Hola! Pues aqui está el nuevo capítulo, gracias a por sus coments, Allison Marie Malfoy-Black, olibe, xonyaa11, Adriana11, Natasha Granger, DarySnape y Sherezade89, os lo agradezco guapas, espero que os guste! el domingo entramos en una nueva fase de la historia que se centra más den Draco y Harry, un beso y gracias por estar ahi!
Lujuria
Está atrapado, hay una insana oscuridad rojiza que le altera el curso de la sangre en las venas. Parece que palpitan mientras se llenan de lava, rugen ardientes, quemándole. James nota cada ínfima parte de su cuerpo excitarse, alerta, estimulado más allá de lo posible. Se gira pero es como moverse en un sueño, su mente avanza pero las piernas no le responden. Sabe que le observan y su primera intención es encararle, pero no es capaz, así que durante un agónico segundo, cree que se ha quedado ciego. Luego nota la seda contra sus párpados, el delicado perfume envolviéndole, fresco, con un deje acre y seco, semejante a alguna hierba recién cortada.
—Suéltame, esto no es gracioso —exige cuando es capaz de encontrar su voz. ¿Y si se ha equivocado? ¿Y si no era a él, a ellos, a los que seguía? Cuando sus pies empezaron a caminar detrás de Scorp y Rose no pensaba con claridad, sus celos hablaban por él.
—No pretendo que lo sea. —La voz ronca, le llega desde la derecha, pero aquel maldito encantamiento le tiene sujeto, como si se encontrase suspendido, consciente de su organismo pero sin ser capaz de reaccionar. Respira con fuerza, notando el sudor resbalar por su frente, escociendo en su cara, empapándole el cuello de la camisa azul oscuro que viste. El tono reverbera en el centro de su pecho. Es más viril que la última vez que le escuchó y para su horror ese hecho le llena de una caliente e inquietante sensación. Su vientre late y nota los pantalones más ajustados. Forcejea pugnando por soltarse, pero sólo consigue que Scorp le sostenga por las caderas y que la red que le tiene atrapado se vuelva más sólida. Las manos del muchacho parecen estar gélidas en comparación con su carne, lo que le hace estremecerse. A pesar de que no puede ver, cierra los párpados bajo la tela y respira hondo en busca de un sosiego que se le escapa. El cuarto está cálido y hay un ligero aroma dulce, que le recuerda a bizcochos, a vainilla, quizás algo picante también. Cegado, el resto de sus sentidos se acentúa y no sólo es capaz de percibir el movimiento a su espalda, sino los levísimos ecos de pasos, un chasquido, la magia vibrando a su alrededor creando un diminuto y frío remolino.
—¿Qué estás haciendo? —pregunta con la garganta tensa.
—¿Sabes...? —La voz de Scorp suena ahora a su izquierda. Se gira instintivamente y esos labios con los que ha soñado hasta hartarse le tocan. Se eriza entero, y ansía más, con tantas ganas que le duele, casi no escucha el resto, su cerebro embotado por la sensación de crudo placer que le avasalla—. Había pensado dejarte aquí, quizás un par de horas, sólo por demostrarte que ahora tú y yo somos iguales, que jamás vas a poder despreciarme otra vez...
—¡Oye, yo nunca te he despreciado!
El seco chasquido en la nalga cubierta por la fina tela de sus boxer le pica, se aleja sorprendido. Ni siquiera ha sido realmente consciente de que está casi desnudo hasta que la palma ha impactado con fuerza en la carne.
—No me interrumpas —ordena, la lengua un poco áspera roza su lóbulo, juguetona, y esa mano aprieta la zona maltratada, provocando más dolor. Sin saber cómo, se encuentra lamentándose en voz baja—. Te decía que ahora somos iguales, ambos magos adultos, no vas a intimidarme más, Potter. Pero... —De nuevo esos labios, calientes, seda viva en su cuello, dientes erizándole la piel y sus manos provocándole un exquisito picotazo de fuego, gime de nuevo, esta vez un poco más alto—. Pero... estás tan bueno, James... y yo soy tan débil contigo. Odio eso, que consigas hacerme caer... siempre.
Unos largos dedos se enredan en los cabellos húmedos que se le rizan en la nuca y tiran, lo bastante contundentes para hacerle daño, obligándole a inclinar hacia atrás la cabeza. Se arquea bajo la sensualidad de ese aliento candente que se derrama en la piel de su garganta antes de propinarle un mordisco. Se obliga a luchar, a moverse, a negar que esa mezcla caótica de goce y dolor está consiguiendo que se endurezca como nunca antes.
—Suéltame, Scorp... —pide. Odia lo desvalida que suena su voz, odia el ramalazo que le sube desde la planta de los pies, haciéndole ruborizarse, odia saber que le tiene a su merced y odia que lo esté doblegando y que eso le esté gustando.
—No... —responde. Baja hasta descansar la boca abierta sobre el hueco donde el cuello se une al hombro, chupa, lame y succiona con fuerza. Le muerde hasta que el pelirrojo sabe que va a tener una huella en ese punto, sobre su piel. Saberse marcado por Scorpius le resulta oscuramente erótico. Le tiemblan las piernas por el deseo, quiere más y no sabe cómo pedirlo, ni como luchar contra el brutal calor que brota en sus entrañas, a borbotones—. No te voy a dejar... no hasta que reconozcas en voz alta que te gusta esto. Porque te gusta, ¿no es cierto, Jamie? Apuesto lo que quieras, a que si te toco, estarás tan duro como una piedra.
Aprieta los labios, no esperaba sentir aquella humillación al saber que todo ese teatro no era por verdadero deseo hacia él, sino que tiene que ver con someterle, con darle algo de su propia medicina. Se afana, intentando apartarse mientras las ligaduras estrangulan con fuerza sus muñecas, chispazos de dolor que hacen tensarse sus brazos.
—Espera sentado, gilipollas —escupe. Él no está preocupado, se repite, es Scorp, sólo un niño. Pero el cuerpo que se aprieta contra su espalda es sólido, músculo y tendón, nervudo, masculino, tan fuerte como el suyo. La idea le llena de una lujuria que le hace jadear con desespero. Quiere, necesita acercarse más a aquella pelvis que se frota con descaro contra sus nalgas y apartarle, todo al mismo tiempo.
Un nuevo golpe, seco y decidido, que le hace maldecir por lo bajo mientras masculla el primer hechizo que se le ocurre en un intento de atraer su varita, que parece no responderle.
—Este conjuro es magnífico —explica; yemas andarinas que rozan sus pezones, tiene que morderse un labio para no pedirle que siga, que haga algo más, lo que sea, que eso es insuficiente. El ligero pellizco le provoca un vuelco en el estómago—. Cuanto más luchas contra él, más sólido se hace y sólo la persona que lo ha creado puede disolverlo por completo y manipularlo a voluntad. Brillante, ¿verdad?
—Me importa un huevo —resuella.
—Eres tan orgulloso —tararea—, sigues creyendo tus propias mentiras...el hijo del héroe...que gran embuste eres Jamie...
—¿Qué quieres...? —indaga, esos labios ahora han bajado, le acarician sobre la tela de la camisa desabotonada. Nota los escalofríos de placer torturándole.
—Quiero que seas sincero —musita en su oído, mientras se endereza, hay un beso diminuto, un suspiro—. Voy a hacer que me lo pidas... que reconozcas que quieres que te folle.
—¡Estás loco! —farfulla temblando, porque, por Merlín, que siente que el cuerpo varonil que le tiene preso le está robando la voluntad. No va a rogar por nada.
—¿De verdad? —Un chasquido y nota cómo como el resto de su ropa se desvanece, protesta antes de sentir una nueva palmada en su glúteo, que arde en lentas y enervantes oleadas—. Porque yo creo que lo harás.
Algo tierno y húmedo se aplana contra la parte baja de su espalda. Gime con fuerza al sentir como unos dedos inquisitivos separan sus glúteos, y hay más suavidad empapada, y ese aliento está vulnerando lo más íntimo de su cuerpo. Quisiera poder abrir los ojos, centrarse en otra cosa y dejar de notar aquellas caricias con tanta intensidad. Gimotea, negando, maldiciendo, mientras esa lengua toca y toca, y toca, rueda una y otra vez, y hay una palma que le acuna los testículos, y siente que cae, que todo esa capacidad de reacción, que toda esa seguridad, que todo ese deseo de control se diluye. Con cada lamento, James sabe que se libera, con cada quejido comprende que esa máscara que tanto le pesa se resquebraja. Bajo el toque de esa boca es sólo un hombre ansiando conseguir más placer de la persona que ama. A pesar de ello, lucha negándose a rendir una parte tan íntima de su alma. Tras sus párpados apretados, casi es capaz de ver a Scorp, arrodillado, mimando con pasión cada minúscula porción de piel a su alcance. Y su entrepierna duele, hiere, porque necesita más.
—Hueles tan bien —susurra el Ravenclaw—, he pasado meses intentando recordar esto. Hace tanto de aquella tarde, no te imaginas la de veces que me he masturbado pensando en el modo en que me mamaste, James... tan insaciable, tan libre. He soñado con esto, cada día, cada noche desde entonces... y tú me lo has negado. ¿Cómo vas a pagarme por toda esa frustración Jamie?
Esa carne mojada y hábil le invade, se eriza mientras Scorpius le penetra. Pero el placer es explosivo, le aturde con tanta intensidad que sólo es capaz de permanecer pasivo y dejarse hacer. Se humedece los labios resecos mientras los aguijonazos de dicha se multiplican. Nota los dulces quejidos de Scorp contra sus nalgas, las mejillas ásperas rozando su sensible trasero, los mordiscos, la suavidad de esas caricias; dentro, fuera, dentro, fuera, giran, pulsan, succionan su entrada, se lo está comiendo y él sólo es capaz de temblar como una hoja, sollozando cada vez más alto, porque con cada nuevo toque en su pasadizo, entiende que está más cerca de conseguir el mejor orgasmo de su vida. Le laten el vientre y los testículos, si simplemente, le tocase, acabaría corriéndose como un animal. Lo sabe, está en la frontera misma, tan próximo que si la invasión fuese más contundente... un poco más... un poco más... más... Grita, y se da cuenta que está llorando mientras sus caderas buscan hacer profundo aquel contacto, desesperado por ese clímax. Y la boca que le está devorando cesa su tortura y la pérdida es tan dolorosa que ni siquiera le da vergüenza notar como las lágrimas empapan la tela que le cubre los párpados. Ruge, fuera de control.
—Dilo —murmura en su oído, inmisericorde.
—¡No! —masculla. La seda cae y la escasa luz anaranjada que le recibe le hace lagrimear con más fuerza.
—¡Dilo! —ordena, sus dedos se enredan en los mechones mientras lame la abundante humedad que empapa sus mejillas.
—¡No! —repite con la voz rota. Merlín, la cabeza le da vueltas por al ansia de que le bese. Necesita que le bese...
—Dilo y te follaré tanto y tan fuerte como desees, James, hasta que no me quede nada por darte. Dilo... y seré completamente tuyo. —Scorpius asalta sus labios. Su boca sabe a almizcle, salada y amarga, sabe a él. James quisiera poder sostenerle de los cabellos y rendirle, pero es incapaz, tira con fuerza, ansiando romper las ataduras mágicas que le restringen. Lame esos labios gruesos e inflamados que le hacen sentirse ebrio de lascivia. Su pene late, errático, suplicando por un goce que Scorp le ha negado demasiado tiempo. Le pulsan las entrañas, y añora sentirse lleno por esa lengua que ahora lucha contra la suya. Está perdido.
—Sí —admite entre besos necesitados—, sí... sí... sí... tú ganas... ¿me oyes? Siempre has ganado, maldito cabrón... no tienes que hacer nada para ponerme de rodillas... porque siempre lo he estado...
Los ojos celestes parecen púrpuras en esa rojiza semioscuridad. El cabello plateado le cubre los rasgos y James, frustrado, desea poder tomarle entre sus brazos. Se muerde un labio al verle despojarse de las prendas que aún le quedan, una a una, lenta y tortuosamente, y le duele la entrepierna, nota los testículos tan apretados como piedras contra su bajo vientre. Gimotea en voz alta al contemplarle rodeándole, admirando su cuerpo, creando patrones en su pecho, en sus brazos, en su espalda sudada. Contiene el aliento cuando deja de verle y comprende que se ha arrodillado de nuevo. El aroma a vainilla se intensifica mientras esa preciosa boca le hace delirar otra vez. Apenas percibe el primer dedo; es lento y cuidadoso y la leve succión que Scorp le está prodigando a su pene le impide racionalizar lo que pasa. Se tensa por puro acto reflejo, apresando ese dígito entre sus paredes. Jadea, suda, mira a su alrededor, no quiere follar de pie, quiere tumbarse, porque las rodillas le tiemblan, pero tampoco desea que se detenga, se siente tan bien... abre los muslos y usando esa red mágica como apoyo, se expone con un suspiro, empuja las nalgas en dirección a su amante, inclinando el pecho cuanto puede.
—Si... —repite, cerrando los ojos. Y esos labios peregrinos recorren su espalda y siente una nueva presión, y pica y duele, pero sus dientes le están mordiendo, y su voz está hablándole, mientras su saliva le empapa y él sólo es capaz de dejarse caer y gritar, y asentir, y darse y rendirse y decir que sí, que con Scorpius siempre fue sí.
—Merlín... qué que precioso eres, James —alaba mientras le besa por última vez antes de empujarse en su interior.
Es raro, se siente lleno, casi como si su piel fuese a estallar. Le nota entrar, una presencia caliente, rígida y gruesa, que le lleva al límite. Jadea, porque las piernas le fallan y si no se pone de rodillas hará el mayor de los ridículos. Está muerto de miedo, pero no quiere que se detenga, se siente extraño, como si de pronto le apeteciese comer algo que no le gusta. No quiere seguir, pero tampoco quiere detenerse. Hay algo urgente, que late y pide por ser resuelto. Se empuja con fuerza contra el pubis de Scorp, hasta que cree que le va a partir en dos y se sorprende, porque está disfrutando de ese agudo tormento, lo bastante como para girar las caderas y repetir y oh Merlín, Scorpius está tan caliente, es grande, duro, satisfactorio y le estira y le gusta, le gusta, le gusta... y suspira por más de eso.
—Scorp —susurra, necesita saber que no está solo. Tiembla tanto, joder, que las lágrimas que no sabe que está derramando le impiden ver con claridad. Entonces los brazos del Ravenclaw le ciñen mientras al fin, ah Morgana, al fin, empieza a moverse cadencioso, casi dulce y su cuerpo reacciona, al principio con timidez, es una especie de calambre que le hace gemir sorprendido. Mezcla de dolor y pura dicha—. Scorpius...
—Madre mía, James... —Su voz está rara, aguda, estrangulada, quiere reír, pero de nuevo, esa ola de calor le recorre y lloriquea, porque los dedos se le enroscan sin querer, porque la caricia del aliento de Malfoy en la nuca le estremece. Gira el rostro y se enredan en un torpe beso lleno de saliva y dientes. Cada golpe en su cuerpo percute y le hace girar, y moverse, en un ritmo desconocido pero que le hace sentir dolorosamente pleno. El sudor se mezcla con las lágrimas mientras hacen el amor, esa idea le sacude; están haciendo el amor, pero cada envite dentro de sí le aleja de la realidad con una eficacia abrumadora. Le duelen los brazos, los muslos, pero cuando le nota crecer, corcovear y sollozar, abrazándole, algo se le rompe dentro y le busca, necesitando llegar al final. Las cálidas oleadas viscosas fluyen en sus entrañas, boquea, pide, pronuncia palabras que jamás recordará y a su vez cae, cae, sigue cayendo en una furiosa culminación. El aliento de Scorp en su cuello, sus manos que le aferran, el liquido placer que le inunda mientras eyacula, intensos, cada latido le estremece, desde los dedos de los pies hasta traspasarle en lentas oleadas, ecos cada vez más efímeros. Perfecto. Siempre supo que juntos serían perfectos.
Y el el próximo...
—Claro que lo sé, ¿no les envidias, Potter? Hubiese dado lo que fuese por poder disfrutar de lo que ellos a su edad. ¿Tú no? —Una ceja rubia se arquea sardónica. Maldición, era él quien parecía tener diecisiete jodidos años, necesita de toda su fuerza de voluntad para no gemir como una puñetera niña.
