7 – Celos
Mi nombre es Sirius Black, y soy uno de los más talentosos magos que jamás hayan pasado por Hogwarts (ni que decir que el más atractivo). Moreno, ojos grises y sonrisa seductora. Pero no voy a hablar de mí –a pesar de lo que repita Evans, SÍ soy capaz de hacerlo-, sino de mis dos mejores amigos: James y Remus.
James es mi mejor amigo, mi hermano, mi camarada, Prongs. El alma de los Merodeadores, Gryffindor entre Gryffindors. En definitiva, James es JAMES, punto. Y en este momento tengo unos deseos inmensos de matarle.
Matarle, descuartizarle, robarle la escoba o prepararle una cita a ciegas con Snape. Porque –y esto NO da la razón a Lily, solamente que es necesario para narrar los hechos- yo, Sirius Orión Black, por primera vez en mi vida, estoy celoso. Pero no celoso por cualquiera de las fulanas de esta escuela, o de que alguna de ellas fuera a robarme a mis amigos (si soporté y pude encariñarme con la pelirroja, aguanto lo que me echen), no. Esto es mucho peor. El horror de los horrores, el Ragnarok entre los Apocalipsis. YO, Sirius Black, estoy celoso de mi amigo. Celoso de James. Celoso por Remus.
Remus también es mi mejor amigo. En un principio era el padre que nunca tuve –porque eso no fue un padre-; después pasó a algo diferente, pero no mi hermano porque ese puesto ya estaba ocupado. Cuando me di cuenta de lo realmente tontas que son las chicas, empecé a flirtear con él. Y se daba cuenta, eso tenedlo por seguro, solo que le gustaba hacerse el interesante. Y que bien lo hacía. Por culpa de ese licántropo estúpido –ah, sí, se me olvidaba, Remus es un hombre lobo-, me humillé. Rompí mi máscara por él. Por primera –y única- vez me declaré a alguien. Por primera –y de nuevo única- vez pedí una oportunidad. Por primera –y desde luego no única- vez, besé a otro hombre. Y, joder, desde entonces no nos hemos despegado.
Pero hay un diminuto problema, una línea que no puedo traspasar para asesinar a aquellos que osen acercarse al lobito. La esfera que envuelve a Remus puede ser cruzada no tan solo por mí. Esos son los amigos. Amigos incondicionales, los pocos que conocen su secreto, merecedores de acercársele. Entre los cuales, para mi profunda desgracia, está James. Y cada amigo tiene espacios que otro no puede ocupar.
Y en ese espacio está James, mi mejor amigo, tirado en el sofá junto con Remus, mi novio, mientras que leen cursi y estúpida poesía muggle. Yo, claro está, no puedo acercarme, porque tengo un nombre –Sirius Orión Black- que proteger (y esa protección incluye el máximo alejamiento posible a tales ñoñerías). Además de que esa zona, está reservada. Y odio al estúpido Potter por ello.
Porque ha pasado algo. Hacerme el tonto no quiere decir que lo sea. Sé que pasó algo, y no son mis comunes paranoias. Lo supe el día que, después de leernos al tal Bécquer, subí antes que ellos a la habitación. El momento en que volvió con su cara de poker de siempre –pero que por primera vez no pude descifrar- seguido de James. El instante en que se coló entre mis sábanas para besarme, entregándome su alma, supe que había besado a alguien más. Y también supe que, extrañamente, no podía enfadarme.
No puedo enfadarme ni culpar a nadie. Al menos no a ellos. No puedo enfadarme porque son mis mejores amigos. Sé que no tiene sentido pero yo, Sirius Black, también hago cosas incoherentes en la vida.
Y aunque no me gusten las miradas, los comentarios sin maldad, cada uno de los instantes que comparten y que ignoran que conozca, no les reprocho nada. Ni les culpo, ni les separo, ni me alejo de ellos. Pero tampoco les hago saber lo que conozco. Definitivamente, soy idiota.
Así que solo me limito a morirme de celos, pensar venganzas que nunca cometeré y callarme. Callarme mientras ésos dos leen poesía.
Porque yo solo puedo hacer eso y tener celos –y darle la razón a Lily: no soy capaz de hablar de nada sin nombrarme a mí mismo.
