Capítulo 5

Bella no era madrugadora. Normalmente necesitaba una ducha, dos tazas de café y un buen zarandeo en el autobús para espabilarse y por ello tenía por costumbre llegar a la oficina antes que los demás para calentar motores.

Como había tenido que levantarse una hora antes, tenía miedo de estar un poco distraída, pero en cuanto lo vio aparecer desde la ventana, despertó por completo.

A pesar del fresco aire matutino, no llevaba chaqueta, sino un suéter color crema que acentuaba su ancha y masculina espalda. Si tenía problemas con los madrugones, no había nada en su atlético caminar que lo delatara.

Bella fue a abrir la puerta.

En cuanto E. A. la vio, se volvió y le hizo señas al taxi que esperaba en la acera. El vehículo siguió su camino entre dos hileras de hermosas casas diseñadas al estilo Tudor.

—Pensé que podrías llevarme de vuelta —le dijo al entrar, a modo de saludo—. No te importa, ¿verdad?

Olía a jabón y a espuma de afeitar.

Bella cerró la puerta.

—Claro que no. Me estás haciendo un gran favor.

—Todavía no he hecho nada.

—Pero has venido.

Seguramente se habría acostado tarde la noche anterior, y sin embargo, había acudido a la reunión.

—Podemos ir a la oficina de Kay —dijo Bella, intentando no pensar en él y en Jessica—. Está por aquí.

Bella echó a andar y E. A. fue tras ella, admirando las bellas molduras del techo por el camino. El recibidor era pequeño y albergaba un sofá mullido y algunas sillas. Allí recibían a los visitantes que no deseaban ir más allá.

Había un intercomunicador en la pared, junto a una puerta. En cuanto Bella presionó el botón, se oyó una voz femenina.

—¿En qué puedo ayudarle?

—Soy Bella. El señor Masen está aquí.

Se oyó el pitido de un timbre eléctrico y la puerta se desbloqueó.

—¿Por qué bloquean al acceso?

—Así no se pierden los residentes.

Bella entró en un corto pasillo y esperó a que se cerrara la puerta antes de proseguir.

—Las otras puertas también están bloqueadas, a menos que den acceso al patio. Todo está vallado.

—¿Se pueden perder?

—Algunas de ellas sí. Por eso tuve que internar a mi abuela. Pensaba que todo iba bien hasta que empezó a escaparse mientras estaba en el trabajo. Hay personal las veinticuatro horas del día y los residentes llevan brazaletes de alarma. Así pueden moverse con total libertad por la propiedad, y el personal sabe si han salido fuera.

Cruzaron un gran arco que llevaba a un amplio salón.

—¿Siempre está tan tranquilo?

—Es pronto. Todos están durmiendo, o acaban de levantarse.

Mientras le hablaba, vio acercarse a la directora.

Kay Colman tenía cincuenta y tantos y llevaba el pelo recogido en una coleta rubia. No se molestaba en teñirse, ni tampoco llevaba maquillaje. Ese día llevaba una de sus típicas túnicas, una falda vaquera y una sonrisa sincera. Kay era lo que parecía: un espíritu generoso con un buen corazón.

Al ver el hombre que acompañaba a Bella, arqueó las cejas levemente.

—Bella. Hola —saludó a Edward y les condujo por una puerta cercana—. Por aquí.

Su oficina era pequeña. En el centro había un escritorio y había macetas de helechos sobre las estanterías de archivos. Bella se encargó de las presentaciones.

—Señor Masen. Es un placer.

—Llámeme Edward, por favor —dijo, estrechándole la mano—. Gracias por recibirnos tan temprano.

—No hay problema. Vivo aquí —a pesar de la sonrisa, parecía algo cansada—. Suelo estar en la cocina a las seis para ayudar a la cocinera, o si no ayudo al personal con las residentes. Algunas son madrugadoras. Me temo que os he hecho perder el tiempo. Bella, tendría que haberte llamado anoche. Tenía intención de hacerlo, pero una de nuestras residentes tuvo un problema y ya era medianoche cuando conseguimos calmarla. Volví a repasar las cifras después de hablar contigo. Te dije que necesitábamos unos cuarenta mil dólares. Aunque recortemos los gastos de obra, no podremos seguir abiertos —dijo, con pesar en la mirada—. Siento mucho haberos involucrado a ti y a tu…

—Cliente —se apresuró a decir Bella al verla vacilar—. Edward es cliente de la agencia.

—Disculpa —repitió, sacudiendo la cabeza—. Me lo dijiste anoche. ¿Verdad?

—¿Y por qué no es suficiente con recortar gastos? —dijo Edward de pronto.

Kay, que había sido enfermera geriátrica durante treinta años, y dirigido la residencia durante los últimos cinco años, miró a uno y a otro alternativamente.

Al darse cuenta de que Bella le había puesto al tanto de los problemas, señaló una carpeta que estaba en una esquina de su escritorio.

—Como le dije a Bella, debemos dinero de la hipoteca. Necesitamos veinte mil dólares para ponernos al día —reprimiendo un suspiro, se cruzó de brazos—. ¿Bella te ha contado algo?

—Todo lo que sé es que no quiere que su abuela se vaya a otra parte. En realidad, no quiere que nadie tenga que irse de aquí.

Kay miró a Bella.

—Te lo agradezco. Nadie quiere que cerremos, pero nadie ha podido encontrar la forma de impedirlo.

La directora volvió la vista hacia el hombre que tenía delante.

—Esta residencia fue creada por un hombre hace treinta años. No encontraba el lugar adecuado para dejar a su esposa y su anciana madre también necesitaba cuidados. Compró la casa y contrató al personal y a las enfermeras. En su testamento, nombró heredera a una sobrina. Ella la mantuvo en funcionamiento gracias a una larga lista de directores entre los que me encuentro. Él dejó directrices muy claras respecto a la gestión de la institución, pero cada vez se hace más difícil mantener el nivel. Yo estoy de acuerdo con ellos al cien por cien, pero estar a la altura nos ha costado una fortuna y hemos tenido que subvencionar lo que cobramos a nuestros residentes. La donación benéfica ha terminado. La dueña dice que ningún miembro de la familia tiene los medios o el interés de invertir en la residencia, y hemos pedido tantos préstamos sobre la hipoteca como eran posibles… Ahora somos del banco y sus representantes no hacen más que decirme que no están interesados en el negocio de los cuidados a los ancianos. Van a echar el cerrojo dentro de poco. En las últimas semanas he contactado con empresas que se ocupan de la gestión de estos centros para ver si alguna estaba interesada en comprarnos, pero somos demasiado pequeños, o nuestros gastos demasiados altos. Parece ser que no obtendrían los ingresos esperados. Los únicos que están interesados son particulares que quieren convertirla en una casa.

E. A. reparó en el mobiliario funcional de la habitación y después miró el trabajo de carpintería de las ventanas y puertas. No era difícil adivinar por qué estaban interesados los particulares. Desde el exterior, aquella casa de dos plantas con techo inclinado, armadura ornamental y ventanas con parteluz parecía tener una estructura sólida. No había nada en su exterior que indicara lo que albergaba.

—¿Qué reparaciones necesita la casa?

—Lo más importante es una calefacción nueva —contestó Kay—. También tiene problemas de fontanería. El entramado de tuberías es muy antiguo y hay una filtración entre el cuarto de baño del primer piso y el sótano. El inspector quiere que lo reparemos antes de que se vea la humedad. La obra implica tirar paredes para llegar a las tuberías. Además, necesitamos que reconstruyan una de las rampas para silla de ruedas del patio trasero. Llevamos tiempo sin usarla porque no tenemos residentes en silla de ruedas actualmente. También queríamos ampliar la terraza interior, en cuyo caso la rampa desaparecería, pero si sigue ahí, hay que repararla.

—¿Podría enseñarme dónde está la filtración?

—Por aquí —murmuró la directora y lo condujo hacia una puerta.

Bella fue tras ellos. No sabía por qué Edward se había tomado tantas molestias aunque no podía ofrecerles lo que necesitaban.

Todo estaba en silencio en el salón. Las sillas y los sofás parecían ser cómodos, y había mesas-tablero por doquier. Alguien había encendido la televisión y en ese momento estaba sonando el telediario de la mañana. Las cortinas estaban abiertas y dejaban ver un espacioso patio con huerto y jardín, árboles frutales e invernadero.

Se oían otras voces que llegaban hasta ellos por la puerta de la cocina. Jeanette, la risueña cocinera, estaba delante de los hornos, sacando magdalenas con aroma a manzana y canela.

En cuanto los vio entrar se fijó en el apuesto hombre que las acompañaba. En el medio de la habitación había tres ancianas con una joven morena. Estaban envolviendo cubiertos en servilletas para llevarlos a la mesa. Tina, la ayudante, y Edith Ross levantaron la vista. Ajena a todo, la anciana Arlene Newcomb siguió envolviendo cubiertos mientras no paraba de hablar.

Kay les ofreció una sonrisa rápida.

—Seguid con lo vuestro, señoras. El señor Masen sólo va a mirar las tuberías.

Edith arrugó el entrecejo a través de los bifocales.

—¿Qué ha dicho?

Arlene levantó la cabeza.

—¿Quién? —preguntó con voz temblorosa—. No he oído a nadie. Señorita… ¿Alguien ha dicho algo? —le preguntó a Tina mientras miraba a Edward—. ¿Quién es ése?

—El señor Masen —dijo la enfermera—. Creo que vino con Bella.

Arlene parecía confusa.

—¿El señor qué?

—Oh, Dios mío —Harriet se inclinó hacia la otra residente y subió la voz—. ¿Dónde tienes los audífonos?

Arlene se cubrió las orejas con las manos. A juzgar por su cara, había olvidado ponérselos.

Tina la agarró del brazo.

—Vamos a buscarlos.

—¿Está despierta mi abuela? —le preguntó Bella de pasada.

Tina dejó a las ancianas. Con una sonrisa disimulada y un pulgar arriba, le hizo saber lo bien que estaba su acompañante, y entonces le dijo que su abuela estaba pasando una buena mañana.

Poco después salieron al patio, ocupado por cuatro mesas de madera de frente al jardín.

—Abuela —dijo Bella.

Al oír a Bella, E. A. se dio la vuelta. Estaba examinando las paredes y el techo en busca de grietas y manchas de humedad. En una de las mesas había una señora con rizos de plata. Estaba vestida de rosa y tenía un bastón plateado. Una de las enfermeras estaba detrás de ella, ayudándola a sostener una taza de café entre las manos.

Bella miraba a la otra persona que estaba en la habitación: una anciana de pelo blanco en chándal morado que estaba colocando platos en la mesa más lejana.

E. A. nunca había tenido motivos para estar cerca de gente mayor, o de niños. Pero por lo que había visto hasta ese momento se parecían mucho. Sus conversaciones eran casi indescifrables, llevaban colores fuertes y algunos necesitaban más ayuda que otros.

Al darse cuenta de que la mujer de morado era Edna, se detuvo y le dijo a Kay que deseaba conocer a la abuela de Bella.

Bella vio moverse a Edward, pero no dejó de mirar a su abuela. Aquella señora de setenta y nueve años de edad solía llevar el pelo corto, y Bella la llevaba al salón de belleza cada seis semanas. Pero ella ya no era capaz de recordarlo, y tenía el cabello aplastado, sin vida. Tras los bifocales, unos ojos azules buscaban los de Bella.

—Estoy ayudando con el desayuno.

—Ya veo. ¿Sabes quién soy, abuela?

La señora arrugó el entrecejo.

—Bueno, claro que sí. ¿Es fin de semana? Has venido pronto.

Parecía lúcida ese día. Bella le dio un beso.

—Es jueves. He venido a enseñarle la residencia a una persona.

Edward se quedó donde estaba y Bella se lo presentó.

—Señora Moore —dijo E. A., notando mucha fuerza en su frágil mano al estrechársela—. Es un placer.

—¿Has dicho Edward? ¿Es un apellido?

E. A. abrió la boca y la cerró rápidamente. No lo sabía. No conocía a ningún Edward por la parte de su padre y de la parte materna no sabía nada (la razón de la pregunta de la abuela es porque el nombre original de Edward es Jared, me imagino que suena a apellido… xD). Todo lo que sabía de su nombre era que se había dado cuenta de que no le gustaba en tercer grado. No tuvo que molestarse en contestar a la pregunta. A Edna ya se le había olvidado.

—Bella, cariño, creo que deberíamos sentarnos y tomar un café. Oh, espera. Ya no tomo café. ¿Qué tomo ahora?

—Té verde.

—Entonces tomaré eso —le dio una palmadita a Edward en el brazo—. El café me pone nerviosa. No puedo tomarlo por la medicina del corazón —arrugó el ceño—. ¿O es por el diurético?

Bella la tomó de la mano.

—Abuela, lo siento. No tenemos tiempo hoy. Volveré.

—¿Traes a tu novio y no tienes tiempo de visitarme?

—No es mi novio…

Las arrugas de su entrecejo se hicieron más profundas. Edna miró a E. A. fijamente.

—¿Y por qué no?

Bella sintió el calor subiéndole por el cuello.

—¿Está casado? —insistió Edna—. ¿Estás casado?

—Ah…. No, señora. Yo no…

—¿Lo ves?

—Vamos, siéntate. Háblame de tu familia. Tu madre. ¿Te llevas bien con ella? Un hombre que se lleva bien con su madre es un buen marido. Deberías saberlo.

—Abuela, por favor —le dijo Bella en un susurro.

—Nunca conocí a mi madre, señora Moore. Me dejó con mi padre cuando tenía dos años.

—Entonces estás mejor sin ella. ¿Se volvió a casar tu padre?

—Sí —dijo con una media sonrisa—. Lo siento, señora Moore, pero no me puedo quedar mucho más. Tengo que comprobar algo —señaló la puerta que tenía a su espalda—. Y Bella tiene que volver al trabajo —se despidió con un gesto cortés y retrocedió—. Voy a ver a la directora.

—Gracias, Edward —murmuró Bella de camino al coche—. Te agradezco mucho que te hayas molestado en venir. Sé que Kay también te está muy agradecida.

Quedaban unos doce pasos hasta el coche. Antes de que Edward rodeara el vehículo y la hiciera esperar más, lo hizo detenerse poniéndole una mano en el brazo.

El fresco de la mañana llenó sus pulmones.

—Siento lo de mi abuela. Lo de las preguntas. Está acostumbrada a decir lo que piensa, pero solía ser un poco más discreta. Ahora dice lo primero que le viene a la cabeza. El doctor dice que ha perdido la habilidad de discernir lo qué es apropiado y lo que no en los intercambios sociales.

De pronto se dio cuenta de que no le había soltado el brazo y lo hizo de inmediato.

—No hay problema. Conozco a una persona así.

—¿Conoces a alguien que está senil?

—No —admitió E. A.—. El hombre en el que estoy pensando está bien de salud. Es que no sabe cuándo se ha pasado de la raya. No tienes que disculparte.

—Pero aun así, lo siento. Lo de tu madre también. Yo pensaba que haber perdido a mi madre era duro. No puedo ni imaginarme lo que debe haber sido para ti el no conocer a la tuya.

Había simpatía en sus ojos, pero él no se la merecía. Lo que él sentía por aquella mujer no era una perdida, sino desprecio.

Bella caminó hacia el coche y abrió la puerta del conductor.

—Es una pena que no puedas hacer nada por Kay.

—Yo no he dicho que no pudiera.

E. A. se detuvo ante la puerta del acompañante y vio cómo Bella asomaba la cabeza por encima del techo del coche.

—¿Qué quieres decir? Dijiste que las estimaciones eran bastante buenas.

E. A. abrió la portezuela y la hizo entrar en el coche.

—Lo son —le dijo una vez dentro—. Veinte mil es la cantidad, más o menos. Un sistema de calefacción es caro y también hay que renovar el entramado de tuberías. El contratista podría hacer una rebaja en el precio del horno y en los materiales, pero tiene que pagar la mano de obra.

«A menos que yo hiciera una donación…», pensó.

Sonaron los clics de los cinturones de seguridad.

—Pero aunque ahorres unos cuantos dólares en mano de obra —dijo Bella mientras arrancaba el coche—. Hay que pagar el sistema de calefacción, los materiales y poner al día la hipoteca. Eso a corto plazo.

Bella miró atrás para salir del aparcamiento. Como había visto la abolladura en al guardabarros delantero, E. A. hizo lo mismo.

—Para que esto no vuelta a ocurrir, tienen que conseguir fondos.

Bella se volvió hacia él un momento.

—¿Y cómo ayuda saber que la residencia necesita aún más dinero?

—Espera un momento.

Bella señaló el reloj digital del salpicadero.

—Tienes todos los momentos que quieras. El tráfico debe de estar fatal a esta hora.

Los dígitos marcaban las 7: 41. Era la hora punta en su momento álgido.

Bella iba a llegar tarde.

—¿Crees que las mujeres sufrirán si tienen que irse a otra parte?

—Por supuesto.

—¿Cómo? No quiero ser desconsiderado, Bella, pero un par de señoras ni siquiera sabían dónde estaban. O por lo menos no les importaba.

Bella mantuvo la vista al frente, agarrando el volante con fuerza.

—Sé que muchas de ellas no saben dónde están. No puedo hablar por todas ellas. La única experiencia que tengo en estos temas la he adquirido con mi abuela. Pero por lo que he visto, los cambios la confunden y la agitan aún más. Me han dicho que es igual con las otras señoras. Puede que no sean capaces de articular los pensamientos, pero si algo es diferente, saben que algo no está bien. La diferencia las asusta.

Bella frunció el entrecejo con la vista fija en la carretera.

—He visto cómo las trata el personal, y de alguna forma están ralentizando el proceso.

—¿El proceso?

—Estoy perdiendo a mi abuela por fases, Edward. Ahora está en la fase de las mujeres que viste en la cocina. Es un estadio medio del Alzheimer. A veces parece estar bien, completamente activa. Otras veces necesita ayuda para vestirse y no puede expresarse. No era uno de esos días, pero hay cosas que ya no puede hacer. No puede jugar al bridge. Los números son incomprensibles para ella, y tampoco puede coser. Todavía sabe cocinar, pero alguien tiene que ayudarla con las medidas y con el fuego. También le encanta la jardinería. Eso es lo que la mantiene activa. Siempre le ha gustado la jardinería, y así mantiene la mente clara, centrada. El personal promueve actividades de la vida diaria.

Así tienen un propósito de vida. No es fácil encontrar una residencia así.

—¿Y las otras mujeres? ¿Las que no parecían estar… ahí?

—Están en una fase más avanzada.

E. A. miró la cola de luces rojas que colmaban la carretera. Hubiera querido firmarle un cheque, pero Edward Masen no podía tener tal cantidad de dinero. Nunca se había encontrado en la situación de no poder hacer lo que quisiera con su dinero y el rebelde que había en él salió a la superficie. Podía enviarle el dinero de forma anónima, pero había una parte de él que no quería resolver el problema tan rápidamente.

«Los días malos pueden mejorar…», le había dicho aquel día.

«Las semanas malas moldean el carácter… Pero cuando se trata de un mes malo…»

«En esos momentos necesitas buscar algo que hacer que te aparte de los problemas un rato. Sea lo que sea, no desaparecerá, pero puedes librarte de ello durante unas horas…»

—Conozco a alguien que está familiarizado con las organizaciones benéficas.

Su hermano Alec era el presidente de la Harrison Cullen Foundation.

—Sé que trabaja en la recaudación de fondos. ¿Estarías interesada en ello?

—¿Recaudar fondos? —E. A. había conseguido llamar la atención de Bella, que le lanzó una mirada—. ¿Qué tienes en mente?

Él no tenía la menor idea, pero sí sabía que ella no prestaba atención adonde iba cuando estaba preocupada.

—¿Quieres mirar al frente?

Bella volvió la vista a la carretera rápidamente. Las luces rojas parpadearon. Ella pisó el freno.

—No sé nada de ellos —dijo E. A.—. Pero puedo preguntar.

En ese momento estaba más interesado en no pasar a formar parte de los informes de tráfico que en la conversación.

—Mientras tanto, habla con Kay a ver si el banco le da un poco más de tiempo. Si hay posibilidad de recaudar fondos, podría hacerlo. Yo podría buscar a alguien que empiece con la obra de fontanería. Eso es lo más barato… Yo mismo podría ayudar para recortar el gasto.

—¿Tú harías eso?

E. A. se encogió de hombros. Eso era lo que quería en realidad.

—Tengo que empezar a trabajar con el mercado local. Es un buen momento para empezar.

Bella ya estaba buscando en el bolsillo. Sacó el móvil y marcó los números con el pulgar.

—No he dicho que tuvieras que hacerlo ahora —murmuró E. A. cuando ella se puso el teléfono al oído.

—Ya está dando timbre.

—Entonces yo se lo pregunto. Prefiero que conduzcas —Bella le dio el móvil—. He visto tu guardabarros. Con Kay Colman, por favor… Claro. Edward Masen.

—¿Y cómo sabes que no me dieron a mí? —le preguntó Bella.

—¿Así fue?

La joven cerró la boca.

—¿Y bien?

—Fue un mal día.

—¿Y qué tal va éste?

—Bien —le dijo con una sonrisa en los ojos—. Muy bien.