Mientras limpiaba, se había encontrado con Elizabetha en una habitación.
-Ah…- susurró de la sorpresa al verla
-…- la otra lo había mirado de reojo y había continuado con sus labores.
Feliciano comprendió que Elizabetha seguía molesta y no sabía cómo remediarlo.
-Yo… vine a ayudar…-
-Yo puedo sola-
-…-
Un incómodo silencio apareció en la habitación.
-Escucha… Eli…-
-No-
-Déjame explicarlo-
Elizabetha dejó lo que estaba haciendo y finalmente lo encaró, enojada.
-¡Ya explicaste lo que querías! ¡No necesito escuchar más! ¡Fue tú decisión y tú sufrirás las consecuencias! ¡SÓLO TÚ!-
-…- Feliciano se había quedado callado, dejando que Elizabetha se desahogara.
La otra respiraba entrecortadamente por haber gritado y por el enojo. De repente tomó la cubeta en una mano y la escoba y trapeador en la otra y salió, dejando a Feliciano solo.
Comenzó a barrer, para distraerse con algo y no pensar en nada. Estaba muy concentrado en eso que escuchar la puerta abrirse repentinamente le sacó un susto. Pero éste fue peor cuando vio de quién se trataba.
-A mi oficina, ahora- le ordenó Gilbert
Feliciano temblaba. Tragó saliva y afirmó con la cabeza. Dejó la escoba en una esquina de la habitación y siguió a Gilbert por los largos pasillos hasta la oficina.
Una vez adentro, Feliciano cerró los ojos y apretó los dientes al escuchar como Gilbert le ponía seguro a la puerta.
Después, Gilbert caminó hasta el escritorio y se sentó en la silla.
-Hoy, uno de mis hombres me dijo algo curioso- comenzó
Feliciano tragó saliva, nervioso por saber de qué se trataba y cómo estaba él relacionado.
-Al parecer, durante la visita de ayer de Antonio, pasaron cosas extrañas afuera- continuó, mirando a Feliciano fijamente –"Entre los soldados españoles, había un chico joven, que no vestía ropas de soldado y que tenía un acento extraño, no parecía un español" fue lo que dijeron. Les pedí que me describieran al joven mejor y, ¿quién crees que fue la única persona que encajaba con la descripción? Tu querido hermano-
No aguantó más la mirada fija de Gilbert, así que desvió la mirada.
-Tras analizarlo, creo que descubrí la razón de su visita, pero, hay algo que no encaja en todo esto… así que quiero que tú me respondas, Feli. ¿Por qué sigues en esta casa? Es más que obvio que todo esto fue un plan de Antonio y de tu hermano para sacarte de éste lugar, ¿por qué no estás en España?-
No habló. No hizo ni un solo sonido y no se movió, ni siquiera lo miró.
-¿Fue por Ludwig?-
Su cuerpo se sobresaltó ante ése nombre.
-Así que era eso-
Feliciano finalmente lo había mirado, ésta vez con temor.
Gilbert se levantó de la silla y se puso frente a él.
-Después de que todos ellos, Elizabetha, Roderich, Antonio y tu hermano, pusieron sus vidas en riesgo para ayudarte… tú en verdad eres egoísta. No te importó y preferiste quedarte por alguien que no te recuerda, por tus propios deseos-
Feliciano desvió la mirada, con lágrimas en los ojos.
Era verdad. Finalmente lo entendía. Finalmente entendía la razón por la que Elizabetha y Roderich estaban molestos.
-Puedes irte- dijo Gilbert
Feliciano lo miró sorprendido. Ésa era la primera vez que Gilbert lo dejaba salir sin siquiera ponerle una mano encima.
-¿Qué pasa? ¿Acaso esperabas algo más?- preguntó el otro en forma de burla, con una sonrisa sínica.
Gilbert se le acercó y le tomó el rostro.
-Lo siento, pero sólo los rostros hermosos me gustan y en tu estado actual, no eres de mi agrado- se acercó a su oído –Pero cuando te cures, te daré toda la atención que quieras- le susurró
Gilbert regresó a su escritorio y Feliciano salió de la habitación después de darle un reverencia, más por deber que por querer.
Caminó por los pasillos, pensando en las personas a las que quería. Aquellos que se habían arriesgado por él y que él los había decepcionado. Comenzó a llorar en silencio, mirando al suelo, cuando chocó contra alguien.
-¡Ah! ¡Lo siento, lo siento!- se disculpó rápidamente y después lo miró. Era Ludwig.
-¿Q-qué sucede…?- preguntó, sorprendido por verlo en ese estado tan deprimente.
-¡S-señor Ludwig! ¡Lo siento tanto!- trató de alejarse, pero Ludwig lo tomó de los brazos, miró a ambos lados, para cerciorarse de que no había nadie alrededor y después lo metió a una habitación, cerrando con llave la puerta.
-¿Eh?- preguntó el otro, sorprendido –Este lugar…-
-Es mi habitación-
-¡¿Qué?-
-No hagas ruido. Alguien podría escucharte-
-P-p-pero…-
Ludwig lo tomó del brazo y lo sentó en la cama, él se sentó a su lado.
-Te lo debo, así que dime, ¿qué sucedió?-
Feliciano lo miró sorprendido por unos momentos y después comenzó a reír.
-¿Qué es tan gracioso?- preguntó el otro, sonrojado por la vergüenza.
-Lo siento, lo siento, es sólo que… eres muy diferente a cómo te había imaginado-
-¿Haa? ¿A qué te refieres?-
-Todo éste tiempo, tan alto y musculoso, al lado de Gilbert cómo si fueras su guardaespaldas, siempre con el ceño fruncido. Pero… pareces ser una buena persona-
-Bueno, discúlpame por serlo-
-No es eso… simplemente estoy sorprendido…- tenía la mirada perdida –En verdad… no has cambiado en nada…-
-¿Qué?-
Feliciano no respondió, se inclinó sobre la cama y se acercó a él. Ludwig se había quedado inmóvil, mientras Feliciano se acercaba cada vez más a él.
Lo besó.
