Capítulo VI:
Rose suspiró profundamente, tratando de recordar cómo se había metido en tamaño lío. Estudió detalladamente la puerta de madera maciza, frente a sí; y meditó seriamente, el salir corriendo lo más lejos posible.
Lucy. Bendita Lucy Weasley. La mataría. Si salía con vida de aquella casa, juraba que lo haría.
Volvió a respirar profundamente y los recuerdos de la noche anterior la golpearon bruscamente, obligándola a seguir, a tocar el timbre de la casa: a entrar.
-¡Es una maravilla, Rosie!-exclamó Dominique.
Dominique era una de sus primas mayores, no llegaba a los treinta y cinco. Rose siempre la había admirado por su fortaleza y confianza. Era, probablemente, la mujer más segura que nuestra protagonista haya conocido.
Por aquellos tiempos, Dominique llevaba su larga cabellera rubia, un tanto enmarañada; sus ojos azules, poseían esa madurez y feminidad que había logrado adquirir sólo después de haber dado a luz a su primer y único hijo; sus facciones, antes despreocupadas y traviesas, ahora eran duras y severas.
-Sí.-concedió Rose- Aunque, es una pena que no hayamos podido conseguir pasajes hasta dentro dos semanas. ¡Nuestro aniversario en es tres días!-exclamó, mientras miraba de reojo a Scorpius.
Las cosas entre ellos dos habían cambiado bastante en ese último tiempo, casi podía decirse que eran amigos. Muy buenos amigos.
-Eres tan afortunada, Rosie. ¡Lo que daría yo por un viaje así!-dejó escapar entre suspiros la rubia.
James, quien hasta ese momento había estado tocando la guitarra, la miró con un deje de picardía en los ojos. Ella negó fervientemente con la cabeza y exclamó:
-No, James. Ya te dije que no. Estás loco si piensas que voy a acompañarte a París para tu recital. Ese no es un buen ámbito para Jimie.
-¿El problema es quién cuide a Jimie?-preguntó Lucy con una sonrisa de esas que ponía siempre que ocultaba algo; y Rose escuchó esas palabras que, días después, frente a la puerta de madera maciza, maldeciría con todo su ser:- Eso no es problema. Rose podría cuidarlo. Son sólo unos días, ¿verdad? Estás metida todo el tiempo en casa, cariño-dijo, mientras miraba a Rose, con un tono tan amable, que era casi imposible mandarla a dónde no corresponde- te haría bien. ¿A que sí?
De pronto, todas las miradas se dirigieron a ella: la de Dominique, con ese halo de esperanza, pero a la vez, la pregunta bien presente en sus ojos; la de James, como pidiendo "por favor" a gritos pero sin decir nada; la de Scorpius que reflejaba el desconcierto total, pero aún así, a la expectativa; y la de Lucy. Una mirada sincera sin una pizca de actitud malintencionada, incitándola a hacer algo bueno. Y a Rose le fue imposible negarse, por más que no quisiera hacerlo, tuvo que entonar esa mentira que le salió casi natural de los labios "Sí, estaré encantada".
Y ahora, allí estaba. Frente a esa puerta que a cada segundo se hacía más y más grande, y Rose, más pequeña. Esa entrada que amenazaba con un desafiante "crúzame y veras", escrito por todas partes, en minúscula y cursiva redonda de maestra.
No supo cuándo ni cómo, pero en un parpadear de ojos, Dominique abrió la puerta, la hizo pasar, buscó su equipaje, se despidió de ambos y se fue con un "volveré pronto, cariño. A que ni te digas cuenta de mi ausencia". Rose no supo si el saludo era para ella o para el niño; tal vez, para los dos.
En cuanto Dominique cerró la puerta tras de sí, ellos se estudiaron recelosos. El niño la miraba con el ceño fruncido y los brazos cruzados en el pecho, parado en un rincón junto al sofá blanco, en la sala de estar. Y Rose, sentada con la espalda rígida pero los hombros a punto de encorvarse, le devolvía la misma mirada agria; lo observaba con cautela, esperando a que en cualquier momento el pequeño infante de no más de 1,20 m se lanzara hacia ella y tratara de quitarle los ojos, o algo parecido. Pasaron unos cuarenta minutos sin hacer nada más que observarse, queriendo matarse con la mirada y así, resolver el asunto, hasta que ambos decidieron ignorarse por el resto del día.
Durante el primer día, no se trataron más de lo estrictamente necesario: Rose hacía la comida y lo vigilaba de vez en cuando, sólo para ver que no hiciera lío; y él se quedaba en su habitación sin molestar.
Por la noche, se fijó que el niño estuviera durmiendo en su cama, se aseguró de la casa estuviera bien cerrada y se fue a dormir. Se hubiera sumido en un sueño profundo de no ser que el monstruito estuviera a su cargo, y que debía estar alerta.
Casi dos horas después de que se hubo dormido, sintió que algo o más bien alguien, la despertaba. Abrió los ojos y esperó a que la vista se le acostumbrara a la oscuridad. El único brillo de la habitación era la resplandeciente luz verde del reloj que reposaba en la mesa de noche: 1.32 am. Se fijó en ese pequeño bulto que se erguía frente a su cama.
-Tengo miedo. ¿Puedo dormir contigo?-preguntó el niño, tímidamente; con la expectativa bien presente en esos grandes ojos verdes, coronados de pestañas gruesas y largas que sólo añadían más intensidad a la súplica.
Rose lo miró un rato, todavía un poco dormida. Los niños le inspiraban cierta desconfianza, en general; pero, ante la pregunta tan sincera e infantil, le fue difícil negarse.
-Pero quédate quieto. Si me pateas una sola vez, te vuelves a tu cama.-lo amenazó, mientras se apartaba para ofrecerle un lugar al niño.
El infante no se movió en toda la noche, se quedó hecho una bolita en un rinconcito de la cama, sin embargo, Rose no pudo dormir.
El niño no era tan malo. Al fin y al cabo, había cumplido su parte del trato: no molestar. Hasta, casi era grato sentir el calor que emanaba de su cuerpo y casi no ocupaba espacio. Cada tanto emitía algún que otro ronquido suave a manera de suspiro, pero que lejos de resultar molesto, era tranquilizador. Era más que nada, un cuerpo pequeñito coronado de una gran melena cobriza, herencia inequívoca de los Weasley. Si lo pensaba mejor, hasta, tal vez, le gustara su compañía; le removía un sentimiento dormido en algún lugar de su memoria; un sentimiento protector y reconfortante, casi maternal. Es más, el niño no había molestado en todo el día. Había estado al margen; nada de gritos ni chillidos molestos, ni demandas de atención: Nada. Era un niño bastante independiente, ahora que lo pensaba.
Esa noche, no sólo cambió la relación entre Rose y el niño (que resultó llamarse James -"Jimie" para la familia y los amigos-, en honor a el mayor de los Potter, por ser mejor amigo de Dominique) sino también, su perspectiva sobre muchas cosas. Esa noche, que parecía una como cualquier otra, Rose descubrió que James Weasley, desde ese pequeño rinconcito en la cama, había logrado meterse en algún lugar perdido de su corazón; en alguna puntita, y se fue adentrando y expandiendo hasta lograr ocupar un puesto muy importante. Porque, tal vez, el problema, después de todo, no eran los niños; y, hasta, tal vez, sólo tal vez, le gustaban los niños. Esos a los que todavía les patinan las palabras y no logran pronunciar un "murciélago" decente y por eso, enternecen; esos que esbozaban sonrisas amplias y sinceras a cada mínimo detalle; esos que eran, justamente, como Jimie.
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Perdón. Pido mil disculpas por haber tardado tanto. Pero, en fin, aquí estoy, con un nuevo capítulo. Espero que les haya gustado. Lo tenía a medio escribir desde hace un tiempo, pero el muy pobrecito se quedó un poco olvidado. La idea nació de una noche en la que apareció mi hermanito de 4 años a preguntarme si podía dormir conmigo y resulta ser un acto muy tierno, que te dan ganas de abrazar al niño en cuestión y no soltarlo más.
En segundo lugar, me gustaría agradecer a todas las que dejaron reviews y a las que no, también, por el simple hecho de leer esta historia.
En fin, nos estamos acercando al final y prometo actualizar en el fin de semana, sin falta.
