacerlo.

-Buenos días, Rick.

-Buenísimos… Sólo hay una cosa mejor que verte dormir; y es que despiertes de esta manera.

Rick la siente sonreír contra la piel de su cuello otra vez, y no puede menos que sorprenderse ante la caja de sorpresas que está resultando ser Kate Beckett ahora que ha vuelto a encontrarse con ella luego de haber llegado a creer que ya no la vería otra vez. La persona que solía ser, con toda seguridad, hubiera puesto los ojos en blanco ante la sola mención de que él pudiera haber pasado el más mínimo lapso de tiempo viéndola dormir, y ni que decir de lo que habría dicho ante la frase cursi que acompañó a semejante confesión. Sin embargo, la mujer a quien en estos momentos sostiene con amor y ternura, se acurruca en su abrazo mientras sus labios se curvan en una mueca que no hace sino demostrar abiertamente su complacencia y alegría ante las muestras de afecto de él.

-Tú eres el responsable directo de este increíble despertar…y de una noche memorable. Gracias, Rick.

Se lo dice seria, viéndolo a los ojos, como para permitirle que lea en ellos la adoración y la dicha con los que se llena cada letra de la palabra en la que intenta resumir todo cuanto este momento, junto a él, le inspira.

-Gracias a ti. Hace mucho tiempo que no pasaba una noche así, Kate. Y hasta anteayer, no tenía muchas esperanzas de volver a experimentar una sensación así… Eso es algo que sólo tú logras.

-Rick, dime algo…

-Lo que quieras…

-¿Por qué en todo este tiempo tú no…? –la voz se le vuelve un suspiro y la sangre se concentra en sus mejillas al hacer el esfuerzo de poner en palabras sus pensamientos-. ¿Por qué ninguna otra mujer entró en tu vida durante todo este tiempo?

Es Rick quien ahora adquiere una expresión solemne y pensativa luego de que la pregunta de ella se asienta en su cabeza con todas las posibles implicaciones. El enigma que representa el intrincado proceso mental de Kate definitivamente nunca va a dejar de fascinarlo y de sumirlo instantáneamente en una frenética carrera por desentrañar los misterios que envuelven a su musa. Sí, su musa…otra vez. La prueba de ello descansa celosamente guardada en su ipad en la forma de un archivo con las más de 8000 palabras que brotaron como un manantial inagotable desde que, hace tres horas, decidió rendirse al insomnio y vaciar las ideas sobre la hoja blanca en vez de seguir tratando de apaciguarlas, dando vueltas y más vueltas sobre la cama. La caricia de Kate a lo largo de su mandíbula lo regresa al momento presente, en el que ella espera su respuesta, con inquietud evidente en sus rasgos tensos.

-Hagamos algo, Kate. Yo respondo esa y todas las preguntas que tú quieras; pero tú te pones esto encima –le señala su camisa que yace sobre el suelo al lado de la cama- y empiezas a comer; ¿de acuerdo?

Kate sólo asiente con la cabeza, toma la prenda, se la pone y se acerca obedientemente a la bandeja que Rick acaba de colocar sobre la cama. Toma un bocado de la fruta en trozos que adorna artísticamente uno de los varios platos contenidos en la prolífica fuente, y dirige su mirada expectante hacia Castle, indicándole que su parte del trato está cumplida.

-Una de las razones por la que me mantuve solo durante todo este tiempo en que estuvimos separados tú y yo, es simple, Kate… Al menos en teoría es simple. Cuando terminamos, todas mis energías se concentraron en sobrevivir lo más dignamente posible. En no permitir que lo que me estaba quebrando por dentro permeara hacia afuera, alcanzando a mi hija o a mi madre. No te miento al decirte que ese esfuerzo, por sí mismo, consumió mucho de mi tiempo y de mi atención. No quedaba mucho de mí para nada más. Fueron muchos los meses en los que me sentí agotado emocionalmente, tratando de superar el dolor, que simplemente no había espacio en mi vida para nadie más. Yo estoy seguro de que tú me entiendes ¿verdad? Ni por un momento dudo de que para ti haya sido igual de difícil…o más.

-Sí, sí te entiendo…con demasiada precisión. Tienes razón en lo que dices, Rick. El dolor y el esfuerzo por subsistir a pesar de esa pena punzante, no dejaban lugar para nada ni para nadie más.

Los ojos de Kate se llenan de lágrimas que pelean por rodar mejillas abajo sin que haga un intento firme por retenerlas. Cierto es que ese periodo lóbrego de sus vidas va a ser siempre doloroso de evocar, una cicatriz pulsante; pero, como Rick se lo ha dicho más de una vez desde que volvieron a verse, no hay forma de que avancen si siguen aferrándose al pasado. Él está aquí, junto a ella, después de haber vivido una de las veladas más hermosas de las que tengan memoria, dispuestos a reemprender una ruta en común. Lo demás es lo de menos. De modo que, con tono más animado, se obliga a decir:

-Pero ¿sabes algo? A pesar de que me da tristeza pensar en lo que tuviste que pasar, me alegro de que nadie más haya entrado a tu vida, Rick. No estoy muy segura de haberlo podido soportar. Cada vez que buscaba información sobre ti, en tu website o en la página 6, contenía el aliento y cruzaba los dedos para no encontrarme con la noticia que más temía.

Si un meteorito cayera en ese justo momento encima de sus cabezas, no estaría Rick más impresionado de lo que está al escuchar a Kate admitir, sin ambages, no solamente que el miedo y los celos la laceraban al imaginarlo junto a alguien más, sino que se dedicó a seguirlo, con dedicación y esmero, a través de los medios a su alcance para asegurarse de nadie más ocupara el sitio que le pertenece a ella. La oportunidad de provocarla un poco es demasiado tentadora como para desaprovecharla, por lo que, aun en medio de la seriedad con la que se desenvuelve la conversación, Rick se las ingenia para aligerarla.

-¿Quién eres tú y que hiciste con la detective Katherine Beckett a la que yo conocía? –diminutas arrugas se forman alrededor de los ojos sonrientes que la doblegan como armas letales, arrancándole una involuntaria carcajada.

-Aquí, por el momento, no hay ninguna detective Beckett. Sólo una mujer llamada Kate…y que está profundamente enamorada de un célebre escritor -el tono jovial sufre un ligero tambaleo al pronunciar la última frase-… del que solía ser inspiración.

-Bueno, Kate enamorada, permíteme aclararte tres puntos muy importantes: el primero es que, más allá del pesar de perderte y del empeño por mantenerme en pie, la razón de mayor peso por la que nadie más entró en mi vida fue que el amor por ti no dejaba cabida para ningún otro; el segundo punto es que, si hubieras indagado sobre mi patética vida sentimental con Ryan o Espo o Lanie, te habrías liberado de esas dudas tormentosas desde hace mucho tiempo, cariño; y por último, aunque no menos importante: tú sigues siendo la inspiración para Nikki Heat.

La incredulidad y el entusiasmo se vuelven uno en la expresión de Kate quien, al reparar plenamente en lo que acaba de escuchar, pone a un lado la charola con el resto de los alimentos y se lanza a los brazos de Rick, que la acogen sin vacilación ni reparo.

-¿En serio, Rick? ¿Vas a seguir escribiendo a Nikki Heat? –le pregunta colgada de su cuello y con la frente descansando sobre la de él.

-En serio estoy escribiendo otra vez a Nikki Heat, Kate. En eso he pasado las últimas tres horas.

-Rick…no me mientes ¿verdad? ¿Has estado escribiendo una novela nueva mientras yo dormía?

-Sí. Y no me regañes por la falta de sueño. ¿Cómo no iba a estar inspirado después de una noche como la que me acabas de regalar?

-Pero si el regalo fue para mí…Lo es, de hecho. Rick, no tienes idea de lo que significa para mí lo que me has dicho. Acabas de poner la penúltima pieza al rompecabezas de mi felicidad.

-¿La "penúltima" pieza, Kate? Explícate –toma la preciosa y desordenada cabeza entre sus manos delicadamente- ¿cuál pieza sería la última?

Otra vez se hace presente el rubor que últimamente parece obligado cada vez que hablan. Rick observa como Kate se muerde el labio hasta casi el punto de hacerlo sangrar; y se jugaría la cabeza a que lo que está desfilando por esa mente indescifrable tiene que ver con la conversación que sostuvieron anoche: la propuesta de matrimonio fallida. Bien sabe él que ese es un tema que no está cerrado y del que todavía puede y debe esperar mucho, si su intuición respecto a la mujer que ama no le falla. Pero también, sabiamente sabe que ese es un punto sensible sobre el que no debe presionar. Eventualmente volverá a salir a flote, y desde luego que si alguien tiene en mente lo que tiene que hacer respecto a eso, es él, tal y como corresponde; en su momento, lo hará. Ya tiene pensado el cómo…el cuándo, será ella quien se lo vaya indicando. Por ahora, va a dejar que Kate comparta sus preocupaciones sólo hasta donde se sienta cómoda. Ya el tiempo traerá la pregunta y la respuesta esta vez.

-Rick, yo sé que recién acabamos de retomar lo nuestro. No tengo prisa, y sé bien que aun hay muchas cosas por resolver; que vamos a avanzar paso a paso…un día a la vez. No me importa hacerlo. Estoy agradecida con la oportunidad de volver a empezar. Pero, en algún momento y de alguna manera volveremos a llegar al punto donde estábamos ¿verdad?

Castle sonríe con indulgencia; con la mirada llena de paciencia y entendimiento. Le planta un beso reverente sobre la frente, la coloca sobre su regazo y, cierto ya de que lo que ronda la cabeza de su adorable Kate es, en efecto, el miedo de haber perdido una ocasión irrecuperable, hace lo único que cabe bajo las actuales circunstancias: luchar por devolverle la tranquilidad sin arruinar la futura sorpresa.

-Es una promesa, Kate. Con calma y con determinación vamos a ir resolviendo todo lo que tenemos por delante; y, cuando menos lo creas, estaremos otra vez en posición de retomar nuestra relación exactamente en dónde se quedó. Confía en nosotros.

-Con mi vida confío en ti…en nosotros –un beso profundo sella el pacto con el que su futuro se colorea con matices de eternidad.

-Ahora, vamos a terminar de desayunar para luego ir a tu hotel.

La decepción y un sutil dejo de pesadumbre relampaguean en los ojos color avellana. Hubo algún momento, en el transcurso de la enervante noche, en el que Kate se detuvo a considerar si Rick querría que ella se mudara con él a su suite en el Mandarín. La verdad es que no quiere ni plantearse la idea de que sea de otra manera; le cuesta resignarse a la idea de permanecer separada de él siquiera unas horas –mucho menos durante la noche, cuando lo único que quiere es que se pierdan juntos en la pasión y el deseo-; si resulta que Castle desea llevarla de regreso al Pulitzer, se va a sentir desencantada, y no está muy segura de cómo va a poder manejarlo.

-¿A mi hotel? –el temblor es casi imperceptible detrás de la pregunta, pero alcanza a traicionarla ante el oído bien entrenado de Rick-. Sí, claro, tengo que volver allá. Ahora mismo me doy una ducha rápida, me visto y nos vamos.

Trata de ponerse de pie con torpeza y premura, buscando ocultar la desilusión que de pronto se ha apoderado de ella sin que pueda evitarlo; pero las manos de Rick la detienen con firmeza y suavidad, manteniéndola en su regazo mientras la envuelven en un abrazo estrecho.

-Sí, señorita. A tu hotel. Vamos ir ahí para que recojas todas tus pertenencias, entregues la habitación y, si estás de acuerdo, te quedes aquí conmigo el resto de nuestra estancia en Barcelona. ¿Quieres, Kate?

-Te amo, Rick…no sabes cuánto –vuelve a besarlo, vaciando esta vez en el beso toda la gratitud y el amor que parecen no caberle en el pecho.

-Yo también te amo…mucho –le responde, interrumpiendo la caricia que empieza a volverse candente-. Y si ya no vas comer más ¿qué te parece si tomamos juntos esa ducha de la que hablabas?

Kate se levanta y se dirige al baño, corriendo y deshaciéndose de la camisa en el camino, al tiempo que, con toda la seducción de que es capaz, lo llama:

-¿Vienes, Castle?


Los trece días restantes de su estadía en Barcelona se pasan como un suspiro, ajetreados y saturados de actividades con las que apenas si alcanzaron a pasear los ojos sobre la infinita cantidad de maravillas que Barcelona guarda celosamente para beneplácito del mundo entero. Las horas de luz se llenaron, una a una, con obras maestras y maravillas naturales; en tanto que las de la noche fueron colmadas con suspiros de avidez y jadeos saciados, al fragor de cada encuentro en la intimidad de la alcoba.

Rick, haciendo uso de sus múltiples talentos como guía turístico, diseñó el itinerario de cada día para, junto a ella, recrearse en la belleza de los tesoros barceloneses. Sus sentidos se deleitaron al observar las más de 11000 variedades de peces que les ofreció el Aquarium de Barcelona; la adrenalina se combinó con el asombro una vez que Kate decidió cumpliré a Rick el deseo que él antes no había tenido oportunidad de realizar: nadar con los tiburones. La amó más todavía, si eso fuera posible, después de semejante aventura; y no tardó en decidir, luego de esa experiencia, la manera en que la recompensaría.

Barcelona es, irrefutablemente, sinónimo de la genialidad y pericia de Antoni Gaudí; una de las flamantes cartas de presentación de la ciudad y del país, orgullo legítimo de los ibéricos. Y desde luego que el recorrido para admirar sus obras, fue paseo obligado para los enamorados. Un día entero dedicaron a caminar por el Paseo de Gracia, admirando la arquitectura modernista en todo su esplendor y atestiguando algunas de las más significativas obras del famoso arquitecto, como lo son Casa Batlló y La Pedrera; ésta última siendo objeto de un entusiasmo casi infantil en Castle –para deleite de Kate- debido a las simbólicas y portentosas esculturas que se erigen sobre la insólita azotea de la construcción, talladas en las chimeneas y torres de ventilación y que, según Castle, sirvieron de inspiración al legendario George Lucas para el diseño de los cascos que usan los soldados del Imperio en Star Wars. Dato curioso que Kate ignoraba y que, por alguna razón, no le sorprendió que Rick supiera; a ella el conjunto le pareció más bien…abrumador.

El barrio gótico ameritó visita aparte, y la monumental Catedral de Barcelona les arrancó suspiros de admiración y éxtasis como la digna muestra que es de la arquitectura gótica catalana del siglo XIV. Por esos mismos rumbos, el soberbio Palau de la Generalitat, sede de la Presidencia de la Generalidad de Cataluña, hizo gala de sus fachadas renacentista y gótica; así como de los preciosos recintos interiores, tales como el Salón de San Jorge, la Galería Gótica, la Capilla de San Jorge y el inconmensurablemente bello Patio de los Naranjos. Y para rematar ese recorrido, y como pago por la aventura con los tiburones, Rick lleva a Kate al barrio de la Ribera para visitar uno de los lugares por los que está seguro de que ella eligió Barcelona como destino vacacional: la Basílica de Santa María del Mar. Alguna vez ella le comentó que quería conocer la iglesia alrededor de cuya construcción, Ildefonso Falcones tejió una de las novelas favoritas de Kate, La Catedral del Mar; de modo que se permitieron admirar juntos la construcción de singular belleza.

Y así continuaron la incansable jornada, alternando rutas entre el Tibidabo, o el Castillo de Montjuic; el Estadio Olímpico o los múltiples museos barceloneses para rematar, el penúltimo día de su estadía en España, con el exuberante Parque Güell, en el que Gaudí hizo una vez más de las suyas, valiéndose del trecandís, una portentosa imaginación y un genio indiscutible que bien pudo haber rayado en la locura.


No hay plazo que no se cumpla ni término que no se venza. El momento de romper el idilio perfecto y viajar a casa, ha llegado inexorablemente. Son las 3:30p.m., hora de Barcelona, y su vuelo en primera clase rumbo a Nueva York sale a las 5:45p.m. Las maletas están en fila rumbo a la puerta de la suite, y los tortolitos sólo aguardan por el coche que ha de llevarlos al aeropuerto.

Kate, recostada sobre el confortable sofá de la sala de estar, se esmera en aguzar el oído a ver si alcanza a escuchar la conversación que Rick se ha empeñado en mantener como privada desde que enlazó la llamada. De hecho, repara ella, ha habido una serie de detalles misteriosos que ha observado en su escritor los pasados días, sobre los que él se niega a compartirle información. Lo ha visto poner en papel algunos bocetos, escanearlos y enviarlos a sabrá Dios quién sin dejarla ver de qué se trata; hacer llamadas para las cuales busca privacidad y en las que demora hasta 15 minutos, intentando –aparentemente- girar instrucciones muy precisas. La curiosidad la está matando tanto o más que el hecho de saber que Richard Castle es capaz de mantener tal secrecía; con toda seguridad se ha de estar mordiéndo la lengua para no soltarle lo que sea que se trae entre manos.

Tratando de distraerse de la desagradable sensación que le provoca no saber lo que Rick le oculta, los pensamientos de la detective se encaminan por derroteros distintos, aunque igual de inquietantes e, incluso, sombríos. Han sido dos semanas tan perfectas al lado del hombre a quien ya no tenía ni esperanzas de volver a ver…que ahora no puede evitar el miedo que le nace desde muy hondo al pensar en que deben regresar y enfrentarse con su mundo; con todo y todos los que ya estaban hechos a la idea de que esa relación había quedado atrás. Alexis, Martha, Jim, Lanie, Esposito, Ryan, Gates. Habrá que dar explicaciones y exponerse a oposiciones; pero la certeza de que en cada paso del camino Rick estará con ella, la reconforta y la anima a enfrentar lo que sea y a quien sea, siempre que lo tenga a su lado.

Por otra parte, está también ese asunto que la ronda como un fantasma persistente desde hace poco menos de quince días, y que tiene todo que ver con las aspiraciones fervientes que Kate guarda respecto a un futuro sólido junto a Rick. Después de vivir las vacaciones más espectaculares de su vida gracias a ese hombre incomparable, está más segura que nunca de que quiere pasar el resto de su vida unida a él. Se ha quebrado la cabeza pensando en cómo lograr que se sienta lo suficientemente confiado como para pedirle matrimonio nuevamente pero, al final, la conclusión a la que siempre llega es que en esta ocasión no aplican los gestos grandilocuentes y desesperados, sino que es más una cuestión de pequeños detalles diarios, de minúsculas y constantes acciones que le demuestren a Rick que lo único que ella necesita para cerrar ese círculo mágico en el que han vuelto a encontrarse, es una pregunta valiente y una respuesta que ya está más que decidida. Y lo va a lograr, no importa qué ni cuánto se lleve en ello, pero lo va a lograr.

Un suave carraspeo la obliga a abrir los ojos y a abandonar sus reflexiones, al observar a Rick de pie, reclinado sobre el marco de la puerta corrediza que da hacia la terraza, viéndola como si quisiera dilucidar hasta el último de sus delirios.

-Deja de pensar en voz tan alta, Kate. Te va a doler la cabeza.

Se acerca al sofá y la toma en sus brazos, sentándola sobre sus piernas y acariciándole la espalda con la palma de la mano.

-No me dolería si tú no me tuvieras devanándome los sesos para adivinar eso que estás tramando y que no me quieres decir, Castle.

Rick le regala su sonrisa más seductora y –pretendidamente- inocente antes de responderle.

-No te conocía tan curiosa, detective. Realmente has cambiado -sus labios repasan provocativamente la mandíbula, acercándosele al oído-. Todo lo vas a saber…a su debido tiempo.

-Eso no es justo –un simpático mohín de exasperación se instala en su rostro de diosa-. Yo quiero saber ahora.

-Pues vas a tener que esperar porque no voy a decir nada más –en tono más serio y buscando sus ojos con solemnidad, añade-; y respecto al resto de tus preocupaciones, Kate, confía en mí…te prometo que todo va a estar bien.

-Sí, Rick. Si tú me dices que lo vamos a lograr a pesar de lo que hay que resolver al regresar a casa, yo te creo. Sólo no me dejes sola.

-Eso no va a volver a pasar. Esta vez vamos a enfrentar juntos lo que sea necesario…y ya no hay marcha atrás. Te amo.

-Yo también te amo.

-¿Nos vamos a casa?

-Contigo, hasta el fin del mundo.

FIN.


Apreciaría infinitamente sus comentarios. Abrazos,

Valeria.