AUTORA: Muchísimas gracias a todos los que leeis mi fic, y os tomáis la molestia de dejarme reviews. No sabéis lo que me animan a seguir.
De nuevo, mi especial agradecimiento para: metitus, Eva Vidal, Makiko - maki maki, chappyxrukia, RukiaxUchiha, Ghost iv, Laura V, itziarxknup, kia, Airi-Hyuga, dara-chan, y MyStErY MaYu - ChAn. A todos, gracias por vuestro apoyo, y vuestros reviews!
Deseo que este capítulo os guste iwal que el anterior! o más! ^^
Y ya sabeis, para sugerencias, críticas o halagos... enviadme reviews!
FELIZ NAVIDAD!
NUEVOS CONTENDIENTES
- ¿Qué tal el examen, Orihime?
- ¡Tatsuki!
La aparición de su amiga la había pillado totalmente por sorpresa.
"Normal, quizá, si dejases las malas envidias a un lado, no te pillarían en las nubes tan a menudo", se quejó la conciencia de la pelirroja.
Es cierto, reconoció Inoue para sí. Debería hacer caso a su vocecilla interior y dejar de rumiar tonterías.
Miró a su alrededor ligeramente desconcertada. Casi sin darse cuenta, había llegado a la calle principal que llevaba a su casa. Eran las tres y media de la tarde, hora de comer, y el sol calentaba e iluminaba el ambiente, creando una idílica imagen con el paisaje.
A su lado, Tatsuki la observaba con inquietud. Inoue lo advirtió y quiso disimular.
- ¡Jajaja! ¡Hola Tatsuki! No te había oído llegar. - Vaya, ¿esa risa se había escuchado tan forzada como le parecía? Entonces, recordó la pregunta de su mejor amiga. - ¿El examen? ¡Perfecto! ¿Y a ti?
Tatsuki respondió con gesto enfurruñado.
- ¡Fatal! Tendré suerte si llego al cuatro. - A continuación, para remarcar su descontento, pateó con saña una piedrecita del camino, que fue a dar contra una farola cercana.
- ¿Otra vez? Tatsuki, deberías estudiar un poco más y dejar de lado las clases de kendo o no aprobarás el curso. – Le recomendó Orihime, muy preocupada por el futuro de su colega. - No me gustaría que tuviésemos que separarnos por tu vagancia.
- ¡Mierda! Lo sé, Orihime. - Las mejillas de la morena se habían coloreado por la culpa. - A partir de ahora, ¡estudiaré hasta soltar letras y números por los ojos! - tras su efusiva promesa, volvió a centrarse. - Entonces... si el examen te salió bien, ¿a qué viene esa cara?
- ¿Eh? ¡Nada, nada, nada! - al igual que siempre que se ponía nerviosa, la pelirroja comenzó a agitar los brazos espasmódicamente. - Sólo estoy algo cansada, ya sabes, demasiados exámenes en una semana. - Se preguntó si iría al infierno por contar una mentira tan descarada. ¡Esperaba que Kami fuera piadoso!
- ¡Ah! ¿Es eso? - Inoue afirmó con un gesto. - Menos mal. Me tenías preocupada, peque. - dijo Tatsuki acariciándole cariñosamente la cabeza a la belleza pelirroja como si aún fuese una niña. Con el paso de los años, la morena había adoptado el papel de hermana mayor sobreprotectora con Orihime, de ahí que el menor cambio en la actitud alegre de la princesa le quitase el sueño.
- ¡¿Pero qué estás haciendo, enana? ¡Te he dicho mil veces, que la katana no se coge así!
- ¿Oh? ¿De verdad? - inquirió una inocente y dulcísima voz. - La culpa debe de ser tuya, Kurosaki, ¡eres un profesor pésimo!
- ¡¿Cómo? ¿No será que tú eres una inútil? - rugió a su vez una voz masculina, que ambas caminantes identificaron enseguida como la de Ichigo Kurosaki.
Muertas de curiosidad, Tatsuki e Inoue siguieron la dirección de la que provenían los gritos.
Y, para mayor angustia de su corazón, Orihime confirmó la presencia en el parque de la causa de todos sus males. Allí, algo distanciados de la marabunta de niños y padres que concurrían el lugar, estaban Ichigo y Rukia, quienes (como siempre) mantenían una acalorada discusión.
- ¡Idiota! Yo no soy ninguna inútil. - Afirmó la pequeña universitaria, acomodándose altivamente el pelo y dándole la espalda al joven gruñón que la fulminaba con la mirada. - Es lo que te digo, como profesor apestas.
Hipnotizadas, las dos espectadoras vieron cómo Rukia tiraba al suelo la minúscula espada de madera que Ichigo le había proporcionado y saltaba ágilmente a la rama de un altísimo árbol. A continuación, contemplaron, una divertida y la otra extrañamente dolida, cómo Ichigo se acercaba rápidamente al árbol escalado, con los brazos en jarras y cara de pocos amigos, y tronaba:
- ¡Baja de ahí de inmediato, Rukia! - al no obtener respuesta, siguió. - ¿No ves que esto lo hago por tu bien? ¿Y si no estoy yo allí para protegerte?
- ¡Pfff! ¿De qué hablas, Kurosaki? ¿Protegerme? ¡Si ni siquiera llegaste a pelear! Déjeme decirle, señor, que si aquel día nos salvamos no fue gracias a usted. - Apuntilló la samurái, muy consciente de que estaba mintiendo, pero sin poder resistirse a fastidiar al chico.
Mientras, en la otra punta de la calle, escondida tras la fachada de un edificio, Tatsuki se carcajeaba con ganas.
- ¡Muy bien, Kuchiki! Que aprenda ese majadero a no ser tan creído. - murmuró Arisawa, expresando su apoyo incondicional por Rukia. - Y tu, Ichigo... ¿ves lo que te ocurre por insistente?
- ¿A qué te refieres, Tatsuki? - la interrogó Orihime, confusa.
Tatsuki la miró. Sus oscuros ojos, tremendamente abiertos, expresaban su sorpresa.
- ¿No lo sabías, Orihime? – La pelirroja negó con la cabeza. - El terco de Ichigo lleva quince días detrás de Rukia, jurándole que no la dejaría ni a sol ni a sombra hasta que ella aceptase recibir clases de lucha.
Pese a su pena interior, Inoue encontró eso tremendamente interesante. ¿Kurosaki preocupado por alguien? Era algo inaudito, sin duda. Ichigo siempre había sido una persona fría y muy independiente, que detestaba la compañía continua de cualquiera.
Ni siquiera la mía, se lamentó Inoue.
- ¿Y Kuchiki ha aceptado? - preguntó, intentando olvidar los malsanos celos que le pinchaban el estómago.
Arisawa se encogió de hombros y sonrió, divertida.
- No de buena gana pero, al final concluyó que pasar unas cuantas horas con Ichigo no sería tan malo como tenerlo encima las veinticuatro horas del día.
De nuevo, las dos amigas retornaron su atención a la pareja.
- ¿Qué pasa contigo? ¡No me ignores! Si no bajas en cinco segundos, subiré yo. Y créeme, no te gustaran mis métodos para hacerte descender. - El chico se alteraba cada vez más - ¿Me escuchas o te estás sorda?
Hasta entonces, Rukia había mantenido una expresión aburrida e indiferente. Pero, a la velocidad de un rayo, la pequeña samurái se dispuso a interpretar una escena digna de Oscar. Sus grandes y bellos ojos se llenaron de falsas lágrimas y, tapando su lindo semblante con un níveo pañuelo, sollozó:
- ¡Qué cruel eres, Kurosaki! - aulló a todo pulmón para que todos la oyeran y así dar más pena. - Apenas me acabo de curar la muñeca y tú me obligas a pelear contigo, ¡por tu culpa me vuelve a doler y a ti ni te importa! - farfulló entre hipitos.
Ignorando los murmullos de desaprobación que le dirigían los transeúntes, Ichigo trepó rápidamente hasta la rama que la joven ocupaba y con infinita ternura y pena, se aproximó a ella para consolarla.
- Per... perdona, Rukia. – Susurró. - No tenía idea de que aún te doliese la mano. - Trató de agarrarle en brazo para inspeccionar su maltratada muñeca, pero Rukia se lo impidió propinándole un manotazo y apartándose de él. - Está bien, - aceptó él, avergonzado de su propio comportamiento - no te insistiré más. No seguiremos con las clases hasta que te recuperes del todo, ¿qué dices? - Ella no contestó, de modo que el chico tuvo que probar otro método de persuasión. Uno que sabía que no fallaría. - ¡Eh! ¿Y si te compro uno de esos bichos que te gustan tanto? - La cara de Rukia volvió a experimentar un cambio. Ahora, sus violáceos ojos prácticamente despedían estrellitas de ilusión y lucía una sonrisa de oreja a oreja.
- ¡Muy bien, Ichigo! - Rukia estaba exultante. - Por esta vez, te perdono. – Aseguró la muy descarada, ganándose de nuevo una dura mirada de su acompañante al darse cuenta de que había sido vilmente manipulado. - Pero, primero comamos algo. ¡Con tanto ejercicio estoy famélica!
- ¡Pero si no llevamos ni diez minutos! - gritó Ichigo, sintiéndose terriblemente frustrado. Esos signos de histerismo no eran propios de él, ¿dónde se había quedado su famosa frialdad? "En tu casa, junto a tu orgullo de guerrero", se burló de él su conciencia.
¡A callar tú también! , se ordenó a sí mismo. Lo último que necesitaba eran más bromas a su costa y menos si éstas provenían de su propia cabeza.
A lo lejos, Tatsuki y Orihime salieron de su escondite, ya sin temor a que las descubrieran, y los vieron alejarse calle arriba, en dirección al centro de la ciudad, donde estaban todos los restaurantes... y las tiendas de animales.
Eran las seis de la tarde cuando, maestro y alumna, decidieron volver a casa.
- No me lo puedo creer. - Murmuró Ichigo. Pudiera parecer mentira pero, una sola tarde con la enana lo dejaba más agotado que una semana de entrenamiento con su instructor.
Después de comer, ella lo había arrastrado por todo el centro en busca de una tienda que vendiese conejos. ¿Y todo para qué? , se preguntaba. Para que al final, ella escogiese al más feo sobre la faz de la Tierra.
Ichigo miró, por decimocuarta vez, al dichoso bicho, que se encontraba felizmente acurrucado en el pecho de Rukia... ¡esa "cosa" parecía una rata blanca y peluda!
- ¿El qué? - quiso saber la chica, enviándole una siniestra mirada.
Ichigo trató de ser bueno, trató de ser amable y no decirle lo que pensaba del animal. Finalmente, al ver cómo ella lo achuchaba y acariciaba sin cesar, declaró:
- Es lo más feo que he visto en mi vida. Pensar que me he gastado quinientos yenes en "eso" , me da escalofríos.
A Rukia, el insulto del joven la dejó literalmente planchada. Y a Ichigo, la pedrada que Kuchiki le lanzó a la cara, también.
- ¡¿Cómo te atreves a insultar a Chappy? - bramó ella, apuntándolo con el dedo. - Si lo vuelves a hacer, te mato.
Cuando el pelirrojo notó que su boca dejaba de sangrar, levantó la cabeza con cautela, no quería comerse otra piedra.
- ¿Chappy? ¿Qué mierda de nombre es ese para una mascota? - refunfuñó por lo bajini.
- ¿Cómo? - preguntó la samurái con una promesa de muerte en la cara.
- ¡Nada, nada!
Durante varios minutos, siguieron su camino en apacible silencio. Simplemente disfrutando del paseo y la buena compañía. Pero, para fastidio de ambos, el plácido momento se rompió con el pitido de un móvil.
Rukia tardó un tiempo en descolgar el aparato, todavía era muy novata en eso de la tecnología.
- ¿Vas a descolgar algún día o qué? - gruñó él.
- ¡Cállate! Lo haré cuando yo quiera. - Respondió ella, justo antes de lograr leer el mensaje en la pantalla.
Ichigo se mantuvo tenso y muy atento a la reacción de la chica, quien permanecía en silencio y sin expresión en el rostro. Cuando no aguantó más la incertidumbre, preguntó:
- ¿Y bien? ¿Qué pasa?
- Nada importante. Aun así, debo irme, Ichigo. - Le dijo. Cogió la jaula para conejos que el estudiante llevaba en la mano y metió a su adorada mascota.
- ¿Mmm? ¿Otra vez Abarai? - la interrogó él, sin poder tragarse el rencor que le inundaba el alma. Entonces, bufó. - ¿Qué le pasa a ese? ¿Se cree tu perro guardián o qué?
A Rukia no le pasó inadvertido el tono ponzoñoso con el que Ichigo se refería a Renji.
¡Por más que lo intentara, no comprendía la animadversión que el objetivo le tenía a su compañero! Sólo habían hablado una vez desde que la misión comenzara, y sin embargo, juraría que a ninguno de los dos le importaría lo más mínimo la repentina muerte del otro.
- No es Renji. - Se limitó a decir ella, antes de volver la vista a la pantalla. ¡Joder! Algo muy malo estaba ocurriendo si Yumichika le enviaba un mensaje exigiendo su presencia inmediata.
- Ah. - Ichigo se relajó. - Menos mal. - Soltó incapaz de detener a su incauta lengua. Para su horror, el comentario llamó de nuevo la atención de la morena.
- ¿Por qué te preocupa tanto, Kurosaki?
Él no se dejó engañar por el azucarado tono de su vocecita, a pesar de aparentar indiferencia, Rukia mostraba gran interés por su próxima declaración.
Cuidado Ichigo, se dijo, mucho cuidado con lo que alegas.
- Pues porque... - "Porque estás celoso, y no aguantas que otro ocupe tu lugar al lado de Kuchiki". Se apresuró a desechar esos absurdos pensamientos y buscó, agobiado, otra excusa. ¡Claro que no estaba celoso! ¡Qué estupidez! - ... Porque... ¡no me fío de él! Fíjate bien, ese melenudo parece un yakuza.
- ¡Jajaja!
Pasmado, Kurosaki contempló, totalmente mudo por la vergüenza, el ataque de risa Kuchiki.
Tras varios segundos de diversión, Rukia se vio con fuerzas para hablar. ¡Kami, si hasta tenía el estómago dolorido!
- ¡Jajaja! ¿Un yakuza? ¡jaja! ¡¿Renji? ¡jajaja! ¿Lo dices en serio?
Carcomido por la ira, el bochorno y los celos, Ichigo estalló.
- ¿De qué te ríes, estúpida? - gritó - ¡No estoy diciendo ninguna locura! Solo hay que mirarlo para darse cuenta. No entiendo tu reacción. - acusó.
Ahora más seria, Rukia comprendió que era un tema muy espinoso. Renji era su amigo de toda la vida, su hermano. ¿Cómo no iba a defenderle? Pero, por supuesto, no podía contarle eso al objetivo, y tampoco podía dejarlo estar, ya que, si el pelirrojo desconfiaba de Renji y decidía investigar, se arriesgarían a que descubriese toda la verdad. ¡Maldición! Necesitaba una coartada.
- Es... es que... - su cerebro de artista se puso en marcha - ¡Abarai en mi novio!
Cuatro días antes...
En el gran comedor de la mansión Kuchiki el ambiente no podía estar más tenso.
Un desazogado Byakuya presidía la mesa. Ukitake y Retsu, sentados cada uno a un lado del líder, aguardaban, entre eufóricos y alborozados, el veredicto del jefe.
La pareja se sentía como un par de adolescentes que se hubiesen fugado para casarse, contradiciendo así los deseos de sus padres. Lo cual era ridículo, teniendo en cuenta que ambos aventajaban en edad al líder del clan.
Notando la poca disposición de Byakuya para hablar, Ukitake se decidió a romper el hielo.
- Eeeh... - carraspeó - Byakuya... ¿querías algo? - La única respuesta de Kuchiki, fue una pétrea y espeluznante mirada. - Lo digo porque... me encantaría saber la razón de tu... fortuita visita a mi dormitorio esta mañana... - el nuevo intento para entablar conversación de Jūshirō quedó silenciado por una nueva mirada del jefe. Ukitake tragó con cierta dificultad. ¿Cuándo había sido la última vez que viera salir llamas despedidas por los ojos de su amigo?
- ¿Oh? ¿Tu dormitorio, has dicho? - por fin, Byakuya se dignó a abrir la boca. Aunque Ukitake hubiese jurado que, más que hablar, el líder le estaba gruñendo - ¡Vaya! Creí haberme equivocado de habitación cuando, en vez de encontrarme a uno de mis samuráis descansando, me encontré a mi hermana semidesnuda y metida en la cama. - La sarcástica respuesta, que había comenzado en un susurro, había ido aumentando en volumen.
- ¡Byakuya! - Por primera vez desde la humillante situación vivida esa mañana, la hermosa y discreta dama intervino. Tenía los pómulos rabiosamente colorados, en parte por la indignación y en parte por las vergonzosas palabras de su hermano menor. - ¿Cómo te atreves a regañarme de esa forma? ¿Quién te has creído que eres?
- ¿Tu hermano? ¿Tu líder? Sólo por eso me debes respeto. - Replicó el susodicho.
- ¡Pfff! ¡Por favor, Byaku! No digas tonterías. Recuerda que estás hablando con la mujer que te cambió los pañales más de una vez cuando eras niño.
- ¡Ya basta! - la cortó él. Airado, se levantó bruscamente de su asiento, algo nada común en él, lo que indicaba lo alterado que estaba. Inspiró hondo, tratando de recuperar la calma. Sólo cuando creyó haber apaciguado sus ansias de matar, se dirigió al samurái de blanca cabellera. - Espero, por tu bien, que hagas lo correcto. - Y salió, solemne, del comedor.
Al cerrar las puertas, Byakuya pudo escuchar las amortiguadas risitas de los tontos enamorados. El moreno rotó los ojos, hastiado.
Bueno, debía reconocer que Ukitake no sería tan mal cuñado. Teniendo en cuenta lo independiente y terca que era su hermana mayor, el elegido podría haber sido muchísimo menos recomendable.
Suspiró, cansado. Al menos le quedaba Rukia. La siempre buena y leal Rukia. Ella nunca se descarriaba, nunca lo desafiaba. Y por supuesto, el no dejaría que ocurriese, jamás.
Miró su reloj. Las cuatro y cuarto. Bien. Llegaría a tiempo a su cita.
Para cuando llegó al despacho, sus eminentes invitados ya lo estaban aguardando.
- Disculpad mi tardanza. Tuve... un pequeño contratiempo. - susurró con resquemor.
- No se disculpe jefe. – Terció, con voz chillona y alegre, una de sus visitantes. - ¡No tenemos ninguna prisa!
- ¡Matsumoto! - le amonestó colérico su acompañante.
- Pero, ¡capitán! ¡Sabe que es cierto!
- ¡Cierra el pico! ¿Cuántas veces te tengo que decir que no hables hasta que se te ordene?
Por más años que pasaran, Byakuya nunca entendería cómo esos dos, siendo tan dispares, trabajaban tan bien juntos.
Se fijó en el atractivo adolescente de cabello albino e impactantes ojos turquesas. A pesar de su juventud, ése reservado y disciplinado muchacho pertenecía a la élite de los samuráis. Y lo más increíble; se había ganado el puesto por méritos propios, algo harto admirable.
Sin duda, era merecedor de su confianza.
Aunque, la mujer... la locura de esa exuberante fémina era legendaria. Sin embargo, más legendaria era su fidelidad hacia el joven capitán.
Por eso los había llamado. Su ayuda era imperiosa.
Tosió para hacerse notar. Una vez que los samuráis interrumpieron su disputa, anunció:
- He solicitado vuestra presencia para encomendaros una importante misión. - Observó que los guerreros se ponían inmediatamente alerta y recuperaban la seriedad. - Doy por sentado que conocéis la labor de vuestros compañeros el Karakura. - Esperó a que lo confirmaran. - Bien. Recientemente, uno de los miembros de la misión ha sido atacado a traición por una banda de asesinos.
- ¿Quién ha sido atacado?
- ¿Qué banda?
Las preguntas se entremezclaron. El adolescente miró a su subordinada de tal forma que entendiera lo mucho que le fastidiaba su interrupción.
- ¿Qué banda? - repitió el capitán.
Muy a su pesar, Byakuya tuvo que reconocer que la extraña pareja de guerreros resultaba bastante cómica.
- "Los Arrancar".
Bastó ese nombre para que el capitán entendiera la gravedad de la situación.
- ¿Y quieres que nos traslademos a Karakura para supervisar la misión?
- En efecto. Cuento contigo, Hitsugaya.
- ¿Qué ocurre, muchachos? ¿A qué viene tanta prisa? - exigió saber Rukia que, tras haberse alejado de un enloquecido Ichigo, se había pegado la mayor carrera de su vida. Al parar, se llevó asustada una mano a la boca temiendo que se le saliese un pulmón. Tardó un rato en recuperar las formas. - Más vale que sea importante, porque he tenido que dejar al objetivo solo. Y creedme, el reencuentro no va a ser fácil. - Declaró mientras recordaba lo enfurecido que Ichigo se había puesto tras su mentira. ¿Qué le pasaba a ese tipo? ¿Sería que no se lo había tragado? ¿Estaría así de enfadado porque sabía que ella se lo había inventado todo? ¡Kami! Esperaba que no.
El bello Yumichika se bajó del columpio sobre el que estaba subido, para explicarse. Y no, a Rukia no le había sorprendido el lugar de reunión que los chicos habían elegido; el parque próximo a la universidad de medicina. Si se hubiesen quedado en la residencia de Urahara, donde residirían el tiempo que durase la misión, corrían el riesgo de que el viejo cotilla escuchase todo y se soltase de la lengua.
- Verás Kuchiki. Aqui, la bola de billar sufre de alucinaciones. - Dijo el Adonis, refiriéndose a su mejor amigo, Ikkaku.
- ¡¿Pero tú qué dices, idiota? - aulló el calvo, más que dispuesto a empezar una pelea - Como vuelvas a llamarme así, te dejo sin el día del padre con un golpe de espada. Y de alucinaciones, nada. Estoy seguro de ello.
- ¿Y no será que, al estar con tu novia, la sangre de tu cabeza estaba concentrada en otro sitio y te equivocaste? - contraatacó Yumichika.
Gracias a la ilustración del presumido samurái, el rostro de Madarame se volvió tan rojo que el rubor le llegó a la calva.
- ¡¿Qué? - rugió Ikkaku, atragantado con la indignación. - Para empezar, no es mi novia. Y si estaba con ella, es porque no me la puedo despegar ni con espátula. ¡Así que no digas más estupideces! ¡Yo sé lo que vi!
Rukia apretó fuertemente los dientes para evitar dejarse llevar por el mal humor y cometer un doble homicidio.
- ¿Y para esto me habéis llamado? - musitó.
De repente, un movimiento captado por el rabillo del ojo la hizo volverse hacia el lado del tobogán. Allí estaba Renji, que se había mantenido en un discreto segundo plano hasta ese momento. La samurái estuvo a punto de gritarle por no haberse hecho notar pero, la grave expresión de su amigo cortó su incipiente riña.
- ¿Qué pasa, Renji? - preguntó en su lugar.
Éste se la quedó mirando, taciturno. Al final, dijo:
- Me temo que esto es serio, Rukia. - Ikkaku y Yumichika, que para entonces habían dejado de luchar, se acercaron a escuchar. - Si lo que Madarame dice es cierto, esto podría escaparse de nuestro control.
- ¿Qué quieres decir?
- "Los shinigamis". - Intercedió Ikkaku.
- ¿"Los shinigamis" ? - Rukia estaba perpleja. "Los shinigamis". Los ángeles de la muerte. Así se les llamaba al selecto grupo formado por los mejores y más diestros samuráis del clan Kuchiki. Eran silenciosos. Eran letales. Incluso corría el rumor de que en realidad, "Los shinigamis" eran almas en pena que vagaban por el mundo a la espera de ser nombrados tres veces, ya que sólo así se les podría invocar. Y, una vez que se les hubiera invocado, nada ni nadie estaría a salvo de sus mortíferas espadas. - ¿Qué pasa con ellos?
- Están aquí. - Comunicó el pelirrojo.
- ¿Qué? ¿Estáis de broma?
- ¿Lo veis? - preguntó Yumichika, tomando otra vez la palabra. - No soy el único en darme cuenta de que esto es una soberana gilipollez. Kuchiki también lo cree y con razón. ¿Por qué iban a venir "Los shinigamis" a esta ciudad sin clase?
- Pues quizá sea porque esta misión es más peligrosa de lo que creíamos. - Contestó el calvo.
Yumichia soltó un bufido, antes de decir:
- ¡Ya! ¡Claro! ¡Y los elefantes vuelan! - todavía escéptico, se encaminó a la salida del parque - Yo me largo. Mis hermosos oídos se cansaron de escuchar tanta tontería. Llamadme cuando tengáis algo bueno que contarme.
- ¡Ey! ¡Espera, imbécil! - exigió Ikkaku alejándose tras su amigo. - ¡No hemos terminado!
Por último, sólo quedaron Rukia y Renji, que permanecían mudos, sin saber qué decir.
- ¿Tu qué opinas, Rukia? - preguntó indeciso Renji.
- No lo sé... - trataba de ser cauta. Al fin y al cabo, Ikkaku Madarame era un gran guerrero, puede que un poco alocado y sádico, pero se tomaba su trabajo muy en serio. No se equivocaría en algo tan importante, por muy enamorado que estuviese. - Lo mejor que podemos hacer, es mantenernos atentos. Si Madarame está en lo cierto, puede que tengamos problemas.
- ¿Puede? - repitió su compañero, incrédulo.
- Bueno, vale... - exhaló - Estaremos jodidos.
Esa misma tarde, sobre el tejado de la mansión Kurosaki...
- ¿Capitán? ¿Ya me ha perdonado? - lloriqueó la despampanante rubia.
- ¡Cállate, estúpida! - Ordenó el joven Hitsugaya, rojo de ira. - Por tu culpa casi nos descubren. Ese memo de Madarame fijo que sospecha algo. - Acusó a su subalterna - ¡Qué vergüenza! En todo el tiempo que llevo siendo un shinigami, nunca me había pasada algo parecido. - Siguió refunfuñado entre dientes - Si no fueras mi tía y, por lo tanto, mi única familia, renunciaría a ti y te despediría.
No era la primera vez que su sobrino le soltaba una bravata semejante, la costumbre hizo que Rangiku Matsumoto desechara, totalmente despreocupada, las amenazas de su capitán. En cambio, trató de mejorar su humor.
- Estoy segura de que ese samurái de tres al cuarto no se dio cuenta de nada, capitán. - Aseguró - ¡Tranquilícese! Incluso si sospechase, ¡nadie le creería! Después de todo, somos una leyenda, un shinigami nunca se rebajaría a visitar un lugar como este.
Visiblemente más tranquilo, Hitsugaya replicó:
- Por tu bien, Matsumoto, espero que tengas razón.
